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ALMA MATER
© UNMSM. Fondo Editorial

ISSN versión electrónica 1609-9036

 

Alma Mater Nº 17, 1999

Tabla de contenido


ENSAYOS

 

Marcela y Crisóstomo

José Antonio Bravo

La propuesta que aquí se presenta es sólo un artículo de difusión del hallazgo y forma parte inicial de un libro que se encuentra en preparación, en el que se hace un estudio de todas las novelas ejemplares y sus respectivas características, con la finalidad de confirmar, más aún, que «Marcela y Crisóstomo», es tal vez, la «novela» de mayor importancia escrita por el Maestro de la Literatura en español.

Interés por el tema a manera de prehipótesis

En el capítulo XLIV de la segunda parte de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, titulado: «Cómo Sancho Panza fue llevado al gobierno, y de la extraña aventura que en el castillo sucedió a D. Quijote», el mismo Cervantes nos entrega las claves con respecto a que en el Quijote hay más novelas ejemplares refundidas:

Dicen que en el propio original desta historia se lee, que llegando Cide Hamete a escribir este capítulo, no le tradujo su intérprete como él le había escrito, que fue un modo de queja que tuvo el moro de sí mismo, por haber tomado entre manos una historia tan seca y tan limitada como esta de D. Quijote, por parecerle que siempre había de hablar de él y de Sancho, sin osar extenderse a otras digresiones y episodios más graves y más entretenidos; y decía que el ir siempre atenido al entendimiento, la mano y la pluma a escribir de un solo sujeto, y hablar por las bocas de pocas personas, era un trabajo incomportable, cuyo fruto no redundaba en el de su autor, y que por huir de este inconveniente había usado en la primera parte el artificio de algunas novelas, como fueron la del Curioso impertinente y la del Capitán cautivo, puesto que las demás que allí se cuentan son casos sucedidos al mismo D. Quijote que no podía dejar de escribirse. También pensó, como él dice, que muchos (lectores), llevados de la atención que piden las hazañas de D. Quijote, no la darían a las novelas, y pasarían por ellas o con priesa o con enfado, sin advertir la gala y el artificio que en sí contienen (…) y así en esta segunda parte (Cide Hamete) no quiso ingerir novelas sueltas ni pegadizas…

Queda bien claro, a través de las palabras y frases claves que hemos subrayado que Cervantes consideraba tres clases de novelas ejemplares:

Primera: las así nombradas y que conforman un volumen que él publicó en 1613 con el título de Novelas Ejemplares que suman un total de 12.

Segunda: las llamadas novelas sueltas (que son también ejemplares: El curioso impertinente y Capitán cautivo).

Tercera: las llamadas novelas pegadizas (que los lectores) pasarían por ellas o con prisa o con enfado, sin advertir la gala y el artificio que en sí contienen.

La finalidad de este trabajo consiste en encontrar una novela «pegadiza», es decir: «Una novela zurcida».

Provisionalidad del hallazgo de una Novela ejemplar

Aclaremos primero la palabra «provisional». Dentro de los estudios hechos a la obra de don Miguel de Cervantes Saavedra, que entre ensayos cortos y libros, suman ya millares, ninguno de sus más representativos estudiosos y críticos, menciona más de quince novelas ejemplares; doce, que corresponden al libro así titulado por Cervantes; dos más, indicados como tales en el Quijote, con lo cual ya suman catorce; y, una final que vendría a ser: «La tía fingida», manuscrito que realizó en 1604, en Sevilla, un tal Francisco Porras de la Cámara1.

Así como los principales estudiosos no mencionan la historia de «Marcela y Crisóstomo» como novela ejemplar que nosotros hemos descubierto dentro del Quijote2, así también asumimos que hay muchos estudios que no hemos leído; por lo tanto a lo mejor existe un buen ciudadano «ultramarino» que ha encontrado, como nosotros, esta «joya». Por estas razones nos animamos a hacer este anuncio.

Nada hay, pues, en los trabajos de Francisco Ayala; tampoco en los libros de Américo Castro;

Luis Astrana Marín no menciona nada al respecto; en las riquísimas notas de don Diego Clemencín, tampoco; el acucioso Alberto Lista, no acota nada; el maestro Francisco Rodríguez Marín, tan especial y abundante, no habla de «Marcela y Crisóstomo» como novela ejemplar. Y en las ediciones más recientes, la de Juan Alcina Franch y Rosa Navarro Durán ni siquiera se sospecha que en el Quijote pudiera haber otra novela ejemplar. Sin embargo, preferimos decir: Provisionalidad del hallazgo de una novela ejemplar.

Según lo publicado y difundido, son doce las Novelas ejemplares3, editadas por Cervantes con este título, en 1613, y allí van: «El amante liberal», «Rinconete y Cortadillo», «La española inglesa», «El licenciado Vidriera», «La fuerza de la sangre», «El celoso extremeño», «La ilustre fregona», «Las dos doncellas», «La señora Cornelia», «El casamiento engañoso», «El coloquio de los perros» y «La gitanilla».

Cervantes decía: «Heles dado el nombre de ejemplares, y si bien lo miras (lector amable), no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso; y si no fuera por alargar este sujeto, quizá te mostrara el sabroso y honesto fruto que se podría sacar, así de todas juntas, como de cada una de por sí»4.

(…) «y es así, que yo soy el primero que ha novelado en lengua castellana; que las muchas novelas que en ellas andan impresas, todas son traducidas de lenguas extranjeras, y éstas son mías propias, no imitadas ni hurtadas; mi ingenio las engendra y las parió mi pluma»5.

Es cierto que en aquella época (del 1500 al 1600 y tantos), la influencia «al itálico modo», además de los préstamos literarios venidos del Portugal, eran evidentes; y de allí la preocupación de Cervantes por decir que él las había parido.

El mismo don Miguel dejó bien claro que en su Quijote habían dos novelas ejemplares insertadas: «El curioso impertinente» (capítulos XXXIII, XXXIV y XXXV) y, casi seguido: «Historia del cautivo» (capítulos XXXIX, XL y XLI)6.

La otra novela, requiere una aclaración pertinente, ha sido considerada como un fraude, descubierta en 1788 y que lleva por título: «La tía fingida»7.

De esta manera se estima que son catorce las novelas ejemplares, más una que es un manuscrito que contiene versiones expurgadas del «Celoso extremeño».

La historia de «Marcela y Crisóstomo»8, que se ubica en los capítulos XII, XIII y XIV, y que resulta también siendo tema de La Galatea, pasaje en que el amor es el tema concreto en el que la acción desaparece sofocada por una aguda atención a la realidad: Crisóstomo se suicida porque Marcela no corresponde a sus requerimientos (y es que Marcela, simplemente no lo quiere); Marcela ha dicho: «A que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis, decís, y aun queréis, que esté obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable, mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado, lo que es amado por hermoso, a amar a quien le ama»9.

