Los Aprendices


   

13

La segunda inyección fue en Limatambo, antes de meterla en la ambulancia; no importaba, ella envejecía a los veintidós años, pero al fin sobre una camilla blanda, fresca, y Lucha y Edgardo sentados al frente, mirando sus párpados ciegos, su boca echando baba, su corazón quizá miedoso y turbio que empezaba a odiarlos.

¿Cuántas veces habían estado así, los tres juntos, como encerrados? Casi tenían la costumbre de meterse uno tras otro, cerrar la puerta y sentir sus cuerpos muy pegados y una misma respiración, mientras Edgardo disimulaba acariciando discretamente a ambas. ¿Nació esa manía en San Marcos, en la primera huelga de hambre? ¿Y esa huelga nació de la otra en Guadalupe, irreal y desconocida por ella?

Ubicó exactamente el sitio, el oscuro traspatito de Ciencias, a dos pasos del salón donde recibía las prácticas de Zoología, y también la hora precisa, las nueve y media de la noche, cuando casi no había estudiantes, y entonces sintió a Edgardo apretarla contra la pared de cartones, jadeando y haciendo chasquear sus besos, pensando sin duda: Ésta ya cayó, pero ella pensando a su vez sueña, muchacho, ya lo verás. Hasta que otra noche le dijo, o más bien le ordenó, le exigió en voz alta: ¡Ven con tus cosas y nos quedamos ocho o diez días aquí adentro; vamos a tomar el local esta madrugada!

Matilde apenas se había hecho amiga de Lucha y ésta acababa de llevarla a su linda casa de la plaza Bolognesi, a fin de presentarla a sus padres y anunciar: Mati vendrá a almorzar dos veces por semana. Hizo, pues, lo que debía, avergonzarse del departamentito que ocupaba con sus padres, donde sólo había cinco platos, cuatro vasos, tres cucharas y dos cuchillos en total, pero devolvió la invitación a Lucha, hermosa y fragante, en ese traje de gamuza que era un primor; y además, como si fuera poco, la invitó a algo nuevo, a una aventura contra la policía y contra el régimen de Bustamante, que ya estaba volviéndose tan reaccionario como los anteriores. Ven, Lucha, trae tus cosas y una frazada, le dijo para asustarla, pidiéndole que renunciara a sus comodidades. Será como ir de paseo a Chosica; así estaremos juntas y nos acompañaremos por las noches. No tengas miedo a separarte de la mamita. Edgardo vendrá también.

Lucha se llenó de rubores, tenía miedo de la policía, claro está, pero no admitía aún ver a Edgardo con otra enamorada; dudó un buen rato, dijo: Voy a pensarlo, y fue a hablar por teléfono con su madre. Diez minutos después volvió y dijo: Me quedo con ustedes, cuando ya en Derecho, Letras y Económicas surgían voces de alerta, y ellas veían una doble corriente de alumnos que salían disparados por los portones, y de otros luchando por entrar, y en el centro del flujo chillaban histéricamente unas muchachas, rogando que las dejaran salir, que no habían avisado a sus casas, que sus madres las matarían antes de permitir que se plegaran al motín.

Así, así empezó. Se cerraron las puertas de San Marcos y todos se dieron a cumplir su misión en la fortaleza de quincha y cartones. En el amplio salón del rectorado, invadido por la docena de muchachos y muchachas en huelga de hambre, se dispusieron colchones y frazadas por el suelo, jarras de agua y limones para chupar. Conforme pasaron los días, el salón se despobló de visitantes y ruidos; prohibidos de fumar, los huelguistas únicamente leían, sobre todo diarios, y al final ni siquiera eso, tendidos como enfermos, arropados en sus frazadas de la mañana a la noche.

Abajo, los delegados cruzaban febrilmente los patios, evaluando la situación y dando sus órdenes. De rato en rato, oían los informes de los vigías apostados en las azoteas o se pegaban a las rendijas de los portones y seguían los movimientos de la policía. Al comienzo, habían recibido paquetes de víveres lanzados por familiares y amigos, pero una vez interrumpido el diálogo, volvieron los proyectiles contra los guardias, echando mano del arsenal de piedras que siempre había en los techos.

