Indagaciones peruanas: El Legado Quechua                               

 

Raúl Porras Barrenechea

 

Riva Agüero y la historia incaica

 

El más solvente y autorizado historiador de los Incas, a la manera clásica, es don José de la Riva Agüero (1885-1944), tanto por la extraordinaria riqueza de su cultura humanista, que le daba dominio pleno sobre todas las disciplinas conexas de la historia, cuanto por la vigorosa originalidad de su espíritu, que le llevó a plantear esenciales revisiones e interpretaciones de capital importancia no sólo para la historia incaica sino para todo el transcurso de la historia peruana. Fue lástima que las circunstancias políticas adversas del Perú de su época determinaran su largo apartamiento del país y de las actividades universitarias, a las que pertenecía de derecho, pero, a pesar de esta dispersión de sus actividades de la época viril –que le impidió escribir la gran obra de conjunto que de él se reclamaba–, dejó en los libros promisores de su juventud y en los ensayos colmados de erudición de su madurez truncada, la garra de su profunda concepción de la historia y su enjundiosa sagacidad crítica.

José de la Riva Agüero y Osma nació en Lima, el 26 de febrero de 1885. Descendía de viejas estirpes españolas y republicanas. Entre sus ascendientes más notables se hallaba don Nicolás de Ribera el Viejo –uno de los Trece compañeros de Pizarro en la Isla del Gallo y primer Alcalde de Lima– y su bisabuelo, don José de la Riva Agüero y Sánchez Boquete, fue el más descollante conspirador peruano contra el régimen español en los albores de la independencia y el primer Presidente del Perú, desposeído por Bolívar, en 1823. Estos antecedentes determinaron la vocación aristocrática de Riva Agüero y su contextura esencial de élite. Educado en el Colegio de los padres franceses de la Recoleta, recibió en él una profunda formación cristiana a la vez que el hálito liberal de la historia y de la cultura de Francia, que condicionó la tolerancia de su ideario juvenil.

La Universidad de San Marcos de principios del siglo XX le impuso por un tiempo la impronta positivista de la época, que se refleja en sus primeros ensayos y opiniones. Dos obras fundamentales, escritas en plena mocedad estudiantil, acusan la recia mentalidad de Riva Agüero y son acaso los hitos más importantes de su contribución histórica. Ellas fueron Carácter de la Literatura del Perú Independiente (Lima, 1905) y La historia en el Perú (1910). La primera –escrita cuando sólo contaba 19 años y comentada entonces por Unamuno– inicia los estudios orgánicos de historia de nuestra cultura y traza, por primera vez, un cuadro completo de nuestra evolución literaria, coordinado y pletórico de información y de solidez crítica. Es, junto con El Perú contemporáneo de Francisco García Calderón, el primer itinerario espiritual del Perú en su etapa republicana, en el que destacan, con los ensayos sustanciales sobre Palma y González Prada, los valores de nuestra literatura. La historia en el Perú, acaso su obra más sustantiva, fue presentada como tesis en 1910, cuando tenía 25 años. Con ella puso Riva Agüero los cimientos de la historiografía peruana, mediante el estudio preliminar e imprescindible de las fuentes históricas. Toda la historia posterior que se ha hecho en el Perú, aun la de los que le contradicen y niegan, ha tenido por andaderas este libro de consulta fundamental. Riva Agüero revisó con su potente y bien informado criterio las principales directivas de nuestra historia. A través del Inca Garcilaso revisó toda la historia incaica externa e interna, a través de los cronistas de convento, de Peralta y Mendiburu, la historia colonial, y siguiendo la estela erudita de Paz Soldán, las grandes transformaciones y rumbos de nuestra historia independiente. Toda la visión de nuestro pasado resultó transformada por su soplo creador y por su visión señera de los derroteros morales del Perú.

En 1912 Riva Agüero realizó con los deficientes medios de transporte de la época –por ferrocarril y a lomo de mula, como Raimondi o Squier– un viaje por el Sur del Perú y Bolivia, del que recogió impresiones de las ciudades y paisajes serranos y costeños que dieron vida a su libro, publicado fragmentariamente en Mercurio Peruano de 1918 a 1929 –primero bajo el nombre de Paisajes andinos y más tarde con el de Paisajes peruanos. En él se transparenta la compenetración de Riva Agüero con el Perú profundo de la geografía y de la historia. En él campea, más limpia y fluida que en sus obras de historia científica, su prosa señorial en las descripciones de paisajes: valles yungas de luz mate y velada limpidez de acuarela, mar de estaño fundido en cuyas playas chispea la mica de rocas y tablazos, pureza diáfana del refulgente cielo andino o desolada llanura de la puna "donde los charcos congelados brillan como láminas de plata". Riva Agüero ha sentido como pocos el goce del paisaje peruano –el escenario del vivir histórico– y trasladado sus impresiones con los colores e imágenes más felices. Sus Paisajes peruanos, con la emoción vernácula de pueblos y caseríos de la costa y de la sierra, la descripción luminosa y quieta del Cuzco desde lo alto de Carmenca, la visión colonial de Ayacucho o de los páramos, montañas y desiertos del Perú, quedarán como el libro más representativo del alma y del paisaje peruano, como el Os Sertoes de Euclides da Cunha para el Brasil y el Facundo de Sarmiento para la Argentina. Es el pórtico magnífico que la geografía presta a una gran historia. El periplo peruano lo completó Riva Agüero con un viaje a Europa, de 1913 a 1914, donde estudió en algunos archivos españoles e intervino en algunos Congresos internacionales de historia. Al Congreso de Geografía y de Historia Hispano-Americanas de Sevilla, en 1914, presentó sus dos brillantes monografías y hallazgos históricos: La Descripción de Lima y el Perú del siglo XVII del judío portugués y el Estudio sobre la Segunda Parte inédita del Parnaso Antártico de Diego Mexia de Fernan Gil.

