Los Aprendices


   

14

Tener una casa y morir. Matilde y él salieron como perseguidos de San Marcos y casi no se hablaron por el camino. Sólo tengo cuarenta minutos hasta la clase de prácticas, dijo ella, quitándose en la marcha el mandil blanco para guardarlo en el maletín. ¿Adónde vamos, Gardo? El pensó qué pregunta es ésa, si vamos al único sitio que podemos; y aun desde antes de cruzar San Martín vio a Matilde en el cuartucho del hotelito de La Amargura, una sombra trigueña de senos circulares y pezón rojizo, largos cabellos creando otra penumbra, y el pubis castaño y crecido, revelado al fin plácida y tranquilamente, lo único tibio en esa mañana de junio llamándolo hacia el espejo sin azogue, lleno de manchas de un aceite congelado, como si Matilde fuera una casa, una guarida para él.

Pero aún les faltaba entrar en el cuartucho, aún estaban llegando al mostrador.

–Oh, no – los detuvo la cuidadora del hotel, la eterna china flaca–. Es veinte soles pol cualto y uté mia dao quince.

–Señorita, por favor. Siempre venimos, usted nos conoce. La última vez le di de más ¿se acuerda?

Matilde se había adelantado por el pasadizo, pero corría el tiempo y tuvo que volver:

–¿Qué pasa, amor?

–Me faltan cinco soles.

–¡Aquí tienes! ¡Y conste que no volveremos más! –gritó ella hacia la china y se puso a revisar su cartera, primero con cólera, luego con seguridad y arrogancia, y después con asombro e infinita tristeza. Así era siempre. No sólo eran amantes sino hermanos de miradas, tenían iguales dedos neuróticos y tras de amenazar se quedaban lánguidos, suplicantes.

La china había empezado a sonreír:

–Pol diez soles le doy el baño, pelo alguien puede entlal.

–¡Oiga usted, qué se ha creído! –quiso ofenderse Matilde, cuando ya la china y él estaban de acuerdo, qué iban a hacer, no importaba el sitio, y la muchacha los empujó al baño demasiado estrecho y se puso de guardia en la puerta. Matilde tuvo que colgar su fuste viejo y sus medias en el alambre del foco, en el tanque muy alto del water, en un milagroso clavo de la pared; y la ropa de Edgardo encima, casi cayéndose sobre ellos que ya habían empezado y la china diciéndoles: Apulen, apulen, cuidao que los pesquen.

–Aquí tiene el primer cheque, ingeniero –dijo su padre.

El contratista Martínez carecía, por supuesto, de ese título.

–Gracias, colega.

–¿Oyes, Gardo? Me ha dicho colega. Yo no haré casas, pero sí carreteras en Ancash, para el Ministerio de Fomento. –Su padre rió un par de veces, palmeó al señor Martínez y por fin entró en el tema–: Espero que el precio total sea razonable y que me trate usted como a un amigo, no como a un ricacho o gringo. Pero me amplía los planos, por favor, así quieren mi mujer y mi hijo. (Eso dijo, así fue, lo juraría ante todo el mundo, ¿cómo suponer que mentía?). Ella pide una cocina más grande y en los altos un cuartito de costura, bien iluminado; adora su máquina Singer. Y para este jovencito –volvió a reír, palmeó orgullosamente a Edgardo–, su buen escritorio con estantes empotrados. ¡La casa tiene que ser digna de usted, de la firma que le pondrá en la fachada!

Sí, la máquina Singer y el escritorio, una para la vieja y otro para este mi hijo único, se lo presento, mire qué guapo. Pero esas cosas soñadas llegaron a medias o no llegaron.

–Pues déme más plata y se acabó –dijo el contratista–. No hay más tu tía. Usted, señor, pide y pide, pero el presupuesto es muy bajo, se lo he dicho varias veces. Saque plata del colchón y entonces sí verá lo que hago.

