Los Aprendices


   

17

–¿Ir a tu tierra? ¡Encantada! –había aplaudido Matilde, sorprendiéndole, apenas supo la noticia–. ¡Con lo que me gustan los viajes!

– ¡Pero si no conoces ni Huacho!
– Por eso mismo, señor inteligente.

–Después no rajes ¿eh? –había decidido llevarla, sí, pero también a Benites, cosa que sólo le diría más tarde –. Ancash tiene lindos nevados, pero buen clima únicamente de junio a agosto, no ahora en octubre; hay una que otra campiña, hermosa y chiquita, y pára de contar. Ni siquiera habrá tiempo de ver lo mejor, las ruinas de Chavín; quedan lejos de nuestro camino. Y comerás mal en los restaurantes, te picarán chinches y pulgas en las posadas, no verás buenos baños...

–¡Basta! –torció la nariz en una graciosa mueca–. ¡A mí me gusta el Perú, chiquito, y por nada me volverás ecuatoriana!

–Sólo quise poner el parche antes de...

Tampoco le oyó. Ella estaba en uno de sus días buenos, todo le parecía fantástico, lindo, bestial.

–Y además, un momento, señores del jurado –Matilde alzó la mano teatralmente–. ¿Por qué criticas a Ancash, si tú eres casi de Lima la criolla y mazamorrera? ¡Pues raja de Lima, cada uno con su tema! Creo que no has vuelto a tu sierra en ...¿trece o catorce años? ¿O quince, como el martirio del Apra?

–Sí, quince, desde el treintaitrés. Soy un ingrato, lo sé, pero no tenía plata y tampoco el viejo me invitó. Y no olvides que nací en Chimbote, que no soy «casi de Lima».

–¿Y qué, Chimbote es costa, no?

–Si te alegras porque no soy serrano, eso está bien en los retrasados mentales, pero no en una hermosa científica que alza la mano izquierda en las manifestaciones.

Ruborizada y ahogando la risa con muecas de niña culpable, Matilde no supo qué decir. Edgardo miró el hermoso contrapunto del blanco y negro en sus ojos, su tez color de arena húmeda, de hojas claras de tabaco, el color que le placía en las mujeres, la boca feliz, espléndida, el pecho lleno y agitado.

–¡Bueno, me mataste, amor! –admitió ella–. Soy una imbécil, pero también una ilustre y futura farmacéutica. Total, un desastre, pero alguien que sólo vive por ti.

Con otro ademán teatral, lo besó apenas en la boca, subió las escaleras y dijo que empezaría a hacer las maletas, pues era muy demorona. Toda alegría, por mínima que fuese, embellecía el rostro huesudo y huraño, la mirada negra y blanca. Ojalá fuera así todo el tiempo, pensó.

–Vuelves a la hora del papeo ¿no, Gardo?

Antes de salir a San Marcos, a su primera clase de la mañana, él se demoró contemplando desde abajo esa mezcla del torso discreto y la cintura frágil, hundida por detrás, con la fortaleza y agresividad de nalgas y piernas, una visión que seguía siendo nueva y lejana, no obstante el año de vivir juntos. Y esa cabeza vibrante y movediza, la cola de caballo que también parecía reír, eran el polo opuesto de su propia seriedad que ya lo hastiaba, de su pesadez al descubrir que no solamente deseaba ese cuerpo más que nada en el mundo, sino que no amaba a la dueña, si bien él le había propuesto matrimonio alguna vez. Menos mal que no aceptó, qué suerte, se dijo.

Ya en la puerta, frente a la calle vacía y húmeda, casi techada por la sucia neblina, abrió su cartapacio para cerciorarse de que llevaba sus libros y el cuaderno de notas. Lo abrió y cerró, en un gesto ciego como golpear la puerta, pero ya había vuelto a ver adentro los recortes guardados por su madre, la noche anterior en que los vació sobre la cama, gritando:

–¿Que por qué lloro? ¡Al fin me ves sufrir, ingrato! ¡Hace una semana que no hago sino limpiar mis lágrimas y comerme las uñas! ¿No creerás que es porque tu Presidente se tambalea? ¡Para lo que me importa! ¿Qué clase de hijo tengo..?

Se quedó mirándola con la misma intensidad que ella, pero ciertamente sin esos ojos cansados y enrojecidos, sin el ademán de ira que también buscaba el consuelo, el abrazo paternal del hijo.

