Los Aprendices


   

11

¿Vio la trasmisión de mando presidencial, la ceremonia tanto tiempo esperada que llevó a miles al centro y atestó el jirón Junín y la plaza Inquisición? ¿O vio únicamente a Matilde, a Matilde, a Matilde? La entusiasmada muchedumbre de apristas y comunistas, no obstante haberse congregado desde el mediodía, aplaudía aún el paso de sus líderes vueltos del destierro; pero él, absorto ante aquel estallido en una ciudad habitualmente apática, sólo a veces sintió el viento en la garganta, los brazos agitados por la fiebre y los aplausos a Bustamante, y la indignación de ver a Prado, todavía vivo, elegante y atildado, sonriendo ante los insultos.

Y antes de la ceremonia, estuvo demasiado ocupado en perseguir a Matilde y a Raúl Mendoza, envidiablemente juntos, cogidos de la mano, corriendo desde el Parque Universitario para llegar a tiempo al Congreso. Y también ocupado en librarse de Benites.

–¡Chau, viejo, tengo que hacer! ¿Por qué diablos me sigues? ¡Voy a San Martín!

–¿A San Martín y subes por Azángaro? –gangueó Benites, incrédulo, perdido, sin saber qué hacer con su tarde de feriado.

–¿Y si me da la gana?

¿Qué le importaba si elegía ese camino? ¿No ve? ¡Ya le había hecho perder de vista a la pareja que torció por el jirón Cuzco! Pero no podía correr abiertamente, debía disimular un poco.

–¿Adónde vamos? –insistió Benites, jadeando a sus espaldas–. ¿Qué hacemos hueveando como indios en la capital? ¿Por qué más mejor no entramos en un cine, hom? ¡Anda, invítame!

–Yo me voy a otra parte –dijo claramente–. Y luego dices que te interesa la política; ni sabes qué día es hoy.

–¡Qué política ni niño muerto! ¡Yo vine a Lima a estudiar!

Después Benites lo negaría, pero eso dijo en voz alta. Poco a poco Edgardo se animó con el ritmo de la marcha, con las encendidas voces de los altoparlantes; sí, en efecto, parecía una fiesta y entrar en el gentío fue como hundirse en un mar tibio y luminoso. Se deslizó entre los manifestantes como una lámina, una tabla, un cuchillo que entra por todas partes, y muy pronto estuvo en un claro despejado por la policía sin un solo carro de por medio, sin el antiguo temor a los guardias que hoy parecían amigos, y vio a Raúl y Matilde sumergirse felices en otra muchedumbre, muy cerca de la Inquisición. Apretó el paso y quedó a espaldas de ellos, temblando, recordando sus miedos de niño. Menos mal, el traje de Matilde no era el de una invitada a la trasmisión, seguía siendo el de una estudiante con una chompita sobre los hombros, blusa blanca alzada por dos hermosos bultos y falda oscura ciñendo en vano sus magníficas nalgas, insolentes y redondas, divididas por una profunda grieta que lo mareaba. Y ahora Matilde volvió su rostro apenas moreno, su gran mirada de sombras, y señaló ante Raúl la guardia de asalto, la hilera de lujosos automóviles que se detenían en la puerta del Congreso y dejaban a personajes vestidos de frac, y a mujeres ricas y elegantes.

–¡Raúl! –llamó él sin poder más.

–¡Víctor Raúl! ¡Víctor Raúl! –le respondió a coro una parte del gentío, suponiendo que vivaba al Jefe del Apra. Su amigo se volvió, se detuvo a medias, pero él le ganó el paso a un coche y por poco empuja a la pareja:

–¡Hola, hermanón!

–¿Qué haces tú por acá? –se sorprendió Mendoza, y muy justamente, pues hasta entonces Edgardo no había mostrado tampoco ningún interés cívico–. ¿Qué te cuentas? Oye, Mati, conoces a Gardo ¿no?

– Sí –dijo él, mintiendo en su turbación.
– Será de vista –dijo ella, frunciendo el ceño, cortada su alegría.
– Eso quise decir. Buenas tardes, señorita.
– Mucho gusto.
– Mucho gusto.

¿Cuántas veces la había visto cruzar felina y espléndidamente por los patios de San Marcos, la Reina del Cachimbo de ese año, mimada y engreída por todos? Se decía que desarmaba a los donjuanes, replicándoles con los mismos piropos que le lanzaban, y que una vez, cuando un alumno aprovechó un pasillo desierto para acariciarla rudamente, ella a su vez lo acarició donde menos lo esperaba, para después golpearlo en ese mismo sitio, y finalmente burlarse, diciéndole ¡Ven, toma!, cuando ya el muchacho no podía caminar. Mañana, tarde y aun de noche la había observado oyendo en silencio las clases, gritando de dicha con sus amigas, en los ratos libres, dando la mano señorialmente como ahora (¡siempre a los demás, pero al fin hoy también a él, a él!), fijos y atentos sus ojos negros, quietas su cabeza y la eléctrica cola de caballo, inclusive poniéndose no sólo seria sino triste, pero iluminando el patio de Ciencias, el día nublado, el corazón de cualquier hombre que tuviera la suerte de mirarla.

Se saludaron y un instante después siguieron su camino.. Edgardo volvió a la carga:

– ¿Adónde van, eh?
– ¿Adónde vas tú? –preguntó a su vez Raúl.
– ¿Van a entrar?
– Lo veo bien difícil. ¿Y tú?

Ya te pusiste celoso, pensó él.

– ¡No corras tanto, hom! ¿Qué te pasa? –volvió a alcanzarlo Benites.
– ¡Déjame tranquilo! –susurró él.
– Vamos a tratar de entrar –dijo Raúl.
–¿O sea que no tienen invitación? –se alegró Edgardo, y ahora se interpuso entre ellos, comentando la manifestación, está buena ¿no?, ¿cuánta gente calculan?, esperando una reacción favorable, aunque lo avergozara el entrometerse.

Una avalancha agitó el gentío y los empujó desde atrás, lanzándolos primero contra la puerta principal del Congreso, que franquearon como si fueran invitados, y luego adentro y a la izquierda, hacia las galerías para el público. Raúl avanzaba incómodamente, la mano y una tarjeta en alto, seguido por Matilde, que bromeaba casi a gritos (¡cómo cambiaba de un instante a otro!), y él cerrando la marcha, dispuesto a no despegárseles.

–¡Esto no es pase! –dijo a Raúl el primer soldado que los detuvo –. ¡No puedes, joven!

–¡Me invitó el diputado Fernández, la tarjeta es suya! –replicó su amigo–. ¿Dónde está el capitán? ¿Quién es el jefe?

Giraban en un remolino entre la multitud que mostraba pases, o lindas y gruesas tarjetas con el escudo dorado.

– ¡No puedes, jovenceto! –repitió el soldado–. ¡Si queres, prigóntale al tenente!
– ¿Y dónde está el teniente?

–¿Qué hay? –dijo una voz autoritaria, empezando la discusión de antemano perdida para ellos, que ya era un fracaso, cuando un joven elegante se metió en el remolino y abrazó a Raúl, preguntándole qué sucedía. Sí, como no, el recién llegado tenía un pase extra, pero solamente uno; si lo quería, estaba a su disposición.

– ¿Qué hacemos, Mati? –dudó Raúl.
– Pues entra tú –sonrió ella–. Te gustará más que a mí. Prefiero ver la manifestación desde la calle.

– ¿De veras, mi amor?
– De veras. Anda tranquilo.

–No te preocupes, yo la acompañaré –se atrevió Edgardo, inseguro de la reacción de Matilde, que de pronto se volvió indiferente, ajena a todo. Estaban aplastados por los continuos empujones y tan cerca uno del otro como si se abrazaran.

–¿No ves? –alzó ella las manos, torciendo los ojos como un payaso–. ¡Hasta me conseguí una escolta! ¡Vete no más, nos haces el ocho!

Cuando desapareció Raúl, Edgardo se abrió paso trabajosamente y Matilde aprovechó el hueco que dejaba para avanzar. Entonces oyó la música, el estallido de la banda, la marcha de banderas, y se sintió feliz, vivando de un momento a otro al nuevo Presidente.

