VII

MELGAR Y "SILVIA"

 

No era por cierto el único sentimiento que animaba a Melgar en aquel tiempo. Como todos los jóvenes de su edad, y más con la afinada sensibilidad de que en todos sus actos dio muestra, Melgar tuvo también por entonces su primera inquietud amorosa. A pesar de vestir el traje oficial del Seminario y de haber recibido una tempranísima tonsura a los siete años y las órdenes menores a los veinte, cada vez estaba más claro que no tenía verdadera vocación sacerdotal y que su ordenación en realidad era un deseo de su padre y no suyo. Aunque en este caso, y tal vez más que en otros, la leyenda que rodea a Melgar ha tenido, como es de suponer, viva ocasión para manifestarse, parece lo cierto que ese primer amor puede fijarse en 1810. Los datos autobio-gráficos que él mismo nos ha dado en su muy difundida Carta a Silvia1  tienen desde luego un adorno poético y no se pueden tomar literalmente, pero el proceso que nos cuenta es perfectamente verosímil.

Ante todo nos dice que hasta los veinte años no había sentido el fuego del amor:

veinte veces el Sol repasó el cielo
y otras veces la tierra sus delicias
mostró en la primavera, desde el punto
en que comenzó el curso de mi vida;


pero, "¡instante fatal!", todo cambió desde que vio y fue mirado por la joven a la que da el nombre literario de "Melisa":

 

Tres veces volví a ver sus vivos ojos,
y tres veces hallé que me veían;
ya no fui mío, fui del amor sólo.

Aunque con reticencias, y entre ciertas cortinas elusivas, revela que su amor le hizo deliberar consigo mismo:

y en calma bien tranquila
resolví en largo tiempo deshacerme
de otros deseos, que antes me movían;

lo que se puede interpretar como que fue entonces cuando desistió de la ordenación sacerdotal a que se había ido preparando.

No es posible, sin duda, guiarse estrictamente por las frases de un verso, sujetas siempre a las imaginaciones del poeta o a artificios retóricos, pero puede pensarse que fue así a fines de 1810 o al comenzar 1811 cuando Melgar comprendió definitivamente que carecía de verdadera vocación y que estaba llamado a discurrir por caminos humanos. Así lo expresa claramente su hermano José Fabio Melgar, quien en sus "Noticias biográficas" de 1865 afirma que Mariano "abrió entonces su corazón a su respetable padre, y le declaró que no estaba dispuesto a recibir las órdenes sagradas que se trataba de conferirle"; despojándose de "los hábitos clericales", pero sin abandonar por eso "el estudio de su religión"2 . Esta última aclaración es evidente. Lo cierto es que no sólo continuó de catedrático en el Seminario, sino que fue precisamente entonces cuando se le entregó la dirección del nuevo curso de filosofía. Lo cierto es también que, a pesar de su decisión, se mantuvo tan invariable su adhesión a la Iglesia que en un documento de principios de 1813 aparece con el cargo administrativo de "Notario del Santo Tribunal de la Inquisición"3 .

Melgar llega a declarar que pensó casarse:

 

(a ligarme con lazos de Himeneo
mi sensibilidad al fin me inclina);

pero las coqueterías amorosas y los estudiados desvíos de "Melisa" no le permitieron avanzar. En sus versos se queja del juego de las miradas, del amor que se le ofrecía y se alejaba, de la falta de integridad de corazón que el poeta anhelaba. Y al cabo de seis meses:

seis meses no duró ni durar pudo
una pasión tan mal correspondida,

se retiró para olvidarla, sin atender después cuando ella intentó encender de nuevo

la llama que apagué viendo su orgullo4 .

Es posible que a esta época se deba el irónico soneto de Melgar A la mujer, si es que por su fácil alarde conceptista no es preferible considerarlo como un juego retórico:

No nació la mujer para querida,
por esquiva, por falsa y por mudable;
y porque es bella, débil, miserable,
no nació para ser aborrecida.
No nació para verse sometida,
porque tiene carácter indomable;
y pues prudencia en ella nunca es dable
no nació para ser obedecida.
Porque es flaca no puede ser soltera,
porque es infiel no puede ser casada,
por mudable no es fácil que bien quiera.
Si no es, pues, para amar o ser amada,
sola o casada, súbdita o primera,
la mujer no ha nacido para nada5 .