Novela ejemplar ciento por ciento, con mayor razón a comienzos de 1600, y más aún cuando en la actualidad, cerca del año 2000, esta afirmación de Marcela (de Cervantes), es más que aleccionadora, liberadora de la femineidad10.

Conclusiones

De acuerdo a los esquemas planteados por el mismo Don Miguel de Cervantes Saavedra, existen tres tipos de Novelas Ejemplares:

1.- Las llamadas así por el mismo autor y publicadas, con ese título, en 1613 y son doce:

El amante liberal
Rinconete y Cortadillo
La española inglesa
El licenciado Vidriera
La fuerza de la sangre
El celoso extremeño
La ilustre fregona
Las dos doncellas
La señora Cornelia
El casamiento engañoso
El coloquio de los perros
La gitanilla

2.- Las insertas en El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha y que son abiertamente reconocidas por el mismo Cervantes en el capítulo XLIV, de la Segunda Parte de la novela.

Novelas sueltas: «El curioso impertinente» (caps. XXXIII, XXXIV y XXXV). «El capitán cautivo» (caps. XXXIX, XL y XLI).

Hasta aquí las reconocidas y estudiadas como tales durante casi cuatro siglos.

3.- De acuerdo al mismo Cervantes, dentro de las novelas pegadizas ubicaríamos a la que podría llevar por título: «Marcela y Crisóstomo» (caps. XII, XIII y XIV). Como queda demostrado en este trabajo y como se ratifica con la lectura del texto anexado.

