"PÁLIDO, PERO SERENO"

José Luis Mejía Huamán

 

La publicación de Pálido, pero sereno (Lima, Fondo Editorial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1997; 419 p.) viene a mostrarnos, según lo ha advertido ya Wáshington Delgado, lo más depurado de la obra literaria de Carlos Eduardo Zavaleta, nombre mayor e indesligable de la generación peruana del 50.

La novela, donde Zavaleta hace gala de un amplio conocimiento literario y de un manejo casi natural de formas y estilos diferentes, narra la historia de Pablo, un muchacho provinciano que, librándose de los atavismos de su entorno –con mucho de trabajo y algo de suerte–, logra una expectante situación económica que le permite enfrentar los grandes fantasmas de su infancia, encarnados, principalmente, en Javier –Javíbora–, su tío materno.

La obra, dividida en cinco libros y 46 capítulos, tiene un formato circular que empieza con la vuelta de Pablo a Lima, ya con cincuenta años, fama y fortuna, el enfrentamiento definitivo con el tío Javier, cuyo linchamiento es sólo una sombra imprecisa en los diálogos tortuosos con su madre anciana y Lucía, la novia tantos lustros postergada, y finaliza con el triunfo final sobre Javíbora –ajusticiado por el pueblo–, la muerte de la madre –egoísta e injusta hasta en el desfallecimiento–, y la satisfacción del matrimonio de Pablo y Lucía, que enfrentan el reto del futuro en común, sin las angustias e incertidumbres de tantos años.

En el devenir de la novela, asistimos al desarrollo de la personalidad del protagonista, quien de ser un niño que miraba sorprendido el atardecer en Chimbote, se convierte en el hombre consciente de la miseria humana que, sin embargo, empeña sus fuerzas y esperanzas en un generoso pacto con la vida.

Pálido, pero sereno es un recorrido por todos los sentimientos humanos, desde la infinita solidaridad de los pueblos, hasta las más humillantes y degradantes muestras de egoísmo y avaricia. Personalidades enfrentadas van tejiendo el armazón de una novela que aspira a mostrarnos lo más variado del alma humana y las mil y una vueltas que las existencias de los hombres van dando en este carrusel, en esta mascarada de la vida. Zavaleta convierte a los personajes en metáforas, en representaciones de las virtudes y de los defectos humanos. Desde el probo, inteligente y correcto Pablo, la siempre alegre y vital Elaine, la fiel y eterna Lucía, hasta el sobreprotegido David, la madre injusta y egoísta, y el tío Javier, voraz y miserable. Todos los personajes, que son innumerables y pueden, muchos de ellos adquirir ciudadanía propia dentro del imaginario de Zavaleta, asisten al autor en la elaboración de un mapa universal del alma humana, donde coexisten personalidades intachables e insobornables, como Lucía y Elaine; vidas en eterno conflicto ético, como la madre de Pablo, y personajes oscuros e incapaces de redención, como Javíbora. Cualquiera que ingrese al recorrido vital de la novela encontrará un impresionante desfile de personajes que busca dibujar, a veces con profundidad y a veces a grandes trazos, el mar inconmensurable de seres que habitamos, a fin de siglo, este planeta. La dicotomía, la idea de "el mundo dividido" se encuentra marcadamente establecida en la novela, los contrastes entre la ciudad y el campo, entre lo artesanal y lo industrializado, entre una capital virreinal y decadente como Lima y una ciudad cosmopolita como Nueva York; entre la Norteamérica de las hamburguesas y la Europa devastada, pero siempre impresionante de la postguerra; entre el liberalismo nórdico y los prejuicios tercermundistas; entre la generosidad y la rapiña, que van abriendo un abanico de contraposiciones que colaboran en gran medida con la intención abarcadora del autor, con la visión totalizadora de un universo que no es exclusivamente justo ni injusto; que connota una insaciable voluntad de fuerzas contrarias por alcanzar la hegemonía y que se resuelve con pequeños triunfos de la bondad y de la generosidad, siempre acechados por la infinita capacidad destructora del hombre. La victoria, como la vida, nunca es definitiva; siempre espera, con la paciencia del cazador, la sombra del fracaso y de la muerte.

Párrafo aparte merecen los monólogos interiores de la madre de Pablo. Grimanesa, mujer obsesionada, injusta, egoísta, e implacable, que marca de manera indeleble el carácter del protagonista, quien, sin embargo, mantiene un constante ánimo de comprensión y tolerancia con una mujer plagada de resentimientos y amarguras. Ella, vieja y tullida, relegada en una silla de ruedas por la propia tiranía de la vejez y de la corrupción del tiempo, elabora un discurso íntimo y personal, donde justifica sus actitudes y se redime, desde su personalísima visión del mundo, de las injusticias y atropellos que cometiera. Estos monólogos constituyen, sin lugar a dudas, el más impresionante logro y el mayor aporte de esta novela.

Con Pálido, pero sereno, Zavaleta nos presenta la obra más importante de su producción literaria y nos enfrenta a nuestros monstruos y fantasmas, personales y sociales, con la habilidad de un escritor que ha hecho de este oficio un modo de vida provocador e irrenunciable, y con la sabiduría de un maestro acostumbrado a conducir a sus alumnos por los senderos de la verdad y de la belleza.

 

(Alma Mater Nº 15, 1998)

 



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