Edgardo aceptó la huelga como un trabajo de mañana y tarde, y de algunos turnos por la noche. Igual que una esposa, Matilde lo veía volver a "casa", un pequeño salón que habían reservado para ellos tres. Sentados en las carpetas, comentaban la pugna de apristas, comunistas y conservadores, de todos contra todos en las Cámaras y la Universidad, el alejamiento ruso-norteamericano a medio año de concluida la guerra , el tema de alguna película francesa, italiana o rusa, que por fin había entrado al país después de la dictadura pradista, y luego se lanzaban hambrientos sobre los exquisitos sandwiches que preparaba Lucha con el queso, jamón o pollo que le hacía llegar su familia; por la noche los tres paseaban del brazo, primero por el patio de Derecho, cantando dichosa o melancólicamente con los huelguistas, y finalmente por el patio de la Biblioteca, casi exclusivo para ellos, oyendo la radio portátil de Lucha o las historias de Edgardo sobre su tribu en Sihuas, los Gambini por aquí y por allá, los aluviones, los duelos a muerte en El Escalón, los viajes de noche sin una linterna, la pobreza de los indios y de casi todo el Perú.

A la hora de dormir, Lucha corría a tapar las ventanas con periódicos, pero Edgardo y Matilde eran más rápidos, ya se habían desnudado y bailaban con el foco encendido, diciéndole: Mira, Lucha, esto se hace así, y la virgen escandalizada, la antigua enamorada que no se atrevió a ser la amante, gritaba: ¡Oh, qué sinvergüenzas, Dios mío! ¿Y ahora qué hago? Lucha sólo tenía dos caminos: o apagar la luz y seguir oyendo, o salir y dormitar sentada sobre la puerta (nunca iba más lejos, temía a los muchachos), hasta que Edgardo se apiadaba de ella y la introducía valiéndose de susurros y mimos, que para Matilde –cansada como una boa, digiriendo el orgasmo– equivalían a otra posesión.

Una noche, ella y Lucha despertaron muy tarde, cada una en su colchón, pero Edgardo no había llegado; se lo estuvieron diciendo así varias veces cuando él se acercó a la puerta con Benites y Sáenz.

–Bueno, váyanse, chau, buenas noches –dijo Edgardo.
–Para ti es fácil decir buenas noches –dijo Sáenz–; a ti te esperan dos hembras en vez de una. ¿Y a nosotros qué?
–Lucha, Lucha –llamó Matilde en voz baja.
–¿Qué cosa?
–Vienen a violarte; aprovecha.
–Eres un lechero, hom –dijo Benites–. Y yo con las ganas que tengo.
–¡Pues córranse la paja y no fastidien! –rió Edgardo.
–Mati ¿qué es la paja? –preguntó Lucha.
–Nos vamos, pero sólo dinos una cosa, nada más –dijo Benites –. ¿Cuál tira mejor, Lucha o Matilde?
–¿Oyes , Lucha? –insistió Matilde, conteniendo la risa–. Prepárate de una vez; ya van a entrar.
–Flaco, estás muy mal –dijo Edgardo–; ni siquiera tienes ojos. Lucha es virgen y creo que siempre lo será. No acepta por nada. Inclusive una vez quise violarla, pero se defendió como una leona. Ella sí es una fortaleza, no este edificio de cartón de San Marcos.

–¿Por qué no me habías contado eso? –dijo Matilde, levantándose del colchón–. ¿Por qué, mosquita muerta?

–¿De veras, Gardo? ¿Y entonces qué hace Lucha ahí, metida con ustedes? ¿Te ama?
–¿Lo amas, Lucha? –ella gateó por el suelo, y fue a tocarla, a empujarla.
–Eso no te interesa –dijo Edgardo–; pero hay otro asunto que sí debe preocuparte.
–¿Cuándo fue eso? –volvió a manotearla–. Lo acusas y te mueres por él.
–Déjame, tengo sueño –dijo Lucha.
–Dímelo o armo un escándalo.
–Ya Gardo está cansado de tus escándalos.
–¿Cuál es tu problema, viejo? –dijo Benites.
–Que voy a largarme a casa.
–¡Imposible, hermano! ¡No puedes hacernos eso! ¡Sin ti perdemos la mayoría!