No hay constancia efectiva del nombre de esa primera amada de Melgar. La tradición constante en Arequipa, difundida por estudiosos de Melgar como Ladislao Cabrera Valdez, Francisco Mostajo y muchos más6 , han señalado el nombre de Manuela Paredes, hija del doctor Mariano Paredes, nacida en 1797 y casada más tarde con Nazario Julio Rospigliosi. Las "Noticias biográficas" dan de ella una imagen poco favorable, y el propio Melgar la llama una vez "la pérfida Melisa" y en su dolida composición "Sepa la cruel Melisa" cree que por sus burlas puede llegar a aborrecerla:

(no me encanta una esquiva,
a mí no me cautiva
quien me hace padecer)7 :

pero puede haberse tratado sólo de una coquetería juvenil y no de los crueles artificios que, en su cariño herido, le atribuye el poeta. Puede haber también mucho de ficción literaria. Por lo menos el nombre de "Melisa" era común entonces en las poesías amatorias de los autores españoles y de sus seguidores hispanoamericanos de la época. Ya el agustino fray Diego González (1733-1794), en las églogas de su supuesto pastor Delio, cantaba a una "Melisa" que se ha creído que fue una señorita gaditana. Juan Bautista Arriaza (1770-1837), bien conocido por Melgar, en su idilio IV, Aglauro y Melisa, llama a una zagala de ese nombre: "Ven a tu amante, ven, dulce Melisa"8 . El clásico recuerdo de las églogas pastoriles se unía así, en esos años de valoración del "hombre sensible" frente a las frialdades del "hombre racional", a lo que era en Europa y América un anticipo del romanticismo.

Del mismo carácter parece haber sido otra vaga figura femenina que recuerda Melgar en su Elegía IV:

otro primor del gusto,
otra pastora bella,
con mil caricias quiso hacerme suyo9 .

Puede haber sido la que él llama con el nombre poético de "Filis", aprendido tal vez en el ciclo anacreóntico de La paloma de Filis, de Juan Meléndez Valdés (1754-1817), el gran maestro de la poesía lírica española en esa época de transición de un siglo a otro, y al mismo tiempo de evolución de un gusto a otro10 . Melgar, que iba a tratar a menudo el mismo tema de las paloma y las tórtolas, aunque mezclado con las "urpi" indígenas, habla de "Filis" con discreta ironía:

Por no sé qué capricho
Filis juró olvidarme.
Pasados pocos días
hizo otra vez las paces.
Pero fue tan gustoso
aquel feliz instante,
que le digo mil veces:

"Filis, vuelve a olvidarme,
con tal que a pocos días
vuelvas a hacer las paces"11 .

No puede saberse más de estos inciertos e imprecisos ensayos amorosos. Lo importante es que, como Romeo, enamorado primero de Rosalina hasta caer envuelto en su dramático amor por Julieta, así también Melgar, luego de estas breves zozobras transitorias, se sintió al fin rendido por la que iba a ser, definitivamente, la pasión de su vida. Y desde entonces dedicó la parte más constante y el caudal más valioso y representativo de su obra a María Santos Corrales y Salazar, la "Silvia" de sus versos.

También "Silvia" era nombre poético habitual. El mismo Arriaza, en su idilio III, Los ecos, se queja, como lo iba a hacer después Melgar:

Ya Silvia me ha olvidado y no me quiere;

en su composición Silvia se lamenta de que "la hermosa Silvia" no diera un rayo de esperanza "a una pasión tan firme y duradera como la suya"12 ; y en La despedida de Silvia, escrita a imitación de La partenza de Metastasio, parece anunciar las horas finales de Melgar. En esos versos, que más de una vez han sido erróneamente atribuidos al poeta arequipeño, Arriaza canta con sonoridad:

Ya llegó el instante fiero,
Silvia, de mi despedida,
pues ya anuncia la partida
con estrépito el cañón ...13 

Igualmente Meléndez Valdés repite el nombre (oda IX, " De un baile"), y un Juan Pablo Forner (1754-1797) vuelve a utilizarlo en el bello soneto Desesperación del pastor Aminta:

Herido de tu amor, Silvia, ¿qué espero?,

en el madrigal La abeja, en la anacreóntica VIII, A Silvia, y aun en la Sátira contra los vicios introducidos en la poesía castellana, premiada por la Real Academia en 178214 .