Riva Agüero intervino activamente en la política del Perú, de 1911 a 1919, defendiendo una política de respeto a las normas liberales y democráticas. Como leader juvenil y universitario fue encarcelado en 1911, en que la juventud universitaria solicitó y obtuvo tumultuariamente su excarcelación. Definió entonces una posición, si bien liberal y respaldada por la juventud, defensiva de las posiciones y los intereses tradicionales que removió al gobierno mesocrático de Leguía. Durante el segundo gobierno de Pardo, Riva Agüero fundó un partido de intelectuales y profesionales jóvenes, el Partido Nacional Democrático, que careció a la vez del apoyo gubernativo y de adhesiones populares. Al producirse el golpe revolucionario de 1919, que echó por tierra los principios constitucionales consagrados por la experiencia desde 1895, Riva Agüero se expatrió voluntariamente y residió en Europa –principalmente en Italia y España– durante el oncenio dictatorial de Leguía. En Europa y durante esta etapa publicó un libro de rememoración de su estirpe familiar montañesa titulado El Perú histórico y artístico (Santander, 1921), en el que estudió la influencia de los montañeses en la vida peruana y en el que analizó, de paso, algunas corrientes literarias y artísticas de nuestra historia.

De vuelta al Perú, Riva Agüero actuó como elemento directivo y defensor de un programa de orden y de autoridad en la vida política e intelectual. En discursos y conferencias, principalmente en su Discurso de la Recoleta en que proclamó su reconciliación con el catolicismo de su infancia y tradiciones familiares, definió su posición ideológica con su energía y rotundidad característica y fue blanco de la odiosidad demagógica, a la que provocara frecuentemente. A partir de 1934 fue, pasajeramente, Presidente del Consejo de Ministros, Alcalde de Lima, Decano del Colegio de Abogados, Director de la Academia de la Lengua. Alternó estas actividades con la redacción de ensayos nutridos de erudición y de poderosa dialéctica sobre cuestiones históricas y literarias, marcando siempre una segura y lúcida orientación. Reunió esos ensayos y otros anteriores en dos tomos que tituló Opúsculos. Por la verdad, la tradición y la patria (Lima, 1937 y 1938). En ellos aparecen estudios capitales para nuestra historiografía: sobre la Atlántida, los precursores de Colón, la civilización de Tiahuanaco, en pugna abierta con Uhle, y sobre la obra de los misioneros de Ocopa (tomo I). Hállanse en la misma colección el Elogio del Inca Garcilaso (1916), el estudio sobre el Cuzco español, los admirables ensayos de enjuiciamiento de la obra española en el Perú, titulados Lima Española y Algunas reflexiones sobre la época española en el Perú, el estudio sobre El derecho en el Perú, los estudios sobre Humboldt y el Padre Hojeda y la célebre polémica con Gonzáles de la Rosa sobre la originalidad y veracidad de Garcilaso (tomo II). De esta misma época son sus estudios sobre El teatro de Lope de Vega, sobre Goethe, sobre San Alberto Magno y sobre los poetas franceses Ronsard y Malberbe, que acreditan su vocación humanista.

Entre sus obras dispersas pueden citarse: Fundamentos de los interdictos posesorios (Lima, 1911), Concepto del Derecho, ensayo de filosofía jurídica (Lima, 1912), Un cantor de Santa Rosa, el Conde de la Granja (Lima, 1919), Los Franciscanos en el Perú y las misiones de Ocopa (Barcelona, 1920), Discursos en las fiestas del aniversario patrio de 1931, como Alcalde de Lima (Sarmiento y Unanue), Añoranzas, con recuerdos autobiográficos de la vieja Lima (1932), El Primer Alcalde de Lima, Nicolás de Ribera el Viejo y su posteridad (1935), Discursos Académicos (1935) sobre el centenario de la fundación de Lima, La Galatea, Cervantes, Ricardo Palma, Enrique A. Carrillo, Gutiérrez de Quintanilla y Lope de Vega; Estudios sobre Literatura Francesa (1944), El Obispo Sarasola.

Riva Agüero fue ocasionalmente profesor universitario de historia. En 1916 pronunció en el General de San Marcos el Elogio del Inca Garcilaso, en el Tercer Centenario de su muerte. En la Universidad petrificada anterior a 1919 no se le concedió oportunidad de llevar su saber a la cátedra. En 1918 la amplitud comprensiva de don Carlos Wiesse le cedió el puesto para dictar unas lecciones de la única cátedra de Historia con que contaba la Universidad en la Facultad de Letras. Riva Agüero dictó entonces un curso sobre la civilización incaica, en el que puso de relieve su enjundia histórica al propio tiempo que sus magníficas condiciones de expositor claro, fluido y vigoroso. Sus lecciones atrajeron por primera vez a San Marcos a un público excepcional que rebasaba el salón de clases y atestaba las puertas y ventanas de éste y los corredores del claustro. De regreso al Perú, el Rector de San Marcos, Encinas, de filiación política opuesta, respetuoso de su jerarquía científica, le llamó a las altas tareas de los institutos de investigación histórica, que Riva Agüero aceptó, pero no pudo incorporarse a la tarea didáctica por el antagonismo ideológico que lo separaba de la nueva juventud. En 1937 es llamado a la Universidad Católica donde dicta nuevamente un curso sobre la Civilización Incaica, como el que dictara antes en San Marcos, cuyos apuntes taquigráficos fueron recogidos por aquel Instituto y que revisados por él formaron su libro Civilización Peruana. Epoca Prehispánica. Curso dictado en la Universidad Católica del Perú (Lima, 1937), que es una visión de la historia externa del incario contemplada desde una perspectiva universal y humana.

