Los Aprendices


   

18

Despierta una vez más, libre de lo que se llamaría siempre la operación, la mancha sin sueño y sin dolor, pero llena de turbios recuerdos, figuras y luces cruzadas, mientras se encogía el corazón; despierta y lo ve borrosamente de espaldas, fumando y mirando por la ventana. Eso había querido: sentirse mejor, abrir los ojos una semana después, y verlo. Ella sería o no una lisiada, pero al menos tenía a su hombre completo y joven, sonriendo a contraluz.

Él ha apartado un poco la cortina y Matilde sólo ve la silueta demasiado clara, un curioso charco blanco.

–Hola, doctora, ¿cómo sigue usted? Hasta el sol salió para saludarla.

–Ah, eres tú –dice, inmóvil, la cabeza a ras del colchón, sin una almohada, y decepcionada sólo por un instante, porque después la alegría y las muecas de Sáenz llenan su pecho, haciéndola sonreír–. Nunca te había visto con mandil de médico. ¿No me digas que trabajas en esta clínica?

–También a los estudiantes nos dejan tirar la pinta de vez en cuando –dice Sáenz–. Hasta vi que te operaban, claro que medio escondido entre tantos médicos y enfermeras.

– ¿Pudiste entrar?
– Así es.
– De haberlo sabido, me hubiera dejado operar solamente por ti.
– Menos mal, mujer.

Ella sonríe (¿lo notarán los demás a través de su piel enferma, de madera o cartón?) y luego respira con fuerza, pero sí, finalmente ríe un poco, oh al fin, al fin. No se moverá de la cintura abajo, pero ríe y su cabeza marcha bien, al menos así parece. De súbito, una verdadera mancha, no simplemente una nube, oscurece la ventana y penetra en ella, avanzando por sus piernas muertas, olvidadas.

–Dime la verdad, Sáenz. ¿Cómo me ves?

El futuro médico se le acerca gesticulando como un payaso que desea hacer reír a una niña; pero ya su piel de cartón no le responde.

–¿Quieres saber la verdad?

Tiembla aunque dice Sí.

– Te afeitaron hasta las cejas, te cortaron el pelo, pero no pudieron con tu belleza. Palabra.
– ¿Qué más?

–Y la especie de secador de peluquería que tienes en la cabeza es un aparato para estirarte lo más que se pueda y dejar libre la médula, que sufrió en el accidente. Y ahora paciencia y buen humor.

Pero me he achicado y no puedo mover las manos, piensa ella; al comienzo no puede decirlo, impedida por otro temblor, aunque luego empuja poco a poco la frase fuera del pecho.

–Eso crees tú. Las mueves un poquito, claro está, pero un poquito y cada día será mejor con los ejercicios. Puedes perfectamente hacerme cosquillas.¿Quieres probar? –y le ofrece su vientre abultado, también de payaso juguetón.

Quiere seguir averiguando cómo está, y a pesar de eso, se demuda, cierra los ojos y la vibración empieza, el temblor no sólo de la última semana, sino del último año, por fin descubierto. Vibración de pájaro que se sostiene inmóvil en el aire, de la hoja en el viento al toque más insignificante.

–¡Vamos, vamos, si te pones así me voy! –dice Sáenz.

–No, quédate, por favor. Agarra una silla y siéntate a mi lado. ¿Donde está Gardo?

–Tomando desayuno; el pobre durmió en esta silla, como casi todas las noches.

–¿Casi todas..? –y la vibración vuelve, si bien menos intensa–. A ratos lo he visto ahí claramente, leyendo periódicos, o pensando y mirándome en silencio; pero ya todo eso me parece imaginado, no un sueño, sino imaginado por mí.

– ¿Y lo que hablabas por efecto de la anestesia también te parece imaginado?
– ¿Hablé? ¿Y qué dije? ¡Vamos, dime!

Sáenz repite sus muecas, el payaso corre y vuelve por el cuarto blanco.

– ¡Ajá, te interesa! ¡Yo puedo cobrar por revelar esos secretos!
– Te pagaré con mi primer baile, cuando sane. ¡Vamos, no seas malito! Dime qué hablé.
– ¿Quieres saberlo mucho?

–Sí, sí –casi grita, pensando qué habré dicho, a lo mejor se me salió lo del tipo sin nombre de la avenida Arenales, o las palizas que me daban mis viejos, o los encierros con Lucha y Edgardo en San Marcos–. ¡Habla o me bajo de la cama!

– Ja, ja, así me gusta –dice él–, nada de sufrimientos. No dijiste nada, palabra.
– ¿No hablé con la anestesia?
– Yo no puedo saberlo, mujer, sólo vine al tercer día. Edgardo se quedaba a tu lado.
– ¡Ah, bandido!
– No soy bandido; soy el joven de la película, el que se queda con la chica.
– Y a mí me hubiera gustado caer herida en un ataque policial a San Marcos y no estúpidamente pateada por un caballo. ¡Imagínate, qué deshonra! ¡Un caballo! ¡Ni siquiera un hombre celoso!