Pero la "Silvia" de Melgar no fue una ficción poética, sino una mujer de carne y hueso, y además tenía con él una relación de parentesco si no muy próxima, no tampoco lejana. Según los datos consignados por el canónigo doctor Santiago Martínez, ella era nieta de María Sanabria, quien casó en 1731 con Ignacio Corrales y era hija de Francisco Sanabria y de Antonia Laguna, y hermana por lo tanto de Josefa Sanabria, la abuela paterna de Mariano Melgar. Los padres de la amada y del poeta (José Corrales y Sanabria y Juan de Dios Melgar y Sanabria, respectivamente) eran así primos hermanos15 .

Es lógico suponer, por tal razón, que Melgar conoció y trató desde su infancia a quien iba a marcarle tan profundas huellas en su vida. Tal vez en esos primeros años sólo observó a su prima con una mirada indiferente, porque era siete años mayor que ella y en esos tiempos de la infancia las diferencias en la edad asumen una proporción extraordinaria. En efecto, Mariano Melgar había nacido en 1790, y María Santos Corrales y Salazar vino al mundo en 1797, el 1 de noviembre, o sea, el día de Todos los Santos, por lo que se la bautizó con ese nombre. Así consta de la partida que se guarda en los Libros del Sagrario de Arequipa:

"Año del Señor de 1797. –En tres de noviembre yo don Juan José Cáceres, teniente de cura de esta Santa Iglesia Catedral de Arequipa, puse óleo y crisma a una criatura de dos días de nacida, a quien puse por nombre María Santos, hija legítima de don José Corrales y doña Manuela Salazar. Fue su madrina doña Petronila Salazar, a quien advertí su obligación y parentesco espiritual, y lo firmé. –Ldo. Mathias Banda"16 .

La familia Corrales vivía en una sencilla casa situada al extremo occidental de la ciudad, al otro lado del río Chili17 . Como la calle donde vivían los Melgar era la puerta de entrada y de salida de quienes llegaban de la sierra o partían hacia ella, el lugar donde habitaban los Corrales era en cambio la iniciación del camino a la costa. Por allí pasaron Bolívar y Sucre en los días intensos y entusiasmados de la Emancipación, y por esa calle, llamada del Beaterio, entraban los comerciantes y viajeros que traían, en su corazón y en sus pupilas el ambiente del mar.

Cuando a los veinte años de su edad Melgar empezó a sentirse envuelto en el amor a María Santos, ella era por lo tanto sólo una niña de trece años. No es mucho así lo que pueda haber puesto por su parte, de aceptación o de rechazo. Pero para los amores de un poeta basta su propio impulso, porque con lo que siente o lo que sueña, lo que cree percibir o lo que imagina, tiene elementos suficientes para desarrollar todo un drama amoroso.

En todo caso, el doloroso proceso de esa pasión,

la historia de mi amor, toda mi historia18 

–al menos como Melgar la veía o la creía– está reflejado en su noble Carta a Silvia, romance endecasílabo en 522 versos asonantes, que por la temprana y trágica muerte del poeta es posible que nunca pusiera en manos de su amada.

En ese poema, Melgar cuenta con qué caracteres imprecisos empezó a crecer su amor por "Silvia". Se hallaba todavía atraído por "Melisa", y no hubiera llegado a desprenderse de ésta si los desdenes y las burlas no lo hubieran herido vivamente en su orgullo. Melgar se encontró libre, pero a su transitoria libertad siguió inmediatamente un nuevo y profundo cautiverio:

Así que libertad ninguna tuve.
De unas a otras cadenas en un día
pasé, y fui tuyo luego que fui mío.

