Los Aprendices


   

8

Debí quedarme con los deudos, luchar a su lado. ¿O hice bien en no ayudarlos? –dijo Rosales, siguiendo su costumbre de hablarse a solas–. ¿Qué otro remedio había, hom? ¡Que se las arreglen con Velásquez!

Bien o mal, pero apenas había entrado en Sihuas descubrió a Velásquez por el sombrero demasiado grande y el poncho terciado como una capa, y le gritó en la noche, entre la lluvia y los salvajes ruidos de truenos y avalanchas. El jinete merodeaba por las calles oscuras, parecía lo que era, un conspirador: pensó qué suerte la mía, el tipo estará feliz con recibir la caravana. No esperó más. Le endosó la poblada como quien entrega un paquete molesto y ya pudo cabalgar mejor, se despegó aliviado de la montura, si bien en el último instante, cuando Velásquez le sonrió torcidamente y dijo váyase a dormir tranquilo, Rosales, no se preocupe por nosotros, lo envidió y quiso ser ese jinete endeble y chiquito, ese viejo respetado por los peones de la provincia, que cada año volvía a la cárcel como a descansar en un poyo. ¿Quedarse con él, ser primero su lugarteniente y luego robarle el pequeño ejército, hacer temblar a las haciendas, y después qué? ¿Matarlo y convertirse en jefe? ¿Y cómo? ¿Y por qué?

Lo soñó muerto, lo reanimó cuando quiso y finalmente se fue donde más le gustaba, montado en el Blanco, que ya sabía el camino, pero simulando también ser un conjurado, esconderse de alguien, amagar un asalto a esa hora digna de los nobles hombres políticos, las dos de la madrugada.

Así empezó su ronda. Al cuarto de hora pegó la bestia calladamente al muro, pero las lajas de la acera lo denunciaron una y otra vez, de arriba abajo, de abajo arriba. ¿Qué importaba? Se atrevió aún más, frenando junto a la ventana de reja, oyendo los felices ronquidos de Bolaños, pero nada más. Se alejó dos cuadras, iba a marcharse ya, aunque volvió para quedarse otro rato. ¿Tan profundamente dormía ella? ¿Sería posible?

Ya no esperó más y entonces la recordó en otro día, a las seis de la mañana, la hora a salvo de chismosos: la pirca y la huerta de Delia dormidas, pero no ella, alta, membruda y de largos y sueltos cabellos, y en el centro de Delia su sonrisa, el cielo abierto, y ambos corriendo, vamos rápido, rápido. No le gustaba el comedor casi desnudo, ni la mesa burda y pesada, ni las seis sillas duras que parecían centinelas fríos y torvos, pero no hubo más remedio que seguirla como siempre, crear la felicidad con una silla y una pared mal encalada al fondo, y ya ella desvistiéndose muy velozmente. Así, así, esos grandes ojos negros y hundidos en varias sombras, esa fiebre de la mujer arrodillada a sus pies, que lo besaba hambrienta, luego ofreciéndose sobre la silla, dándole prácticamente de comer con las piernas abiertas, y por fin ligados, de pie, casi en el aire, y Delia creciendo como una sombra en el agua que le cerraba efectivamente los ojos.

Pero no, no había respuesta en la ventana, ni toses, ni una luz. Inició la segunda marcha, la segunda esperanza del reencuentro después de un mes de ausencia. Era absurdo buscarla a esa hora, por supuesto, pero así estuvo de nuevo, tenso y fumando, él que no fumaba. Así lo hallaron dos figuras emponchadas. La linterna que traían le hizo verse como en un espejo, escondido, esperando el instante exacto para dar el golpe contra el juez. ¡Oh, buenas noches, señor Rosales! Era el jefe de correos y el señor Lara, maestro de la escuela fiscal. Buenas noches, estoy esperando a mi amigo don Robustiano Vélez que fue a traerme algo olvidado; sigan no más. ¿O susurraron algo incomprensible a sus espaldas? ¿Sabrían lo que buscaba?

Hasta que desmontó y se puso junto a la reja para que ella lo sintiera al fin, para que fuese capaz de entender cómo un hombre, viajando tres veces por semana de Yuramarca a Andaymayo, podía echarla de menos, casi gritando como un condenado.

Después, en el comedor, satisfechos como si realmente hubieran comido, ella solía vestirse con su ayuda (era otro placer, intenso pero también quieto), mientras Rosales lanzaba sus veloces preguntas de cómo has estado, cuándo nos vemos de nuevo, qué quieres que te traiga de Huallanca, ¿y para tus hijos?, pero jamás le decía vente conmigo, deja a ese viejo inútil, ¿por qué te casaste con él si ya nosotros nos veíamos desde antes de conocerlo.., si ya habíamos empezado a..?