–Si quieres, inventamos el cuento de que te balaceó la policía.

–De acuerdo. Dime los detalles.

De pronto, Sáenz se demuda, mata su sonrisa y vuelve a descorrer la cortina, otra vez de espaldas a ella.

– ¿Qué pasa, gordito?
– Es curioso…–empieza él, dudando.

Le traspasé una de mis sombras, piensa Matilde.

– Anda, dispara no más.
– No te va a interesar mucho; me acordé de Llanelas, del muchacho balaceado en…
– Guadalupe, claro. Tú fuiste también su compañero de clases ¿no?

Sáenz suelta la cortina y vuelve a sentarse, sonriendo.

– Los tres éramos muy unidos, Edgardo, Llanelas y yo. Al momento de morir…
– Sí, sí, porque tú lo recogiste herido, Edgardo dice que él, pero fuiste tú…

–¿Sabes qué dijo al momento de morir? Pues preguntó ahí mismo por Gardo, dijo, ¿dónde está, lo han herido también?, lo vi corriendo aquí junto; y cuando le dije no te preocupes, todos estamos bien, las balas empezaron a silbar de nuevo y entonces él casi ahogándose dijo al menos ustedes dos son mis hermanos, avísenles a mis viejos en Huancayo, y tú, cuida a Gardo, es el más chico de la clase, pero algún día llegará muy lejos.

–Eres un sádico ¿quieres matarme? –dice ella, dominando sus lágrimas.

–Lo que quiero es que recuerdes el consejo de Llanelas. Hay que cuidar a Gardo; tú y yo lo queremos. Él y tu amor por él deben ser los mejores motivos para que sanes. Cualquier cosa que suceda en tu convalecencia, cualquier tardanza o aun retroceso en la curación…–y Sáenz le toma de las manos blandas, de trapo–, debes combatirlo como si fuera… –y ahora no puede con su genio, sonríe otra vez– como si fuera un enemigo político…

Y ahora ríen ambos mejor que nunca, a pesar de que Llanelas y Edgardo continúan mirándolos desde alguna parte, serios y trabajando en sus carpetas, preparando sus cuadernos, limpios y muy bien forrados, para la próxima clase.

Se va Sáenz, y antes de que entre la señora Fuentes a cuidarla, por largo rato se cree completamente sola, huérfana, incluso abandonada por jóvenes y viejos, hombres y mujeres. Poco a poco, sin embargo, unos hombres, unos rostros van llegando a Matilde como en un desfile.

Ella estará tendida e inmóvil, pero así también estarán otros enfermos, otras muchachas que tenían cita con sus novios y en el camino algo se quebró, brotó una mancha en el aire, y ahora ella y él están pensativos y distantes, en espera del tiempo vacío que va llenándose poco a poco, mirando de lejos el futuro que viene, sí, pero lentamente, y que sólo camina cuando uno deja de ser impaciente.

Al menos Edgardo puede prestarle a los sirvientes que ella jamás tuvo, a Esdras y Cleofé, que pueden tender sus pellejos en un rincón del cuarto y cuidarla, tendidos y despiertos, ni siquiera amándose, porque más importante es ella, o sus piernas, o un quejido. Así, no vendrán sus padres a velar su sueño, pero ella dormirá tranquila con el bulto ahí en el rincón, con esa sombra amorosa y devota; o si teme demasiado la soledad, bajará a meterse entre ellos, a aovillarse sobre el pellejo de carnero, donde hay más afecto y dulzura que en otras partes.

Sólo una vez contó Edgardo la historia completa de Esdras y Cleofé. Fue después de un almuerzo en la pensión de Sáenz, cuando todos, soñolientos por la comida y la cerveza, buscaron un sillón, una mecedora o una cama donde cerrar los ojos por un rato; pero la habitación en que habían almorzado era a la vez sala, comedor y dormitorio. Sáenz se quedó en la mesita, pero los demás descansaron donde pudieron, y Matilde acabó tendida en la cama de Sáenz, mientras éste y Edgardo empezaron la discusión amable, el tira y afloja de todos los sábados y domingos sobre los estudios y la política.

Sáenz dijo que iba a hacerle a Edgardo una pregunta que lo dejaría sin habla y puso a los demás por testigos. Lucha y los compañeros de clase de Matilde se animaron en seguida: ¿Cuál, cuál pregunta? Sáenz sonrió, como siempre afectuoso, y dijo que por qué en tantos años, si ambos se conocían desde Guadalupe, Edgardo jamás había contado la historia de Esdras, del muchacho indio que había sido borrado al despedirse de Manuel Rosales, en Yanac, en casa del curandero Shogta, y al seguir huyendo, ya solo, de los guardias.

Edgardo replicó inmediatamente ¡Sí, sí, te la conté, varias veces! Pero Sáenz, con una habitual tranquilidad de obispo, y de nuevo amable y cordialísimo, insistió con firmeza en que jamás, jamás Edgardo había añadido otros detalles a la fuga de Esdras, y que su palabra y su honor estaban de por medio.