–¡Corre! –gritó por fin a Matilde, bajando la escalinata casi en el aire, sin ver los peldaños, llevado en andas por quienes ya no cabían en la galería y ahora salían buscando un sitio para presenciar el desfile. Inmóviles, guardias y soldados oían la marcha de banderas, mientras los civiles aprovechaban esa falta de vigilancia ubicándose mejor, cruzando las calles, llamándose a señas, silbidos y voces. El la tomó de una mano y corrieron a derecha e izquierda, chocaron contra un joven gigantón que los dejó trastabillando y al final rieron y jadearon en un espacio ralo del centro de la plazuela, ahora que todos se apiñaban hacia el jirón Junín, por donde pasaba (flotaba por el aire) una cabeza medio calva y canosa, agitando el lujoso tarro, detrás de las impetuosas cabezas de caballos que tiraban una carroza para ellos invisible.

–¿Cómo? –se sacudió Matilde; en un segundo desapareció su sonrisa, la piel algo morena, como a medio tostar, preparó el cambio de color, recibió y difundió la cólera, entristeciendo a Edgardo–. ¿Viene ése también? ¡Ah, yo no lo aguanto! ¡No es posible! –y se lanzó por el lado compacto de la muchedumbre. Parece una fiera, pensó él, muy bien puede pelear contra un hombre.

–Así es la costumbre ¿no lo sabías? –gritó, siguiéndola–. El que sale debe entregar la banda presidencial al que entra. Es la tradición; yo he visto fotos de Benavides y de este mismo Prado, los dos juntos, la vez que...

–¡Muera el traidor! –estalló Matilde, haciendo temblar a Edgardo (creyó que la policía vendría a golpearlos con sus bastones de cuero); pero en cuanto ella repitió la frase, coreada ya por un pequeño grupo, la vio otra vez feliz y dichosa, preguntándole como una niña curiosa–. Oye, dime, tú estás en Letras ¿no?

– Sí.
– Estás en primer año.
– Así es.
– Y vives por la Grau, junto al hospital Dos de Mayo.
– ¿Y cómo dijiste que no me conocías? –sonrio él.
– Nadie nos había presentado ¿no? Una amiga mía es tu vecina.
– Qué bien.
– Pero, estando en Letras, te paseas siempre por el patio de Ciencias. ¿Por qué, eh?
– Por verte.

Matilde lo miró fijamente, haciendo fuerza en los ojos, una lucha de miradas, pero también una entrada en esa casa que era ella, esa región por fin descubierta, esa luz que lo levantaba del suelo.

– Para mentir y comer pescado...
– Nada de eludir respuestas –dijo él–. Al pan, pan, y al vino...

–Oye, dime, ¿y por qué estudias Letras, eh? –y se detuvo graciosamente, con una mano en el codo y la otra, abiertos los dedos, tocándose la mejilla y la sien, ayudándose a pensar mejor. Edgardo la amó aún más por ese gesto. No es su culpa odiar las Letras, aquí todo el mundo piensa igual, pensó.

–¿Y por qué tú, Farmacia? –dijo, risueño, jugando, alegre al cabo de tiempos–. Si fueras maestra de historia o de psicología, ningún alumno dejaría de aprender contigo. Todo me imagino menos a ti con mandil blanco y preparando recetas.

–No seas desgraciado –dijo ella, pero la frase fue un cumplido por la sonrisa y el leve pellizco en el brazo de Edgardo–. No te burles de la necesidad que tiene el país de profesionales de mando medio. Me gusta eso de mando medio. ¿O seré yo de mando tercio o cuarto?

– O doble, por lo hermosa que eres...–y otra vez la mirada, el temblor, el silencio, el mareo.
– ¿Yo, hermosa? Necesitas anteojos.
– Aquí los traigo –replicó, extrayéndolos del saco (todavía no se acostumbraba a usarlos), pero ya Matilde y él subían y flotaban en la cresta de una ola de manifestantes, y la ola buscaba devolverlos en dirección a la puerta principal, aunque dudaba y se iba a izquierda o derecha, meciéndolos, mientras surgía la primera gran silbatina en toda la plazuela.

– ¡Así me gusta! ¡Mis congéneres no deben olvidar a ciertos hijos de traidores! –aplaudió ella–. ¿Y a ti?

– ¡Claro, claro!

La tenía como abrazada por segunda vez, protegiéndola de los empujones, una dicha que era también una tortura, olerla sin besarla, callarse que la amaba; y no sabía qué mirar más, si la sombra de sus ojos, el cuerpo sin vientre, delgado pero de algún modo bestial, o la ropa barata y descuidada (la blusa había perdido un botón, la chompita mostraba un agujero en la manga) que lo unía perfectamente a ella: ninguno de los dos era pudiente.

–¡Qué no entre Prado! ¡Afuera ése! –volvió a gritar Matilde, aunque esta vez nadie, ni siquiera él, la imitó. ¿Era por creer que la trasmisión de mando debía cumplirse de todos modos para facilitar el cambio, o volvía su temor a guardias y soldados? ¿Y ese miedo no brotaría de su pobreza, de la convicción de que, aparte de su madre, nadie lo ayudaría en toda la ciudad si caía preso, y que ella, a fin de cuentas, sólo podía protegerlo con su amor y sus lágrimas?

–No hay que ser vengativa, señorita –dijo un manifestante vecino–. Yo soy aprista y lo perdono. Que se vaya tranquilo el pobre diablo. Hay que estar felices con la vuelta de nuestro gran partido.

–Y también con Bustamante, compadre –dijo otro–; no se olviden de los que hemos votado por él.

–Pues yo soy más o menos comunista –se les encaró Matilde–. No, no se rían –detuvo la burla, tranquila, y con voz firme, la mano en alto–. Trato de ser comunista, pero volverme del todo es algo tan formidable que quizá nunca lo consiga. Yo me entiendo, quizá lo explique mal. Creo que hay que juzgar y castigar a ese tipo, como escarmiento. Hasta en la colonia había juicios de residencia y se juzgaba a los virreyes. Aquí los presidentes hacen lo que quieren.

–¿Juzgarlo para qué? –surgió una mujer gruesa, pobre y desdentada–. ¡Que se vaya con todo lo que ha robado! ¡Que no vuelva nunca más!

–Es un gran error, señora, los buenos siempre pierden en política, ya es tiempo de despertar... –gritó Matilde, buscando más oyentes, cuando una avalancha más fuerte que las otras la llevó por la esquina izquierda del Congreso y aun la metió por una calleja donde Edgardo la halló riendo, sofocada, tratando de encender un cigarrillo. Desde ahí sólo veían la doble hilera de ventanas cerradas del edificio, ninguna puerta por ese lado, y en vez de partidarios, los puñados de curiosos que dejaban libre el centro de la calzada. Por las radios de algunos cafetines oyeron que adentro la ceremonia había empezado y que por la mañana las dos Cámaras ya habían dictado la amnistía general.

–¡Bravo! ¡Bravo! –saltó Edgardo, pensando en lo felices que iban a sentirse Rosales, el viejo Velásquez y tantos presos en Sihuas y Huaraz, además de los muchos indios cuyos nombres jamás había sabido–. ¡Hurra! –y casi bailó, seguido por Matilde, para luego chocar en el aire con Benites y juntar sus manos y animar una ronda a la que se plegaron otros jóvenes, oyendo de vez en cuando la radio, sólo por un segundo, para después aplaudir y gritar de nuevo como el enorme gentío de la plazuella: "¡Libertad! ¡Libertad!"

–¡Oh, qué bestial! –jadeó ella, tocándose el pecho–. ¡Ya no puedo más! ¡Hay que celebrar este día!

–Flaco, te presento a una amiga –dijo él, sin rechazar ya a Benites–. Si quieres, Matilde, tomamos una cerveza. ¿No te importa..? –señaló una fonda sucia y ruidosa al frente.

–En peores sitios me he tomado un trago –rió ella, frotándose las manos, haciendo lo que ninguna muchacha de San Marcos haría ante una proposición semejante.

Entraron en el vocerío de otra radio y de hambrientos comensales, en el humo y olor a frituras. Hombres, mujeres y niños comían o bebían apiñados en largas bancas, casi espalda contra espalda. Los mozos corrían, sudaban y servían por encima de las cabezas.

–Tres Cristales –pidió Edgardo en el mostrador. Como pocas veces, había guardado el dinero de sus propinas y hasta podía invitarles al cine y después al chifa, si ellos querían.

–Que sean dos –dijo Matilde–; para mí un pisco puro.

Además de pobre, es a veces ruda, tiene gustos de hombre y no es virgen, oh qué felicidad, pensó, sintiéndose junto a un tesoro que no debía perder. Benites la miraba sorprendido y demudado.

