Los Aprendices


   

20

Nunca antes Matilde había mirado con atención a Benites. Se enfundó en sus pantalones, estiró el cuello saliendo de la oscuridad de la chompa, pidió prestado un sombrero a Delia, y salió a conocer el pueblo sin importarle que Lucha y Benites vinieran detrás, rumbo al mercado y los puentes, llamándola de rato en rato. Si no podía visitar con Edgardo a Velásquez, pues andaría sola desafiando cautelosamente la altura del pueblo y el batir de su pecho. Hasta había hallado ya el ritmo de su paso, descansando con disimulo en las cuestas. Por vez primera marchaba feliz de no estar en Lima; justamente por eso tampoco respondió al último grito de Lucha, que quizá fue un aviso; y todavía se alejó más de ellos; pero súbitamente chilló como una niña, arriba los brazos, la boca escandalosamente abierta, el vientre sumido y los pies en puntillas. Un enorme perro había salido de un portón como una espada que se hunde y se saca con velocidad del rayo, y ahora la mareaba con sus salvajes ladridos.

–¡Zafa, tú! ¡Quieto! –oyó providencialmente la voz firme de Benites en el centro del peligro, luego un aullido que dejó abandonado el perro en su huida, mientras él la tomaba del brazo, gentil como nunca antes, y le devolvía la paz, la sonrisa.

–Gracias por la patada milagrosa –dijo, pero nada más. Todavía no quiso mirarlo de frente.

Benites sólo retiró su mano cuando ella estuvo perfectamente tranquila; pero en cuanto llegaron al primer puente, a la cinta de tierra endeble y sin barandales, de nuevo la ayudó a cruzar. Y por fin, más allá del puente sobre el Grande, la cuesta les frenó la viada, pero los consoló llevándolos a un rústico y hermoso mirador, a esa punta flotando en el vacío, y el muchacho flaco y taciturno despegó los labios y preguntó, aún más solícito:

–¿Tienes frío? ¿Te doy mi saco?

–No, gracias –dijo, pensando adiós mi tranquilidad, ya no me deja sola este idiota, y ahora sí lo examinó de reojo, desconfiada. El cuerpo filudo como un cuchillo, la nariz cortante, los pelos chicos y rebeldes, la pequeña cabeza de pajarito; aunque sus ojos pardos eran lentos en ir de un sitio a otro, y su fijeza, profunda, ajena al paisaje, en espera de otra cosa. ¿Qué buscaba de ella? ¿Por qué tantas atenciones? ¿O también se despedía de antemano? Sólo esta última idea, por su novedad y tristeza, le impidió darle las espaldas y seguir su marcha.

–Lindo pueblo –dijo Benites, como si la frase fuera gran cosa, y su figura quedó contra el caserío largo y verdoso que se retorcía exactamente, como los ríos Grande y Chico, contra los tejados humildes que iban empezando a gustarle, contra el cielo añil y tan luminoso que hería sus ojos a cada mirada. ¿Cómo pudo olvidar sus lentes oscuros?

–Sí, así es –concedió, por decir algo.

–¿Y si es tan bonito el pueblo, por qué no se quedan ustedes más tiempo? –preguntó de súbito la figura que, mirándola un poco más, iba volviéndose una sombra–. Gardo está hablando de irse hoy o mañana.

–Parra nos dio un plazo ¿no? ¿O tú piensas quedarte?

¿Con que era eso? ¿Hablaba por él o también por Lucha?

–Gardo se imagina que no te gusta Sihuas.

–La verdad, no mucho –se desinteresó a propósito–; pero quizá podamos seguir viaje a Pomabamba, o bajar al temple de Quiches, tener mejor clima…

Por tercera vez Benites le tocó la mano:

–Hazlo por él; necesita descansar para los exámenes de diciembre. ¡Quédense, hom…! –y todavía sonrió, buscando extrañamente sus ojos. Sí, tenía que haber un plan contra ella.¿Por qué, si no, la cara de yo-te-estimo?

–Hoy por hoy, no conviene pelear con Parra; sería tonto, tiene todas las de ganar –dijo ella.

