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 Réplica/ Magda Portal

 

Como no estamos de acuerdo, mi querido Urquieta, con aquello de "el admirable autor de La Torre de las paradojas" —que ya tuvo mi opinión en una crónica de diario— seguimos no estándolo en una cantidad de acápites de su artículo que precede estas líneas —y lo siento.

Primera declaración de fe "izquierdista": amo la expresión sintética. Por eso no analizaré sus demasiado extensas divagaciones.

 

 

Yo, claro, no tengo el honor de ser periodista, como yo lo entiendo, sin concesiones, sin cobardías, educador del público —no empleado de periódico. Pretendo lo primero, pero todavía me parece que mis comentarios de arte en periódicos y revistas, no me dan derecho a ese título. Periodista en el sentido de Bernard Shaw, que siendo anónimo se desanonimiza, por su labor encauzada hacia un fin ideal —lo que identifica al periodista con el predicador, con el reformador, con el maestro. Los otros, los periodistas a sueldo y a órdenes, son para mí —permíteseme esta fea palabra— los proxenetas de la bellaquería y la mala educación de los "lectores de periódicos".

 

 

Mi esotérica frase, empieza así: "el arte se desvistió de las inútiles pompas de Darío —la Belleza en sí es estéril, el arte debe ser creador— y penetrando en la raíz de la vida empezó su labor humana". Para mí, todo el sensualismo del arte rubeniano, con su evidente fecundidad, es estéril, como resultado humano, como aporte a la vida— y el perfeccionamiento intelectual y espiritual. No son humanos los planos de idealidad pura cuya base es el egoísmo. El decadentismo tomado como escuela, fue de una fecundidad fatal o mejor dicho estéril —y en cuanto a todo lo que tiene ovarios, también los parásitos tienen ovarios fecundísimos.

 

 

"Cultura; estricnina del talento" —Alberto Hidalgo— y no es que yo crea en la eficiencia del analfabetismo, es que para el poeta —el primer creador — la cultura como base, perjudica su don original de creación, y su producto es un injerto de todo lo asimilado a su autenticidad. Pero en este siglo obligadamente, no se nace analfabeto ni mucho menos. En cambio, creo sí que el periodista debe tener como base, la cultura.

 

 

De toda la doctrina futurista, con la que más estoy de acuerdo, es con la que asesina el pasado y el recuerdo —aquello feble y concluido de lo que nos agarramos ilusoriamente para sostener nuestro equilibrio en la vida—. El pasado lleno de taras es un cadáver en putrefacción que debemos incinerar cada momento para no contagiarnos. No hay enseñanzas de ayer, sólo hay realidades de HOY. Los maestros que vinieron con el pensamiento y la doctrina fuera de su época, siguen estándolo y se situaron entre nosotros, en el presente.

Toda la razón que habría para resucitar el pasado, sería ésta: poder decapitarlo de un tajo —creo en las medidas radicales— y además el pasado está superado, se ha rebasado la posibilidad de la semilla:

Toda la vida es un Presente con los brazos abiertos del Mañana.

 

 

Amauta, Lima, 1927, Nº 7:28.

 

 


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