No lo creyó, pero finalmente la ventana empezó abrirse poco a poco. ¿El juez o su mujer? Una sombra voló de la casa y sin despegarse de ella se estiró curiosamente hasta la otra acera: ahí estaba Delia, la bata blanca, el río largo y negro de sus cabellos, y el lamparín que creaba y movía su enorme cabeza de gigante.

–¡Delia! –casi gritó, cogiéndose de la reja.

Sí, la cara huesuda y de mejillas chupadas, la gran mancha de cejas y pestañas negras, y la voz muy baja, furiosa:

¿Loco acaso estás, di? ¿Cómo, pues, vienes?

–Quería verte. ¿Puedes mañana tempranito? ¿Como a las seis?

–Loco. ¿Y si él te oye? ¡Cállate, hom!

–Delia...

–¡También en mí alguna vez piensa! ¿Y si nos descubre? Pasado mañana, no mañana, ven. Chau.

Y sólo quedó la ventana, y tampoco eso, un nuevo muro negro que no hablaba.

Como un potro chúcaro, apartando a chiquillos y perros curiosos, el viejo Velásquez remolineó entre indios, lloronas y cadáveres olvidados por el suelo. En vano trató de calmar a su bando frente al abanico de guardias que se cerraba sobre el atrio de la iglesia, minutos antes de la balacera. ¡Nos van a matar!, gritó bien claro, aunque los peones alzaran sus lloques dispuestos a pelear contra los fusiles. Se volvió a los guardias: ¡No disparen! ¡Yo me entrego! ¡Yo dije que se levantaran!, siguió demorando el choque, pero también siguió recordando peleas en que había dicho lo mismo, desde uno o dos metros más allá, en la misma plaza: ¡Los peones me obedecen a mí!, y se golpeaba el pecho: ¡Vamos a arreglar en otra forma!

Pero ¿hubo alguna vez otra forma?

Entonces debían venir los disparos, Velásquez casi los anticipó como la última vez en que había caído preso. Los indios no parecían tener memoria; sordos y decididos a todo, tercos como mulas, se plantaron en el sitio, por un momento magníficos y quietos, burlándose de los gritos del viejo y aun de las balas que sólo parecían chasquidos en un tostador sobre la candela, con hombres reventando adentro. Uno cayó agarrándose el tobillo: se sentó, torció la pierna y chupó la sangre de su herida. Y las lloronas, en vez de huir, se persignaron retrocediendo hasta las paredes y empujándolas absurdamente.

El viejo echó a correr. Nunca le habían disparado por la espalda. ¿Por qué iban a hacerlo hoy? Sintió un balazo errado a propósito a fin de asustarlo, pero allá escapó hacia la escuela fiscal, por el largo pasadizo que servía al pueblo de excusado, primero solo y luego con otro fugitivo, corriendo con él para esconderse entre los enormes pedrones del río, en las cuevas labradas por el aluvión, debajo de las huertas que casi flotaban por sobre sus cabezas. Una nueva fuga, una revuelta más organizada por él. ¡Ah, cómo hacía temblar a las autoridades! En vez de los pasos de un hombre, oyó los de un tropel entusiasta y seguro de apresarlo: cuando ya no pudo más renunció a escabullirse y los aguardó de pie, jadeando pero también sonriendo, como ellos no supondrían jamás que los esperaba. El sargento Parra y los síndicos frenaron su carrera, y él aprovechó la duda para gritar: ¡Que vivan nosotros los indios, carajo!

Al menos Esdras, el otro perseguido, se había esfumado.

Rosales no había visto luchar ni caer a los peones en la plaza, pero fue igual, como si los viera. Cerró los ojos, diciéndose estoy cansado, viajé toda la noche y a mí no me levanta nadie, voy a seguir durmiendo, pero los balazos a unos cien metros abajo dibujaron para él a Velásquez y su corte de rebeldes blandiendo lloques, a los indios muertos y sin sepultura, y a las lloronas a sueldo, y de pronto los tuvo a todos con él, metidos en el cuarto, luchando contra Parra y los guardias del pueblo, envueltos en ladridos, gritos, órdenes y balazos. Debió levantarse así fuera a mirar de lejos la trifulca, pero no se movió, encogido por el frío y la mañana sin sol. Vio caer a dos o tres más. Tampoco abrió los ojos. Ya había sucedido otras veces lo mismo: la matanza, la persecución de los que ya morirían, las calumnias sobre los muertos y presos, y Velásquez adentro, a chirona, tuviese o no la culpa.

Se defendió una vez más, y voluntaria y rápidamente soñó, dibujando a Delia a su lado, a su mujer ajena y casada con otro, pero su mujer, Delia con él, siempre con él.

