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Exégesis Estética/ Abraham Valdelomar

El hombre superior practica
la virtud tal como la juzga
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He aquí la entraña cálida aún y palpitante, de una vida breve y fecunda; he aquí la obra de la que mana el vino cordial de la belleza, como del rústico panal la miel dorada de setiembre; he aquí la obra donde toda una vida febril, inquieta y pródiga se condensa y suma; he aquí la obra donde meridianiza sus rayos el sol de una primavera pujante que anuncia un alumbramiento estupendo; he aquí la obra donde exprime una feraz juventud el jugo de sus veinte años y de sus veinte sentidos; he aquí la obra donde logran encuadrigarse los alocados y piafantes corceles de una constelada fantasía; he aquí la obra cálida aún y palpitante que se anuncia como la cabalgata húngara en la marcha berliozina; he aquí, en fin, la primera cosecha de una planta exótica y jugosa, en cuyas ramas florecidas se posó un día la Muerte y otro día el Dolor, y en la cual ha vivido perennemente no un ruiseñor sutil y breve sino un cóndor que abre hoy las alas y extiende el enarmiñado cuello y se remonta sobre los Andes solemnes y magníficos a tan gran altura que ve más grandes que los demás las estrellas y más pequeños que nosotros a los hombres mismos.

 

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¡Hacia la luz, oh pensamiento!
¡Hacia lo grande, oh corazón!

No ha de ser este libro grato manjar de paladares criollos embotados aún con las espesas y oleosas viandas que suelen condimentar, desde antaño, las musas del terruño, viejas, desmañadas, desguarnecidas y lerdas, lloriqueantes y canijas. Mal seguro va y en loca empresa se mete quien, entre nosotros, no empieza, pidiendo, humilde y apocado, la protección y cobija de los que por este fácil y seguro camino, pueden dispensar tales mercedes. Muchos no perdonan ni perdonarán a Hidalgo, como no me perdonan a mí, el gesto altivo y orgulloso, la lógica armonía entre el sueño y la acción, la protesta sonora, por un convencimiento sincero, de la excelencia de nuestra obra literaria.

Al Olimpo nacional, para ser ungido, es menester llegar con ropaje moral de franciscano pauperismo, bajos los ojos e inclinada la cerviz, la voz apagada y las manos en actitud de madonna bizantina; esto cuando no es preciso portar en las espaldas encorvadas el hato de leña que llevaban para ser recibidos por el soberano, los peregrinos, pedigüeños y cortesanos, en los dorados tiempos de la gentilidad, hasta los radiantes Incas hijos del Sol y padres de aquella grey sumisa y laboriosa que se disgregara bajo los duros cascos de las caballerías castellanas y que huyera ante el épico empuje de los bravos, crueles, fuertes y analfabetos capitanes españoles.

Esta iniciación habitual, eficaz y abyecta, este ruin y despreciable espaldarazo, tan indigno de los artistas que en todo tiempo fueron los más vehementes enamorados de la libertad, no es entre nosotros sino el corolario de una teoría complicada y antigua, constatada ya por escritores nacionales y extranjeros: la sumisión mental, moderno aspecto de la servidumbre incaica, del vasallaje colonial y del caudillismo republicano. Estamos acostumbrados a obedecer por hábito; a humillarnos por atavismo; a adular por tradición. La sangre aborigen fue esclava de los Incas durante las centurias precoloniales, esclava de los españoles durante el triciclo de la conquista y esclava de tiranuelos y soldadotes durante el incompleto siglo de la república. Títulos diéronse en la península por los reyes, mercedes y canonjías en América por sus lugartenientes, a quienes servían mejor en este torneo de envilecimiento; a quienes solían traicionar a su sangre y a su patria quebrando el tallo cuando en el yermo extenso de la colonia surgía la flor perfumada y sangrienta de una rebeldía.

Nuestra independencia sólo fue, en el fondo, una liberación aparente, un acto trascendental y romántico, un encantador final de poema, lleno de dulce emoción sentimental con San Martín; y con Bolívar, un cambio de estado entre la autoridad humillante y sin violencias de los virreyes y la del Presidente Vitalicio, que no podía tratar como a hombres libres a quienes iban a él de rodillas. Ni individual ni colectivamente tenemos una tradición de rebeldes; y la nuestra, por desgracia, es la historia de una mentira pintoresca, burda, complicada y amena. En nuestra literatura es donde se reflejan con mayor precisión estas dolorosas verdades. Curioso es analizar la vida de nuestras extinguidas generaciones literarias. Todas ellas corrieron la misma suerte, todas se iniciaron con aprestos viriles y gestos gallardos, todas murieron prematuramente, claudicantes y estériles. Es menester abrir los periódicos de otros tiempos para presenciar aquellas trágicas y conmovedoras hecatombes, para ver cómo se desvanecen las esperanzas, cómo se disipan los sueños. Drama grotesco y lamentable el de aquellas vidas infecundas que alguna vez concibieron una empresa, de aquellos músculos laxos que alguna vez se hincharon por una bandera, de aquellas almas desoladas que alguna vez alentaron una ilusión y que murieron asfixiadas en una atmósfera mediocre, sin dejar huella ostensible. No ha sido la falta de ambiente ni la pequeñez del medio lo que ha hecho perecer a tales generaciones. Ha sido la falta de ideal, de voluntad y de orgullo; la falta de amor a sí mismos, de fe en el esfuerzo, de pertinacia en la acción; espíritus apocados y sumisos, incapaces de enfrentarse al Destino, esclavos del convencionalismo social; voluntades claudicantes, sin pasiones, sin virtudes y sin vicios, sin luchas y sin esperanzas, sin atrevimientos y sin locuras, sin fe y sin abnegación.

