Los Aprendices


   

21

Un día más que cierra otra semana, una nueva mañana nublada, pero menos fría que ayer. Pronto, en diciembre o enero, un retazo de sol amarillo se dibujaría en su cama eternamente blanca. Lima se alistará para otro verano, pero ella seguirá aquí o en otra clínica más barata (¿podrá Edgardo con las deudas?), donde se encogerán aún más sus brazos que han vuelto a ser de niña y que no llegan al trapecio de juguete, moviéndose en el aire, sobre la cama blanca.

Otra mañana, y ya las enfermeras la han lavado, le han cambiado las sábanas, casi sin mover su cabeza calva, llena de clavos, alambres y tubos de goma pegados con esparadrapo, y se han ido diciéndole: Estás muy linda para recibir a tu novio.

–¡A mis novios! –les corrigió ella.

–¡Perdón, a sus novios! –dijo la enfermera morenita, más simpática y alegre que la mestiza–. ¡Me olvidaba que es domingo, hoy tendrá muchas visitas!

La primera en llegar es la señora Fuentes, con su bolsita de naranjas y una papaya grande que le darán en jugo. Gruesa pero rápida, llena de nervios, la mirada parda y vivaz, que de todo se da cuenta, se inclina jadeando sobre ella, la besa, casi grita preguntándole cómo sigue; se pone a contarle de su viaje en el ómnibus, y ahí no más empieza a arreglar el cuarto mejor que las enfermeras, y a darle al manubrio para subir el sommier. Y antes de que vengan los demás, se lo está diciendo así, la ayuda a levantar sus manos de trapo, blandas y torpes, casi completamente ajenas, que se caen una y otra vez sobre el vientre, donde sí le duelen los golpes. A los pocos minutos está sudando, abriendo la boca para no reventar del esfuerzo.

–No puedo, señora, es de más –dice al fin–. Soy una intelectual que no da importancia al trabajo manual; pero gracias de todos modos; y ahora léame el periódico.

–Bueno, hija, lo que tú digas…–con otra carrerita le trae "El Comercio", que está doblado en su cartera. De nuevo las declaraciones falsas y arrogantes de los derechistas, de nuevo el aprismo clandestino, temido y odiado en los artículos que incluso no tratan de él.

–Basta., léame cosas de la China, aunque sea.

–Lo que quieras, hija. Dime no más.

Ha cambiado mucho, piensa ella. Ya no le dice a su hijo que me deje, que soy una perdida. ¿Pero cómo se portará si sano? ¿Me volverá a insultar? No olvides que ella pertenece al bando de las arrepentidas, de quienes te desearon males, pero no tan graves como éste: el bando dirigido por Lucha, que viene cada vez menos, sólo los domingos, como a misa o al cine.

Un toquecito en la puerta y la mancha blanca, un gran pájaro fugaz entra, hace una seña para que salga la señora Fuentes y cierra la puerta sólo cuando la obedece. La monjita francesa y sus ojos azules preguntan si Matilde va a comulgar, dicen que el sacerdote ya viene, que está pasando de cuarto en cuarto.

– No, gracias –ella mira el techo.
– El padre quiere saber por qué.

–Soy estudiante de Farmacia, no de Filosofía; dudo que pueda explicárselo bien. La respuesta es no, gracias, eso es todo.

¿Es por no encolerizar a su amante? ¿Pesaba alguna otra razón más que esa? Aunque, además, hay otros titubeos permanentes, dudas que casi no lo son.

– Dios le ha enviado una prueba; pero no para quitarle la fe sino justamente para…
– Ya la oí, muchas gracias.
– Sabemos que usted ha comulgado otras veces.

Levanta la cabeza lo más que puede, pero sabe que es una mera intención, que es una inmóvil muñeca calva, y sin cuello, grotesca e idiota:

–¿Se va usted o grito?