–Discúlpame, pero...

–¿Y tampoco has leído los periódicos, entonces? ¿A qué vas a la universidad, si ni siquiera lees los diarios?

¿A qué iba, en verdad? ¿Era ésa una buena pregunta? De un instante a otro, los ojos ya eran unas ciegas manchas de agua, y el temblor del cuerpo graso y fofo era su mismo temblor, impidiéndole calmarla con una frase bien dicha, una palmadita para que lo dejara tranquilo.

–¡Mira a la gente que es tu sangre! – gritó ella, golpeando con el puño los recortes, aunque en seguida los desplegó con cuidado para que él los leyera velozmente, con su técnica universitaria y diagonal de lectura, suponiendo que le bastaban dos frases de cada línea para entender aún más de lo que había querido decir el inculto periodista de Huaraz–. ¡Con el pretexto del tres de octubre quieren enredar a tus tíos!

–¡Pero si yo no sabía nada! ¿Por qué no me lo contaste?

–¿Y de qué hablo todos los días en el almuerzo? Sólo te veo una vez al mes, claro está, el señor se cree muy hombrecito y ya no vuelve por las noches; se ha ido a vivir con una muchacha tan muerta de hambre como él. ¡Te hablo y ni me oyes! –respiró, bajó la voz, le hizo recordar cuando él le llegaba sólo a la cintura y ella gritaba como desde un árbol por encima de su cabeza–. ¿No he dicho que tus tíos Félix y Rubén están perseguidos, acusados de apristas o comunistas, para mí es igual; que Manuel Rosales, amigo de nuestra familia, también tiene líos; y que Delia Bolaños me escribió de Sihuas preguntando si podíamos mandar por tu tía Nemicha, para que la vea un médico? ¿Acaso no te acuerdas?

Qué memoria la mía, pensó, no puedo seguir siendo tan distraído.

–No me digas que ya me lo dijiste, mamá. Dime qué quieres que haga.

Otra vez fue el padre que corrige a su hija, que le pide ser concreta y precisa; pero ella volvió a su obsesión:

–¡Es que sólo piensas en Matilde y Lucha, Lucha y Matilde! ¡Un mocoso de veintiún años yéndose a vivir con una perdida en una casa sin muebles, con dos foquitos para alumbrar todos los cuartos, y que para su desgracia sigue enamorado de la otra! ¿De qué va a dar exámenes este Don Juan, de amor o de sus cursos de Derecho? –De nuevo ella revivió su otra idea fija, que Edgardo seguía Derecho y no Letras; ¿cuándo iba ella a oírle también?–. ¡Por las mujeres olvidas hasta la política, que interesa a todos los sanmarquinos! ¿No sabes tampoco que el tres cayó el Apra, hace solamente unos días..?

– ¡Vamos, no exageres! ¡Cuándo fui delegado te morías porque dejara la política!
– Si no sucede esa ridiculez del Callao, pues no...
– No hubieran acusado a mis tíos; de acuerdo. Pero dime de una vez qué quieres que haga.

No, su madre no le había oído.

–Sí, sí, el mocoso se cree un hombre, todo le parece muy fácil, burlarse de la religión y del matrimonio, pero tiene miedo de ir a ver qué pasa en Sihuas...

– ¿Acaso me lo has pedido? ¿Es eso, un viaje?
– ...donde van a morir sus parientes carnales...
– ¡Morir! ¡Anda, mamá!

Lo dijo riendo, sí, ¡ah, cómo se burló de lo que vendría después!

–¿Y para qué el señorito estudió Derecho si tampoco se atreve a defender legalmente a sus tíos? –No tenía remedio: seguía confundiendo las Facultades–. ¿Te imaginas qué abogados hay por allá? ¿O eres peor que esos tinterillos muertos de hambre?

Quizá no lo insultaba, sino le decía simplemente la verdad; pero así como ya no la veía, así también se hizo el sordo aun antes de dejar el dormitorio y meterse en el baño.

