Los Aprendices


   

12

Era su primera misión como delegado de año. Edgardo no podía fallar. Su madre lo retuvo en la escalera del departamento, a pesar de que él ya había tirado del larguísimo cordón anudado abajo al picaporte, y la puerta, al abrirse, le enseñaba una vez más la avenida Grau, la figura a contraluz del carretillero vendiendo frutas.

Lo retuvo, pero se zafó de sus manos. Ella quería ver una mexicana (casi nunca iba al cine, pero justamente esa noche quiso ver a Cantinflas); él dijo que tenía clase a las nueve, hora muy rara, pero que el catedrático no disponía de otra, imposible hacerse la vaca.

El segundo obstáculo fue Matilde, de pie y en sus brazos, húmeda y besada hasta el cansancio por esa callejuela detrás del cine Metro, juntos y apretados contra una puerta. Sí, podían ir al hotelito de la Amargura, pero sólo por una media hora, otra noche sería mejor, así no gozarían. Sin soltarse, Matilde se encrespó, se le enredó en el cuerpo como una culebra, y jadeante empezó a decir sus obscenidades. Pero él no sólo resistió, pensando en su primera misión, sino se puso frío y neutro, con una extraña facilidad que se prometió emplear en otras ocasiones.

Al quedar libre, faltaban sólo cinco minutos para las nueve. Cruzó casi corriendo la plaza San Martín; en Belén, como era su costumbre, miró el oscuro patiecito de "La Tribuna", pensando en que el Apra se dejaba vencer fácilmente por la reacción en el Congreso, y con otra carrerita llegó al portón de brillantes adornos de bronce, en la acera derecha donde aún quedaban hermosas casonas de principios de siglo.

Le abrió un mozo de saco blanco y corbatita negra:

–¿Delegado, señor? –frunció el ceño, previendo una negativa.

–Sí.

El ceño del cholo se disolvió en ademanes amables, en torpes sonrisas. ¿No estaré bien vestido?, pensó. Me gustaría ver cómo recibe a los otros delegados, que siempre se visten peor que yo.

El zaguán se convertía insensiblemente en un corredor iluminado por esas bolas transparentes, colgadas de paredes tan limpias y bien pintadas como las de una sala; a la izquierda, un patio de juguete le enseñó bellas manchas de enredaderas que subían desde el piso de lajas barnizadas. Complacido, entró por la segunda puerta de la derecha: alfombras persas, enormes espejos de marcos dorados, ¿sillas Luis XIV o Luis XV?, no recordaba muy bien las ilustraciones de su texto de Historia del Arte para distinguirlas; luego, otro recibidor, un vano con cortinas verdioscuras, y al fondo de una segunda sala ya moderna, el doctor Escobedo, catedrático de Introducción a la Literatura Universal, sonriéndole con la mano extendida, para invitarlo a sentarse en unos confortables amarillentos, puestos sobre blanquísimas alfombras de alpaca.

–¡Hola, hola, Fuentes! ¡Siéntese junto a mí, no se vaya a otro sillón! ¡Eso es, famoso delegado! –Y una risa ronca, exagerada y satisfecha, y un golpecito amable y jovial en las rodillas–¿Qué se sirve? ¿Un pisco-sour o un whisky?

Iba a decir un pisco-sour pero dijo un whisky, algo que no tomaba casi nunca.

–¡Dos whiskies, Marcelo! –ordenó el dueño de casa al mozo–. Van a venir dos jóvenes más, estáte atento.

–Tiene usted una casa muy linda, doctor. Y perdón por llegar el primero.

–No digas tonterías. ¿Te gusta? –y otra risotada del mestizo y rechoncho, del huaco viviendo feliz en una jaula limpia y dora- da–. ¡Te la enseñaré al pasar al comedor! Me han dicho que te gusta leer; ya verás mi biblioteca. ¿Fumas, hijo? –y lo seguía tuteando, y le tendía una caja de plata llena de cigarrillos rubios.

–Sí, muchas gracias.

Jamás le había descubierto el gusto a los cigarrillos, pero encendió uno y miró los bellos marcos seudocoloniales incrustrados de espejitos y los cuadros de la escuela cusqueña, santos y vírgenes en medio de nubes de florecillas.

