Presentación

 

Este volumen reúne, por un lado, escritos —nunca antes publicados en castellano— de algunos de los más importantes antropólogos de este siglo; por el otro, se propo-ne difundir a partir de ellos la obra de ciertos autores como Dumont o Steiner, acaso injustamente olvidados. En algunos casos, se trata de trabajos con los cuales el lector de antropología se encuentra familiarizado a fuerza de encontrarlos citados por doquier; en otros, de escritos tal vez menos conocidos, pero cuyo valor intrínseco amerita, de por sí, su publicación.

Ahora bien, presentar una serie de trabajos de autores de la talla de los aquí reunidos, nos impone exponer los criterios —o los pretextos— que han guiado su traducción y compilación en un volumen. Ante la variedad de los trabajos en cuestión, debemos, o bien diagramar a posteriori una línea de continuidad y coherencia entre ellos, o bien, como felizmente es el caso, advertir la presencia de una solidaridad en los escritos mismos. Se suele presentar la historia de la disciplina antropológica en términos de rupturas, novedades e innovaciones; creemos posible, sin embargo, inteligir las relaciones entre nuestros autores en términos de unidad temática y metodológica. De la cruda función de un Malinowski a las sutilezas semánticas de un Evans-Pritchard es perceptible una continuidad en el método y en el lenguaje que ha permitido a estos autores —como el lector descubrirá— comprenderse, comentarse, referirse y criticarse mutuamente.

Así pues, señalemos en primer lugar la unidad y la homogeneidad temática de esta serie de estudios. No creemos equivocado buscar sus raíces en los particulares vínculos que cada una de estas eminencias sostuviera, en su momento, con la obra fundante de la escuela francesa de sociología. El lector advertirá, tal vez de inmediato, que los estudios presentados reflejan las complejas y cambiantes relaciones —así como las tensiones— que existieran entre la antropología social británica y la etnología francesa de raigambre durkheimiana. Y acaso nos permitan ubicar esas relaciones en una perspectiva más exacta; en este sentido, reflejan una historia de refutaciones, vindicaciones, críticas y malentendidos mutuos que, sin embargo, no nos impiden discernir una solidaridad temática y metodológica notable.

Esta unidad, no obstante, no se limita a los vínculos que los autores sostuvieran entre sí. Frecuentemente se aprovechan los escritos inéditos o aislados de un autor para descubrir en ellos, en relación con su obra, índices de novedades, matices, transiciones o heterodoxia. Una vez más, quisiéramos señalar, en contra de esta tendencia, que estos escritos dan cuenta de la coherencia y la unidad internas que las obras de nuestros autores evidenciaban. Quizás el ejemplo más dramático sea el de las reseñas de Malinowski —previas a sus célebres faenas en las Tro-briand—, las cuales, creemos, sugieren y prefiguran el desarrollo de su obra posterior.

Pasemos a presentar, someramente, los escritos aquí reunidos. El primero es una reseña que Malinowski escribiera sobre Las formas elementales de la vida religiosa, apenas un año después de su primera publicación. El énfasis del polaco se centra esencialmente en las célebres —y ambiguas— notas de Durkheim acerca de la eficacia ritual, y, más precisamente, acerca del estado de "efervescencia". Malinowski pone en evidencia las aristas metafísicas y filosóficas de las tesis del sabio francés; en una palabra, establece, por medio de su reseña, lo que a su parecer no resulta pertinente al análisis etnológico. A partir de este temprano escrito, entonces, el lector puede entrever los gérmenes de buena parte de los cíclicos matices, interpretaciones y malentendidos que posteriormente signaron las diversas lecturas que los antropólogos británicos hicieran de la obra de la escuela francesa de sociología.

El segundo trabajo es otra obra temprana de Malinowski, escrita original-mente en polaco. Se trata de un análisis de la relación entre las creencias y los tipos de organización social; problema que desarrolla a través del siempre polémico caso del totemismo. Con el correr de las páginas, cualquier lector de Lévi-Strauss descubrirá por qué para Malinowski el tótem resultaba "bueno para comer". Si en su trabajo anterior, a través de la teoría de Durkheim, establecía qué cosas no resultan pertinentes al análisis etnológico, aquí advertimos en toda su positividad, latentes y en potencia, las ideas que forjarían su obra teórica con el correr de los años. Es preciso, entonces, que notemos lo que nos informan las insobornables cronologías: frecuentemente se afirma que Malinowski, a través de su novedoso trabajo de campo intensivo, inventó la metodología de la disciplina, y de esta manera la llevó a un status científico; de hecho, ciertos autores han fundado una dudosa fama en repetir esta idea. Lo que este escrito demuestra fehacientemente, sin embargo, es que antes de "inventar" de tal modo la antropología, y antes siquiera de partir hacia las islas Trobriand, sus lecturas lo habían llevado a reflexionar acerca de los problemas que, posteriormente, ocuparían su atención teórica (las necesidades básicas, la "función", la magia y su relación con la angustia, etcétera).