En el espejito no sólo se vio él mismo sino una inquietud que llenaba el viejo y pequeñisimo cuarto, casi del tamaño de la tina desportillada, una molestia pegajosa y tibia en las manos y la maquinita de afeitar, y de pronto casi volvió a leer los titulares de los recortes: la rebelión de indios en Quichis y Yanas (el diario se equivocaba, pertenecía a unos descastados, ignorantes de la lengua de sus hermanos: los nombres correctos eran Quiches y Yanac), encabezada por sus tíos, los hermanos Gambini (podía creerlo de Félix, el borrachito, pero jamás de Rubén, el ladrón fino e impune, como tantos en el país); el choque con la policía en Huandaymayo (no, era Andaymayo); la huelga de hambre del agitador Velásquez en Sihuas (¡Velásquez, qué gran viejo!); y las fotografías de los guardias asesinados, el mismo ángulo favorito: la cabeza deshecha y monstruosa, la garganta degollada, manchas y manchas de sangre, escenas que bien podían referirse a otras matanzas en provincias alejadas de Ancash. ¿Cuántas imágenes idénticas había visto desde el cuarenta y cinco, año de la avalancha de películas, noticieros, documentales, libros y fotografías de guerra? Sí, cabezas de guardias y soldados, aun seccionadas y dormidas, pero ninguna de peones peruanos como Medardo, con la boca abierta, gritando después de muerto, cayéndose al salvaje precipicio de El Escalón; o de viejos enfermos por vivir casi en la cárcel, como Velásquez; o de piernas torcidas y deformes como la de Esdras, el compañero de Cleofé, la antigua ama de Edgardo, que le cuidó el sueño y durmió sobre pellejos al pie de su cama, y le habló en la oscuridad una mezcla de castellano y quechua para tranquilizar ese turbio mar del miedo, esas olas frías que trepaban por su estómago y su pecho.

¿Qué había ocurrido, después de todo, con la matanza de que oyó hablar a sus seis años? Sólo indios habían muerto esa vez, ningún mestizo o blanco: este hecho vergonzoso para el país podía, sin embargo, calmar a su madre. Volvió al dormitorio llevando el argumento casi en las manos:

–¿Y por qué ahora va a ser distinto? –dijo–. En quince años no cambian los pueblos y menos todavía en la sierra. Se trata de odios personales, no de una revolución. ¿Me vas a decir que mis tíos no siguen siendo un par de conservadores? ¡Sin duda, hay otra razón para que los persigan! Salvador Velásquez era Gobernador de Sihuas hasta hace poco; viene el motín de El Callao y lo destituyen y apresan como a muchas autoridades del país; me parece normal que haga su huelga de hambre, aunque, por otro lado, él debe precisar ayuda más que nadie...

Creyó que ella le atendía, que estaban razonando juntos.

–¡Me voy a quedar huérfana, sin nadie en mi familia! –gimió la mujer, de súbito–. ¡Murió mi mamita y no pude ir a enterrarla, tú lo sabes bien, te salvaste esa noche del aluvión! ¡Y ahora Félix y Rubén! –y luego quedó muda y tanto demoró en hablar de nuevo que Edgardo, sentándose a su lado, le dio de palmaditas para quitarle el ahogo.

Después lloró, pero con una nueva y extrañísima clase de llanto, sufriendo las convulsiones en silencio y con los ojos muy cerrados.

–Calma, calma –dijo él–, no te pongas así.

–¡Oh, mis hermanitos! – volvió a gemir, y tomándose la cabeza entre las manos, emitió un suave canto que lo desarmaba siempre, sin atinar más que a abrazarla–. Debes entender, hijo. Una vez tu abuela, que tanto te quería, me dijo si algún día muero tú debes cuidar de tus hermanitos; los hombres siempre necesitan una hermana mujer. ¡Y yo nunca hice nada por ellos! ¡Nunca!

¿Y Rubén no te robó el fundo de Calia? ¿No me lo has dicho tú misma?, iba a decir. ¿Y acaso Félix se ocupó alguna vez de mí? Si por ellos fuera yo seguiría allá, sin estudiar ni la primaria. Pero calló y su madre le tomó la cara con ambas manos, como para bebérsela, y le hundió hasta el puño esa mirada líquida y rojiza, esas arrugas que tal vez le habían dibujado certeramente él y su padre con una negra hoja de cuchillo:

–¿Sabes, Gardo? Puedes ir de paseo, tantos años que no vuelves a la sierra. A lo mejor todo se arregla con dar plata a una autoridad, a lo mejor no hay muertos, ni perseguidos, ni nada; eso también lo he pensado yo, no creas. Y puedes llevarte a Matilde, sí, sí, váyanse de vacaciones, que ella sepa lo que hemos sido, las buenas haciendas que tuvimos y que yo ordené vender para vivir como gitanos de Lima...