ANEXO: Marcela y crisóstomo

Capítulo XII

De lo que contó un cabrero a los que estaban con Don Quijote

Estando en esto, llegó otro mozo de los que les traían del aldea el bastimento(1), y dijo: ¿Sabéis lo que pasa en el lugar, compañeros? ¿Cómo lo podemos saber?, respondió uno de ellos. Pues sabed, prosiguió el mozo, que murió esta mañana aquel famoso pastor estudiante llamado Grisóstomo, y se murmura que ha muerto de amores de aquella endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el rico, aquella que se anda en hábito de pastora por esos andurriales. Por Marcela dirás, dijo uno. Por esa digo, respondió el cabrero; y es lo bueno que mandó en su testamento que le enterrasen en el campo como si fuera moro, y que sea al pie de la peña donde está la fuente de alcornoque, porque según es fama (y él dicen que lo dijo) aquel lugar es adonde él la vio la vez primera. Y también mandó otras cosas tales, que los abades del pueblo (2) dicen que no se han de cumplir, ni es bien que se cumplan, porque parecen de gentiles. A todo lo cual responde aquel gran su amigo Ambrosio(3) el estudiante, que también se vistió de pastor con él, que se ha de cumplir todo sin faltar nada como lo dejó mandado Grisóstomo, y sobre esto anda el pueblo alborotado; mas a lo que se dice, en fin, se hará lo que Ambrosio y todos los pastores sus amigos quieren, y mañana le vienen a enterrar con gran pompa adonde tengo dicho; y tengo para mí que ha de ser cosa muy de ver; a lo menos yo no dejaré de ir a verla, si supiese no volver mañana al lugar(4). Todos haremos lo mesmo, respondieron los cabreros, y echaremos suertes a quién ha de quedar a guardar las cabras de todos. Bien dices, Pedro, dijo uno de ellos(5), aunque no será menester usar de esa diligencia, que yo me quedaré por todos; y no lo atribuyas a virtud y a poca curiosidad mía, sino a que no me deja andar el garrancho que el otro día me pasó este pie. Con todo eso, te lo agradecemos, respondió Pedro. Y D. Quijote rogó a Pedro le dijese qué muerto era aquél, y qué pastora aquélla; a lo cual Pedro respondió que lo que sabía era que el muerto era un hijodalgo rico, vecino de un lugar que estaba en aquellas sierras, el cual había sido estudiante muchos años en Salamanca, al cabo de los cuales había vuelto a su lugar con opinión de muy sabio y muy leído (6). Principalmente decían que sabía la ciencia de las estrellas, y de lo que pasa allá en el cielo, el sol y la luna, porque puntualmente nos decía el cris del sol y de la luna (7). Eclipse se llama, amigo, que no cris, el escurecerse esos dos luminares mayores, dijo D. Quijote. Mas Pedro, no reparando en niñerías, prosiguió su cuento diciendo: asimesmo adevinaba cuándo había de ser el año abundante, o estil. Estéril queréis decir, amigo, dijo D. Quijote. Estéril o estil, respondió Pedro, todo se sale allá. Y digo que con esto que decía se hicieron su padre y sus amigos, que le daban crédito, muy ricos, porque hacían lo que él les aconsejaba, diciéndoles: Sembrad este año cebada, no trigo; en éste podéis sembrar garbanzos, y no cebada; el que viene será de guilla de aceite (8); los tres siguientes no se cogerá gota. Esta ciencia se llama Astrología, dijo D. Quijote. No sé yo cómo se llama, replicó Pedro, mas sé que todo esto sabía y aun más. Finalmente, no pasaron muchos meses después que vino de Salamanca, cuando un día remaneció vestido de pastor con su cayado y pellico (9), habiéndose quitado los hábitos largos que como escolar traía, y juntamente se vistió con él de pastor otro su grande amigo llamado Ambrosio, que había sido su compañero en los estudios. Olvi-dábaseme de decir cómo Grisóstomo el difunto fué grande hombre de componer coplas, tanto que él hacía los villancicos para la noche del Nacimiento del Señor, y los autos para el día de Dios (10), que los representaban los mozos de nuestro pueblo, y todos decían que eran por el cabo. Cuando los del lugar vieron tan de improviso vestidos de pastores a los dos escolares, quedaron admirados, y no podían adivinar la causa que les había movido a hacer aquella tan extraña mudanza. Ya en este tiempo era muerto el padre de nuestro Crisóstomo, y él quedó heredado en mucha cantidad de hacienda, ansí en muebles como en raíces, y en no pequeña cantidad de ganado mayor y menor, y en gran cantidad de dineros; de todo lo cual quedó el mozo señor desoluto; y en verdad que todo lo merecía, que era muy buen compañero y caritativo y amigo de los buenos, y tenía una cara como una bendición. Después se vino a entender, que el haberse mudado de traje no había sido por otra cosa que por andarse por estos despoblados en pos de aquella pastora Marcela que nuestro zagal nombró denantes, de la cual se había enamorado el pobre difunto de Grisóstomo. Y quiéroos decir ahora, porque es bien que lo sepáis, quién es esta rapaza; quizá y aun sin quizá no habréis oído semejante cosa en todos los días de vuestra vida, aunque viváis más años que Sarna. Decid Sarra (11), replicó D. Quijote, no pudiendo sufrir el trocar de los vocablos del cabrero. Harto vive la sarna, respondió Pedro; y si es, señor, que me habéis de andar zaheriendo a cada paso los vocablos, no acabaremos en un año. Perdonad amigo, dijo D. Quijote, que por haber tanta diferencia de Sarna a Sarra os lo dije; pero vos respondistes muy bien, porque vive más sarna que Sarra (12); y proseguid vuestra historia, que no os replicaré más en nada. Digo, pues, señor mío de mi alma, dijo el cabrero, que en nuestra aldea hubo un labrador aun más rico que el padre de Grisóstomo, el cual se llamaba Guillermo, y al cual dió Dios, amén de las muchas y grandes riquezas, una hija de cuyo parto murió su madre, que fué la más honrada mujer que hubo en todos estos contornos; no parece sino que ahora la veo (13) con aquella cara que del un cabo tenía el sol y del otro la luna, y sobre todo hacendosa y amiga de los pobres, por lo que creo que debe de estar su ánima a la hora de ahora gozando de Dios en el otro mundo. De pesar de la muerte de tan buena mujer murió su marido Guillermo, dejando a su hija Marcela muchacha y rica, en poder de un tío suyo sacerdote y beneficiado en nuestro lugar. Creció la niña con tanta belleza que nos hacía acordar de la de su madre, que la tuvo muy grande; y con todo esto se juzgaba que le había de pasar la de la hija; y así fué, que cuando llegó a edad de catorce a quince años, nadie la miraba que no bendecía a Dios que tan hermosa la había criado, y los más quedaban enamorados y perdidos por ella. Guardábala su tío con mucho recato y con mucho encerramiento; pero con todo esto, la fama de su mucha hermosura se extendió de manera, que así por ella como por sus muchas riquezas, no solamente de los de nuestro pueblo, sino de los de muchas leguas a la redonda, y de los mejores dellos, era rogado, solicitado e importunado su tío se la diese por mujer. Mas él, que a las derechas es buen cristiano, aunque quisiera casarla luego, así como la vió de edad (14), no quiso hacerlo sin su consentimiento, sin tener ojo a la ganancia y granjería que le ofrecía el tener la hacienda de la moza, dilatando su casamiento. Y a fe que se dijo esto en más de un corrillo en el pueblo en alabanza del buen sacerdote. Que quiero que sepa, señor andante, que en estos lugares cortos de todo se trata y de todo se murmura; y tened para vos, como yo tengo para mí, que debía de ser demasiadamente bueno el clérigo que obliga a sus feligreses a que digan bien dél, especialmente en las aldeas. Así es la verdad, dijo D. Quijote, y proseguid adelante, que el cuento es muy bueno, y vos, buen Pedro, le contáis con muy buena gracia. La del Señor no me falte, que es la que hace al caso. Y en lo demás, sabréis que aunque el tío proponía a la sobrina, y le decía las calidades de cada uno en particular de los muchos que por mujer la pedían, rogándole que se casase y escogiese a su gusto, jamás ella respondió otra cosa que por entonces no quería casarse, y que por ser tan muchacha no se sentía hábil para poder llevar la carga del matrimonio. Con estas que daba al parecer justas excusas (15) dejaba el tío de importunarla, y esperaba a que entrase algo más en edad, y ella supiese escoger compañía a su gusto. Porque decía él, y decía muy bien, que no habían de dar los padres a sus hijos estado contra su voluntad. Pero hételo aquí (16), cuando no me cato, que remanece un día la melindrosa Marcela hecha pastora; y sin ser parte su tío ni todos los del pueblo que se lo desaconsejaban, dió en irse al campo (17) con las demás zagalas del lugar, y dió en guardar su mesmo ganado. Y así como ella salió en público, y su hermosura se vió al descubierto, no os sabré buenamente decir cuántos ricos mancebos, hidalgos y labradores, han tomado el traje de Grisóstomo, y la andan requebrando por esos campos. Uno de los cuales, como ya está dicho, fué nuestro difunto, del cual decían que la dejaba de querer, y la adoraba. Y no se piense que porque Marcela se puso en aquella libertad y vida tan suelta y de tan poco o ningún recogimiento, que por eso ha dado indicio ni por semejas, que venga en menoscabo de su honestidad y recato; antes es tanta y tal la vigilancia con que mira por su honra, que de cuantos la sirven y solicitan ninguno se ha alabado, ni con verdad se podrá alabar, que le haya dado alguna pequeña esperanza de alcanzar su deseo. Que puesto que no huye ni se esquiva de la compañía y conversación de los pastores, y los trata cortés y amigablemente, en llegando a descubrirle su intención cualquiera dellos, aunque sea tan justa y santa como la del matrimonio, los arroja de sí como un trabuco (18). Y con esta manera de condición hace más daño en esta tierra que si por ella entrara la pestilencia, porque su afabilidad y hermosura atrae los corazones de los que la tratan a servirla y a amarla; pero su desdén y desengaño los conduce a términos de desesperarse, y así no saben qué decirle, sino llamarle a voces cruel y desagradecida, con otros títulos a éste semejantes, que bien la calidad de su condición manifiestan; y si aquí estuviésedes, señor, algún día, veríades resonar estas sierras y estos valles con los lamentos de los desengañados que la siguen (19). No está muy lejos de aquí un sitio donde hay casi dos docenas de altas hayas, y no hay ninguna que en su lisa corteza no tenga grabado y escrito el nombre de Marcela, y encima de alguna(20) una corona grabada en el mesmo árbol, como si más claramente dijera su amante que Marcela la lleva y la merece de toda la hermosura humana. Aquí suspira un pastor (21), allí se queja otro, acullá se oyen amorosas canciones, acá desesperadas endechas. Cuál hay que pasa todas las horas de la noche sentado al pie de alguna encina o peñasco, y allí, sin plegar los llorosos ojos, embebecido y transportado en sus pensamientos, le halló el sol a la mañana; y cuál hay que sin dar vado ni tregua a sus suspiros en mitad del ardor de la más enfadosa siesta de verano, tendido sobre la ardiente arena, envía sus quejas al piadoso cielo; y déste y de aquél y de aquéllos y déstos, libre y desenfadadamente triunfa la hermosa Marcela. Y todos los que la conocemos estamos esperando en qué ha de parar su altivez, y quién ha de ser el dichoso que ha de venir a domeñar condición tan terrible, y gozar de hermosura tan extremada. Por ser todo lo que he contado tan averiguada verdad, me doy a entender que también lo es lo que nuestro zagal dijo (22) que se decía de la causa de la muerte de Grisóstomo. Y así os aconsejo, señor, que no dejéis de hallaros mañana a su entierro, que será muy de ver, porque Grisóstomo tiene muchos amigos, y no está deste lugar a aquel donde manda enterrarse media legua. En cuidado me lo tengo, dijo D. Quijote, y agradézcoos el gusto que me habéis dado con la narración (23) de tan sabroso cuento. ¡Oh! replicó el cabrero, aun no sé yo la mitad de los casos sucedidos a los amantes de Marcela; mas podría ser que mañana topásemos en el camino algún pastor que nos los dijese. Y por ahora bien será que os vais a dormir debajo de techado, porque el sereno os podría dañar la herida, puesto que es tal la medicina que se os ha puesto, que no hay que temer de contrario accidente. Sancho Panza, que ya daba al diablo el tanto hablar del cabrero, solicitó por su parte que su amo se entrase a dormir en la choza de Pedro. Hízolo así, y todo lo más de la noche se le pasó en memorias de su señora Dulcinea, a imitación de los amantes de Marcela. Sancho Panza se acomodó entre Rocinante y su jumento, y durmió, no como enamorado desfavorecido, sino como hombre molido a coces (24).