Riva Agüero abarcó con igual solvencia toda la historia del Perú desde las épocas de la prehistoria exhumadas por la arqueología, como la época española y el periodo republicano, con un sentido de peruanismo integral ajeno a todo caciquismo histórico. En todo momento trató de exaltar los legados ánimicos de las diversas épocas y estratos etnográficos, ya fuera el alma quechua del Incario que caracterizara admirablemente o el mensaje cristiano de la civilización española. Concibió al Perú como un país de sincretismo y de síntesis, en que las regiones físicas se compenetran, en que hay un maridaje constante del mar y de los Andes y una tendencia histórica a la fusión y la armonía. El Perú era para él "un país predominantemente mestizo constituido no sólo por la coexistencia sino por la fusión de las dos razas esenciales". "Aun los puros blancos –dijo– sin alguna excepción tenemos en el Perú una mentalidad de mestizaje derivada del ambiente, de las tradiciones y de nuestra propia y reflexiva voluntad de asimilación". Pero dentro de esta concepción su mentalidad y su tradición de hombre de imperio le impulsaban a preferir los periodos en que se ponía de manifiesto el apogeo y la grandeza del Perú en el orden civilizador. Amó, por eso, profundamente la tradición incaica y el alma quechua que la inspiró, vivía como cosa familiar la historia del Virreinato y en la República no pudo ocultar su simpatía entusiasta hacia la Confederación Perú-Boliviana, realización del sueño de un gran Perú.

De acuerdo con las tendencias historiográficas de su época, siguiendo a Fustel de Coulanges y a Ranke, el historiador peruano basó sus construcciones históricas en el estudio estrictamente científico de las fuentes. A estas coordenadas se sujeta su revisión constante de la historia incaica. Cuando Riva Agüero inició su valoración del pasado incaico, predominaba el ambiente idílico sobre los Incas, creado por los historiadores de la Ilustración a base de la difundida versión garcilacista y la predisposición romántica de Prescott, a pesar de las objeciones liberales de aquél al sentido aniquilador de la voluntad y de la libertad humana del régimen incaico. Riva Agüero asume, en la primera hora, un criterio sereno y objetivo, equidistante de las exageraciones y de las negaciones antagónicas, aunque atraído por la seducción de la tesis poetizadora. Gradualmente, a medida que penetra en el estudio de las fuentes y en la crítica de éstas, reajusta su pensamiento hasta forjar una síntesis cabal del Imperio.

La posición crítica de Riva Agüero respecto del Incario se va elaborando y corrigiendo a través de sus diversas obras con un sentido profundo de verdad. Se pueden señalar como hitos de su evolución su juicio sobre la Primera Parte de los Comentarios reales en La historia en el Perú (1910), en que examina todos los problemas relativos al origen y sucesión de los Incas, sus instituciones y el aspecto general del Imperio, las lecciones sobre la civilización incaica sustentadas en San Marcos en 1918, las lecciones dictadas en la Universidad Católica en 1937 y reunidas en volumen el mismo año, los ensayos sobre el Imperio incaico publicados en sus Opúsculos (1937 y 1938), particularmente el prólogo a la obra El Imperio Incaico del Dr. Urteaga, su réplica a González de la Rosa y algunas reflexiones sobre la época española en el Perú.

La historia en el Perú rectificó, en su época, muchos errores sobre hechos e instituciones que hoy se hallan incorporados a la estimativa general del Incario. Sostuvo –con vigorosos argumentos étnicos, filológicos y arqueológicos– que la civilización y las instituciones incaicas no fueron un brote espontáneo y original, o invención incaica, sino culminación de la antigua cultura de Tiahuanaco, la que a su vez recogió reflejos de culturas anteriores. Esa cultura fue obra de los quechuas, primitivos pobladores de la región, los que fueron desplazados por los aymaras y no por los atacameños, invasión destructora del Sur que partió en dos el antiguo dominio cultural y lingüístico de los quechuas, interponiendo una mancha aymara, que aún subsiste, entre los quechuas del Sur del Perú y del Sur de Bolivia y Norte argentino. Con apasionamiento dialéctico rebatió más tarde la apología aymarista de Middendorf, Markham, Uhle, von Buchwald y Latcham. Fue también Riva Agüero el primero en caracterizar dos claros periodos en la historia incaica, calificados hasta entonces indistintamente como Imperio Incaico, distinguiendo una primera etapa de "confederación" o "liga quechua", capitaneada por los Incas de Hurin Cuzco, pero con cierta autonomía feudal de los asociados, y un segundo periodo, el del Imperio conquistador de los Hanan Cuzco, con carácter centralista y unificador. En lo relativo a la organización social, sostuvo que no eran privativas ni originales ciertas instituciones incaicas, como la comunidad de tierras –que existió en casi todas las partes del mundo– o los mitimaes, que fueron empleados por los asirios y babilonios. Aclaró, también, como el núcleo del Imperio y de la aristocracia gobernante estuvo constituido por el conjunto de tribus de la nación Inca y sus descendientes o parentela de sangre, hijos del dios Inti y libres de tributos y pechos. Ese cuerpo de patricios y magnates, descendientes de las primeras tribus pobladoras del Cuzco, fue por "tradición y confraternidad de origen y de sangre el más robusto sostén de la legitimidad" hasta la época de Atahualpa. Para Riva Agüero la fuerza secreta e imponderable de la institución imperial incaica estuvo en la cohesión de esta aristocracia tradicional, étnica y hereditaria, a la que no cabe confundir con los Incas de privilegio, criados de la casa real elevados por sus méritos personales. Esa casta tradicional y no improvisada, constituida por los que vivían inmemorialmente en la parte del Cuzco y sus descendientes, fue "una aristocracia verdadera de sangre, gentilicia y fisiológica". Sobre la religión incaica Riva Agüero trazó un magnífico cuadro, analizando la evolución y fusión de los conceptos religiosos y de los dioses locales tendiendo a la centralización y al monoteísmo, refutando a Garcilaso sobre la interpretación de Pachacamac como dios supremo, espiritual e invisible de los Incas, reconociendo en él un ídolo costeño e identificó a Viracocha como dios de la primitiva civilización quechua y al sol como la divinidad tutelar de los Incas. Con criterio objetivo, basándose en Cieza y en la mayoría de los cronistas, sostuvo la efectividad de los sacrificios humanos, aunque no en la proporción ni con el carácter de las sangrientas carnicerías de México.