Dejó de oír la discusión, la amable pelea, pero también ahí empezó a brotar la casa. Desde niño sabía cómo germinaban las semillas, cómo crecían las matas y engrosaban los árboles. El polen buscaba el pistilo como el hombre a la mujer. Al pasar junto a los árboles sentía extraños e invisibles ojos: seres obedientes, prolongaciones de la tierra que constituían una felicidad solitaria o una amargura infinita. Por eso creyó que de algún modo nacía un árbol y se puso junto al señor Martínez para verlo crecer, al principio acuclillándose sobre el foso de los cimientos, después cara a cara, él y las paredes inconclusas del mismo tamaño, y finalmente con la cabeza arriba, viendo quizá la copa, las hojas, pero también la fuerza de su padre que les daba un techo hasta la muerte. La obra costaría unos doscientos mil soles, suma que jamás imaginó en manos de un familiar suyo, guardada poco a poco por su padre bajo decenas de colchones y transportada, desde tambos y hoteluchos de todo Ancash, en innumerables caballos, trenes y góndolas que él hubiera querido montar. Pero ¿les dio alguna vez un techo hasta la muerte?

–¿Vives por aquí ? –Benites se había inquietado apenas el taxi dejó la avenida Arequipa–. ¡A la pucha! ¿Y yo cómo voy a ir a San Marcos?

– El colectivo pasa a tres cuadras, es fácil tomarlo.
– ¿Y la plata? ¿Y cuánto cobran los colectivos?
– ¿Nunca tomaste uno?
– ¿A qué venir a Miraflores? No soy pituco. Y a Agua Dulce voy en tranvía.
– Esto es San Isidro, no Miraflores.
– Primera vez que oigo el nombre –dijo Benites.

– En estos días mi viejo me comprará a plazos un carrito. Así te llevaré temprano a San Marcos, para variar.

Esperó una sonrisa, una manotada, algún signo de buen humor. Benites se revolvía en el asiento del taxi, mirando la sucesión de pequeños parques, viejos, retorcidos olivos, hermosas mansiones tranquilas más allá de rejas y jardines. De súbito, tras una curva vino un gran terreno baldío. Torciendo a la derecha estaba la casita solitaria e inconclusa, de dos pisos, como rechazada por el barrio próspero.

–¿Esto es? –su amigo frunció la nariz como si algo apestara.

Edgardo pagó y dejó a Benites con el chofer, entretenido en pedirle el vuelto de diez soles. Sólo una puerta estaba lista, la de entrada, no así la del garaje, bloqueada con tablones en cruz. Matilde había hecho trabajar bien a Julia, la muchacha "prestada" por la madre de Edgardo. Los pisos relucían, no había polvo ni pelusas en los tres únicos confortables, y algunas ventanas ya tenían cortinas, si bien faltaban adornos, pantallas, alfombras, mesas y sillas. Como por un desierto higiénico cruzó las amplias habitaciones destinadas al comedor, al escritorio, al repostero y a la cocina, esta última con un frigidaire de segunda mano.

–¡Diablos! ¡Estoy ensuciando todo! ¿Y dónde pongo esto? –alzando su despanzurrado paquete de ropa y libros, Benites seguía quejándose.

–Démilo, siñor, tos cositas. –Julia surgió desde el muro bajo que escondía a medias lo que sería el comedor y pretendió ayudarlo con el paquete, pero Benites dijo: yo no más, para qué, no se moleste.

Arriba, en un cuarto contiguo al que ocupaba con Edgardo, Matilde había "vestido" un viejo catre con una colcha juvenil, además de colgar una cortina floreada y de juntar a la cama un velador con pantallas de líneas modernas.

Edgardo los vio subir y se quedó en el escritorio, en el centro de la futura biblioteca: sólo tenía unos cincuenta libros tirados en un rincón, pero los soñó puestos en un gran estantería hasta el techo mientras se disponía a hojear la Historia de la República, de Basadre, y estaba leyendo la época de Sánchez Cerro cuando lo interrumpió el vozarrón de Benites. ¿Una caída? ¿Golpeaba a Matilde?