Lucha llegó pesadamente al mirador, moviendo senos y caderas y jadeando de fatiga; se sentó en el suelo, y mientras respiraba entre graciosos chillidos, cargó su Agfa sin preocuparse de ellos.

Entonces Matilde pasó a la ofensiva:

–Y dime, Benites –se le encaró risueñamente, sin ganas de discutir –, ¿de cuándo acá esos mimos a Edgardo?

El sonrió: parecía saber de antemano la respuesta.

–Le debo muchos favores.

–¡Y vas a pagarlos ahora? ¿Por qué no antes?

–A mí que me registren –dijo Benites, soltando la risa y alzando los brazos.

Menos intrigantes que esa risa fueron los ademanes de Lucha: empezó a tomarle fotografías desde diversos ángulos (las últimas de su vida en pie), como a una modelo, y por dos y tres veces vino hasta ella, le acarició la mejilla e inmovilizó su rostro, según la luz y el paisaje. Matilde quiso reír, lanzar una palabrota, pero la cámara la seguía halagando, la llamaba preciosa y bonita. Sí, así fue, como una despedida, su suerte la reclamaba. Y luego Lucha volvió a sentarse como si nada y Benites sonreía, incapaz de guardar su secreto.

–Vamos, desembucha de una vez, flaco. A mí con ésas.

–Pero no se lo dices a Gardo.

–Depende de la dependedura.

–Prométemelo.

–Dame una razón.

–Que tú siempre, en el fondo, aparte de algunos detalles, has estado con nosotros dentro y fuera de San Marcos.

–Aquí no me hables de política; no me interesa, me va gustando esta paz.

–Sólo que es una paz de muertos. Y por eso se está muriendo en la cárcel el viejo Velásquez.

–¿Lo viste? –ella ahogó un grito de alegría–. ¡Qué suerte tienes! A mí no me llevó Gardo. Pero, anda, dime cómo fue, quién seguirá su lucha, Lara o el tío Félix, ¿a quién aprecia él más?

–Bueno…–y la lentitud de Benites en describir la cárcel, pero no los juicios de Velásquez, ni menos su enfermedad, le hizo gritar, empujarlo:

–¡Lo sabía, eres un mentiroso!

También Benites enrojeció de cólera de un momento a otro, en eso se parecían todos, ellos y Edgardo.

–Yo también fui ¿ya? –pero la misma ira lo delató, le hizo callar, y sólo abrió la boca cuando ella, por pura lástima, detuvo la mano en alto y se arrepintió de la bofetada.

–Perdóname, Mati, estoy… tratando de empujar algo… pero la cosa no se mueve –y se puso a patear unas pedrezuelas, gacha la cabeza, un niño que no sabe explicarse, un huérfano perdido en medio de extraños. Le dio tanta pena que le tomó del brazo.

–Mira, colega, si quieres el consejo de un conejo, espera a volver a Lima. Allá tienes una organización, aunque golpeada y ya ilegal, pero que puede luchar tarde o temprano; aquí no hay quién te ayude.

–Ni creas –reaccionó Benites, orgulloso–. Hay posibilidades en este mismo pueblo, en las condiciones actuales, una vez encendida la chispa…

–No te ofendas, hijito, pero me voy a reír.

Iba a reírse, claro que sí, pero la cara que vio encendida estaba pálida, tensa, inmóvil, y de súbito, cuando Benites alargó el cuello para besarla, y Matilde desvió a tiempo los labios, le recordó al perro que la había atacado y se quedó muda, pero no absorta, ni siquiera sorprendida ante ese muchacho sin experiencia amorosa. Y después, ella lo tomó de los hombros, tan lejos como pudo, y lo miró aún más ofendida de lo que estaba:

–¿Qué te pasa, hijito, qué mosca te picó? ¿Creíste por un momento que yo te iba aceptar?

–Fue algo que no pude…–Benites había caído en su propia trampa, la que sin duda preparó desde la noche anterior–. Fue un beso de amigo, no tienes por qué molestarte…

–Yo no soy tu amiga, eso lo sabemos bien.

La frase fue dura y profundamente desdeñosa.

Benites tardó en sobreponerse, pero volvió a hacerlo en la única forma que sabía.

