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 Frente al vanguardismo artístico / Alfredo Rebaza Acosta

 

No cabe duda. Entre los frailes está de moda Santa Teresita, como entre las mujeres está de moda la peluca "Valentino" y como entre los artistas está de moda el vanguardismo.

¡La moda metida en el Arte! ¡Es el colmo!

Yo me explico perfectamente este fenómeno. Y por lo mismo que me lo explico, lo disculpo.

¡Jóvenes americanos!

¡Camaradas de las antípodas! ¿De dónde habéis sacado, de dónde intentáis sacar el arte nuevo?

¡Vanguardistas de todos los continentes: estáis relacionando, lamentablemente, el fenómeno político del mundo con el fenómeno artístico. Amigos: lo uno no tiene nada que ver nada con lo otro. Estáis, pues, amasando una tremenda mixtificación.

Y no seré yo quien desperdicie esta ocasión de desdoblar mis conceptos sobre este asunto, por más que amostacéis y me declaréis el hombre más idiota de la Tierra.

Salgan, pues, mis ideas, libres y gozosas al amparo de mi sinceridad.

No se necesita mucho esfuerzo para darse cuenta de que en el mundo se está operando una gran transición sociológica. La post-guerra nos ha resultado fecundísima. Se están viendo consecuencias que ni siquiera soñaron los que el 10 de agosto de 1914 encendieron la guerra en medio planeta. Transformación política, transformación económica, transformación sociológica, en una palabra.

Justo es, pues, que se intente también una transformación artística. Y aquí cabe una pregunta rotunda y definitiva: ¿Será posible transformar el Arte? ¿Será posible señalar una nueva trayectoria a la interpretación artística?

Los vanguardistas dicen enfáticamente que sí. Yo creo que no.

Hace algunos meses conversaba yo acaloradamente sobre este tema con dos artistas. Un poeta: Francis Xandoval, y un pintor: Esquerriloff.

–Oiga usted, querido amigo —decíame Xandoval que es ducho en el arte de conversar inteligentemente— la sensibilidad del siglo XX, la vida agitada del siglo XX, exigen un nuevo molde, una nueva trayectoria para el arte. He aquí la justificación del simplismo, del graficismo, del cubismo, del vanguardismo.

Esquerriloff abonaba estos conceptos con acopio de gimnásticos escarceos metafísicos, muy sinceros y muy cabales.

Como es natural, tanto Xandoval como Esquerriloff, interpretaban, en tales palabras, la voz ardida de los artistas nuevos de todo el universo.

Bien haya que tal punto de vista tenga una muy buena dosis de encomiable anhelo renovador, pero yo me planto y me aparto, hoy para siempre, de tan singular credo.

Y conste por adelantado que no soy el primero en arremeter contra las innovaciones vanguardistas. Ya en el Perú me han precedido voces tan nobles y autorizadas como las de Miguel Angel Urquieta, César Vallejo, acaso también José Carlos Mariátegui.

Miguel Angel Urquieta, que pasa por ser el escritor arequipeño de mejor pasta, y el más ágil, más sincero y más hombre (en grado super), ha definido su pensamiento sobre el izquierdismo de una manera concluyente.

Y hasta ha aprobado que si a un fragmento milenario del Cantar de los Cantares se le suprime la puntuación, se ponen en mayúscula algunos renglones, abriendo los tipos, y se verticalizan una que otra palabra resulta un verso vanguardista hecho y derecho.

César Vallejo —gran poeta, (a pesar de "Trilce"), gran corazón y antena luminosa en materia de crítica literaria, ha dicho también que este trueque de moldes (políticos, económicos y artísticos) no tienen novedad alguna. Que en todas las edades y en todos los pueblos ha habido siempre estos pruritos de renovación, habiendo fracasado todos para quedar tan solo, inmaculada e inmutable, la forma única del Arte Universal, instituido por Dios, por los siglos de los siglos.

José Carlos Mariátegui, voz de hombre empapadita de serenidad y justicia, nervio tenso y eléctrico escritor ecuánime, persuasivo y melodioso, ha dicho también su punto de vista, declarándose no muy apegado al arte "snob".

