Los Aprendices


   

7

Como la mayoría de las limeñas, conocía únicamente un túnel, el pequeñito de La Herradura. Sólo en películas había visto desa-parecer el ruidoso tren por el hueco negro, en seguida meterse también los espectadores en esa noche, oyendo el pito, el traqueteo, la sucesión de tablas y planchas de metal que golpeaban o caían, hasta que de pronto todos salían del arco siempre quemado por un fuego antiguo y negro, y la luz era el camino, los árboles, de nuevo el mismo tren.

Entre Huallanca y Caraz contó túneles y túneles, en una sucesión de oscuros techos de piedra que, de tan perversos, no le caían encima para rematarla de una vez. Techos ásperos, llenos de enormes dientes y grietas que la miraban pasar tendida sobre su tabla, en la plataforma del camión. Sentados junto a ella, en el piso de la plataforma, Edgardo, Lucha y los pasajeros indios dormitaban plácidamente. Su dolor latía contra las piedras y rebotaba en los tubos de oscuridad, huyendo hacia el otro castigo de la luz. Tendida y quieta, pero, además, muerta: tan lejano pensamiento ahora estaba ahí. Cuando se agotaron los túneles sintió que la especie de habitación que la encerraba siempre, se había abierto por arriba, destechada por la fuerza, y que el sol salvaje y curioso le quemaba los ojos, alzaba sus párpados, le arrancaba lágrimas y ni siquiera la veía. Edgardo se hacía el dormido sobre el vientre de Lucha y ésta fumaba contemplando el cañón del río Santa. Mejor muerta que...

Despertó para saber que se había desmayado y que le habían dado aguardiente hasta empaparle la blusa. Mareada, tibia, pero sollozando y sin muchos dolores la bajaron hacia el bimotor, un pajarito con la cabeza levantada y las patas muy tranquilas. Gritó en la portezuela como si la degollaran (¡la metían casi de pie!) y siguió llorando en el fondo, tendida en el pasadizo, entre las piernas de los pasajeros que no cesaban de andar por encima de ella. Un hombre a quien nadie llamaba doctor le puso una inyección y le sonrió, despidiéndose. Edgardo se inclinó a limpiarle la saliva y las lágrimas, pero ella no abrió los ojos. Ya el avión roncaba y volaba, sin duda por sobre la enorme y desnuda explanada de San Miguel, por encima de las montañas blancas, las nieves del Huandoy y del Huascarán que para Edgardo eran lo más sagrado y hermoso del mundo. Entonces Matilde tiró del brazo a Raúl y a Edgardo y se metieron juntos en el mar de La Herradura, gritando y jugando. La mancha gigantesca y fría los desafió a seguir penetrando, Raúl por delante y ellos engañándolo por detrás, zambulléndose para besarse a escondidas. Hasta que se descuidaron, y al reflotar, una ola los mareó en sucesivos remolinos, en jaulas transparentes, oscuras o verdes, y acabaron juntos y trenzados en la playa, riendo, sin ganas de separarse.

–De ti no me llama la atención, Mati –dijo Raúl–; siempre has sido medio putona. Pero tú, Gardo, creí que no podías quitarle la muchacha a un amigo. Chau, te la regalo.

–¿Te sientes mejor, mi vida? Te estoy poniendo la única inyección que pudimos encontrar en Sihuas –dijo Lucha.

–Acércate más –dijo ella.

–¿Cómo?

–Acércate más.

La muy idiota tardó en comprender aunque finalmente la tuvo bien cerca, con su linda tez sin espinillas, el perfume caro y los ojazos verdes y pálidos que creaban una hermosa claridad en todo el rostro y aun en sus interlocutores.

–Hazme un gran favor.

–Lo que tú digas, Mati.

–Así me sane, debes volver con Edgardo. Después de todo yo he sido la intrusa. Él te quiere mucho.

Pero los ojazos limpios y casi transparentes eran muy débiles; se cerraron como enturbiando por debajo la piel de Lucha.

–No le hables, debe guardar reposo –dijo Edgardo.

–No fui yo, me llamó ella –dijo Lucha.

–Aunque sea, no le hables, no la muevas; que le haga efecto la inyección. Ven, déjala tranquila.

Tranquila, no; sola, oyendo la primera despedida.


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