Hay necesidad de leer las cosas que escribían los que más tarde habían de vender a su maestro; es preciso ver las líricas lamentaciones de los que más tarde habían de formar la corte de los tiranuelos en el parlamento o en las salas palatinas. Es de ver cómo clamaban amor y justicia en sonetos y décimas los que más tarde habían de ser los acólitos de los más odiosos gobernantes. Bien cierto es que no se ha de demandar altivez ni se ha de exigir altas virtudes a quienes nacieron para segundones de analfabetos y demagogos. Pero no ha de condenarse tampoco, como se condena, a las nuevas juventudes que traen en el corazón la llama ardiente de una libertad desconocida y son portadores de una reacción y de una esperanza fecunda. Medren y engruesen quienes se hallan a gusto con el fraude en el ánfora, la tolerancia en la cátedra, el cohecho en el juzgado y el convencionalismo en la literatura, que por ello no hemos tenido, salvando muy raros casos, ni leyes ni ciudadanos ni maestros ni artistas; pero déjese vivir en paz y respétese a quienes, lejos de tal ambiente, quieren cantar su canción, adorar su forma, modelar su vida en un ideal.

En nuestro medio la rebeldía es casi un crimen, algo que no se concibe, que desconcierta y sorprende. La mediocridad ambulante no puede comprender que haya un espíritu enamorado de su libertad, que sepa triunfar solo, que se oriente sin pasar por la Universidad, que desdeñe la crónica social de los diarios, que ignore cómo se llama el Ministro de Fomento, y que no tenga la lejana esperanza de ser diputado afiliándose a un partido político. Los que se han hecho una situación cómoda auspiciados por los demás, no pueden, en efecto, concebir que haya quienes realicen actos y hagan gestos y produzcan obras que disgusten a la mayoría y que no tengan el aplauso colectivo de las masas. Los que a fuerza de una modestia precebida e hipócrita han obtenido el frágil y pasajero beneficio de un bienestar burgués, los en cuyo espíritu sólo hubo la mezquina inquietud de hacerse una posición, los que sólo han practicado la gimnasia del sometimiento, el esfuerzo de la adulación y el gesto de la modestia, esos no podrán jamás vivir solos, con su espíritu y sus ilusiones, no podrán tener nunca el valor de sí mismos ni la viril audacia de desafiar al Destino. Sólo cuando el alma se ha forjado en el dolor de una trágica soledad, cuando se ha sido pequeño y débil, cuando el espíritu se ha fortalecido en una lucha perpetua, cuando no se ha recibido una palabra de confortación, cuando no se ha encontrado cobija, entonces se puede estar solo. Los que no deben su prestigio ni a un apellido social ni a un círculo ni a un caudal y se han creado un apellido, un círculo y una renta; los que no han solicitado ni recibido mercedes y pueden, sin embargo, dispensarlas; los que no han inclinado la frente por un aplauso y lo han arrancado por la fuerza, solo éstos, espíritus hechos de Esperanza, de Fe, de Dolor, de Soledad y de Energía, tienen el derecho de ser libres, autónomos, orgullosos y rebeldes.

 

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He trazado las anteriores líneas para que el lector que no sea criollo se dé cuenta de lo que significa en el Perú la aparición de un artista con personalidad definida, la necesidad que hay en este país de que tales espíritus se produzcan y el ambiente en el que tienen que desenvolver sus energías estos raros ejemplares de idealismo. Pero pudiera colegirse que ante la presencia de estos valores existe una protesta pasiva. Así fue casi siempre, pero cuando la última generación literaria, moldeada sin duda alguna al calor de una figura prócer de las letras americanas, el insigne don Manuel González Prada, se presentó en la arena dispuesta a abrirse paso entre la multitud mediocre y asustadiza, no faltó quien levantase una protesta airada. Apadrinando un libro de Alberto Ulloa Sotomayor —escritor joven y de positivo, brillante y sólido talento, aunque demasiado ecuánime— leía yo, hace poco tiempo, un prólogo de Enrique A. Carrillo, en el cual mi excelente amigo reprochaba, con la delicada y elegante manera que le es peculiar, al grupo literario flamante, el afán de ascender de cuatro en cuatro los escalones de la fama, el egotismo —entre nosotros desusado— y la pasión iconoclasta. Este reproche que se hace al grupo que tuve el orgullo de presidir desde mi revista Colónida, es, no obstante, el mejor timbre de gloria de que nos envanecemos. Aunque no hubiera de tomarse en cuenta la cuestión fundamental del moderno concepto subjetivísimo de la estética que es la más alta consagración del Yo, aunque no hubiéramos sido ególatras sino porque así comprendíamos nosotros nuestra vida, habrá de aplaudírsenos un día, porque rompimos para siempre en el Perú, al menos en cierto grupo, el carnerismo literario, el convencionalismo intelectual y la mentira colectiva. Aquella egolatría, tan acerbamente criticada cuando la iniciamos nosotros, es, sin embargo, practicada hoy, inconscientemente, por quienes no fueron entonces nuestros soldados.

 

Colónida quiso —dando nosotros un ejemplo de abnegación— estimular a los nuevos, exaltando la personalidad. He dicho que fue un abnegado ejemplo porque hubimos de sufrir toda suerte de ataques. Se había entronizado entre nosotros el más arbitrario de los predominios, el más absurdo y estéril de los servilismos, la más absurda y reprochable de las tiranías: el caciquismo mental, el tributo de la obligada admiración, el vasallaje espiritual y artístico. Nuestros críticos remedaban como podían a nuestros antiguos dictadores y las plumas hacían torpes oficios y menesteres de chafarrangas.

Se nos ha acusado de inmodestos. La modestia, esta virtud teórica que no puede ser sincera sino en los realmente bestias o incapaces, no será nunca atributo de personas de valía; esta invocada falsa virtud no pueden practicarla quienes piensan, sienten y crean, porque hay, ante todo, en el creador, la conciencia de su alumbramiento. El verdadero artista ha de tener claro concepto de lo que hace, ha de sentirse distinto y diverso de los otros. No debe tener otra preocupación que la de agradarse a sí mismo; sin demandar nada ha de bastarse a sí, ha de nutrirse con su propia sangre. ¿Qué es, en suma, la modestia? En los artistas, una perpetua, repugnante y contradictoria farsa.