–¡Me equivoqué, eres igualita a Gardo! –estalló.

–Muchas gracias; por algo él y yo nos queremos.

–¡No lo quieres, lo dominas! –gritó el joven, abriendo los brazos como para una pelea, mientras ella, por el contrario, buscaba al fin discutir con simples razones.

–¿Envidia o caridad? –sonrió, entre burlona y provocativa.

–¡Nada de eso! ¡Está pisado por ti! ¡No piensa sino en …tu cuerpo! –su cólera y su pudor eran los de un sacerdote.

–En acostarse conmigo –lo enrostró ella–; di las cosas como son y no tengas miedo.

–¿Miedo yo? ¡Será él! ¡Lo has amarrado a tus faldas! ¡Hasta en las huelgas de San Marcos lo seguías y en cualquier salón armabas para él tu tienda de gitana, con cama y comida!

Aunque molesta, batió sus palmas y fingió reír:

–¡Lindo! Me gusta eso de tienda de gitana; es lo mejor que dirás en tu vida.

–¡No te dabas cuenta que los demás delegados le perdían el respeto porque no tenía libertad para… para..?

–Para pensar. Sigue, hom; esto se ha puesto interesante –y se cruzó de brazos, quitándose el sombrero.

–¿Acaso iban a encargarle una misión importante? ¡Lo has destruido para la lucha!

–¿O sea que un delegado no puede tener una amante, o un político no puede acostarse con su mujer? Lo que tú dices, mírame bien, Benites, no es una opinión de los demás, sino algo tuyo que tienes guardado…¿No serás un pajero como algunos de esos delegados? –le dijo satisfecha de escandalizarlo; Benites empalideció, abrió la boca–. No tenían una amante conocida, menos una mujer de asiento, pero todos tenían enamorada y de vez en cuando se metían con una puta del Veinte. ¿Crees que no lo sé? A ver, dime ¿quién es tu muchacha? Tú ni siquiera tienes enamorada.

–No piensas más que en eso –la señaló Benites con el dedo; el curita, el tipo virgen temblaba–. No tengo enamorada porque me falta tiempo.

–Ja, ja –dijo ella.

–Estás mal, mujer. ¿Qué haces por el país, por estos pobres indios que al fin conoces? ¿Donde está tu emoción social?

Matilde se encrespo de golpe:

–¡Mejor te callas! Hace tres años tú ni sabías quién gobernaba el país, ni cuándo era el 28 de julio; y tu emoción social ha consistido siempre en golpear a los enemigos de tu partido, que justamente son los únicos revolucionarios. Por luchar contra la izquierda, ustedes olvidaron la derecha, creyendo que ya no existía. Hoy sufren en la clandestinidad por haber confiado en el Frente y por haber obedecido las famosas contraórdenes.

Benites se defendió con un chasquido de su lengua:

–Bah, eso te lo dijo Gardo, lo repites punto por punto…

–Eres un perfecto idiota –Matilde le metió la cara, ya no le temía–. Yo hice que él se interesara en política, fui yo, y no al revés –dijo sencillamente,orgullosa de esa verdad. Cara a cara, se midieron en silencio, jadeando por la altura y la cólera–. ¿Qué quieres de mí? ¡Habla claro de una vez!

–Que me ayudes a convencerlo –dijo Benites, por fin.

–¡Te ha mandado Lucha! ¿Qué han planeado ustedes contra mí? –gritó de improviso, pensando qué me pasa, soy una tonta, así voy a perder a Edgardo.

–Nada de eso. Necesito sus contactos en este pueblo.

–¿Para qué? ¿Para armar un laberinto cuando muera Velásquez? ¡No te conoceré!

–Para una buena misión, de veras, Matilde, sólo tú puedes decirle…

–Eres tan miope –dijo ella tras una pausa, suspirando y componiéndose el pelo– que no ves que ya no me hace caso como antes. ¿Por qué no le hablas a Lucha? Es a ella a quien quiere.

Y se volvió y se puso el sombrero en un gesto que equivalía a derramar una lágrima, pero no más, y recobrando su aire desenvuelto, empezó a bajar por una estrecha alameda que la llevaría al Chirimoyo, antes de volver a casa de Delia.