Vuelven a entrar la señora Fuentes y "El Comercio", y se cruzan en la puerta con el pájaro blanco. Más noticias y más fotografías del diario que ella ve de reojo, buscando las piernas de todas las figuras, las piernas de por sí estupendas y maravillosas de todo el mundo, creadas por el tiempo y la vida infinita, no por Dios, aunque uno lo quiera. Las piernas que ella ya no…

Exactamente a las once llega el que tiene que llegar, Raúl el primero, Raúl I y su ramo de flores, que Matilde huele muy feliz, conforme Raúl pide que no se incomoden por él, que sigan no más, la besa, pregunta infaliblemente por Edgardo y se sienta a oír y fumar junto a la ventana, mirando la calle. Ahí estará hasta las dos, se marchará a almorzar y volverá con su novia Rita, delicada, huesuda, con un rostro casi transparente y ojos tan negros y dulces que ella se quedará observándola como un hombre; y por fin los novios irán a la vermouth.

La primera vez que entró Raúl, hacía dos días que ella había despertado de la gran sombra de la operación, la mancha sin sueño y sin dolor, pero llena de turbios recuerdos, figuras y luces cruzadas, mientras el corazón se encogía de miedo. Llegó como huyendo, ansioso y desesperado, gritó ¡Matilde!, ¿Qué pasó? ¡Me acaba de avisar Gardo!, y sin duda vio en un segundo el trastabilleo de las manecillas, las varillas de cromo en la cabeza rapada, las cejas afeitadas, el cuerpo reducido, y rompió a llorar antes que ella. En los cinco minutos que la tuvo abrazada, vibrando juntos, Matilde lo amó una vez más a destiempo, y cuando cesó el abrazo, supo que al fin tenía un amigo, el único en su vida, que la defendería incluso de Edgardo.

Porque éste, al revés de Raúl, seguía viéndolo todo normalmente. Casi no se sorprendió de nada; menos de su juventud que agonizaba en pocos días de inmovilidad. Sólo hablaba menos que antes y salía demasiadas veces del cuarto, cediendo el asiento a todo el mundo. Parecía un estudiante de medicina, aún más frío que Sáenz, y quién sabe por ello cuidaba mejor que nadie las emociones de Matilde y sabía perfectamente a quienes mantener afuera, en el pasadizo convertido en salita. Ahí, por ejemplo, sobre los viejos confortables de cuero, se quedaba con los padres de Matilde y con Lucha, en una visita aparte que la enferma prefería no ver.

Una noche tanto se cuidó Edgardo de ocultarle las malas noticias, y tanto entró y salió ya sin pretextos, mudo y cabizbajo, que le oyó correr al baño y vomitar interminablemente.

–¿Qué te pasa? –gritó en vano–. ¿Has tomado? Pero no hueles a licor…¿Quieres que toque el timbre y llame al médico?

Cuando salió, estaba lívido y había enflaquecido en unos minutos; pero tampoco hablaba.

–¿Me harás el favor de decirme qué tienes? ¿O es que ya no me amas y ni siquiera me oyes?

Edgardo se sentó junto a ella en la silla y hundió la cabeza entre sus manos. Jamás lo había visto tan abatido.

–Cayó el gobierno –dijo él–. Vi a Odría entrar por el Jirón de la Unión; su carro estaba lleno de guardias y ametralladoras, y pasó a la velocidad de un rayo. Y nadie ha podido hacer nada, hay soldados por todas partes.

–¿Pero qué puedes hacer tú? No eres político –trató de calmarlo, si bien mayor que esa intención fue su vergüenza por retenerlo a su lado; hubiera querido lanzarlo a la lucha, darle gustosamente un arma, un puñado de jóvenes incitados por ella; pero su carne enferma iba a quedarse sola y todo su temor del último año pareció explicarse, recogerse, exprimirse, hasta la gota final, después de la que podría resurgir la prolongación del miedo, el valor, el otro lado del abismo ¿por qué no? Oyó su propia voz, pero ajena, distante–: No te metas en manifestaciones ni caigas a chirona, como el idiota de Benites. –Y luego, por fin, la primera rectificación–. Perdóname, no me hagas caso; haz lo que te parezca.

Edgardo volvió a caer en su mutismo.