Al principio parece que uno y otra sólo se hablaron con los ojos. El poeta se sentía tímido, y la edad de ella era demasiado corta para que se diera cuenta de las desazones que causaba. Pero a poco, "una respuesta ambigua de sus labios" fue suficiente acicate para que el poeta percibiera que su pasión ardía y que

por horas este fuego se aumentaba.

Desde ese instante ya la pasión no tuvo límites. Como Romeo en el drama de Shakespeare, o como Calisto que pierde su propio nombre en el amor por la rubia Melibea, así también Melgar cuenta que ver a "Silvia" era su gloria y dejar de mirarla era perder la dicha.

Siete veces llenó la luna hermosa
su blanca redondez,

sin que "Silvia" pronunciara palabras de aceptación; hasta que de pronto, en la realidad o en el anhelo del poeta, el amor fue correspondido. "Conseguí al cabo que me amase Silvia", dice en la Elegía V19 . "Mas con todo ya supe que me amabas", repite en la Carta a Silvia; para aclarar que su amor era puro, lejos del bajo querer con que el amante

quiere, procura, gime, clama y llora,
por fin consigue, y al momento olvida.

Esta correspondencia en el amor parece no haber sido sólo una satisfacción imaginaria, sino una halagadora y al menos transitoria realidad. La corta edad de "Silvia" puede disminuirla, pero no negarla por completo, porque, fuera de que en las lides amorosas las fechas y la lógica no siempre cuentan mucho, la transmisión de los datos familiares y las repetidas expresiones de Melgar no permiten dudas al respecto.

Juramos ser yo suyo y ella mía,

dice en el yaraví "Todo mi afecto puse en una ingrata"20 ; y aunque esto puede ser una exageración apasionada, el hermano del poeta José Fabio Melgar, en sus "Noticias biográficas" de 1865, cuando hacía cincuenta años que Mariano Melgar había muerto y cuando la reciente viudez de "Silvia"21  podía haberlo llevado a diluir en el olvido ese amor juvenil, dice concretamente que ella "fue digna de la pasión de Melgar, y supo amarlo"22 .

De no ser así, no se explicarían las rotundas palabras de Melgar en el soneto A Silvia23:

Bien puede el mundo entero conjurarse
contra mi dulce amor y mi ternura,
y el odio infame y tiranía dura
de todo su rigor contra mí armarse;
bien puede el tiempo rápido cebarse
en la gracia y primor de su hermosura,
para que cual si fuese llama impura
pueda el fuego de amor en mí acabarse;
bien puede, en fin, la suerte vacilante,
que eleva, abate, ensalza y atropella,
alzarme o abatirme en un instante;
que al mundo, al tiempo y a mi varia estrella,
más fino cada vez y más constante,
les diré: "Silvia es mía y yo soy de ella".

Pero pronto esta dulce relación, y estos afectos evidentemente compartidos, empezaron a resquebrajarse y a nublarse, hasta producir el final absoluto.

Melgar, que siguió creyendo a "Silvia" y confiando en su amor, señalaba para esta separación o ruptura tres causas, predominantemente externas. En primer lugar –y quizá si aumentado por él mismo con cierta humana vanidad–, el recelo de "Silvia" ante un poeta siete años mayor que ella y que, además de su largo tiempo de ostensible carrera religiosa, se había ya mostrado apasionado por "Melisa" y por lo tanto podía cambiar de sentimientos. Para asegurarla, Melgar jura ser fiel al nuevo amor, cuando ella –como se afirma en la Elegía IV24 –

obstinada porfía
que le he sido perjuro.

En segundo lugar, influyó en contra del poeta la muerte inesperada de la madre de "Silvia". A juzgar por los firmes acentos de su Carta y la amplitud con que insiste en el tema, que no se explicarían si se tratara sólo de un recurso retórico, parece que hay que creer que en realidad la madre de María Santos, si no favorecía, miraba al menos con una afectuosa simpatía los galanteos de Melgar. En diversos pasajes resalta él esta actitud con palabras de encomio. "Nuestro apoyo mayor", la llama;

muerta vi a quien murió por protegerme,
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

yo vi mustios aquellos mismos labios
que una hora antes mi afecto defendían,

reitera en otra parte, como sugiriendo alguna disputa familiar en la que ella hubiera salido en defensa del poeta. Y en otro momento dice con tono filial y respetuoso:

Madre igual de los dos fue; en su ternura
los dos perdimos una madre misma.

