Indagaciones peruanas: El Legado Quechua                               

 

Raúl Porras Barrenechea

 

Porras y la literatura quechua

Por Jorge Prado Chirinos*

Desde 1924, como ya hemos mencionado, Raúl Porras se interesó por el estudio de las manifestaciones literarias de los quechuas, intensificando su conocimiento casi en forma simultánea a sus importantes indagaciones sobre los cronistas y las fuentes históricas. Reconoció, dentro de la literatura incaica, en primer lugar, la existencia de una notable poesía mítica. Después de examinar exhaustivamente los testimonios escritos proporcionados en las crónicas y otras fuentes, en su conferencia dictada en 1951, en San Marcos, señaló como las notas características de esta poesía, las siguientes: a) mezcla de hechos reales e imaginarios, los que transcurren, por lo general, en el reino del azar y de lo maravilloso; b) presencia constante de indicios históricos, "porque está en ellos el espíritu del pueblo creador"; c) a pesar de algunos relatos terroríficos de destrucción, muestran un "animo menos patético y dramático que en las demás naciones indígenas de América"; d) manifestación de un burlón y sonriente optimismo de la vida. Por eso –dice Porras – "Los personajes legendarios que siguen el camino de las montañas al mar, como Naymlap, Quitumbe, Tonapa o Manco Cápac, tienen un sentido de fresco de aventura juvenil; e) los cerros o los islotes marinos son dioses petrificados, el trueno es el golpe de un dios irritado sobre el cántaro de agua de una doncella astral, los astros son pajes favoritos del Sol, los eclipses son luchas de gigantes, leones o serpientes; la Vía Láctea es el río luminoso o, la serpiente ondulando por el suelo se transforma inusitadamente en zigzag del relámpago; el zorro trepa a la Luna por dos sogas que le tienden desde arriba; o los hombres nacen de tres huevos , de oro, de plata y de cobre, que dan lugar a los curacas, a los mistis y a los indios comunes y, en una cinematográfica versión del Diluvio, los pastores refugiados en los cerros más altos, ven con azorada alegría que el cerro va creciendo cuando suben las aguas y que bajan cuando estas descienden". De esta manera el Dr. Porras, con su poderosa sensibilidad y aguda inteligencia, nos explica lo que es la poesía mítica de los incas, iluminando las recóndidas aristas del alma indígena, la que vivió y vive consustanciada con la mama pacha, el tayta orcco, la mama cocha y, en general con la naturaleza y el cosmos. El Maestro, en su incesante búsqueda de otras expresiones de la poesía mítica y de las leyendas, en 1945 da a conocer la "Leyenda de los Pururaucas", narración incaica casi ignorada hasta entonces. Según explica el Dr. Porras este relato quechua pertenece al periodo de auge Imperio de los Incas en el cual se cultivó el valor y la vocación por la milicia en la juventud. Narra cómo en el reinado de Yahuar Huaccac, cuando frente a la feroz agresión de los Chancas a la ciudad del Cuzco, el joven príncipe Yupanqui logró derrotarlo. Después de vencer a los chancas regresó al Cuzco trayendo las cabezas de sus enemigos para ofrecerlas como una lección viril a su padre anciano y a su hermano tránsfuga. Refiere que su triunfo se debió no sólo al valor de sus soldados y a su resistencia desesperada sino, en gran parte, a la ayuda divina que había enviado su padre y dios Wiracocha. Este dios hizo que soldados invisibles pelearan junto a las huestes incaicas hasta la victoria final. Estos luchadores fueron bautizados con el nombre de los "Pururaucas", que significa "traidores escondidos". Estos pururaucas, fieles a su destino mítico, se convierten al final en piedras.

Sobre la fábula de Tonapa, que figura en la crónica de Santa Cruz Pachacutic, Raúl Porras dice que este personaje derrite los cerros con fuego y convierte en piedras a los indios adversos, las huacas vuelan como fuego o vientos o, convertidos en pájaros, hablan, lloran o se espantan cuando ven pasar por los aires los sacacas o cometas presagiadoros, que envueltos en sus alas de fuego se refugian en la nieve de los cerros más altos. En 1951, en el "Prólogo" que dedica a la "Gramática" de fray Domingo de Santo Tomás, da a conocer una versión inédita de la leyenda de Pacaritampu sobre el origen de los Incas, que no coincide con las de Cieza y Betanzos ni con las de Garcilaso y Sarmiento. En esta leyenda se refiere que hubo dos hombres Marastoco y Sutictoco. Ambos llevan el sobrenombre de "toco" (ventana) porque creen los indios que ellos salieron de dos cuevas que están en Pacaritampu, donde dicen que salió Manco Inca, para cuyo servicio dicen que salieron esos dos indios.

