Los Aprendices


   

9

El feliz griterío concluyó. El patio de cemento, con aros de básketbol colgados en el segundo piso, quedó desierto y aquí dentro se estaba apagando, lentamente como se consume una vela, el vocerío de los muchachos que retornaban a sus carpetas después del recreo, en espera de la nueva clase.

–¡Fuentes, empréstame tu cuaderno! ¡Anda, no seas malito! –le suplicó Romaní, volviéndose repentinamente a Edgardo, y extendió su largo brazo por sobre la carpeta desocupada que ahora había entre ellos.

–¡Y también a mí, a mí! –se levantó al fondo el gordo Sáenz, rogándole con las manos juntas.

–¡Y a mí de refilón! –corrió hacia él y frenó como si patinara, el morenito Carrillo, risueño y ocioso.

–¡Tomen, copien lo que quieran! –rió él, entregándoles su cuaderno puesto al día y con los títulos subrayados en tinta roja. Ya estaba acostumbrado a esas súplicas.

Cerró la tapa de su carpeta y quiso seguir riendo; iba a burlarse de Sáenz, mintiéndole que el cuaderno era de otra materia, pero más allá de la tapa cerrada vio de nuevo la carpeta vacía, y entre él y Romaní renació aquella ausencia, aquel silencio en medio del barullo a medio apagarse, a medio caer sobre algodones.

Lo mataron hace una semana, pensó, y se puso en pie como los demás para recibir al único sacerdote del colegio Guadalupe, al Padre Dicenta. La sotana verdosa y grasienta pasó a su lado, llevándose un cuerpo pálido y amarillo, pero todavía fuerte. Yo no soy chupacirio, por ti seré, por ti seré, canturreó bajito Romaní: una musiquita que era herencia del muerto, oída cada vez que entraba el Padre Dicenta.

Volvieron a sentarse y reempezó la letanía, la cadena, el sonsonete, la necesidad de estar bien con Dios, amiguitos míos, participemos en la gran comunión estudiantil y universitaria del próximo domingo (¡cómo pasa el tiempo, hace dos meses que estamos anunciando la fecha!); en contra de lo que ustedes puedan oír en la calle o en casas de infieles (infieles: los libros y películas se referían a beduinos, moros, sarracenos, cainitas y pieles rojas, pero muy pocos de ellos recordaban a los chunchos, quechuas y aimaras), la institución de la comunión lava nuestros pecados, y en el caso de niños como ustedes, establece desde muy temprano un diálogo con Dios, un lazo permanente e indestructible.

Esa cara pálida y recién afeitada ya tenía encima una capa de grasa; y al hablar, los gruesos labios como que echaban la lengua afuera. Los ojos eran unos globos azules con manchitas de sangre en el lagrimal: casi avanzaban solos entre las carpetas y parecían entrar y quizá vibrar en cada alumno, mientras la voz se llenaba de paciencia y subía por una espiral, las buenas acciones, el pecado, la verdad, la pureza, Dios, así, eso es. A todos les esperaba una fiesta el próximo domingo. ¿Sabían lo que era una fiesta? Oh sí, por supuesto. Pero no una fiesta cualquiera, de congas uno, dos y tres, valses como Clavel Marchito y polkas de Karamanduka (el cura conocía bien los ritmos y dio sus vueltecitas frente a ellos, bailando entre risas), sino una fiesta muy importante, una especie de Día de la Madre, con ella recibiendo el homenaje del esposo y los hijos, todos juntos como para una fotografía, sonrientes y dichosos. Edgardo vio a su madre sola, correteando día y noche del comedor a la cocina para servirlo, atenderlo, adorarlo, ya que él ocupaba hoy el sitio del padre ausente, y mirando por la ventana la horrible avenida Grau, como única distracción. La dejo sola, no la acompaño ni a misa, le robo diez soles cada vez que puedo, pensó. Así, como esa linda fiesta de la Madre, pero mil veces más espiritual e importante (¡imagínense cómo será!), así es la fiesta que nos espera, el encuentro con la hostia sagrada, con el cuerpo de Dios.