El ojo bueno del viejo se prendió de la rendija. Todo le dolía. Entre pálidas linternas lo habían escoltado a la cárcel, junto a la iglesia, y lo habían entregado al Gobernador Fontenla, soñoliento y fatigado como los demás, con mitad de los párpados caídos, pero feliz de algún modo siniestro: para ellos la alegría era él, preso de nuevo, y ahora lo enviarían a Huaraz con un parte que lo retendría seis meses o un año, o quizá lo engañarían otra vez con el mero cuento del viaje. Mientras Parra lo insultaba, miró esa polaca abierta, esos ojos enrojecidos, la piel sebosa y medio comida de viruelas. Era la sexta vez que lo detenían (era su costumbre, qué iba a hacer) y estaba recordando y confundiendo velozmente las fechas en su memoria, para no oír a Parra, cuando llegaron Gómez, sus sirvientes y el párroco, y quedó en medio de todos, como un colegial atrapado en clase ajena, oyendo la misma reprimenda de hacía tantos años, desde antes de que naciera el Apra, los insultos contra la raza india celebrados por los indios que acompañaban a Gómez, la eterna frase usted es un hombre leído y escribido, es inútil azuzar a los peones, a esos ignorantes que sólo con nuestra ayuda pueden cambiar su vida de perros.

–Entienda usted, Velásquez –añadió Gómez–. Nunca, lo que se llama nunca, ganará usted. ¿Le gusta podrirse en la cárcel? Aquí en delante de testigos le hago una propuesta: véngase a trabajar conmigo en Andaymayo, le pago un sueldo fijo, cosa que muy pocos tienen en Sihuas. ¿Qué le parece, don?

Y lo miró de cerca, quizá con franqueza y algún extraño afecto. Habían sido compañeros de escuela. Gómez sentado en primera fila, blanco como la leche, le decían Queso Fresco: su espléndida carpeta era una fortaleza mandada construir a propósito, un castillo con gavetas y cajones para toda clase de objetos, panes, bizcochos, caramelos, cuadernos en limpio y docenas de lápices nuevos, divisiones especiales para sus lindas chompas y las cajas de betún apiladas como en una tienda. Y Velásquez detrás, descalzo, sintiendo que era indio por sus pelos rebeldes, su ropa cosida y remendaba por su madre, sus manos calientes y sucias, esperando el recreo para quedar solo y asaltar el castillo, el palacio.

–¡No me friegues, hom! –respondió él–. ¡Vamos, di a tus borricos que me lleven!

–Pero, señor Velásquez...–quiso intervenir el párroco, un cholo taimado y siempre distinto, pero que justamente ahí entraba en el diálogo.

–No meta usted a Dios donde hay demonios que no lo respetan –lo paró en seco–. Mejor se va tranquilo a decir su misita. ¿Ni siquiera piensa que Gómez no debe estar aquí porque no es ninguna autoridad? ¿Quién es Gómez, vamos a ver? Para mí, un criminal y un ladrón; para ustedes, el dueño del pueblo.

Entonces dos o tres síndicos (el número variaba) lo asían fuertemente, como si hubiera querido golpear al párroco, y en castigo por el supuesto sacrilegio lo sacaban a empellones, por el pasadizo de muros sin encalar y vigas amenazantes, cruzaban el patio de barro, en cuyo centro había una gran piedra de aluvión, con un moñito de plantas y hierbas encima, y allá seguían por una galería de techo apuntalado por palos negros, hasta que entraban en la celda, distinta pero igual, el piso de tierra, un montón de paja sucia y las ciegas paredes de adobe; nada más.

Esta vez lo empujaron dos tipos, un gordo y un flaco, sin duda listos desde hacía rato, ¡Uno a uno, si son hombres!, gritó Velásquez, y se lanzó contra el primero, todavía más joven que el de meses atrás, y ahora estuvo feliz porque, siendo viejo, soportó más que su rival, se cayó apenas una vez y el otro dos veces, y luego vinieron juntos sobre él, como debía ser en esos casos, y también aguantó más que nunca, y tardó en escupir sangre, y cuando lo hizo manchó adrede las caras también transfiguradas del gordo y el flaco, hasta que entraron dos más y casi lo incrustaron en la pared a puntapiés, pero todavía no gritó, arrastránsose, pataleando, y sólo gritó por la noche, cuando no pudo dormir y creyó que estaba roto, despedazado o muerto. Pero seguía mirando con el ojo bueno la rendija, la linterna del pasadizo.