Una de las grandes virtudes que reconozco en Hidalgo es su falta de modestia, que acusa exceso de personales valimentos. Este discípulo de Whitman y de Marinetti, este adolescente, hijo espiritual del ilustre autor de Horas de lucha, carece, en absoluto, de tan asquerosa y necia virtud, como ha de ver el lector, al recorrer las páginas de Panoplia lírica. No puede ser modesto quien como él se ha formado solo y es osado, audaz y temerario. Desde el título del libro puede colegirse que su caudal de poesías es una panoplia rica en lirismo y que en ella tiene sus mejores y nobilísimas armas para la vida. Encontraréis en esta panoplia toda suerte de armas, desde las lanzas de aquel hermoso y caballeresco soneto "Rendición", que hace pensar, por su armonía delicada y fuerte, por su cortesanía gallarda y su decoración suntuosa aunque severa, en el cuadro inmortal de Velásquez, "La Rendición de Breda", hasta las poesías, largas o breves, donde oiréis ora el chocar de espadas, el tronar de cañones, el estallar de granadas; o bien, los gritos de reto, de lucha o de victoria. Todo en este libro tiene un viril sello marcial que seduce como un ejército en marcha que pasara batiendo al sol sus pabellones, entre los aceros chispeantes, al ritmo de épicas fanfarrias.

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Todo a mis ojos aparece vano:
Yo sólo admiro, oh gran Naturaleza,
El ritmo de las formas...

 

El arte es la Naturaleza vista a través de un espíritu. Mejor aún, el arte es un instante de la Naturaleza a través de un estado de alma; aún más: un instante de infinito plasmado en una sensación. Tienen las cosas exaltaciones y depresiones. Tiene la Naturaleza instantes de revelación en los cuales se diría que está elocuente, que habla, que quisiera comunicarse con los hombres. ¿No habéis sentido alguna vez, en el campo, en un momento especial e inexplicable, algo que es como la angustia de la Naturaleza, algo extraño que os invita a penetrar en el alma impalpable de las cosas, algo que es como una atracción que ejercen en vosotros fuerzas poderosas y ocultas? ¿Qué es aquello sino la llamada cariñosa que os hace la madre? ¿No somos, por ventura, nosotros, una parcela de la Gran Unidad? Creo con toda la fe de que soy capaz, que la Naturaleza ha sido, en un principio, una gran unidad armónica y compleja que perdió su concreción y que trata de volver a ella. Creo, igualmente, que la Naturaleza no es, en el más alto y profundo sentido, sino la lucha de dos fuerzas: una positiva, de atracción, de armonía, de amor, de bien, y otra de rechazo, de disgregación, de odio, de mal. La lucha de estas fuerzas constituye la gran ecuación de la vida. Estas dos fuerzas van aparejadas en todos los fenómenos, desde el más insignificante hasta el más trascendental. Quien está familiarizado con las leyes químicas, sabe que hay metales que se buscan, se juntan y producen reacciones; los hay que se rechazan, no se funden y son estériles. ¿Queréis un poema más estupendo, una filosofía más concreta, una manifestación más hermosa de la Naturaleza? En el hombre mismo, ¿qué otra cosa es la vida que una perpetua lucha entre lo bueno y lo malo, entre lo perfecto y lo imperfecto? El espíritu es una fuerza que a medida que se depura, se acerca más al infinito. A medida que nos alejamos de lo carnal, de lo frágil, de lo perecedero, nos acercamos más a la íntima sustancia de las cosas. Para alcanzar ésta, la más importante de las victorias, son buenos todos los caminos de perfección. Es menester que una fuerza culmine sobre nosotros mismos, porque ella será la antena que nos comunique con las ondas errantes y misteriosas. Esa culminación, esa exaltación de la conciencia, se llama embriaguez en el precepto baudelairiano, se llama fe en la Biblia, se puede llamar virtud en la iglesia. "¡Embriagaos, decía Baudelaire, de arte, de vino, de amor, pero embriagaos siempre!" Para llegar a esas exaltaciones es necesario el sacrificio de San Antonio en el desierto, es menester desprenderse de toda vana preocupación, de todo frívolo temor, de toda frágil empresa. "Piensa en la muerte, decía Dumas, todas las mañanas al ver la luz y todas las noches cuando vuelvas a entrar en la sombra".

Hay cándidas gentes que creen que un artista, un verdadero artista, vive y obra y crea para ellos; vive, obra y crea para su gloria; piensa, vive y crea para ser inmortal. Es como creer que el peregrino sacia su trágica sed en la fuente para ver cómo se dispersan las ondas sobre la superficie. Nadie comprenderá, sino quien lo haya sentido, la inquietud angustiosa, el íntimo drama, la obsesión lacerante que viven en el alma de un artista. Nadie comprenderá cómo, al lado de aquellas íntimas tragedias, son fugaces y pueriles los dolores humanos; nadie comprenderá la tortura dantesca que significa para el artista el desequilibrio entre el sueño que él sueña y la torpe realidad de la vida. Almas elegidas, espíritus perfectos, ¡cuántas lágrimas os cuesta ver un rostro que desfigura la envidia, el odio, las feas pasiones! Los artistas no odiamos por falta de razón para ello sino porque el odio carece de belleza; y amamos muchas veces sólo porque el amar es una cosa dulce, grande y divina. Tenemos piedad, perdonamos siempre, disculpamos todo, porque ello nos produce una sensación tan grata, tan plácida, tan inefable, que los malos no han gestado nunca; algo que es como sumergir las manos en la corriente, en medio de los calores caniculares. Ya lo dijo Guyot: "conocerlo todo es comprenderlo todo y perdonarlo todo".

 

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A medida que el artista es más grande, más lejos ha de hallarse de la multitud, de igual manera que los astros más grandes se hallan más lejos de la Tierra. A medida que el artista es más personal se diferencia más de la multitud, y es más incomprendido, de igual manera que las leyes fundamentales de la Naturaleza se revelan más tardíamente a los hombres. A medida que haya en un artista mayor dosis de divinidad tiene que estar más cerca de lo misterioso que de lo vulgar.

