Los Aprendices


   

19

Hasta que, por fin, a las cinco de la tarde, después de quince años de ausencia, Edgardo miró Sihuas conforme bajaban por la trocha zigzagueante y pedregosa. El sol amarillo y rojizo los empujaba por última vez, lánguidamente, y la luz quieta sólo esperaba confundirse con las primeras sombras.

–¡Ese es el pueblo! –señaló, sin contener a su bestia, aun con orgullo, para que Benites y Matilde no se burlaran del humilde caserío entrevisto más allá de las pencas y retamas del camino. De Lucha no se preocupaba, convencido de su lealtad.

–¿Adónde? ¿Adónde? –Benites movió el cuello varias veces y quizá fingía no ver el pequeño valle, en torno a la mancha de tejados. El joven flaco y desaliñado montaba ridículamente, echándose muy atrás para no caer en la bajada.

–¡Ahí, hom, al fondo, junto al río! –gritó Lucha, en tono siempre alegre, de quien goza sus vacaciones por el campo; durante todo el viaje la había sentido muy cerca, fresca y dichosa, conforme Matilde, Benites y aun el guía indio se fatigaban y aburrían en silencio, o lanzaban maldiciones en voz alta, contra los caballos y las distancias. ¡Oh, qué lindo, Gardo! –casi aplaudió ella–. ¡Todas las casas con tejas rojas y preciosas huertas! ¿Y cómo dijiste que era muy chico? No me parece. ¿ Y ése es el río Grande, el asesino?

El cuchillo sucio, torvo e infinito, iba a decir, pero lo interrumpió la voz de Matilde:

– Dime, Benites, ¿te parece chico el pueblo?
– No me parece –dijo Benites.
– ¿Y las tejas muy rojas?
– No me parece.
– ¿Y el río Grande muy grande?
– Eso sí que me parece.
– Váyanse los dos a la eme –dijo Lucha.
– ¡Bravo! –festejaron Matilde y Benites–. ¡Creímos que no sabías lisuras!
– Y hasta te puedo dar una patada donde tú ya sabes.
– ¡Uy, qué frase tan elegante! Ahí sí que fallaste –dijo Matilde.

En silencio, Edgardo prefirió espolear el bayo (¡oh, el bayo inolvidable y también asesino!), ponerse junto al guía y recordar con él los nombres de los barrios. El indio iba al trote y sobre viejos llanques, terciado el poncho, jadeante, la boca verde y abierta, un esclavo buscando mantener a pie el paso del caballo de su amo. Pronto Lucha se vino con ellos, suelto el pelo rubio, con sus amplios senos derramándose por la blusa color limón. El guía aprovechaba los atajos y parecía tener dos o más caminos que ellos, y nunca pudieron dejarlo atrás.

– ¿Conoces la casa de doña Delia Bolaños? –preguntó Edgardo a gritos.
– Hoy se llamará Delia Rosales –dijo Lucha.
– Conoces –dijo el guía.

–¡Al fin veré a una mujer con un pasado! –exclamó Lucha, teatralmemte–. ¡Y con amantes y muertes alrededor!

–¡Si quieres una mujer con un pasado, mírame! –gritó Matilde atrás, riendo con Benites; pero sólo comprendió lo que había dicho cuando Edgardo la miró indignado (sigue siendo un niño moralista, pensó, e incluso tiene vergüenza de que el guía haya oído, cuando ese indio no entiende el español), e hizo volver a su cabalgadura para ajustarle las cuentas.

– Eso ya lo saben los muchachos de San Marcos –dijo Lucha.
– Menos yo, qué mala suerte –dijo Benites.

–¡Soy una bruta, una animal, mejor me callo! –dijo Matilde, golpeándose la frente con una mano.

–Fue una broma, no es para tanto…–balbuceó Benites, pero no pudo impedir que Edgardo rozara con su caballo el de Matilde y que ésta recibiera una bofetada que casi la arroja de la silla.