–¿Qué pasa? –gritó, corriendo hasta el pie de los escalones en forma de osamenta de pez, sin barandal ni contrapeldaños.

–¡Creí que te gustaría! –oyó la voz de Matilde–. ¡Lo hicimos por tu comodidad! ¡Oh, bueno, haz lo que quieras!

–¿Qué hay? –repitió.

Esta vez Julia bajó la primera, con el paquete deshecho en una mano; luego, Matilde, furiosa y hablando para sí, y cerrando el desfile Benites, tranquilo, con las manos en los bolsillos:

–Enséñame dónde queda el garaje ¿quieres?
–Está sin terminar, no tiene puerta.
–¿Cuándo la pondrán?
–No sé, quizá mañana o pasado.

–Formidable, ahí me quedo –decidió Benites–. No malogres en mí tu linda casa. Yo, en cualquier parte, hermano.

–¡Pero no seas tonto, si ya Matilde..! Y la casa no es linda, no me vengas con vainas! ¡Y creo que se quedará así porque no hay plata para terminarla!

–Déjalo, es un terco de primera –dijo ella–. Arriba nos estuvo insultando.
–No es cierto –dijo Benites.

–¡Claro que sí! –Matilde se le encaró–. ¡No finjas delante de él! Dijiste que nos habíamos vuelto unos burgueses desgraciados. ¿Vas a hacer tu revolucioncita hasta cuando duermes? ¡A mí con idioteces! ¡No tenemos ni para los muebles y tú crees que es una casa de ricos!

–Pues si quieres, Matilde, me voy.
–¡Alas y buen viento!

–Oh, no. Yo lo invité y él se queda –dijo claramente Edgardo, y ésa sólo fue una de las muchas veces que protegió a Benites, sin que Matilde lo comprendiera.

Casi gritando preparó y fijó el cuerpo de Matilde en el baño, cogiéndola del cuello y doblándola hasta que sus largos cabellos barrieran el suelo y la hermosa grupa resistiera la embestida, el ataque. El bulto de la ropa colgada en la pared empezó a ceder, su corbata fue resbalando poco a poco y cayó sobre ella, pero ambos siguieron agitándose, los ojos abiertos y ciegos, gritando, esperando la convulsión, el ansiado final.

En cuanto concluían las clases y llegaban las vacaciones, su madre se ponía a remover bultos de ropa como ése. Cada año ella descubría nuevos clavos en las tiendas, mejor diseñados y más fuertes, clavos alemanes, japoneses y con el tiempo peruanos, hasta dar con las magníficas alcayatas que lamentablemente sólo podían usarse en las paredes, no en las puertas, porque las bandeaban y partían. En esos buenos soportes colgaba sacos y abrigos del señor Fuentes, formando una gran joroba que quizá escondía alguna cabeza solamente visible por el otro lado de la pared; en los clavos medianos ponía sus propios trajes; en los chicos, corbatas, toallas y la ropa de Edgardo, el hijo único; y en los muy pequeños, los cuadros diminutos de la Virgen de las Nieves, Fray Martín de Porras o Santa Rosa de Lima.

Al quitar la ropa y darse debajo con el empapelado de periódicos ("El Comercio" y "La Crónica" con fotografías de Sánchez Cerro y Carole Lombard), Edgardo veía dibujada la forma exacta del bulto, la marca de una solapa, de una manga, pero también el dibujo del tiempo, las semanas y meses vividos sin saberlo, el plazo que faltaba para pasar a la secundaria y aun (si su padre podía con los gastos) a la universidad, todavía ignorante de que el hombre calvo lograría ahorrar doscientos mil soles, toda una fortuna para gentes como ellos. Una noche estaba en La Pampa, sus padres dormían en el otro poyo, no había luz eléctrica ni ventanas, pero el lamparín seguía encendido a media luz; oyó un rasguido en el empapelado e instintivamente retrajo los pies, dando un grito; y cuando la madre alzó la mecha pudo ver la tremenda carrera de la araña negra, la tarántula, el animal que más temía y al que estuvo matando toda la noche después de aplastarlo diez veces con un zapato.