–Su whisky, señor. ¿Con agua o soda?

–Con agua –dijo, recordando un consejo de su padre.

–¡Eso es, así debe tomarse! –volvió a estallar de contento el doctor Escobedo–. ¡Y no con soda como los gringos! ¡Esos no saben comer ni tomar! Y el agua en jarra de barro ¿no es cierto, Marcelo? Así le he enseñado yo. Y no en esas jarritas de plata que aquí en Lima la gente se muere por enseñar. ¡Salud, Fuentes!

–Salud, doctor.

–Tus compañeros te quieren mucho ¿sabes? El otro día salí de clase y pregunté quién podía encargarse de revisar las copias a mimeógrafo del curso. Y todos dijeron Fuentes, Fuentes. ¡Y sobre todo chicas, bandido! ¡Ya me imagino las que tendrás!

No rehusó el segundo whisky, lo sostuvo disimulando que se sentía muy bien y que le interesaba mucho la explicación sobre los objetos de plata que se vendían en Lima; un amigo del doctor Escobedo tenía un pequeño taller, él había visto martillear los platones de sitio, oye, Marcelo, llamó, enséñale al joven uno de los platones que están sobre la mesa.

Cuando llegaron Raúl y Benites, ya él se sentía satisfecho de su resistencia al licor y por haber sido capaz de decir no en el momento en que le hubiera gustado beber más.

–¡Pasen, pasen, muchachos, aquí nos estamos riendo de lo lindo con este Fuentes; parece serio, pero tiene una chispa! ¡A ver, hijo, cuéntales ésa del león!

–Un joven tenía que pasar varias pruebas para convertirse en hombre –empezó él, poniendo, en efecto, cara muy seria, como debía ser–; así se acostumbra en todos los pueblos, todas las culturas –añadió de su propia cosecha, con voz precozmente doctoral– . Las pruebas eran tres: pelear contra un guerrero joven y fuerte, entrar en la jaula de un león y matarlo, y luego…– dudó, buscando suavizar la frase–, hacer el amor con una vieja.

–¡Tirársela! –gritó el doctor Escobedo, saltando como un resorte, la risa escandalosa, feliz– ¡Dilo bien claro! ¿Estamos entre amigos o no?

–¡Sí, sí! –corearon Raúl y Benites.

–Pues bien, pelea con el guerrero y vence, entra en la jaula, se la cierran, se oyen ruidos espantosos, hay un tremendo barullo, rugidos, gritos…

–¡Es fantástico! –se agitó de nuevo el profesor.

–…y el tipo sale con la ropa desgarrada, herido, pero da unos pasos y pregunta: ¿Y dónde está la vieja que hay que matar..?

Ahogándose, gritando, el catedrático trastabilló al chocar con una mesita. Raúl se rió una sola vez, en una explosión, derramando el whisky al sacudir las manos (el mozo se inclinó a limpiar la alfombra), y aun Benites se apoyó en la pared, respirando con trabajo.

–¡Buena, muy buena! –dijeron todos.

Cinco minutos después el programa del curso de Introducción a la Literatura Universal había sido desdoblado sobre la mesita, por entre los vasos y los saladitos, choros, queso y maní.

–Como les dije en la Facultad, yo no tengo inconveniente, lo arreglamos en un dos por tres, ahora mismo si quieren –propuso el doctor Escobedo–. Ustedes van leyendo punto por punto, y el tema que no les guste lo dejamos de estudiar. Por mí no hay inconveniente.

Benites empezó a leer el programa y dijo:

–Esto de literatura india me parece de más. Si el próximo año tendremos literatura peruana, ¿para qué otra vez la inca?

–Bueno, si a usted le parece que …–balbuceó el profesor.

–Literatura india no es inca –susurró Edgardo a Benites–. Es de la India, en el Asia.

–Ah, perdón –dijo Benites y tomó un largo trago.

–¿Qué dicen? ¿La suprimimos? –El doctor Escobedo esperaba la reacción de los demás–. ¿Usted qué dice, Fuentes? –se olvidó de tutearlo–. Usted es el primer delegado.