La curiosidad lo devolvió a la calle. Rosales iba solo y a pie, sin el Blanco, y con el aspecto de un lugareño ajeno a todo, sólo preocupado por llegar a su casa. Eso creyó él, ignorante de que dos grupos de guardias y síndicos, encabezados el uno por Gómez y el otro por Parra, recorrían cuidadosamente el pueblo, buscando a Esdras y a otros revoltosos.

Debió de haber previsto esa ronda policial, pero se lo dijo a sí mismo únicamente al hacer cola para pasar el huaru, cuando los sihuasinos tenían que verse las caras y comentar sobre la mangada y el aluvión.

–¡Acabáramos! ¿Y usted qué hace aquí? –oyó la voz del amo que siempre lo sometía, devolviéndolo a su condición de empleado, de culpable ante el jefe. Se puso tieso, resistiendo un poco, pero saludó demasiado cortésmente, aun sabiendo que Gómez no le respondería igual:

–Buenas tardes, doncito.

Gómez infló el pecho y quizá los bigotes grises vueltos para arriba. Rosales quiso verle aún más la cara arrugada y seca, pero de ojos salvajemente decididos; tampoco esta vez soportó esa mirada dura y cruel; prefirió examinar la camisa con ancho cuello de palomita y el anticuado florón de la corbata oscura.

–¡Qué buena vida, señor Rosales! –exclamó burlonamente el viejo–. ¿No debía entregarme una recua en Andaymayo? ¿Y le gusta pasear con este frío? ¡Vamos, siga no más, olvídese de sus compromisos!

–Nunca los olvido, señor. La recua siguió anoche con mi arriero Medardo y ya debe estar en su hacienda.

Respondió muy bien, claro está, y con el cuerpo firme y la decisión tomada.

–Mi arriero...–lo remedó el viejo: se le salían los ojos negros, entre un mar blanco y enorme–. Cada arriero que nos trae a Sihuas es un condenado sinvergüenza. ¿Qué me dice del otro que tiene?

Empezó a temblarle la voz:

–Yo no puedo ser responsable de lo que haga Esdras.

Todavía no cruzaban el huaru, tardarían un poco más según iban en la cola; pero a pesar de hallarse en una columna se sintió en medio de un ruedo, solo frente a Gómez y a su cuadrilla.

–Ah ¿entón sabe de qué se le acusa?

–Sí, señor, he oído que mató no sé a quién, pero si me perdonan yo no creo en...

–¡Nos importa un comino lo que crea! –estalló Gómez, se agitó de pies a cabeza, temblaron sus bigotes–. ¡El tipo es un asesino! –y se cerró el ruedo, que él vio como por segunda vez.

–Esto puede arreglarse de hombre a hombre, no le haremos un cargamontón –sonrió torvamente el viejo que, a solas, no le aguantaría dos minutos de pelea–. En El Escalón siempre se han visto los valientes... ¿Le parece bien a las seis de la mañana?

–¿Con usted...? –reaccionó a medias, atontado aún, pero creyendo que hacía lo que deseaba, sonreir desdeñosamente–. ¿Y solo a solo?

Estaba seguro de que le tendería una trampa.

–¡Cállese, animal! –protestó un adulón del grupo.

–¡Lo vamos a botar del pueblo! –dijo otra voz enemiga.

–¡El señor Gómez es muy hombre!

–¡Dos veces tuvo duelos en El Escalón!

–¿A qué amigo mandará usted a que lo reemplace? –fue lo último que dijo Rosales, entre insultos y empujones.

–¡A las seis de la mañana, sí, señor! –bramó Gómez, muy valiente porque no estaba solo–. ¡Y ahora camine, si puede..!

Era indio, a pesar de su pelo cortado en la única peluquería del pueblo y de su "comando" costeño, y siempre había andado mejor descalzo que con llanques. Esta vez se los quitó también, avanzando a orillas del Grande, y saltó en torno a las trincheras, metiéndose en el agua cuando no había otro paso. Ya oscurecía; tenía que correr aún más.

A Calia, a Calia, se animaba Esdras, aunque los pedrones del río formaran un laberinto o el espolón de un tronco lo alzara por los aires. Dejó el cauce más allá de Pincullo, por entre sapos y grillos de la noche. Andaba bien por la trocha, pero tiritaba, empapado y sediento, y oía demasiado a su corazón.

Dos cuestas arriba se fue por un atajo (ya el río era una acequia), y finalmente las manchas del aire, de por sí oscuro, le señalaron la alameda, la reja de troncos, la casita hacienda de los Gambini en Ayaviña, que él conocía desde niño. Ahora sólo debía llamar al guardián, al Muermo. Lo vio de antemano, recién salido de la cama de pellejos, envuelto en una frazada y abriendo la portezuela de latas estiradas a martillazos. Aun paladeó el cashqui caliente que sin duda le invitaría.