Le ardían los ojos; una auténtica nubecilla le empañaba a cada rato los lentes y de nada servía limpiarlos. Pero le faltaba poco, dos páginas de letra menuda que iba subrayando con lápiz rojo, no le importaba estropear el libro, ni lo venció la única luz lejana del foco solitario en la salita. Así estudiaba él, contra todas las dificultades, así pasaría el examen de Historia del Perú: la clasificación de los cronistas, la frustrada posibilidad de una nueva lengua romance en los primeros años de la conquista española, los admirables dibujos de Guamán Poma, y él sintiéndose en medio de indios pobres y humillados, a quienes amaba, lo que no podía sentir ningún muchacho costeño. Alguna vez, se prometió, escribiría el retrato fiel de un indio: los pies descalzos y acribillados de niguas (el talón era un harnero), pero fuertes, cruzados de nervios y tendones muy visibles; las uñas negras, torcidas, hinchadas y semisalvajes; el humor propio y especial del cuerpo, como lo tienen blancos y negros (¿cuántas veces lo habían cargado a sus espaldas los sirvientes de la abuela, cuántas había preferido, a su propio lecho, la cama de pellejos de Cleofé?); los viejos y destrozados calzones de bayeta; el remedo de calzoncillo, una bolsa informe, de tocuyo blanquecino; la ausencia de botones o cierres en la bragueta, sus ventajas y desventajas; la hermosa faja coloreada, o la soga ruin, o un pedazo de pita, en vez de correa; la otra bolsa clara que servía de camisa, debajo del poncho tibio y siempre afectuoso; y por arriba, una cabeza distinta de los modelos griego o romano que daban los libros: prieta, quizá inelegante, de mejillas rojizas y "pispadas" por el frío, boca gruesa y oscura, nariz ancha, fuerte, cabellera indócil y sudorosa, matando una infinita clase de belleza y creando otra, si el observador tenía paciencia para descubrirla y si sentía afecto por quienes de algún modo eran señores de otro tiempo.

Cerró el libro, se quitó los lentes y bostezó ruidosamente, estirándose en el sofá. A su lado, tendida boca abajo y con la falda arrugada sobre las deliciosas nalgas, Matilde dormía de tanto esperar a que concluyera su lectura. La ayudó a levantarse, riendo de los balbuceos y pesadez de la muchacha, y tuvo que cargarla escaleras arriba, hasta el dormitorio. Sin abrir los ojos, Matilde se aovilló vestida en el lecho, puso la cabeza sobre sus manos juntas y de un momento a otro ya dormía de nuevo, plácidamente, con la boca entreabierta. Otra vez tuvo que despertarla y desvestirla, pensando ojalá yo sintiera ese sueño, estaría feliz, si ahora soy insomne cómo será en cinco o diez años más.

Se acostó y apagó la luz. Por largo rato estuvo solo, su cabeza al parecer abierta al sol. El bulto de Matilde vivía y moría a su lado, en medio del profundo silencio que ya sonaría en uno de sus oídos, el izquierdo, como un interminable y diminuto silbato, del grosor de un hilo de telaraña. ¿Tan joven y ya andaba mal de la presión? ¿O eran señales curiosas de hechos pasados o futuros?

Su soledad le obligó a despertar a Matilde:

–Lucha dice que la llames mañana por teléfono; quiere ponerse de acuerdo sobre la ropa que han de llevar en el viaje–. El bulto se movió finalmente, pero no estaba seguro de que le oía; por eso repitió–: Lucha, Lucha.... –la palabra clave para quitarle el sueño.

–¿Por qué no la traes a vivir aquí? Debes tener sangre de moros... –la voz despertó muy suavemente, sin un reproche, y aun algo burlona–. Pero ella sólo te acepta besitos ¿no? ¡Te ha vencido, pobre Gardo!

–Dice también que ha visto lindos pantalones en Oechsle y que te regalará uno.

–¡Imagínate, lector, yo con pantalones de Oechsle! ¿Por qué no la hacemos subir cuando venga? No sospechará nadita; y cuando te animes, la asaltas y violas. ¡Yo te ayudo, palabra!