En su primer libro Riva Agüero trató de ser imparcial y sereno, pero influenciado subconscientemente por las tesis de la época de la Ilustración y el romanticismo, se inclinó del lado garcilasista y por el carácter idílico del Imperio. En realidad se trataba de un problema de interpretación de las fuentes primitivas de los cronistas. El propio Riva Agüero lo expresa al decir: "Valera y Garcilaso presentan el lado risueño y luminoso del gobierno de los Incas: las Informaciones de Toledo, el Padre Cobo y Pedro Pizarro el lado oscuro y disforme. Tan erróneo sería ver exclusivamente este último como lo fue atender al primero. Es menester unirlos hasta que se fundan en ese tono gris que es el de la verdad". Riva Agüero negaba entonces científicamente el valor de las Informaciones de Toledo, publicadas fragmentariamente por Jiménez de la Espada en 1882 y desconocía la Historia indica de Sarmiento de Gamboa, descubierta por Pietschmann en 1906 y a la que suponía erróneamente un simple eco de las Informaciones cuando se trata de cosa distinta y autónoma. Para Riva Agüero las Informaciones eran amañadas y falsas, obtenidas por intimidación y tendían a achacar a los Incas todo genero de tiranías y desmanes. "Son –dijo– el arsenal mejor provisto de acusaciones y detracciones contra los incas", y, como más tarde Tschudi, "propenden por reacción contra Garcilaso a rebajar y denigrar las instituciones y costumbres del Tahuantinsuyo". De ellas sólo podían extraerse algunas noticias sobre el orden de los reinados, la historia externa de algunos hechos y conquistas principales. En el resto eran yerro y falsedad. Erraban al pintar la behetría primitiva, al afirmar el repentino engrandecimiento de los Incas y al juzgar sus instituciones políticas y sus costumbres. Recapitulando su acusación rotunda, como todas las suyas, decía: "El crédito de dichas informaciones decrece hasta el extremo que no vacilamos en declarar que todo historiador imparcial y sagaz debe tenerlo por escasísimo y casi nulo".

De conformidad con esta valoración de las fuentes fue el juicio de Riva Agüero sobre el Incario en 1910. Con criterio sagaz y ecléctico y apuntalando a Garcilaso con Cieza, Acosta y Santillán –y hasta con el testimonio baladrón de Mancio Sierra–, sostiene Riva Agüero la índole mansa y benévola del Imperio, la conquista pacífica y la sumisión voluntaria de las tribus, la "amicicia" de los Incas que ganaban pueblos con dádivas y buenas palabras y, en general, el carácter incruento de las conquistas incaicas. Estas se realizaron, dice, "sin encontrar gran resistencia y sin dejar tras de sí inextinguibles odios". En este orden hubo en algunos casos resistencias latentes, estados sometidos con carácter semiautónomo, mitimaes y provincias en situación de opresión y desigualdad. Pero, al mismo tiempo, acepta Riva Agüero muchas de las notas desechadas por Garcilaso como impropias de la vida incaica, como las revoluciones y conjuras, los desórdenes, los vicios, las penas crueles, las matanzas, la dureza de los tributos y aun que en las guerras "los Incas se mostraron con frecuencia a fuer de déspotas, crueles y sanguinarios". Los Incas –dice Riva Agüero– tuvieron las características de los primitivos estados despóticos y conquistadores, y su sistema "no estuvo exento de los depravadores defectos inseparables de todo despotismo, por más suave y benigno que sea". Su posición tiende a ser ecuánime, equidistante de ambos extremos.