El escrito autobiográfico de Marcel Mauss, por su parte, ubica su obra en una perspectiva precisa. Son bien conocidos los intentos de Lévi-Strauss por hacer de él una suerte de precursor del estructuralismo y la teoría del intercambio. Pero Mauss, antes que protoestructuralista, era un agudo lingüista y un minucioso historiador de las religiones, quien jamás —como quedará más que claro en estas páginas— intentó apartarse de la ortodoxia durkheimiana. Señalemos brevemente dos aspectos notables que resaltan a lo largo del escrito: en primer lugar, el sentimien-to de Mauss de representar a una suerte de mente colectiva, cuya expresión más acabada era el invaluable Année Sociologique. En segundo lugar, su pasaje paulatino y metódico de las fuentes clásicas a la etnografía.

El escrito de Steiner es accidentado y fragmentario; acaso por eso constitu-ya una muestra fiel de su obra, compuesta por artículos dispersos y libros póstumos. Abarcó los estudios históricos, filológicos, teológicos, filosóficos, la etnología, y también la poesía. Tal vez debido a ello, su nombre resulta conocido sólo de un modo indirecto para los lectores de antropología. No está de más señalar, entonces, que Franz Baermann Steiner nació en Checoslovaquia en 1909; que realizó un doctorado en lenguas semíticas y etnología en la Universidad de Praga, y que, tras huir de los nazis, escribió una tesis doctoral acerca de las instituciones serviles en el Oxford de Radcliffe-Brown, Evans-Pritchard y Mary Douglas. Murió repentinamen-te en el otoño de 1952. El artículo que aquí presentamos es, en su origen, una conferencia que trata sobre ciertos fenómenos sociales que poseen características religiosas pero que, sin embargo, no forman parte de sistema de culto alguno: las llamadas "supersticiones". Además del interés que este tema pueda despertar por sí mismo, estas pocas pero sustanciosas páginas constituyen, a la vez, una verdadera lección metodológica. Steiner combina los conceptos comunes a la escuela de Oxford con un rigor formal que reproduce el de la sociología alemana. Así, por un lado, para destruir los preconceptos que existen acerca de la superstición, insiste en estudiar los fenómenos sólo en el interior del tejido social al que verdaderamente pertenecen, y, por el otro, a la hora de construir sus definiciones, acumula "tipos ideales" a la manera de Max Weber.

El artículo de Lienhardt, por su parte, es una conferencia radial ofrecida a un público masivo; lleva a cabo la difícil tarea de abordar un tema complejo y esquivo en términos simples y accesibles. El tema, como el título lo indica, son los modos de pensamiento de los pueblos primitivos. El autor examina lo que éstos tienen de particular a través del análisis de una cuestión etnográfica específica: ¿Qué significa, exactamente, la afirmación según la cual algunos hombres "son leones"? Su análisis, que en su mayor parte reproduce en forma admirable el planteo de Evans-Pritchard respecto de los azande, es guiado por lo que podríamos deno-minar la "sensatez exegética" que despierta en el etnógrafo una prolongada convivencia con los pueblos etnográficos. En el énfasis por describir la labor antropológica en términos de una traducción, el lector puede descubrir la inclinación hacia el significado que esta disciplina comenzaba a experimentar; al mismo tiempo, la contraposición repetidamente realizada entre la perspectiva del antropólogo y la del neófito recuerda el rigor metodológico que debe —necesariamente— caracterizar a esta "traducción".

