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Datos para la crítica del mañana/ Adalberto Varallanos

 

La estética más cómoda es la que se refiere como último término a Dios. Relativa, temporal de lo bello. Estética: belleza engendrando ideas. En la clasificación de una obra —integralmente— se llega a terminaciones absolutistas. No hay un sistema de ideas que no se cuide por sí misma. Un sistema está cerca, lejos o tras de lo bello ingraduado, colocado en un marco de abstracciones; se confunde, al fin, con una serie diferente de valores morales, políticos sociales, religiosos, etc. Ya se sabe que no hay tal valor. Todo depende de uno. Un estético: —Platón (¿fue el primero?) hasta Jean Epstein y Franz Rho— es un referidor. Hay una entendida generalización. O es una humanidad para permanencia o es la otra, la que transitó. Particularicemos una estética, minúscula, atomizada ya. Establecida la esencia de lo particular, de lo único, en lo fragmentario, detengámonos en un umbral delantero y volvamos la mirada sempiterna sobre el reloj que está en la pared, en la mesa o en el puño: 11 y 30 a. m. Estética de las 11 y 30.

Lo lírico, se dijo, es la referencia a la pureza límpida del yo. En una tratable clasificación de nuestros abuelos: en épica, lírica y dramática. Veamos. Lo lírico es lo que está unido al individuo. Lo que está lejos, elevado, es lo épico. El dramático: el suceso, lo que puede pasar entre dos personas, lo espectable. Lo lírico condimenta cualquier género literario, ejemplo: la novela, el cuento, el periodismo, el saludo, etc.

En América, en la producción titulada o consagrada por la ignorancia, es difícil, sino imposible la búsqueda de lo lírico. Ni lo lírico puro, ni lo lírico refinado. Chocano: no tenga cuidado, señor fallecido, es un mar, selva, montaña de palabras elocuentes, grandiosas, solemnes. Procesión de frases. Hay que ser buzo, explorador, pioner. Ay, inútil. Nos ahogamos. S.O.S. Sea en más cerca: en el "Cancionero popular", en los himnos de los muchachos, en el final del diálogo entre dos amantes, en las primeras palabras de un niño... Fuera de cultivo: lirismo bruto.

Procédase a apreciar la raíz cultural. En esta América, Perú, se da el caso de una poesía sin antecedentes culturales. Fugada del idioma, de la gramática, de la modalidad artística imperante. Así, parte de la obra de César Vallejo. Carencia idem de sentido. (Y la otra poesía culta, cercana, derivada de una tradición. Diversa y la misma). Poesía de primitividad, carente de recorrido cultural, bárbara. Esto puede tener el valor de una promesa, precursión, pero no de una estabilidad, de un clasicismo.

 

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Ya en estos instantes, en los países literarios, se ha tenido en cuenta el silencio dentro de una creación artística. Estricto, medido o considerado solamente. El simbolismo, Mallarmé, Rimbaud, Maeterlink. Diferentes clases de silencio. Cada artista tiene su particularismo, su característica. Oliverio Girondo decía, que: el silencio de los cuadros del Greco es un silencio ascético, meaterlinkiano, que alucina a los personajes del Greco y los desequilibra la boca, les extravía las pupilas, les diafaniza la nariz, etc.

En las letras peruanas quien lo introdujo, tenía dominio de silencio, fue José María Eguren; no la suspensión, sino el silencio puro unido a su emoción del miedo, de temerosidad, de aristocraticismo contenido. (Buscar el silencio en la nueva poesía no es original, es accesorio, corriente. Las musiquillas, los ruidos cataratescos, ya sean de Dario, de Chocano, de Díaz Mirón etc. No nos interesan).

