Los Aprendices


   

15

–Está bien, está bien, me callo y no hablo más de mi tribu –le vio alzar la mano, jurar sonriente, apenas se sentaron en el café después de salir del cine. ¿Cuántas veces repetía ya el ademán, la frase?

–Sigue, sigue, no te acomplejes, la vida es larga y barata –dijo ella, aunque abrumada, vencida, atosigada, o vacía al oír otra anécdota de los Gambini y Velásquez, de Rosales, Gómez y Parra: ¿por qué volvía él tanto a esas historias en los últimos días? ¿Adivinaba que tenían poco tiempo y quería pulir una versión final y definitiva, la que debe repetirse en ausencia de quienes nos la enseñaron? ¿O supo que ya la había convencido del todo y que ella también estaba rodeada de muertos?

Él calló, pero ahí mismo dijo ya me callé, ahora cuéntame de ti, de tu casa y tus padres. Hace un año que nos conocemos y sólo me dejas hablar a mí.

Cuéntame de ti, papas con ají… Matilde iba a sonreír, hacer una broma, pero su piel le jugó una mala pasada; tiesa, le creó una máscara seria o triste, lo ignoraba ella misma, si bien por dentro estuviera feliz, con ganas de hablar también, ocupar su turno. Pero no, imposible contarle gran cosa, eso ya lo había decidido la noche en que huyó de su casa para vivir con él, no para casarse, sino para algo que parecía más que eso, vivir juntos, pero en el esfuerzo por desviar los ojos ya casi estaba viendo de nuevo a sus padres, los sintió dentro de su cabeza, aleteando como pájaros horribles. ¿Contar que su madre parecía quererla cuando Matilde era una niña y la vestía y peinaba a las seis de la mañana, tan temprano que su sueño ya no era negro, sino demasiado blanco y brillante, siempre a las seis, así fuera sábado o domingo, después de haberla bañado fugazmente sobre el lavatorio, a falta de ducha y tina? ¿O que en el tranvía, en verano, no soltaba su radio a pilas (primero de juguete, después de verdad) al bajar corriendo con su madre por la pendiente de Agua Dulce y al esconderse en alguna grieta de esos acantilados blandos, de tierra, para ponerse rápidamente el traje de baño verde que le duró tanto tiempo, sin dinero para alquilar una carpa? ¿O que soñaba con abandonar a su madre, al bulto, a la sombra en el mar, oír que se ahogaba pero no volver la cabeza, y que también su padre desaparecía intentando salvarla: por fin sola en el departamento de un cuarto y una cocina, todavía una niña, pero dueña de casa, como ninguna de sus amigas podía serlo?

De pronto llegó un verano a final de la primaria y la bruja despeinada, la madre gritona se negó a llevarla más a la playa, dijo que a ella le hacía daño el sol y Matilde tuvo que rogar a Marilú para sentirse libre, descalza y semidesnuda hasta el anochecer, libre, tostada y observando minuciosamente el cuerpo de jóvenes y viejos, y recibiendo miradas sobre el suyo, delgado pero hermoso, hasta que a las dos semanas Marilú dijo si quieres di que fuiste conmigo, pero a mí me está esperando un chico, chau, Mati, y la dejó con su radio encendida, subiendo al tranvía en medio de tantos muchachos y familias enteras.

Edgardo y ella salieron del café y todavía sin sueño anduvieron como si la calle fuera una brisa, una vitrina perenne, un desfile exclusivo para ellos, toda la ciudad girando y los dos casi inmóviles, descansando con sólo observar la prisa y griterío ajenos, de hombres y automóviles, Lima vieja y Lima moderna, Lima un poquito acomodada y Lima verdaderamente pobre. Y esos edificios sin techo que odiaba, inconclusos por arriba, decapitados, exhibiendo quizá únicamente los torsos ciegos e inexpresivos.

–Está bien, no me cuentes nada, mujer. Sólo quisiera que alguna vez amistaras con tus padres, no por mí, lo juro, sino por ti misma.

–¿Qué te hace pensar que los necesito?

–El decir que no los necesitas.

–¿O quieres arreglar mi problema para olvidar aún más a tus viejos?

–A lo mejor, caliente, caliente –sonrió él, mirando a otra parte.

Fue un consejo sabio, pero también muy fácil, tal vez inclusive una receta médica para su gesto al oír hablar de padres e hijos: revolvía la cabeza y aun azotaba a Edgardo con su larga cola de caballo. Dejó correr la voz por la calle, como otras veces. Sabía que ambos pensaban lo mismo, que el padre de Matilde solía golpearla justamente cuando descansaba de las bofetadas y tirones de pelo de su madre.

