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 Conceptos de Vanguardia / Carlos Espinoza

  

Ha llegado a mis manos una carta fuerte y enjundiosa. Tiene sabor a madera robledana y a vino recio. Cada frase suena como un fuetazo y deja un surco hondo acardenalado; verdad, también, que su diapasón sube de tono a veces, y el autor abusa de una postura que no debe venirle muy cómoda por la tensión en que pone sus músculos. Pero, con todo, dice entre satírico-bufo y mordaz la crítica severa para los seudoizquierdistas, para los mercenarios del arte nuevo, para los amoríos y cretinos que a sus entuertos y perogrulladas llaman enfáticamente producto maravilloso y arte de post-guerra, de síntesis y cerebral.

Me llegó su carta y con ella una sorpresa. Porque, indudablemente, me sorprendió recibir noticias de un amigo a quien el tiempo y la distancia no me lo habían hecho olvidar, pero sí separado. Su primera frase era: "le estrecho la mano excelente amigo". Y luego dice "...cómo se llama ese grupo de poetas que ha suprimido el verbo? Y el que ha suprimido la pecosa coma, cómo se llama?... De todos esos grupos, a manera de concentración, mañana nacerá el último trayendo el verso en la afligida cara de un sandwich, que solo nace para morir. No cree usted, amigo, que eso que se llama nueva poesía son efervescencias agrarias y fermentos culinarios?... Oiga, esa gente avanzada es una partida de buenas fichas que han aprendido a fingir la acción y a prestigiar la voluntad al través de sus conversaciones de cantina, en las cuales quien más habla es más inteligente. Son los holgazanes de la vida, amigo. El holgazán es un tipo fantaseador y muy propenso a la literatura barata y a los ademanes declamatorios.

La disciplina —del comercio, por ejemplo— les haría podrir el vanguardismo o cualquiera de los demás ‘ismos’. Antes que poetas necesitan ser simplemente hombres, después ‘poetas’, porque el poeta es un hombre doble..."

A propósito de ésto, el poeta arequipeño César Atahualpa Rodríguez, mayúsculo lírida, me escribe diciendo: "Simpatizo con todo movimiento de avanzada. Soy yo, como individuo, un vanguardista en plena actividad. Lo he sido toda mi vida. Mas como actor de una época de bancarrota moral y social y como peruano, me siento impulsado a maldecir de ese cúmulo de novedades que ahogan en simiente la savia nativa. Pienso que un pueblo envejecido —no viejo— no puede improvisarse un alma novísima. Que para ponernos a tono con un sentido deportista de las actividades, necesitamos primero, como condición básica, sufrir un largo periodo de entrenamiento, casi casi de reacción; tomándose la palabra reacción no como vuelta al pasado sino como vigorosa búsqueda de nuestro propio espíritu, entelerañado por tantos años de servilismo. La libertad no nace del desorden, se crea de las más rudas disciplinas. Hay que aspirar a ser pueblo, para aspirar a ser humanidad. Igual acontece con el niño. Sólo después de un largo aprendizaje de vida es que tiene derecho a ser hombre. Así como el hombre para llamarse artista tiene que pasar por todos los dolores humanos antes de que sus heridas se coagulen en piedras preciosas..."

Aquí el latigazo ha caído en plenos lomos. La carne ha sentido el castigo y se duele al ramalazo y se hunde abriendo zanja que se torna obscura, que se tiñe sanguinolenta, que se abre como una boca, en gritos de dolor. Porque la audacia, aquel desparpajo de los intrusos del arte, los que dan nombre a las más desatinadas elocubraciones cerebrales —a su decir— es el único atributo de los seudovan- guardistas. Su audacia, consecuencia de la indisciplina propia de los que pretenden llegar a zancadas, no le consiente disciplinarse espiritualmente y dejar coagular la sangre de las abiertas heridas para convertirlas en piedras preciosas.