Pero hay que prepararse para recibirla, hacer un examen de conciencia, disponerse a confesar todos nuestros pecados, sin miedo alguno. Su corazón empezó a latir, lleno de culpas secretas, quemado por nuevos deseos: cosas con mujeres todavía no he hecho, ¿por qué entonces me siento culpable? A ver, a ver, ¿cuántas veces robaste diez soles, cuántas quisiste que la vieja estuviera bien muerta para que pudieras recibir solo el dinero que manda el viejo desde La Pampa? Durante todo el día previo a la comunión, en los salones habrá sacerdotes para ayudarles a limpiar sus almas. ¿Cuántos de ustedes no han cumplido todavía con la primera comunión? ¡A ver, pónganse de pie!

Edgardo y otro alumno más alto y mayor que él fueron los únicos en levantarse. La mirada azul lo penetró largamente.

–Tú eres Fuentes ¿no?

–Sí, señor.

–¿Cómo has dicho? ¡A ver, repite! –y la piel amarilla y cansada se le vino encima, los ojos extranjeros le cerraron todo camino, ya no pudo moverse–. ¡No soy señor, soy Padre!

–Disculpe, señ.., digo, Padre.

La clase empezó a reír, pero se cortó en seguida cuando la sotana dio una vuelta rápida y sonora, como las faldas largas y coléricas de una mujer.

–Con que Fuentes ¿no?

–Sí, Padre.

–¿Y por qué tienes las mejores notas si ni siquiera te has confesado? Todo pura teoría ¿no?

–Él chanca duro, Padre –dijo alguien atrás–. En todo saca buenas notas.

La sotana se calmó, los ojos perdieron su brillo, las manos se entrelazaron para quedar quietas, a la espera:

–¿De qué colegio vienes, hijo?

–De Chimbote –mintió, incapaz de decir Sihuas, para que no le preguntaran dónde quedaba ese pueblo serrano y desconocido.

–Pues bien, yo conozco Chimbote. Hay varias iglesias. ¿O me vas a decir que no había párroco en el puerto?

–Pero el Padre no iba a la escuela.

–¡Era un Padre ocioso! –chilló el gordo Sáenz, como una mujer.

–¡El ocioso eres tú que siempre sacas once! –el cura se volvió por un segundo a reprender a Sáenz, pero ya estuvo mirando de nuevo a Edgardo–. ¿O sea que no te prepararon para la primera comunión? No lo creo, pero puede ser (¡No miento!, quiso gritar él, ¡No miento!) ¿Y tus padres? ¿No te llevaron a la iglesia..?

–El sacerdote le dijo a mi madre que cuanto más años tiene uno, más entiende la comunión.

–¡Pero no tanto como hasta que te salgan bigotes! –dijo la mezcla de hombre y mujer, e hizo reír a todo el mundo. Edgardo quedó en el centro de las burlas. Hoy vas a ver, pensó.

–Todavía no tengo bigotes; mire usted, Padre.

–¿Mirar para qué? ¿Para ver que eres el más alegoso de la partida?

–Oh, no; la semana pasada le dijo usted lo mismo a Llanelas, y él sí le enseñó su bigotito.

Los ojos azules quedaron inmóviles, la boca gruesa se plegó, perdida, y oyó en toda la clase un "¡oh!" de asombro, y después un silencio poblado de ojos muy atentos, listos como para seguir un duelo.

Sí, Llanelas: sonreía ingenua y limpiamente a cada rato, así estuviera enredado ante un examen muy difícil, sin escribir una línea. De súbito, luego de sonreír al papel en blanco, torcía la cabeza, buscaba a Edgardo y ésa era la señal de su ignorancia; entonces él debía susurrarle las respuestas, primero ante una mente ciega y negra que no comprendía nada, pero finalmente una palabra o una cifra iluminaban a su amigo, que gritaba de dicha con una mueca muda: ¡había salvado el examen! Y en el patio le agradecía innumerables veces por su ayuda; y por la tarde le invitaba al cine (el Monumental, el Roxy, el Capitol); y aun por la noche se lo llevaba a algún chifa de la calle Capón, para él tan lejos de su casa.

–Haces bien en recordármelo –dijo por fin el Padre, rehuyendo su mirada y enfrentándose a la clase entera–. Fue una desgracia, todos lo sabemos. Un muchacho tan estudioso y alegre, tan lleno de esperanzas y de fe en Dios. Yo he sufrido más que ustedes, tal vez como sus mismos padres.