– No me gusta la leche –añadió ella, haciendo reír al dueño de la fonda.
– Ahí atrás se desocupa una banca –dijo éste, orgulloso de servirla–. Pase, señorita.

Mientras llegaban difícilmente a la banca, la radio dijo que esa misma tarde saldrían libres del Panóptico los presos políticos, en cuanto el nuevo Presidente firmara la ley de amnistía; y nombró uno a uno a los nuevos parlamentarios, que sólo habían vuelto del exilio dos o tres meses antes: nombres clandestinos y proscritos que ahora recibían estruendosos aplausos del Congreso, de los manifestantes y curiosos, de los comensales de la fonda. Hasta los niños parecían entender de política.

–¡Salud! –gritó él.

Cuando Matilde bebió de golpe media copa, Edgardo y Benites todavía probaban la cerveza.

–¿Tienen un cigarro, muchachos? Se acabaron los míos –pidió Matilde.

–Flaco, ve al mostrador a comprar –dijo él, dándole un billete, pero también le susurró de paso: Te quedas con el vuelto y te vas; hazme la buena.

–¿Cómo? –Benites abrió estúpidamente los ojos.

Ella había oído, se había dado perfecta cuenta, pero disimuló muy bien y como por casualidad, bajando la cabeza después de consumir el pisco, le recogió la mirada y ambos se quedaron colgados en el aire, a cada extremo de una línea que salía de sus entrañas y que él mantuvo firme, larga, tensa.

–Verte no más es una felicidad –dijo Edgardo–. Cómo será el ser querido por ti. Envidio a Raúl, palabra.

Esta vez ella pareció no oir absolutamente nada y se volvió a gozar con el espectáculo de las voces, del hambre y la sed, pero luego gritó hacia el mostrador, restallando sus dedos:

–¡Oiga, amigo! ¡Me da otro sobre la marcha!

Al ordenar un sandwich para disminuir el efecto de la cerveza, y ver que Matilde bebía su tercera copa y seguía fumando, sin importarle que los clientes la miraran de reojo, él entendió que eran muy distintos, pero que, de todos modos, debía cuidarla. Estuvo pendiente del pretexto, del momento oportuno, de la ocasión que debe tomarse al vuelo, al abordaje, y surgió el estallido en la Inquisición, en la calle y la fonda, cuando el nuevo Presidente se ceñía la banda, y entonces saltó a ponerse a su lado, la abrazó feliz, gritando, aunque se demudó apenas ella, con gran maestría, le tomó la cara con ambas manos, se la torció y lo besó húmeda y ebriamente en la boca. ¿Tan pronto y ya lo quería? ¿Podían considerarse enamorados? ¿O únicamente era efecto del pisco?

–¡Ven, vamos afuera! ¡Ya me cansé de esta porquería! –mandó ella con voz que no admitía discusión.

–Chau, Benites –fue lo único que acertó a decir.

Desde ese momento se sintió mareado, no tanto por la cerveza, como por sus sentidos despiertos y excitados, que soñaban con otras caricias, pero sin dar con las frases y ademanes adecuados. Ella, en cambio, fresca y segura de sí, le ordenaba con leves empujones doblar aquí y allá, y sentía quizá que ya lo tenía del cuello. Tuerce ahí, vamos a ver a Bustamante cuando salga, no te amarres la lengua con una sola cerveza, ¿cuántos años me dijiste que tenías? Si quieres, buscamos a Raúl, a mí me da igual; y otra cosa, no vaya a vernos tu rubia. ¿Crees que no conozco a tu Lucha? Es muy bonita y elegante. ¿Por qué buscas a otra chica y no te conformas con ella? ¿Y por qué Lucha va a San Marcos si es de familia rica? ¡Debería estar en La Católica! Mientras hablaba Bustamante, estuvo tratando de desobedecerla, de alejarla de la puerta del Congreso por donde saldría Raúl, de irse juntos a la plaza de armas para ver el otro gentío frente a Palacio. No, ella se había puesto terca, los ojos le brillaban, buscaba algo sin saber qué, componiéndose a cada rato el pelo, pasándose la mano por senos y caderas, en una exhibición abierta e inútil.

– Ya no me gustas; eres un mandoncito cualquiera –dijo ella tras un silencio.
– ¿Mandón yo..? –casi abrió la boca
– Déjame sola ¿quieres? ¡Anda, vete!

Fue imposible soportar su gesto de fastidio y desdén.

– ¡Por mí, encantado! ¡Pero le dije a Raúl que te acompañaría!
–¡Qué Raúl ni niño muerto! ¡Yo vivo siempre sola! –y le dio las espaldas, que esta vez no vio hermosas como antes.

–¡Qué tal malcriada! –estalló, marchándose también, decepcionado y colérico, por en medio de los aplausos intermitentes de la entusiasta muchedumbre, que oía la voz neutra y doctoral de una esperanza, del nuevo Jefe del Estado.

¡Es el colmo! ¡El colmo!, se dice a las seis de la tarde, en la esquina de Amargura y Quilca, viendo cerrarse al fin los portones de la casona neocolonial. ¡El colmo que un ex Presidente sea llevado en hombros por unos cuatro o cinco zambos, alquilados y borrachos, y que nadie lo siga y aplauda, y que todavía el viejo vaya feliz, agradeciendo tarro en mano los supuestos vítores de una invisible manifestación! ¡Absurdo, falso, o tal vez genial, formidable! ¡Una estampa de la hipocresía limeña! Sabe que va pasar de la cólera a la risa; se deja llevar por su piel, al fin despierta y móvil, está empezando a reír ¿no ve?, y finalmente sopla un poquito y se ríe solo, pero no mucho, porque está en plena calle y no quiere parecer un chiflado.

Y bien, todo ha concluido en el centro de la ciudad: la espléndida tarde del Congreso, el pequeño pero eufórico griterío en la plaza de armas, el júbilo y las lágrimas en la puerta de la Penitenciaría, al salir los primeros presos. Ahora empieza el retorno de grupos, familias y hombres solitarios a sus casas, comentando este 28 de julio cuando ya oscurece, cuando todos sienten hambre y fatiga.

Y sobre todo sed. La tienda de la esquina, una mezcla de bodega, cafetín y restaurante, se abre hacia ambas calles. Ni hablar se ha dicho. Una coca-cola y después buscará su ómnibus; pero primero entrará en el baño.

Entra, tuerce a la derecha, a mitad del pasadizo pregunta al mozo, lee Caballeros encima de la puerta, y al salir rehace el mismo camino y va al mostrador, mirando al dueño en mangas de camisa, sin duda un italiano o español.

Espera de pie la coca-cola y al momento de pagar se vuelve a la izquierda y lo ve, sentado en una mesita, a un paso de la puerta de Amargura, solo, bebiendo la cerveza a grandes tragos, como si fuera un refresco, y le oye suspirar fuertemente y golpear el vaso en la mesita. El innegable ademán de otro fatigado.

Se acerca arrastrando la primera silla que ve; sentarse será una dicha.

–¿Qué hay, Raúl? –dice en voz baja y tranquila, sin envidia. ¿O sea que Matilde lo dejó solo también a él?

El otro levanta la cabeza, sigue muy bien vestido pero tiene el cabello despeinado. Al mismo tiempo sonríe, esconde algo y se alisa el pelo con ambas manos.

–¿Tú por aquí? ¿Otra vez? ¿No me digas que viniste al mismo hotel?

Es una pregunta de buena fe, rápida y natural; debe responder, pero ya está pensando ¿cuál hotel?, ¿y a esta hora?, ¿quiere decir que..?

– Oh, no. Vine a ver la despedida del monstruo.
– ¿Cómo?

Raúl está en la luna, su proyecto de bigote se alza un poco para quedarse horizontal y quieto, su cara porosa y brillante se ha sorprendido, pero sigue sonriendo, es un joven vivaz y rechoncho.

– Al tipo lo cargaron en hombros hasta su casa. Imagínate qué vergüenza para el país.
– Eso qué importa. Ya dimos el primer paso, ya él no gobierna.
– Pensé que iría más gente al Congreso.

–No había necesidad, después de tantas manifestaciones en los últimos días. Y además, lo transmitieron todo por radio. Lo lindo estuvo en el Estadio, cuando lanzamos a Bustamante.

–¿Y el 20 de mayo no? –dice, esgrimiendo argumentos de la calle, no suyos.

–Lo del 20 de mayo lo hicieron los narcisos del Apra, para mirarse en el espejo de su pueblo. Lo importante fue formar el Frente Democrático.