Contemplando serenamente el panorama histórico Riva Agüero reconoció, como Prescott, que el Imperio tuvo ventajas y defectos: "Fue un imperio despótico y comunista, pero tuvo las ventajas, las virtudes y los vicios propios de su constitución". Aseguró el orden, la disciplina y el bienestar de miles de hombres. Entre los imperios que recuerda la historia –los asiáticos, el imperio romano, las monarquías absolutas de la edad moderna– anhelosos de un "ideal de tranquilidad en la servidumbre", el de los Incas fue el que "más se acercó al ideal de orden, de disciplina y bienestar en la obediencia". El liberal que había en el Riva Agüero juvenil de 1910 no podía aceptar, como Prescott, la negación de la libertad individual que implicó el régimen incaico. Con dignidad republicana escribe Riva Agüero: "los que reputamos supremo valor moral y social el respeto a la personalidad y a la libertad del individuo, sostenemos que aquel régimen deprimente hubo de ser de efectos desastrosos a la larga y que en mucha parte es responsable de los males que todavía afligen al moderno Perú". He aquí ya la interpretación particularista del historiador peruano, que se expansiona también para considerar un aspecto justificativo del régimen incaico, visto con ojos propios, desde dentro. Riva Agüero considera que acaso el despotismo incaico, tan denostado, no fuera una forma característica del alma peruana, fruto de instituciones seculares en que se afirmara una sumisión voluntaria. "La docilidad y la ternura –dice– son las características de los indios del Perú". "Los súbditos vivían por lo general satisfechos con sus leyes y costumbres, sin desear nada mejor y el gobierno de los Incas era para los indios peruanos el más apropiado que se podía concebir". El despotismo paternal de los Incas –si cabe tal maridaje– era, para Riva Agüero, "Una encarnación de las naturales aspiraciones de la dócil raza quechua".

En el Elogio de Garcilaso (1916) palpita la misma emoción tensa de admiración hacia el Incario. Riva Agüero vitupera a los historiadores fríos y mediocres, amontonadores de datos, y loa al Inca por haber escrito con alma de poeta, en una historia que puede errar en lo accesorio pero que, realzando las líneas capitales y dominantes de la cultura incaica, salva el espíritu y traduce con instinto adivinatorio el misterio esencial de su estirpe y de su raza. "Y es la entraña del sentimiento peruano, es el propio ritmo de la vida aborigen, ese aire de pastoral majestuosa que palpita en sus páginas y que acaba en el estallido de una desgarradora tragedia, ese velo de gracia ingenua tendido sobre el espanto de las catástrofes, lo dulce junto a lo terrible, la flor humilde junto al estruendoso precipicio, la sonrisa resignada y melancólica que se diluye en las lágrimas".

En El Perú histórico y artístico (1921), dedicado a su estirpe montañesa, hace Riva Agüero una magnífica interpretación de la vida y de la cultura incaica y sobre todo del alma quechua. Insiste en el descrédito y ningún valor de las Informaciones toledanas y aun de Sarmiento de Gamboa, cuya crónica considera como "simple resumen de ellas". De las Informaciones dice que estuvieron encaminadas a rebatir a Las Casas y a justificar el suplicio de Túpac Amaru, que están colmadas de equivocaciones y patrañas, que fueron falseadas por el intérprete Gonzalo Jiménez y que son "recusables en grado sumo para todo lo tocante a la apreciación del régimen incaico". De paso, ataca a todos los negadores de la índole idílica del Imperio: Tschudi, Bandelier, el "atrabiliario jesuita" Padre Cappa y Lummis, "indiscreto apologista de Pizarro". En lo propiamente histórico insiste en la existencia de una raza protoquechua creadora de la civilización de Tiahuanaco y generadora de la incaica, en el quechuismo original de los Incas, en la transformación de la confederación o liga feudal en imperio despótico y en los privilegios de las tribus incaicas. El juicio final sobre el Imperio es, sin embargo, equilibrado y recto, como era su espíritu clásico y armonizador, cuando no le enervaban ataques desleales e insidiosos. Fundándose en el jesuita Acosta y olvidado de sus reparos liberales, Riva Agüero declara su admiración por el régimen incaico, al que considera "notable y provido gobierno", no obstante su severidad en los castigos. El autoritario de espíritu que había en el fondo liberal de época que fue Riva Agüero habla ya de la «necesidad política del rigor y del escarmiento», típico además del sistema colectivista incaico. "El socialismo –dice– y más aún el socialismo militar y conquistador como lo fue el de los Incas, exige la mayor energía autoritaria, el despotismo administrativo, minucioso e inexorable". Pero recobra su ritmo liberal para señalar los deletéreos efectos de ese régimen negativo de la libertad. El socialismo tuvo, para él resultados enervantes sobre las naciones del Imperio. Acostumbró al pueblo con tranquila indiferencia a cualquier yugo extraño, desarraigó toda iniciativa, "hizo de una de las razas mejor dotadas de la América indígena una tímida grey de esclavos taciturnos" y llevó al Imperio a la "senilidad apática" de todas las sociedades de tipo análogo: chinos, egipcios, indostanos, persas, romanos, rusos. El aristócrata liberal salva, sin embargo, de esta decadencia a la casta noble incaica. Las virtudes viriles se refugiaron, según él, en la aristocracia política y guerrera y en la lucha final contra los españoles fue esa clase la única que resistió en el levantamiento de Manco Inca, en tanto que "los antiguos súbditos, sumidos en su automatismo y marasmo habituales, desoyeron las exhortaciones de rebeldía que salían de Vilcabamba".

En este mismo libro Riva Agüero torna a caracterizar la índole de las instituciones sociales incaicas, de acuerdo en parte con los postulados de la sociología de su época. Afirma que los Incas no inventaron la comunidad de aldea, surgida de la agricultura, sino que fue una institución primordial y espontánea. En algunas provincias antes de los Incas se había llegado a formas de propiedad o de explotación agrícola particularizada. Los Incas impusieron, sin embargo, su inflexible colectivismo. Llevaron la socialización económica al más alto grado: absoluta proscripción de la propiedad individual, requisición para el trabajo rústico y militar, anual repartición de lotes, faenas comunes y turnos, graneros y almacenes públicos, asistencia a pobres y viudas, rigurosas leyes suntuarias, matrimonio obligatorio y omnipotencia del Estado. A este sistema rígidamente socialista –que tuvo sus buenas y malas cualidades–le sucedió "el desenfrenado y anárquico individualismo español".