–Si tanto quieres divulgar tu fama ¿por qué no escribes tus memorias? –se sacudió él, en voz baja, avergonzado, en un susurro–. ¡Y lo curioso es que no eres tan famosa, que sólo has tenido dos o tres tipos en tu vida, pero dale con esa tremenda vocación de puta!

–Ni creas que voy a llorar –dijo ella, tensa, terca, conforme se le venían las lágrimas.

Desde entonces el viaje fue menos ruidoso. Se aproximaban al caserío como descolgándose del cerro. Edgardo se alistó para el impacto de recuerdos y sorpresas. La miseria de indios y mestizos, de trajes, casas y callejuelas volvía a ser el manto que cubría el pueblo; pero vio también por todas partes la mezcla de hombres y animales, de hombres, piedras y plantas, de amos y sirvientes, venciendo la excesiva paz de la aldea, a fin de que ésta no muriera. Allá venía la primera casa de adobes, de un piso y con el tejado hundido en varios sitios: la esperó como a una dama, a quien debía saludar, y ella vino graciosamente, girando por la marcha; no vio puerta alguna sino una habitación oscura y casi desierta, y en el centro una niña descalza cuyos mocos endurecidos eran dos líneas hasta la barbilla. Luego, un canchón de tierra, pedrezuelas y boñigas resecas. Siguió avanzando. La bandera roja de una chichería, atendida por una india polleruda y de largas trenzas, que lavaba ropa en cuclillas, sobre un lavatorio desportillado. Después, una brecha en la pirca, y dos hermosos portones claveteados, divididos por anchos muros polvorientos. Y por fin, una pequeña alameda, con arbustos que ya no se distinguían bien, por donde unos perros lanudos y agresivos empezaron a escoltarlos.

–¡Qué bestia! ¡Qué rápido oscurece! –exclamó Benites.

Oscurecía velozmente, pero aún pudo ver los postes del telégrafo con su red de alambres a la intemperie, la raya negra de la acequia, partiendo en dos la calleja, y aspiró el fuerte olor a tierra y eucaliptos, por entre los primeros chirridos de grillos.

–¡No veo nada, me voy contra un árbol! ¿Qué es esto? –gritó Matilde–. ¡Y estos perros que no me dejan!

– Lenterna una solita
– dijo el guía.

Edgardo se volvió, molesto:

– ¿Y por qué no la enciendes?
– Fosforito nuay.

–Aquí yo tengo. Tranquila, Mati, el caballo no se va a estrellar –dijo, olvidando su última disputa.

– ¡Qué bestia! –repitió Benites–. ¿Cómo puede oscurecer en minutos?
– Esta sí que es una noche de verdad –dijo Lucha.

La calle era un instrumento musical: sonaba rítmicamente, el viajero podía cambiar el tono según el paso de los herrajes. La noche se volvió otra cara negra, pegada a las suyas, y la débil linterna, hostigada por los perros, enseñaba fragmentos de pircas, corrales y portones. De súbito, el rumor largo y derramado del río.

–Puente áqui. Coidadito, don –advirtió el guía.

–¿Y qué autoridades hay que ni siquiera han puesto un barandal? –estalló de nuevo Edgardo–. ¡Es el colmo! ¡Y no es puente de concreto! ¡Esto sigue peor que antes! ¿Quién es el Alcalde?

– Don Iladio Gómez, niño.
– ¡Gómez otra vez, y todavía con Bustamante! ¡El colmo!
– Ojalá te levantes contra el régimen; es tiempo de que no corras –dijo Benites.
– ¡Tú y tus revueltas de pacotilla!

–Tú y tus viajecitos por la parentela… –masculló su amigo, pero con voz tan baja que prefirió no oír.

Sólo se calmó en casa de Delia Bolaños, a media cuadra de la plaza de armas, frente a la cárcel. Entró en el zaguán bajando discretamente la cabeza, como había visto de niño: el jinete hacía que el animal sacara chispas del empedrado y caracoleara en el patio fragante, rodeado de naranjos. Desmontaron ante el pequeño gentío formado por la dueña de la casa, sus hijos, sirvientes y linternas. La mujer, excesivamente amable, los abrazó uno a uno, pidiéndoles perdón por las incomodidades y los condujo a sus dormitorios, donde no había catres sino poyos, y luego de ordenar que les pusieran grandes jarras de agua tibia para lavarse, los llamó feliz a la galería. Sentados en poltronas de mimbre, bajo linternas de gasolina que dividían el aire en una sucesión de días y noches, viviendo una vida olvidada en Lima, alzaron sus copas de oporto y brindaron todos por todos.