 

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Aparte. Desde 1924, juzgando la poesía en marcha se han sucedido en el Perú, minúsculas irrupciones de semipoetas nuevos, de no nueva sino falsa-nueva poesía. El movimiento literario de los grupos editores de Flechas, Guerrilla, Trampolín, etc. no dejó de tener un ingenuismo encantador... y "revolucionario" ignorantista, periférico. Los Peralta pueden ser considerados favorablemente y otros, aisladamente. El vanguardismo como reflejo de corrientes europeas es cosa muerta. Los mismos agitadores de las escuelas lo reconocen. Vuelta hacia atrás. Ya de París —cúideme ese foco— nos anuncian una nueva corriente y escuela "reaccionaria": el impresionismo. Cúideme el cadáver. Unos vuelven a la tradición, otros avanzan a la política, ellos al surrealismo —hablo del Perú. ¿No es cierto, amigo Xavier Abril? Cada uno tira para su lado... Ya está.

Para un arte inspirado en la naturaleza es una seguridad casi toda la sierra peruana. En ciertas regiones, las leyendas, costumbres, etc. son relativamente pobres en caudal. Pero el paisaje, los horizontes, los campos y los tipos están inéditos, en espera del artista nuevo —universal— capaz de descubrir y conquistar aquello en beneficio de la literatura, pintura, música, escultura americana. Valery Larbaud desde su mirador altísimo pide a los jóvenes peruanos eso: un arte inspirado en lo que tienen delante, la conquista de las tierras vírgenes. Ha de venir —llegar— el Gauguin, el Rimsky, el Guiraldes o el Francis James.

 

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Por otro lado, y muy lejos de esto, Enrique López Albújar, en sus "cuentos andinos" que son "relatos" presentó una tipología indígena que merece todavía admiración, al comprobarse la pobreza de la producción peruana. Observador distante, López Albújar, con prosa dura y carente de tacto artístico, más bien amplio de documentación humana y enmarcado dentro del realismo del 800, ha dado esos relatos sobrecargados de sociología y tendiente a revelarnos, un poco jurídicamente, la aparente sicología del indio huanuqueño. Falto de visión, de luminosidad; denso, dramático, rudo, sus tipos cogidos de la realidad ya no nos dicen de la belleza sino de la verdad. Esta literatura anti-artística, retrasada, puede sin embargo comprobarse con lo que hoy en Francia produce Francis Carco, criminalista, bajofondista. Agotados sus relatos de éxito inmediato, López Albújar va en su última novela a "descubrir" la realidad de los negros en Matalaché. Es admirable su poder de renovación y su inalterabilidad ante las manifestaciones de la novela nueva en América y Europa.

La crítica literaria peruana —de las otras actividades artísticas no han nacido todavía los críticos— adolece de comodidad. Es visión y distingo de lo posterior. Si la creación adelanta —tropezando, cayéndose, levantándose—, la crítica se queda, desde su esquina, en permanente seguridad. Y es que, al último, cuando todo está acabado, llega la crítica, sudorosa, jadeante, mostrando que está enterada de todo. Y hace sus constataciones históricas, sociológicas, políticas, de todo. Por la literatura —buena o mala— se llega a cualquier parte y se llega a uno mismo...

 

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¿Qué es Palma y su obra dentro de una valorización de crítica nueva? Un momento en la literatura peruana. Un representante prototipo del espíritu colonial concentrado en Lima. Ironista más o menos perdurable. Palma evocador irónico era un descontento de su presente y del futuro. Falso, falsísimo, aquello de atribuirle espíritu destructor o revolucionario a su obra, como pretende hacer Haya de la Torre y otros. La tradición: literatura castiza de evocación irónica carece de emoción, de pasión. Literatura de época penetrante en la historia. En América, Palma es un narrador de estirpe hispana, interesante, agradable, divertido, etc. Y, nada más.

La nueva generación literaria del Perú, revisará oportunamente a Ricardo Palma, González Prada y otras figuras cuyos valores relativos, concluidos, quieren prologarlo al presente algunos miopes al criterio universal o autóctono de la literatura, ajenos al espíritu nuevo de América.

  

Cultura, Huancayo, 1936, Nº 1: 19-23.

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 * Párrafos inéditos y póstumos del escritor y crítico literario Adalberto Varallanos. Escritos en 1926.

 


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