–Y también influyó la guerra mundial que acaba de terminar –dice él, usando esta vez la opinión de un diario, tampoco suya.

–¡Ah, pero por supuesto! ¡Sin la victoria de los aliados no entra Pepe Lucho!

–Quizá ... –suspira y deja su vaso vacío, aunque todavía manchado por la coca-cola helada– ¡Extraños beneficios de una guerra inmunda y criminal! Cuando pienso en los muertos... –y su voz se corta, no finge, ojalá pudiera fingir.

La cabeza de Raúl es una sombra ante sus ojos inclinados; borrosamente ve que se acerca:

–¿Otra vez tus muertos, como los de Sihuas, como Llanelas en Guadalupe..?

Levanta los ojos, va a reaccionar con un insulto o un grito, pero la mano de Raúl sobre su brazo tiene una presión amable y cordial.

–Cuando yo me siento así –dice Raúl, recuperando su aire egoísta y suficiente, fumando satisfecho después de haber bebido–, me acuesto con una hembra y se acabaron los problemas... –Y lo mira entre burlón y curioso, como podría mirar una prostituta a una virgen–. Anda al Veinte esta noche y verás. Menos mal que yo tengo hembra propia y no siento necesidad de ir ahí. A propósito, ya me tiré reciencito a Matilde; ella todavía está arriba en el hotel, quizá durmiendo en la cama, o quizá vistiéndose.

Entonces ya no puede más, es la envidia, claro que sí, la mala suerte de tener únicamente a Lucha la seria, Lucha la virgen, pulcra y remilgada; pero también es el honor de algún modo herido, la necesidad de enseñarle modelos de caballero para que no difame a mujeres como Matilde, digna de todo respeto y aun de gratitud por hacer completamente felices a los hombres, en una ciudad llena de vírgenes idiotas. Se pone en pie, casi le grita ¿Y a mi qué me cuentas tus cosas? (pero lo dice en voz baja y turbada), y sale ridículamente, como si fuera el marido engañado, por la puerta de Amargura, oyendo el absurdo comentario de Raúl: Pero ¿cómo, te vas? ¡Si te sentaste a conversar conmigo!

Por supuesto que se irá a su casa, adonde pueda olvidar el mal rato, quizá llevar a su madre al cine, ocuparse de ella alguna vez. Aguarda el paso de los automóviles, pero ya no ve ninguno y sigue dudando, a lo mejor sí, tal vez no, la calzada está vacía y él, en vez de cruzar, se vuelve porque ya no puede más y debe descubrir el sitio, el nombre del hotelucho, el letrero inmundo y la puerta con la bocaza negra y abierta sobre una escalinata de madera. Así son las cosas, hay que disimular anudando los cordones de los zapatos, mientras el corazón le bate hasta en las piernas. ¡Oh, tú, perra infiel! ¿Y quién eres tú para increparme? ¿Mi novio o mi marido? No debe hacerlo, pero atisba hacia los altos; no debe subir, pero sube cada vez más. ¿Qué hará si es una broma de Raúl, si éste lo descubre y Matilde no aparece por ningún lado?

¿No ve? La broma empieza en el rellano, la china encargada del hotel lo estaba observando desde hacía rato, sentada detrás de un viejo mostrador que cierra y mata las escaleras. Lo mira sorprendida y luego parece examinar el tubo hueco y vacio del tramo que él ya remontó. ¿El jovencito viene solo?

Entonces la china se levanta:

–¿Un cualto? ¿Pa uno o pa dos?

La pregunta lo hace girar y lo empuja a la calle, rápido, no te vaya a ver nadie, mejor te vas al Huatica, es menos complicado, rápido, y que no te vea Raúl desde el restaurante.

Pero no, debe dominarse y bajar uno a uno los peldaños, como un cliente normal. Lo estás haciendo bien, eso es, y de pronto surge un bulto a sus espaldas, tal vez la china o un perro silencioso que lo ataca, y en la confusión de si se volverá por la izquierda o derecha para darle paso, choca con la sombra y ambos, por efecto del golpe, se rechazan hacia las paredes, mirándose de frente. Casi da un grito de felicidad. Pero Matilde deja de sorprenderse en un segundo y lo desafía con las uñas listas y el entrecejo arrugado y ofendido.

– ¿Qué haces aquí? –de nuevo lo hace temblar su odio–. ¿Viniste siguiéndome?
– ¡De ninguna manera! Pasaba y... –detiene la mentira.
– ¿Quién te dijo que estaba acá? –la pregunta es otra bofetada, un ladrido.
– ¡Nadie, te lo juro!
– ¡Ya sé! ¡Viste salir a Raúl y te picó la curiosidad!

–Nada de eso. Vine con... –y halla la solución– con una chica que no conoces. Estoy saliendo yo también.

–¡A mí con ésas! –ella lo toma de una solapa, le complica la posibilidad de una fácil despedida. Edgardo quiere huir o dispararle un puñetazo, pero lo cohibe la presencia de la china arriba en el mostrador–. ¡Pues bien, mírame! –la muchacha, oh no, la mujer indignada le ofrece su rostro sombreado por el tubo de las escaleras, su espléndida boca enemiga, su pelo largo, suelto y violento–. ¿Nunca has visto a una mujer normal, no a una puta, después de acostarse con un hombre? ¡Pues bien, mírame! ¿Ya estás contento? ¡Y ahora, fuera de aquí!

Entonces, cosa curiosa, la furia de Matilde lo satura por completo, ahora lo divierte y aumentan sus deseos de cortejarla, así sea sin esperanzas:

– No me trates así; tú sabes que yo te quiero.
– ¡Te quiero, te quiero! ¡Estoy harta de esas mentiras!

–No es culpa mía, si no eres feliz con Raúl.

Por fin, los cabellos de Matilde detienen su vaivén, su boca dibuja graciosas muecas, buscando las palabras:

– ¿Y cómo lo sabes tú, mocoso?
– No soy mocoso, somos de la misma edad.
– ¿Y tu rubiecita..? –falta poco para que sonría, aunque sea suponiendo que se burle de él.
– ¡La dejo mañana mismo, si me aceptas!

De un momento a otro, la decisión es cierta, auténtica. ¡La dejará mañana mismo!

–¿Con que mañana mismo, eh..? –y finalmente la voz se apaga, los ojos brillan apacibles, pero todavía los labios luchan contra la calma; el rostro fragante y tibio (el aire es cálido en torno) está una vez más junto al suyo: Edgardo es feliz y desgraciado como jamás antes en su vida–. ¿Y si yo no te quiero? ¿Has pensado en eso? ¿Si a mí no me gustas nadita?

Ahora sólo queda la desdicha, nunca ya la felicidad.

–Si es así, perdóname. Me voy, no tienes por qué gritar ni insultarme. Chau, buenas noches...

Se marcha, no ve a Raúl, menos mal; sigue por Quilca hacia los grandes avisos luminosos de la plaza San Martín. Cuando se vuelve, Matilde viene por su mismo camino. Debe detenerse, pero no lo hace, contrariando a su corazón, a sus manos vacías.

–¡Edgardo! –grita la voz firme, todavía nueva para él.

Sólo así se pára y vuelve:

– Con una condición –dice, la mano en alto–; habla, pero no me grites.
– Para ti el hombre siempre manda ¿no?

–Así es.

–Somos como dos casados –sonríe de pronto Matilde–; yo con Raúl y tú con la rubiecita.

Quiere imitar su sonrisa, desviar la ironía, negar lo que es cierto, pero sigue esperando alguna buena señal en medio de los ruidos de la calle.

–Al menos podrías acompañarme a casa ¿no? Ya es tarde –agrega ella, amable por fin.

–¡Yo vivo siempre solo..! –remeda él de súbito la frase dicha por Matilde en la Inquisición–. ¡Y ahora, fuera de aquí! –se atreve, también, y ambos ríen finalmente como después de un siglo.

En el patio de la cárcel, Rosales había oído el soplo, el rumor. Por la tarde su corazón volvió a achicarse, temeroso y anhelante, colgado del vacío, en cuanto Esdras se lo dijo por la ventanilla de la celda:

–¡Diz que los apros van ganando! –y el cholo saltó sobre el nudoso palo que era su bastón: hasta su pie izquierdo, encogido y flaco, pareció feliz.

–¡Los apristas, zonzo! –dijo Rosales, recibiéndole la portavianda que le traía–. ¿Es cierto? ¿Y cómo lo sabes?