El gran moño, traje largo, botines y modo de hablar de la señora Bolaños le facilitaron los recuerdos, la confusión de si amaba Sihuas porque se amaba él mismo o si defendía al pueblo del odio que podría cobrarle un costeño. De vez en cuando miraba a Lucha: se entendían, se adivinaban en silencio. Al otro lado, Benites y Matilde se ayudaban a recordar una película de mineros viajando en mulas por terribles precipicios.

Pasaron al comedor, grato y pequeño, con piso de ladrillo, alacenas empotradas, platos floreados exhibiéndose a los huéspedes y el tosco aparador adonde recurría la sirvienta para cambiarles los platos: sopa de arvejas con huevo escalfado, locro de zapallo y queso, dulce de membrillo e infusión de toronjil.

–¿Y qué sabe de mis tíos, señora? –preguntó después de elogiar la comida–. ¿De veras los persiguen como cree mi madre?

–A Félix, a nadies más –dijo ella–; lo que es Rubén diz que muy tranquilo está, arreglando los papeles de la abuela la finadita. Su casa de ella la alquiló Rubén al alférez Parra; pero de él no es la casa; de Félix es y el bandido la arrendó y la plata embolsicándose está. ¿No te acuerdas de dónde vivía tu abuela, de la plaza, di? Muy chiquito estabas. ¿De cuántos te irías, de cuatro o cinco años?

– De seis –dijo Lucha, volviéndose a Matilde–. ¿Tú eres uno o dos años mayor que Edgardo?
– Una eternidad –dijo Matilde.

–Somos de la misma edad –dijo Edgardo, mintiendo, claro está, pero corrigiendo alguna vez a Lucha.

– ¿Cuál temeridad? –preguntó ingenuamente la señora Bolaños.
– No sé, a mí que me registren –sonrió Edgardo, abriéndose el saco.

– Como sea, ¿de qué acusan a Félix? –se interesó Matilde.

– De nada y de todo, hija, lo ajochan –dijo la dueña de casa–. Cuando cambia un gobierno, el de arriba aunque sea le inventa las pulgas al de adebajo. Los indios de Andaymayo muy alzaos estaban cuando don Velásquez Gobernador, pues, era; él en todito les ayudaba, les hizo ganar jornal, antes trabajando estaban al partido.

–¿Cómo es eso, al partido? –despertó Benites.

–Ellos ponen semilla y trabajo, pero la mitad de la cosecha es para el patrón –explicó rápidamente Edgardo–. Siga, señora.

–Pero don Velásquez se enfermó y Félix de todo hacía, con decirles que las partidas de nacimiento firmaba y tamién a los borrachos metía presos.

Todos se miraron con gestos de asombro y burla.

–¿A los borrachos..?

–Sí, Félix, que ya ni una copa toma, lo que se llama ni una, desde esa noche en que la Nemicha a la plaza se cayó del balcón, pierna rota y todo, y Félix gritaba llorando ya ni más tomo, ya ni más tomo. Diz que ella le escondió el aguardiente y peleando hasta el balcón llegaron.

–¿Pero qué pasó entre Gómez y Félix, hubo enfrentamiento, toma de posiciones? –preguntó Benites, cansado de tantas vaguedades; pero Delia Bolaños se volvió de uno a otro, sin comprender.

–¿Se armó el lío entre Gómez y tío Félix? –intervino Edgardo.

–¡Y qué liazo! Velásquez le dijo a Félix tú eres mi ayudante, tú tamién tienes autoridá. Y para que sepan, Félix metió a chirona a de don Eladio Gómez su hijo, ese malagracia que carne podrida en el mercado vendía; y tamién al Curco Velando, no sé si de él te acuerdas, Gardo, un jorabadito casado con una enteneda de Gómez, esa medio virola…

–¡Curco, qué lindo! –aplaudió Lucha.