Voy, pues, a aunar mi voz a estas voces hermanas.

Y para hacerlo, necesito decir, antes que nada, que, políticamente, soy vanguardista hasta la médula. Yo, como todos los mozos del continente, siento el dolor enorme de la injusticia social, que está desgajando el corazón de la América. Yo también hago coro con toda la fuerza de mis pulmones, al grito ensordecedor de protesta por este presente, sarmentoso y pútrido, verdadero cáncer vital que reclama indispensablemente la cirujía de urgencia.

 

¿Qué es lo que busca un pintor futurista?

Yo estimo que un pintor futurista es un buen hombre que quiere oficiar de genio intencionalmente. Los grandes genios que ha tenido la humanidad, aquellos que nos asombran cada día, son los que, allá en remotos tiempos, previeron quizás sin darse cuenta, la presente realidad histórica. (Platón previó muchos problemas políticos; Leonardo de Vinci estuvo a punto de precisar la aeronavegación; Newton planteó, in aeternum, los principios de la mecánica celeste; Víctor Hugo pronosticó que al fin y al cabo la poesía llegaría a ser la civilización cantada, etc., etc.)

Estos grandes espíritus, subconscientemente, abarcaron con sus pupilas muchas épocas y muchos fenómenos.

Pues bien. Un buen futurista es aquel, que pintor o poeta, se pone de codos sobre su mesa a oficiar de genio. Esto es, a imaginar el futuro. El futuro artístico. Esta genialidad ya no es subconsciente. Es intencional. Es cerebral.

A veces me pongo a considerar que los hombres del futuro se han de reír de los lindo de nosotros.

—Ved —dirán cogiendo un lienzo futurista o un ensayo cubista de nuestros días— así creyeron estos pobres hombres que iba a ser el Arte. ¡Cuán equivocados estuvieron! ¡Cuán equivocados!

El cubismo juzgo yo que es la exaltación máxima de la línea recta. La línea recta es de por sí estéril y muerta. La curva es vital, armoniosa y fecunda. El cubismo es la salvación de la línea recta. Sin el cubismo, ¡qué sería de la pobre línea recta! Ella tan orgullosa, tan militar y tan intransigente, se moriría solita, sin que nadie la compadezca. El cubismo ha venido a redimirla.

Y bajo este punto de vista, es encomiable el cubismo. ¡¡Viva el cubismo!!

Pero... después de todo... el cubismo no es más que una trayectoria, una tendencia, un modus operandi, una técnica.

Y esta clase de trayectorias, esta clase de modus operandis, esta clase de tendencias, esta clase de técnicas, son las que informan el Arte actual.

Y todo es cuestión de moda.

Un poeta de hoy suprime la puntuación de sus versos, escribe en minúsculas y verticaliza las palabras no porque quiera atender a razones de orden melódico, ni a necesidades expresivas inaplazables, sino porque están de moda la minusculización y está de moda la verticalización. Ellas están entregadas al tráfico diario como las pelucas "Valentino", los sombreros "Lindbergh" y los pantalones "Oxford".

Leyendo la última obra de Gómez Carrillo La Nueva Literatura Francesa se ve que el mal es mundial. Ha cundido también en Francia, que es uno de los países que más artistas de peso ha dado al mundo. Y es lástima que entre los snobistas estén incluidos artistas de tanto talento y tanto empuje lírico como Georges Ribemont, Jean Cocteau y Blas Cendrars.

Después de todo, el único que tiene la culpa es Guillaume Apollinaire. El, tan sugerente, tan dúctil, tan artista, introdujo el vicio. Y el vicio, bien lo sabéis, es el que más cunde, a despecho de la virtud.

Se quiere hacer un arte de grupo. Un arte exclusivo. Un arte un poco limitado. No un arte ancho y limpio como el que hizo Dios en la Naturaleza, obra cumbre de todas las obras artísticas habidas y por haber. Los poetas, los pintores, los artistas en general, deben poner en sus obras menos fósforo y más sangre cordial. El arte antes que el cerebro debe tocar el corazón. El arte no se piensa ni se macera. El arte se siente y se alumbra, espontáneo y sin mácula.