Cuando aprobó la primaria, su madre fue hacia el pesado bulto que pendía de las alcayatas y dijo:

–Estás creciendo mucho. De aquí tenemos que hacerte ropa nueva.

Un sastre de Caraz, cuyo taller era contiguo a la casa donde se había hospedado Simón Bolívar, le puso encima los abolsados trajes de su padre y fue reduciéndolos de tamaño al prenderlos con alfileres que escupía de vez en cuando.

Todo eso ya había pasado, pronto tendrían la casa sólo para Matilde y él; además el viejo les había prometido un carro chico, y Edgardo, sin dejar los estudios, buscaría un empleo por horas en una biblioteca o en el bufete de un abogado.

–Te vino bastante y muy bien –dijo él, empezando a vestirse y chocando a cada movimiento con Matilde.

–Sí, amor, gocé fantástico –dijo ella.

–¡Uf, qué acrobacia! Perdóname por traerte a este cuchitril, pero me moría de ganas. Gracias, Mati.

–Gracias a ti, amor. Yo también quería estar contigo.
–Ya vendrán días mejores, la casa estará para enero o febrero.

–¡Calla, chico! –le tapó la boca con sus dedos–. No te acom-plejes, vive de tus rentas, como yo...
–¡Ya, ya, tienen que salil! –la muchacha china les tocaba la portezuela.
–Faltan cinco minutos para la otra clase; a correr se ha dicho –dijo Matilde.

Despertó oyendo la ducha que tomaba Matilde y se levantó rápidamente a correr las cortinas. Alguien tocaba la puerta.

–Pasa, Julia. ¿Qué hay?

Pero no, no era la sirvienta sino Benites, que entró y salió como una exhalación, sin dejar de hablar:

–¡Hola! ¡Perdóname, viejo, pero me voy, no aguanto esta porquería! ¡Gracias por la pensión y las propinas, pero chau, hermano!

Corrió a detenerlo:

–¿Estás loco? ¿Y dónde vas a vivir?
–En el Cerro San Cosme o La Victoria. Esto no me gusta.
–¿Y cómo, si tu familia no te manda un cobre?

Benites sonrió con indulgencia, bajando los escalones:

–Siempre he vivido así, hermano. Tienes que aprender. Todo el mundo vive así, excepto un puñadito de...

–No me hagas reír –se encrespó él–. ¿Me vas a decir a mí cómo viven los pobres? Soy serrano y la he pasado entre indios (era en parte falso, pero sentía profundamente que era verdad). Olvida tus puyazos y vamos al grano: ¿podrás seguir estudiando en San Marcos?

Esa sí era una buena pregunta: ser doctor y morir.

–¿Y qué importa eso? –dijo desdeñosamente Benites–. Lo que vale es matricularse para agitar a los muchachos; y como soy delegado, los cojudos de los catedráticos me harán pasar de año porque, si no, los echo a patadas de la U. Ahora que voy a comer gratis en la Casa del Pueblo, oiré clases en la Universidad Popular y así no perderé mucho. ¿O crees que entré a la U para tener un título de porquería?

–¿Y entonces? ¿Serás un búfalo ilustrado?

Benites se volvió al llegar a la puerta. Tenía puesta su ropa vieja, sucia y deforme, la chompa verdosa y el pantalón gris, nada de lo que le había obsequiado Edgardo.

–Adiós, basta de bobadas –dijo–. Y tú no seas idiota de ofrecer tu casa a cualquier amigo; te la van a hacer mierda y a lo mejor no respetan a Matilde, esa rica hembra que tienes. Chau, viejo, si me quedo muero o vomito.