–¡Casimiro! –tocó y remeció las latas, exhausto pero feliz.

Fue como si provocara a una jauría capaz de comérselo vivo. Cuando se levantó por segunda o tercera vez del suelo, un golpe en la cabeza lo puso contra la sombra, que lo pateaba hacia un cuarto iluminado.

–¿Quién eres? ¿No me conoces? –gritó en castellano y quechua, pero, apenas vio un botón de metal en el uniforme, se prendió de la sombra, desvió el revólver, y el laberinto de perros dio otras vueltas en torno a ambos. Sintió que algo lo iba ayudando, la posición de la linterna contra esos ojos sanguinolentos, los pies delicados del guardia que no había tenido tiempo de ponerse los zapatos, su propia caída hacia adelante, encima del otro, y sus puñetazos para salvarse en un sueño imposible de entender y por fin corrió afuera con el arma que ya era suya, dejando encerrados al guardia y los perros, de nuevo hacia algún sitio sin saber cuál, la puna de Cahuacona o el cerro de Ayaviña, lo que fuera, pero nunca más esa casa traidora.

No volvieron a golpearlo en toda la mañana. Los esperó sentado en el suelo, envuelto en una frazada. No llovía, cosa muy rara, oyó la cadena de truenos, un desmonte de piedras y cerros milagrosamente irreales, y también la otra cadena de relámpagos que hacía flotar su celda en un mar blanco y extraño, y ese mar lo invadía todo, paredes y frazada, y lo dejaba desnudo, sorprendido, a sus años, de la noche. Al volver el aguacero, creyó dormir y seguía despierto, recordando la última vez que lo tomaron preso, su entrada en La Pampa al centro de la cabalgata de guardias, sitiado por una increíble variedad de ojos sanos, no como su ojo izquierdo.

Tocaba una banda en la plaza de armas. Él había sido Alcalde en 1931, en aquellos breves meses de euforia cuando le pareció que muchos como él se interesaban en la política y querían gobernar el país mejor que antes, cuando conoció a todos los músicos de la banda y aun a los hijos de éstos. Casi los vio cruzando la plaza en dirección al panteón, como cruzaban ahora mismo, tocando tristemente. ¿A quién enterraban? A algún rico, sin duda, por el número de instrumentos y por la lentitud de la marcha.

Oyó mejor. Una tempestad seca, con puros truenos y relámpagos, se mezclaba con la banda. El cortejo se acercó al muro de su celda, el contrabajo rebotó extrayéndole una tristeza que dejó salir como si fumara, viendo el humo en el aire. Pudo contar los gemidos de algunas mujeres, no de lloronas indias: ¿enterraban, pues, a una mujer, a una ricachona alejada de pobres e indios? ¡Pues qué bien muerta estaba!, pensó Velásquez.

El cortejo volvió a dejarlo solo y el contrabajo se despidió de él con un requiebro. Pero nadie entraba a golpearlo. ¿Hasta los guardias habían ido al panteón? ¿O se cuidaban de otra revuelta y esperaban encogidos detrás de una pirca, con los fusiles listos? Sonrió envolviéndose mejor en la frazada y siguió sentado en el suelo sin ganas de moverse, feliz de cerrar ambos ojos, no sólo el ojo malo.

La mano de Edgardo pasaba de una mano a otra. Primero se la apretó Nemicha, tiesa y decidida, desafiando las miradas de todo el pueblo, con la mantilla blanca brillando como la nieve sobre el vestido de luto; pero más allá de la plaza perdió su temple, empezó a secarse las lágrimas y abandonó la mano de Edgardo. Entonces se la recogió su tía Petronila, disimulada y fríamente, y se las ingenió para que él se colgara de su brazo mientras la mujer rezaba haciendo girar el rosario. El féretro casi caminaba por delante, valiéndose de las piernas de sus tíos y de otros notables del pueblo.

De pronto el tío Rubén llamó a su mujer y le pidió limpiarle el sudor. Edgardo fue olvidado otra vez.

–¡Abuela, tengo hambre! –solía gritar él desde el zaguán de la casona. La plaza seguía llena de alumnos que gozaban del recreo (jugaban a las bolas y choloques, saltaban al lingo sobre un muchacho con la cabeza inclinada, o hacían bailar sus trompos para arrear con ellos unas pepas de nogal), pero Edgardo entraba cumplidamente por su fiambre. Tome, tome, mi muñeco querido, decía la abuela, dándole el gran manojo de llaves que guardaba en el bolsillo de su larguísima falda, y lo dejaba arreglárselas solo, subido en una silla, para abrir la alacena y engolosinarse con las masitas de maíz, las roscas bañadas en costras de azúcar, las semitas de dos clases de pan, blanco y trigueño, y los bizcochos y molletes. Después de engullir velozmente sobre la silla, volvía a la plaza con los bolsillos hinchados de esas delicias.