–Es que no soy aprista y ustedes no respetan mi independencia; hasta anuncian que voy a votar así o asá, siempre con ustedes, y eso no es cierto.

–Eso lo arreglo yo, hermano. Les diré a los del partido.
–Pero, además de no ser aprista, no soy político, ya me di cuenta. Debo irme.

–Gardo, el momento es muy difícil –dijo Sáenz–; no es hora de problemas filosóficos. ¿Qué estás leyendo, Aristóteles o Jung? La derecha resurge en San Marcos y en las otras universidades; hay que aplastarla a tiempo.

–Si la derecha resurge, la culpa es de ustedes por no hacer nada en el parlamento. ¿Cuándo han dictado leyes revolucionarias? No hay reforma agraria, ni expropiaciones, ni siquiera alfabetización, ni hostia…

–Es que no estamos gobernando el país, hermano –dijo Benites.

–¡A mí con cuentos! Tienen tres ministros en el gabinete, no ponen más porque tienen miedo del poder, y hasta hoy han obtenido la mayoría en el Congreso, y me vienes a decir que no gobiernan…

–¡Bueno, carajo, tú te vas y mis amigos te dan una pateadura de padre y señor mío! ¡Ya está! –dijo Benites, agitándose, rojo de cólera.

–¿Tus amigos o tus búfalos?
–¡Calla, Benites, no seas tonto! –gritó Sáenz.
–Lucha, prepárate a salir, vamos a defender a Gardo –susurró ella.
–Estoy lista.
–¡Y también tú déjame tranquilo! –gritó Edgardo.
–¿Me lo dices a mí? –dudó Sáenz–. ¿Te has olvidado de que yo no soy aprista?

–No, sé muy bien que eres un rábano, y eso me da más pena todavía, porque después de todo tú debieras ser revolucionario y no lo eres.

–¿Quién lo es, entonces? ¿Acaso tú? ¡No me hagas reír!

Y en medio del laberinto, Benites gritó aun con más fuerza:

–¡O te callas o me olvido que eres mi amigo!
–¡Pues llama a tus búfalos! ¡No les tengo miedo!

–¡Corre ahora! –susurró ella de nuevo, saliendo veloz y furtivamente, para abrir y cerrar la puerta en un segundo, y con Lucha a sus espaldas, y ya tenían a Edgardo a salvo, y la puerta bien cerrada, y los tres juntos resistiendo los empujones de Sáenz y Benites, que finalmente los dejaron solos, revolcándose de risa sobre los colchones, hasta que Edgardo calló, creó súbitamente el silencio y dijo:

–Estoy pensando en Llanelas. A lo mejor mañana se acaba la huelga. ¿ A cuántos matará la policía?
–¿Por qué tienes que presagiar eso? –dijo Lucha–. Ya te has equivocado varias veces.
–Mejor es que lo diga, así no sucederá –dijo Matilde.

Para la segunda toma de San Marcos, Matilde había sido elegida delegada de su año y Edgardo había perdido la reelección en el suyo. Ahora ella debía asistir a las interminables sesiones entre grupos del Apra, el Partido Comunista y los derechistas, que se llamaban independientes; sus simpatías la acercaban siempre a los comunistas, pero los sentía como un fuego demasiado peligroso para quemarse en él, y hasta hubo veces en que votó con los independientes y soportó los ojos fieros de sus amigos. Sólo intervenía en asuntos directos y concretos; no así en los debates doctrinarios, que comprendía mal, ni en los laberintos de golpes y silletazos en medio de los cuales pensaba por qué, en vez de pelear, no se iban todos, hombres y mujeres, a fornicar desnudos en el salón más grande. En vísperas de una votación, a veces quiso valerse de su cuerpo, enseñar así las piernas y senos, prometer una noche de amor. Cosa extraña: los muchachos sólo parecían pensar en problemas políticos y estudiantiles; eran austeros y serios, casi unos sacerdotes. Avergonzada y soñolienta, después de tanto fumar, con el estómago vacío, se retiraba a "casa", donde ya no había la dicha de antes. Edgardo y Lucha la encolerizaban. Casi siempre los hallaba abrazados, fingiendo dormir, o riéndose de algún chiste malo. Habían vuelto a entenderse sólo con miradas y ella supo que pronto acabaría siendo la extraña, como cuando los conoció.

