Los Aprendices


   

5

–¿A quién asustas, hija, con esos berrinches?

Rosales le habló al río Grande que más abajo ya se había tragado al Chico, llevándose los huarus, pero también los puentes. ¿Imposible entrar en Sihuas? ¿Esperar hasta mañana? Buscando un atajo cabalgó por la lengua de barro que casi humeaba en la mangada; al pie de la línea de cerros envueltos por la niebla no había chozas ni ramas grandes donde cobijarse.

–¿Y el camino que pasaba por aquí? –se preguntó en voz alta. La piel del Blanco parecía también convertirse en vapor; vibraba y aun sacudía la montura. Empinándose en los estribos, descubrió lejos de su sitio los palos del único huaru en que había confiado siempre, por su grosor y su gran luz sobre el agua negra. También había caído.

–Menos mal que las trincheras siguen aguantando –dijo, como si alguien le oyera: las trincheras sentadas como gallinas, unas pirámides de cuatro palos amarrados arriba, cerca de las puntas, y el cerrito de piedras embutidas adentro; pero ya la riada había empezado a sitiar a esos centinelas sin cabeza.

Al desmontarse sintió que el cuerpo demasiado duro y nervioso del animal lo había empujado siempre arriba, mientras él había luchado por hundir y suavizar el lomo; la batalla lo había molido y ahora sus ademanes eran torpes y soñolientos. ¿O no? ¿Veía bien la otra banda en que se remojaban Sihuas y su hermosa campiña, sus envidiables eucaliptos? ¿Y ese bulto negro e inmóvil, plantado en el suelo como el muñón de un tronco? Si es un tronco en medio de las sementeras, pensó, es algo digno de verse, una piedra congelada sobre el verdor; pero si es un peón tiene que ser un imbécil: ¿a quién no se le ocurre guarecerse?

–A mí –se respondió, tardando en colgar dos puntas del poncho de jebe en un molle y las otras en la montura del Blanco. La bestia quedó medio escondida a su lado, mirándolo en secreto, y sus ancas afuera, en el ruidoso aguacero. Sacó de una alforja la botella de aguardiente y después del choque del ardor y el frío se sintió mejor.

El bulto negro no era un tronco, sino el primer indio emponchado de una columna en viaje muy lento, como protegiendo a dos jinetes que sólo podían ser el déspota Eladio Gómez, dueño de Andaymayo, y algún amigo de juergas y abusos. Le bastó una mirada y se puso a gritar:

–¡Esdras, Medardo! ¿Por qué diablos se demoran tanto? ¡Hay que pasar de todos modos!

–¡Istamos áqui, doncito! –gritó a sus espaldas Esdras.

–¿Y la recua?

–¡Tamién, ñor Mánuel!– dijo Medardo.

Dejó la improvisada tienda para comprobarlo. Sus dos arrieros ayudantes se protegían de la lluvia con un encerado que servía para cubrir la carga.

–Rápido, hay que ayudarlos a cruzar –dijo–. Ese perro del Gómez capaz dice que le hemos quitado el huaru y así busca un pretexto para no pagarnos. ¿No había por acá un vado con buenas piedras..?

–Per nostá en nengún lados ñor don Gómez –gangueó burlo-namente Medardo.

–¿Y uno de los jinetes quién es? –lo remedó, para descubrir que tampoco eran dos hombres, sino dos indias cabalgando con las polleras levantadas y la cabeza cubierta por rebozos. Estaban como en una isla, entre dos puentes rotos, y debían llegar a este lado para seguir a Sihuas. Detrás venía el cortejo de peones trayendo angarillas, donde debían reposar unos enfermos, según la marcha tan cuidada. ¿Y ahora quiénes son los imbéciles, ellos o yo?, se dijo. Cerraban la columna otras indias, retorciéndose exagerada y teatralmente, llorando con una tristeza que él conocía bien desde niño, una inmensa propiedad común en la sierra: el llanto artificial de las lloronas a sueldo, sí, pero que luego provocaba la tristeza auténtica, y entre el llanto y la tristeza había siempre un charco de silencio, una distancia de vidrio. ¿No ve? El charco se vació en su corazón y ya se puso a recordar que era huérfano desde hacía cinco años, soltero y con una novia casada y lejana, Delia Bolaños, y que en su casita de El Mirador, después de sus largos viajes de arriero educado y vergonzante, sólo hallaba a la vieja sirvienta Sabina, cobrándole sueldos atrasados.