 

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Ricardo Grau
retrato
Acuarela
32 x 27 cm. 1940

 

 

Capítulo XIII

Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela, con otros sucesos

Mas apenas comenzó a descubrirse el día por los balcones del oriente, cuando los cinco de los seis cabreros (1) se levantaron y fueron a despertar a D. Quijote, y a decille si estaba todavía con propósito de ir a ver el famoso entierro de Grisóstomo, y que ellos le harían compañía. D. Quijote, que otra cosa no deseaba, se levantó y mandó a Sancho que ensillase y enalbardase al momento, lo cual él hizo con mucha diligencia, y con la misma se pusieron luego todos en camino. Y no hubieron andado un cuarto de legua, cuando al cruzar de una senda vieron venir hacia ellos hasta seis pastores vestidos con pellicos negros, y coronadas las cabezas con guirnaldas de ciprés y de amarga adelfa. Traía cada uno un grueso bastón de acebo (2) en la mano; venían con ellos asimismo dos gentileshombres de a caballo, muy bien aderezados de camino, con otros tres mozos de a pie que los acompañaban. En llegándose a juntar se saludaron cortésmente, y preguntándose los unos a los otros dónde iban, supieron que todos se encaminaban al lugar del entierro, y así comenzaron a caminar todos juntos. Uno de los de a caballo, hablando con su compañero, le dijo: Paréceme, señor Vivaldo, que habemos de dar por bien empleada la tardanza que hiciéremos en ver este famoso entierro, que no podrá dejar de ser famoso según estos pastores nos han contado extrañezas, así del muerto pastor como de la pastora homicida. Así me lo parece a mí, respondió Vivaldo; y no digo yo hacer tardanza de un día, pero de cuatro la hiciera a trueco de verle. Preguntóles D. Quijote qué era lo que habían oído de Marcela y de Grisóstomo. El caminante dijo que aquella madrugada habían encontrado con aquellos pastores (3), y que por haberles visto en aquel tan triste traje, les habían preguntado la ocasión por qué iban de aquella manera; que uno de ellos se la contó, contando la extrañeza (4) y hermosura de una pastora llamada Marcela, y los amores de muchos que la recuestaban, con la muerte de aquel Grisóstomo a cuyo entierro iban. Finalmente, él contó todo lo que Pedro a D. Quijote había contado. Cesó esta plática, y comenzóse otra, preguntando el que se llamaba Vivaldo a D. Quijote, qué era la ocasión que le movía a andar armado de aquella manera por tierra tan pacífica. A lo cual respondió D. Quijote: La profesión de mi ejercicio (5) no consiente ni permite que yo ande de otra manera; el buen paso (6), el regalo y el reposo allá se inventó para los blandos cortesanos; mas el trabajo, la inquietud y las armas sólo se inventaron e hicieron para aquellos que el mundo llama caballeros andantes, de los cuales yo, aunque indigno, soy el menor de todos (7). Apenas le oyeron esto, cuando todos le tuvieron por loco; y por averiguarlo más, y ver qué genero de locura era el suyo, le tornó a preguntar Vivaldo que qué quería decir caballeros andantes (8). ¿No han vuestras mercedes leído, respondió D. Quijote, los anales e historias de Inglaterra, donde se traían las famosas fazañas del Rey Arturo que comúnmente (9) en nuestro romance castellano llamamos el Rey Artús (10) de quien es tradición antigua y común en todo aquel reino de la Gran Bretaña que este rey no murió, sino que por arte de encantamiento se convirtió en cuervo, y que andando los tiempos ha de volver a reinar y a cobrar su reino (11) y cetro; a cuya causa no se probará que desde aquel tiempo a éste haya ningún inglés muerto cuervo alguno (12)? Pues en tiempo de este buen Rey fué instituída aquella famosa orden de caballería de los caballeros de la Tabla Redonda (13), y pasaron sin faltar un punto los amores que allí se cuentan de D. Lanzarote del Lago (14) con la Reina Ginebra, siendo medianera dellos y sabidora (15) aquella tan honrada dueña Quintañona, de donde nació aquel tan sabido romance, y tan decantado en nuestra España de Nunca fuera caballero (16) de damas tan bien servido, como fuera Lanzarote cuando de Bretaña vino,con aquel progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y fuertes fechos. Pues desde entonces (17) de mano en mano fué aquella orden de caballería extendiéndose y dilatándose por muchas y diversas partes del mundo; y en ella fueron famosos y conocidos por sus fechos el valiente Amadís de Gaula con todos sus hijos y nietos (18) hasta la quinta generación, y el valeroso Felixmarte de Hircania, y el nunca como se debe alabado Tirante el Blanco, y casi que en nuestros días vimos (19) y comunicamos y oímos al invencible y valeroso caballero D. Beliamís de Grecia. Esto, pues, señores, es ser caballero andante, y la que he dicho es la orden de su caballería, en la cual, como otra vez he dicho, yo aunque pecador he hecho profesión, y lo mismo que profesaron los caballeros referidos profeso yo, y así me voy por estas soledades y despoblados buscando las aventuras con ánimo deliberado de ofrecer mi brazo y mi persona a la más peligrosa que la suerte me deparare en ayuda de los flacos y menesterosos (20). Por estas razones que dijo, acabaron de enterarse los caminantes que era D. Quijote falto de juicio, y del género de locura que lo señoreaba, de lo cual recibieron la misma admiración que recebían todos aquellos que de nuevo venían en conocimiento della. Y Vivaldo, que era persona muy discreta y de alegre condición, por pasar sin pesadumbre el poco camino que decían que les faltaba a llegar a la sierra (21) del entierro, quiso darle ocasión a que pasase más adelante con sus disparates. Y así le dijo: Paréceme, señor caballero andante, que vuestra merced ha profesado una de las más estrechas profesiones que hay en la tierra, y tengo para mí que aun la de los frailes cartujos (22) no es tan estrecha. Tan estrecha bien podía ser, respondió nuestro D. Quijote, pero tan necesaria en el mundo, no estoy en dos dedos de ponello en duda (23). Porque si va a decir verdad, no hace menos el soldado que pone en ejecución lo que su capitán le manda, que el mismo capitán que se lo ordena. Quiero decir, que los religiosos con toda paz y sosiego piden al cielo el bien de la tierra; pero los soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que ellos piden, defediéndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras espadas; no debajo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos (24) por blanco de los insufribles rayos del sol en el verano, y de los erizados hielos del invierno. Así que somos ministros de Dios en la tierra, y brazos por quien se ejecuta en ella su justicia. Y como las cosas de la guerra y las