–¡Ya basta de burlas! ¡A mí nadie me engaña! –gritó y zapateó una madrugada.

Pero sí, se rieron de ella, la calmaron con golpecitos en el hombro, le dijeron que no pasaba absolutamente nada.

Iba a insultarlos, decidida a buscarse un nuevo amante, cuando oyó voces en el techo; los vigías alertaban contra el temible anillo de guardias que envolvía a San Marcos. Olvidó el pleito y trepó casi cayéndose a la primera azotea, desde donde vio el Parque y las soñolientas calles vecinas. Por ahí avanzaban no sólo camiones militares, sino un tanque, sí, algo increíble, un tanque roncando hasta parar frente a la puerta de Derecho. Todos los alumnos bajaron de los techos, sin más armas que algunas piedras. Ella se mantuvo alejada, pero apenas vio partirse la enorme y para ellos sagrada puerta, y entrar el tanque como un incontenible cuchillo, se abrazó a Edgardo y Lucha, a fin de recibir juntos los varazos de la guardia de asalto. Estalló la puerta y se formaron los dos grupos de siempre, los muchachos delante y las mujeres, chillando, detrás, para advertirles el peligro más inminente. Alguien gritó que podían huir por el segundo piso, por la Tesorería y el Gimnasio; pero nuevos piquetes de guardias irrumpieron desde el patio de Ciencias y les cerraron todo camino.

Sólo los hombres fueron apresados esa vez. Tomadas de la mano, Matilde y Lucha despidieron a sus compañeros y corrieron a emplear el último recurso que les quedaba: suplicar al padre de Lucha, un médico influyente y apolítico, para que los sacara de la comisaría.

–¡Oh, Luchita! –abrazó y besó a su rival, verdaderamente feliz, cuando salió Edgardo de la Prefectura, dos días después–. ¿Qué haríamos nosotros sin ti? ¡Eres un ángel!

–Lucha es un ángel y yo un animal, ni siquiera el demonio –dijo Edgardo–. Me gustaría haberme quedado adentro, castigándome yo mismo por ser tan imbécil y querer tumbar a un gobierno desde San Marcos. Benites y Sáenz tienen para rato, no los dejan salir. ¿No ve? Ellos son políticos y yo no. Les dan mayor importancia que a mí.

–¿Cómo sigues, Mati, cholita linda? –Lucha la besó dentro de la ambulancia y no le soltaba una mano.

Eso es, del avión a la camilla, qué buena suerte, ya pasó todo, y ahora de la ambulancia a la clínica, cruzando la calle fresca, cualquier calle, pero que Matilde mira prometiéndose recorrerla algún día a pie. Luego, una sucesión de pasadizos, de techos blancos, con o sin luces, con o sin el polvo y la suciedad de los años, por donde marcha demasiado rápido la camilla, saltando como otro caballo encabritado. Los túneles blancos y ya civilizados, la voz de las enfermeras que la llevan en otro viaje. Primero a la sala del doctor Meléndez. Examen general. Después las radiografías.

Una mano busca la suya, oh sí, qué bien. Pero las uñas son largas, los dedos frágiles; la misma mano de Lucha.

–Tranquila, Mati, todo irá bien –dice Lucha–. Te operarán hoy mismo. Es la médula. Tal vez haya sangre que la presione y por eso no mueves las piernas. El doctor dice que no es grave y que ha operado igualito a muchos. Yo estaré afuera esperándote; Gardo ha ido a pagar el depósito de la clínica.