–Cullco debía ser, jorobado en quechua, ¿no, Gardo? Pero tú muy llullo estabas, a lo mejor ni te acuerdas.

–Esa es la palabra hermosa, llullo…–saboreó Edgardo, repitiéndola–. No sabe cómo la envidio, yo me he olvidado de usarla.

–Sí, ahora hablas como yo, aunque no tan bien, por supuesto –dijo Matilde.

–Nadies me toma el pelo a mí –rió Delia Bolaños–. Zonza ni me crean, ni muerma ni zanguanga. Ustedes son jovencitos de universidá, leídos y escribidos, en cambio yo…

–Bueno, pero no se vayan por las ramas. ¿Qué le hizo Gómez a Félix, por qué el tío de Edgardo está corrido? –casi gritó Benites.

Sí, Félix no sólo había metido presos a varios parientes de Gómez por especular con los víveres y provocar las colas de amas de casa, sino que abrió puestos municipales a precios rebajados. Y la enemistad entre Gómez y él creció a la caída del Apra, hacía unas tres semanas: Félix no era aprista, pero los demás decían que sí, y tanto, que se habían llevado al viejo Velásquez a su casa, para cuidarlo en sus últimos días, aunque no por mucho tiempo. El seis de octubre por la mañana, Velásquez ya había sido destituido y reemplazado por Eladio Gómez, que mandó a los síndicos a que arrastraran al pobre viejo enfermo hasta la cárcel y que dispararan contra Félix si éste oponía alguna resistencia. Entonces Félix eligió su última carta, que aún seguía jugando: huyó con Nemicha a Andaymayo para levantar a la indiada. La primera trifulca (la única hasta entonces) fue favorable a los otros, y el guardia muerto en la hacienda era hoy el mejor motivo para buscarlo. Y mientras el choque sucedía, llegó a Sihuas nada menos que Parra, de nuevo como jefe de puesto.

–¿Parra? –se escandalizaron las mujeres–. ¿Osea que volvimos a lo mismo? ¿Para qué sirve este gobierno? ¡Que se vaya de una vez!

Benites volvió a la carga. ¿Y cuántos hombres tenía Félix en Andaymayo, qué tipo de armamento, cómo era el terreno?

–A tu amigo dile que no soy soldado –protestó la señora Bolaños, mirando a Edgardo, y cortó la plática.

Pasaron a la salita y al poco rato se despidieron los huéspedes, menos Edgardo, que se quedó bebiendo anís del mono con Delia Bolaños.

–¿Y qué es de Manuel Rosales? –preguntó él por fin, juzgando lo más natural preguntar a una mujer por su amante–. ¿Cuándo viene? Yo lo conocí de chico y me gustaría…

–¿Cómo, Rosales..? No, ya no viene…–y repentinamente la mujer se arrodilló a sus pies, las mejillas y la boca muy pintadas, como ya no se usaba en Lima, la mirada negra llena de ansiedad–. ¡Lo nuestro terminó, hijo, créeme! ¡Por Dios te juro! –se besó los dedos–. Nadita con él tengo; solita vivo. Una o dos veces como loco ha venido, ruega que te ruega a media noche, tocando puertas y ventanas, así pues le gusta, olvidarse de una por meses y luego pasarle la mano…Pero esto a tu papá no le cuentes ¿di? ¡Júrame, Gardito, por lo que más quieras, a tu papá no! –acabó sacudiéndolo con fuerza, si bien mirándolo tiernamente.

–No se preocupe, señora Bolaños, no se lo diré.

–No me digas Bolaños ni tampoco Rosales ¿bueno? Me llamo Delia Anselmo y sólo quiero a un hombre, pero me muero de vergüenza decirte a ti quién es.

–Cálmese, señora.

