Los Aprendices


   

22

Ten mucho cuidado. ¿Me entiendes, no? Chau, hermano.

Por teléfono, la voz de Raúl fue suficiente pero demasiado lacónica. Quería decir que le seguían los pasos. Su corazón le batió por un segundo, pero luego fue calmándose, todavía incrédulo, imposible, debe haber algún error, después de todo yo sólo he organizado asambleas en San Marcos para pedir la libertad de Benites y recolectar dinero para la curación de Matilde; fui delegado estudiantil hace un año, es verdad, pero creo que nadie se acuerda de eso. Y lo de Sihuas fue un viaje de chicos ¿no? ¿Y qué importancia puede tener que yo sea sobrino de Félix?

Ya en el Hillman, el ardor de su estómago le recordó que no había tomado desayuno y que ya se pasaba la hora del almuerzo; y él que casi nunca fumaba, había fumado tanto en la clínica, esperando a que una amiga de Matilde le cambiara el turno de cuidarla, que su voz era otra, vieja y ronca.

Siguió velozmente por la Wáshington, la 28 de Julio, la Arequipa, el Bosque de San Isidro. Que dejara de pensar en todo, en todo, menos en mover la lengua y pedir un buen precio al hombre interesado en el Hillman. La colecta había sido un fracaso; sólo Lucha, Raúl y él habían cumplido. Era improbable que sus amigos sanmarquinos y que aun la misma universidad, clausurada por nuevos disturbios, lo ayudaran; pero quedaba el tipo enamorado del Hillman que lo detuvo en la calle al ver pintado en los vidrios el aviso SE VENDE; y si éste fallaba, quizá quedaría su padre: Es un préstamo, papá, no un regalo, te lo juro; tengo que pagar muchas deudas, unos veinte mil soles...

Llegó al escampado de pedrezuelas y la maleza reseca. La única casita de ese lado lo miró como si le sonriera; la veía más linda que antes del viaje a Sihuas. Bajó casi corriendo.

–¡Julia! –llamó a la muchacha desde antes de abrir–. ¿Llegó el señor a buscarme?

En el marco de la puerta encajó no sólo Julia, flaca y mohina (malagracia dirían en Sihuas), sino la sorpresa que lo detuvo de golpe:

–Dices la siñora Anselmo que ella istás viviendo áqui y que por favorceto to ropa y de la señoreta Mati tamién te lleves –y todavía le señaló sus maletas listas en el piso. Su estómago volvió a quemarle a fuego lento.

–¿Y quién es la señora Anselmo? –habló a duras penas, sin recordar aún el nombre–. ¿Mi papá le alquiló la casa en estos días? ¡Sólo hace una semana que no vengo! –recobró su voz, carraspeó varias veces y dijo–: ¿Dónde está ? ¿Arriba? ¡Pues dile que baje!

–Dices que tistás bañando y no vas bajar. Que ya nues to casa; váyaste tranquilo, y di no, llamarás al guardia. ¡Como fiera istá, niño! ¡A mí tamién casi mi pegas!

– ¿Que ya no es mi..? ¿Mi papá se la vendió, entonces?
– No sabes, niño. Timpraneto si livantó y si fue.
– ¿Quien?
– To papá ¿quién más?

¿Entendía ahora las cosas? ¿Las entendía definitivamente?

– ¿Se llama Delia Anselmo la señora?
– Sí, pues, Delea.

Esta vez le quemaron también el pecho y las manos, conforme su cabeza giraba ante las maletas de Matilde y las suyas, además de los paquetes mal hechos con sus libros. Avanzó como si no fuera cierto, oyendo en los altos unos tacones de mujer.

–¡Buenos días, señora Bolaños! ¡Qué rápido se vino de Sihuas, me ganó usted en el viaje! –gritó y puso bien la ironía; pero no hubo respuesta. Entonces, voluntariamente, quemó aún más su estómago y su corazón con el trajín de sacar los bultos y tratar de meterlos en el Hillman tan chico; por fin pateó las llantas, devolvió a la casa los paquetes de libros, tirándolos ruidosamente por la sala, y se fue a marcha muy lenta, imposible ver bien con las maletas hinchadas que sobresalían de los asientos. Su malestar se disipó algo en el camino, yo habría hecho igual con mi querida, dijo en voz alta, te felicito, papá, no creas que me disgusta mucho, debí estar preparado; pero la cólera renació al subir las maletas al departamento de su madre, adonde jamás creyó que volvería a vivir. Y se sentó en el pasadizo, sudoroso y jadeante.