–¿Y también a Lucha le dices igual? –retrucó, mezclando en la frase un poquito de veneno.

–Oh, no, ella y yo nos llevamos bien con esos suegros.

Le tocó demudarse por evitar la discusión. Ya los veranos durante la Media las había pasado barriendo por las mañanas, tendiendo camas y lavando ollas, y por las tardes con Marilú y el novio de ésta, sintiendo cómo se besaban y acariciaban en el cine, hasta verlos subir al hotelito de la Amargura, que ella recibió como herencia de su amiga, el letrero inmundo, la puerta rajada y sitiada por hombres mudos que la miraban no sabía si para poseerla o matarla.

Pero se libró también de Marilú y se fue a los auditorios de Radio Lima o Radio Victoria, donde consumía el tiempo oyendo cantar a innumerables artistas. Poco a poco, dejó de temblar cuando mentía a su madre, dejó de llorar ante sus bofetadas: Marilú está enferma, iré esta noche a cuidarla, su mamá sale a un cumpleaños. O si no: su papi quiere llevarnos mañana a Pucusana; ¿puedo ir a dormir con ella para estar en la playa desde temprano?

Había visto ya muchas películas, románticas y de guerra. En ellas una pareja luchaba risueñamente en la hierba o entraba en un cuarto de hotel, o en cualquier dormitorio, y comenzaban los abrazos y besos, el juego de un cuerpo encima del otro, el pulso de Matilde batiendo hasta en el vientre y las piernas, el beso claro en su boca, la voz quemada del hombre en sus oídos. Pero nunca vio en el cine lo que ella hacía: entrar sola en un cuartucho de hotel, abrir su maletita de estudiante, extraer la radio a pilas y la revista de chistes y esperar el sueño como peleando en una batalla; y en torno a Matilde, la soledad más pesada que un bulto, transparente y neutra, quieta como una muerta. El cuento de que era alumna interna en un colegio de monjas y que sólo salía sábados y domingos no fallaba ante el administrador del hotel. ¿Y sus padres, señorita? Viven en Trujillo, se han ido a Huancayo, están en Arequipa. Y tampoco, a medianoche, faltaban los pasos de un hombre, un huésped que la había visto entrar: el rumor ante la puerta, la tos, la duda, pero también la decisión del desconocido, aun la vuelta a la perilla asegurada por dentro, esas increíbles y atropelladas imágenes de lo que sucedería si el tipo lograra irrumpir.

Pasaron frente al hotelucho de la Amargura; juntos miraron la vieja escalera, el foco solitario como un pájaro moribundo y amarillo. Ahí se habían amado muchas veces; casi era un recuerdo clandestino desde que tenían una casa para ellos solos. ¡Sí, una casa propia, hasta eso creyeron! ¡Pobre Gardo, por suponer que su padre era mejor que el suyo!

Sola por muchos sábados y domingos, quién lo dijera, jamás como en las películas, donde a los cinco minutos la chica encuentra a un hombre y deambulan por las calles o se van a la cama. Y únicamente al bajar del colectivo para meterse en la cazuela del Metro (era su costumbre, cuidaba su escaso dinero), la sacudió el choque con un muchacho, la maletita cayó al suelo y ahí conoció a Raúl con la maletita ya en sus manos, los ojos negros y brillantes, la sonrisa fresca o una gran risa muda.

–Se le ensució, señorita; déjeme limpiársela.

¡Ah, cómo le gustó verlo frotar la maletita con el pañuelo mientras avanzaban juntos como viejos amigos!

–¿Pero yo qué hago? –reaccionó ella, deteniéndose–. ¡Si voy a Radio Lima!

–Qué casualidad. Yo también iba al concurso de tangos. ¿Ya les toca a los finalistas? Me salí de San Marcos para oírlos.

Se las sabía todas. Matilde quiso preguntarle detalles sobre el ingreso a San Marcos, pues ella daría exámenes en enero, dentro de pocos meses: ¿quizá tendría un prospecto con las materias del examen? Pero tuvo que seguir su camino, digna y desdeñosa, aunque dijo temblando muchas gracias, no se moleste, me espera un amigo en la puerta.

