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Oportunismo, desorientación o reaccionismo estéticos/ Esteban Pavletich

 

En el Perú, como en la totalidad de los pueblos indoamericanos, vivimos ideológicamente articulados, en lo político y económico, a las fórmulas actuantes en las países latinos de Europa, principalmente.

Cuando no, seguimos fervorosamente la corriente de nuevas tendencias, que apenas se insinúan prácticamente, pero con una unilateralidad meridiana. Negamos solo ciertos elementos constitutivos, del orden social burgués, hallándonos, en múltiples manifestaciones humanas, sustantivas, fuertemente ligados por el cordón umbilical a ese pasado que en el fondo aborrecemos sincera y honradamente. Así en el Arte. Por ello, el panorama, para muchos fuertemente revolucionario, presentado por la actual generación de artistas ganados jubilosamente a las nuevas tendencias estéticas, autodenominadas vanguardistas, no es otra cosa que la repercusión, en el Perú, fraccionada, de los diferentes y contradictorios frentes de combate desplegados por la burguesía europea, —gracias a la urgencia de la lucha de clases, acentuada por momentos, fascismo, laborismo y simple democracia formal. También en el Arte, ya que éste no es más, en su ideología y composición que una de las plurales resultantes de la realidad social.

Este convencimiento no me apesadumbra ni desanima. La existencia de una corriente estética auténticamente revolucionaria en el Perú, no es pues el producto de una elaboración fríamente calculada y serenamente razonada, como en los países de una fuerte burguesía industrial. Antes bien, es el fruto de una reacción frente a la vida sombría en que vivimos, el índice de una rebeldía contra lo establecido, duro y cruel.

Determinista, no he de creer lo último como originado por el funcionamiento de un resorte espiritual mesiánico, desconectado de la íntima organización de las cosas, de las instituciones y de los hombres. Es su consecuencia, una de sus consecuencias, para decir mejor.

Y no podía ser de otro modo, dados la situación política y social imperantes y el desenvolvimiento histórico del imperialismo industrial y financiero, el cual —esto es científico, aunque quién sabe circunstancialmente intangible— al restar posiciones —de comodidad, desahogo, bienestar— a intelectuales y artistas, paralelamente que a las masas trabajadoras, aunque en forma menos acentuada, ejerce un dinamismo que llega a elaborar, tal vez si subconscientemente, todo un plan de resistencia y de combate, posibles solo en las izquierdas revolucionarias.

Consecuentemente, contamos en nuestras filas con una serie de jóvenes artistas luchando por una contexturación más equitativa de la sociedad, aunque —aquí el error— en lo estético militen sincera- mente al lado de cualquier "ismo", en Italia o España puestos al servicio del fascismo, en toda Europa al del capitalismo, pese a su estridente indumentaria.

Mas, no es tarea imposible la de ganar a estos hombres de relativo izquierdismo hacia una integral visión del porvenir. El factor objetivo, material, abona ampliamente para su consecución.

Por descontado, no es nuestro propósito, en lo estético, el elaborar fórmulas permanentes y absolutas de belleza a las cuales ceñir pentagramáticamente la tonalidad de tal o cual espíritu y de su producción. Esto ha sido perfectamente discernido por los ideólogos de la revolución rusa, cuando el grupo de intelectuales agrupados alrededor de la revista Al Puesto reclamó del Partido Comunista "un programa artístico, que deberá servir de base al desarrollo ulterior de la literatura proletaria", "una dirección —racional y técnica del Arte...". Bujarin, comprensivo y amplio, habló por el Partido: "En el dominio de la creación artística —dijo— es indispensable la libertad. El Partido debe concretarse a emitir directivas muy amplias." "Es preciso hacer obras y no tesis".

Queremos sí la realización de un esfuerzo capaz de introducir estéticamente las formidables fases en que se presenta la lucha de clases actual. Colocar —aunque episódicamente— un arte proletario, clasista, frente al arte burgués. Cierto que la producción artística revolucionaria adolecerá de profundos errores, de inevitables tanteos y desviaciones pequeño burguesas, enmendadas continuamente y continuamente vueltas a cometer. Esto es lógico. Desde que la burguesía sintióse económicamente madura y precisada a tomar el Poder político e implantar su dictadura de clase, fundamentó ya su estética, clarificando en ella sus anhelos, su sicología, sus pasiones y sus luchas. Dueña del Poder, durante largos decenios ha venido robusteciendo, fortificando sus posiciones en tal sentido, hasta constituir una verdadera tradición artística y cultural —impuesta también, simplistamente, al proletariado— no sin antes atravesar por agudas crisis y prolongados períodos de rectificación y enmienda, paralelamente a su desarrollo industrial y a la revolución operada en los medios de producción y transporte.

