Los Aprendices


   

3

Vamos, tú lloras no más y le dices gritando Aluvión es, agüela, a Calia esta misma noche llévame.

Bueno, tío.
– Y aura diuna vez díselo; yastá escureciendo.

¿Le digo primero o primero lloro?
Diuna vez, hijo; te doy cinco soles más.
Abuela...

Diez minutos de pataleo y llanto, y por fin su tío los despidió en el enorme portón, reseco y claveteado: Cuídate, mamita; chau, sobrino, pueden quedarse allá una semana o dos, no hay apuro, por mí no se preocupen.

Pues ya está, ya huía de la mangada y mañana aun tendría su propio sol hinchando el aire y podría dormir por la noche. Sería un buen ensayo para la vez en que se marchara definitivamente a La Pampa, donde vivían sus padres; pero lo avergonzaba la soga que ataba sus piernas a la montura y el no sostener las riendas, sujetos ahí adelante al caballo de la abuela. Menos mal que lo acompañaba la linterna, prendida del pecho de su bestia.

Subieron por la calleja del mercado, sinuosa como el espinazo de otro animal sobre el que cabalgaran también. Se bamboleó hacia unos tímidos lamparines entrevistos por las puertas, hacia los charcos hablando con la lluvia, hacia el remolino de gritos y órdenes en la boca del primer puente. Como subido al segundo piso de una casa, vio la mezcla del río con extraños bultos, oscuros y flotantes, y con el ladrido de perros tan desesperados como los hombres; y más allá del recodo, un haz de miradas, de luces en tubos de vidrio y armaduras de alambre. Fue como si las linternas se reconocieran y saludaran.

La abuela empezó a llamar a los sihuasinos por sus nombres, pero aun así no los dejaban pasar fácilmente. ¿Y si todos estuvieran exagerando el peligro? ¿Cómo explicar, si no, una risotada en plena marcha, un grito de hombre que fingía ser el de una loca, unos ruidos obscenos de estómagos cargados?

¡Gardo, lagarto! –oyó una voz–. ¡Lagarto, comeharto!
¿Qué es eso de llamar así a mi nieto? –lo defendió la abuela.
– Es Quiñones –dijo él.

¡Qué Quiñones ni ocho cuartos! ¡Un malcriado!

¡Jajay, bien bromista la señora! –gangueó Quiñones–. ¿Pórque si van de Sihuas, si la mangada nues pa tanto? ¿Le llevo la lenterna a Gardito, señora?

Quiñones desprendió la linterna y por un momento correteó dichoso sobre el fango, haciéndole olvidar todo lo fastidioso que era en la escuela.

¿Ti vas a la costa, Juentes?
– Oh, no. Acompaño a mi abuela a su fundo de Calia.

Así es; tengo que vigilar a los peones partidarios
– le ayudó ella a mentir.

Yo pensé tal vez mañana jugando istaré bolas con Juentes. ¿Qué dices, di?
– ¿De veras? –preguntó ansioso.
– De veritas, pues. ¿’Caso istoy mentiendo?

Quiso frenar a su bestia, tirando de las crines, no podía de las lejanas riendas. Hasta sintió deseos de obsequiar a Quiñones el poncho de vicuña que llevaba debajo del de jebe: su amigo sólo tenía un retazo, un tapahombros encima de la chompa floja y deforme, sin duda obsequiaba también. ¡Y la soguilla con que se apretaba la cintura, y abajo los bordes rotos y desflecados de sus pantalones!

¡Abuela, me regreso con mi amigo! –dijo de súbito, olvidando por completo su promesa al tío Félix, pero sólo fue para oir la risotada de Quiñones, que huía llevándose la linterna.

¿De quién son estos malditos caballos? –gritó una voz indignada–. ¿Cómo se les ocurre traer bestias? ¿Y si el puente no aguanta?

¡Corre, hijo, tenemos que cruzar! –le susurró la abuela–. ¡Te devuelvo las riendas, pero apúrate!

¿Y la linterna? –dijo, por demorar su decisión.
– ¡Qué linterna ni ocho..!

Tuvo que seguirla entre el gentío que se apartaba en manchas negras y viscosas. Por el repentino y salvaje rumor del agua, supo que había entrado en el primer puente (una parrilla de maderos mal cubiertos por ramas y una capa de barro que se disolvería como azúcar en el agua); más allá, el silencio, la playa de cascajo y arena, y nuevos mecheros y lamparines que avanzaban en procesión, alargando sus llamas por el viento. Y ahora venían, volaban hacia él dos guardias con sus capas abiertas, azules y rojas, gritándoles algo y deformando sus caras a la luz de un relámpago. Siguió de largo, ya no podía parar; la abuela se retrasó un poco y quiso darle una orden, o sólo decir su nombre, pero él sintió el frío de un nuevo precipicio, un nuevo puente (sobre el Grande, tenía que ser), y allá se fue contra el mar de antorchas de la otra banda.

–¡Pasa, está pasando, ya pasa! ¿Pasó? ¡Sí, pasó...! –el gentío lo aplaudía, un hombre lo desató de la montura y lo puso en el suelo, una mujer lo besó, una niña se lo estuvo mirando, acabadita de llorar. Pasaste, chico. ¿Quién lo hubiera creído?

Su otro tío, Rubén, hermano de Félix, vivía por la cuesta de Agocirca, que justamente empezaba. ¿No estará mi tío? ¿Quién? ¡Don Rubén Gambini, pues!, se alistó a decir, pero no le salía la voz por el crujido de vigas que agonizaban y cedían más abajo. ¡Se cae el puente! ¡El río se lleva las casas! Trepó la cuesta con la muchedumbre, primero erguido y en silencio, pronto doblado, medio caído, arrastrándose por el fango, no había más remedio. Lo levantó una mujer desconocida, después una pura sombra que respiraba sin hablarle, y entró en otra avalancha opuesta de piernas y gritos.

Se detuvo un instante, exigiéndose así fuera una muestra de valentía, una sola, pero evitó decirse que frenaba únicamente al ver la casona del tío Rubén. Casi se estrelló contra el portón, golpeando y llamando. ¿No había nadie? ¿Lo que se llama nadie?

De nuevo se echó a subir, pero ya gritaba sin parar. Bultos de asustadizos lugareños cruzaban ante sus ojos, así como los pájaros cruzan el cielo, para esfumarse en seguida. Oyó las campanas del pueblo tañidas por un loco. A duras penas continuó el ascenso, sintiendo que llevaba en las manos su salvación y su desgracia, sin poder predecir cuál de ellas se cumpliría al término de la cuesta.


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