El puñetazo de Edgardo le rozó la barbilla, nada más, pero lo hizo tambalear. Benites abrió la puerta para protegerse y después, cuando ya iba a alcanzarlo, huyó pegado a los tablones del garaje, golpeándose la rodilla, y se esfumó cojeando mientras él lo insultaba a gritos.

–¡Por esta vez te perdono! –respondió el muy fresco de Benites–. ¡Ya verás la próxima!

Era una choza pequeñita, pero ahí entraban su abuela Patucha, él, Jacinta y Damián, la pareja india que los cuidaba y él ayudaba en la cosecha de papas. El frío les había hecho colgar una frazada en la abertura, a pesar de que la necesitaban más para cubrirse; el frío los aovillaba y empujaba a todos contra todos, encogidos y enredados, sin deseos de moverse una vez que sentían el calor del otro; y afuera el frío silbaba, acechándolos, sitiándolos, casi metiendo sus ojos largos. Llovía y se agitaba la choza de paja, el cono de juguete donde sólo debía entrar uno de ellos en pie. El frío, la lluvia y la noche: la mezcla negra, de acero, impidiéndole portarse como un hombrecito, la mancha de aire sólido y cruel que le hacía apretar los ojos, recordar los cuentos de pishtacos, la hoja roja de los cuchillos, el conjuro de las brujas.

Apretar los ojos y rogar porque le viniera el sueño, así roncara como su abuela. Únicamente hasta las seis de la tarde habían podido mantenerse en pie, en aquella inhóspita ladera; de golpe se había cerrado el cielo, y la noche se hinchó y expandió como en un soplo. Velozmente acabaron de comer, en torno al fogón. Él recogió con sus dedos el resto de papas y zapallo que aún quedaba en su mate y apretó en la mano el pan que ya no veía; la última luz del perfil de los cerros se consumió como las brasa del rescoldo. La india encendió la linterna, pero el tubo de vidrio se apagó tantas veces que se cansó de la maniobra. Así no más, acuclillado, Edgardo apartó sus ropas y se pusó a orinar; más allá hacían lo mismo su abuela y los indios, mientras unos perros lejanos cortaban la noche en pedazos y la noche sufría y lloraba.

Durmió y quizá roncó hasta quedarse solo en la choza, cubierto por una montaña de frazadas, ponchos y pellejos. Los demás preparaban afuera el desayuno. Ni siquiera se vistió para salir: nadie se había desvestido al acostarse. Gateando dejó la choza, saludó a su abuela y recibió feliz el mate de cashqui de habas con el huevo reventado que calentaría su cuerpo. Además de Jacinta y Damián, desayunaban una media docena de indios y dos perros chuscos, tan viajeros como ellos. A unos veinte metros, varios niños indios, de la misma edad de Edgardo, se movían descalzos y rotosos, pero ¡cómo deshierbaban la maleza, arrancando matas de papas y clasificándolas por tipos y tamaños!

Se terció el poncho, quiso olvidar el frío y se puso a trabajar, imitándolos. No tenía necesidad de hacerlo, la abuela le daría de comer de todos modos, pero creyó que no comería a menos que se ganara el pan (las papas menos buenas, el resto se vendería) como los otros. Se arañó las manos pero aguantó, se le ensució su pantalón favorito, pero continuó su tarea, contento de que el sol abriera y pintara las pocas clases de verde en la puna. No había a la redonda un solo árbol digno de ese nombre, únicamente maleza y ramas quemadas por el frío; pero aun así le gustó el paraje, aprendió a arrancar las hojas con todo y los tubérculos, y cuando el frío le mojaba la nariz, se sonaba y limpiaba con los dedos, a fin de no perder tiempo en ese trabajo que fue el primero de su vida.

–Viniste de vacaciones, pero has trabajado como un peoncito –dijo su abuela–; aquí tienes tu paga –y le dio cinco soles por dos semanas en Chullín.