Un hombre salía del comedor paso a paso, con las manos en los bolsillos, como matando el tiempo.

–¿El señor Edgardo Fuentes?

–Sí –dijo, dominando su temblor, pensando qué idiota he sido al venir, ¿habrá más soplones en la calle?

– Estoy aquí desde las doce, como quedamos. Dio un respingo de alegría:
– Oh, perdóneme; a las doce le esperé en la casa de San Isidro, pero no tuve el gusto de...

–Nos citamos aquí, joven, no en San Isidro. Acá tengo la dirección que usted me dio. Me dijo que era mejor en el centro; mire usted.

No había duda, su memoria empeoraba, se hacía líos con unas cuantas cosas. Claro que reconocía al hombre y que le dio la dirección, y el sitio, y lo demás.

–Tiene usted toda la razón. Perdóneme, por favor.

– No se preocupe. Le doy quince mil por el auto, un billete sobre otro; aquí tiene diez mil y los otros cinco cuando me dé los papeles del carro, todos en regla y visados por la Dirección de Tránsito.

Ya no quiso retahilar. Con el fajo de billetes hinchándole el bolsillo sólo le faltaba comer. Se despidió del llavero del Hillman, ni siquiera del automóvil como hacen otros dueños, y al volverse, una vez solo, su madre salía al pasadizo contenta como pocas veces:

–¿O sea que ya sabes la buena noticia y trajiste tus cosas? Tu papá vendió la casa a un judío y puso el dinero en el Banco; dice que no lo sacará en dos años para que gane intereses.

–Así he sabido –masculló, desviando los ojos–. Dame de comer lo que sea ¿quieres?

Sólo cuando se había bañado y cambiado de traje y estaba por concluir el sabroso arroz con pollo, se puso en pie como tocado por un rayo y volvió a recordar las advertencias de Raúl. Su madre dormía la siesta. Entró velozmente en su antiguo cuarto, revolvió las maletas recién traídas, extrajo ropa suya y de Matilde, las metió en un pequeño maletín junto con el dinero que acababa de recibir, y salió en puntillas, corriendo, decidido a mudarse a un hotelucho de los que no exigían documentos.

En la esquina dio vueltas y cambió de acera buscando un taxi. Cuando reparó de nuevo en el departamento de su madre, había un hombre tocando el timbre. No era su padre ni el comprador del Hillman. ¿Ahora sí un soplón? Iba a alejarse rápidamente, pero el hombre se volvió: con la chompa cerrada y la casaca de cuero, y sobre todo con esos zapatones de caña entera, Raúl, tan atildado otras veces, parecía listo para ascender una montaña. Qué buen amigo, pensó.

–Al fin te encuentro –casi le susurró Raúl, tomándolo del brazo–. Me dijeron que ya no vivías en la otra casa. No quise ir a la clínica ni llamarte por teléfono. Hay que tomar toda clase de precauciones.

Sonrió, ya que Raúl no lo hacía:

– ¿Hay otra cosa nueva? Dímelo todo, viejo.
– ¿No oíste la radio, entonces?

Todavía siguió sonriendo; ya no estaba solo.

–¿Te refieres a las deportaciones que sigue haciendo Odría, a sus bravatas de macho?

–A las noticias de Sihuas –y por fin Raúl le hizo detenerse, mirar bien las cosas–. La radio dijo esta mañana que hubo un levantamiento. Tu tío es el cabecilla. Y parece que Benites metió otro lío en la cárcel del pueblo. ¿Por qué no vamos a Radio Nacional que dio la noticia? Ahí tengo un amigo.

–¿Estás seguro..? ¡Pues vamos! La última vez que vi a Félix no tenía intenciones de levantarse. A menos que le conviniera atacar, por supuesto.

