Los Aprendices


   

6

Apenas quedó solo en la casona, Félix se zambulló de nuevo en la noche y la tormenta, y únicamente se calmaron sus nervios cuando descubrió las sombras de Nemicha y del peón que cargaba las alforjas.

–Todo listo –dijo.

–Sinvergüenza –rió ella, escupiendo la lluvia–. Lista estará tu cama, pero yo me muero de frío; tiemblo como perro chusco. Y creo que me han visto las amigas de tu madre. Todas la viejas están agüaitando desde sus puertas.

–Hei dicho todo listo, señorita –repitió con fingida ceremonia y envolviéndola en su poncho–. Tengo café, anís del mono, copa de oro, lo que usted diga...

La empujó por el zaguán, sin importarle los bultos de Cleofé y Simón, acuclillados en el suelo, pero con los ojos muy abiertos, dándose cuenta de todo. El patio medio inundado casi gritaba en el aguacero. Oyó en las esquinas el parloteo de las tinajas e hizo cruzar a Nemicha la sala que se prendía como una linterna, por los sucesivos relámpagos. Se sacudieron las ropas, gritando y riendo de frío, pero Félix no le dio más tiempo; cerrando el dormitorio y también sus oídos, desarmó de golpe la carpa de frazadas y sábanas que ella pretendía hacer durar, con una copa de anís en la mano. Nemicha quiso contarle cómo había abandonado su pensión y aun se tomó la cabeza entre las manos, temiendo la reacción de su madre allá en Pomabamba, pero él anunció en voz alta que Nemicha era ya su mujer y la hundió en la marea de abrazos y saltos sobre la carne de todos modos tibia, en la presión de las bocas hambrientas, las manos bajo las nalgas, y el sexo mirándola por dentro en el viaje sobre una línea, una dirección que estallaba en el camino y concedía la victoria y el descanso. Al rato despertaron en la noche pedregosa, amarrados entre sí, de nuevo buscándose entre la carne y los huesos, corriendo sobre la múltiple piel que variaba de arriba abajo. Sólo al amanecer pudieron conversar tranquilamente, oyéndose sus mutuos deseos para la nueva vida que iniciaban en ese cuartito robado por unos días.

A las once de la mañana, los duros golpes en la puerta fueron como un insulto.

–¿Qué pasa, carajo? –bramó–. ¿’Caso nadies puede dejarme solo con una mujer?

Vino la respuesta, pero quiso oírla de nuevo; después volvió a dudar, exigió la verdad, nada de mentiras tramadas por algún amigo bromista. Simón y Cleofé le dijeron por tercera vez to máma di ostí estás muershto, allauchi pobrecita, don, y que se le había perdido una mano en el aluvión. Encontraron a la finada echadita sobre una piedra. Félix cerró los ojos para recobrar el sueño por encima del bulto, pero la pesadilla creció cuando Nemicha, él y los dos sirvientes corrieron a casa de Rubén. ¿Y si únicamente estaba herida, si le faltaba una mano y le decía Mira lo que me hiciste, eres mi hijo o quién eres?

–¿Y tamién no sentestes la balacera, don? –dijo Cleofé.

–¿Qué balacera?

–Tardecita, pues, en la plaza, ayer. Muershtos hay, don Vilásquez tá preso y al Esdras lostán siguiendo.

–¡Maldita sea! ¡Todo pasó ayer y otras veces en años no pasa nada!

Llegó como soñando hasta la muerta. Ya su madre tenía la carita limpia y polveada, los párpados ciegos y la colección de arrugas dibujada por fin en un laberinto quieto y extraño. Su madre había sido esa niña vieja y deforme, esa piel reseca con lunares chiquitos, rojizos y negros, esos pelos blancos como barbas de choclo.

–¡Ven aquí, primero vamos a arreglar cuentas! –le gritó Rubén.

Tuvo que obedecer al hermano mayor, al primogénito mimado mientras vivieron sus padres, salir al patio que era un barrizal y fingir que rechazaba los gritos de ¡Tú la matase, animal! ¡Tú le dijiste anda vete a Calia! ¡Lo sé por Cleofé y Simón! Recibió sin quejas los puñetazos y patadas. Nemicha quiso separarlos, pero Petronila y sus sirvientes se lo impidieron. Cayó dos veces en el barro y a la tercera se quedó sentado porque quiso.