El que se llamaría Raúl dudó ante el remolino de jóvenes del vestíbulo, pero el efecto de la mentira fue muy breve. Apenas le vio el pase, ahí mismo se metió con ella; estamos juntos, le dijo al cuidador, y más allá de la cortina estaba otro gentío bullanguero, el estrado castigado por las luces de donde partían las canciones de amor y odio, los insultos a la perra infiel, los abrazos y besos con El Otro. No lo miró por un buen rato, aunque supo que se había sentado ahí cerca. Con voz quebrada y llorosa, el cantante recordaba unas viejas noches amables y luego el crimen feliz que lo dejó viudo, si no eres para mí tampoco serás de otro. Hasta que ahogó un grito al descubrirlo rozando su brazo y ya no pudo huir de la trampa de los apiñados oyentes, ni a la derecha ni a la izquierda, y por más que redujo el tamaño de su cuerpo aovillado en el asiento, soltó de nuevo la maletita en medio de la fiebre de aplausos.

–Por lo menos la maleta es mi amiga, no va usted a negarlo –dijo él, devolviéndosela desde el suelo, casi aplastado por los fanáticos que luchaban por la butaca que suponían libre. ¡Entonces ella lo ayudó a levantarse y se rieron por fin!

Estuvieron riéndose unas dos semanas, en los auditorios de radio o el cine, anudando sus tiempos libres, huecos y fríos, por las calles vencidas a pie, largas y sin fin como la vida que les faltaba vivir. Una de esas tardes, al despedirse en la esquina de su casa, Matilde no lo sintió aproximarse, sólo tembló cuando él retuvo sus manos y la boca empezó a apretar la suya; oh así fue, la boca seria, abultada y con el bigotito de aquí allá, iniciándola en el mareo de ademanes que no se detendría jamás, y que seguiría en las citas por el Parque de la Reserva, frente al cine Arequipa al que no les gustaba entrar, con mitad de sus cuerpos escondidos por una enramada y ellos besándose con la boca muda, hambrienta, mordiéndose y succionándose, conforme las manos de Raúl preparaban sus senos y vientre para otros temblores.

Ver a Raúl significaba siempre ver también a su madre frente a ella, la mujer desaliñada y sucia que le gritaba dónde había estado, que la empujaba si se ponía terca y muda, que ya tenía la costumbre de abofetearla todas las noches, acusándola de cosas que sólo entendía a medias y que de ningún modo había hecho con Raúl; la arrinconaba contra la pared y le tiraba de los pelos y le cerraba la boca y los ojos a cachetadas; así empezaba la otra batalla de su rabia e impotencia contra el dolor, contra la fiera que sólo la dejaba cuando su padre (molesto por los gritos que interrumpían la lectura de "La Crónica") la libertaba a empujones y la metía en su diminuto y movedizo cuarto de paredes de Eternit.

Lloraba, pero también se hundía en la dulce fatiga de las lágrimas, en el consuelo final de que alguna vez sería libre. Los accesos se convertían en suspiros, la sal del llanto en una sonrisa, pensando de nuevo en Raúl. Diez minutos así, y ya se había desvestido y casi dormía, cuando su padre, acabando de leer las páginas deportivas de "La Crónica", entraba porque le había llegado el turno de increparle pecados que no cometía con Raúl, de patearla hasta frenarse por el susto de haberla desmayado o matado, roncando y echando espuma sobre ella, quedando al fin como era: un mecánico dental sin suerte, un borrachín con horario fijo, de seis a nueve en las chinganas, alguien que no mandaba en su casa y que sólo a veces recordaba tener una hija.

Pero no le importaba: a la otra noche renacía la dicha por Raúl y era imposible renunciar a ella. La dicha y los besos, pero también el miedo corriendo juntos por su cuerpo, días y meses, el sí y el no abriéndole el vestido, la boca, las piernas, el miedo y la felicidad cerrándole los ojos, pero dejándole ver el futuro, bueno o malo pero con Raúl, o finalmente qué importaba aun sin él, se sentía bien, ya no feliz, y su curiosidad no admitía límites, de una vez a matar a la antigua niña mordiendo la carne de Raúl y pidiéndole más, de pie o tumbados en los parques, sin vergüenza alguna, orgullosa de no ser una hipócrita.

–Algún día te contaré mi historia de la maletita –sonrió Matilde.

–¿Llena o vacía? –dijo Edgardo.

Llena de cuadernos, cancioneros y esperanzas, iba a decir, pero calló ante la súbita vista de tres mendigos, un hombre, una mujer y un niño, que le extendían sus manos al mismo tiempo.

–Cuando veo sagradas familias como ésta, me dan ganas de matar a los presidentes –dijo, mientras Edgardo les daba dinero.