Pero la causa más profunda de la desazón creciente y del infortunio amoroso de Melgar fue, según él, la oposición de parientes y amigos que, en forma directa o indirecta, hicieron lo posible para frustrar el matrimonio que quería Melgar. Al menos así lo expresa concretamente el propio Melgar, quien tal vez por un engaño piadoso a sí mismo atribuye todo su penoso problema sentimental no a un desvío de "Silvia", sino a los engaños maliciosos e interesados de sus detractores. "Luego la envidia levantó su mano", dice en la citada Elegía V;

yo perdí a Silvia por injustas tramas
que me formaron viles enemigos,

denuncia en la Elegía III25 ; y en repetidas partes, a veces prosaicas por lo detalladamente explicativas, de su autobiográfica Carta a Silvia, insiste en

el desprecio y los tiros de la envidia
con que los tuyos, sin razón airados,
me ultrajan y persiguen a porfía.

La razón principal de estos contrastes era para Melgar su muy modesta situación económica, y así lo confirmó su hermano José Fabio en las "Noticias biográficas" de 186526 . Más que la desconfianza en su temperamento, de seguro febril y apasionado; más que las posibles diferencias de carácter político, o las discrepancias de orden familiar y personal que siempre pueden ocurrir, y sobre todo en los agitados días que vivió el Perú a comienzos del siglo XIX, lo que actuó en contra de Melgar fue el ingrato problema material –tantas veces presente– del dinero. Sus padres nunca contaron con bienes, y además habían decaído en su situación. El mismo, estudiante en el Seminario, presunto futuro sacerdote durante muchos años, se había desentendido de las conveniencias y galas del mundo. En vano se decía a sí mismo, y se lo expresaba con vehemencia a "Silvia", que la riqueza material es uno de los bienes más perecederos. En esos años de exaltación intelectual, de auge de los valores enaltecidos por la Ilustración, Melgar pensaba que el oro era una "alhaja quebradiza" y que podía en cambio confiar en su cerebro, que había de traerle "lo que en un testamento no hallaría".

Así lo declara en uno de los párrafos, tal vez de menos vuelo lírico pero de más realista sensatez, de su pormenorizada Carta a Silvia:

Han dicho que te traigo la miseria,
porque ya la fortuna, que vacila,
robó a mis padres y a mi anhelo niega
sus bienes; ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Yo poseo y tendré, merced al Cielo,
el caudal de los que aman la justicia.
El sudor de mi frente ha de traerme
lo que en un testamento no hallaría.
Pero tiemblen los míseros que tienen
el oro, que se pierde o se disipa.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Y tiemblen mucho más, porque es el mundo
un teatro que muda sus cortinas,
y en dos momentos pasan sus actores
de la gloria más alta a total ruina.

¿Hasta qué punto, sin embargo, pueden tomarse por rigurosamente exactas las apenadas exclamaciones de Melgar? Aunque de su Carta a Silvia se desprende un aire de sincera confidencia, que le asigna un valor documental por su información autobiográfica, no puede alejarse la sospecha de una transformación de carácter literario. Lamentaciones semejantes han sido muchas en la literatura, y en la poesía española de la época se puede recordar al ya citado Arriaza, al desesperanzado y melancólico Nicasio Alvarez de Cienfuegos (1764-1809) y a elegías bastante artificiales, como La partida de Meléndez Valdés.

Además, si la situación monetaria del poeta era difícil, ello no podía sorprender mucho en realidad a la familia de su amada, que no solamente tenía lazos de parentesco con Melgar, sino se hallaba en una condición social equivalente y vivía en una austera medianía económica. No se puede pensar tampoco en una separación radical entre las dos familias. No sólo el parentesco ya existía, sino fue reforzado precisamente en esos años: el 8 de febrero de 1812, María Josefa Melgar y Valdivieso, hermana del poeta, casó con Romualdo Corrales y Salazar, hermano de "Silvia", y uno de los testigos fue el propio Mariano Melgar27 .