–¿Qué estás diciendo?

–¿Por qué no? Te ayudo cuando quieras. A mí, por ejemplo, solo, ningún hombre podría violarme, a menos que me desmaye a golpes; tiene que ser entre dos personas que se ayuden. Porque no creas que es una cuestión de pura fuerza, tiene que haber alguien agarrándola arriba para que tú hagas lo demás, de modo agradable. Es lo que nunca dicen los libros o películas; si tú fueras mujer, ya lo habrías pensado. La vez anterior te falló porque estuviste solo con ella y sin duda te dio pena verla llorar.

Volvió el silencio, el levísimo silbido en sus oídos viajando por dentro de la noche cóncava y viva.

–Hazlo, Gardo. Una mujer virgen es muy poderosa para un muchacho peruano. Destrúyela de una vez.

–Me das risa como experta sexual –dijo él.

–Y yo también me río, pero es la primera vez que me muero de celos –dijo Matilde, con voz apagada.

Creyó que iba a dormir mal, como todas las noches, pero entre las vueltas que dio le nació por fin una niebla, y el silencio se cortó para hundirse en la oscuridad que ya no lo miraba.

Por la mañana despertó solo. Al poco rato, Matilde volvía del baño dando un portazo:

–Sobre miel, buñuelos; eso no más faltaba. ¡El salvaje de Benites!

–¿Dónde está?

–Habló por teléfono con la muchacha. Dice que acepta tu invitación a Sihuas, pero que todavía no sabe cuándo podrá viajar. ¡Imagínate, el señor todavía no sabe..! ¿Qué quieres, que te acierte los balazos esta vez?

Enfundada en su bata de felpa roja, ella puso los brazos en jarras, creyendo sin duda que lo mandaba, que era dueña de la situación. Se levantó, divertido:

–Es asunto mío, no pienses más, te va a doler la cabeza. Está en peligro de caer preso; por eso lo invité.

–¡Y asunto mío también! ¡A Benites y a Lucha me los pones hasta en la sopa! ¿Cuándo vamos a vivir solos? –y aun se atrevió a manotearlo, a impedirle que entrara en el baño.

–Gracias por tu amor –dijo, besándole una mano.

–¡Déjame! –lo rechazó ella –. Creí que habías sentado cabeza y que no te interesaba más la política. ¿Qué hemos sacado de estos años en San Marcos? Yo casi he perdido la carrera.

–Porque no vas a clase, no por otra cosa. La verdad es la verdad.

–Y también por ocuparme de la casa ¿no? La verdad es la verdad.

–Así es, mujercita. Por eso haré que Julia se quede definitivamente con nosotros y le suplicaré a mi madre que se busque otra muchacha.

–Gracias, mi amo –ella hizo una venia–; le agradezco con todo el corazón. Ojalá así me oyera usted en otras cosas.

–Si, a ratos no escucho bien –sonrió él–. ¿O sea que tú piensas que he sido o soy un político? –empezó a reír–. He intervenido en una o dos huelguitas de estudiantes, eso es todo; he hecho casi lo mismo que tú.

–¿Me vas a decir que no te gusta que te llamen líder universitario?

–¡Qué ocurrencia, señorita! Lo que no me gusta es oír idioteces. Basta ya; a tomar el desayuno y los dos a la universidad. Vamos. Aunque da vergüenza estudiar después de la proscripción del Apra y del comunismo; no hay nada con que reemplazarlos, nos guste o no.

–¡Si va Benites a Sihuas, yo no voy! –gritó Matilde, pero la bata roja no se agitó como antes.

–He dicho basta. A la una, a las dos… –y siguió avanzando hacia ella, preguntándose cómo sus deseos de abrazarla se transformarían en un leve golpe de castigo; pero ella había enmudecido–. Así, qué bien –dijo–. Y otra cosa, para estudiar mejor y pasar ambos el examen, me iré a casa de la vieja. Sólo una semanita, por supuesto –y entró en el baño.

Matilde dijo sí con un gruñido.