El futurismo, el cubismo, el vanguardismo, no son sino epidérmicos ensayos de cristalización.

Un poeta de hoy pretende dar mayor fuerza emotiva a sus poemas haciendo graficismos, ingeniosos unas veces, ridículos y estrafalarios, otras.

Por ejemplo:

Un poeta, amigo mío, cree que escribiendo:

 

A S O M B R O

 

va a producir mayor sensación de estupor que escribiendo ¡¡Asombro!!

Cree que escribiendo

Es

    ca

          li

             na

                  ta-

va a darnos el efecto instantáneo de una gradería, cuando bastaría para ello que estampara sencillamente el vocablo, sin descuartizarlo ni deformarlo.

Para forjar arte nuevo, habría que forjar, primero, sensibilidad nueva. Y es cosa bien sabida que la sensibilidad artística de la humanidad, como la vida misma, es única e inalterable.

La obra artística debe ser para todas las sensibilidades. No sé si ha sido Abraham Valdelomar quien ha dicho que si un artista logra emocionar al pueblo, es un buen artista; que si logra emocionar a un grupo de espíritus selectos, es un gran artista; y que si logra emocionar a ambos, es un genial artista.

He aquí una maravillosa verdad.

No hay quien, siendo medianamente inteligente, no trascienda rápidamente la majestad y la grandeza de Homero; la alada y graciosa superficialidad de Píndaro; la tierna, verde y aromática frescura rural de Virgilio; la espantosa melancolía de los versos de Dante; la carnosa pulpa nutritiva que es el castellano de Cervantes; la grandiosa —aunque un tanto declamatoria— pluma impar de Víctor Hugo; la desconcertante, la aplastante, la electrocutante sonrisa diabólica de Voltaire, etc., etc.

Ante la belleza de un crepúsculo, ante el salto esbelto y resuelto de una cascada atolondrada, ante la dulcísima caricia de un vientecillo delgado, ante la inefable maravilla de un suspiro de mujer, todos, absolutamente todos, nos emocionamos por igual, tanto un labriego como un magnate.

¿Qué será ésto? Pues nada amigos, míos. La obra de Dios (arte máximo, arte purísimo) es para el uno y para el otro.

De esto resulta que no hay nada más lógico que seguir las huellas del Artista Máximo. Esto es ser claro, desnudo, espontáneo y libre.

Ya lo dije en mi artículo titulado "La Farándula de los Estilos": Con las palabras de uso familiar, con aquellas sencillas y modestas que siempre usamos a diario para charlar con nuestros amigos, con esas, puede decirse cosas inconmensurables. Cristo y Salomón lo han probado hasta el exceso. Hay que aprender la sencillez de la Biblia, (no la sintaxis).

Ni Dante ni Virgilio, ni Safo ni Racine, ni Rabelais ni Shakespeare, ni Fray Luis ni Calderón, ni Rubén Darío ni Walt Whitman, necesitaron suprimir la puntuación, verticalizar las palabras y escribir en minúsculas, para deslumbrar al mundo con su genio.

Darío hizo un poema en forma de jarrón, y compuso un "Soneto de trece versos"; pero esto no es lo que ha dado franquicia a Rubén para colocarse a la cabeza de la lírica mundial. Todos lo sabemos demasiado.

Desde hace unos cuantos años, la epidemia ha sentado sus reales en el Perú; y apena verdaderamente ver tan acatarrados a jóvenes artistas de tanto valor como Alberto Hidalgo, Magda Portal, Alejandro Peralta, Serafín Delmar, Mario Chabes, Nicanor de la Fuente, y otros.

¡Jóvenes amigos, poetas de vanguardia, pintores de vanguardia, dejáos de piruetas!

 

 

Variedades, año XXIV, 21 de enero 1928, Nº 1038: 40-43

 

 

 


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