– Don Vilásquez ha decíu.
– ¿Y si ganan y no los dejan subir?
– Diz que viene la tribulación.
– ¡La revolución, muchacho!

Era viernes y hacía dos meses que le habían suprimido los permisos de fin de semana, aunque seguía pagando cumplidamente doscientos soles por el favor. Ya no podía vigilar sus negocios, ni el grifo de gasolina junto a las enormes piedras dejadas por el aluvión del 41, ni el pintoresco restaurante que dominaba un recodo del camino, a la salida de Huaraz. ¡Y dos meses sin sentarse en el Palais, desde donde veía girar lentamente la ciudad fría, pero viva!

El tamaño de ese sábado y domingo fue una tortura; no acababa nunca. A ratos se sentía milagrosamente libre, gozando del sol de julio, o devuelto a su celda, condenado para siempre, viejo y cansado. El lunes por la mañana no quiso abrir los ojos, colgándose en vano del sueño, aovillado sobre el colchoncito de juguete desde donde olía su propia mugre y esperaba la libertad. ¡Pero nada!

Ya ni siquiera lo sacaban al sol como antes. Esdras, su antiguo ayudante, hoy mandadero del presidio, entraba cojeando a venderle la comida y le susurraba de paso las noticias como única distracción.

Esta vez no comió y tampoco se levantó del colchón, vestido, emponchado y aun con la frazada encima, igual que en los primeros días, cuando aún lo vencía el frío y se tumbaba sobre el lado izquierdo, a dormir por la fuerza, apretándose el corazón que finalmente se encendía de veras, quemaba y mareaba, creando una noche a cualquier hora.

Cuando se levantó por fin y miró la rendija de la puerta (una cuchillada diagonal, cruzada, que le abría una herida al sol), la mañana dudaba entre un lago de luz y esa inmensa araña negra, prendida del perfil de los cerros. Una hora después triunfó el lago, que derramó su claridad por todas partes, alzando prácticamente la celda ante sus ojos y devolviéndole cierta paz, hasta que la tarde surgió demasiado pronto, la araña negra se hinchó en forma increíble, y la tierra ya no tuvo vida propia, sino que anticipó la noche lúgubre y fría, y así fue hasta la otra mañana en que entró Esdras y dijo claramente:

– Los bastantes van primerito.
– ¿Ah, sí? ¿Los bustamantistas? ¿Estás seguro? ¿Oíste bien?
– Sigoro.
– ¿Y falta mucho para el cómputo?
– ¡Para ónde?

En otras celdas oyó voces, gritos, aun aplausos, cosa muy extraña. El domingo, los presos oyeron misa en el patio y ahí los dejaron hasta después del almuerzo. Tanto picaba el sol que se quitaron ponchos, sacos y chompas, y mientras una parte se tumbó al suelo, otra se alineó en la acequia que dividía el patio, a fin de lavar su ropa. El olor a indio y tierra se mezclaba con la vista de nubes blancas que brillaban tanto como el sol. Aunque tras la cárcel sólo había un cerro pelado, sin el grato dibujo de sementeras, se sentía la vida del pueblo, el rumor de niños y mujeres, el largo ronquido de camiones por las empinadas cuestas de Huaraz. ¿Sería el comienzo de la libertad?

–¡Mire que al fin nos vemos! ¡Presos en la misma cárcel, pero separados por la dictadura! –dijo una voz ronca, la tos hirviente, incapaz de expectorar; y una leve palmadita en el hombro, oh no, ni eso, un toquecillo con la punta de los dedos, y Rosales se incorporó ante el viejo, pequeño y canoso Velásquez, no sólo más antiguo y anacrónico que en sus recuerdos, sino más distante, como una figura vista al fondo de un camino.

–¡Hola, don! –se alegró un poco y aun quiso abrazarlo, pero ya el viejo le daba las espaldas, recibiendo el homenaje de unos alumnos uniformados del colegio de la Libertad, de Huaraz. Rosales se volvió a mirar la entrada, sorprendido. Sí, la reja estaba abierta, aunque bien custodiada por guardias civiles y por ella venían familiares y amigos de los presos, con paquetes de regalos y ollitas de comida. Corrió a estirar el cuello por entre los barrotes, por ver si entraba Delia: quizá ella había llegado desde Sihuas al hotel de la plaza de armas, frente al Palais, donde solían reunirse una vez al mes.

Cuando se convenció de que no vendría quiso volver junto a Velásquez, pero éste seguía ocupado: lo saludaban unos indios emponchados que avanzaban quitándose el sombrero y lo abrazaban con esa mezcla de cariño y respeto que sólo ellos saben mostrar. Lo sacudió la cólera. ¿Cómo podían creer en ese fantoche, suponer que era un rebelde? ¡Ah, si Rosales estuviera libre, arreglaría en una semana sus negocios del grifo y del restaurante, y luego volvería a Sihuas para organizar a los peones en sindicatos, no así, allá va, con grupitos ridículos y dispersos como los de Velásquez!

–El viejo es todo un líder. Bestial ¿no? –le decía un estudiante a otro.

–Eso se cree él –dijo Rosales, como si le hablaran.

Pero ya no pudo callar. Se presentó sin más a los muchachos y se puso a aconsejarles con voz firme, disimulando su enojo, y pronto le estaban oyendo unos diez alumnos, vestidos con chompas tejidas a mano o saquitos muy cortos de casinete.

–El señor Velásquez dice que apenas salga, va a Sihuas y bota del pueblo a Eladio Gómez, el famoso gamonal –dijo un estudiante.

–¡Tonterías! –protestó él–. ¡No se trata de botar o un tipo sino de organizar un movimiento!

–Ya está organizado hace mucho –intervino otro muchacho, sin duda aprista–. ¿Cómo cree usted que hemos ganado las elecciones?

–Me refiero a un movimiento campesino, por más que los indios no voten en las elecciones –subrayó con retintín–. Hay gamo-nales y hacendados hasta en el partido comunista; así nadie va a creer que los políticos defienden al pueblo. La sierra no está bien representada en ningún partido.

–Esa es otra cosa –dijo el aprista, picado–; pero ya tenemos listos varios comités y otros se abrirán apenas estemos arriba. No necesitamos otro movimiento.

–Pues yo creo que sí –y juntó aún más su cabeza al equivocado, para desarmar esos ojos presumidos–. ¿Qué ha hecho el Apra por los indios, vamos a ver? Dígamelo en dos palabras.

–No pudimos organizarlos, porque hemos estado en la clandestinidad, pero sí les despertamos la conciencia y ahora dictaremos una legislación adecuada para ellos.

–O sea que está usted de acuerdo en que siguen al margen de la política. Decir eso es reconocer que nos falta un nuevo movimiento ¿verdad? ¿Y por qué vamos a cargar con los líos entre el Apra y el ejército? Ustedes tuvieron su revolución en Trujillo y fracasaron. Ahora nos toca a nosotros –proclamó, altivo.

El otro agitó los brazos:

–¡Hemos liberado a todo el Perú! ¡Apenas empezaremos a gobernar este año! ¿Qué más quiere?

Pero Rosales seguía en su prédica, animado por la atención de los jóvenes:

–A ustedes parece interesarles más los obreros de las fábricas costeñas que los peones de la sierra. Eso es lo malo de un partido que acepta a todo el mundo. A lo mejor, Eladio Gómez pide su inscripción y ustedes lo reciben. ¿O no? –e hizo abrir la boca al muchacho–. ¡Hay que fundar algo más duradero que los partidos!

–¿Más duradero? Nosotros ya tenemos quince años...

–Los indios han sufrido por siglos y seguirán sufriendo si no se levantan ellos mismos. Nuestra misión sólo debe ser ayudarlos.

–Estoy de acuerdo con eso –dijo de súbito un joven alto y fornido, llenando de alegría a Rosales; pero los demás alumnos, en una reacción instantánea, gritaron burlándose de su compañero y se lo llevaron a empujones. Rosales quedó absolutamente solo, mientras el grupo de Velásquez crecía y aun se apiñaba.

A la hora del almuerzo (él ni siquiera miró la comida) oyó decir que algunos presos pedían otra misa al aire libre para celebrar el 28. Se ofreció a hablar con el alcaide, a quien conocía mucho por las veces que había comprado su salida en los fines de semana. Al menos podía hacer eso mejor que Velásquez.

–Entonces la misa y la gimkana juntas, todo por la mañana – dijo el alcaide, extremadamente cordial, después de conocer el resultado de las elecciones–. ¿O quiere una cosa en la mañana y otra en la tarde?