a ellas tocantes y concernientes no se pueden poner en ejecución sino sudando, afanando y trabajando excesivamente (25), síguese que aquellos que la profesan tienen sin duda mayor trabajo que aquellos que en sosegada paz y reposo están rogando a Dios favorezca a los que poco pueden. No quiero yo decir, ni me pasa por pensamiento, que es tan buen estado el de caballero andante como el del encerrado religioso; sólo quiero inferir por lo que yo padezco, que sin duda es más trabajoso y más aporreado y más hambriento y sediento, miserable, roto y piojoso (26), porque no hay, sin duda, sino que los caballeros andantes pasados pasaron mucha mala ventura en el discurso de su vida. Y si algunos subieron a ser emperadores (27) por el valor de su brazo, a fe que les costó buen por qué de su sangre (28) y de su sudor; y que si a los que a tal grado subieron les faltaran encantadores y sabios que los ayudaran (29), que ellos quedaran bien defraudados de sus deseos y bien engañados de sus esperanzas. De ese parecer estoy yo, replicó el caminante; pero una cosa entre muchas me parece muy mal de los caballeros andantes, y es que cuando se ven en ocasión de acometer una grande y peligrosa aventura, en que se ve manifiesto peligro de perder la vida, nunca en aquel instante de acometella se acuerdan de encomendarse a Dios, como cada cristiano está obligado a hacer en peligros semejantes; antes se encomiendan a sus damas con tanta gana y devoción como si ellas fueran su Dios; cosa que me parece que huele algo a gentilidad (30). Señor, respondió Don Quijote, eso no puede ser menos en ninguna manera, y caería en mal caso (31) el caballero andante que otra cosa hiciese; que ya está en uso y costumbre en la caballería andantesca que el caballero andante que, al acometer algún gran fecho de armas tuviese su señora delante, vuelva a ella los ojos blanda y amorosamente, como que le pide con ellos le favorezca y ampare en el dudoso trance que acomete; y aun si nadie le oye, está obligado a decir algunas palabras entre dientes, en que de todo corazón se le encomiende (32); y de esto tenemos innumerables ejemplos en las historias. Y no se ha de entender por esto, que han de dejar de encomendarse a Dios, que tiempo y lugar les queda para hacello en el discurso de la obra. Con todo eso, replicó el caminante, me queda un escrúpulo, y es que muchas veces he leído que se traban palabras entre dos andantes caballeros, y de una en otra se les viene a encender la cólera, y a volver los caballos (34), y a tomar una buena pieza del campo; y luego, sin más ni más, a todo el correr dellos se vuelven a encontrar, y en mitad de la corrida se encomiendan a sus damas; y lo que suele suceder del encuentro, es que el uno cae por las ancas del caballo pasado con la lanza del contrario de parte a parte, y al otro le aviene también, que a no tenerse a las crines del suyo no pudiera dejar de venir al suelo (34). Y no sé yo cómo el muerto tuvo lugar para encomendarse a Dios en el discurso de esta tan acelerada obra; mejor fuera que las palabras que en la carrera gastó encomendándose a su dama, las gastara en lo que debía y estaba obligado como cristiano; cuanto más que yo tengo para mí, que no todos los caballeros andantes tienen damas a quien encomendarse, porque no todos son enamorados. Eso no puede ser, respondió D. Quijote: digo que no puede ser que haya caballero andante sin dama, porque tan propio y tan natural les es a los tales ser enamorados como al cielo tener estrellas, y a buen seguro que no se haya visto historia donde se halle caballero andante sin amores (36), y por el mismo caso que estuviese sin ellos, no sería tenido por legítimo caballero, sino por bastardo, y que entró (37) en la fortaleza de la caballería dicha, no por la puerta, sino por las bardas, como salteador y ladrón. Con todo eso, dijo el caminante, me parece, si mal no me acuerdo, haber leído que Don Galaor, hermano del valeroso Amadís de Gaula, nunca tuvo dama señalada (38) a quien pudiese encomendarse, y con todo esto, no fué tenido en menos, y fué un muy valiente y famoso caballero. A lo cual respondió nuestro D. Quijote: Señor, una golondrina sola no hace verano, cuanto más que yo sé que de secreto estaba ese caballero muy bien enamorado, fuera que aquello de querer a todas bien cuantas bien le parecían (39) era condición natural, a quien no podía ir a la mano. Pero en resolución, averiguado está muy bien que él tenía una sola a quien él había hecho señora de su voluntad, a la cual se encomendaba muy a menudo y muy secretamente, porque se preció de secreto caballero (40). Luego si es de esencia que todo caballero andante haya de ser enamorado, dijo el caminante, bien se puede creer que vuestra merced lo es, pues es de la profesión; y es que vuestra merced no se precia de ser tan secreto como D. Galaor, con las veras que puedo le suplico en nombre de toda esta compañía y en el mío nos diga el nombre, patria, calidad y hermosura de su dama, que ella se tendría por dichosa de que todo el mundo sepa que es querida y servida de un tal caballero como vuestra merced parece. Aquí dió un gran suspiro D. Quijote, y dijo: Yo no podré afirmar si la dulce mi enemiga (41) gusta o no de que el mundo sepa que yo la sirvo; sólo sé decir, respondiendo a lo que con tanto comedimiento se me pide, que su nombre es Dulcinea, su patria el Toboso, un lugar de la Mancha, su calidad por lo menos ha de ser de Princesa, pues es reina y señora mía, su hermosura sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quiméricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas; que sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las partes que a la vista humana encubrió la honestidad son tales (42), según yo pienso y entiendo, que sola la discreta consideración puede encarecerlas y no compararlas. El linaje, prosapia y alcurnia querríamos saber, replicó Vivaldo. A lo cual respondió D. Quijote: No es de los antiguos Curcios, Cayos (43) y Cipiones romanos, ni de los modernos Colonas y Ursinos (44), ni de los Moncadas y Requesenes de Cataluña; ni menos de los Rebellas y Villanovas de Valencia; Palafojes, Nuzas, Rocabertis, Corellas, Lunas, Alagones, Urreas, Foces y Gurreas de Aragón; Cerdas, Manriques, Mendozas y Guzmanes de Castilla; Alencastres, Pallás y Meneses de Portugal; pero es de los del Toboso de la Mancha, linaje aunque moderno tal, que puede dar generoso principio a las más ilustres familias de los venideros siglos; y no se me replique en esto, si no fuere con las condiciones que puso Cervino (45) al pie del trofeo de las armas de Orlando, que decía:

Nadie las mueva

Que estar no pueda con Roldán a prueba.