¿Qué pudo ser entonces lo que ocurrió en la realidad? Don Francisco García Calderón, siempre ponderado y discreto en sus juicios, abre en su "Introducción" a las Poesías de Melgar una interrogación un tanto vaga: "¿Cuál fue entonces el término de sus amores y cuál la causa que los hizo desgraciados?" Y responde con tono misterioso: "La muerte de Melgar pone sello a nuestros labios y detiene nuestra pluma. No evoquemos sus males, exigiéndoles que satisfagan nuestra curiosidad; no alteremos el reposo de sus cenizas, ni provoquemos doloridos recuerdos en la Silvia a quien amó28 . Dejemos que esos amores queden sumergidos para siempre en el insondable abismo del pasado; que terminen con el hombre puesto que fueron tristes y penosos como la vida; y salvando la línea de la débil y perecedera humanidad, pensemos en el poeta, trasladándonos a las regiones de la imaginación y del espíritu, en las cuales el nombre de Melgar será con justicia imperecedero"29 .

Descartada cada vez más la posibilidad de aclarar el enigma, por la falta de cartas o de informaciones concretas al respecto, lo único que parece seguro es que las dos familias, la del poeta y la de "Silvia", convinieron en una separación, aun cuando fuera por un tiempo. El padre de "Silvia" pensaba tal vez que era la forma de llegar, sin mayores violencias, a la ruptura que él buscaba. Los padres de Melgar ("los míos, tan opuestos a este enlace como los tuyos", dice él mismo, quizá con cierta reacción orgullosa) consideraban, por sus propias razones, que la conveniencia de su hijo consistía en buscarse una situación personal más segura: la ordenación sacerdotal que siempre había querido don Juan de Dios, o la carrera del Derecho.


Notas

1 La primera edición de la Carta a Silvia tiene las siguientes portada: Carta a Silvia, obra póstuma de D. Mariano Melgar, la da a luz su hermano el Teniente Coronel graduado, Don Juan de Dios Melgar, Ayacucho: Año de 1827. Imprenta de Don A. Cárdenas. Administrada por Estevan Villegas.

2 "Noticias biográficas", en Poesías de Don Mariano Melgar (ed. 1878), cit. pág. 50.

3 Libro de Estudios del Seminario de Arequipa, f. 152: Certificación de estudios de Fermín Loayza y Benavente, 20 de enero de 1813.

4 Elegía IV, en Poesías de Don Mariano Melgar, cit. págs. 82-85.

5 Publicado por primera vez en Poesías de Don Mariano Melgar (ed. 1878), página 120. –En el legajo manuscrito de poesías de Melgar que perteneció al investigador argentino Juan María Gutiérrez, y que hoy se guarda en la Biblioteca del Congreso de la Nación en Buenos Aires, se lee dos veces este soneto, y en una de ellas con una doble anotación al margen: "M. Melgar". –"Otros la atribuyen a Carpio" (o sea Miguel del Carpio, sobrino del poeta). Pero es ésta una atribución sin fundamento.

6 Francisco Mostajo, en "Algo más sobre la Silvia del poeta", en La Crónica, Lima, 27 de enero de 1952, ofrece varios datos y cita un artículo de Ladislao Cabrera Valdez, publicado con el seudónimo de "Hernán Sánchez", en El Sur, número 26, 28 de julio de 1912.

7 Poesías de Dn. Mariano Melgar, Cuaderno 2.º ms. en la Universidad de Indiana; reproducido en Poesías completas de Melgar (Lima, 1971), págs. 93-94.

8 Recolección de poesías en Poetas líricos españoles del siglo XVIII, colección formada por Leopoldo Augusto de Cueto, en Biblioteca de Autores Españoles, ed. Rivadeneira, número 67, Madrid, 1875.