A mediodía del domingo, mientras ella succiona las cañitas de caldo de pollo, parece haber una fiesta en su honor. Han llegado sus compañeros de Facultad y también el Italiano. Ella sólo mira y besa a los hombres, sin perder su costumbre de imaginarlos desnudos. Edgardo se mueve entre aplausos, ha traído listo el pisco-sour (además de choros y butifarras de todos los domingos), y se lleva de aquí allá al grupo de quince o viente en torno a él, creando un diálogo vivo, de bromas políticas y picantes, animando la fiesta a pesar de que las enfermeras vienen a decirles que se callen, y acaban tomando el pisco–sour, a pesar de que el administrador viene a decirles que se callen y acaba también dentro de la fiesta.

En uno de los pocos silencios, entre la algarabía, oye el susurro de Edgardo en el corredor:

–¿Por qué se han molestado? De buena gana no les aceptaría; una colecta se hace para una boda, pero esto…

–No, hermano –dice el Italiano–; tú has gastado mucho y la clínica es muy cara. Además, es una lista de amigos, ahora falta que cumplamos, el papel aguanta todo.

– También yo entro. ¿Cuánto por barba?–dice Raúl.
– Lo que quieras –dice Hilda Martínez, una compañera de clase de Matilde.
– Toma quinientos soles; suerte que los traje.
– ¡Uy, el millonario!

La puerta de la enferma se abre y cierra muchas veces. Al fondo, pegados a la pared como estatuas, sus padres disimulan durante la colecta, como si tuvieran los quinientos soles, como si alguien fuera a pedírselos.

–¿Cuánto? –dice luego Lucha, haciéndola temblar, cerrar los ojos, maldecir–. Quinientos por cabeza me parece muy poco.

–Bueno, señorita, el que puede más… Nosotras nos hemos apuntado con doscientos.

–Apúnteme dos mil y aquí tiene un cheque a cuenta.

Quiere gritar, rechazar esa única dádiva, no las demás, pero por supuesto que no lo hace. Las voces siguen su curso, bajas y lejanas:

–¿Y qué tal Sihuas, el paseo? Digo, aparte del accidente de…

–Todo gobierno impopular y dictatorial como éste de Odría cohesiona a la izquierda; ése es el único bien entre tanto mal.

¿Y si mi accidente me estuviera haciendo bien? No sigas, no vaya a volver la monja.

–El pueblo, muy bonito, y buen clima y el cielo precioso, te digo; pero chico y todavía sin comodidades, ni carreteras. Su familia tenía una linda casa, pero estaba alquilada y tuvimos que ir a otra parte.

A su madrastra putativa.

–Para mí, no vale mucho eso de cohesionar al Apra, que por lo demás nunca tuvo serias divergencias internas; creo que estás hablando en nombre de ustedes los rábanos, que son cuatro gatos y ningún pericote.

– Tiene razón
– Pero va preso.
– ¿No siente nada de la cintura abajo? Entonces ella ya no puede, hermano.
– ¡No seas desgraciado, hom!

–Tan rica siempre, volviéndonos locos con ese cuerpo. ¡Mejor hubiera estado también con nosotros! ¿Qué dices tú, chino? ¡Mira, a ése ya no se le ven los ojos!

–El trago está fuerte, compadre.

–El gordo Sáenz ya volvió de ver a Benites preso en Huaraz. Que me desocupe un poco y que mejore Matilde para ir a verlo yo también. Es un alocado, pero fue mi amigo.

– Tú me avisas, Gardo. Voy contigo.
– ¿De veras dijo eso el médico? ¡Qué nervios, hijo!
– Ssh, calla.
– Valiente, sí, pero alocado.
– Pues a mí ningún búfalo me parece valiente.
– La Federación de Estudiantes lo sacará libre uno de estos días, ya verás.
– ¿Y no podría la Facultad de Farmacia entrar también en la colecta? Ella estudia Farmacia ¿no?