Otra de las creaciones poéticas del pueblo incaico que el Dr. Porras investigó, con singular originalidad, fue sobre el ARAVI o HARAWI. El sostuvo siempre, a través de sus estudios, que el pueblo incaico expansivo y dinámico, expresó en sus taquis o cantos alegría colectiva, desbordante y dionisíaca, que sólo a partir de la Conquista se torna en expresión llorosa. Indagando en los antiguos vocabularios quechuas, en las crónicas del Cristóbal de Molina, de Polo de Ondegardo, del Inca Garcilaso de la Vega, del frayle Murúa, de Huamán Poma y en los cambios semánticos del vocablo HARAVI a partir de la Colonia, el Dr. Porras en su ensayo "Notas para una biografía del YARAVI", publicado en el diario El Comercio el 28 de julio de 1946, demostró documentalmente que el HARAVI no sólo fue expresión de la tristeza del indio sino, principalmente fue la manifestación de la alegría colectiva. Precisa el Maestro que hubo varias clases de HARWI, tal como refiere Huamán Poma (NARITZA-ARAVI, ARAVI-MANCA, TAQUI CAHLUA-HAYLLI-ARAVI); el HARAWI no podía cantarse sin la quena. "Las frase de la canción se decían a través de la flauta del indio enamorado"; "no era una canción triste o melancólica, pues no todo en el amor es triste. Añade: "El ARAWI incaico fue triste o alegre, según los momentos anímicos que expresaba. El propio Huamán Poma nos refiere que la Coya Raua Occllo, mujer de Huayna Cápac, tenía indios regocijadores unos danzaban otros bailaban, otros cantaban con tambores y músicas y pinqollos y tenía cantores HARAVI en su casa y fuera de ella para oír las dichas músicas que hacían HARAWI". Esta expresión incaica así como otras literario-musicales, casi siempre estuvieron ligadas a la tierra, el trabajo y al amor. Concluye el Maestro Porras: "Con la Conquista el ARAVI, pierde su estrepitosa gracia colectiva, desaparecido el desenfreno profano de los taquis, sólo subsiste en el lloroso y solitario gemido de las quenas de los pastores o en las quejas nocturnas de los amantes separados". De esta forma el ARAWI se transforma en YARAVI, "transformación que no sólo es fonética, sino espiritual".

En suma, con este estudio el Dr. Porras rectificó a todos los demás, estudiosos provenientes desde el siglo XVIII hasta el presente.

Finalmente, otra de las importantes contribuciones del insigne Maestro sobre el legado Quechua, constituye su investigación de más de diez años sobre el drama OLLANTA. A diferencia de los estudios de los grandes quechuistas extranjeros como Tschudi, Markham y Middendorf y de los peruanos como Barranca y Pacheco Zegarra, el Dr. Porras centró su indagación en la leyenda ollantina, en la figura del cura de Sicuani Antonio Valdez, autor del drama quechua y en el testimonio dado por el escritor romántico cuzqueño José Valdez y Palacios. Consideró fundamental conocer la trayectoria vital de ambos para aclarar el debate ollantino y el estado de la ilustración en el Cuzco. Porras demostró que Antonio Valdez no fue cura de Tinta durante la revolución de Túpac Amaru, sino después de ella, por lo tanto el Ollantay no pudo ser representado en Tinta ante el cacique; Valdez fue amigo de los indios, es el nuevo peruano que escribe para denunciar injusticias locales y las de su tiempo; gran poeta lírico y precursor de los yaravíes de Melgar, y gran creador de los caracteres dramáticos como los de Ollanta, Pachacutec, Cusi Coyllor y, sobre todo de Piquichaqui y, en fin, casi fiel intérprete del alma del indio a través de los hayllis y haravis. Y, sobre la leyenda Ollantay, basándose en los testimonios proporcionados por el escritor romántico Valdez y Palacios, consideró que es de procedencia incaica, corresponde a la rebelión de los antis que se refugiaron en la fortaleza de Ollantaytambo. De acuerdo con el testimonio dado en un artículo aparecido en El Museo Erudito del Cuzco (1837), dice el Dr. Porras que el cura Valdez fue quien introdujo innovaciones en el drama: incorporó los personajes Ima Sumac y Piquichaqui y en el desenlace de la obra representa el perdón y las bodas, lo cual para el Maestro Porras no figuró en la antigua leyenda del Ollantay.


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