–Entonces ¿podemos dedicar la comunión a Llanelas? Muchos guadalupanos irán si es así –se atrevió él de una vez–. Y mejor todavía si usted nos hace el favor de hablar de Llanelas en el sermón.

Llanelas parecía estarle aplaudiendo con esas silenciosas muecas que le celebraban todos: blanqueaba unos ojos de tuerto, gesticulaba como un payaso, su cuerpo se reducía o aumentaba de tamaño según a quien imitara.

–¡Un momento, vamos a ponernos de acuerdo! –De nuevo, la sotana paseó nerviosamente por entre las carpetas–. La comunión puede dedicarse a alguien ¿por qué no?, a un familiar enfermo o ausente, a un amigo en desgracia, a todo un pueblo en guerra, por ejemplo. Se ruega a Dios para que nos conceda una gracia y ese ruego se fortalece al comulgar, ¡claro que sí!, pero pensando sobre todo en Dios, por encima de la persona a quien queremos. En esto no hay ningún inconveniente. Pero si supones que voy a aprobar todo lo que ustedes hicieron aquí... ¡A ver tú, muchacho! –señaló a Sáenz con el dedo y casi lo alzó como a un muñeco–. ¡Tú no eres interno, pero te apuesto a que te metiste al comedor del internado a protestar por la comida!

–Sí, Padre –dijo Sáenz, inseguro–; pero hemos nombrado a Fuentes para que hable por todos.

Era verdad. Como en un juego, en el comedor había culminado la agitación de varios días. Los internos del salón (una mitad de los alumnos, nada más) hablaban no sólo de la mala comida, sino de los horarios estrictos que les impedían pasar el fin de semana en casa de un pariente o visitar la biblioteca del colegio –el montoncito de viejos volúmenes sin tapas, tirados en un cuarto, con las hojas perdidas o rotas–, o estudiar por unas dos o tres horas seguidas, pues en lo mejor les apagaban la luz. Finalmente, estallaron en el almuerzo, los frijoles volaron por el aire, los platos de arroz y la babosa mazamorrita de todos los días embarraron el suelo, las sillas, la claraboya empolvada y cruzada de telarañas, inclusive los ternos de los Inspectores: eso fue lo más grave. Llanelas había invitado a Edgardo a almorzar en el internado y así él también pudo entrar en la pedrea (¿frijolea?, ¿mazamorrea?) general, en el laberinto de cuerpos y silletazos.

–Ah ¿con que es así la cosa? ¿Te han nombrado? –y ahora sí el duelo, las paradas desafiantes de ambos rivales, el niño y el cura, los ojos del uno midiendo al otro–. ¿Y me amenazan diciendo que si es por Llanelas sí comulgan; y si no, no? ¿Y qué puede saber una partida de mocosos como ustedes? Y que en el sermón hable yo también de política ¿verdad?

–¿Política..? –gangueó. Nunca había entendido bien esa palabra. ¿Política, algo ligado al Apra y al comunismo, dos sombras enemigas del Gobierno, pero que también le batían en el pecho, le hacían temblar las piernas pensando en la policía?–. Los guardias mataron a Llanelas, eso es todo, Padre. Eso lo dijo "El Comercio".

En la calle lo había visto caer como si bailara entre el laberinto de alumnos uniformados con la chompa celeste y la gran G en el pecho: lo habían herido o muerto, cosa nada nueva para él que todavía soñaba con los muertos y heridos de Sihuas; por eso fue el primero en darle vuelta, vio sus nuevas e increíbles muecas, el asombro de Llanelas al ahogarse en su propia sangre, el ronquido que no olvidaría jamás (una madera crujiente, un grito quebrado en dos pero no roto, ¿cómo explicarlo?), y después el colapso, el cuerpo enfriándose, la mirada ciega, sin nadie al otro lado de esos ojos torcidos, aunque una especie de puerta siguiera abierta, y Edgardo solo, pidiendo auxilio en la calle, gritando y temblando, rodeado de guardias.

–Mataron a un inocente, sí, estoy de acuerdo, pero ustedes, en vez de entregar el cuerpo a su familia...

–¡Pero si no tenía familia en Lima, Padre, era interno! ¡Sus papás vivían en Huancayo! ¿Entregarlo a quién?

