Los Aprendices


   

1

¿Pudo evitar la caída? El remolino empezó como un juego: Matilde se pegó mucho al caballo, animal descubierto por ella en ese viaje de sus veintidós años, y ya se despedía de la dichosa tarde serrana (los numerosos soles de nubes blancas desafiaban al sol amarillo, la luz rejuvenecida y quieta se rompía en los tejados y volaba sobre manchas de huertas y eucaliptos, en el pueblito donde todos se hallaban reunidos, como en un final de teatro), cuando quiso acabar con sus recelos de costeña y acariciar al bayo que ya montaría, mientras los demás se precipitaban a la calle, por ver la "revolución" de Benites. Y hasta llamó a Edgardo, no sólo para impedir que siguiera a ese tonto, sino para decirle que empezaba a reconciliarse con Sihuas.

Pero también Lucha, la otra novia de su novio, llamó desde el zaguán a Edgardo y lo dejó indeciso, dudando entre ambas voces, hasta que ganó en él su alma de fingido conspirador y se fue tras el motín, el tumulto, dejando que Matilde se alistara sola para el regreso.

Y el remolino se consumó al pretender hablar, sí, sí, con el caballo. ¿Qué sabía ella de cosas de jinetes? ¿Por qué acariciarlo y palmotearlo? Matilde le rozó el magnífico pecho sin pezón, eléctrico y duro, la bestia dio un respingo y ella quiso retroceder, pero se sintió volar sobre el empedrado en cuyo borde caería; se estiró en el aire, prolongando el vuelo, pero sólo pudo ahogar un grito al golpearse la espalda y la cabeza, un golpe y quedó quieta, descansada pero rígida.

Ya se levantaría: ¿a qué tanta prisa? De nuevo llamó a Edgardo y esta vez también a Lucha, sin suponer que la buscaría el bayo, ensayando un relincho que le hervía en el pecho, en la panza enorme, en la bocaza negra y enemiga. ¿Qué sucedía afuera que todos la olvidaban? ¿Había triunfado Benites en su conjura de dos por medio?

–¡Quita! ¡Largo! –dijo, aún sin gritar. Con mover un brazo y levantarse a medias bastaría; pero el animal agitó un casco y ella decidió ganarle la patada que jamás llegó, que quizá nunca urdió el bayo, y entonces su voluntad y sus piernas se separaron en dos capas, dos láminas, dos clases de manchas, que todavía se dieron un adiós curioso e increíble, digno de observarse minuciosamente si hubiera ocurrido en otra ocasión. Y ahora trató de moverse y no pudo.

–¡Gardo! –gritó, por fin. Sudorosa y bien enjaezada, con la montura lista para recibir el pellón y las alforjas, la bestia se detuvo. ¿Fue así? Edgardo seguía perdiendo el tiempo con el amigo que odiaba y quería. Por la maldita revuelta de Benites no la alzaba nadie. Sus manos rodaron lentamente por su cuerpo (eso creyó también), a fin de tocarse y convencerse. Tendría que curarla ¿quién?, ¿un curandero de seis dedos, como el que atendió años atrás a Manuel Rosales?, ¿un boticario sin título, como todos los de la sierra? ¿O una bruja desdentada, maloliente y misteriosa, amiga de hierbajos y aceites de culebra (la culebra vivía como un submarino en un pomo largo, se lo contó Edgardo, y salía para mirar profundamente a los enfermos)? Ya él le había advertido desde Lima: en Sihuas no hay médicos, no hay clínicas, no hay luz eléctrica, no hay duchas ni excusados, no hay...

–¡Carajo, Edgardo! ¡Lucha, gorda del diablo! ¿Dónde están? –gritó de nuevo a esos dos que tarde o temprano le pondrían cuernos, estaba segura, así como ella se los había puesto a Raúl y al Italiano, aunque todavía no al suertudo de Edgardo.

Pero sus manos, oh sus manos, en tan poco tiempo se habían ablandado y no le obedecían. Al fondo del zaguán, dibujados en el marco de enormes hojas abiertas para dentro, forcejeaban los guardias y lugareños, a un costadito de la plaza de armas; pero una cortina de mujeres y curiosos le impedía ver más. Cuando volvió los ojos (movía la cabeza, menos mal), en vez del bayo descubrió a la cocinera india que empezó a levantarla. ¿A levantarla? Lo que hizo fue como clavarle una estaca en la columna, prenderle fuego en la nuca, quemarla por dentro, templarla y partirla en pedazos. Oyendo escapar al caballo pensó: Ojalá le avise a Gardo, sí, así fue, hasta que por fin Lucha, esa inexorable y futura esposa de su amante, llegó trayéndole la felicidad.

–¡Por favor, Luchita, con cuidado! ¡Pónme en una camilla! ¡Llama a alguien! ¡Duele mucho!

Así comenzó el retorno para el que no había acabado de prepararse. Durante un año había oído los interminables cuentos de Edgardo sobre su tribu y de pronto supo el final: Parece que mi tío Félix, no Rubén, sino Félix, está en un lío con los guardias, de veras, aunque estemos en el 48 lo acusan de armar una revuelta de indios. ¿Te imaginas? Yo no lo creo pero dicen que está corrido y la vieja me ruega ir a Sihuas; tengo que hacerlo ¿ves? Ella supone que un estudiante de Letras sabe también de Derecho y puede abrir un juicio. ¿Te das cuenta? ¡Como si allá importaran los juicios y expedientes! Y Matilde aceptó acompañarlo porque, si no, Lucha se iba sola con él, Lucha la novia y no la amante, la virgen idiota en vez de la mujer hecha y derecha, sabia y divertida. Y además de ese cuento del tío perseguido, el de la gente que Edgardo conoció de niño en Sihuas y Quiches. Desde Lima ya la había iniciado en el amor, oh no, en la obsesión por la tribu y ella se sabía de memoria los nombres de esos parientes adoptivos, el desfile completo, vivo pero también fantasmal: Félix el ex borracho, Rubén el ladrón, Esdras el felipillo, el viejo e indomable Salvador Velásquez, la china Cleofé, el arriero y después comerciante Manuel Rosales, el verdugo Parra, el gamonal Eladio Gómez, la señora Delia, amiguita de algunos, no de todos, así como Matilde, cada cual con una historia que iba y volvía como una pelota entre Edgardo, la madre de éste, Lucha y Benites, hasta que por fin Matilde había intervenido también, hablando todos juntos, oh el lindo paisaje de la sierra, oh la vida tranquila, sin apuros, oh la sabrosa comida, pero oh el atraso, la pobreza e injusticia y sobre todo los aluviones, el año entero que pasó Edgardo sin dormir, viendo a los muertos arrastrados por el fango, oh el cuento de que por semanas y meses las uñas de los sobrevivientes seguían negras por más que se lavaran, y oh las matanzas de indios por los guardias y hacendados.

Sí, ahí estaba, sin la tribu, abrazándose de Lucha, fragante y limpia, para ser como ella y volver a andar, pero no, imposible, debía tenderse de nuevo, había que esperar otro rato para ponerse en pie.

Cuando llegó Edgardo, ya no quiso mirarlo, por más que se arrodilló junto a Lucha y trató de consolarla.

–No me pasa nada –dijo–. Sólo quiero una camilla y un médico.

Justamente lo que no hay aquí, pensó o dijo alguien, quizá ella misma.


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