–¡Me das todo lo que tienes o te pego! –surgía de súbito Quiñones, detrás de la pila.

Empezaba a dudar, a vaciarle únicamente un bolsillo.

–¡Todo, todo! –y los puños del maldito volaban por el aire, amenazándolo, y lo hubieran molido si la abuela no corría a defenderlo, en medio de alumnos y maestros.

Llegados a la cuesta del primer bosquecillo, donde la calleja se estrechaba aún más, creyó que al apiñarse el cortejo la banda de músicos le caería encima, que el féretro se volvería a luchar contra los vestidos de luto, que el gentío reculaba ya sobre el cerro mojado y estéril. Buscó el brazo de su tío Rubén, tenso por el esfuerzo de cargar el ataúd.

–¡Quita de ahí! –resopló el hombre.

Fue a dar detrás del cura y poco a poco detrás de todo el cortejo. ¿A qué seguir hasta el panteón? Todavía la tarde clareaba y en diez minutos volvería a casa. Se imaginó sentado en la galería y llamando a Cleofé para que lo acompañara. Pero ¿volvió acaso? ¿No se quedó por las calles como cualquier huérfano, pateando las pedrezuelas del camino, curioseando por los portones entreabiertos, seguido por unos perros tan ociosos como él?

Esa noche Rosales midió el tiempo por los fósforos que encendía para ver su Longines de larga cadena. Las figuras de Delia y Esdras no lo dejaban dormir, ella pidiéndole Llévame, llévame contigo, y Esdras herido o quizá muerto, lejano y borroso. A las cinco de la mañana se levantó como después de varias noches en blanco, y sintió que veía por dentro su cabeza: era muy grande y color del humo, con sombras sucesivas que corrían, perseguidas por sus ojos. Medardo llegó cuando ensillaba el Blanco, pero aparte de decirle que había entregado la recua en Andaymayo no pudo explicarle bien cuál era la situación en la hacienda. Se despidió de su amigo Robustiano Velez, que lo alojaba durante sus viajes, mintiéndole que seguía rumbo a Quiches, y entró de nuevo en la madrugada, oscura y quieta como un extraño mar. Medardo corría firmemente detrás del Blanco, y todos iban a desafiar El Escalón, el estrecho paso en la roca viva.

Una vez librado el duelo no podría volver a Sihuas, eso estaba muy claro: Gómez y su corte de adulones le harían la vida imposible. Pues entonces abriría una tienda como la de Robustiano, en los bajos de su casita de El Mirador, y alguna noche vendría a robarse a Delia, quisiera ella o no. Tiene que ser así, dijo, picando al Blanco como si lo odiara.

Una hora después, El Escalón, una mole de piedras o metales, se alzó contra el cielo blanquecino, veteado de brumas movedizas por el viaje y la llovizna. Su gran base se disolvía en oscuras vegas que disimulaban la mancha del abismo y su punta dormía en la niebla, lánguida y perezosa. Pronto el camino se haría una raya sobre esa piel de granito, estrecha como la cuerda de un acróbata, por donde los jinetes que marchaban en sentido opuesto debían hacer recular a sus bestias, a fin de ceder el paso.

Empezaron a cruzar y un grito surgió a sus espaldas, unos brazos moviéndose para confundir a Rosales y tapar la cara de un cholo que venía a pie.

–¿Quién es? –preguntó.

–¿No mi conoces, don? ¡El Esdras soy!

Suspiró aliviado. Medardo, que reía tontamente de la sorpresa, corrió a saludar con brutales palmadas a su compañero de viajes. Rosales sintió satisfecho que lo saludaba también en su nombre.

–¡Te están buscando, hom! –le advirtió Rosales–. ¿O no lo sabes?

–A ostí tamién te buscan –sonrió ingenuamente el muchacho, rascándose la cabeza despeinada y salvaje, y le hizo reír.

La roca viva iba creciendo por encima de sus cabezas y se doblaba en forma de un gigantesco gancho. La lluvia cambió su sonido de punteos y látigos, y resonó como dentro de un cántaro. Ya no se mojaban. Sólo después recordó que Medardo le había señalado qué hacer, a lo cual había respondido con un grito de impaciencia:

–¡Sigue, carajo! ¿Qué has visto? ¡Tan zonzo como siempre!