Tener una casa y morir. Salvado, lista la fiesta del open house y con el traje nuevo de casimir que parecía inglés, los cigarrillos rubios al bolsillo, bien peinado, listo para abrir la puerta y abrazar a sus compañeros de universidad y a sus enamoradas, convencido de que les daría un banquete, una mezcla de chifa y comida criolla, y tragos finos. Y Matilde, hermosa como nunca, esbelta, sin vientre, bajando por las escaleras como si fuera su esposa, tranquila y dueña de la noche, preocupándose de que la mesa estuviera bien arreglada y de las últimas órdenes para los mozos especialmente contratados, además del efecto de las medias luces en la sala y el comedor.

Habían invitado para las ocho y media, hora exacta en que llegó Lucha con un vestido de seda natural que él jamás podría obsequiar a Matilde, y un peinado que convertía su cabeza en una gran flor rubia, de guedejas brillantes y caprichosamente cruzadas. Sus ojos verdes y transparentes se acercaron hasta rozarle las pestañas; su ancha boca pintada lo besó ligeramente y le susurró: Qué pasa, no me mires así, Matilde va a armar otra escena, ya sabes cómo es de celosa. ¿Por qué me ama?, pensó. ¿Soy para ella un capricho de niña rica o ya no hay hombres en su clase? ¿O le gusta construir y empezar desde abajo, como nosotros los pobres? Ojalá sea la excepción, no la regla. Si tuviera yo un enemigo creería que me la ha enviado para burlarse de mí. ¿O estoy construyendo yo, poco a poco, a mi propio enemigo?

Quince minutos estuvieron los tres en la sala, fumando casi por turno, hablando lo preciso, tensos casi por compañerismo, y desviando los ojos para olvidar que alguien sobraba ahí, Matilde o Lucha, o quizá el mismo Edgardo, hasta que se puso en pie la que debía hacerlo, Matilde, la dueña de casa.

–¿Diste bien nuestra dirección? –gritó él, molesto–. ¿Por qué no llegan? ¿Estás segura?
–¿Y tú estás seguro de no habérmelo preguntado ya?

–Yo sólo llamé a tres de nuestras compañeras, ellas no me pueden fallar –intervino Lucha, azuzando a Edgardo–. Del resto se ocupó Matilde.

–Vamos, Gardo, ten paciencia, no te fallará tu harén –dijo ésta al punto–; al menos ya llegó tu favorita.

–¡Córtala ya, Matilde! –se le encaró Lucha–. ¡Basta de tus complejos! ¡He venido a una fiesta y no a una novela de radioteatro! ¡Gardo, dile que se calle y me deje en paz!

Matilde preparó lentamente su sonrisa triunfal y aun inclinó su rostro desdeñoso ante el bello, pero frío y odiosamente virginal de la otra; esperó un segundo más, en que sin duda Edgardo iba a liquidar a la intrusa con un frase, pero de súbito él dijo algo increíble y definitivo:

–¡Sí, mujer, basta de tangos y celos! ¡Cállate de una vez! ¡Lucha es mi amiga y siempre lo será!

Se volvió como si la quemaran: ¿Tu amiga o tu novia? ¿Cuándo se casan, mentirosos del diablo?, iba a gritar, pero oyó el timbre, el rumor de voces en la entrada, y calló para no herir a la casa inconclusa que debía ser inaugurada y que le había costado días y noches de trabajo.

Mandó a Julia a que abriera y vio venir la avalancha de sonrisas, besos, abrazos, holas y cómo estás, yo bien y tú, qué te cuentas, los muchachos sanmarquinos y sus infaltables zapatos viejos, de tacos desiguales, los ternos abolsados y mal cosidos, las camisas desvaídas de tanto lavado, las corbatas retorcidas como cuerdas; pero nobles, buenos y felices, con sus guitarras baratas y sus paquetitos de caramelos comprados en el primer chino de la esquina. Y con ellos, las muchachas, ninguna de las cuales había gastado en peluquería, como debía ser, usando trajes de verano en ese invierno, trayendo al brazo sus chompitas y abrigos.