–No, todo por la mañana – dijo él.

–Sí, porque a lo mejor todos ustedes salen libres el mismo 28. Otras veces ha habido amnistía y ya se empieza a hablar de…

–¿También usted lo cree..? –abrió los ojos esperanzado, ansioso, sediento.

Acabó la misa, rechinó la verja y nuevamente entraron amigos y familiares: fue como una compuerta que se alza, un río que se desboca. Esperó sentado y luego de pie, y por fin andando cien veces por entre la alegría de los demás. Hasta que Delia le tocó un hombro, Delia con él, en sus brazos, su gran moño negro, la tez aceitunada, pero las mejillas rojizas y chaposas, la voz aguda y estridente que le contaba otra historia del marido celoso.

–Tienes que dejarlo; ya no vuelvas a él –dijo, sin soltarla, gozando con su olor y la presión de su carne.

–Hablar es fácil. ¿Y mis hijos?

Nunca le pedí vivir conmigo, pensó, feliz de entrar al fin en la fiesta del patio, pero todavía cuidándose de ofrecerle mucho. Más allá de la comisaría, el pueblo celebraba también. Colegiales uniformados desfilaban por todas partes, precedidos por bandas de tambores y cornetas. Empezó a gritar con Delia, y todavía más durante la gimkana, las carreras de presos encostalados y la otra llevando huevos sobre cucharas. Todo el mundo aseguraba que esa tarde saldrían libres.

Apenas pudo empujó a Delia a un rincón, y en vez de dedicarse a comer de las ollitas de fiambre, igual que sus vecinos, la hundió en besos y caricias, quizá por encima o debajo de la tierra, o mezclados en el mar que únicamente podía ser soñado en la sierrra, jamás visto. Pero pronto despertaron: dos guardias demasiado respetuosos, sin los gritos y carajos de antes, le pedían volver a su celda.

– ¿Y por qué yo no más? ¿Y los otros?
– Son las órdenes, don.

Velásquez y los suyos, tomados también de sorpresa, tuvieron que formarle una calle para que él pasara lentamente.

–¿Y ahora quién es el revolucionario? ¿A quién le tienen miedo? –dijo en voz alta.

Toda la tarde y la noche se arrepintió de ese gesto, pero tampoco hubo en las otras celdas ningún movimiento que indicara la liberación. Y si lo hubiera, ¿no se declararían en huelga y se negarían a salir sin él? Ya en la madrugada, entró dormido y como volando en un día de sol en Sihuas y bailó en la plaza con pallas y huaris, las mujeres de corpiños y faldas brillantes hasta el suelo, los espejos cosidos en sus rebozos, y los hombres chasqueando, agitando los cascabeles de sus piernas que sonaban shacsha, shacsha, shacsha. En vez de rostros los bailarines tenían caretas de alambre. El baile prosiguió, pero también las voces y gritos. Le decían algo importante, quizá una desgracia, aunque después cambió el tono y fue un aviso dichoso, feliz. Ya no soñaba. En la calle voceaban Libertad, Libertad. Prado ya salió. Viva el Apra, compañero. Así como el que no ve restrega sus ojos, así creyó pulir el aire que empañaba sus oídos, y en seguida pudo oir bien, dudar, saber… No era un puñado de borrachos, sino toda una manifestación: que los hermanos presos tuvieran paciencia, que la amnistía había sido dictada ayer en Lima, que podían salir esa misma mañana, porque así lo ordenaba el telegrama que llevaban a la cárcel…

De nuevo sin comer esperó la felicidad total, única, incomparable, muchísimo más honda que el amor a Delia. Por la rendija de la ancha y sólida puerta, en vano apolillada, desfilaron con atroz lentitud la mañana y la tarde: no sólo una era blanca y otra amarilla, sino la mañana era ancha, crecida, una montaña, y la tarde una espada muy larga, entrando en la oscuridad. A las siete se dijo ya no salimos, es de noche, imposible a esta hora, pero un rato depués todos los presos menos él cantaban el himno nacional, daban vivas al Apra, al comunismo y a Bustamante; habían salido al patio, oh no, a la calle, y desde ahí gritaban dejándolo encerrado en la noche redonda y tupida.

Esdras le tocó la puerta:

– Si queres ostí, no te vas, te quedas.
– No, hijo, gracias. Anda vete y mira cómo van mis negocios del grifo y el restaurante.
– ¿Y ya mirastes ostí mes moletas? –preguntó Esdras, orgulloso.

No las sabía manejar muy bien, pero eran muletas de verdad y no el antiguo palo con que se ayudaba a andar. Con la cabeza demasiado gacha, los brazos muy pegados o alejados del cuerpo, se fue golpeando el piso, recordándole con el mero ruido que habían pasado cuatro años desde el día en que Rosales salió al patio de la cárcel a recibir el sol y vio más allá de la reja un bulto, un montoncito de ropa entre los guardias que miraban el suelo, y luego el bulto se retorció y algo así como la fibra de un hombre se alzó por dentro de la ropa, se alzó la carita pálida y aterrada de niño, la pierna encogida, rota o escandalosamente dislocada, moviéndose por todas partes, y el jactancioso comentario de un guardia diciendo que él le había disparado, capturando por fin a ese cholito montaraz después de seis meses de seguirlo por las punas.

Solo en la prisión, volvió a contar las horas y días como antes, y sin Delia, que tampoco lo buscaba. ¡Seguramente la muy traidora amistó con el marido! ¡Ah, la desgraciada!

Un lunes o martes, no lo supo bien, un guardia nuevo abrió su celda y le dijo: Traigo un recado de la señora Bolaños: dice que no se preocupe, ella sigue gestionando la libertad a que tiene usted derecho por la amnistía, pero las cosas se han enredado un poco, quieren echarle la culpa de la muerte del juez.

–¿Cómo? –gritó.

–Claro, usted no lo sabe. El juez Bolaños se pegó un tiro la otra noche, en el hotel de la plaza, ya lo enterraron y todo.

–¡Y me acusan!

–Pero tenga paciencia, eso se arreglará. Todos saben que se suicidó. Ahora con este Gobierno las cosas son muy claras y no crea usted que nosotros vamos a abusar de nadie.

–¿Y quién me acusa?

–Unos señores de Sihuas, no sé los nombres.

–¡Eladio Gómez! ¿Y cree usted que, así y todo, saldré libre?

No pudo callar la pregunta y aun quiso retener al guardia; hasta empezó a contarle su vida desde niño, en El Mirador, cuando ayudaba a su padre en la tienda de abarrotes, reemplazándolo en el mostrador a las horas de comida y entregándole hasta el último centavo de las ventas, cuando le oía decir con orgullo: Mi hijo será un gran comerciante, nunca falla en los números.

Pero el guardia se excusó y lo dejó esforzándose por hablar a distancia con su padre muerto.

Cuando finalmente lo despertaron el candado, la cadena corrida, el empujón en la puerta y la voz Salga usted, está libre, obedeció dudando, por si acaso, así fuera por demorarse en el viejo patio desierto, por oír la acequia entre las champitas que señalaban el camino a la calle. Temía avanzar, correr. ¿Y si le aplicaban la ley de la fuga? Pero sólo dudó hasta ver a Delia y sus brazos abiertos al otro lado de la reja, Delia de negro y los tres hijos de ella vestidos de fiesta, y después todos llamándolo y ella dijo Al fin, amor, aquí juntos estamos, mareándolo hasta estrellarse contra la reja, todavía sin acertar la puerta grande y abierta, y sin suponer que, a los pocos meses, le molestaría esa vida de todos juntos y los enviaría de vuelta a Sihuas, para visitarlos cuando se le antojara.

–Adiós, adiós, señor Rosales– sí, hasta los guardias lo despidieron cordialmente esa vez.

El viejo subió a la góndola, cansado y tosiendo.

–¡Que le vaya bien, don Velásquez! ¡Chau, camarada! ¡Ya sabe, compañero, avíseme por telegrama cómo llegó y olvídese de Gómez y Parra! ¡Los vencimos y se acabó!

–No soy compañero ni camarada, pero gracias por venir, de todos modos.

Tuvo que decirlo, aclarar una vez más las cosas, así no le oyeran con los ¡vivas! y maquinitas. La manifestación se había improvisado en el local bustamantista, adonde fue a despedirse; al salir , una nube de partidarios coreaba su nombre y él iba arriba, en hombros de unos jóvenes que lo llamaban maestro y líder, avergonzándolo en vez de halagarlo.

