Los Aprendices


   

10

Herida, pero no muerta, así voy en este avión que no se va a caer, lo sé; aunque sea lisiada, pero no muerta. Él no podrá utilizarme como a Llanelas, el amigo a quien más quiso, según dice, y sin embargo lo aprovechó para merodear por la casa de Lucha una tarde y otra también. Medio año por la plaza Bolognesi y sus edificios afrancesados, y no sé cómo descubrió que Llanelas había sido un primo lejano de Lucha (uno de esos parentescos simbólicos de Lima, que se desempolvan en conversaciones ociosas donde todo el mundo dice conocer a todo el mundo), y entonces Edgardo se lanzó al ataque, casi con el muerto al hombro. Primero escribió a Lucha dos o tres cartas por semana y las depositó temblando en el buzón de la linda puerta barnizada; después los unió detalles averiguados como por un detective: la clase exacta de Lucha en el High School (ese colegio de niñas bonitas, pero no muy ricas, cerca del Campo de Marte), el camino que ella seguía a pie hasta el colegio, las películas del Ritz o del Capitol que él sabía muy bien que Lucha había visto, porque se había sentado detrás, para verla y olerla como un perro. Y luego, cuando Lucha se cansó de rechazarlo y lo soportó a su lado sin entusiasmo, andando en plena calle, le enseñó fotografías de ambos, de Llanelas y él, abrazados en un patio de Guadalupe o bañándose en Agua Dulce.

Ya había empezado el abordaje, el puente tendido hacia la nave que surcaba bellamente el mar, a través del crepúsculo. Le llevó los cuadernos del amigo, del mártir del estudiantado nacional, donde vieron no sólo los apuntes de lecciones sino dibujos, frases perdidas y borroneadas, mientras Llanelas fingía oír al profesor, ignorante de la muerte que lo acechaba.

Pero no le bastó eso, ni tampoco sentarse finalmente junto a ella en la platea de los cines (ya no iba a cazuela, quería darse tono) y mirarla incansablemente en la oscuridad, atento a su perfil, a sus extraños ojos verdes que o se llenaban de vida y le respondían, o seguían transparentes y lo dejaban hablando al vacío, luchando tenazmente contra el aire. Tuvo que invitarla a tomar té en D’Onofrio del centro, adonde sólo mucho después me llevó a mí, y por fin le contó cómo Llanelas había muerto en sus brazos, cómo ambos habían corrido cuando ya el mártir tenía una bala en el pecho: Llanelas y él gritando contra los guardias, en una pose digna de un libro de grabados de guerra, y al otro rato Llanelas tieso y pesado, arrastrado a duras penas por Edgardo para meterlo por la puerta de Uruguay, sin que lo mancharan las manos de los guardias, y permitir que, en la madrugada, sólo fuera extraído furtivamente y llevado a San Marcos. Toda una mentira, pues él no hizo gran cosa, pero el cuento impresionó a la virgen, claro está, le detuvo los ojos verdes como si fueran hojas iluminadas por la tarde, y él se pintó sensible y humanitario, además de defensor de ideales políticos, cosa que a ella le pareció fascinante.

Todavía quedó en Lucha una resistencia: ¿por qué sus salvajes amigos guadalupuanos habían atacado a un colegio de niñas durante la comunión pascual, por qué él golpeó a una de sus compañeras? ¡Eso no tenía nombre! Muy sencillo, respondió: lo hice para cumplir los deseos de Llanelas, un gran tipo opuesto a la iglesia y los curas; fue por razones políticas y no porque alguien se llamara así o asá, o fuera niña o no. Llanelas tenía planeado desbaratar la concentración, pero la muerte se lo impidió. Fue por él, que había luchado contra el sistema conservador y reaccionario; por eso, nada más, ¡tienes que creerme! Y sólo entonces obtuvo el premio que buscaba: la mirada exclusiva de esos ojos verdes que lo volvían loco, porque él tiene ojos negros, el contacto de esa piel blanca entre sus manos morenas, de mestizo, y el primer beso de la reina tanto tiempo adorada y perseguida, aunque ella no se dejara hacer más.

A ratos, no obstante, el muerto se desquitaba. Se unía a los peones indios, fusilados en Andaymayo, a la abuela con una mano perdida en el aluvión (pero con el muñón levantado, quizá dándole la llave de la alacena, así la veía), y a los cadáveres cubiertos de fango, cuando bajó la crecida en Sihuas; y entre todos le marcaban el rostro, de súbito quieto y mirando el vacío, o a través de las paredes, olvidándose inclusive de las caricias de Matilde. Estaban desnudos y listos para el amor, cuando el nombre de Llanelas lo paralizaba, aunque se defendiera todavía hablando del buen genio del muerto, de sus planes para irse juntos de vacaciones a Huancayo, a casa de los padres del muchacho, de los sueños de éste, que deseaba ser aviador o marino, o de la fotografía de una tía suya, escondida pecaminosamente en sus ropas, y de la dedicatoria: "A mi sobrino predilecto".

¿A quién enamorará Edgardo, valiéndose de mí, una vez que yo muera? El avión vibraba debajo del cuerpo de Matilde, la había mezclado en un ronquido interminable, en una sierra que horadara montañas. Volar, dormir, ¡ah, cómo había perdido el tiempo ocupándose de Raúl, del Italiano y del tipo sin nombre de la avenida Arenales! ¡Si sólo pudiera sentarse junto a Edgardo y desplazar a Lucha! ¡O dormir y levantarse mañana temprano, dejando atrás la pesadilla! Inventar este accidente para olvidarlo en el momento preciso y quedar libre. ¿Libre..?

No sólo era el dolor, sino una fiebre que la poblaba de sueños y sudores, de humo y resoplidos.

¿Iba a morir, acaso? ¿De veras?


Regresar Home Arriba