En la síntesis sustanciosa y tersa de 1921 hay otro mérito cardinal y es su exaltación de los valores espirituales de la raza y la cultura quechua, el sugestivo análisis de la poesía y los mitos indios, su interpretación del Ollantay –que llevado de su entusiasmo retrae hasta el siglo XVII, y, a la postre, a una leyenda prehispánica– y su interpretación de la arquitectura incaica: "manifestación de un pueblo grave, probo y triste que no aspiraba a deslumbrar con apariencias engañosas como el estilo yunga, sino a imponerse con la extraordinaria robustez de la planta y los materiales y la primorosa paciencia de la ejecución". En estas admirables páginas de Riva Agüero están acaso las más sutiles notas de historiador con alma de poeta que habían destellado en el elogio de Garcilaso cuando dice que en el arte indígena predominaron "la ternura sollozante y la ingenuidad pastoril" o cuando en el tono majestuoso y señoril que le era peculiar, dice con robusta elocuencia: "Esquiva y tradicional, esta raza, más que ninguna otra, posee el don de lágrimas y el culto de los recuerdos. Guardiana misteriosa de tumbas, eterna plañidera entre sus recuerdos ciclópeos, su afición predilecta y su consuelo acervo consisten en cantar las desventuras de su historia y las íntimas penas de su propio corazón". Todavía cerca de Jauja, en el baile popular de los Incas las indias que representan el coro de princesas (ñustas) entonan, inclinándose con exquisita piedad sobre Huáscar, el monarca vencido: «Enjuguémosle las lágrimas y para aliviar su aflición llevémosle al campo, a que aspire la fragancia de las flores».

Hasta 1921, poco más o menos, Riva Agüero es en la historiografía peruana el iniciador y sostenedor de la corriente garcilasista y de los tópicos recogidos más tarde por el indigenismo romántico: mansedumbre de las conquistas incaicas, antiespañolismo, rechazo de la obra toledana, quechuismo del Incario.

En 1934 se anuncia el cambio de orientación que había de acentuarse en las lecciones de 1937, a base de la renovación y revisión de las fuentes. El hecho fundamental es la aparición de la Historia indica de Sarmiento de Gamboa, cuya versión de la historia incaica, bárbara y grandiosa, tarda en ser aceptada en el Perú por Riva Agüero, que es el árbitro de los estudios históricos. Al fin y al cabo se impone la visión heroica de los antiguos hayllis o cantos de triunfos recogidos por los cronistas toledanos. Las crónicas fundamentales de Sarmiento, de Cristóbal de Molina, de Cabello Balboa y de Cobo confirman la índole guerrera y viril del Imperio. La transformación del criterio de Riva Agüero se esboza en un discurso con motivo de la conmemoración del IV centenario del Cuzco español, recogido en los Opúsculos (II). Riva Agüero analiza, él mismo, las motivaciones de su entusiasmo garcilasista: "Cuando hacia 1906 –dice– comencé en la Universidad a interesarme por la investigación personal de los anales incarios, predominaban en nuestra prehistoria dos corrientes antagónicas. Era la una la aceptación rutinaria de las fábulas indígenas, el idilio de los Incas, que aún atestaba manuales y libros de texto y que aceptaba a ojos cerrados las aserciones del tardío recopilador Garcilaso, cuya utilidad y buena fe he defendido y defiendo, pero al que jamás he reputado el más fidedigno, seguro y completo analista del Tahuantinsuyo. En oposición a la manida y yerta escuela tradicional, mantenida entonces aquí por los herederos de Lorente, nos llegaba el eco rabioso del antigarcilasismo europeo, que extremaba el escepticismo y la hipercrítica contra las tradiciones incanas y que todo lo sacrificaba en aras del aymarismo..." y agrega: "Antes de 1906 no se conocía acá la Historia indica de Sarmiento de Gamboa, publicada en Alemania el mismo año, ni la del Padre Morúa, editada con mucha posterioridad". Es notoria, sobre todo su variación de criterio sobre la encuesta toledana, sobre la que dice, ahora, cosa sustancialmente distinta de la de 1910. "Las capitales Informaciones recogidas por el Virrey Toledo no habían aparecido en su integridad y sólo podían leerse en el breve extracto que publicó Jiménez de la Espada". En realidad las Informaciones completas publicadas por Leviller dicen en el fondo lo mismo que el extracto de 1880. Es el criterio de Riva Agüero el que ha variado, por la influencia decisiva de la poesía heroica guardada por las panacas principales. Riva Agüero se va entregando pausada pero seguramente a la evidencia. Al referir los orígenes del Cuzco habla ya de las crueldades de Mama Ojllo contra las tribus vencidas, veladas por Garcilaso. Al describir el cuadro de las luchas primitivas dice: "Todos estos combates entre ayllus congéneres, cruentas invasiones de territorios e inmolaciones de víctimas humanas, nos alejan mucho de la idílica leyenda que deleitó a los peruanistas del siglo XVIII y predomina todavía en buena parte de los del XIX". Por el estilo son sus acotaciones en el prólogo al libro sobre el Imperio de Horacio H. Urteaga. En tono provocador de polémica presentista dice: "Peca la tradición incaica por sus tendencias socialistas y despóticas cuyos deprimentes resultados analiza con tanta maestría el contemporáneo Baudin. Es la menos liberal y democrática de las dos, por más que duela a la mayoría de sus panegiristas: su ideal fue el orden, el método, la disciplina y la jerarquía".