Matilde aprieta esa mano con todas sus fuerzas, pero quizá Lucha no lo sienta.

–Lucha.
–Sí, cholita.
–Entra conmigo; no me dejes sola.
–No puede, señorita –dice una enfermera–. Está prohibido.
–Tampoco muevo los brazos, Lucha.
–Todo eso ya le dije al doctor. Él te examinará. Pero sí aprietas las manos, y muy bien.

Todavía retiene esa mano que parece bajar por su vientre (¿o subir por el pecho?, no siente nada), donde se esfuma, transparente y sin peso. Otro pasadizo, otro túnel blanco.

–No llore, no es para tanto –dice una enfermera–. Usted es muy linda para afearse.
–No estoy llorando –dice ella.
–¿Quieres caramelos? –le dice la enfermera de la izquierda a la de la derecha, mientras siguen empujando la camilla–. Me los robé del bolsillo de un mandil que estaba colgado. Son muy ricos prueba.

Se los robó de un bolsillo, ella pudo meter rápidamente las manos, lo que quizá Matilde no haría más. Había sido una experta en revisar bolsillos de hombres (los del mandil de su madre estuvieron casi siempre vacíos). Esperaba el momento preciso, exacto, en que Raúl o el Italiano o Edgardo entraran en el baño; quedaba sola en el dormitorio, pero no sería por mucho tiempo, unos tres o cinco minutos. En puntillas, temblorosa, rechazando la imagen de una ladrona desnuda que le proponía el espejo, a gatas por entre los muebles del hotel o del cuartucho prestado, se lanzaba sobre el bolsillo donde había visto los billetes y tomaba, proporcionalmente, una tercera o cuarta parte del total, algo que no se notara en seguida. Movía los dedos como una profesional, devolvía la parte intocada, y ya está, se metía de nuevo en la cama y esperaba lista a su hombre, exagerando esta vez sus deseos y sonrisas. ¿Había cometido un delito? ¿Y lo que ella les daba? Tenía que comprarse libros, pagar el ómnibus, el cine y su ropa; sobre todo, cambiar cada mes el mandil de las práctica de Química, quemado por los reactivos. ¿Era un cobro, realmente? ¿Era entonces una prostituta? A veces había imaginado ser una de esas mujeres elegantes y misteriosas que paseaban solas entre los hoteles Bolívar y Crillón, o una buena profesional en su tienda, como el médico en un consultorio, aliviando la fiebre y tensión de los hombres que después se iban sanos y sonrientes. Pensaba en que con esos ingresos podría fácilmente alquilar un bonito departamento, sostener a sus padres y aun seguir en la universidad, ¿por qué no? Una prostituta farmacéutica, una mujerzuela científica, que alternara ambos oficios a voluntad, algo de veras nuevo y extraordinario. Pues bien ¿por qué no lo hacía? Sus escrúpulos eran cada vez más fuertes, en especial después de conocer a Edgardo. ¿O sea que era una buena muchacha? ¡Vaya forma de descubrirlo!

Oyó claramente su propia voz cuando le dijo a Edgardo:

–Vida, no se trata de una vez sino de muchas; o mejor, siempre que me falta plata. Me gustaría serlo, de veras.

–Ten paciencia; cuando yo trabaje te daré más, ahora sólo tengo la mensualidad del viejo. A propósito, toma un poco...

–¿No ves? Eso me gusta, recibir los billetes.

Él soltó una carcajada:

–No creas que tú sola. El otro día , conversando en un grupo de hombres, la mayoría dijo que si fueran mujeres les gustaría ejercer una profesión así: te diviertes, gozas de la vida, duermes de día y encima te pagan. ¡El oficio más cómodo!

–No es una broma, Gardo.

–Tampoco lo fue ésa. Yo creo que así como algunos días bajan las defensas del cuerpo y uno se enferma, así hay otros en que bajan las defensas morales y uno es capaz de sentirse perdido y buscar lo peor. No te preocupes –dijo y le acarició la barbilla, la miró muy adentro en los ojos–; avísame cada vez que bajen tus defensas. Entre ambos nos reiremos, así no sea una broma.