Hoy, llegada a su etapa máxima, el imperialismo, y forzada a la vez por el despertar violento de las masas trabajadoras, enfoca sus manifestaciones estéticas hacia planos que armonicen con esta situación político-social.

De esta larga experiencia, de este exhuberante antecedente estético y cultural, carece la clase productora. Así la poseyera, el período de la dictadura proletaria es transitorio y ocasional. Disueltas por su acción las supervivencias del régimen feudal y abolido el aparato de opresión capitalista; desaparecidas las clases, y con ellas sus antagonismos, ábrese un nuevo período social, colectivo, por primera vez humano, universal.

Pero durante el accidente transitorio que significa su dictadura, y en el proceso necesario para su preparación y asalto al Poder, las masas proletarias vibran, se agitan convulsionadas, luchan en combates parciales, triunfan fracturadamente, son reprimidas por instantes, todo lo cual constituye una nueva dinámica en el mundo —nueva por su noción definitiva de internacionalismo y por la sensación de masas activas, imposibles de escapar a la sutil y penetrante visión de aquel que es capaz de hacer belleza y de acondicionar estéticamente una emoción.

Para conseguirlo, es urgente analizar teóricamente los esfuerzos desarrollados por la falange de jóvenes artistas rusos —pocos de otros países justificadamente— y de sus obras. Análisis que llevará a la posesión de una concepción amplísima de este nuevo complejo estético proletario. Reeducarse. Esgrimir serenamente, pero con método y disciplina, una intensa labor de crítica y autocrítica, pasando así por diversas fases, por difíciles posturas, hasta llegar a un plano de equilibrio y de creación. Instaurar una desinteresada e impersonal concurrencia en la producción. Formarse, desde el libro, ideario, pero más que nada, gracias al estrecho y continuo contacto con las masas proletarias, una fe indestructible, científica, en su misión histórica; una honda, profunda consciencia de clase; posible de encender una pasión social ante la cual todas las demás se nulifiquen o decrezcan; porque no basta con la simple y cómoda emoción social, para decir o hacer la belleza nueva y multitudinaria.

Y, así como en lo económico no rechazamos los adelantos técnicos de la producción capitalista —desde que entrañan una realidad indiscutible, que debemos aceptar pésenos o no, y antes bien, facilitan el paso del capitalismo al socialismo, viabilizándolo y forzando para su utilización—, así en lo estético, debemos aprovechar y recoger todos aquellos signos propios de la producción artística burguesa, posibles de adaptarse a las urgencias de una clase en vías de transformar al mundo.

También —este es un error sumamente difundido y necesario de extirpar— es absolutamente imposible entregar la belleza nueva en las tradicionales formas de expresión. La ideología del porvenir rebalsa los moldes en que se brinda la vieja concepción del mundo. Políticamente, oponemos el Estado proletario al Estado capitalista; los Consejos de obreros, soldados y campesinos (soviets), los Consejos de Economía Pública, etcétera, a los municipios y administraciones públicas burguesas, desde que sería absurdo e ingenuo pensar siquiera en que los órganos de opresión de la clase dominante pudieran servir de instrumentos para la liberación de la clase dominada. Debe, tiene que surgir, un medio de exteriorización el complicado del alma proletaria y sus actividades, articulado con belleza, con sus propios elementos y el servicio de sus gloriosas aspiraciones. [sic]

Esto no podrá lograrlo la generación presente en toda su plenitud. Cábele sí la responsabilidad de aprisionar y fundamentar algunos de sus signos constitutivos esenciales.

Mucho debe hacer, por su parte, el proletariado militante para ver llenada esta importante posición en su frente de batalla contra la burguesía.

Finalmente, mi preocupación constante por lo que al Arte revolucionario atañe, no es la resultante de cierta modalidad anímica personal. La experiencia rusa, en tal sentido, apoya ampliamente mi inquietud. Veo en el Arte una función social, humana, a la cual –sin descuidar por esto los demás aspectos de la vida colectiva– es necesario prestar cariñosa y fina atención, llevados por el imperativo impuesto en esta hora nerviosa y fundamental.

 

 

 

Amauta, Lima, Nº 27:29-30.

 

 


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