En arte, lo malo está por debajo del vulgo; lo mediocre es lo vulgar generalizado; lo supremo es lo que está por encima de todos. No cabe otra diferencia entre el verdadero artista y el que no lo es, que la cantidad de infinito y la dosis de eternidad que hay en la obra. La Naturaleza es como el ropaje de Dios; algo que la cubre y defiende de los hombres. La Naturaleza es una especie de laberinto en cuyo corazón está la Verdad Esencial. Para llegar al fondo, para poder obtener una pequeña visión del alma íntima de la Naturaleza, es menester la consagración total de una vida, la gimnasia perpetua de un espíritu y la fuerza ingénita de una intuición. La verdad constatada por el espíritu es la ley, pero el arte es la belleza oculta constatada por el sentimiento. El hecho de estar más al alcance de la humana investigación el fenómeno repetido que engendra la ley que el ritmo oculto y esquivo que crea la armonía, da al artista un carácter más elevado que al investigador. En suma, la Naturaleza puede decirse que tiene dos valores paralelos, que es "una perpetua fuerza dual"; una tangible y ostensible para la razón, otra metafísica, inefable y misteriosa para el sentimiento.

Quiere decir que la función del artista, y en este caso del poeta, es descubrir por el sentimiento, lo que la Naturaleza tiene de eterno y esquivo. El poeta es un cazador de infinito; un buceador de Verdad en el abismo del Misterio; un vidente que descubre la belleza en las mudas nebulosas de lo objetivo. El verso es el punto del espacio donde se cruzan el espíritu exaltado del artista y el instante revelado del Cosmos. La verdadera obra inmortal en el poeta, es aquella conjunción de su alma con el alma de la Naturaleza. El espíritu engendrando a la sustancia cósmica es la obra de arte. Cuando un punto del éter se fija por las coordenadas máximas del alma humana, del tiempo y de la Naturaleza, se produce la obra inmortal. Es, pues, menester, buscar en la obra del poeta estas raras conjunciones.

Comentando la obra de uno de nuestros más nobles y magníficos orfebres del verso, Enrique Bustamante y Ballivián, (Elogios) senté yo esta ecuación estética:

Sensación = Naturaleza x Conciencia,

bajo la cual caen todos los fenómenos individuales. Apliquemos esta fórmula al Arte y tendremos esta ley general:

Arte = Naturaleza x Conciencia;

y, con una lógica rigurosa y austera, aplicando esta ecuación al arte moderno, en el cual, por lo que se lleva dicho, los tres valores precedentes se utilizan y concretan, podemos escribir, poniendo las iniciales A M por arte moderno; SMN por síntesis máxima de la Naturaleza; EMC por exaltación máxima de la conciencia:

AM = SMN x EMC

De acuerdo con esta ecuación y sus derivados vamos a estudiar Panoplia lírica.

 

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Antes de entrar de lleno en el estudio de la obra de Alberto Hidalgo, deberíamos decir quién es el autor de este libro y dar algunos datos biográficos; pero este poeta no tiene biografía. A los veinte años no la tuvo nadie. La vida de este artista puede concretarse en estas tres palabras: sueño, labor, triunfo. No es menester recurrir a otras fuentes que las que él mismo —máximo ególatra— nos da. Ved como se retrata el poeta en este su primer soneto primoroso:

 

Los cabellos cubiertos por enorme sombrero,
encrespados, descansan hacia atrás, en tropel.
Las pupilas son negras como el crimen. Severo
el gesto. El andar grave. La mirada de hiel.

La corbata de seda flota como un plumero
sobre el cálido pecho que es a la vez broquel,
Flux negro, Zapatillas de baile o de torero.
En el ojal izquierdo del flux hay un clavel.

Cuando el Sol, por las tardes, tras los montes se inmola,
yo, preso en las volutas de una capa española,
transito por las calles de mi astrosa ciudad.

A mirarme, las gentes detiénense, asombradas,
despectivamente ríen a carcajadas,
mientras que yo me alejo lleno de majestad...

 

Este poeta rudo, fuerte y sonoro, es sin embargo, un triste; su vida dinámica, llena de luchas y de inquietudes, ha cerrado las puertas al Dolor; en tal empeño lo ha acompañado su extraña juventud, pero no ha conseguido, a pesar de ello, impedir que el Dolor, sutil y aleve, salteador y filtrante, haya penetrado. En otro verso nos dirá con acento de trágica desolación, en una sola frase que es como el derrumbamiento de una ilusionada juventud:

 

y comprendo a los tristes porque ya sé sentir.

 

¿No es verdad que este "ya sé sentir" parece un grito resignado, la constatación de la Fatalidad por uno que la esperaba, algo que es como la pubertad de la vida en el Dolor? Luego en la "Epístola" nos dará, detallada y concreta, la profesión de fe de su vida.

Desde Chocano, el genial cantor de la raza, no había aparecido entre nosotros una lira más sonora ni el verso había tenido un cultor más temerario y fuerte. Si hubiéramos de buscar la cualidad dominante de este poeta precoz, habría que decir que es la originalidad, no tanto en la forma cuanto en la manera de ver, porque este poeta es, ante todo, un objetivo para el cual la vida es un espectáculo sonoro. El estilo, base fundamental de la personalidad, no es otra cosa que la manera de ver. Los mediocres están retratados en la frase bíblica: "tienen ojos y no ven". La visión es lo que caracteriza, en efecto, a los elegidos, y dentro de esta visión, los que ven con ojos nuevos la vetusta y renaciente belleza del mundo, son los originales. La originalidad no es, pues, una virtud adquirida sino un valor estético innato. La originalidad es una fuerza espontánea, que tiene su localización espiritual y que se manifiesta por la sencillez y la sinceridad de la visión. No podrá ser original el amanerado, porque una de las bases esenciales de la originalidad es el contraste que la naturaleza lleva aparejado consigo.