Entonces Matilde vio a su amante por primera vez hundido en una trampa, mudo y boquiabierto, y sin poder ayudar porque sólo balbuceaba: No puede ser, es imposible; o quizá haya sido porque no sé quechua ni los nombres exactos de las aldeas por donde huyó ese arriero.

–Tal vez por eso; y porque te quiero y respeto mucho, no puedo suponer tampoco que hayas callado porque se trataba de la vida de un indio.

Edgardo saltó y quedó en pie, empujando la mesita y las sillas, y aun remeciendo la cama desde donde ella lo miraba todo, con los ojos muy abiertos.

–¿Qué estás diciendo? ¿Me acusas de discriminación racial a , que conozco y quiero a los indios más que cualquiera de ustedes? ¡Yo soy serrano hasta la médula, no te olvides!

–No te acuso de nada, hermanito –siguió sonriendo Sáenz–; yo sólo digo que, de todos los tipos importantes que conociste en tu niñez, sólo Esdras es indio, y justamente su historia es la única que no te hemos oído. ¿O es que yo miento? ¿Sabe alguno de ustedes qué pasó con el arriero después de Yanac?

Y entonces todos dijeron Yo no, yo no, y Edgardo tuvo que hablar por una media hora, al principio asombrado, después con cierta vergüenza y finalmente con alegría, revelando por sus ojos y por sus manos la vida que faltaba. Un indio joven que se despide de Rosales en Yanac y sigue huyendo por la punas que él conoce bien, y que puede vivir para siempre en cualquier choza, trabajando de partidario, o arrendire, o peón; pero que ya tiene muy firme en el pecho su alma de arriero, de jinete, y que sigue corriendo. Una madrugada reaparece en Sihuas, duerme unas pocas noches en el terrado de la casona de Félix Gambini, sólo el tiempo necesario para convencer a la china Cleofé y llevársela enancada en la bestia. Nuevamente a las punas, a trabajar en las cosechas de papas, trigo o cebada, pero sólo a tener una choza fija cuando empiece a crecerle la barriga a Cleofé.

Luego hay cierta calma en Esdras, que al fin se transforma en un hombre en cuanto Cleofé tiene un hijo. Para entonces se ha rapado la cabeza, se ha puesto otro nombre y ha vuelto a Yuramarca y El Chorro, a ganarse la vida transportando la carga que ahí deja el tren; primero sólo tiene un burro, luego dos y tres, hasta que compra una mula, justamente el día en que topa con el guardia que peleó con Esdras en Ayaviña. Al poco tiempo ya lo persigue una pareja de guardias civiles, aunque él se siente seguro en cuanto vende sus bestias y se refugia en la choza. Una mañana él y Cleofé han bajado a Tarica a comprar víveres y cuando vuelven ya los guardias han incendiado la choza.

–¿Y el hijo que tenían? –pregunta Sáenz.

Sí, el hijo, del que todavía no se dieron cuenta; olieron a carne quemada y corrieron a escarbar las cenizas, suponiendo que les habían robado al chico y que el olor a asadura venía del perro o los cuyes muertos. Cleofé dio un grito; había hallado los huesos y el resto del pellejo, pero no de un perro ni de un cuye.

Entonces huyeron al temple, a los cañaverales de La Pampa, donde Esdras se empleó como regador, cuidando las tomas de agua, y Cleofé de cocinera en casa del dueño del trapiche, el señor Mayo. Pero Cleofé no ha olvidado a su hijo, a pesar de que ya está esperando otro, y un día, llorando, cuenta la historia a la otra cocinera de la casa, que sabe cocinar menos que ella. Mientras el señor Mayo corre a avisar al "puesto", ella corre a avisar a Esdras, que está regando en Cuichín. Esdras sólo tenía una lampa y los guardias eran tres y estaban armados, pero la pelea fue brava. Al comienzo Cleofé lo había animado a huir, pero supo que ya no había tiempo. Y cuando Esdras recibió el balazo en la pierna, ella tomó la lampa y siguió la pelea, hasta que otro balazo la borró, la deshizo, la enterró. Viudo y herido, Esdras llegó a la cárcel de Huaraz y todos pensaron que le faltaba muy pocos días para seguir a Cleofé; apestaba como un chiquero por efecto de los gusanos de la herida, que jamás fue vista por un médico y cuyos detalles pedía en vano Sáenz, el estudiante de medicina. Una gran herida que después de comerse la piel, se comió buena parte de los músculos: al fondo, entre la carne y el hueso, vivían y agitaban gusanos de verdad, absolutamente ciertos, y Esdras, tendido en la celda, sabiendo que todos esperaban su muerte, los escarbaba con un palito hasta que su destino, el aire, el sol por la ventana pequeñita, la noche, se apiadaron de él y la pierna se encogió, pero dejó vivir a su dueño, así como las piernas de Matilde se encogerían, se chuparían sus caderas, se hundiría su vientre, quedaría de puro hueso y pellejo, pero el resto (¿cuál resto?) viviría, lo quisiera o no su dueña.


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