Matilde besó de uno en uno a todos, hombres y mujeres, si bien todavía en Lima no se acostumbraba que una joven besara públicamente a sus amigos. Los hizo pasar sin soltarlos, quizá apoyándose en ellos para la pugna contra Edgardo y Lucha que a lo mejor seguiría en la fiesta. De vez en cuando miraba a la parejita siempre junta, tocándose a cada rato. Después la olvidó, con el pisco-sour y las guitarras, cantando, bailando y comiendo sin parar, mientras Julia cuidaba celosamente los muebles, el piso y aun las paredes, para que nadie los ensuciara. Hasta que sintió venir sobre ella los ojos negros de Edgardo, los encontró en una súbita vuelta del vals, escondidos y brillando al acecho. No pudo más. Y luego sintió esas manos en la cintura, estrechándola tiernamente a medida que el rostro, infantil pero amado, se hundía entre sus cabellos. Un aplauso general estalló en la sala y tuvieron que bailar solos hasta el fin de la pieza, tuvieron que besarse y permanecer largo rato con las manos entrelazadas. Matilde nunca se había sentido tan feliz.

A las once de la noche los invitados se despidieron casi al mismo tiempo. Lucha salió en uno de los grupos. Sáenz fue el último en marcharse y cerrar la puerta; dijo que como no había más automóvil que el de Lucha, andaría unas cinco cuadras para tomar el colectivo de la Arequipa.

–No olvides que quiero visitar el anfiteatro –dijo Edgardo.
–Cuando tú mandes, viejo. Pero sácame de la curiosidad: ¿por qué ese deseo?

–Los estudiantes de Letras sabemos muy poco de Ciencias, de anatomía y fisiología humanas; es una gran desventaja.

–Pues te pones mi mandil blanco y te sientas junto a mí a disecar.

Edgardo casi grita de júbilo:

–¿Se puede?
–¡Claro, los jefes de práctica no saben ni quiénes somos!
–¡Formidable!
–Pero con una condición –sonrió Matilde–: que diseque hombres, no mujeres.

Sáenz se puso serio:

–En eso no hay cuidado; de diez cadáveres que la Beneficencia Pública entrega a la Facultad de Medicina, ocho son de hombres.

–¡Uy, qué lástima para ustedes! –se sacudió toda ella–. Habrá que organizar pronto una manifestación política y avisar a los guardias; así, por la nochecita, ustedes ya podrán recoger más víctimas de la trifulca.

–Si te oye un bustamantista, se aloca –dijo Sáenz.
–Pero los apristas saben que es cierto y ya tienen las barbas en remojo.

–Eso les pasa por hacerse los resentidos con el caso Graña y retirar a sus ministros del gabinete –la apoyó Edgardo–. ¿Qué necesidad había de dejar parte del gobierno, algo que jamás habían tenido en las manos?

Sáenz hizo una mueca:

–Discutiendo eso nos vamos a quedar hasta mañana. Mejor me voy. Chau, viejo, chau, Mati.

Matilde y él entraron en la cocina a comer de pie y con las manos las últimas presas de pollo, y apagaron las luces (sintiendo que formaban con la casa una gran soledad, una isla amable y dormida que mañana se uniría a los demás), para luego subir las escaleras, plácidamente cansados.

Entonces sonó el timbre.

–Voy yo –dijo él y Matilde oyó claramente el picaporte, después un silencio, el satisfecho ¡Oh, eres tú, pasa!, y sin contenerse bajó dispuesta a abreviar la estancia de Lucha, que sin duda volvía de puro intrusa. Pero ¿y si esta vez le tocaba a ella marcharse?