Los pocos días que faltaron para el examen bimestral se reinstaló, en efecto, con su madre; apiló sus libros en la mesa del comedor, y desde las seis de la tarde estudiaba abrigándose con tazas de té, hasta que Matilde, allá en la casita inconclusa, lo extraía en silencio haciéndole abrir y cerrar sigilosamente la puerta, lo obligaba casi a correr dentro del Hillman, que lo llevaba corriendo, lo tiraba casi de los pelos hasta el segundo piso, donde sólo había la cama y una silla, nada más; lo calentaba entre sus brazos y piernas y le construía de nuevo el cuerpo; pero él debía arrancarse de la trampa y volver aun en la madrugada para seguir estudiando, quizá fatigado, pero insomne y tranquilo en espera de la aurora, de los temas de Historia, Geografía y Literatura que el día anterior ignoraba por completo.

Así, una noche en que iba y volvía de San Isidro, mareado por Matilde y por la fiebre de recordar páginas de todo tamaño (copias mimeografiadas, cuadernos de notas y papelitos en sus bolsillos), oyó un rumor en el cuarto iluminado de su madre.

–Duerme, soy yo –dijo al avanzar por el estrecho pasadizo que siempre crujía como el de un barco.

–Centro –oyó decir.

–No vengo del centro, sino de la otra casa.

Pero ya la puerta del primer dormitorio le ofrecía una sombra que empezó a mirarlo sin que él la descifrara. ¿También la vieja tiene su amante?, pensó. ¿Será posible? ¿Y ahora qué hago?

–Tu mamá dice que entres –dijo el hombre, visto a contraluz; era su padre, cuya voz variable, alta o baja, lo engañaba algunas veces–. ¿Que hay, Gardo? ¿Estudiando para el examen?

–Sí, papá –se abrazaron ruidosamente–. ¿Cómo estás? ¿A qué hora llegaste? ¿Qué tal viaje?

–Bien, pasa, pasa, hijo.

Esta vez el señor Fuentes y su mujer le desplegaron otra curiosidad sobre la cama. Sólo en historietas y películas de ladrones y tesoros desenterrados, había visto ese pequeño talego de relojes y joyas de oro, esa maleta medio llena de billetes. Tuvo que tocarlos, quizá no fueran de verdad, conforme su padre explicaba:

–Ya saben por qué sólo vengo a Lima cada cinco o seis meses; necesito traerles algo bajo el brazo. La situación no va bien desde el cuarenta y cinco, pero mejorará ahora que cayó el Apra. Lo que es yo no me mezclo en el lío de mis cuñados perseguidos. En La Pampa, donde estuve anteayer, no se sabe nada del asunto; dudo que Rubén esté preso, es muy vivo, pero quién sabe Félix sí. Yo a mi trabajo y se acabó, nada de política. Mi amigo el abogado ya no podía guardar por más tiempo sus ganancias; es medio apristón y se asustó con el cambio de gobierno. Y como está escondido, me dio el diez por ciento por traerle la maleta a Lima, y por entregarlos a su familia. Hay que sabérselas buscar ¿no?

–¿Y los riesgos, si te encuentran? –exclamó Edgardo.

–Traer oro o billetes de la sierra no es delito, hijo. Allá sólo hay Bancos en Huaraz, y en cuanto a buenas joyerías, ninguna. Y tampoco nadie maneja talonario de cheques, todos los pagos se hacen en efectivo; por eso hay que andar a todas partes con la plata en el bolsillo.

–O en la maleta –dijo él.

–El abogado es Fábregas y atiende a toda clase de clientes– intervino su madre, deshaciendo sus largas trenzas del día, esas marcas de mujer anacrónica y provinciana, pero señorial, que se veía poco en Lima, mujer de otra mirada, respetuosa y tímida–; tu papá dice que ese señor es capaz de atender a sus clientes donde sea, hasta en medio de la calle.

–No quiero deberle favores a nadie, sólo pedí un interés que es justo –afirmó con energía el hombre calvo, blanco y rechoncho.

–Y esa suma nos dará para comprar buenos muebles y ponerlos en la casa, en tu casa, hijo –agregó ella, tan asombrada como Edgardo–. ¿Te acuerdas cuando tuviste que inaugurarla antes de tiempo?

¿Ya no venderé botellas vacías a fin de mes?, pensó él. ¿No esperaré al comprador de periódicos viejos? ¿Podremos al fin comer un pollo entre Matilde y yo, y no una presa chiquita cada uno?