La visión madura y final del Imperio la alcanza Riva Agüero en el libro Civilización tradicional peruana. Epoca prehispánica (1937), en el que el contenido de la crónica de Sarmiento de Gamboa se absorbe íntegramente en el relato de los hechos externos y en el que predomina ya la versión de un Imperio rudo, belicoso y sangriento. El testimonio de Garcilaso ha ido perdiendo autoridad en su ánimo para lo que se refiere a la índole pacífica del colosal imperio andino. La realidad, dice ahora, aparece en Garcilaso "idealizada y edulcorada". Con mucho más sentido histórico que en su juventud, escribe ahora: "Hay que acudir a los analistas primitivos para hallar los rasgos de significativa barbarie y las tintas de color local y época auténticas. Los chancas llevaban como paladión en la campaña los cadáveres embalsamados de sus antiguos caudillos...". La reacción contra la tesis garcilasista es completa. Queda estereotipada en este pasaje, tan diverso del juicio de 1910 y del Elogio de 1916: "Muy dudosa e intercadente resulta en la historia efectiva esa clemencia y mansedumbre incaica, manido lugar común y engañoso artículo de fe en el cuadro convencional de nuestro pasado. El colorido, más todavía que los hechos concretos, es falso en los Comentarios reales, que parecen, por su almibarada monotonía, no relatos de época bárbara, sino vidas legendarias y monásticas de santos. Garcilaso diluye en plata y azul lo que en las demás fuentes brilla con fulgor sombrío y rutilante de rojo y oro. Por su violenta crueldad, Pachacútec se hermana con los déspotas orientales, con los monarcas asirios. Exterminaba, desollaba a los enemigos rebeldes. Sus cárceles pobladas de fieras y víboras, el pueblo las llamaba la Sancahuasi y la Llaxahuasi, la caverna y la pavorosa".

Riva Agüero acepta ya en este libro último y definitivo la índole sangrienta y dominadora del Imperio conquistador. La pintura de los tiempos primitivos del Incario es ruda y bárbara. Pero la violencia continúa bajo los grandes Incas y capitanes de la expansión incaica. Inca Yupanqui en su reacción contra los Chancas "degolló a los principales, hizo clavar sus cabezas en las picas, a otros ahorcó o quemó, a otros empaló y desolló vivos, y reservó los cráneos para usarlos como vasos en sus banquetes...". "Todo esto es –dice– de una trocidad oriental asiria". En el mismo tono habla de las represalias ejercidas en la conquista del valle del Huarco o en la "terrible sublevación de los Collas". De retorno de Chile, Pachacútec castiga a los rebeldes que son desollados y de sus pieles se hacen tambores. El reinado de Túpac Yupanqui deja "una herencia de agravios y rencores", en contradicción con su afirmación anterior de que no dejaron tras de sí inextinguibles odios. De Huayna Cápac dice que hizo degollar con espantosa crueldad más de veinte mil hombres en las orillas de Yahuarcocha. El jefe Pintuy (caña brava) fue desollado y "de su piel hicieron un tambor, enviado al Cuzco como trofeo". La crueldad continúa y se exacerba en la guerra civil de Huáscar y Atahualpa, quien ordenaba sacar los ojos a los enemigos, asolaba ciudades, pasó a cuchillo a 60 000 personas, mandó saquear el Cuzco, abrir los vientres a las mujeres, ajusticiar en estacas a los miembros de la nobleza adicta a Huáscar y a aquél horadar los hombros para pasarle unas sogas, y que levantó en su paso de conquistador "pirámides horrendas como un conquistador asiático". Atahualpa fue, según Riva Agüero, el culpable de que el Perú no se defendiera ante los conquistadores españoles, "infundiendo el respeto que es prenda de unión fecunda y gloriosa".

La égloga del Imperio se desvanece por completo, pero al mismo tiempo Riva Agüero acepta que esta exacerbación de la crueldad y ruptura de la unidad incaica se debiera a un comienzo de decadencia moral. En 1934, en un ensayo publicado en la "Revista de la Universidad Católica" titulado La caída del Imperio incaico insinué la explicación de que esa debilidad proviniera del decaimiento de las virtudes de la nobleza incaica, la que por primera vez se abstuvo de combatir a los Cayambis y había perdido en parte sus costumbres ascéticas y viriles. Riva Agüero aceptó esta tesis en sus clases, aunque la discuta en parte en su texto y sostenga que la depravación cortesana se inicia en la época de Pachacútec. "El receloso despotismo, dice, la poligamia, la vida de serrallo, producía sin cesar tragedias domésticas". Con su acostumbrada tendencia analógica compara el cuadro de los últimos Incas con el de los antiguos persas, a los que se parecen "en la teocracia solar y despótica, en el incesto dinástico obligatorio y los crímenes del serrallo que producen la rápida decadencia de la monarquía".

En estas descripciones está presente el influjo de la historia de Sarmiento y de las antes repudiadas Informaciones, cuya autoridad no cabe aceptar en alguna manera en su integridad, como instrumento político que fueron de la política imperial de Toledo. Las Informaciones, son, como los hayllis incaicos, la versión oficial del bando dominador en la que hay que descartar la deformación interesada y hallar los hechos reales indiscutidos.