No hace falta que me lo digas, pensó, y además, la noche está tan tranquila y fresca que me gustaría dar un paseo. ¿Quería salir de noche y con una linterna? ¿De veras? Pues bien, a salir se ha dicho. ¿Podría acompañarlo ella en vez de Silverio, el sirviente indio? Después de todo, habían hablado tanto contra su reputación en el pueblo, que no le importaba.

–Sólo quiero ver así sea de lejos y a oscuras la casa de la abuela; ya mañana veré el resto.

–¿Y por qué no entrar?

–No, ahi vive Parra; se me revuelve el estómago.

Quiso llevar él la linterna, pero dio tantos tropezones por las callejas tortuosas que se la cedió a Delia; buscó ser amable, llevándola del brazo y acabó aceptando que Delia lo guiara casi de la mano; y se comportó tan extrañamente con los perros que les ladraban, que reconoció haber vuelto de otra tierra de torpes y asustadizos.

La casona no era esa gran sombra como había pensado; tenía una linterna arriba en el largo y estrecho balcón sobre la plaza, y junto al portón aún sólido y alto, descubrió la novedad de una ventana de reja; mirando por la hoja entreabierta, al fondo del zaguán, vio otras dos linternas en la desierta galería, ahora sin muebles ni adornos.

–¿Quieres que llame, hijo? –lo incitó Delia–. Esdras, pues, nos abrirá, el cojito.

–¿Esdras sirviendo a Parra? ¿Es posible? –se negó a creer.

–¿Y en su pellejo tú qué harías, di? Preso mucho tiempo estuvo, y cuando cayó, la Cleofé ya estaba muerta. No sé si de ella te acuerdas.

–¡Claro que sí, fue mi ama!

Es uno de mis muertos, pensó.

–¿Y cómo está el empedrado, no había una mata de tabaco a la derecha? –Olvidando su promesa, empujó el portón y lo hizo crujir, y de un instante a otro vieron a una especie de hombre o canguro, saltando sobre una pierna o un palo con enorme destreza (o volando: ¿sería por el poncho?), y el bulto ya estuvo con ellos, saludando a Delia y moviendo para él la cabeza de pelos salvajes.

Edgardo lo abrazó, trató de hacerle recordar quién era, pero el desinteresado de Esdras lo obligó a despedirse rápidamente, luego de descubrir que tampoco existía la mata de tabaco. Eso sí, continuaban casi de pie los tinajones de las cuatro esquinas del patio, para recoger el agua de las lluvias, y sus siluetas lo llenaron de alegría.

De vuelta, además de sus voces y de los ladridos que rompían el negro silencio, oyeron los pasos de alguien primero invisible, después únicamente las botas claveteadas, y por fin brotó un guardia con uniforme y capa, que dijo frente a la linterna:

–Dice el alférez Parra que les da dos días de plazo a los jóvenes que han venido de Lima para que salgan del pueblo. Perdón, señora, perdón, jovencito, yo sólo cumplo órdenes.

A las cuatro de la mañana, lamparín en mano, Delia entró sigilosamente en el cuarto de Matilde y Edgardo. Buscaba a éste para que saliera en otro viaje hacia el escondite de Lara; pero Matilde dormía sola. Lo encontró en cama de Lucha, y cuando le dijo la hora, se sorprendió de verlo salir vestido de entre las sábanas.

–Ya sabe usted cómo son las vírgenes limeñas –sonrió él.

–Pero lo amo muchísimo –explicó Lucha–; Matilde no me entiende, pero usted tal vez sí, ¿verdad señora?

Silverio, el muchacho de Delia, fue el guía que lo sacó por el corral, lo metió en una huerta ajena y por fin treparon un cerro tan empinado que casi los echaba de espaldas. Lara, el ex Alcalde González y tres desconocidos los esperaban en una choza. Sentados en el suelo en torno a una olla puesta al fuego, desayunaban la sopa de habas con granos de cancha nadando encima.

–¡Maestro querido! –exclamó él. Se abrazaron como para no soltarse; por un rato sólo se oyeron sus palmoteos y mutuas frases de cariño–. No nos hemos visto ni escrito en quince años, pero mi afecto por usted, mi gran maestro de primaria, sigue intacto, y quizá haya aumentado.