–¡Menos mal que se pudo levantar la casa, parece un sueño! –suspiró el hombre, en mangas de camisa a pesar de la noche fría, fumando y accionando las manos–. Ahorrando como estaba yo, sólo podía mandarles un giro de quinientos soles al mes, ni un chico más, así sea partido por la mitad. Parece mentira que hace diecisiete años, con mi sueldo de doscientos soles, pude comprar un terreno en La Pampa; claro que para eso tu madre vendió Calia al famoso Rubén, que dicho sea de paso no le pagó completo, y así dimos el adelanto del potrero y yo me hice cargo de las mensualidades. Metido en mi oficina…

–De la Caja de Depósitos y Consignaciones, Departamento de Recaudación –dijo de pronto Edgardo, leyendo casi ante él un viejo y desteñido aviso en una calle de La Pampa, furiosamente ilumi–nada por el sol–. Un aviso horizontal, blanco y con letras rojas: Caja de Depósitos y…

–¿Oh, te acuerdas? –la figura gorda y movediza lo palmeó, lanzando una risotada–. Metido en mi oficina, sólo tenía una horita libre por la mañana, antes del trabajo, y otra al mediodía, y entonces me iba a vigilar a los peones que regaban nuestro alfalfar con agua de la única acequia del pueblo. A veces había que pelear a lampazos por el turno de esas dos horas de agua.

–Los peones con lampas, comiendo escondidos del sol, entre la caña bajo unos techitos de paja…–evocó Edgardo aquel pequeño paraíso perdido–; siempre me invitaban mangos, paltas y huayabas. ¡Qué buena gente!

–¡No puedes acordarte de esa chacra! ¡Pero si tenías cuatro años! –casi gritó su madre, sentada en la cama y peinando su larguísima cabellera suelta–. Eso fue antes de enviarte a Sihuas; porque el vendedor de remedios te descubrió el paludismo y recomendó que te lleváramos a la sierra.

¿Ah, y entonces viví solo en Sihuas, sin ustedes dos, así fue la historia?, pensó.¿Y por qué nunca fueron por mí y yo tuve que viajar con un guía indio hasta La Pampa?

–Bueno, y por otro lado…–seguía hablando con entusiasmo el señor Fuentes: no bebía nunca, pero a ratos su euforia era la de un ebrio–, por otro lado viene la señora Tarcila, ¿se acuerdan de ella? (Edgardo vio un monstruo encorvado, el pelo blanco e innumerables pecas y arrugas en la cara, el pellejo flotando sobre la carne). Sí, ella, una sota para los negocios y me dice Oiga, Fuentes, usted necesita una buena casa para su familia y yo preciso ahorita, lo que se llama ahorita, cinco mil soles; le firmo una hipoteca y a lo mejor mis nietos se la pagan o no, es asunto suyo, pero si no se la pagan se queda usted con la casa. Será vieja, pero grande, enorme, y con huerta y todo. ¿Qué me dice..?

Edgardo también se había contagiado; no cesaba de contar lo que sus padres conocían mejor que él. Describió la bella casona sin puertas de La Pampa, con dos pasadizos destechados y en cruz, que daban libremente a la calle y aislaban las cuatro alas de la construcción; la gran acequia del pueblo que atravesaba el patio y respiraba día y noche como un hombre ansioso y feliz; y en un declive, junto a la huerta de plátanos y mangos, la caballeriza con la bestia que fue su amiga, el Moro…

–¡Buena memoria, pero no muy buena! –volvió dichosamente su padre–. Lo del Moro te conté yo, porque justamente vendí esa joya de caballo, lo único que teníamos de valor, para comprar la casona de doña Tarcila. –Otra risotada, otro oleaje de felicidad que sacudió su cuerpo y varias palmaditas a su mujer y a su hijo–. ¡Bueno, el animal valía unos cuatro mil, pero yo le saque más!

–Al Moro sólo le faltaba hablar –dijo la señora Fuentes, dejando por un instante de desenredar y alisar sus cabellos, más largos que los de Matilde, más tranquilos y silenciosos, sin una ciega mirada profunda: así lo sentía él–. Una belleza de la que se enamoraron al mismo tiempo don Eufronio Olivera y don Fausto Morales...

–Don Eufronio vivía frente a nuestra casa –Edgardo cerró los ojos para recordar mejor–, en una explanada con una piedra puntiaguda al centro, casi una espada monumental, y ahí los arrieros amarraban a sus piaras y se tumbaban al suelo a comer el fiambre.