Más allá de la sombra alta y delgada de su amante sólo vio un zapato, el pantalón de hombre, menos mal. Estaban frente a frente, como para un diálogo, pero las voces tardaban en surgir. Avanzó y se llevó la mano a la boca, ahogando un grito:

–¿Qué hay, Benites..? –balbuceó, reponiéndose–. Pasa, debe haber algún error, te han metido un chisme…

–¡Tú, vete adentro! –mandó Edgardo, sin volverse–. ¡Cierra la puerta y déjanos solos!
–Pero que suelte la… pistola… –dijo ella a duras penas, refugiándose detrás de Edgardo.

Benites avanzó calladamente, pero tenía el pelo descompuesto y la cara muy pálida, y al andar se movía extrañamente.

–¿Dónde tomaste tus tragos? –quiso sonreír Edgardo–. Deja ese juguete, flaco.

–¡Silencio! –estalló Benites, agitándose–. ¡Dice que el otro día estuviste rajando de mí en San Marcos! ¡Le dijiste al gordo Sáenz y a otros compañeros que yo no servía ni para estudiante ni para político!

–No seas niño, Beni…–por la voz de Edgardo, ella dedujo que la acusación era cierta–. Sáenz acaba de irse, le hubieras preguntado tú mismo, a lo mejor te cruzaste con él...

–¡Y la vez pasada que me fui me diste un puñetazo!
–Tú te la buscaste.

–Me insultaste a mí –tuvo que intervenir Matilde–. Pero yo te perdono. Anda, entra a tomar un café.

–¡Qué café ni niño muerto! ¡Y ahora invitaron a todo el mundo, menos a mí! ¡El único del grupo que no vino!

–Te estuve buscando, pero no pude ubicarte –mintió Edgardo, pues justamente no lo había invitado a pedido de Matilde.

–Tú y tu casa de porquería, y tu matrimonio sin papeles! ¿Qué es eso comparado con nuestra lucha, con el Perú que tenemos que..? –Benites se detuvo, pero Matilde chilló y creyó que su voz rompía algo, el cuerpo de Edgardo en dos, o la puerta, o a Julia que ya había salido por el escándalo; pero no, Benites había disparado contra la ventana del baño de huéspedes, junto a la puerta de entrada, y había hecho pedazos los vidrios.

–Desgraciado –dijo Edgardo–. Suelta esa pistola y pelea, si eres hombre. ¡Vamos, maricón!

Ella no soltaba a Edgardo y Benites retrocedió, disparando de nuevo, esta vez los vidrios de la cocina volaron creando un laberinto, y la puerta principal, tan bonita y pintada de blanco, crujió a centímetros de Julia, que se arrodilló y santiguó.

Libre por fin de Matilde, Edgardo empezó a buscar a Benites.

–¡Criminal! –dijo ella.
–¡Ni un paso más o te vuelo! –gritó Benites.
–¡Pues vuélame, si quieres! ¡Largo de aquí!

De pronto ambos quedaron inmóviles como al principio, y Matilde y Julia callaron por completo.

–Me das pena –dijo Benites–; eres tú el que no sirve para nada.

–¿Quién te mandó decir eso, flaco, o es que al fin piensas por ti mismo? Al menos no soy un idiota suponiendo que una mujer o una casa ajena y prestada, son inconvenientes para la política. Eres un resentido y estúpido, nada más.

–¡Cállate! –siseó Matilde–. Te puede disparar; está borracho.
–¡Te voy a hacer leña!
–¿Con qué? Si no has traído tu cadena ni tus búfalos...

–¡Con esto! –gritó por última vez Benites, y Matilde vio, oyó, siguió casi como un dibujo las balas en la pared detrás de Edgardo, chillando como un loca, rompiéndose la voz, llamando involun-tariamente al cielo; pero Benites se había ido ya y Edgardo continuaba de pie, inmóvil, aunque temblando, apretados los puños y vibrando como una hoja en medio del laberinto de balas, que únicamente lo habían asustado sin tocarlo, y así se lo llevó adentro, al dormitorio, y toda la noche lo sintió suyo, saltando en silencio, inclusive dormido.


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