De éstos, dice Agüero: "... se ha fijado, Espinoza, en lo pródigo que son éstos poetas con respecto a folletos? Tal como si el orador en la boca de lactancia, se parara de pronto y arengara a su madre. Nunca ha habido más cantidad de papel impreso que ahora. Y, no obstante, de ser el menos relacionado y al que menos agrada la folletinería, tengo varios que me cayeron como pedradas. Si usted es coleccionista de curiosidades, puedo enviárselos. Yo no los he leído, pero si le digo que me dan la sensación de cuadernos en blanco, de esos que usan los colegiales y que están destinados, más que a ser escritas, a ser emborronados. Yo nunca pensa pensé en publicar folletos. Más bien, tengo la gran esperanza de publicar libros, pero estos pertenecen todavía al futuro, porque tengo el concepto de que el libro debe ser la demostración perfecta del carácter. Por eso creo que no merece prisa. El libro debe ser elegante y parco (si no gusta al lector el arrojarlo a la canasta, resulta para éste de buen tono, y hasta se puede calificar de lujo). El libro no debe tener prólogo ni recomendaciones. Tampoco debe negociársele. El libro de versos es digno de obsequiarse, pero no debe obsequiarlo el poeta, sino el editor y debe llegar a las personas que lo merezcan limpio, sin dedicatorias, sin dirección. ¿Qué falta hace reclamar la opinión ajena si el verdadero crítico está bien colocado en uno mismo?... Además, usted sabe, que quien usa acusar recibo de libros tiene las mismas opiniones para todos, es decir, una especie de circular plagada de elogios, esperanzas y estímulos que en unos casos van por cortesía y en otros por la vanidad de jugar cartas de maestros..."

Este poeta Federico Agüero, que ha disciplinado su espíritu en las urgencias graves de la vida y su talento hace el milagro de salvarlo en el medio hostil y dormido de la ciudad misma, es el mismo de quien yo hablara, hace poco, en una conferencia dada en la estación OAX. En esa ocasión dije: "...que era un buen poeta, es decir, un fuerte temperamento; que un hondo sentido de la vida y un amargo sabor del destino lo llevaban a empujones por la senda de la ironía aguda, pero puesta siempre a flor de piel por su vasta inteligencia".

Agüero, es duro en sus conceptos y, efectivamente, lleva consigo un pozo de la amargura provinciana. Sé que tiene razón y mucha sobre todo cuando se alza y agita sus puños amenazantes a la multitud heterogénea e híbrida de los poetas revolucionarios que infectan con sus megalomanías el enrarecido ambiente del parnaso criollo.

En otro acápite de su carta me dice: "Pero indudablemente, yo debo figurar en alguno de los grupos, porque, ahora, como usted sabe, se acostumbra clasificar a los poetas como sementales de ganado. Y digo indudablemente, porque vivo en la época y porque yo fui el primero en mi lar, quien dejó de usar las antiguas formas de hacer el verso, sencillamente por juzgarlas estúpidas. Yo dejé esas formas no por imitación, menos por la fanfarronada de presentarme raro, sino por necesidad. Mi modo de sentir la poesía no armonizaba con ellas y opté por dejarlas precisamente en los días en boga. Todo mi anhelo ha sido siempre llegar a la emoción por el camino más corto y para eso era necesario eliminar el consonante y la matraca de los versos medidos a compás..."

Eso. ¡La emoción! La honda, dulce y profunda emoción que debe tener la poesía. Pero esta emoción pocos la consiguen. El comercio de poesías derramadas por las planas de diarios y revistas acusa una producción pobre, enferma, ruin: a lo más, una cerebración forzada y extenuante para el productor: palabras, palabras, pero ideas, ninguna, menos emoción. Y la poesía, sea cualquiera su forma, sea cualquiera su estilo debe sugerir una idea y debe producir una emoción. Ahí están como ejemplos: Vallejo y Peralta, son dos poetas que llegan al tono mayor en esto. Ahí están Rodríguez y Agüero haciendo vibrar las cuerdas del espíritu en las transfugaciones de sus poesías profundamente emotivas y sencillamente hermosas.

Pero, a mi juicio, agrupar poetas sería convertirlos en ovejas para formar manadas y arrearlas al redil. Y eso no puede, no debe ser nunca. Cada poeta es único. Una sola figura. Un solo emblema. Que los estilos se asemejen, tengan parentescos y afinidades no quiere decir que constituyan un grupo al que obligadamente se deba pertenecer. A lo más una sociedad de unión para tertulias y discusiones, pero no para dogmas y escuelas. Un nuevo estrechón de manos y fin.

 

 

Mundial, Lima, 30 de set. 1927.

 

 


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