–No –dijo él–; se queda.

–Perfecto, se queda.

–Por mí se quedarían todos los puntos, así debiera ser –intervino Raúl–; pero el problema es el tiempo. La última huelga nos ha quitado casi dos meses y así no podemos estudiar hasta febrero o marzo. ¿No es cierto, doctor? ¿Le gustaría perder sus vacaciones?

–Claro que no. En eso estamos de acuerdo.

–Pues entonces debemos quitar varios temas.

–¿Y no podríamos quitar la persa? –preguntó Benites–. ¿Es tan importante, doctor? Digo para nosotros, muchachos peruanos…

–Tanto como importante en un curso de introducción, no me parece; tal vez sí en otro monográfico sobre literaturas antiguas y orientales.

–Entonces afuera –dijo Edgardo.

–¿La quitamos, Fuentes? Muy bien.

–¿Y no podemos pedir un curso monográfico, como usted dice, para los últimos años de la carrera? –intervino Raúl.

–De pedir, ustedes pueden.

–Ahí podrían ir muchas partes de este programa.

–Desde hace años quiero dictar un curso de ese tipo. Si ustedes mencionan mi nombre cuando sea oportuno…

–Entonces salen China y Japón –dijo Edgardo.

–¿Les parece, jóvenes?

–A mí sí –dijo Raúl.

–A mí también –dijo Benites.

–Afuera –sentenció el doctor Escobedo.

–¿Y por qué no nos quedamos únicamente con La Ilíada y La Odisea? –propuso de nuevo Edgardo–. ¿Acaso hay tiempo para más? Y sobre todo, ¿hay algún autor en este programa más importante que Homero?

Escobedo dudó, carraspeó, emitiendo ruidos ininteligibles.

–¿Y Dante dónde está? –casi gritó Benites–. Y tampoco veo a Shakespeare. ¿Quién ha hecho este programa tan malo?

–Dante se estudia en la literatura latina, jovencito –explicó el profesor–; y Shakespeare en la inglesa, una asignatura que, por desgracia, todavía no se dicta en nuestra Facultad.

–Con que así era la cosa…–murmuró Benites–; preguntando se llega a Roma y a Lima. ¿Y por qué, si falta la inglesa, no metemos a Shakespeare en la colada? ¡Claro, hermano! –dio un codazo a Edgardo–. Shakespeare es muy bueno ¿no? ¿Viste la de Cantinflas el otro día? Es un Romeo bestial. ¿Qué dices tú, cumpa? –buscó a Raúl.

–No sé, no me parece –dijo Edgardo–;es un autor muy reciente para nuestro curso, que se dedica a otras épocas.

–Listo, no entra –dijo Raúl.

–Señor, está servido –anunció el mozo.

–¡Adelante bersaglieri! –se levantó Escobedo.

 

 

Apenas entraron en el comedor, vio el perfil de las conchas sobre los platos de ribetes dorados. No había plato que le gustara más que ése. Raúl avanzó junto a él hacia la mesa sólo a medias iluminada, y finalmente supo por qué se le había acercado tanto; oyó el susurro, la incitación:

–Dile tú, hermano, a ti te oye, le has caído muy bien.

–Imposible, ya es demasiado. ¿Por qué no le pedimos de una vez que nos ponga veinte sin ir a clases?

–No se trata de nosotros, sino de todo el salón. Que nos dicte La Ilíada y La Odisea, de acuerdo; pero que nos tome examen sólo de uno de los dos.

–Imposible; si quieres, habla tú.

Sostuvo la mirada de Raúl como por vez primera: el bigote negro, pequeño y fino, los ojos oscuros, bellos como los de una mujer, y la boca fruncida y gruesa. He ahí al ex amante de Matilde, por quien seguía sintiendo una pizca de celos.

–Piénsalo bien, Gardo –dijo la voz amable de Raúl–. Si hablo yo y salen bien las cosas, tú quedas mal ante los alumnos. Eres tú el delegado del primer año, no yo.

Sonriendo con desdén, él de pronto dijo algo cierto, pero demasiado arriesgado para sí mismo.

–¿Sabes? A mí me da igual quedar bien o mal con ellos. ¿Acaso es importante ser delegado?