–Igual te digo yo, Gashdito, con todo mi corazón –dijo con incomparable dulzura el hombre mestizo, casi negro, de mejillas y labios agrietados por el frío–. Te prisento a unos amigos, toditos te conocen a vos, pero tú no te acuerdas.

Abrazó también a esos sihuasinos y luego dijo, bajando el tono:

–Pues bien, maestro Lara. No sé qué pretendan hacer ustedes, pero le ruego apoyar a mi tío Félix, que creo está solo en Anday-mayo. Alguna vez lo ayudaré yo mismo, pero aún no me he decidido a la lucha; no soy aprista ni comunista, ignoro si para bien o para mal.

–Cada uno tiene derecho a sus ideas –dijo el ex Alcalde, apenas unos años mayor que él.

–Y una cosa más. Mi amigo Benites, que me ha acompañado desde Lima, desea trabajar con ustedes. Yo no lo recomiendo, pero esto es sólo una opinión; ustedes sabrán lo que hacen.

–No te priocupes, hijo, con Juélix Gambini todos istamos –dijo Lara.

–Así es –añadió González–. Ya somos viejos para que nos déjemos llevar de las narices, y menos forasteros. La lucha cuando se pueda siará, no vamos a apurarnos ni a pagar errores de otros partidos. Cuando el otro día quisimos levantarnos nadies nos ayudó; por eso tampoco tenemos compromiso con nadies.

Se despidió al anochecer, satisfecho de sentir que Sihuas y los cerros se movían otra vez. Sólo recordaba el camino hasta dos cuadras más arriba de Pincullo; para él la cuesta concluía en una casona donde entró de niño a pedir fruta. Los durazneros se veían aún por la barda. Una vez llegó ahí un practicante de medicina, que por un sol permitía coger con ambas manos dos cilindros de metal; dándole al manubrio, venía el hormigueo de la electricidad y los niños se retorcían de risa y de nervios por el suelo. Pero una noche, lo recordaba muy bien, el practicante hizo empuñar los cilindros a una dama del pueblo cuya mandíbula torció un golpe de aire. ¡Vaya gritos al recibir la corriente! Dijeron que vibraba en el aire, que se ponía tiesa sobre dos sillas, sin apoyo en el centro, que bailaba escandalosamente con el diablo.

Locuaz y jovial, Silverio le señalaba haciendas y caseríos, devolvía a su memoria nombres de plantas y animales. Más allá de los tejados vio otro pueblo, pero aún no llegaban a Quiches. A mediodía habían entrado en el valle luminoso y caliente. La vegetación estallaba, maderas, frutales y una incontenible maleza. Se quitó el poncho, la bufanda, la chompa y por poco la camisa.

–¿Dónde nos esperan, Silverio?

–En el pueblo no, niño. ¿Cómo y di no? En el tambo es.

Desmontaron en el patio del tambo, la única construcción por ese lado. Dos o tres comensales mestizos interrumpían el silencio de las amplias y soleadas galerías. De pronto, una seña de Silverio y Edgardo avanzó al traspatio y todavía a un segundo pasadizo. En un cuarto con ventanas sobre el precipicio, en medio de platanares, lo esperaban seis hombres en mangas de camisa. Al entrar él todos se pusieron de pie y la mesa removió los vasos de chicha.

–¿Tío Félix? –preguntó, indeciso.

–Ahí –le señalaron al hombre más cercano.

¿Por qué había dudado? ¿Por la figura compuesta, limpia y bien peinada que lo abrazó como para ahogarlo? Menos alto y delgado que en sus recuerdos, el hombre atlético lucía unas envidiables botas de amarras cruzadas y un pantalón de montar muy gastado, pero con los adornos de cuero aún muy vistosos. Le faltaba una muela, pero ni su salud ni su porte se resentían por eso; y su afecto le perdonó todo lo que le había hecho sufrir de niño.

–¡Vamos a celebrar por mi sobrino! –llamó ruidosamente Félix en cuanto lo presentó a sus seguidores, dos mestizos y cuatro peones; todos juntos en la mesa, sin diferencia alguna, al revés de las costumbres en casa de la abuela–. ¡Me acordé que los cuyes te gustaban! ¡Y vas a probar una chicha de jora..!