Aunque el mío es de los Cachopines de Laredo (46), respondió el caminante, no le osaré yo poner con el del Toboso de la Mancha, puesto que para decir verdad, semejante apellido hasta ahora no ha llegado a mis oídos. ¡Cómo eso no habrá llegado! replicó D. Quijote. Con gran atención iban escuchando todos los demás la plática de los dos, y aun hasta los mismos cabreros y pastores conocieron la demasiada falta de juicio de nuestro D. Quijote. Sólo Sancho Panza pensaba que cuanto su amo decía era verdad, sabiendo él quién era, y habiéndole conocido desde su nacimiento; y en lo que dudaba algo, era en creer aquello de la linda Dulcinea del Toboso, porque nunca tal nombre ni tal Princesa había llegado jamás (47) a su noticia, aunque vivía tan cerca del Toboso. En estas pláticas iban, cuando vieron que por la quiebra que dos altas montañas hacían, bajaban hasta veinte pastores, todos con pellicos de negra lana vestidos y coronados con guirnaldas, que a lo que después pareció, eran, cuál de tejo y cuál de ciprés (48). Entre seis dellos traían unas andas cubiertas de mucha diversidad de flores y de ramos. Lo cual, visto por uno de los cabreros, dijo: Aquellos que allí vienen son los que traen el cuerpo de Grisóstomo, y el pie de aquella montaña es el lugar donde él mando que le enterrasen. Por esto se dieron prisa a llegar, y fué a tiempo que ya los que venían habían puesto las andas en el suelo, y cuatro dellos con agudos picos estaban cavando la sepultura a un lado de una dura peña. Recibiéronse los unos y los otros cortésmente, y luego Don Quijote y los que con él venían se pusieron a mirar las andas, y en ellas vieron cubierto de flores un cuerpo muerto y vestido como pastor, de edad al parecer de treinta años; y aunque muerto, mostraba que vivo había sido de rostro hermoso y de disposición gallarda. Alrededor dél tenía en las mismas andas algunos libros (49) y muchos papeles abiertos y cerrados: y así los que esto miraban como los que abrían la sepultura, y todos los demás que allí había, guardaban un maravilloso silencio, hasta que uno de los que al muerto trujeron, dijo a otro: Mirá bien, Ambrosio, si es éste el lugar que Grisóstomo dijo, ya que queréis (50) que tan puntualmente se cumpla lo que dejó mandado en su testamento. Éste es, respondió Ambrosio, que muchas veces en él me contó mi desdichado amigo la historia de su desventura. Allí me dijo él que vió la vez primera a aquella enemiga mortal del linaje humano. Y allí fué también donde la primera vez le declaró su pensamiento, tan honesto como enamorado, y allí fué la última vez donde Marcela le acabó de desengañar y desdeñar, de suerte que puso fin a la tragedia de su miserable vida; y aquí, en memoria de tantas desdichas, quiso él que le depositasen en las entrañas del eterno olvido (51). Y volviéndose a D. Quijote y a los caminantes, prosiguió diciendo: Ese cuerpo, señores (52), que con piadosos ojos estáis mirando, fué depositario de un alma en quien el cielo puso infinita parte de sus riquezas. Ése es el cuerpo de Grisóstomo, que fué único en el ingenio, solo en la cortesía, extremo en la gentileza, fénix en la amistad, magnífico sin tasa, grave sin presunción, alegre sin bajeza, y, finalmente, primero en todo lo que es ser bueno, y sin segundo en todo lo que fué ser desdichado. Quiso bien, fué aborrecido; adoró, fué desdeñado; rogó a una fiera, importunó a un mármol, corrió tras el viento, dió voces a la soledad, sirvió a la ingratitud, de quien alcanzó por premio (53) ser despojo de la muerte en la mitad de la carrera de su vida, a la cual dió fin una pastora a quien él procuraba eternizar para que viviera en la memoria de las gentes, cual lo pudieran mostrar bien esos papeles que estáis mirando, si él no me hubiera mandado que los entregara al fuego en habiendo entregado su cuerpo a la tierra. De mayor rigor y crueldad usaréis vos con ellos, dijo Vivaldo, que su mismo dueño, pues no es justo ni acertado que se cumpla la voluntad de quien lo que ordena (54) va fuera de todo razonable discurso; y no lo tuviera bueno Augusto César (55), si consintiera que se pusiera en ejecución lo que el divino Mantuano dejó en su testamento mandado. Así que, señor Ambrosio, ya que deis el cuerpo de vuestro amigo a la tierra, no queráis dar sus escritos al olvido, que si él ordenó como agraviado, no es bien que vos cumpláis como indiscreto; antes haced, dando la vida a estos papeles, que la tenga siempre la crueldad de Marcela, para que sirva de ejemplo en los tiempos que están por venir a los vivientes, para que se aparten y huyan de caer en semejantes despeñaderos; que ya sé yo y los que aquí venimos la historia deste vuestro enamorado y desesperado amigo, y sabemos la amistad vuestra, y la ocasión de su muerte, y lo que dejó mandado al acabar de la vida; de la cual lamentable historia se puede sacar cuánta haya sido la crueldad de Marcela, el amor de Grisóstomo, la fe de la amistad vuestra, con el paradero que tienen los que a rienda suelta corren por la senda que el desvariado amor delante de los ojos les pone. Anoche supimos la muerte de Grisóstomo, y que en este lugar había de ser enterrado, y así de curiosidad y de lástima dejamos nuestro derecho viaje, y acordamos de venir a ver con los ojos lo que tanto nos había lastimado en oíllo; y en pago desta lástima, y del deseo que en nosotros nació de remedialla si pudiéramos, te rogamos, ¡oh discreto Ambrosio!, a lo menos yo te lo suplico de mi parte, que dejando de abrasar estos papeles, me dejes llevar algunos dellos. Y sin aguardar que el pastor respondiese, alargó la mano y tomó algunos de los que más cerca estaban; viendo lo cual Ambrosio, dijo: Por cortesía consentiré que os quedéis, señor, con los que ya habéis tomado; pero pensar que dejaré de quemar los que quedan, es pensamiento vano. Vivaldo, que deseaba ver lo que los papeles decían, abrió luego el uno dellos, y vió que tenía por título: Canción desesperada. Oyólo Ambrosio, y dijo: Ése es el último papel que escribió el desdichado; y porque veáis, señor, en el término que le tenían sus desventuras, leelde de modo que seáis oído que bien os dará lugar a ello el que se tardare (56) en abrir la sepultura. Eso haré yo de muy buena gana, dijo Vivaldo; y como todos los circunstantes tenían el mismo deseo, se le pusieron a la redonda, y él, leyendo en voz clara, vió que así decía.