Debe buscarse, como he dicho, en la obra de un artista, los puntos en los cuales este logra descubrir una faz oculta de la Naturaleza o logra concretar aquel "instante de infinito" de que nos hablara el insigne y genial mulato nicaragüense, nuestro padre y señor ruiseñor. Un momento de la eternidad que envuelve las cosas, plasmado en un verso, hace a un poeta inmortal. En el libro de Hidalgo hay bien diversas fases de un temperamento que se concreta a mirar y reflejar el mundo, haciéndolo pasar antes por el alto crisol de su personalísimo temperamento. He aquí una vida que yo no podría decir si concluirá en gloria radiante o soledad tranquila, si cobijaba por la fúnebre clámide del olvido o exaltada por la fama robusta de hinchados carrillos; pero que se presenta a nuestros ojos con los más extraños aspectos. ¿Qué juventud a los veinte años no cantó al amor, a la mujer y a los dolores del mundo? ¿El mismo Juan Jacobo no pasó por esta estación obligada? ¿Qué espíritu es cuyo que a los veinte años hace esta trágica y sombría declaración pavorosa:

 

Por mis años de joven pasa un frío invernal;

 

que camina "llevando en las espaldas un fardo de dolor" y que, sin embargo, su "ritmo no se queja sino ruge", que "con empuje estoico guarda su dolor" y que llora en "metáforas de fuego"? Buscad esta mezcla de dolores remotos y de vibrantes audacias en un verso del mismo Hidalgo y entonces veréis que quien aduna tan opuestas virtudes como el dolor y la acción pujante, tiene que haber nacido

 

...... de una quechua y un español soldado,
de un arrebato lúbrico y un beso enamorado.

 

Podrá ser recibido este poeta con clarinadas de victoria o con silbatinas de rechazo, pero no irá a dormir su obra, robusta y nueva, en el trágico huesero a donde han ido o irán a parar, salvando a dos o tres, todos los que han logrado –momentáneos fuegos fatuos– impresionar fosfóricamente a las cándidas, ignaras y despreciables multitudes.

Tal poeta no podrá ser hijo del ambiente metropolitano. Bajo el cielo plómbeo y pesante de la capital, entre la ciudad burguesa y despreocupada, en este rincón limeño sin crepúsculos y sin paisajes, sin tempestades y sin temblores, no ha podido nacer este rebelde. Ha sido en Arequipa, en la Arequipa del volcán y de Yanahuara, de César Rodríguez y de Percy Gibson, de los Urquieta, del temblor, del cielo abierto y de las revoluciones, donde había de nacer el más audaz de los poetas del Perú.

Aunque de lejos, yo lo he visto nacer. Hidalgo divagó poco. Hace tres años era un desconocido, hoy es un poeta, mañana será ¡Dios sabe qué cosa! Anunciación, como Colónida, la revista mas útil y notable, por los valores que reveló, de cuantas hayan salido en el Perú de la república, editada bajo la dirección del poeta, fue la cuna de sus primeros versos. Hidalgo publica luego un libro Arenga lírica al emperador de Alemania que lleva el desconcierto a muchas almas y que es su primera coronación. Fue, sin embargo, después de ese pequeño gran libro, que Hidalgo nos ofreció sus mejores frutos. A esta segunda época pertenecen no sólo el ya citado soneto "Rendición" sino los muy hondos y nobles versos de "Del Jardín de mis deseos", la "Autobiografía", el titulado "Nostalgia", el que sin título, le sigue; y algunos otros.

La poesía de Hidalgo, de un definido tinte futurista, en cuanto el Futurismo es teoría y no práctica, idea y no acción gráfica, tiene, no obstante, algo que la diferencia fundamentalmente del grupo de locos ilustres e insignes que siguen a Marinetti. El humour, que aunque ya había aparecido en la literatura, sólo halló su verdadero desarrollo en Rudyard Kipling, en Francis James, en Tristán Klingsor y en el genial y maravilloso Azorín; el humour, de aparente genealogía inglesa, pero que tiene el más noble abolengo español, ya sea en Horacio, ya en el Arcipreste de Hita, ya en el propio Cervantes, es y ha sido completamente desconocido entre nosotros. Al noble humorismo ático, a aquel don maravilloso, privilegio de grandes ingenios, de tan difícil clasificación, le han llamado en el Perú, aún gentes que pasan por doctas, locura, pose, extravagancia, desequilibrio. El humour no es como comúnmente suponen nuestros ignorantes escritores, la gracia griega de Moreas, hecha de adoración ritual, ni el chiste español de tan moderna cepa, ni la ligera y alada picardía francesa: es algo que está por encima de la frívola preocupación de hacer reír, y consiste en sugerir verdades esenciales, descubriendo el alto contraste espiritual de las cosas y fenómenos universales donde el dolor se disfraza con máscara de sandio (*). Ya había César Rodríguez realizado este nuevo valor literario que amaneció en Luis Carlos López y que fue vago florecimiento en Asunción Silva. Véase cómo esta manera de sentir aparece en una parte de la obra de Hidalgo:

 

El lírico jilguero de tu garganta fina
me arrullará en las noches con su canción divina
tus rosados besos me arrullarán también.

Pero si entre nosotros se interpone el Destino,
yo te hundiré en el pecho mi puñal asesino,
como en los desenlaces de Xavier Montepín.

 

o cuando, viendo y hablando de Arequipa, declara, muy injustamente por cierto, que

 

....... la vergüenza como un duro taladro
le agujerea el mismo centro del corazón.

 

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Al analizar la obra de un artista, y especialmente, de un artista joven, es menester buscar cuáles son las virtudes flamantes que en su huerto cultiva. Confesemos que Hidalgo posee una técnica que muy pocos tienen al fin del camino de la vida. No sólo es la pulcritud de la forma, la concisión del pensamiento, la riqueza abundante de metáforas, el giro nuevo y gentil, sino la claridad y el sabio método en la exposición de las ideas, método y sabiduría que a tal edad no pueden ser sino manifestaciones de una intuición singular y desconocida. Nótese que Chocano sólo se despoja del residuo de su sonora y brillante vulgaridad en la tercera etapa de su evolución estética. Hidalgo empieza, y, puede encontrarse en su obra incorrección a veces, dureza a ratos, imprecisión quizás; pero jamás el dardo hiriente de lo vulgar.