A las cuatro de la tarde, la Radio Nacional estaba casi vacía; pero Raúl conocía a los locutores de guardia y franqueaba las puertas aun durante las trasmisiones. Al fondo de varias puertas batientes llamó con señas a través de un enorme vidrio; le respondió un joven calvo, que después de salir y escucharlo, se metió de nuevo para extraer el despacho leído esa mañana. Edgardo ya estaba preparado. La versión oficial debía destilar odio y veneno contra los que llamaba subvertores del orden público; pero aun así debió sentarse en una butaca del auditorio, con Raúl a su lado, y de pronto no ver ni sentir nada, sino correr con Félix Gambini, Nemicha Linares, Adalberto Lara, los nombres estaban correctos, y leer diez veces que ellos habían atacado el puesto de la guardia civil y la casona del hacendado Eladio Gómez, y que en la refriega habían muerto Gambini, Lara, Gómez y el subteniente Noé Parra. Heridos estaban la Linares y dos guardias. Que "en estos momentos continúa la agitación en la hacienda Candaymayo" (uno de los pocos errores del despacho), "por lo que el señor Fernando Gómez, hijo del conocido hacendado y hombre de negocios desaparecido, ha solicitado garantías y el envío de tropas a Sihuas, y que el agitador universitario Benites, que empezó todo esto y que se halla detenido en la cárcel de Huaraz, la capital del departamento, debe ser juzgado cuanto antes ahí y no en Lima, adonde quieren llevarlo a pedido de unos dirigentes estudiantiles".

–Algunos detalles pueden ser falsos, pero tal vez no los hechos graves –dijo Raúl, poniéndole una mano en el hombro–. Lo siento, Gardo.

Por un buen rato respiró con trabajo y vio cómo los muertos se convertían fácilmente en niños que él debía cubrir y proteger, mientras oía su voz, sus risas, inclusive sentía el calor de sus cuerpos. Luego su cabeza creció y en vez de sufrir sintió una extraña decisión en sus venas que lo abrigaba en el frío auditorio. Se levantó como después de dormir, lúcido y fuerte.

–¡Hay que hacer algo, Raúl!

–¿Qué, por ejemplo? Ellos acaban de vencer primero el tres y luego el veintisiete de octubre. Han cambiado a todas las autoridades del país.

–Tengo que volver allá, así sea a enterrarlos.

–Eso sí, y yo te acompañaré esta vez. Haremos las cosas tranquilamente, lo mejor que podamos.

–¿Vendrás, Raúl? –y lo abrazó al fin sin envidia, ni celos, ni desdén.

–Vete derechito a mi casa, a ninguna otra parte –dijo Raúl, disponiendo sus movimientos–. Puede ser peligroso, la represión está en su punto.

–Pero debo ir a la clínica. Llevo ropa y dinero para Matilde.

–Lo haré yo, dame el maletíin. Aquí tienes la llave; mi casa está en los altos, no te olvides, abajo vive otra familia.

Tomó para sí un poco de dinero del maletín y vio a su amigo meterse en un taxi. Pero no siguió inmediatamente su consejo. ¿Por qué volvió a la casa de San Isidro? ¿Para despedirse de su padre, verlo nada más, disimular juntos el desalojo, o echar eso al olvido y abrazarse fuertemente alguna vez, con el pretexto del peligro?

No debió ir, pero media hora después estaba ahí, en la puerta, mirando la luz encendida que compartió tantas veces con Matilde. Aún tenía la llave. No hizo más que abrir tímidamente, y Julia y la otra mujer se le fueron encima como si se tratara de un ladrón. Pero, oh no, esta vez no lo echaban en seguida. Delia Bolaños lloraba sonándose las narices y aun se ahogaba al hablar; y Julia, tan fiel a cualquier patrona, dejaba correr también copiosas lágrimas.

–¡Se lo llevaron! –entendió finalmente–. ¡No hace ni cinco minutos! Tienes que haberlo visto; lo golpearon preguntándole por ti, le sacaron sangre de la nariz y la boca y se lo llevaron pegándole.

–¿A quién? ¿A quién?