Dos sudorosos caballos enjaezados, el bayo y otro negro, piafaban y comían en el patio. Un joven alto sucio y de llanques, que dijo llamarse Jorge Quiñones, y haber estudiado con Edgardo en la escuela fiscal del pueblo, conversaba con Lucha, de pie en el zaguán; cuando saludó a Matilde, dijo que necesitaba trabajo y que tal vez Edgardo podría pagarle el pasaje para marcharse definitivamente a Lima.

–Me enseñó la escuela fiscal –dijo Lucha, como dándole una gran noticia–; no tiene techo desde el cuarenta, en que hubo un terremoto.

–¿Y ese caballo? –desconfió ella.

–El bayo lo montó Gardo esta mañana; pero ¿de quién es el otro, oiga, Quiñones?

–De don Manuel Rosales, pues –dijo Quiñones–. ¿Lo conocen, di? No hace ratito al pueblo llegó. De arriero se fue y aura es un señor. Así quién no quisiera ¿no?

–¡Uy, qué emoción, el churro Rosales! –quiso sonreír Matilde.

–Sin duda viene a una reunión de familia. –Lucha le hizo un guiño, señalando las habitaciones de Delia–. Usted, Quiñones, espérese aquí; le diré a Edgardo que vino a verlo.

Cruzaron la sala y seguían hacia el pasadizo, bordeando cada cual por su lado la mesa del centro, cuando vieron a Edgardo golpear una angosta puerta que, desde su llegada, habían supuesto que era una alacena, y aun le oyeron gritar a solas: ¡Cálmese, animal! ¿Donde hay un fierro para deschapar esto? ¿O una ventana por donde meterse?

Matilde soltó la risa. ¿Quién podía haberse encerrado ahí? ¿Un niño?

–¡Magnífico, qué ocurrente es! –dijo ella a Lucha, y ambas aplaudieron como si Edgardo actuara en el teatro. Y en seguida él, preocupado y decidido, pegó sus labios a la ranura y anunció hacia alguien invisible: ¡Ahí voy, señora! Lo dijo y lo hizo: retrocedió unos pasos hasta chocar con ellas, pero sin darles importancia, como si Matilde y Lucha no existieran (el actor no se fija en un simple choque con los espectadores), allá se lanzó con la pierna levantada. Las mujeres dieron un grito. Se rajó la puerta como en las películas, Edgardo metió por ahí las manos para quitar el cerrojo, y en vez de los estantes de una alacena, vieron una profunda habitación, donde luchaba una pareja, él, un gigantón de botas y sombrero alón, un jinete recién bajado del caballo, inclusive con las espuelas puestas, y ella con la falda a media pierna, tal como usaba…¡Delia Bolaños!

Cuando se recobraron del susto, Delia recibía la última bofetada del hombre y caía al suelo, pero ya Edgardo había empujado al intruso que, desprevenido cayó también y ahora recibía los puntapies no sólo de Edgardo, sino de Quiñones, quien rápidamente se dio cuenta de la situación y corrió a ayudar a su amigo, enterándolo en medio del forcejeo: Soy yo, Quiñones, ¿Te acuerdas de mí? ¿Y de nuestra escuela? ¡Dale no más así! ¡Vamos a botarlo afuera!

–Vino a pegar a la señora –jadeó Edgardo, mientras su enamorada y su amante socorrían a Delia; la mujer escupía sangre, el moño deshecho, lívida como el papel.

–¡Me voy porque quiero, demonios, y no porque me eches tú! –gritó Rosales, empujado por Edgardo–. Ahora tú y ella son madre e hijo, por eso se defienden! ¡Pero algún día agarraré a Fuentes! ¡Así díselo en Lima!

¿Estaban todos locos o Matilde entendía mal? ¿Agarrar al padre de quién? ¿Y por qué los llamó madre e hijo?

–No te preocupes, Gardito –dijo Quiñones, palmeándolo, libres ya de Rosales–.El tipo es un celoso. Primero celoso estaba del mismo marido de la señora, del juez, y despuesito de varios del pueblo también. La señora bonita es, por eso.

