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Notas de artes y letras/Clemente Palma

  

Hay en Arequipa, como en Lima, un grupo de escritores jóvenes que han resuelto abrirse camino, cortándole el rabo a su perro, como Alcibiades, esto es captando a sus conciudadanos a fuerza de extravagancias y desplantes. Lo malo es que, como todos los que escribimos desde hace veinte años, también le hemos cortado el rabo en su oportunidad a nuestro perro, y que pasada la etapa desmochadora, nos hemos convencido de que lo principal en el arte literario es tener talento y no perro rabón, de que estas artificiosidades rimbombantes de liberación de cánones, de que estos chogos espasmódicos que creíamos —y que hoy creen los que nos han sucedido— sentir con la estrechez del ambiente y la expansión de nuestras almas libérrimas, estranguladas en el reducido circuito de la estética que llamábamos antigua, nos hemos convencido, repito, de que todos estos visajes y aspavientos líricos de los modernistas de hoy, que ya no se llaman modernistas, como decíamos nosotros, sino futuristas, son mentirijillas sinceras, son cachiporrazos de gong escandalosos, histerismos de arte juvenil desaforado, alaridos de la inofensiva infatuación de quienes tienen un caudal de años que derrochar en prodigalidades de lirismo ruidoso, búsquedas afanosas de la senda en la natural desorientación de los pocos años. Es, se puede decir, el ritual obligado de la sangre joven, impaciente y pletórica que trata de visitar la Originalidad. Pero, en el fondo, todo eso es mentira, mentira, sincera, es cierto, y, por tanto, simpática y apreciable; y los que tales cosas sabemos, porque por tales convulsiones y espasmos espirituales hemos pasado, nos sonreímos al escuchar las petulancias innovadoras, las audacias bizarras, las clarinadas extravagantes y los alocados reclamos de estupor y admiración públicos, perseguidos por estos buenos muchachos, sin nuevo lastre, herederos de Icaro el de las ansias estupendas y las alas fusibles. Y pienso de ellos lo que sin duda se pensó alguna vez de mí: —¡Bah! Otro que le corta el rabo a su perro! Y a éstos pertenece un joven de Arequipa de bastante talento y positiva madera de poeta que me ha remitido un folletito de poesías titulado Arenga lírica al Emperador de Alemania y otros poemas. Acompaña al librito una tarjeta del autor en la que, entre otras cosas, me dice que "a pesar de que es bien conocida la indiferencia con que mira todas las cosas de las provincias, espera que el señor Palma, que ha llegado a la cumbre, dé la mano a los que van subiendo." Podrá el joven poeta arequipeño ser todo lo futurista que quiera, pero esa sobada mañosa en mi pantorrilla, afirmando que yo he llegado a la cumbre, y ese pellizco sobre mi indiferencia por la producción nacional que no es de la capital, son —si la cosa es escrita con malicia— dos recursos empleados desde los tiempos de Homero hasta nuestros días, para congraciarse la crítica y que no sientan bien ni con la verdad ni con la huraña fiereza alardeada por quien "orgullosos" hace suya la frase de un héroe de Esquilo: "El tiempo y yo contra todos". Bueno, dejemos eso y prosigamos, previos la protesta de mi modestia ruborizada y el repudio del cargo de indiferencia con los escritores provincianos: casi todos los que algún nombre se han conquistado, casi todos los que han tenido algo en el piso superior, han pasado por las publicaciones que he dirigido y por las que dirijo; desconozco, a mi pesar, a los que se han aislado y no han querido que les conociera, y no deseo conocer, aunque muy a mi pesar estoy en contacto frecuente con ellos, a los grafómanos por ociosidad o sport que tanto de provincias como de Lima, se empecinan en ser escritores desviando aptitudes que serían de utilidad en la industria agrícola, en el comercio de pasamanería y en las múltiples pequeñas artes vinculadas a la construcción de edificios (fabricación de adobes y ladrillos, enyesamiento, carpintería gruesa, etc.).

Consta el libro de poesías de cerca de ochenta paginitas con el siguiente contenido: una portada en papel rosa ocupada casi totalmente por un fotograbado de la testa del autor; una repetición en blanco del retrato, por si se estropea la portada; un viejo escudo peruano con orla azul, de un gusto abominable; una nota en la que el autor declara al mundo, por lo que pudiera al mundo interesar, que no se sigue la ortografía de la Academia Española; la lista de lo que el autor proyecta publicar; dedicatoria del libro a la memoria de un hermano "a quien por la injusticia de Dios, de este Dios impotente, estúpido, fanfarrón y cretino la Muerte le truncó la Vida"; añadiéndose como sujetos entre otros para la dedicatoria "los perros que me han ladrado y me siguen ladrando... Y para los cuales guardo siempre un Colt en el bolsillo de la cartera" (¡Diablo! Este señor mata los perros ladradores a tiros. ¡Buena laya de mataperros!); unas palabras liminares del señor Miguel Urquieta que, como nada, consagra treinta páginas a presentarnos al poeta; un soneto de un señor César Rodríguez, titulado: "Presente", en el que aconseja al autor, no sé si con pizca de malicia y sorna que

..... deje versos y prosas

que yo por hacer estas cosas

estoy enfermo de la sien.

Sigue un "Autoretrato", que debe estar parecido al original, a juzgar por lo que nos refiere el prologuista, y que como factura poética es bastante bueno; entramos en la "Arenga" que consta alrededor de cien versos; pasamos a un soneto "Alemania" mediocre, y a un "Canto a la guerra pirotécnica", escandaloso y escrito más que en loor de la guerra bajo la influencia de las mentecatadas de Marinetti, quien quiere suprimir el Arte, el Amor y la Fe, es decir los tres grandes dinamismos de la vida de ayer de hoy y de mañana. Y finiquitamos con un soneto "Reino interior", de buena arquitectura, y en el que el autor termina con este interesante rasgo de orgullo artificial para que abran los bobos un palmo de boca:

 

Me siento inmensamente superior a los hombres

Y pongo de los genios junto a sus grandes nombres

Mi nombre que resuena como un rudo temblor.

Este nombre que resuena como un rudo temblor se va a imaginar el lector que es algo así como León Patapón ó cosa por el estilo. No, señores, es Alberto Hidalgo para servir al Kaiser, a Von Bernhardi, al obus ..., a Marinetti, a la electricidad y al automóvil. Por lo demás, repito, lo que dije al principio, este joven Hidalgo con todos sus desplantes y extravagancias, con todas las ingenuas insolencias y las cándidas audacias de forma y de versificación que prodiga en su sonoro ditirambo al Kaiser, con todos sus alardes de superhombría, con todos sus afanes de tumbar de espaldas al lector timorato, a fu- erza de restallantes blasfemias y de latigazos a la moral, al arte eterno, a la piedad humana y a todo lo que se respeta, es un mozalbete de positivo talento. Hoy no es prudente darle consejos: hoy se cree el centro del mundo, y no hay más recurso que sonreírse con benevolencia. No hay que contrarias a este niño, que está en pleno acceso de tos convulsiva. Dejadle patalear, ponerse rojo e hipar todas las cosas líricas que se le atragantan y pugnan por salir. Puede que cuando se tranquilice, encuentre realmente la forma y la idea original que hoy quiere arrancar en manotones alocados en los campos de la epatante exageración y de la pose. Para entonces le volverá a crecer el rabo a su perro.

 

 

Variedades, Lima, Nº 454, 11 nov. 1916.

 

 


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