A nuestro entender, existen varios motivos por los cuales el vasto escrito de Fortes aquí presentado resulta de particular interés: hace patente, a primera vista, el coqueteo con el psicoanálisis en el que, a la vera de Malinowski, incurrieran ciertos antropólogos británicos. Bien mirado, sin embargo, este magistral estudio es una vívida puesta en escena de un hecho social total: en efecto, en la adoración de los ancestros tallensi entran en juego factores de índole religiosa, moral, jurídica, estructural, económica y hasta psicológica. Resulta evidente, a lo largo del análisis, la importancia que Fortes atribuye a las tensiones y los conflictos sociales, así como también —a la manera de Gluckman y Turner— a su encauzamiento funcional. La clave está en el polémico epíteto: nuestro autor es perfectamente consciente de que el término "función" ya no está en boga. Se pregunta, no obstante, si este tipo de análisis del fenómeno puede revelar la naturaleza de estas relaciones y tensiones, aclarándonos por qué cada uno de estos aspectos se halla interconectado con los demás. La "función" ha hecho correr demasiada tinta; en el análisis concreto de la pietas, sin embargo, vemos en acción sus mecanismos. Queda a juicio del lector si el puntilloso y erudito análisis de Fortes ha dado en el blanco.

El trabajo de Raymond Firth retoma un problema planteado por Lienhardt en la conferencia que aquí publicamos: las asociaciones postuladas entre objetos disímiles (hombres y leones, gemelos y pájaros). Según sabemos, este tipo de identidades habían llevado al primer Lévy-Bruhl a negar que la "mentalidad primitiva" operara de acuerdo con la lógica. Si bien en su mayor parte los antro-pólogos se negaron a aceptar esta concepción, no existía un consenso acerca de la naturaleza de la asociación planteada por este tipo de enigmáticas afirmaciones. Allí donde Lienhardt simplemente arroja un halo de sensatez, Firth se propone, además, explicar rigurosamente los hechos. Y lo hace como un etnógrafo: en forma relativa y limitada a cada cultura. Su exposición recorre la religión de los nuer y el peculiar totemismo de los tikopia; sus conclusiones ponen en tela de juicio el carácter "intelectual" que Lévi-Strauss distinguía en este tipo de fenómenos, y constituyen, de algún modo, una vindicación de las ideas de Malinowski —duramente discutidas por el maestro del estructuralismo—. Al mismo tiempo, su crítica a Evans-Prit- chard —realizada, dicho sea de paso, sin el ingenio que caracteriza al autor de Los Nuer—, es una verdadera lección metodológica acerca de la necesidad de revisar, en forma minuciosa, la evidencia concreta sobre la cual se sostienen las afirmaciones etnográficas generales.

Cierra la serie el prólogo de Dumont a la edición francesa de Los Nuer. Sin embargo, hablar de un mero "prólogo" no es enteramente exacto y, como notará el lector, no hace justicia a los contenidos de estas páginas. Dumont no ha sentido en absoluto que su tarea se limitase a comentar la ilustre etnografía, sino que no ha tenido reparos en ajustar cuentas con el artificioso individualismo que advierte en la antropología social británica. Resalta, en primer lugar, el desarrollo disciplinar de Evans-Pritchard, arquetipo perfecto del giro "de la función al significado". Como todos recuerdan, Evans-Pritchard declaró en su conferencia Marett de 1950, para horror de Radcliffe-Brown, que la antropología se halla más cercana a la inter-pretación histórica o artística que al rígido modelo de las ciencias naturales. Pero esto no es todo. Dumont también ve en Los Nuer una obra que de ninguna manera puede encasillarse, como se pretende a veces, en el campo unívoco de la "antro-pología política"; establece, en consecuencia, una íntima vinculación entre esta obra y la noción de "hecho social total" definida por su maestro Marcel Mauss. Aclara, de este modo, la originalidad del análisis esbozado en Los Nuer, así como sus inusitados lazos con el estructuralismo. Para Dumont, Evans-Pritchard era el más francés de los antropólogos ingleses.

Es justo observar, para finalizar, que los escritos aquí presentados abarcan, en su totalidad, más de sesenta años del desarrollo de nuestra disciplina y reúnen autores de diferentes escuelas. Sin embargo, reiteramos que creemos posible distinguir, en ellos, un acervo común de conceptos y preocupaciones. Las constantes referencias que los autores intercambian entre sí, y el mismo hecho de que en muchos casos intercambien críticas, demuestra que partían de una base metodológica común, pues la esencia del método es su comunicabilidad. No es aventurado tampoco afirmar que esta base, acaso mínima pero indispensable, había sido suministrada, en buena medida, por la obra de la escuela francesa de sociología —verdadero ejemplo de lo que puede alcanzar el trabajo metódico en equipo—. Este conjunto de estudios puede ser visto como una muestra de un período en el cual la labor antropológica, tanto en el campo como en el gabinete, era llevada a cabo en forma progresiva. Queda en manos del lector juzgar la relevancia de estas reflexiones y, contemplando la situación actual, realizar las comparaciones que crea pertinentes.

   Federico Bossert

Pablo Sendón

Diego Villar

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