 

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Ricardo Grau
Bodegón con Apolo
Óleo sobre cartón
41 x 66 cm. 1932 Bruselas


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Ricardo Grau
Mujer sentada
Acuarela
32 x 27 cm. 1940

 

Capítulo XIV

Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor con otros no esperados sucesos (1)

CANCIÓN DE GRISÓSTOMO (2)

Ya que quieres, cruel, que se publique
De lengua en lengua y de una en otra gente
del áspero rigor tuyo la fuerza;
Haré que el mismo infierno comunique
Al triste pecho mío un son doliente,
Con que el uso común de mi voz tuerza.

Y al par de mi deseo, que se esfuerza
A decir mi dolor y tus hazañas,
De la espantable voz irá el acento,
Y en él mezclados por mayor tormento
Pedazos de las míseras entrañas.

Escucha, pues, y presta atento oído,
No al concertado son, sino al ruido
Que de lo hondo de mi amargo pecho,
Llevado de un forzoso desvarío,
Por gusto mío sale y tu despecho.

El rugir del león, del lobo fiero
El temeroso aullido, el silbo horrendo
De escamosa serpiente, el espantable
Baladro de algún monstruo, el agorero (3)
Graznar de la corneja, y el estruendo
Del viento contrastado en mar instable;
Del ya vencido toro el implacable
Bramido, y de la viuda tortolilla
El sensible arrullar, el triste canto
Del invidiado buho (4), con el llanto
De toda la infernal negra cuadrilla,
Salgan con la doliente ánima fuera (5),
Mezclados en un son de tal manera,
Que se confundan los sentidos todos,
Pues la pena cruel que en mí se halla,
Para contalla pide nuevos modos (6),
De tanta confusión, no las arenas
Del padre Tajo oirán los tristes ecos,
Ni del famoso Betis las olivas:
Que allí se esparcirán mis duras penas
En altos riscos y en profundos huecos,
Con muerta lengua y con palabras vivas (7);
O ya en oscuros valles, o en esquivas
Playas desnudas de contrato humano,
O adonde el sol jamás mostró su lumbre,
O entre la venenosa muchedumbre
De fieras que alimenta el Libio llano (8):
Que puesto que en los páramos desiertos
Los ecos roncos de mi mal inciertos
Suenen con tu rigor tan sin segundo,
Por privilegio de mis cortos hados
Serán llevados por el ancho mundo.

Mata un desdén, atierra la paciencia (9)
O verdadera o falsa una sospecha:
Matan los celos con rigor más fuerte;
Desconcierta la vida larga ausencia;
Contra un temor de olvido no aprovecha
Firme esperanza (10) de dichosa suerte.
En todo hay cierta inevitable muerte:
Mas yo ¡milagro nunca visto! vivo
Celoso, ausente, desdeñado, y cierto
De las sospechas que me tienen muerto,
Y en el olvido en quien mi fuego avivo.

Y entre tantos tormentos, nunca alcanza
Mi vista a ver en sombra la esperanza,
Ni yo desesperado la procuro;
Antes por extremarme en mi querella (11),
Estar sin ella eternamente juro.

¿Puédese por ventura en un instante
Esperar y temer, o es bien hacello,
Siendo las causas del temor más ciertas?
¿Tengo, si el duro celo está delante (12),
De cerrar estos ojos, si he de vello
Por mil heridas en el alma abiertas?
¿Quién no abrirá de par en par las puertas
A la desconfianza, cuando mira (13)
Descubierto el desdén, y las sospechas,
¡Oh amarga conversión! verdades hechas,
Y la limpia verdad vuelta en mentira?
¡Oh, en el reino de amor fieros tiranos
Celos! Ponedme un hierro en estas manos;
Dame, desdén, una torcida soga:
¡ Mas ay de mí! que con cruel victoria
Vuestra memoria el sufrimiento ahoga.

Yo muero en fin; y porque nunca espere.
Buen suceso en la muerte ni en la vida,
Pertinaz estaré en mi fantasía.
Diré que va acertado el que bien quiere.
Y que es más libre el alma más rendida
A la de amor antigua tiranía.

Diré que la enemiga siempre mía
Hermosa el alma con el cuerpo tiene,
Y que su olvido de mi culpa nace,
Y que en fe de los males que nos hace,
Amor su imperio en justa paz mantiene
Y con esta opinión y un duro lazo (14),
Acelerando el miserable plazo
A que me han conducido sus desdenes,
Ofreceré a los vientos cuerpo y alma
Sin lauro o palma de futuros bienes.

Tú, que con tantas sinrazones (15) muestras
La razón que me fuerza a que la haga
A la cansada vida que aborrezco;
Pues ya ves que te da notorias muestras
Esta del corazón profunda llaga (16),
De cómo alegre a tu rigor me ofrezco,
Si por dicha conoces que merezco
Que el cielo claro de tus bellos ojos
En mi muerte se turbe, no lo hagas
Que no quiero que en nada satisfagas
Al darte de mi alma los despojos.

Antes con risa en la ocasión funesta
Descubre que el fin mío fué tu fiesta.
Mas gran simpleza es avisarte desto,
Pues sé que está tu gloria conocida
En que mi vida llegue al fin tan presto.

Venga, que es tiempo ya, del hondo abismo
Tántalo con su sed, Sísifo venga
Con el peso terrible de su canto,
Ticio (17) traiga su buitre, y ansimismo
Con su rueda Egión no se detenga,
Ni las hermanas que trabajan tanto.
Y todos juntos su mortal quebranto
Trasladen en mi pecho y en voz baja
(Si ya a un desesperado son debidas)
Canten obsequias tristes (18), doloridas
Al cuerpo, a quien se niegue aun la mortaja.

Y el portero infernal de los tres rostros
Con otras mil quimeras y mil monstruos
Lleven el doloroso contrapunto,
Que otra pompa mejor no me parece
Que la merece un amador difunto.

Canción desesperada, no te quejes;
Cuando mi triste compañía dejes:
Antes, pues, que la causa do naciste (20)
Con mi desdicha aumenta su ventura,
Aun en la sepultura no estés triste.