–¡No me interrumpas, mocoso! –el cura estaba acorralado, pero salió del cerco–. ¡Si su familia estaba lejos, el Director bien pudo correr con los gastos! ¡Yo fui a pedírselo y él me dijo está bien! ¡Pero no! ¡Ustedes prefirieron robar el cadáver como si fuera un bulto y pasearlo de un lado a otro, que vamos a San Marcos, que vamos a Guadalupe, y lo velaron sin respeto alguno, en medio de arengas, y sólo al final lo sacaron a enterrar, vivando al Apra y al comunismo! ¿Eso es política o no?

San Marcos: para él también fue extraño, un puñado de guadalupanos (algunos todavía niños, como Edgardo) en esos patios llenos de jóvenes y señoritas que infundían respeto; pero desde un comienzo los recibieron como a hermanos menores, los aplaudieron e invitaron a encerrarse con el muerto, odiando a todo el que estuviese fuera del edificio clausurado como una fortaleza. ¡La inexpugnable ciudadela de San Marcos!

–No tenía casa para velarse –dijo él–. Yo hablé por teléfono con su familia en Huancayo y su madre estuvo de acuerdo.

–¡Quién sabe no pudiste explicarle bien! ¡En esos momentos uno está confundido!

No fue idea suya, sino de un líder sanmarquino: hay que calmar a sus viejos, no vayan a ser unos reaccionarios que nos dejen mal. Así empezó la cacería por teléfono, el padre o la madre buscados para ser heridos por otras balas, por la voz de Edgardo que dispararía la noticia entre la penumbra de las calles de Huancayo, a media cuadra de la estación del ferrocarril, una puerta verde frente a una tienda de abarrotes, y la tienda pegada al Hotel no sé cuántos, el único Hotel al salir de la estación, por favor, señorita, es urgente, tiene usted que ayudarme, pidió a la telefonista, no sé la calle ni el número, sólo que no tiene teléfono, hágala llamar desde el Hotel, yo no conozco Huancayo, él me contó dónde vivía.

–Oh, no, le expliqué bien. La señora lloró, le oí muy claro –dijo, pero sintió que la voz le fallaba, sus ojos movían el pizarrón, mientras Saénz le ayudaba a responder durante ese minuto vacío: Sí, Padre, la mamá nos dijo está bien, y que vendría al velorio del día siguiente, en el tren de la sierra.

–¡Sáenz, ya basta, tú te callas, caramba! –estalló el Padre, y Edgardo oyó la bofetada que recibía su amigo. Dejó la carpeta y no se contuvo sino a un paso de la sombra, gritando:

–¿Por qué le pega? ¡Entonces a mí también! ¡Él no tiene la culpa! ¡No le pegue!

Todo es increíble, se dijo en el momento del golpe que le rozó la mejilla y del empujón que él le diera para rehuir esas manos de hombre y mujer. Increíble el laberinto que se armó en el salón, la palidez del cura, la lentitud con que se apagaba su propia furia, tocar a Llanelas muerto en la calle, su cara violácea, congelada para siempre (¡no podía ser!). Increíble ser acusado de empujar a un sacerdote, a un Ministro de Dios, y ser llevado de las orejas por el Regente hasta la Secretaría, donde esperó su suerte mientras el corazón le batía como nunca antes, como nunca antes...

Esperó tres horas, de diez a una, primero sentado frente al viejo Secretario que escribía a máquina o firmaba papeles, y luego daba paseos cortitos de la puerta a la ventana, de la ventana a la puerta, haciendo fuerza (no rogando, sólo haciendo fuerza) para que no llamaran a su madre y ella no viniera a pegarle también. En sus paseos, mientras el Secretario respondía a un timbre del Director, y entraba y salía lentamente, arrastrando los pies, hacia un despacho grande y claro, se vio expulsado del colegio, con una carta en la mano que lo decía expresamente y que le impediría estudiar en otros planteles; o arrinconado a golpes por el Regente y el Director, pero él alzando los pies, defendiéndose hasta que los muchachos de su salón vinieran a rescatarlo y lo alzaran en hombros; o llorando ante el Director, pidiéndole perdón: Hágalo por mi madre, señor, se le va a partir el alma (la frase favorita de ella: Me partes el alma ¿eres mi hijo o quién eres?).