–Nemicha, ándate a la casa –dijo.

Petronila pretendió cerrar el paso a Nemicha:

–¿A qué casa? ¿De la difunta? ¡Debía darles vergüenza!

–Tampoco casada tú eres con mi hermano –dijo Félix–. ¿De qué ti asombras y abres los ojos blancos de cordero, di? Anda no más, Nemicha, cola están haciendo pa pasar los huarus.

Nemicha apartó con asco a Petronila y dijo:

–Nosotros sí nos casaremos y les invitaremos al matrimonio, aunque sean lo que son.

No estés muy segura de casarte conmigo, pensó él, sin quererlo, pero le gustó que Nemicha lo besara al despedirse. Se levantó, y disimulando sus movimientos, miró una y otra vez el pobre jardín en aquel espléndido patio con arcos de ladrillo, todo un lujo en el pueblo. ¡Ah, cómo lo cuidaría él si su padre le hubiera dejado esa mansión! Arcos de ladrillo, pilares con molduras y un ancho y bello corredor, donde un pintor sihuasino había soñado con legar a la posteridad sus cuadros de la Pasión, sin suponer que el sol y la lluvia borrarían su obra maestra. Todo para el primogénito Rubén, nada para Félix, el segundo. Haciéndose el interesado examinó de nuevo las figuras desvaídas y al fin hizo lo que quería, cerrar el portón, ponerle aldaba y candado, y guardarse la llave.

–¡Rubén, las alhajas de tu madre! –chilló Petronila–. ¡Nemicha estará solita en la casa! ¡Vamos, apúrate!

Esta vez sí tenías ganas de pelear. Ni cuatro sirvientes juntos pudieron quitarle la llave; pero, en medio del forcejeo, algunos vecinos llegaron a dar el pésame, y mientras él los abrazaba estrechamente, Rubén y su tribu corrieron a meter las uñas.

Más tarde, cuando ya estuvo alegre y tomado en su casa llena de dolientes –el cadáver seguía con Rubén–, Nemicha le contó que Petronila contrató ahí no más, en la bajada de Pincullo, una piara de burros, y como el sargento Parra, el jefe de puesto, había recibido semanas antes calabazas de Nemicha, el celoso fue a decirle que ahora ella vivía con Félix y ganó así su apoyo para desvalijar la casa. Rubén acompañó al grupo, pero se quedó lejos, mirando el saqueo. Nemicha y Edgardo pelearon bien contra esa fuerza invencible; menos mal que la muchacha tuvo tiempo de esconder en el terrado una talega con monedas de nueve décimos, fuentes y cucharones de plata, y unas cuantas joyas. En vez de indignarse, Félix soltó la risa imaginando la piara que se llevaba de todo, hasta gallinas, chanchos, sillas de tres patas, canastas rotas y marcos vacíos.

–¿Cómo? –dijo–. ¿Nadita más se robaron? ¿Y mis zapatos viejos, y los poyos soldados a la pared?

–Borracho no me gustas –dijo Nemicha–. Borracho eres otra persona y te dejas dominar por Rubén.

–Pa estar borracho me jualtan lo menos cinco botellas –afirmó con orgullo, y en una de las vueltas que le hacía dar el gentío, recibió el pésame de Manuel Rosales, el hombre que había estudiado la Media para seguir una profesión, cosa rarísima en el pueblo, pero que acabó de arriero al morir su padre e hizo descansar a todos del temor de que pudiera ser distinto de los demás. Esta vez Rosales le habló con extraño entusiasmo de la revuelta de Andaymayo.

–Sí, ayer sintiendo estuve la bulla y los balazos –mintió Félix–; en el atrio de la iglesia fue.

Rosales siguió dándole las últimas noticias, como si apenas volviera de la refriega, y aun bajó la voz confesándole que desde hacía dos años organizaba un sindicato de peones en Andaymayo y que éste era sólo el primer estallido de una verdadera revolución.

–Se lo dije así a Eladio Gómez, cara a cara –se jactó Rosales, suponiendo que Félix estaba tan borracho como otras veces y que no le entendía gran cosa.