Lo pusieron en la cabecera y ahora todos lo miraban en silencio, y también detrás de él, esperando algo. Se volvió.

–¡Abrázalo pues al Gardo, mujer! ¿Qué tienes, di? –grito Félix-. ¿Y tú, de tu tía Nemicha no te acuerdas?

Nemicha, sin el eterno rebozo que imponía el clima de Sihuas, delgada y fuerte, la tez reseca, pero los ojos altivos y la boca rosada, como de una joven: y aun vio una rareza, su sonrisa profunda y feliz. La abrazó como si ella fuera varias mujeres, su abuela muerta, su madre ausente (hasta en Lima fue igual: su madre ausente), y esa mezcla de tía y hermana que le confundió los ojos, llenos ya de lágrimas. Sacudiéndose de emoción como él, Nemicha se arrodilló y le besó las manos, el traje, las botas, diciéndole hijo de mi alma, hijo, y cuando Félix vino a levantarlos, los tres se unieron en un nuevo abrazo y él sintió que ésos eran sus verdaderos padres.

Tuvo que sentarse para recobrar el aliento. Félix no dejaba de acariciarle la cabeza.

–Con que universitario ya eres ¿no? Y pronto doctor serás. ¡Mi sobrino, mírenlo, un doctor..! –se volvió orgulloso a sus amigos–. ¡Voy a tomar por él después de muchos, muchos años, pero sólo un vaso, que conste! ¡Ustedes pueden seguir! ¡Salud!

Bebió entre risas y Nemicha sirvió los platos como si el tambo fuera su casa, como si no tuvieran que despedirse en una hora. Chupando los cuyes, resoplando por el ají, llenándose de chicha, él la oyó hablar finalmente:

–Siento mucho que los nervios de mi cuñada te hayan hecho venir, hijo. Estamos bien, no te preocupes. Nos persiguen, es verdad; pero los peones nos apoyan, desde Andaymayo hasta Urcón, y si nos atacan será para que haya una matanza. Eso sí, cuando quieras volver aquí, no te fíes de ese Silverio; creo que Parra se entiende con la Delia y a lo mejor ella no nos juega limpio.

– Quizá tengas razón, mujer –dijo Félix.
– ¡Te lo he dicho mil, veces! –gritó Nemicha, repentinamente molesta.
– Pero ya voy creyéndote.
– ¡Lo que pasa es que ella te sonríe y te vuelves loco por esa sinvergüenza!

–Mi sobrino a oír eso no ha venido. Cuando vuelvas, Gardo, a Lara le dices, pero a nadies más.

–Bien, tío. ¿Y qué más puedo hacer? Mamá dice que Nemicha está enferma. ¿Puedo llevármela a Lima?

–Oh, no, hijo, estoy un poquito mal del hígado, pero no es para tanto –dijo Nemicha–. Lo que sí te rogamos es que nos busques un abogado en Huaraz o en Lima, para que se confirme que es nuestra la casa que fue de tu abuela y donde tú te criaste. Rubén tiene un alto así de vales en el bolsillo y dice que Félix los firmó; y en nombre de esa deuda se agarró la casa y la alquiló a Parra.

– Yo veré eso, descuida –dijo él.
– Rubén un ladrón es, puedo probarlo –dijo Félix.
– Todos los sabemos –dijo él.

–Aquí tienes un poco de plata para el abogado –Nemicha deshizo el nudo de un pañuelo que extrajo de su seno.

–Tengo dinero suficiente, Nemicha; eso no lo acepto de ningún modo –protestó Edgardo, sonriendo.

En el camino de vuelta, se sorprendió de haberles ocultado a sus tíos que regresaría al día siguiente a Lima y de no haber preguntado nada a Félix sobre sus planes de ataque y defensa, militar y política. ¿Era una nueva confirmación de su desinterés por aquel tema? ¿Había venido sólo a cumplir un compromiso familiar?