Avanzaban en columna, Medardo por delante, Esdras en medio de los burros, y detrás él, oyendo sus propios pasos resonantes. Medardo se detuvo y aun pretendió desandar el camino. Los burros le impedían verlo bien y finalmente pudo deducir la situación por sí mismo. A sus espaldas lo escudriñaba un arriero con la reata envuelta al pecho: esa quietud lo intrigó un poco, nada más. O quizá el desconocido formaba parte del impresionante paraje donde, a fin de señalar el peligro, se usaban ponchos y sombreros siniestros, enganchados en las matas.

Medardo había frenado a los burros y aun cogía del cabestro al primero de ellos. Rosales desmontó con una blasfemia: la cara del cholo era incapaz de expresar situaciones nuevas, carecía de gestos y miradas. El rumor de sus espuelas se volvió intenso y solitario; casi querían hablarle. Pegado a la gran pared de roca se deslizó por delante del Blanco. Medardo se volvió y le hizo otra mueca incomprensible:

–¿Qué dice Medardo? ¡No le entiendo a este animal! –gritó hacia Esdras.

La respuesta no sirvió de nada:

–¿Cómo? ¿Aónde, ñor?

–¡Imbéciles los dos! –masculló, pero desde su nueva posición pudo al fin sentir la trampa en que había caído. No sólo tenía a un arriero detrás (y con la reata lista como un látigo), sino a dos peones delante, el uno escondido en una arista de las enormes rocas, blandiendo su lloque, y el otro a veinte metros, apuntándolos de rodillas con un fusil. ¿Hasta cuándo te seguirán tomando el pelo, animal?, casi se gritó. ¡Eres más imbécil que Medardo! ¡Ojalá quedes vivo para reírme de ti!

–¿Quiénes son ustedes? –dijo, sólo para ganar tiempo–. ¿Y dónde está el miedoso de Gómez? No te muevas, Medardo...–acabó en un susurro.

–¿No mi conoces, Rosales? –se burló el cholo que tenía el fusil, poniéndose en pie–. Espenoza, pues, eres, del siñor Gómez so capataz. Lias decido al Esdras para que ayer mates un guardia y aura él y to también tienes que caer preso. El Midardo no, él tranqueleto nu más puede largarse.

En la hacienda casi nunca cruzaba palabra con Espinoza, de quien se contaban los peores abusos. Hoy le llegaba el turno a él.

–¿Y qué autoridad eres tú para...? –siguió fingiendo que le interesaba el diálogo, mientras hacía señas a sus ayudantes a fin de protegerse con los burros y avanzar–. ¿Y qué te dio Gómez para que vinieras en su lugar? ¿Acaso no es un sinvergüenza que explota a..?

–¡Aquí istás autoredá! –gritó el peón más cercano y agitó su lloque–. ¡Séndeco eres yo y aurita vas ver!

–Esdras, ven tras por tras de mí, y tú, Medardo, empuja rápido al burro– susurró otra vez, fingiendo ajustar la cincha del caballo, al que súbitamente palmeó en las ancas y lanzó sobre los borricos, y los borricos sobre el hombre del fusil.

El primer balazo del capataz no tocó a nadie. Medardo dio un grito, el primero que Rosales le oía en años, pero cumplió bien su cometido. Ya Rosales había llegado junto al síndico, aunque a ninguno de ambos le convenía exponerse en una lucha abierta ante el precipicio. El segundo balazo fue innecesario. Hubiese bastado que Espinoza se hiciera a un lado, dejando pasar a Medardo y al animal; pero los recibió de lleno y casi junto con el disparo cayó pesadamente el burro tras una piedra blanca, cubierta de nieve, y siguió rebotando de aquí allá, interminablemente, en el abismo sin fondo. Creyó que esa muerte lo inflamaría; pero sintió algún desdén, la certeza de que así tenía que ser, y reaccionó como si al fin se hubiera puesto de acuerdo con sus ayudantes. En el momento en que Esdras fingió compadecerse del animal y corrió quizá a despedirse de él, hablándole en quechua como a un niño, Rosales eludió el lloque y abrazó fieramente el cuerpo húmedo y emponchado que pretendía echarlo abajo. Y luego Esdras, en una finta increíble, saltó atrás y ya estaba luchando con Espinoza por quitarle el arma. Desde colegial, Rosales tardaba en iniciar una pelea, pero después caía en un vértigo del que ya no quería salir, rogando porque el rival fuera tan valiente como para no quedarse solo, hinchado por la cólera, perdido en la victoria. Aunque no, no, ya no podía dedicar más tiempo al síndico; lo preparó con varios golpes cruzados y por fin lo empujó al abismo y se volvió para quedar frente al arriero y la reata. Toda su carne se achicó, esperando los latigazos. Ni siquiera miró adelante, cuando oyó el nuevo disparo. Por más que se hubiese recostado en la roca, sin duda los vuelos de la soga de cuero lo arrancarían del sitio. Había oído muchas historias de duelos a latigazos en El Escalón, pero todas callaban cómo uno debía defenderse. La reata lo envolvió y ambos tiraron de ella, chocando entre sí, pero también con la suerte que los ponía cara a cara. El cholo, muy aindiado, tenía los pómulos brillantes de sebo, las cejas casi le devoraban los ojos, y su boca babosa sonreía malignamente, casi sin despegar los labios bezudos y grandes. En un remolino de forcejeos, ese rival más bajo que él, pero fuerte como un toro, pretendió levantarlo en peso. De súbito, lo vio de abajo arriba, con los crecidos zapatones que lo molían, aunque luego fue al revés, de arriba abajo, el arriero convertido en un bulto después del puntapié en la sien, donde debía ser, un ovillo, un guiñapo que Rosales empujó también al aire y que tardó en caer al centro de un lejano y profundo follaje.