–¿A quién va a ser, muchacho? ¡A tu padre! –se agitó ella, presa de convulsiones–. ¡Qué bien Lima me recibe! Después de la siesta, vistiéndonos estábamos, cuando entraron los soplones, cuatro cholos delincuentes, y para que diga en dónde estabas tú se lo llevaron empujando.

–¿Y adónde?

–¿Quién sabe? ¿Acaso Lima yo conozco? Pero a tu madre ya le avisé, a mí responsabilidades no. Lo que haces, tú sabrás. Y cuidadito con quitarme la casa ¿eh? –la mujer había cambiado, hizo un gesto dramático y torpe, de mala actriz; cerró los puños y los pegó a su vientre–. ¡Mía es, todos los papeles en regla tengo!

Él se fue sin oír más. ¿Adónde? A entregarse a la Prefectura, a cambio de su padre: era lo más indicado. Pero entre la prefectura y la plaza Bolognesi había un paso. Quiso estirar el tiempo, lo supo bien, encargar a Lucha detalles sobre el pago de la clínica, los documentos pendientes del Hillman y quizá reclamar los cadáveres de Félix y Nemicha. Tocó el timbre del portón. No vio quién tiró desde arriba el cordón pegado al pasamanos, pero subió rápidamente, como debe hacerlo un perseguido. El padre de Lucha, a quien veía muy poco, lo frenó con una mano en el aire:

–¡Un momento, jovencito! ¡No venga a complicar a mi hija en sus aventuras!

¿También había oído la radio? Al fondo del reluciente corredor de baldosas, donde nacía un living con chimenea y muebles de cuero, un sitio que jamás vio tan confortable como esa noche, Lucha se defendía de las manos de su madre, que al parecer tampoco la dejaba salir.

–¡Señor, ya me iré, sólo un minuto, por favor! –gritó, e igual hizo Lucha al fondo, hasta correr a él, abrazarse y besarse delante de sus padres; ella había llorado pero disimulaba muy bien–. No te preocupes por mí, sólo te encargo a mi madre y a Matilde –dijo en un ademán heroico y perdido.

–Tu madre llamó ahorita, diciendo que habían registrado su casa. La pobre temblaba, no podía ni hablar...

¡También eso! En el beso final de despedida, al momento de encerrarla en sus brazos, supo que no necesitaba de ella, sino de Matilde, pero también con otro impulso provisional y vano, que aún no había decidido entregarse a la policía.

Muy avanzada la noche, después de vueltas y caminatas innecesarias, entró confiadamente en casa de Raúl, siguiendo las instrucciones de su amigo. Raúl dormía con la luz del velador encendida; quiso despertarlo, pero al acercársele más renunció. Se quedó en camisa, no tenía piyama, y se metió en la otra cama lista para él, deliciosamente cansado. Lo último que recordó antes de dormir fue a Félix martillando estribos y florones en el traspatio lleno de charcos.

Cuando despertó, no sólo ignoró dónde estaba, sino de dónde venía aquel descomunal ruido que le impedía oír a Raúl, levantado junto a él, ni quién gritaba arriba, pero también abajo.

La puerta estalló al abrirse, pero no ésta sino la de abajo, alguien penetró como un proyectil aquí arriba y Raúl dijo Sí, papá , y mientras Edgardo miraba al padre de Raúl y se vestía velozmente, como jamás lo había hecho en su vida, Raúl señaló con una mueca la ventana por donde debía huir y apagó tranquilamente la luz, cuando ya los pasos enloquecidos de los soplones subieron, hicieron estallar también esta puerta, entraron cuando él ya había llegado a la azotea, gateando y aun sin respirar, y aunque oyó claramente los balazos y también el grito del padre de Raúl: ¡Lo han matado! ¡Hijo, hijo mío!, a pesar de todo, él siguió huyendo, pensó lo mataron como a Llanelas, y supo que no se dejaría atrapar, que alguna vez devolvería ese golpe a los culpables, en una forma muy distinta a la de Félix, o de Velásquez, o de Raúl, o de Benites, en una forma suya y nueva, que nacía por fin de su pecho, y que englobaba también a Matilde, por supuesto, como fuese, pero también a Matilde herida o lisiada, pero nunca muerta, sino precursora.

Lima, Perú, 1970.

México, D.F., 1973.


Regresar Home Arriba