–¿Y qué me dirás a mí que soy serrano? –dijo él–. La pobreza india es más digna y callada.

–Aquí es espantosa, y no veo remedio por ningún lado.

–Hablas como una ex política. De todos modos, da pena no tener un partido, uno se siente muy solo.

–Así es, vida –dijo ella, apretándole una mano tiernamente, aunque sin prolongar el diálogo ni tomar ambos alguna decisión. Entraron en la playa de estacionamiento; en el espacio cerrado y con débiles focos, la noche era un animal ahí al fondo, acechándolos.

–Tú no te llevas bien con Raúl ¿verdad, Gardo?

–¿Por qué te acuerdas de él? ¿Porque hablamos de política y él al menos tiene un partido de bolsillo, el comunista?

–Nos cruzamos con uno parecido a él por la calle –mintió –. ¿Te diste cuenta?

O quizá fue cierto, Raúl los vio pasar del brazo y pensó: Yo fui el primero, aunque ya no me hagan caso.

–No lo vi –dijo Edgardo–. Pero no hay nada de eso; nos saludamos, conversamos de política de vez en cuando, y hasta hemos comido juntos algunas noches.

–Me gustaría que fueran más amigos –dijo ella, esperando a que le abriera el Hillman.

–¿Amigos o hermanos uterinos? –oyó la burla grosera. Entró lentamente en el automóvil.

–Le parecerá extraño, jovencito –también Matilde cambió de tono–, pero de veras yo siento como si ustedes fueran hermanos, o quién sabe dos partes de una misma persona.

Esperó la mirada furiosa, tal vez un empujón o un golpe. Pero no, él sonreía.

–¡Vida! –lo abrazó, acariciándole la mejilla–. Perdóname; eres tan bueno, y yo tan abominable, recordándote a alguien que según tú fue tu rival y según yo algo distinto, sin mucha importancia. Hazme ese favor, sé más amigo de él, trátalo mejor, ya entre Raúl y yo todo concluyó hace mucho tiempo, lo sabes muy bien. Después de todo, tienes pocos amigos ¿no?, Benites, Sáenz, ¿y quién más..?

Se miraron tranquila, pero profundamente, cada uno hurgando las intenciones del otro.

–Es natural que me lo pidas, Mati. Nos sientes como a una mezcla de hijos, maridos, hermanos y padres. Lo mismo me sucede a mí con Lucha y contigo, y por eso yo también quisiera que tú la trataras mejor, como a una hermana.

Esta vez ella, molesta, cortó la mirada, se acomodó en el automóvil y durante todo el trayecto a casa, si bien habló de la horrible película de guerra entre japoneses y norteamericanos, que habían visto, estuvo recordando la pelea entre Edgardo y Raúl, en el bar del japonés frente a la puerta de San Marcos que daba a Azángaro. Le contaron que de estar bebiendo pisco y cerveza, sin saber cuál de ellos había encendido la chispa, ambos gritaron el nombre de Matilde y pronto estuvieron subidos en la mesa, peleando entre sillas, botellas y una nube de sanmarquinos, aplastados contra el reservado de madera que se rompía y estallaba en pedazos, portándose como salvajes y borrachos sin ser nada de eso, hasta que Raúl quedó tendido y como muerto en el pasadizo y alguien dijo: Se ha golpeado el cerebro. Todos corrieron a reanimarlo; el mismo Edgardo, de cuclillas, casi le rogaba para que reviviera, y el otro despertando muy lentamente, vivo aquella vez, pero de algún modo hundido ya en la muerte. Uno de los que ella amó (o amaba) tendría que morir primero que los demás e iniciar así la serie, eso ya Matilde lo había supuesto, pero ¿cuál de ellos, Raúl, Edgardo o el Italiano moriría injustamente, quizá aún siendo joven, fuerte, inteligente y hermoso, el mayor regalo que Matilde había hallado en la tierra? Rodeada de prófugos de la muerte (¿no se salvó también Edgardo del aluvión y de entre los balazos de Benites?): he ahí su destino, el puerto que parecía final y que por entonces ignoraba aún que se confirmaría.

–¿Qué tienes, cholita? –oyó en medio del mareo, de las incontenibles lágrimas–. No es para tanto, lo dije en broma… –pero la convulsión, los gritos de desesperación borraban la voz de Edgardo–. ¿Qué te sucede, de qué tienes miedo..? Nunca has temblado así, dime por favor por qué…


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