–Así es –dijo el señor Fuentes–. Don Eufronio ofreció tres mil soles en esa época y don Fausto cuatro mil. Entonces yo dije el que me gane al cachito se lo lleva, pero ninguno me ganó y levanté la oferta, hasta que don Fausto dijo mejor de una vez te pago antes de que me desplumen. Y me dio siete mil.

–Y de esos siete mil, cinco le diste a doña Tarcila y con dos mil pusiste la tienda de abarrotes –explicó otra vez la mujer que era su madre, pero también algo más, un ser demasiado visto y conocido, al extremo de que él parecía dictar sus movimientos, sus ideas fijas y endurecidas–.¿Te acuerdas de nuestra tienda? ¿Me oyes, hijo? –llamó al que suponía distraído, cuando en verdad el hijo ya había entrado y salido de la tienda, allá en La Pampa.

–¿Y no te ayudó Rosales a abrir la tienda, papá? No sé a quién le oí decir eso.

–Ojalá fuera cierto, hijo. Nadie nos ayudó. Mandé un giro telegráfico a Sawao, esa firma que todavía existe en Chimbote, y compré conservas, velas, fideos, aceitunas en botija, kerosene, manteca, la mar de cosas, y pusimos la tienda que primero atendía tu madre…

–¡Y después yo, de vuelta de Sihuas, ya muerta la abuela! –Edgardo se tocó el pecho con orgullo.

–Sí, eso fue un poco antes de venirte a Lima con tu madre. ¡Casi estoy viendo descargar la piara de doce burros que contratamos! ¡Doce burros! ¿Te imaginas el espectáculo en el pueblo?

–Me gustaba la tienda, papá, la gente que venía a comprar creyendo que yo ignoraba los precios por ser muy chico; pero más me gustaba el trapiche del señor Mayo, en los días de la molienda.

–Ah, ¿no te conté? El pobre Mayo murió hace un año, pero sigue abierto su trapiche de bueyes y con una montaña de bagazo rodeando el edificio (Edgardo jugaba ahí encima como sobre un inmenso colchón); y adentro todavía puedes ver, bajo un enorme techo, la piscina de cemento llena de jugo negro que después se echa en los moldes de chancaca.

–¡Eso, eso! –gritó Edgardo, feliz–. ¿Sabes una cosa? Nunca he vuelto a ver esos troncos con patitas bajas, convertidos en curiosas mesas llenas de hoyos redondos, donde la miel se endurecía formando una media bola de chancaca, y cinco bolas completas formaban una sobre otra el cesto, un acordeón envuelto y amarradito en la panca.

–¡Y un sol por cada cesto! ¿Me oyes, hijo? ¡Y el ciento de huevos a dos soles! ¡Esos eran precios! ¡No como ahora!

–¡Bueno, bueno, mucha conversación y Gardo tiene que levantarse temprano a estudiar! –cortó el diálogo su madre, metiéndose por fin dentro de las sábanas.

–¡Vamos, mujer, si no tenemos sueño!

Todavía el señor Fuentes insistió en hablar sobre sus trabajos y sacrificios para ganar dinero, aparte de su sueldo como contratista de carreteras, cuyo monto casi no gastaba viviendo en solitarios campamentos. ¡Cómo no creer que el fruto de sus esfuerzos sería para su familia! Cuando él fuera todo un hombre ¿se volvería tan hipócrita como el viejo?

–Chau, papá –se despidió finalmente.

–Chau, Gardo. A ver si mañana o pasado vamos a vender nuestra parte en una joyería del centro.

También eso lo dijo muy claro, imposible equivocarse.

Un beso para el señor Fuentes, quien de pronto le puso en la mano un gran fajo de billetes.

–¿Para qué? ¡No necesito tanto! –dijo.

–Al contrario, te faltará para el viaje. La vida ha subido mucho aun en Sihuas. ¡Toma, toma! Y gracias por ir allá, hijo; a mí no me conviene mezclarme en ciertas cosas, tú lo entiendes.

Y ahora, con los bolsillos llenos, el segundo beso. Sólo estiró el cuello y la trampa del olor, la piel, los brazos de su madre se cerraron sobre él, y de nuevo sintió una convulsión silenciosa, ya no ajena sino propia, el extraño e indetenible efecto del pacto que había firmado al decir sí, voy a Sihuas, tú quédate tranquila.


Regresar Home Arriba