Como flotando pasó a la góndola y se sentó junto a una india que amamantaba a su hijo. La saludó en quechua y le pidió perdón para acomodarse. Abierta la ventanilla, las caras felices, voces y brazos en alto le obligaron a sacar medio cuerpo por el hueco y a devolver los apretones de esas manos increíblemente entusiastas.

–Gracias, amigos, gracias … No saben cómo les agradezco… –su voz gangosa por la bronquitis le impedía gritar.

–¡Que hable, que hable!

Tanto le aplaudieron que debió decidirse, a sabiendas de que se le enredaría la lengua, como en el local del Frente Democrático, cuando entre un oleaje de aplausos y chuscadas, quiso responder al abogado Paredes (quien pintó tan bien su vieja lucha por los peones de Sihuas, sus entradas y salidas de la cárcel), pero dijo gracias, muchas gracias, y se enredó contando cómo vivían los indios serranos, exactamente igual que cincuenta años atrás, cuando él era niño, repitiendo cuánta esperanza y fe ponía en el nuevo régimen, pero que, si éste fallaba, Velásquez lucharía por traerlo abajo también. Se atascó muchas veces, pero dijo que era amigo de apristas y comunistas, no de un solo bando, que no entendía de doctrinas o libros sino de verdades ¡qué diablos! ¡A él no lo engañaban diciéndole compañero o camarada; debían demostrar con hechos si eran compañeros o camaradas de los indios, de los seres más sufridos del Perú! ¡Y por último, él no precisaba de amigos, de ningún amigo, pero sí los indios, esos miserables que … ellos también … porque yo …así es! Y calló, la cabeza vacía, los ojos llenos de caras ansiosas y hambrientas de frases que no le venían, y el estallido de aplausos se retrasó un poco, pero llegó y casi le arranca lágrimas.

–¡Que hable, que hable! ¡Vamos, don Salvador!

–¡Sólo les digo no se duerman, eso es, nunca..! –agitó los brazos desde la ventanilla–. ¡Si el nuevo Gobierno no es bueno, no es Gobierno! ¡Hay que ser leal, siempre leal con ..! –y volvió a cortarse; ya no supo qué decir.

–¡Bravo ..! –Después de un silencio, vinieron los golpes en la carrocería, la góndola ya avanzaba, y otra maquinita por el viejo y recio luchador.

Tosió y escupió en el pañuelo, limpiándose con disimulo las lágrimas, y creyó que eso sería todo hasta Yuramarca, donde alquilaría una bestia para llegar a Sihuas, a Sihuas, oh qué felicidad. Pero no fue así, las cosas habían cambiado mucho en los años de su prisión, el camino era quizá más largo y en cada pueblo lo esperaban y aplaudían demasiado.

En la plaza de armas de Yungay –otras veces lánguida y solitaria, siempre bella–, una súbita manifestación hormigueó desde las palmeras hacia la catedral por fin techada y fachosa, y cerró el paso a la góndola. Otra vez su nombre en boca de hombres, mujeres y muchachos, manos que se metían por la ventanilla, desconocidas pero afectuosas, como de hermanos o hijos reencontrados por él, y los letreros de bienvenida mezclando al Apra, al Partido Comunista y al Frente, mezcla sobre la que él pronunciaría un discurso tarde o temprano, así se ahogara o su cabeza quedara en blanco.

–¿Oiga usted, ya nos vamos? – protestó el chofer.

–¡Le pago por la demora! –dijo un partidario de Velásquez y agitó un billete de cien soles que él prefirió no ver ni envidiar, ocupado en abrir la portezuela, quedarse en el estribo de la góndola y gritar–: Perdónenme, yo no hablo bien, no me gustan los discursos.., pero cuidadito no más con que el Gobierno no cumpla lo que ha, eso que ha, tantas promesas y ahora veremos si el Apra cumple también, y si los camaradas son o no son, si los amigos del señor Bustamante..¡Porque si no..!

Como en Huaraz, aquí también lo abrumó una tempestad de aplausos, el vocerío que mareaba y las felicitaciones de gente que lo tocaba y nada más, con excesiva admiración y respeto.

La góndola siguió el camino pegado al río Santa. ¿Y dónde están los peones, quién los está organizando?, preguntó en cada parada; quería conocer a los que ocupaban lugares como el suyo. Pero nadie sabía responderle. Casi no había dirigentes de peones, y sobre todo, no veía un solo indio en las manifestaciones. ¡Eso debía cambiar, faltaba movilizar a partidarios y arrendires!

En Caraz la góndola lo dejó, mientras lo paseaban en hombros en torno al lindo kiosko de la plaza; y después tuvo que subir al Hotel Giraldo, en uno de cuyos cuartitos estaba la radio del pueblo, y saludar a la tierra y a sus buenos hijos, no a los aliados del antiguo Gobierno… a los que… porque ustedes mismos lo sienten, acabo de oírlo… claro que… –Al enredarse de nuevo, la plaza ya colmada estalló en risas y premió sus dudas con más aplausos.

–No se preocupe por el ómnibus, don – le dijo un muchacho en mangas de camisa–; lo llevo a Huallanca en la camioneta de mi papá.

– ¿No será mucha molestia? ¿Y mi alforjita?
– Aquí la tengo; se la saqué del carro.

Subió con el muchacho. Atrás, en la plataforma sin techo se habían tumbado otros jóvenes, dispuestos a gozar del sol en aquel plácido viaje. Sólo entonces pudo dormitar y olvidarse del Cañón

del Pato y de los túneles. No le interesaban.

En Huallanca esperó el tren una media hora. Nadie lo reconocía. Menos mal, dijo, será un alivio hasta Yuramarca.

–Oh, no –le respondió un pasajero–. Las bestias para Sihuas se alquilan en El Chorro, no en Yuramarca, como antes.

Contó sus escasos ochenta soles y se dispuso a retahilar con el arriero que alquilaba mulas y caballos. Pero en El Chorro le esperaba otra sorpresa: el hijo del tendero González lo saludó desde una cabalgata de bienvenida, donde todos los jinetes eran sihuasinos, y él vio la bestia que le ofrecían. Cosa curiosa, bajó del tren, montó en el alazán y olvidó el cansancio y la bronquitis. Entonces se puso a contar a gritos las noticias de los últimos días, oyendo a su vez las de Sihuas. El maestro Lara cabalgaba junto a él y dijo que era el encargado de ofrecerle la Gobernación o la Alcaldía, lo que Velásquez quisiera.

–¡Lo que aurita quiero es chicha! –rió.

–Pues aquí tiene –dijo González, sacando un porongo de su alforja–. Y chancaca, y cuyes fritos, y cancha de frijoles en manteca; lo que usted diga.

– ¡Déme todo lo que hay! ¡Me muero de hambre!
– ¿Paramos, entón?

Sí, eso le había gustado desde niño, comer el fiambre sentado sobre la cabeza redonda de una colina y echar una mirada larga por el mundo de cerros y caminos de su provincia. Pero hoy no estaba solo: los jinetes de su tierra, los pastores lejanos y aun los caballos parecían devolver su cariño.

–Seré Gobernador–dijo–, y le daré una pateadura a Gómez y otra a Parra.

–De eso, pues, veniendo hablarle istamos–dijo Lara–. ¿Pórque no cambian a Parra, a ver? Ya días ya han pasau del veintiocho áca. Tuavía Parra del otro Gobierno es y ni así lo botan. ¿Y pórque ténemos Jonta Transetoría y no un Alcalde elejedo como Dios manda? ¿Qué me dices ostí?

–Pues lo botamos y se acabó. No se apure.

Llegaron de noche a Sihuas. Durmió muy bien en casa de Lara, pero a la mañana siguiente estaba en pie desde las seis y media, aguardando a que abriera el telegrafista para enviar el mensaje redactado por Lara: "Jefe Circunscripción Militar, Huaraz. Pueblo reunido en cabildo abierto destituyó Junta Transitoria formada por continuistas antiguo y desacreditado régimen y eligió por aclamación Salvador Velásquez como Gobernador y suscrito como Alcalde. Confiamos nuevo espíritu anima República ratificará nombramientos auténticamente democráticos. Gregorio Lara, Alcalde Sihuas, Pomabamba".

–Pero es que no puedo mandarlo, tuavía nadies los ha nombrado a ustedes–dijo el telegrafista .

–Tú mandas el telegrama y te callas–dijo Velásquez–. Aquí tienes el importe. En media hora todo será verdad. Puedes apostar tu cabeza.