El poeta no sugiere a la manera verlainiana o de Eguren; no anuncia como el autor de Simbólicas; no tiene la sensibilidad visual de los medios tonos; su poesía es medular, juego de músculos, gimnasia de saltos, nervios en tensión; él no dirá una frase que reasuma toda una tragedia ni nos arrullará con canciones de rica melodía; el color no es la nota primordial en este poeta sonoro.

Donde se puede observar mejor este fenómeno es en sus poemas marciales. En ellos la sonoridad del verso corresponde siempre a la rotundidad del pensamiento broncíneo. Se diría que allí el verso sale por las brillantes serpentinas de trombas o clarines, o por las cristalinas notas agudas y metálicas de platillos, en tanto que la orquestación reposa y se acompaña en un sordo temblor de esas pieles tersas y musicales que guiaban a la victoria a los inmortales tercios de Flandes en los carolinos tiempos sepultos.

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El soneto "Autoretrato" y, muy especialmente el llamado "Reino interior", pueden señalarse como prototipos de esa metódica, espontánea y sencilla factura que define al poeta de raza. La poesía de este género, en Hidalgo, se desenvuelve maravillosamente en tres tiempos. Véase, sino, los siguientes ejemplos:

 

       1

.............................................Severo

                                                           2                       3

el gesto.- El andar grave.- La mirada de hiel.

            1                      2                         3

Cuando el Sol, - por las tardes, - tras los montes se inmola.

        1               2                         3

Sol huraño. - Sol loco. – Vivo como un asceta.

 

Estas tres dimensiones como en la música se concretan y coronan, a menudo, en una sola nota rotunda:

 

         1                 2                   3

Sol huraño. – Sol loco. – Vivo como un asceta.

                              1

Por mis años de joven pasa un frío invernal

 

La aridez y ponderación musical que tanto caracteriza la poesía castellana, se moderniza en Hidalgo, porque rompe la correspondencia de graves a graves y obtiene asi, siempre, una nota más alta —el agudo— en su orquestación. Llama a maravilla y absorbe, la maestría con la cual el artista eleva a su guisa o apaga a su grado, el tono musical. He aquí una gama, un gráfico de cómo va aumentando desde la iniciación pianissima hasta el estruendo fragoroso, la orquestación poética:

 

Repiques de campanas y salvas de COHETES;
poetas adiposos, mucamas de CUARTEL

Mujeres de anacrónicos vestidos y de ARETES
polícromos, pasean se insolencia y su HIEL

Y al mirar el poeta tan repugnante CUADRO
siente que la vergüenza como un duro TALADRO
le agujerea el mismo centro del CORAZÓN

 

        ...................................     ciudadela
        ...................................     sol

        ...................................     día
        ..................................      lejanía
        ...................................     ciudad

 

En algunos versos esta música se agudiza a tal punto que llega a herir como un taladro:

 

Hoy que en mis carnes clava sus agujas el frio
y que el cielo parece la mueca de un BUFON

...........................................   HASTIO,
...........................................  CORAZÓN.

 

Lo mismo que en el cuarteto primero de la composición titulada "Germinal" y que más tarde se trascribe.

Podía al estudiarse detenidamente a este poeta que es, como queda dicho, un orquestador musical y melódicamente ruidoso, disponer sus poesías de acuerdo con las siete notas de la gama.

 

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Respondiendo a la afirmación de que Hidalgo, como todos los altos espíritus modernos, es un cultor del humour, tal como el mismo lo declara en su Epístola a Juan Bautista de Lavalle:

 

Mi obra es algo humorista desde el principio al fin

 

transcribo una de las composiciones más notables del poeta, la titulada "Del festejo" en la cual precisa admirar la perfección y justeza de la forma, la maravillosa descripción donde las palabras se diría que danzan; pocos versos de Panoplia lírica tienen un valor estético más culminante y definido. La ELE es la letra más sonora, vibrante, cristalina, jovial, delicada y jocunda. La vihuela es como la cornucopia de este rico tesoro musical. Ved ahora cómo, tomando elementos, nos ofrece el poeta uno de sus más bellos cuadros:

 

Danza la tosca mano del labriego
en la sonora y cálida vihuela;
a los compases de la cueca, ciego
un remolino de pañuelos vuela.

En campesino idioma canta luego
el tenor del lugar una espinela;
levanta un ebrio con amante fuego
a una moza la falda de franela.

El abuelo que es de ella buen escudo
crispando el rostro, amenazante y rudo,
con la vista hace al sátiro un reproche.

Y al terminar la fiesta, en la explanada,
colérico, le da una bofetada
que resuena en lo negro de la noche.

 

¿Cómo se ha obtenido un efecto tan lleno de precisión; tal cantidad de movimiento; tal sucesión de efectos descriptivos? Los que hacen versos sin una razón espiritual, los que, logrando vencer las dificultades técnicas, reunen palabras, acumulan lugares comunes y concluyen poesías perfectas y no logran, sin embargo, trasmitirnos una sensación, serán incapaces de comprender de qué elementos y de cuáles valores se sirve un verdadero poeta para darnos un cuadro de vida palpitante.

La primera estrofa y la más admirable de esta composición, tiene toda aquella emoción indescriptible de una fiesta campesina. Para darnos el efecto del conjunto, veamos el proceso sutilísimo del artista que nos lleva, por un pequeño detalle sugerente, a la conclusión del cuadro y a la evocación total:

 

Danza la tosca mano del labriego
en la sonora y cálida vihuela;
a los compases de la cueca, ciego
un remolino de pañuelos vuela.

