Los Aprendices


   

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Sihuas, Yanac, La Pampa, Yuramarca, Huallanca, Caraz, Lima, nunca olvidaría el recorrido a caballo, tren, góndola y avión. Al principio le pegaron a la espalda un remedo de camilla, el tablón, el más perfecto estorbo inventado por un enemigo; en su cuello una masa había cesado de arder para llenarse de alfileres, clavos y púas que le cruzaban por un camino que colgaba de sus ojos, inútiles y húmedos. El resto de ella no le importaba, sólo esa masa que ojalá no hubiera existido.

Pensar en que ese bulto era ella y que por la trocha extraña y sedienta corrían una madrugada y una suerte suyas; y que debía rogar para que la cabalgata se detuviera a cada rato, ya no podía más, ella que nunca había estado enferma. Despatarrada en el tablón, resbalando sobre almohadones, como para recordar bien sus gustos, la cabeza inquieta y un poco levantada, así, el cuello tenso a fin de observar mejor lo que había hecho tantas veces con Raúl y el Italiano y Edgardo y el tipo sin nombre de la avenida Arenales; tendida y con las piernas cálidas y abiertas, los senos orgullosos y las cabezas de sus hombres rodando por su piel, como debía ser. Matilde les ordenaba esto y lo otro, hasta que las cabezas llegaban al mejor sitio y sólo veía las frentes y mitad de las miradas agitarse con ella, y Matilde agarrándolos de los pelos para meterlos por esa puerta hermosa que le permitía ser feliz. Y después ellos, a su turno, tendidos como niños inocentes excepto en los ojos, mientras Matilde los besaba y lamía como una perra feliz de sus hijos; y finalmente brotaba la pequeña guerra entre los cuerpos desnudos y enredados, oh Raúl, que respiraba a sus espaldas y ella lo llamaba a gritos, oh el Italiano, grande y fuerte como dos hombres juntos, oh Edgardo y sus mañas de sabihondo, sus ojos abiertos mareándola, oh y el tipo sin nombre de la avenida Arenales: apenas vino hacia ella y ya se habían entendido, apenas entraron en la boite y dejaron los tragos intactos y salieron pidiendo un taxi, tomados de la mano, y el tipo que casi no hablaba fue hasta mejor que Raúl y el Italiano (con Edgardo no quiso o no pudo compararlo).

–Se ha desmayado otra vez –dijo Edgardo.

–Cárguenla –dijo alguien–; pónganla con cuidado en el pedrón, bajo el árbol.

–¡Oh, cuándo llegaremos, Dios mío! –exclamó Lucha–. ¿Crees que aguante? Le está subiendo la fiebre.

–Siempre ha sido fuerte; verás que sí –dijo Edgardo, y la voz desconocida añadió:

–Estamos en El Chorro, pero falta poco para Huallanca.

–¿Cómo, se acabó la antalgina? ¡No puede ser, Lucha!

–Y tú cállate, que puede oírte.

–Busca bien. Busca bien. ¿Viste que todavía quedan tres pastillas?

–Oh, no, joven. ¿Y cómo sé que la señorita no es una de las personas heridas en la revuelta?

–Mira, compré huayabas, nísperos y mangos. Para mí, comerlos es recordar los nombres de La Pampa, Yuramarca, Cuichín, todos esos valles cálidos llenos de frutas y caña de azúcar. Lástima que nos faltó tiempo para visitarlos.

–Te está hablando el guardia. ¿No lo ves?

–¿Cómo dice? ¿Acaso tiene impacto de bala? ¿O un golpe de vara o de fuete? ¡Fíjese usted!

Y abusando de que ella estaba indefensa, Edgardo cometió la crueldad de abrirle la blusa, le alzó el traje, le enfrió deliciosamente las piernas y ella casi se preparó a recibirlo como otras veces, pero la espalda seca, de madera, no la ayudaba.

–¿Y cómo sabe que hubo heridos de bala?

–Los hay siempre en una buena manifestación; pero en Sihuas sólo hubo una protesta frente a la cárcel y un muchacho cayó preso, eso es todo. ¿No ve que ella se golpeó la columna y no puede moverse?

–¡Usted será responsable si no tomamos a tiempo el avión en Caraz! –gritó Lucha.

–¿Y tampoco vio más revoltosos por el camino?

–Después de quince años de no venir por acá, el camino es fantástico, pero más tranquilo que mi abuela muerta.

–¡Bueno, bueno, síganse de frente, pero primero me dan sus nombres y apellidos! ¡Y di no, no!

–¡Lucha, cuidado! ¡Nunca te pongas detrás de un caballo! ¿Viste lo que le pasó a ella?

Trae el termo con agua, Lucha. Agarra la alforja, Lucha. Hazme recordar que debo ir al telégrafo a ver si hay respuesta sobre los pasajes de avión. Espera, Luchita, tienes una horquilla mal puesta.

Sí, sí, todo es y será Lucha, la muy ladina que esperaba esto para quedarse con él, mirándolo como tú mirabas a Raúl, el primero, el único, el tipo sin defectos, el que nos arrancó las lágrimas y las entrañas, nos insultó y nos abofeteó por primera vez, y nos olvidó tan tranquilo, y tú muda y sorda, sentada a la mesa con tus padres la vez que peleaste, descubriendo una sombra detrás del día tan claro.

–Vamos, Mati, un esfuercito más; eres linda y fuerte y nada puede contra ti –dijo Edgardo.

Soñar no cuesta nada, pensaste. Alzaron de nuevo el tablón y tú dijiste un carajo bien dicho, asustaste a Lucha la puritana y ya no viste sino las piernas de Edgardo (sombras de humo, pilares difusos) que se inclinaban sobre ti y lo ayudaban a darte un poco de agua.

–Otro desmayo; está sudando –dijo Lucha.

–Duermes ¿no es cierto? –dijo Edgardo.

Pero tus ojos, como la luz del cielo, no querían marcharse y se aferraban de la punta de las colinas pardas, estériles, de un pedrón salvaje y solitario, mientras el enemigo los arrojaba de modo inexorable y definitivo.

Ya no podías más ¿recuerdas?


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