–¡Medardo! –recordó de pronto, y al correr, halló tendido a Espinoza (dormía un sueño espantado, mitad de su cara conservaba la piel, la otra era sólo sangre), robó el fusil, rebuscó en el cuerpo tibio la cajita de balas y se fue por el Blanco para montarlo y sentirse realmente en pie. El único borrico vivo lo miraba entre la llovizna.

–¡Aquistá il Midardo, don! –gritó Esdras, pero el mismo tono de la voz traía ya la desgracia, el anuncio de la única muerte que le importó esa vez, Medardo aovillado y quizá con mucho frío, inmóvil y de espaldas, alguien que lo asustó de veras al cabo de mucho tiempo, y así pudo sentir al fin un fuerte dolor en la muñeca derecha, un grito dentro del sueño de la carne que todavía no se hinchaba.

–¡Vámonos, no lo mires, si nos dejan volveremos a enterrarlo! –susurró, y se fueron por esa puna larga y fría de Cahuacona, él sobre el Blanco y Esdras a pie, usando los atajos para apurar al burro. No había camino a simple vista, pero ahí estaban las huellas sobre la escarcha, culebreando por entre lagunillas medio congeladas, marcas débiles en la piel chata, huérfana y violenta del ichu. El aire empezó a hincharse, crecía visiblemente y les mandaba sus ráfagas como aletazos: parecían voces de nuevos verdugos, y por eso Rosales y Esdras se volvían a cada rato, temerosos de la enorme planicie, por encima de todos los cerros, donde el frío y el viento los empujaba y detenía.

Aquella orfandad le hizo pensar otra vez en su suerte, en los consejos de su padre muerto en Yuramarca y de sus maestros del Dos de Mayo de Caraz, pidiendo entender las cosas y obedecer la ley. Y en Robustiano Vélez, que le proponía hacerse socios y abrir nuevas tiendas de abarrotes en Quiches, Yanac o La Pampa. Y en Delia, que lo incitaba a ser feliz, sin importarle más. Y ahora en Medardo, de pronto redivivo y absolutamente real, animándolo a vengarse, volver a Sihuas y matar de un canto a todo el mundo. Consejos inútiles que se enfriaban en la puna. El agua de charcos y lagunillas era un aceite quieto y perdido. El viento le daba vueltas a esa tierra, sin poder llevarse nada. Encima de su cabeza faltaba el sol, y a cada instante, junto a Esdras que se esfumaba y reaparecía por los atajos, lo esperaba la nieve en bloques o puñados, yerta sobre una loma o rompiéndose, como botellas a su paso, mientras al fondo una montaña blanca viajaba y giraba lentamente, vigilándolo como podrían hacerlo unos invisibles hombres de Gómez.

El dolor de su muñeca venció paulatinamente a todo. Podían haber subido a los cerros de Corongo y Pallasca, sin descolgarse a ningún valle; Esdras luchó a su modo porque así fuera, con nuevos consejos desoídos de antemano.

–¡A Yanac, a ver el Shogta! –mandó él.

Sintió la cólera de Esdras por esa orden, pero ya él pensaba en el sebo de culebra sobre la muñeca herida, en las hojas de llantén y la vaselina, en los seis dedos de cada mano del curandero Shogta.

Tenía que ser así. Una hora después, cuando el Shogta había acabado de vendarlo, Esdras le gritó desde la puerta de la choza que los perseguía una cabalgata.

–¡Escápate no más, yo te sigo! –dijo él, pero su cuerpo, lento y dormido, sólo llegó a la trocha para comprobar que guardias y síndicos cerraban esa única salida del pueblo. Menos mal, es lo mejor que me sucede hoy día, pensó, arrojando el fusil ajeno, como si lo hubiera usado alguna vez.


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