Aun sin conocer bien la casa, Matilde corrió a buscar yodo o alcohol, cualquier cosa, pero chocó contra una sombra, otro animal furioso: Benites se lanzaba sobre Edgardo.

–¿Cómo puedes pelearte con él? –gritó Benites–. ¿Sabes quién es? ¡Rosales, el heredero de Velásquez, el único que puede mover a los indios! ¡Lo has malogrado todo! ¡Pudimos conversar seriamente sobre la situación política!

–Oye, idiota de dos por medio –lo rechazó Edgardo de un manotazo–. ¿Sabes de qué hablaba él? De sus negocios, del restaurante, del grifo, y de no sé qué proyectos de tiendas aquí y en el Callejón de Huaylas. Y apenas la señora Bolaños lo hizo pasar, la encerró con engaños y casi la mata a golpes. ¡A eso vino, no a hablar de política!

–Sí, celoso está del papá de Gardito, que viene mucho a Sihuas –intervino Quiñones.

Matilde cerró los ojos, no quiso mirar a Edgardo; Lucha abrió la boca de asombro.

–¡Tú te callas! –le gritó Edgardo, volviéndose–. ¡Eres un chismoso! –y de nuevo se encaró con Benites–. Eso fue todo. ¡Y ahora, no deseo saber más de ti, vete a freír monos!

Cuando creció la mancha de silencio, Benites dio unos pasos adelante y atrás, dudando pelear contra Edgardo y Quiñones juntos, y acabó saliendo del comedor.

Por fin habrá un poco de paz, pensó ella; sería bueno almorzar y hacer una siesta antes del viaje, ya me duele la cabeza de la altura y de tantas cosas.

Esperando el almuerzo salió al patio. Fue la segunda vez que vio al bayo, pero todavía no se acercó a él. Edgardo dijo que haría las maletas y Lucha lloraba haciéndole compañía a Delia, ambas sentadas en la galería, y le oía una larga historia sobre ella y Sihuas, ella y el juez Bolaños, ella y Rosales.

Del patio pasó al pesebre, quieto y silencioso, donde dormitaban las otras bestias que montarían. La huerta la esperó, soleada, pequeñita, en el aire unos cuantos manzanos y por el suelo hortalizas, cebollas, coles, lechugas, todas profundamente humildes. Cuando volvió, Benites gritaba en la calle la noticia que ella no olvidaría jamás, que rompió su vida sin que lo supiera: ¡Murió Velásquez, murió Velásquez en la cárcel!

Cinco minutos después, ya ella lo había previsto, Edgardo y Benites (si bien no se reconciliaron), junto con Quiñones y una nube de curiosos, chicos y grandes, se apiñaban ante el enrejado de madera. Y la chispa siguió encendiéndose con los gritos de Benites, que pedía el cadáver del líder, como si hubiera sido el primero de sus discípulos. Matilde se negó a seguir a esa tropa inútil y se volvió mecánicamente hacia el bayo; sólo pretendía acariciarlo, hacerse su amigo antes del viaje.

Pero cuando la levantaron de entre las patas del caballo, en sus ojos cerrados por el dolor seguía el recuerdo del laberinto en la calle, la trifulca de lugareños, guardias y síndicos, Edgardo viniendo finalmente hacia ella, quizá molesto por la interrupción, y sólo Benites preso en manos de Parra, sin que ninguna otra cosa importante ocurriera.