Los conjurados esperaban listos en la calle a los secretarios de la Gobernación y de la Alcaldía. Cuando llegaron, les avisaron del cambio, previniéndoles "bajo responsabilidad" de que ya no obedecieran más a los antiguos jefes, y se fueron a la plaza desnuda y desierta, bordeando el único adorno de la pila ruidosa, chorreante, rumbo a la casa que perteneció a doña Patrocinia Gambini, donde ahora vivía Parra, el jefe de puesto.

–¿Y las salidas del pueblo?

–Todas bien cerraditas, don –dijo Lara.

Velozmente se colaron por el zaguán, por el patio empedrado, cruzaron la galería aún dormida y ahí estaba el tipo tras la puerta del segundo cuarto, sobre la cama que fuera de Félix. Siempre en puntillas, robaron la pistola que los miraba desde el velador. Entonces dieron un solo grito, que despertó y estremeció a Parra. Con un poncho sobre la camiseta y los calzoncillos largos lo arrastraron a golpes hasta el burro, donde el tipo gritón, pero lívido, quedó quieto como un muñeco, cruzado por las sogas. Así lo vio Esdras y pretendió el muy descastado defender a su nuevo amo, aunque fuera a muletazos. También tuvieron que golpearlo y empujarlo, sangrando, hacia Cleofé. Ya en la plaza, hervía un gentío, primero asustado, dudoso, luego riendo a carcajadas. Hacía tiempo que no echaban en burro a una autoridad. Sólo en Pincullo les dieron alcance los cuatro guardias del puesto.

–¡Un momento! –grito el cabo–¡Suéltenlo o disparamos!

–¡Oiga usted! –dijo Velásquez, orgulloso al fin de su voz ron-ca–. ¡Ya cayó la dictadura, hoy nadie dispara contra el pueblo! ¡O si quiere meter bala, el maestro Lara matará de una vez a Parra! ¡Fíjese bien lo que hace!

Lara puso el caño de la pistola robada a Parra en la sien de su dueño. Velásquez no esperó más, volviéndose para anunciar:

–¡Listo! ¡Y ahora váyanse, guardias! ¡El nuevo Gobernador soy yo! ¡Esta tarde recibirán un telegrama de Huaraz!

Le gustó su propio gesto, su voz, la forma en que lo respaldó el gentío, y lo obedecieron finalmente los guardias; pero también quiso sentir en sus manos al otro culpable, a Eladio Gómez, al antiguo compañero de escuela y hoy infiel y traidor a Sihuas; y entonces dispuso que, mientras cinco lugareños acompañaban a Parra hasta la puna de Cahuacona, donde debían desatarlo, los demás corrieran con él a casa de Gómez. Y corrió de bajada, oh qué estampida, Lara, él y los suyos dando mueras contra ricos y hacendados, pisoteando la vieja tiranía, dichosos del nuevo Gobierno, y el otro río de curiosos dividido en dos, los hombres decididos y las mujeres y niños quietos, serios, sin aplaudir. ¡Qué le importaba! Jadeante, pero todavía fuerte, llegó a la plaza y se metió por el zaguán de la casona de Gómez, la mejor del pueblo. Lara lo iba guiando: el bello patio donde las collotas de varios colores formaban dibujos que él no vio, el traspatio de anchos muros blancos, las enormes caballerizas al fondo de una alameda… El culpable no aparecía. Subió gritando a los dormitorios y levantó de sus camas a la mujer del déspota, a los hijos, a las viejas tías, a todo el mundo. Aun trepó a los terrados y volvió a bajar a la cocina, al chiquero y la huerta.

Jamás olvidaría esa persecución. Fue un animal hambriento al que sólo Gómez podía satisfacer. Otra vez lo buscó en los armarios, bajo los catres, aun dentro de los baúles, gritó e insultó a los sirvientes, seguro de que ellos lo ocultaban, de que eran unos traidores a su raza. Una hora después quería calmarse, al menos agradecer la distinción del cabildo abierto al nombrarlo Gobernador, o siquiera sentarse; pero no pudo, dando vueltas y sintiendo ese hambre que sólo quería engullirse a Gómez, despedazarlo en el suelo, disolver al hombre de su misma edad, que no reapareció en el pueblo sino tres años más tarde, el 48, mucho más joven que él, y más engreído y orgulloso.

–¿No tienes vergüenza? –estalló Nemicha–. ¿No puedes hacerlo por mí? –y le dio otro pellizco más fuerte, como para despertarlo en la bajada, pero Félix ni siquiera gangueó; simplemente babeó y se dejó caer, rodando con las piernas y brazos como aspas de molino, por en medio de unos niños uniformados de la fiscal, que volvían del desfile y que se dividieron rápidamente en dos columnas, haciéndole una curiosa guardia al bulto embarrado y sin vergüenza, que rodaba perseguido por los gritos de Nemicha; porque hoy sí Félix se rompería una pierna o un brazo, o se abriría la cabeza, y qué hacer con él, oh Dios mío, en plena fiesta y tener que mandar un propio hasta Yanac para traer al Shogta, al curandero de seis dedos en cada mano.

–¡Virgencita de las Nieves, protégelo! –susurró ella, cubriéndose los ojos, todavía sin ver el bulto vomitado y repugnante que detuvo su estampida muy abajo, en la puerta de una casucha, casi una choza, junto a otro charco.

Ella corrió también pero no le dio vueltas, por el miedo de descubrir sus heridas. Los niños uniformados le habían ganado la carrera y formaban ya un ruedo de sorpresas y risitas. La saludaron de uno en uno, casi todos la conocían, eran hijos de amigas suyas. Roja de vergüenza, en vez de mirarlos, preguntó si algún daño se había hecho "ese hombre".

–¡No tiene nada, está borracho! –rió uno de ellos, y bastó para que la alegría y las burlas cundieran a todo el grupo. Entonces se puso a fingir, dijo que pasaba por ahí cuando vio rodar al pobre, a quien de todos modos debía limpiar un poco y preguntarle dónde vivía. Mientras tanto se metió en la choza, primero para esconderse y tomar agua que le quitara el susto, y luego en espera de que se marcharan esos hijos limpios de sus amigas felices.

–¿Pa qué preguntar ónde vive? –oyó claramente una de las vocecitas–. ¡Si es don Félix Gambini!

–¡Borracho no más pára! –dijo otro niño–. ¿Te acuerdas del otro día que nos asustó en la plaza?

–¿Y nunca te ha pedido plata, di? ¡Oh, eso sí es bueno! ¡Te persigue y hasta te pega si no le das!

– ¿Y qué hace con la plata? –preguntó un tercero.
– ¡Si serás bruto, hom! ¡Se la chupa!

Sentado, con la tutuma de agua en los labios, frente a la india de la choza que le preguntaba si quería algo más, se sintió morir lentamente, marearse, viajar a Pomabamba junto a su madre y abrir de nuevo los ojos y no recordar para nada a Félix Gambini, sin haber tenido jamás que ver con él, nunca, lo que se llama nunca, en el colmo de la felicidad.

–¡Fuera, carajo, hijos de puta! –rugió en la calle la voz gruesa y bestial, y ahora las vocecitas se arrinconaron temerosas:

– ¡Cuidado, está tirando piedras!
– ¡Corre, animal, escápate!
– ¿Qué le hiciste, di? ¿Por qué se puso hecho un diablo?
– ¡Jo, jo, le oriné bien lindo..! ¡No me digas que no lo viste! ¡Le oriné bestial!

Nemicha salió llorando. Una pedrada del borracho le rozó la cara y ella se detuvo en seco. Se miraron por un segundo, Nemicha con miedo y lástima, él con fiereza, pero rápidamente después con ternura, babeando: Nemichita, ayúdame, será la última vez, lo dejuro.

Una pareja de viejos la saludó a duras penas, alejándose mientras conversaba en voz baja:

– ¡Qué bien celebró Félix el 28!
– Ese joven ya no tiene remedio. Ah, si yo tuviera su edad…
– ¿Te acuerdas de su padre, don Amadeo? Ese sí era un hombre recto.
–¿Y pórque los niños van unijormados? –gangueó Félix cuando ella y la india empezaron a levantarlo del charco.

– ¿Cómo dices? No te entiendo.
– ¿Pórque los niños están unijormados?
– ¡Tú ni sabes el día que vives!
– ¡Istamos in il 28, don! –rió la india, orgullosa.
– ¿Su santo de quién es? ¿Y a mí qué me importa? –volvió a ganguear Félix.


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