 

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Ricardo Grau
Mujer con cántaro
Acuarela
32 x 27 cm.1940

 

Bien les pareció a los que escuchado habían la canción (21) de Grisóstomo, puesto que el que la leyó dijo que no le parecía que conformaba con la relación que él había oído del recato y bondad de Marcela, porque en ella se quejaba Grisóstomo de celos, sospechas y de ausencia, todo en perjuicio del buen crédito y buena fama de Marcela. A lo cual respondió Ambrosio, como aquel que sabía bien los más escondidos pensamientos de su amigo: Para que, señor, os satisfagáis (22) desa duda, es bien que sepáis que cuando este desdichado escribió esta canción, estaba ausente de Marcela, de quien se había ausentado por su voluntad, por ver si usaba con él la ausencia de sus ordinarios fueros; y como al enamorado ausente no hay cosa que no le fatigue ni temor que no le dé alcance, así le fatigaban a Grisóstomo los celos imaginados y las sospechas temidas como si fueran verdaderas; y con esto queda en su punto la verdad que la fama pregona de la bondad de Marcela; la cual, fuera de ser cruel (23) y un poco arrogante y un mucho desdeñosa, la misma envidia ni debe ni puede ponerle falta alguna. Así es la verdad, respondió Vivaldo; y queriendo leer otro papel de los que había reservado del fuego, lo estorbó una maravillosa visión (que tal parecía ella) que improvi-samente se les ofreció a los ojos, y fué que por cima de la peña donde se cavaba la sepultura, pareció la pastora Marcela (24), tan hermosa, que pasaba a su fama su hermosura. Los que hasta entonces no la habían visto la miraban con admiración y silencio, y los que ya estaban acostumbrados a verla no quedaron menos suspensos que los que nunca la habían visto. Mas apenas la hubo visto Ambrosio, cuando con muestras de ánimo indignado le dijo: ¿Vienes a ver por ventura, ¡oh fiero basilisco destas montañas! si con tu presencia vierten sangre las heridas deste miserable a quien tu crueldad quitó la vida, o vienes a ufanarte en las crueles hazañas de tu condición, o a ver desde esa altura, como otro desapiadado Nero, el incendio (25) de su abrasada Roma, o a pisar arrogante este desdichado cadáver como la ingrata hija el de su padre Tarquino? Dinos presto a lo que vienes, o qué es aquello de que más gustas, que por saber yo que los pensamientos de Grisóstomo jamás dejaron de obedecerte en vida, haré que, aun él muerto, te obedezcan los de todos aquellos que se llamaron sus amigos. No vengo, ¡oh Ambrosio (26)!, a ninguna cosa de las que has dicho, respondió Marcela, sino a volver por sí misma, y a dar a entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan; y así, ruego a todos los que aquí estáis, estéis atentos, que no será menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos (27). Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera, que sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis, decís y aun queréis que esté yo obligada a amaros. Yo conozco con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que por razón de ser amado esté obligado lo que es amado por hermoso, a amar a quien le ama; y más que podría acontecer que al amador de lo hermoso fuese feo, y siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir: Quiérote por hermosa, hazme de amar aunque sea feo. Pero puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas las hermosuras enamoran, que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuál habrían de parar; porque siendo infinitos los sujetos hermosos infinitos habían de ser los deseos; y según yo he oído decir el verdadero amor no se divide y ha de ser voluntario y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien? Si no, decidme: ¿Si como el cielo me hizo hermosa, me hiciera fea, fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades? Cuanto más que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo, que tal cual es el cielo me la dió de gracia, sin yo pedilla ni escogella; y así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprendida por ser hermosa; que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni él quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca. La honra y las virtudes son adornos del alma, sin los cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe de parecer hermoso: pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquel que por sólo su gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda? Yo nací libre, y para poder vivir libre, escogí la soledad de los campos, los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos, con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado, y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista, he desengañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo, ni a otro alguno en fin de ninguno dellos, bien se puede (28) decir que antes le mató su porfía que mi crueldad; y si se me hace cargo que eran honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él con todo este desengaño quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido; mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa (29).

Quéjese el engañado (30), desespérese aquel a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confíese el que yo llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito. El cielo aun hasta ahora no ha querido que yo ame por destino; y el pensar que tengo de amar por elección, es excusado. Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho (31); y entiéndase de aquí adelante, que si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque quien a nadie quiere a ninguno debe dar celos, que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes. El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida, ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera. Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas; tengo libre condición, y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a éste, ni solicito a aquél, ni burlo con uno, ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de los zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene; tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera. Y en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura (32), a todos los que allí estaban. Y algunos dieron muestras (de aquellos que de la poderosa flecha de los rayos de sus bellos ojos estaban heridos) de quererla seguir, sin aprovecharse del manifiesto desengaño que habían oído. Lo cual visto por D. Quijote (33), pareciéndole que allí venía bien usar de su caballería socorriendo a las doncellas menesterosas, puesta la mano en el puño de su espada, en altas e inteligibles (34) voces dijo: Ninguna persona de cualquiera estado y condición que sea se atreva a seguir a la hermosa Marcela, sopena de caer en la furiosa indignación mía. Ella ha mostrado con claras razones la poca o ninguna culpa que ha tenido en la muerte de Grisóstomo, y cuán ajena vive de condescender con los deseos de ninguno de sus amantes, a cuya causa es justo que en lugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los buenos del mundo, pues muestra que en él ella es sola la que con tan honesta intención vive (35). O ya que fuese por las amenazas de D. Quijote, o porque Ambrosio les dijo que concluyesen con lo que a su buen amigo debían, ninguno de los pastores se movió ni apartó de allí, hasta que acabada la sepultura, y abrasados los papeles de Grisóstomo, pusieron su cuerpo en ella, no sin muchas lágrimas de los circunstantes. Cerraron la sepultura con una gruesa peña en tanto que se acababa una losa que, según Ambrosio dijo, pensaba mandar hacer con un epitafio que había de decir desta manera:

Yace aquí de un amador (36)
el mísero cuerpo helado,
que fué pastor de ganado,
perdido por desamor.

Murió a manos del rigor
de una esquiva hermosa ingrata,
con quien su imperio dilata
la tiranía de amor.

Luego esparcieron por cima de la sepultura muchas flores y ramas, y dando todos el pésame a su amigo Ambrosio, se despidieron dél. Lo mismo hicieron Vivaldo y su compañero, y D. Quijote se despidió de sus huéspedes y de los caminantes, los cuales le rogaron se viniese con ellos a Sevilla, por ser lugar tan acomodado a hallar aventuras (37), que en cada calle y tras cada esquina se ofrecen más que en otro alguno. Don Quijote les agradeció el aviso y el ánimo que mostraban de hacerle merced, y dijo que por entonces no quería ni debía ir a Sevilla, hasta que hubiese despojado todas aquellas sierras de ladrones (38) malandrines, de quien era fama que todas estaban llenas. Viendo su buena determinación, no quisieron los caminantes importunarle más, sino tornándose a despedir de nuevo, le dejaron y prosiguieron su camino, en el cual no les faltó de qué tratar, así de la historia de Marcela y Grisóstomo, como de las locuras de D. Quijote, el cual determinó de ir a buscar a la pastora Marcela y ofrecerle todo lo que él podía en su servicio. Mas no le avino como él pensaba, según se cuenta en el discurso desta verdadera historia, dando aquí fin la segunda parte (39).

 

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