– Buena idea, zambo. Mañana mismo planteo la cuestión en el Consejo.
– La U está cerrada. Ayer pasé por el Parque y vi puro guardia.
– ¿Y ella lo sabe? ¿Seis meses aquí y luego un año, en dónde? ¿de qué?
– Rehabili...

–Sí, hija, imagínate, ella debajo del caballo y yo que no tengo mucha fuerza, arrastrándola con la india.

–Esta vez tampoco se dividirá el Apra, te apuesto. No importa que Odría, por un lado, y tipos como Benites, por otro, quieran separarnos. Somos el partido número uno y ráscate si te pica.

–Qué camilla ni ocho cuartos. La trajimos en una tabla con almohadones y ella amarrada encima.

–No me vengas con idioteces. ¿En qué cabeza cabe que nos conviene Odría? ¿Estás enfermo o qué?

–Qué.

A la una se ha cansado de todo, de oír y comer, y sólo le importa la siesta. Le oscurecen el cuarto y la dejan colgándose dulcemente del sueño. Afuera siguen los diálogos mezclados, si bien de rato en rato hay una voz descompuesta que la despierta por un segundo. Se acabaron los estudios y la posibilidad de una Matilde con mandil blanco tras el mostrador de una farmacia; le mataron las piernas con que alimentaba a Edgardo: que se venga abajo el mundo, pero ella dormirá plácidamente hasta las seis, en que le llevarán de nuevo cañitas e inyecciones, tomará sus pastillas y viajará hacia otra noche y otro día.

Al abrir sus ojos ve borrosamente a Edgardo y luego renuncia también a él, los cierra y ni siquiera sabe si duerme, únicamente se ha ido lejos y no vuelve. Cuando ella renace, su amante se ha sentado en la única silla del cuarto y tiene la cabeza entre las manos: ya sólo quedan los dos.

Las enfermeras nocturnas, bruscas y violentas, entran ruidosamente como soldados, encienden salvajemente todas las luces, le ponen inyecciones y la dejan adolorida y despierta, de nuevo a oscuras.

Su amante vuelve a la silla y por largo rato casi cabalga, viaja, se recuesta, cae o se levanta: pero sigue despierto como ella y ni siquiera le gusta fumar; sin duda le está saliendo la primera arruga.

–Gardo –llama primero indiferente, luego dulce, por fin quejosa, con súplicas–. Vete a dormir al sofá del corredor, así no podrás; y llévate una frazada.

La obedece después de una hora, y antes de salir, la arropa, le da un traguito de agua de anís, le enrosca el timbre en el pulgar derecho, que puede mover lentamente, y la besa. ¡Oh, qué premio! Ella no sentirá nada de la cintura abajo, será una cabeza pura con dos manecitas de reloj, pero casi le mueve la cola cuando se inclina y le moja los labios con los suyos.

Cuando se va, reempieza la noche extrañamente clara, blanca y larguísima. A las once ya no puede más, está moviendo la cabeza, quizá se desprendan las varillas de cromo, pues mejor, de una vez. A la derecha, entre la cama y la pared, hay un hueco largo, exacto para su cuerpo, por donde se ha ido el timbre. Sus manecitas de reloj se mueven unos centímetros, rozan el trapecio que flota en el aire, pero la que define la batalla es la cabeza calva, arrastrándose como un gusano y sus ojos marchando en un viaje inmenso hasta el borde del lecho. Desde ahí , como trepada en una montaña, descubre abajo el pie cromado y redondo del aparato que, según el médico, va a estirar su columna y libertar la médula, y de aquel pie sobresale un perno salvador. Ese enorme clavo la mira y seduce, es brillante y hermoso; podría hundirse magníficamente en su frente o sus ojos, y acabar de una vez con ella y con la clínica; la noche blanca la ayuda, pero el lecho es una desorbitada planicie, y entre ella y el perno hay la distancia de un continente a otro.

– ¿Qué ruidos haces? ¿Por qué te tuerces así? –dice Edgardo, entrando de súbito y devolviéndola a su trono, al centro de la cama.

Enciende la luz, están muy cerca uno de otro, pero no se miran y cada cual quiere volver a su insomnio.


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