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La Torre de las paradojas/ Miguel A. Urquieta

 

Entre tanta puerilidad amariconada y seudoizquierdista que hoy paren a todo viento los literaturizantes de Europa y América, el libro del "indio Rodríguez" se alza como un alisio de arte viril que, sin ser de extrema zurda, sopla francamente de izquierda.

Para hacer arte de vanguardia, rebelde, inquietador, roturador de horizontes monótonos, el admirable poeta peruano no ha necesitado vestirse de mamarracho ni andar de cabeza o asomarla por entre las piernas, como los hombres de goma de los circos, en inverosímiles y lamentables contorsiones.

Las extravagancias jazzbandianas no son, para mí, arte de izquierda. Eso es hacer con el cerebro lo que Onán hacía con el sexo. Y lo que hacen los seminaristas en el exmisterio de los internados. Sodomizantes que pretenden incluso gomorrizar el arte.

Arte de avanzada y arte permanente es el que vibra en La Torre de las Paradojas. Nuevo sin ridículo, orquestal sin estridencias, audaz sin jeroglíficos ni urgencia de buscar "la solución mañana" como en las charadas de exfoliador.

El arte seudoizquierdista —mero alarde de buen humor en unos, paulicianas aberraciones del gusto en otros, novelería intonsa en los más—, tiene dos concreciones definitivas: el jazz-band y las palabras cruzadas. Ese ruido de peroles, sartenes, cencerros, guitarras, ukuleles, bacines, todo a un tiempo, mezclado, ensordecedor, dinamita del tímpano. Ese infecundo desgaste medular, que convierte al imaginador en mula, por lo estéril, y al descifrador en papanatas, entreverando palabras de quita y pon, chinitas de colores, gu-gús infantiles, emociones postizas. Todo, arena mojada que conserva una forma cualquiera mientras le dura la humedad.

Solo permanece el arte que tiene vértebras de bronce, mármol, granito, cualquiera que sea su dirección.

Junto al faro-rompeolas, espeso de luz, macizo de color y de calor vital, de los "Encadenamientos" de Barbusse, por ejemplo, cuántos millares de castillos, monigotes, apeñuzcamientos, ciudades enteras de arena, sin cohesión real, fugaces e iguales todos en su aparente diversidad, en su ilusoria resistencia al sol que seca y al viento que desmenuza.

Una literatura con vida y alcances de cuplé, no tiene valor social.

Pienso que la literatura, como toda expresión de arte, ha de ser índice de cultura, guía de humanidad. No guía lo que no es constante, en materia o en espíritu. Libro, monumento, credo cualquiera.

—Urquieta tiene ahora la fobia de lo nuevo— dirán por ahí.

No, señor.

Lo que tengo, lo que tuve siempre, es la fobia de lo feble, de lo falso, de lo catastrófico.

Catastrófico es que talentos de verdad dilapiden médula eyaculando al suelo. El mal ejemplo es como la pelagra. (La pelagra se combate y se cura con buena alimentación y tónicos).

Los muchachos, fácilmente alucinables, prontos siempre a copias, encuentran que es más cómodo reemplazar cultura y estudio con audacia, y en vez de agudizar el cerebro y desbrozarlo, lo embotan de tontería y vacuidad en la más simiesca de las imitaciones. Y nadie niega que si es lamentable venir del mono, mucho más lamentable resulta regresar a él.

La Torre de las Paradojas asienta sobre roca firme sus altos muros de bronce. Atahualpa, el torrero, es, por hoy, el más beethoveniano de los poetas del Perú: elevación de pensamiento, belleza de expresión, audacia imaginativa, ágil y vigorosa armonía del verso.

Una obra de arte, en suma. Y un artista.

 

La Paz, noviembre de 1926.

 

 

Amauta, Lima, 1926, Nº 4:4

 

 


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