–Doctor, aquí Edgardo quiere decirle una cosa –le preparó el terreno Raúl, desoyendo su comentario.

En verdad, como delegado, quizá lo habían aburrido unas tareas domésticas, dignas de un ama de casa de salón, pero también gozó de horas de incomparable y maravillosa dicha, de absoluta felicidad. La tarde, por ejemplo, en que el flamante Rector derechista cumplió un paseíllo mortal entre llamaradas de fuego, entre puños que eran brasas ardientes, bocas que escupían un odio sagrado al tipo ése apoyado por la reacción. El hombrecito blanco y con curiosas chapetas fue elegido Rector, a pesar de que Edgardo, durante la asamblea general, había templado bien sus nervios, pidiendo la palabra y exhortando a más de cien delegados, entre profesores y alumnos, a que la votación fuera nominal, "para conocer de una vez a los culpables de la entronización de la derecha oligárquica en San Marcos". Ahí adentro, el hombrecito había sonreído a la hora del triunfo, pero hoy se veía lívido, temblando de miedo y llevado de los brazos por sus compinches, por entre el fiero callejón de alumnos que lo silbaban, escupían, casi lo golpeaban en esa atmósfera de fuego y justicia, mientras el tipo huía del patio de Derecho al Parque Universitario, donde lo esperaba aún otro callejón formado por muchachos indignados.

–No, Raúl –dijo él bien claro y fuerte, para todos en la mesa–. Si quieres decir algo, dilo. Yo terminé de arreglar el programa con el doctor.

–Lo que ustedes quieran.

–Por si acaso, no estoy de acuerdo con lo que dirá Raúl –dijo Edgardo, a sabiendas de que firmaba su sentencia para las próximas elecciones universitarias.

–¡Y yo tampoco estoy de acuerdo contigo en muchas cosas, carajo! –susurró Benites con voz casi imperceptible.

–¡Siéntate a la cabecera, Fuentes! –señaló su sitio en la mesa el doctor Escobedo–. Tú frente a mí. ¿Quiénes dicen que soy un tipo hosco, que me opongo al cogobierno? ¡Si nos llevamos tan bien! ¿No es cierto?

Y cuando llegaron las nuevas elecciones, creyó haber previsto el final, aceptar la escasa votación que borraba su enorme éxito del año anterior, pero empezó el escrutinio y su cuerpo se encogió, frío y adolorido, rechazando la verdad y también la frase dicha a Raúl: A mí me da lo mismo. ¿Acaso es importante ser delegado? Tres alumnos vigilaban el ánfora de donde se extraían los votos; otro marcaba palotes en el pizarrón, frente al nombre de cada candidato, y la masa de estudiantes hervía y esperaba en el salón totalmente lleno de ojos y gritos. El último año su nombre había estado siempre en el primer lugar; ahora rozaba el tercero y quizá pasaría al cuarto. ¿No le había complacido ser popular, entonces? ¿Qué le había disgustado: la presión inútil de sus compañeros, la manía de buscarlo mañana, tarde y aun de noche para resolver problemas pequeñitos, esos gritos irrespetuosos de "Fuentes, Fuentes", cada vez que el catedrático daba cualquier encargo, las carreritas de las muchachas para preguntarle el horario y pedirle eternamente la postergación de exámenes, la tarea de cambiar de salones a cada rato por el desorden de la Secretaría, el organizar los paseos a Chosica o Pachacámac, cansarse de pedir las cuotas y pagar finalmente de su bolsillo el pasaje de los demás?

–¡Pero qué susto se llevaron! –dijo él.

Al día siguiente ya no era delegado, aunque, fiel a su costumbre, entró muy temprano en el salón y se cruzó con el doctor Escobedo, que otras veces lo saludaba haciéndole una venia. Esta vez apenas le respondió enarcando las cejas. Él casi suelta la risa.

–Eso y algo más, si puedo –había prometido Escobedo a Benites, aquella noche en la comida, cuando el delegado Edgardo Fuentes aún ejercía su cargo–. Solamente les tomaré examen de La Ilíada, no faltaba más. Arreglado, muchacho. Y ahora sírvete las conchas.


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