–Seguro son muertos del aluvión –dijo él–; ya nos tirarán los palos para hacer el huaru.

Bajaron a la orilla cuando un chimbador ya se había lanzado al torrente, empujando el primer palo. Esdras gritó hasta que le echaron una soga; falló en recibirla, pero, al segundo intento, el bruto de Medardo, cubriéndose los ojos, presentó su cuerpo para que la soga lo chicoteara y envolviera.

–Diz que muertos del aluvión no son –dijo Esdras–; balacera de don Gómez fue. Sigoro en Andaymayo, don.

Cuando flotaron hacia ellos los últimos palos, se dividieron el trabajo a ambos lados del río, a fin de amarrarlos con sogas, formar el huaru y nivelarlo para el paso del cortejo. Tuvo que mover las manos, sudar en la lluvia, quitarse el poncho, ordenar y obedecer. Sólo así desvió los ojos desconfiados de los indios, para quienes siempre había sido el contratista de piaras del gamonal y el jinete errante que sólo frente a dos matanzas de peones, de las muchas que hubo, tomó el partido de las víctimas para luego acabar rindiéndose de nuevo a Gómez. Conforme cruzaban las mujeres, las comparó instintivamente con Delia y estuvo feliz de esa novia suya, a pesar de que ella tenía marido y tres hijos; después pasaron las lloronas con gestos perdidos ante los cerros ya oscuros, flotando en la mangada pareja y menuda; y por fin contó las angarillas con los muertos chorreantes y deformes, las manos abiertas, sucias y abandonadas, las costras de sangre negra enredadas en sus cabellos, o tapándoles la boca y la nariz. Entre cada dos angarillas cruzaban indios que blandían lloques, escupían coca y se animaban a gritos como soldados antes de la batalla. Tenían ojos de futuros e increíbles asesinos. Se resistió un poco a seguirlos (dos años atrás fue lo mismo, en la plaza de armas de Pomabamba), pero pronto ya los estuvo admirando y dejó que su cuerpo se fuera dócilmente con ellos, así como los niños siguen a los mayores. Al poco rato acabó por entusiasmarse de veras, sin dudas de ninguna clase, olvidando el próximo paso de su fiebre, el del cálculo y el miedo. Había que marchar sobre Sihuas, aprovechando las escasas horas valientes de esos peones que, mañana, como otras veces, volverían a ser taimados y mansos.

–¿Y aura con la recua quiácemos, don? –preguntó Esdras.

–Que Medardo se la lleve a Andaymayo cuando baje el río. ¡Tú ven conmigo!

–¿Onde, ñor?

–¡Sigue y calla!

Se fueron trotando con la poblada. Media docena de guardias –destacados en Andaymayo, a propósito de un robo de ganado– habían dado muerte a un partidario, siendo a su vez heridos de piedra y palo por los indios. En represalia, guardias y empleados de Gómez provocaron una balacera y dieron parte a las autoridades de Pomabamba, que esperaban advertidas el segundo choque. La rebelión sólo podía proseguir o acabar después de un día en blanco. Hasta pasado mañana no sucedería nada. Y aunque los revoltosos entraran libremente en Sihuas, los lugareños supondrían, sin duda, que los cadáveres provenían del aluvión y no de una matanza. ¡Vaya suerte de Gómez! Pero quizá esas conjeturas fueran todas falsas: ¿quién saldría a verlos con esa lluvia, quién se enteraría de su llegada? ¡Cuántas ventajas para el déspota!

Sólo muy de noche, empezando a toser de frío y sin una gota de aguardiente, sintió en el estómago el infaltable movimiento de su propia retirada. De nuevo como antes, huía del peligro, escapaba claramente. Lo que quisiera saber es en qué puesto marcharé al entrar en el pueblo, se dijo, burlón. Verdad que no voy a exhibirme por delante, como un líder, así no me vea nadie; pero ¿me pondré junto a los muertos y lloronas, o seré disimuladamente el último, para escabullirme por la primera esquina hasta la casa de Delia? ¿Y tampoco esta vez me despediré de ningún rebelde, como esa mañana en Pomabamba, cuando primero animé a los peones y los llevé a la plaza, pero luego los dejé solos, apenas surgieron guardias y síndicos por todas partes?

Claramente se vio partido en dos hombres, avanzando por milagro en un solo caballo.


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