–¿Y cuándo será el alzamiento? –se hizo el sorprendido.

–Pronto, ya lo verá usted.

–Per Velásquez en la cárcel está.

–¿Y qué? No necesitamos a vejestorios que nunca consiguieron nada bueno para los indios.

–Per usted contratista de don Gómez es. ¿O ya renunció, di?

–Le mandé avisar que me largaría.

–¿Ah, sí? Ayer con él estuve y hablar bien le oí di usted.

–¿Y qué dijo? ¿Cierto? ¿Y cómo fue? –Rosales abrió los ojos, interesado y aun alegre, pero Félix siguió recibiendo los abrazos en ese velorio sin muerto, que la gente del partido de abajo, desconfiada de los débiles huarus, había aceptado como válido, para no ir hasta la casa de Rubén.

Se había prometido concurrir al entierro y lo cumpliría. A los diez años, cuando murió su padre en la antigua casa-hacienda de Ayaviña (vendida después a Eladio Gómez por una bicoca: el negocio lo arregló Rubén), Félix tiritaba de frío y calor en su cama, con una gripe que le molió los huesos por un mes. No pudo ir al sepelio. Ahora se propuso beber unas seis o siete copas, nada más, que no le impedirían su obligación. El espacio que dejaron los muebles robados fue un alivio: más y más gente atestó los cuartos y él sonreía pensando en los pocos lugareños que acompañarían a su hermano. Pero tanto desfilaron sus amigos, abrazándolo estrecha y tiernamente, y tanto le preguntaron cómo había muerto doña Patucha, quién la había sacado del río y cuándo, si ella estaba completa o le faltaba algo, que dejó la sala y ya no pudo oír la banda de músicos que se llevaba a su madre, directamente de Pinculllo al panteón. Bebió y lloró, imposible calmarse. Nemicha le dijo después, cuando ya se acostaban, que hubo una trifulca en el cementerio, que el cortejo de su madre se dio con el de los indios asesinados en Andaymayo, y que ahí no más intervinieron los síndicos, golpeando y apresando a los peones revoltosos. Perdido en balbuceos, tambaleando, Félix le respondió otra cosa conforme Nemicha lo desvestía y comentaba: Dios lo ha querido así, ellos jamás lo soñaron, pero ya tenían la casona para ambos. Entonces él carraspeó, pero siguió gangueando: sentía a su madre a su lado, igual que cuando de niño ella lo esperaba en el corredor y Félix se escapaba de la plaza durante el recreo, después de jugar choloques y ñocos con sus compañeros de escuela. Sí, los tres vivirían siempre juntos, sin ningún problema. Y no era que él respetara excesivamente a los muertos ni estuviera loco o borracho, nada de eso. Lo decía muy tranquilamente. Sentía a la vieja con ellos y no le daba miedo. Después de todo, su madre lo había querido y sabía muy bien que él y Nemicha se amaban. No lo dijo con esas palabras ni en ese orden, pero Nemicha lo entendió exactamente así.

–Y a mí también me quería –dijo ella.

–Y a mí también. Yo la vi caer del puente, ustedes no –dijo Edgardo, apareciendo de súbito en la puerta del dormitorio, con el piyama viejo y abierto, incapaz de dormir–. ¿O sea que siempre viviremos los tres juntos?

–¡No lo decía por ti! –gritó Félix–. ¿Qué haces ahí espiando a los grandes? ¡Vamos, a su cuarto!

–No le hables así al chico –dijo Nemicha.

–Peor es mentirle ¿no? ¿Acaso lo decía por él?

–Gardo, no le oigas a tu tío.

–Ja, ja –los señaló el niño con el dedo–. ¿Ustedes se lo creyeron? Yo me tengo que ir un día de éstos, primero a La Pampa y después a Lima, en cuanto mi papá lo ordene. Pero podríamos jugar a vivir los tres juntos, o si quieren los cuatro con la abuela, como si ella no se hubiera caído del puente. ¿Qué dices, tío?

–¡Te callas o te pego! –lo amenazó Félix, semidesnudo y casi cayéndose de borracho, los ojos indignados, feroces, llameantes.


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