Oh, no, eso no sucedería. Mejor discutiría abiertamente con el Padre y el Director, sentados en esos mullidos sillones que entreveía por la puerta, una discusión limpia sobre Dios, la vida y la muerte, y los dos hombres asombrados de la sabiduría del niño que en todos los cursos sacaba dieciocho o veinte. Pero quizá tampoco sucedería así, sino caería de nuevo en la silla, temblando de miedo, hambre y frío, abandonado hasta por la noche en el gran edificio, preso como Velásquez y Rosales, pensando en la maldad de los hombres, en las injusticias de la vida, en el sufrimiento de los líderes estudiantiles detenidos hacía dos días en la Prefectura de la avenida España.

Y de pronto, la voz del Director: ¡Llame usted al Padre Dicenta!

El viejo Secretario trató de correr, pero Edgardo tuvo que empujarlo con los ojos para que saliera al patio y tuvo que hacer de nuevo mucha fuerza para recobrarlo. A las doce y media sonó la campana y el Padre Dicenta pasó sin mirarlo, directamente hacia la temida puerta, hacia los sillones mullidos. El corazón volvió a batirle; sentado, restregó sus manos innumerables veces, hasta oír la puerta bruscamente abierta, la mancha negra pasando rauda, otra vez sin mirarlo, y el grito del Director entre el silencio y la espera: ¡Que pase el chico! ¡Vamos a acabar de una vez!

Increíble; estaba temblando en el baño (no lloraba, ni sollozaba, eso nunca), con la voz del Director en sus oídos: Ya sabes, chico, basta de líos y de indisciplinas. ¿Qué más quieren ustedes? Ya hemos tenido un muerto. A la tarde vuelves tranquilamente a tu salón y te portas como si nada. El Padre ya no le pegará a nadie, de eso puedes estar seguro; pero si tú o tus amigos vuelven a fastidiarlo, los expulso ¿entiendes? ¡Los expulso en cinco minutos, aunque después hagan ustedes una huelga y me boten del puesto! ¡Eso a mí no me importa! ¡Los expulso y se acabó, y también al cura, si molesta mucho! ¿Entiendes?

–Sí, señor –había murmurado feliz.

Esa fue la aproximación al enemigo; luego vino la decisión de no comulgar, tomada por mayoría de votos. Para el domingo de la comunión pascual ya sabían qué hacer. Los del quinto año, que servirían de enlace con los dirigentes de San Marcos, habían celebrado sus sesiones, emitido sus órdenes, cronometrado sus relojes, como en una película de "comandos". Los demás obedecerían a esos jóvenes fogueados. Ahora, al asalto.

Desde las siete y media de la mañana empezaron a llegar los suyos, todos bien limpios (pobres-pero-limpios: ¿qué sería del maestro Lara?), y otra vez uniformados con la chompa celeste de Guadalupe. Se ubicaron frente al cine Ritz. Los muchachos espías vigilaban los emplazamientos de la concentración y transmitían sus informes: los colegios de niños y niñas bien en la plaza Bolognesi, los universitarios merodeando por María Auxiliadora, en un de-sorden de hombres y mujeres entremezclados que era una envidiable libertad, una muestra de madurez y poder. A las ocho llegaron dos sanmarquinos de terno y corbata y trasmitieron las órdenes. El ataque iba a ser combinado, entre pinzas lanzadas desde la avenida Alfonso Ugarte por los guadalupanos, y desde la calle Walkulski por los sanmarquinos. Cada cual tenía su objetivo: colegiales contra colegiales, sanmarquinos contra chupacirios de La Católica.

A las ocho y cuarto avanzó junto a Sáenz, los únicos chicos en el primer grupo de cincuenta alumnos. Marchaban decididos, pero sonriendo ingenuamente, como si fueran a comulgar también. La sonrisa fue como un pasaporte a fin de avanzar entre los colegios de muchachos ricos, blancos o aun rubios, de vistosos y caros uniformes, que los miraban con cierta sorpresa. La señal convenida iba a darse apenas quedaran frente al último plantel de varones y al primero de muchachas. Faltaban unos veinte pasos, diez pasos, cinco pasos, esta vez la sonrisa fue una mueca irónica, escondiendo la verdadera intención. ¡Ya!, estalló una voz coreada por muchas otras, y entonces comenzó el trabajo de tábanos y abejas, que picaban por todas partes a un enorme cuerpo a fin de enloquecerlo. Los mayores contra esos jóvenes engreídos de los colegios particulares, y los más chicos como él contra las muchachas, en un laberinto de cabelleras, blusas y faldas, y sobre todo, oliendo la carne tibia y blanda de nalgas y senos, que por primera vez tocaba, pasando de un griterío a otro, de una formación ordenada a una línea suelta y muerta de miedo, y finalmente creyó ver la retirada general del enemigo, en medio de órdenes roncas de que no volvieran más por ahí.