 

Además de que este tiempo de verbo en final de cuarteto es de la más exquisita aristocracia lírica española y que es frecuente en el libro, hay una cuestión que merece anotarse. En el cuarteto no se define ni se describe la danza de los aldeanos; a pesar de ello, la visión aparece clara, viva, animada, vibrante, ágil. ¿Dónde está la razón? Tratemos de descubrir el enigma de esta manera del poeta. Hidalgo nos ha sugerido una visión por medio de dos elementos descriptivos. Hay varias maneras de sugerir. La sugerencia es una forma del simbolismo. Más claro; se sugiere por símbolos. Siendo la poesía, según la definió alguien, la manera de pensar en metáforas, la sugerencia viene a ser uno de los más altos y sutiles valores estéticos. Las palabras tienen varias personalidades, diversos valores, múltiples significados.(**) Un poeta de conciencia y de espíritu analítico, habrá vencido el gran combate, sabiendo cuál es en la palabra, de las muchas sicologías que tiene, su aspecto culminante, dentro de su situación en el verso. Ocurre con las palabras en los versos que son como los maestros en la orquesta. Cada una debe concretarse a dar su contribución justa, sin entorpecer a la vecina. Esta es la manera de sugerir en José M. Eguren.(***) En Hidalgo, el fenómeno se opera de manera diversa. El sugiere por contraste. Como la luz eléctrica surge de la conjunción de dos carbones, así surge en nuestro poeta la chispa inefable de una sensación incorpórea y radiante. El verdadero cuadro que Hidalgo nos ofrece en esta composición no reside ni en la primera ni en la segunda parte del cuarteto; vive entre ellas; vive y no aparece en cuerpo sino en espíritu:

 

Danza la tosca mano del labriego
en la sonora y cálida vihuela
.................................................
a los compases de la cueca, ciego
un remolino de pañuelos vuela.

 

¿No es verdad que en los suspensivos parece que viviera todo el cuadro que el poeta no ha querido pintar y que ha hecho, sin embargo, vivir? Nótese, también, de qué sabia manera se expone el motivo fundamental y con qué método se lleva el desarrollo de la obra y cómo termina y se redondea esta.

 

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La obra de Alberto Hidalgo representa una de las más valiosas contribuciones de la literatura indolatina hacia su orientación de autonomía y ultramodernismo. Esta tendencia a personalizar y subjetivar la obra de arte, a hacerla paralelamente a la vida, a fundir estos valores en una gran unidad, a hacer que el universo gire alrededor de estas dos letras YO, no puede ser sino la resultante no ya de una teoría, pero casi de una que Hidalgo llama "La Religión del Yo". Bien cierto es que esta religión no es nueva, pero no deja de ser cierto igualmente, que es aún exótica en América, y, hasta hace dos o tres años, casi desconocida en el Perú.

Tras de lo que hemos divagado en anteriores páginas sobre la técnica y el estilo de Panoplia lírica, que es cuanto tiene un artista de objetivo, es menester estudiar en este poeta, a través de la obra misma, los valores subjetivos. A este cabo tendríamos que estudiar todas y cada una de las composiciones del libro, pero, como este ensayo resultaría exageradamente largo, he de limitarme a analizar lo más culminante de la obra. No caiga mi pluma en el pecado de olvidar la "Autobiografía". Todo lo que de la poesía de Hidalgo se lleva dicho, se concreta y suma en este pequeño poema donde concurren los motivos fundamentales del temperamento de Hidalgo. Como no puede dejar de ser, tratándose de una composición autobiográfica y sincera, es allí, en medio a sus aparentes contradicciones ideológicas, donde se puede hallar una vere efigie del autor. Es allí donde puede hallarse la mayor dosis de lirismo, y, de vez en cuando, lamentaciones de un dolor respetable. Allí mismo se verá cómo la orquestación musical se realiza en un ritmo pitagórico. En cuanto a lo primero, véase el tono pianissimo con que se inicia la obra en una orquestación chopiniana:

 

En esta noche quiere mi alma virtuosa y buena,
como abejas, secretos lanzar de su colmena,
y a usted don Juan Bautista, le nombra confidente
porque ella está segura de que Ud. piensa y siente.

 

Ved cómo se incrementa y va irisándose el sereno lago:

Yo nací de una quechua y un español soldado,
de un arrebato lúbrico y un beso enamorado.
Fue en un día de mayo, magnífico y sonoro.

 

He aquí, recién, el primer brochazo de color:

el Sol tendió en los montes su clámide de oro.

La nota sentimental se intensifica luego para darnos esta tragedia en seis versos, donde se sienten y palpan las ingenuidades de un poeta naciente:

El solar de mis padres desde mi nacimiento
fue solar de ilusiones, de luz y de contento;
pero la Muerte quiso truncar esa alegría
y por aquel capricho mi casa está vacía.
Desde entonce estoy solo. No hago alardes ni ruido.
Soy un pájaro huérfano que no encuentra su nido.

Pero este soplo de ternura deliciosa, de dolor sincero; estas lágrimas casi humildes; estas palabras que casi gritan: "amadme, necesito amor", concluirán bien pronto para dar paso a lo que el mismo poeta llamará en la misma breve composición, secos ya los párpados, "reírse del público como de un arlequín". Renace a trechos esta nota dolorida y triste. Así, tras una zarpada felina salta una lágrima caliente:

 

Yo soy un buen muchacho, risueño y expansivo.
.....................................................................
Al revés de los otros cambio frecuentemente.

La misma gradación sinfónica puede observarse en muchas de las composiciones de Panoplia lírica, y donde más se precisa es en el soneto "El Misti", en que se definen con austeridad, un amanecer, un estallar de alegría manantial, un crepúsculo y una noche. En Hidalgo, la obra se divide siempre en dos partes, una plástica y otra subjetiva; primero nos da la visión y luego el comentario:

 

En este mismo género de composiciones llamará la atención del lector la variedad de tonos. El mismo autor que exclama:

 

Soy un pájaro huérfano que no encuentra su nido.

 

donde el tono es suave, dulce y apacible como un sollozo lento, nos dirá más tarde:

Ante la beatitud de la pradera
sopla una onda violenta el Aquilón.
Amanece. Los gallos vocinglera
canción entonan. Atraviesa, con
su poncho ...............................

 

donde todo parece esculpido en piedra, a "coups des cisceaux", como en el verso de James.