Oscurecía cuando volvió a Sihuas. Matilde y Delia lo esperaban en la galería, jugando a las cartas. Benites y Lucha habían ido a una pachamanca, por saber si se parecía a las de Lima, y aún no retornaban. Matilde lo recibió risueña y molesta al mismo tiempo; luego se deslizó silenciosamente, como una gata, al dormitorio donde él se cambiaba y de pronto le echó los brazos al cuello:

–Te perdono porque te quiero mucho y porque eres un niño irresponsable. Ya hice las paces con Lucha, puedes preguntárselo.

–¡Edgardo, tu otro tío ha venido a verte! –llamó Delia.

Rubén Gambini seguía siendo para él un extraño. Hosco, taciturno, la tez con escoriaciones y lunares crecidos, sólo tenía en común con Félix la buena talla. Hasta lo vio peor vestido que el proscrito; y sonreía únicamente a Matilde, no a él.

–¡Ah, sobrino! –abrió demasiado los brazos, pero él rehuyó el contacto–. ¿Cómo está tu madre, mi querida hermana? –la voz era hueca, falsa–. No nos escribimos, claro, pero la sangre es la sangre, eso no se olvida, y siempre les he mandado saludos con tu padre. A propósito, ¿cómo le va a él? Se fue corrido por el asunto de los billetes, pero no hay razón, muchos lo hacen y no pasa nada.

Ya empezaste con el veneno, pensó él y dijo: Ganó diez por ciento por llevarlos, eso es todo, no intervino en nada más.

–¿Tan poco? ¡Imposible, hijo! ¡Eso te diría a ti! Pudo haberse quedado con todo y Fábregas ni le hubiera reclamado...¿Qué puede reclamar un perseguido político?

–Mejor se calla, tío, o no le doy el cheque que tengo en el bolsillo a cambio de los vales que le firmó tío Félix.

–Sí, sí, claro…–la voz tembló, las manos buscaron rápidamente los vales–. Hay que reírse de lo que dice la gente, hijo. A mí no me importa que me acusen de algunas cosas durante ese aluvión que tú pasaste. Lo que tengo lo debo a mi trabajo, nada más.

Matilde se sentó en el suelo, puso la cara sobre el vientre de Edgardo, le ciñó la cintura con ambos brazos y quedó quieta y dulce. ¿Era la misma? ¿Es cierto que la gente cambia cuando se acerca a la desgracia o a la muerte?

–Es preciosa tu novia –dijo Rubén.

–No es mi novia, es mi mujer; pero todavía no nos hemos casado. Habemos muchos así en la familia ¿no?

Rubén desvió la cara, blanca y caballuna, y entró en el tema que ansiaba:

–Aquí tienes los papeles, algunos muy sucios, la verdad, pero todos firmados por tu tío, así sea con garabatos, de lo borracho que estaba. Se ponía hecho un loco y…

– ¿Cuánto en total? –y abrió la chequera.
– Diez, diez quinientos, once mil y pico. Diez mil por ser para ti…

–Cinco mil y ni un centavo más –dijo Edgardo, y desoyendo las protestas, recogió los pedazos de periódicos y de cartones firmados, le entregó el cheque y cargó a Matilde como a una niña, con las piernas ciñéndole la cintura, feliz de besarla, en momentos en que Lucha y Benites entraban con un guitarrista indio que no cesaba de tocar.

– Mañana temprano iré a saludar a Velásquez –dijo él–; parece que está muriendo en la cárcel.
– Ten cuidado, amor –dijo Matilde.
– ¡Lo hallamos en la plaza! ¡Toca tan lindo que lo hemos traído! –gritaba Lucha.

–Genial –dijo Matilde–. Quiero aprender a bailar huaynos y chuscadas; son lo más romántico y limpio que hay.

– Eso te lo dije yo –río él.
– ¿Quieren un trago, muchachos? –preguntó Matilde, saltando al suelo.
– Y bien fuerte –dijo Benites, que también parecía muy contento–. A ver si baila usted conmigo, señora Bolaños.

– Delia Anselmo es ni nombre. Pero dígame Delia.


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