9 Elegía IV, cit. pág. 83.

10 Meléndez Valdés, Poesías, ed. Pedro Salinas, Clásicos Castellanos "La Lectura" (Madrid, 1925); La paloma de Filis en págs. 138-151.

11 En el manuscrito de Martín Ureta, dado a conocer por Pedro José Rada y Gamio, en Mariano Melgar y apuntes para la historia de Arequipa, cit. págs. 200-201.

12 Jorge Cornejo Polar, "Una fuente desconocida de la poesía de Melgar", en El Comercio, Lima 28 de noviembre de 1971, suplemento dominical.

13 Estuardo Núñez, "Mariano Melgar y sus posibles fuentes itálicas", en Las letras de Italia en el Perú (Lima, 1968), págs. 41-57.- La despedida de Silvia, de Arriaza, ha sido en efecto muchas veces publicada erróneamente como de Melgar; por ejemplo, en el Cancionero mistiano, Arequipa, 1914.- Núñez cita también antecedentes itálicos del nombre poético de "Silvia", como en A Silvia, de Giovanni Parini.

14 Obras de Juan Pablo Forner, en Bibiloteca de Autores Españoles, número 63 (Madrid, 1871).

15 Santiago Martínez, Arequipeños ilustres, cit. págs. 78-79. –Véase también Francisco Mostajo, "La Silvia de Melgar", en La Crónica, Lima, 4 de junio de 1950.

16 Rómulo Cúneo Vidal, "Reminiscencias de María Santos Corrales, la "Silvia" de Melgar", en Revista Histórica, t. VII (Lima, 1921), págs. 5-16; y Trece documentos inéditos relativos al poeta arequipeño Mariano Melgar y a Silvia, cit. –María Santos Corrales y Salazar casó con Manuel de Amat y León en Arequipa cuatro años después de la muerte de Melgar, el 24 de noviembre de 1819. En la partida de matrimonio, en vez del nombre de Manuela, aparece como madre de la novia "doña Petronila Salazar" (la madrina de "Silvia" en el bautizo).

17 El 1º de noviembre de 1942 se colocó una placa en la casa de "Silvia", en la calle Beaterio, número 126, barrio de la Soledad, con la inscripción siguiente: "1797-1881.-En esta casa habitó Silvia, la musa de Mariano Melgar, el poeta de los yaravíes. ¡Gloria a la mujer arequipeña, que inspira a los poetas con el amor o el dolor!-Ofrenda popular por órgano del grupo Ariquepay, 12 de octubre de 1942".

18 Carta a Silvia, versos 3-4:

La historia de mi amor, toda mi historia,

voy a contarte, mi querida Silvia.

19 Elegía V, en Poesías de Don Mariano Melgar (ed. 1878), págs. 86-89.

20 Publicado por primera vez en El Republicano, Arequipa, 25 de junio de 1831. Reproducido como Yaraví I, en Poesías de Don Mariano Melgar (ed. 1878), pág. 191.

21 Casada con el limeño Manuel de Amat y León en 1819, "Silvia" enviudó el 28 de julio de 1860. –Ver Santiago Martínez, "Genealogía del poeta Mariano Melgar y Valdivieso", en Pedro José Rada y Gamio, Mariano Melgar y apuntes para la historia de Arequipa, cit. pág. 118.

22 "Noticias biográficas", en Poesías de Don Mariano Melgar, cit pág. 52.

23 Poesías de Don Mariano Melgar (ed. 1878), cit. pág. 119.

24 Ibid., págs. 82-85.

25 Ibid., págs. 79-81.

26 Ibid., pág. 52.

27 Santiago Martínez, Arequipeños ilustres, cit. pág. 78.

28 "Silvia" vivía aún en 1865, cuando Francisco García Calderón escribió su "Introducción" a las Poesías. –La partida de defunción de María Santos Corrales y Salazar, en Arequipa, es de fecha 8 de marzo de 1881. Ver: Rómulo Cúneo Vidal, Trece documentos inéditos...,cit.

29 Francisco García Calderón, "Introducción", en Poesías de Don Mariano Melgar (ed. 1878), pág. 13.

 


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