A pesar de ser Hidalgo un ególatra, un yoista, la nota íntima asoma muy pocas veces en su poesía. Y cuando asoma no es en lágrimas sino en protestas. De esas rarísimas notas es un ejemplo concreto la composición "Nostalgia", airado lamento de una factura sencilla y maestra por la claridad y la concisión:

 

¡Hasta mi espada de guerrero
se está cimbrando de dolor!
No ha encontrado su tamborero
mi corazón, que es un tambor.

Las rojas plumas de mi austero
casco de insigne luchador
se han inclinado ante el severo
paso agresivo del amor.

 

Podrían citarse muchas otras composiciones en cada una de cuyas hay mucho que analizar y que revelar, pero he de desistir de mi empeño en vista de la extensión que va tomando este trabajo. Cito, sin más comentario, para que el lector pueda saborear algunas cosas interesantes y llenas de una salvaje belleza, la composición titulada "El Temblor de tierra", donde hay esta sensación de crepúsculo arequipeño:

 

.............................................. El día
agoniza en la testa de un caduco volcán.

 

Versos de esta categoría:

que se hunden, epilépticos, los nervios del diván

 

esta visión sutil:

.............. Se conmueven las sombras del paisaje

 

y al final:

mece lánguidamente la voz de una campana
y los perros aúllan en la aldea lejana
con sus trágicas bocas de angustia y de pavor.

 

En el soneto "La tempestad", de una magnificencia onoma- topéyica, hay descripciones y bellezas que no resisto a la tentación de anotar:

Los astros se han dormido. Solamente la Luna
recorre la epidermis del armamento austral.
......................................... Una por una
despiertas las campanas de un sueño de metal.

Se escapan velozmente de su caverna bruna
los rayos a manera de flechas de cristal.
Los relámpagos saltan como potros. Ninguna
voz profana el silencio de la noche fatal.

Hacen al cielo súplicas los labriegos devotos.
...............................................................
mientras que en sus alardes va alborotando el cielo
el trueno, que es relincho del caballo de Dios.

 

Finalmente, busquemos la personalidad y la religión estética del poeta, a través de su "Manifiesto", que hace recordar muchísimo los manifiestos con que los futuristas inundaron Italia hace varios años. En muchos puntos las ideas de Hidalgo coinciden con los credos marinettistas. Vea, sino, quien conozca la religión de Luciano Folgore, si estos versos no parecen salir de cualquiera de los ingenios del Café "Aragno" de Roma:

 

Dejemos ya los viejos motivos trasnochados
y cantemos al Músculo, a la Fuerza, al Vigor;
..............................................................

Arrojemos del Verso la palabra tristeza
...................................................

Matemos las escuelas, los moldes y los métodos;
....................................................

 

y especialmente:

 

Poesía es la roja sonrisa del Cañón;
Poesía es el brazo musculoso del Hombre;
Poesía es la fuerza que produce el Motor
;

................................... y, nosotros,
los hombres de este Siglo de Guerra y de Valor,
cantándola ponemos las piedras del Futuro
que ya estamos alzando sobre las ruinas de Hoy,
....................................................................

 

El poeta lleva a la práctica estas ideas, y así se encuentra en este libro un vibrante y original canto al Mar, de una factura ultramoderna, donde hay tan bellas visiones como esta:

 

Cada roca que está sobre la orilla
de la Mar ondulante,
parece una rodilla
de gigante

 

La "Oda al Automóvil" pertenece también a este género de composiciones y contiene bellezas que ha de columbrar el lector.

A diferencia de Marinetti, Hidalgo es un vehemente germanófilo. Poeta como el autor de Panoplia lírica, adorador de la guerra, de la lucha, de los elementos, del estruendo y del egoísmo, tenía que encontrar en el Kaiser no ya un semejante sino un maestro. Su germanofilia le lleva a proclamar ideas temerarias y a esperar cosas que no pueden venir. El canto a Guillermo es una composición que no puede dejar de verse bajo el aspecto de las personalísimas simpatías internacionales, y así, más vale que cada lector juzgue, porque para mí me tengo que la justicia no acompaña al poeta en esta obra, y, que en el canto mismo hay más belleza que razón.

El poeta de la "Arenga lírica", que se deslumbra con la figura del Kaiser, cuyas armaduras, cuyo gesto fiero, cuyos bigotes agresivos, cuya piel, verdosa de insomnio, es el fantasma de los pueblos; este poeta que ve en el Emperador sombrío, en este emperador estupendo, en esta terrible, grandiosa y fantástica fuerza biológica, un ideal encarnado, dice luego, en versos llenos de nervio y de sangre, de exaltación y de violencia, de impiedad y de egoísmo, su "Canto a la Guerra". Para Hidalgo, como para Marinetti, la Guerra

 

................... es como un brazo del Progreso. La Guerra
purifica las Razas con su férreo poder.

 

Atilino, este admirador del Kaiser, exclamará con su grito sonoro:

 

Corten las bayonetas las cabezas a miles
y siémbrense los campos de muertos a granel;
y que los vencedores en sus lanzas de hierro
les prendan orgullosos y les hagan arder.

 

Después de estos horrores en que el libro de Hidalgo se convierte en un campo de batalla, sembrado de cadáveres, en cuya extensión la Muerte enciende sus rojas hogueras mientras el cañón y la metralla se pierden y desmayan a lo lejos, el poeta nos pone en los labios el licor refrescante de sus "Acuarelas", versos de colorido suave, de gracia jovial, de sencilla emoción que se paladean y gustan con la misma avidez con que un soldado victorioso, después de la campaña trágica, escapado de la muerte, bebe del arroyo fresco el agua fugitiva, entre las manos juntas, temblorosas y cóncavas...

 

Lima, 30 de agosto de 1917.

 

 

 

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(*) Véase mis artículos de La Prensa de Lima, en el año 1915 y siguientes, bajo el título de "Impresiones", "Diálogos máximos", "Fuegos fatuos" y otros.
(**) Rimbaud, Sonetos de las vocales.
(***)   Y vense las obscurosas olas
         masteleros últimos cubrir,
         con el amor de las playas solas
         donde van las aves a morir

 

 


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