Matilde saltó a abrazarlo:

–¡Ah, cómo te quiero! Pero todavía te falta oír algo. ¡He robado tantas veces! Apenas te levantabas y entrabas en el baño, yo te bolsiqueaba.

–¿Me ves cara de cura y tienes ganas de confesarte?

La mirada se hizo más intensa, y luego cierto fuego, y una sonrisa quieta mientras le acariciaba el rostro con ambas manos, le prepararon la boca para un beso de novio reciente, de hombre agradecido ante su mujer.

–¿Y qué, Mati? La riqueza está muy mal repartida, eso es todo –sonrió él–. ¿Acaso no he robado yo a mi madre durante años? Los sábados y domingos eran mis días de robo; ella salía a oír misa, casi nunca para otra cosa, pero su horario variaba muchísimo, podía ser muy de mañana, a mediodía o por la tarde. Ya te imaginarás mi angustia. Algunos fines de semana me la pasé encerrado en mi cuarto, esperando a que saliera. Fingía yo que me iba, pero regresaba en puntitas y quedaba encerrado en silencio, esperando. Un sábado no salió, el domingo tampoco; se había enfermado, tenía cuarenta de fiebre y yo no lo sabía…

La voz vibraba, trémula, pero no se había apagado. Luchaba como una vela contra el viento.

–Calla, Gardo, calla…–dijo, y pensó: A lo mejor después se acuerda de Llanelas y me hace llorar.

El movió la cabeza, se sacudió de la impresión y agregó:

–¿Pero qué son esas migajas comparadas con las fechorías del tío Rubén? ¡Ése sí es un ladrón!
–Ah, ya, las joyas de tu abuela ¿no?

–Eso y más. La vez del aluvión se aprovechó que el barrio del Chirimoyo estaba aislado y que la gente había huido; se dedicó a robar tiendas y casas, inclusive escarbando entre los cadáveres. ¡Todo un cuervo! Lo descubrieron porque usó dos burros blancos que tenía en su corral; pero él, muy suelto de huesos, dijo que se los habían robado a su vez para cometer el estropicio. Con el tiempo se supo que le dio su tajada a Parra y que así se echó tierra al asunto... ¡Pero, basta, perdóname, Mati, ya no hablaré más de mi tribu! ¡Palabra ..! –alzó la mano.

–¡Oh, no, qué ocurrencia! –sonrió ella débilmente.

–¡Pobre, Mati, no seas tan cortés! Cada enamorado tuyo, incluyéndome a mí, te ha hablado de cosas idiotas y no ha sabido distraerte. Raúl, de sus catálogos de películas vistas por él y de su colección de carritos ingleses de juguete; el Italiano, de la panadería de su padre, y hasta de recetas de ravioles y canelones; y yo (esta vez olvidó al tipo sin nombre de la avenida Arenales: ¿se le habían pasado los celos?), y yo de mis pobres parientes cholos, cada uno medio vivo o medio muerto en la gran metrópoli de Sihuas. ¡Te hemos aburrido de lo lindo!

–¡Vamos a ver, dijo un ciego! –la enfermera de la derecha le destapó la cara–. Señorita, aquí está el doctor que le tomará las placas y yo le pondré otra inyección para el dolor. Usted no se mueva para nada.

Las placas, sin los habituales fogonazos ni movimientos del fotógrafo para captar su rostro, que ya no interesaba. Fotografías de una muerta. El médico y la enfermera le iban empujando trabajosamente el cuerpo de madera.

–No llore, no durará mucho.
–No estoy llorando, doctor.

La dejaron sola y quieta un buen rato, a media luz. Luego llegó otra enfermera, radiante, feliz.

–Tengo que cortarle el pelo y afeitarle la cabeza.
–Lo que sea –dijo ella.

Su largo pelo que podía cubrirle hasta los senos ahora estaba en manos de la mujer. Sus cabellos negros y quizá líquidos entre las tijeras. Y el ruido del corte, hermoso y tenue, digno de las puertas del sueño.


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