¿Rogó para sanar y volver viva a Lima? ¿Llamó a alguien después del accidente, quizá a Dios? Hacía mas de un año, en la iglesia de la Recoleta, se había arrodillado entre Lucha y la madre de Edgardo, durante la misa en recuerdo del cumpleaños de la abuela Patrocinia. Por todas partes veía cabezas humildes y agachadas, mantillas negras, antiguas, milenarias, que venían desde más allá de su niñez. Como siempre, Edgardo se había quedado en la plazuela Francia, el jovencito era ateo y no daba su brazo a torcer, jamás la acompañaba adentro; pero ella lo sentía como una sombra. Los ojos de su amante la penetraban, la leían entera. ¿Católica la putita? ¿De veras? ¿Y sus aires de comunista? ¿Y su odio a las vírgenes, a las procesiones? ¿Y su frase: de la feria de Octubre sólo me gusta el turrón de doña Pepa? ¿Se arrepentía de sus días y noches en la cama, desnuda y de rodillas, avanzando sobre Edgardo (oh, esto es divino, decía) para dar y recibir como una leona, una gata, una perra? A su izquierda, tranquila y feliz, Lucha estaba hermosa, una flor blanca y fragante que murmuraba plegarias auténticas con esos labios carnosos, pero limpios, unos ojos verdes que eran otras flores para Edgardo, y éste a distancia detrás de ellas, en la plazuela, pero cuidándolas de los otros hombres como un botín. Son mías, nadie me las toca. Y al otro lado, la señora Fuentes sufría o gozaba, siguiendo la voz del sacerdote, era culpable, pero justamente por eso imploraba por su marido y su hijo, era un escudo tembloroso y efectivo para protegerlos, nunca para defenderse a sí misma.

Cerró los ojos y apretó las manos, medio ignorante de las oraciones del cura que oía sólo de vez en cuando, un día al año. Entre la música que ayudaba y molestaba al mismo tiempo, he ahí la espera, la atención que creaba una mirada escondida; y más al fondo, quizá un muro o una puerta. ¿Nada más, excepto la confusión de un temblor que igual podía estar a favor o en contra suya? ¿Iba hacia alguna parte o seguía encerrada en sí misma? Vamos a ver, poco a poco…

–¿Vas a confesarte, hija mía? –la señora Fuentes no le preguntaba, la invitó con una ancha sonrisa conforme se ponía en pie.

–Yo voy con usted –dijo Lucha.

–Yo también –dijo ella, sin pensar que emulaba a Lucha, sino por ver qué había en aquella paz, en esa profunda lejanía de las calles.

–Hay dos confesionarios. Tú, Matilde, allá –dijo la señora Fuentes.

Obedeció y temblando se arrodilló delante de la celosía, a través de la cual vio una sombra, otra más en esa mañana.

–Calma, hija, calma…Dime por qué ¿Cómo…? –alguien susurraba detrás, parecía ser Edgardo.

–¡Gardo, no puedes hacer eso! –murmuró Lucha–. ¡No te lo perdono!

–¡Me dijo que no iba a comulgar! –casi gritó Edgardo–. ¡Me ha mentido Matilde..!

Se mantuvo tiesa, temblando su corazón.

–Te escucho, hija mía –la llamaba el confesor, el desconocido que profanaría sus secretos, que haría girar sus veintidós años, su ya larga vida que podía ofrecerle un hijo en lo futuro, quizá nada más, mezclado con el mismo Edgardo descubierto poco a poco en capas, en hojas nuevas y viejas, como las plantas.

Tras la comunión (se había puesto al final de la cola, dejando paso a los más devotos), salió lentamente a la plazuela. Lucha y la señora Fuentes la antecedían. Edgardo la esperaba junto al jardincito:

–¿Comulgando tú? ¡No me hagas reír!

Siguió su camino, de nuevo tiesa como una estatua, y quiso continuar así hasta San Marcos por la esquina de Uruguay y Belén; pero Edgardo no se desprendía de ella, burlándose a media voz, sin gritar en ningún momento:

–¿O sea que católica? Ya no se puede creer en nadie. A uno le dicen nunca y después…

–Suponte que no soy católica –se volvió y, contra sus deseos, empezó a sollozar–. Sin embargo, a pesar de eso, es hermoso bañarse por dentro, así como en la playa, en un día de sol…

¿Qué más decirle, si tampoco ella veía muy claro?

Lucha y la señora Fuentes le habían dado alcance y la tomaban de los brazos, protegiéndola de Edgardo.

–¿Cómo, creen que voy a pegarle? –sonrió éste, buscando disipar su cólera–. No me gustan las hipócritas. Chau, se las regalo.

–Jamás creí que harías esto, hijo –ahogó su furia la señora Fuentes, para que los transeúntes no la oyeran.

–Déjelo, señora –dijo Matilde–. Todavía no me conoce, eso es todo. Puede que yo sea más atea que él, que sólo esté tratando de despedirme de la iglesia…–pero nadie le oía ya, ni las mujeres.


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