Pero, no, no, su misión no había concluido. Lo rodeaban cinco o diez chicas, todas asustadas. Se lanzó contra esa especie de pared y la abrió en un segundo, pero se cayó, y de nuevo vio la pared intacta, el anillo de piernas blancas y misteriosas. Agarró una pierna y provocó un escándalo, pero sólo con amagar que golpearía a la dueña quedó aislado y triunfante, sin nadie que se le opusiera, excepto una muchacha de su edad, aunque más alta y un poco gruesa, bella y de ojos y porte desafiantes. Le gustó ese orgullo herido, pero también el tiempo que ella demoró en examinarlo, la valentía con que se mantuvo quieta mientras él avanzaba, hasta que en el último instante ella huyó, enseñándole de nuevo lo hermosa y adorable que era. Unicamente más tarde llamó desdén a ese orgullo, pues la muchacha ocupaba, a la vista, mejor posición que el rapazuelo de pantalones ajados y zapatos viejos, que una vez, allá en Sihuas, había creído ser (y quizá fue) el más rico de su clase.

Corrió hacia María Auxiliadora, donde la resistencia no cesaba. Una inesperada fuerza de apoyo enemiga había salido del templo, a mitad de la misa, y pretendió impedir que sanmarquinos y guadalupanos juntaran sus vanguardias, pero les bastó un puñado de alumnos de refresco apostados en Guzmán Blanco para desbaratar la oposición. Autobuses y automóviles habían frenado su marcha en plena calle, los combatientes huían o perseguían a sus presas, todo era una fiesta alegre y violenta, y a Edgardo ni siquiera le importó haber caído dos veces, porque había peleado como debía, citando a los de su edad en los jardines, como en las orillas del gran fuego que más allá envolvía y calentaba a los otros.

–¡Vamos, ahí vienen los guardias! –oyó una nueva voz de orden, y supo que la carrera final sería hasta el Campo de Marte.

Dos horas después, con sus chompas envueltas en un periódico, Sáenz y Edgardo volvieron por la plaza Bolognesi, fingiéndose un par de muchachos que gozaba del domingo, pero sin descuidarse de las esquinas, donde podrían quedar algunos enemigos.

–No hay nadie, hom –dijo Sáenz–. Entremos a Taormina a tomar un helado ¿ya?

–¡Aguanta! –casi gritó.

¿Era la misma figura? De espaldas y por el uniforme parecía que sí. Iba con una amiga, pero sólo hasta la esquina de la avenida Arica, donde la despidió y al volverse se dio con Edgardo, con su dicha de encontrarla. Pero ella recordaba muy bien la trifulca; se sobresaltó, temerosa, le lanzó una mirada de odio y allá continuó su camino, mientras él se propuso seguirla. La hubiera seguido así lo llevara directamente a una trampa.

–¡Ven, no seas animal!

Ella cruzó la avenida Alfonso Ugarte, frente a D’Onofrio, y él también. Ella se detuvo ante un portón de madera noble, sin duda muy lujoso diez años atrás, pero ahora sólo confortable. Cuando tocó el timbre, una voz la llamó desde el balcón: ¡Sube rápido, Lucha! ¿No te pasó nada, hija? ¡De aquí lo vimos todo! Edgardo también se detuvo, aunque ella se volvió con cólera:

–¡Fuera de aquí! ¿Crees que no te reconozco? ¡Tú casi me pegas hace un rato!

–Y tú me gustas mucho –se atrevió a decir, como si alguna vez hubiera dicho lo mismo a otra chica.

La muchacha le sacó la lengua y entró en la que parecía ser su casa, pero al menos ya sabía cómo se llamaba, dónde podía buscarla, tarde o temprano.

–¡Vamos a quitarnos, animal! –seguía empujándolo Sáenz, hasta que lo obligó a correr–. ¿Y si sus viejos llaman a la policía?


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