Riva Agüero permanece sin embargo fiel a Garcilaso en algunos puntos ya insostenibles después de la aceptación de las guerras y revueltas intestinas de que hablan Cieza y Sarmiento. Su obstinacion erudita se manifiesta principalmente en la insistencia en la tesis de que el Imperio se formó lentamente desde los primeros Incas, por expansión gradual y no por una rápida propagación, y también en el mantenimiento de la afirmación garcilasista de que el vencedor de los Chancas fue Viracocha, y no Pachacútec como lo sostiene ahora con firme documentación Maria Rostworowski de Diez Canseco. En veces restalla también su antigua enemiga contra Sarmiento, al que, no obstante haber incorporado sus épicos trozos a su historia, llama "acérrrimo detractor del imperio incaico". Y contra las Informaciones descarga aún su habitual expolio, diciendo que no cabe admitir "sin riguroso examen las tendenciosas declaraciones debidas a la pusilanimidad y el servilismo habitual en los indios". Si es fundada la desconfianza de Riva Agüero para las Informaciones toledanas desde el punto de vista político del Imperio, no resulta muy adecuada la confianza que deposita a menudo en lo que se refiere a la historia externa de los Incas en algunas fuentes dudosas y tardías: en las Informaciones llamadas de Vaca de Castro, a las que presta excepcional validez, cuando son eco inseguro de unas hipotéticas declaraciones que hasta ahora no han aparecido, y en tres cronistas que escribieron en el siglo XVII, casi después de un siglo de la caída del Incario –Gutiérrez de Santa Clara, Anello Oliva y Huamán Poma– que coinciden con frecuencia reveladora y son una sola fuente insegura e insuficiente para rebatir el testimonio tan sólido y directo de Cieza o de Sarmiento.

Una última variación interesante se produce en el ánimo de Riva Agüero con relación a las calidades anímicas de los habitantes de Costa y Sierra, que han agudizado algunos complejos provinciales. En 1910 Riva Agüero comulgaba en el desdén de los Incas y de los cronistas españoles primitivos por los yungas ruines, sucios y despreciables. "El Imperio Incaico –dice– coincidió con el debilitamiento y degeneración de las razas del litoral". Los Incas, agrega, los mantuvieron en pie de dependencia y desigualdad. En 1921 coopera todavía con la leyenda de la endeblez intelectual y moral de los costeños, cuando dice que las civilizaciones primitivas Nazca, Ica y Trujillo que perfilan una cultura autónoma y brillante, eran "adelantadas y opulentas, pero muelles". Pero en su Civilización tradicional peruana (1937), al estudiar la influencia del clima sobre el hombre y la reacción vencedora de éste sobre el medio físico, declara que la influencia deprimente que se atribuye al clima costeño sobre el hombre es "menos enervante de lo que sostiene cierta literatura rutinaria, estragada y perniciosa, detestable por cursi y malévola". La costa, dice recuperando su ecuanimidad, desde los primeros tiempos tuvo "papel importantísimo de iniciativa e invocación". Refiriéndose a la Sierra anota su tristeza y desolación y comenta: "La altura andina predispone el ánimo a la frialdad, la lentitud y la melancólica resignación". El antiguo garcilasista, el pugnaz polemista contra González de la Rosa y Uhle se ha compenetrado insensiblemente de algunas de las necesarias verdades de los adversarios.

Entre sus más altas cualidades para el desempeño de su función de historiador, tuvo Riva Agüero la de su inmensa capacidad receptiva, su inagotable curiosidad y erudición, el humanismo ingénito de su inteligencia que se interesaba por todos los aspectos de la historia universal y no sólo la peruana, sobrepasando las recortadas visiones de campanario y que hicieron de él un verdadero maestro de historia comparada. Riva Agüero es, en su época, el más documentado de nuestros historiadores sobre formas sociológicas y culturales y lo que enaltece y distingue su obra son las analogías y comparaciones que hace de las instituciones y evolución del pueblo incaico con las de otros pueblos primitivos, como los caldeos, los egipcios, los romanos, los chinos o los demás pueblos de América, con pleno dominio de las fuentes más saneadas y de los últimos hallazgos y comprobaciones. Con el Egipto halló la analogía del territorio que determina el tipo de una civilización de oasis, la preocupación de ultratumba, los procedimientos de momificación, el hieratismo en el arte y el recuerdo de las maldiciones populares por los padecimientos que significaron las grandes obras públicas. Compara también el Incario con los pueblos babilonio y asirio y con la confederación azteca. Considera el régimen Inca como un despotismo teocrático semejante al de China y Egipto, rodeado de un nobleza militar y feudal. El paralelo entre el Imperio del Sol Celeste y el del Sol Andino, iniciado por Prescott y ahondado por Riva Agüero, es una obra maestra de historia comparada. Con él pone de relieve, aparte de los rasgos señalados por Prescott –absoluta obediencia, carácter terco y suave, respeto de usos y formas tradicionales, destreza y prolijidad, predominio de la paciencia sobre la imaginación, falta de audacia– otras notas anímicas y coincidencias históricas: primitiva escritura de nudos, Huangti y su mujer, pareja civilizadora como Manco Cápac y Mama Ocllo, máximas y discursos de los emperadores, pájaro mitológico fughuang semejante al coraquenque, gran muralla y gran canal, ceremonias agrícolas presididas por el Emperador hijo del Cielo en la China y del Sol en el Perú. Coinciden sobre todo ambos pueblos en la tendencia hacia la reglamentación minuciosa y patriarcal y el manso despotismo, en que "la corrupción y la crueldad no borran el sello paternal y bondadoso de las leyes" (1910). El Incario fue, para Riva Agüero, una China joven que la conquista española detuvo y destruyó en los primeros grados de evolucion (1910). "Conocer –dijo alguna vez, resumiendo su técnica histórica– es en el fondo comparar".

Además de exaltar los valores poéticos de Garcilaso o de la poesía indígena y la tendencia sincrética de la historia peruana, Riva Agüero rechazó también orgullosamente el determinismo y el materialismo históricos y, particularmente, la tendencia a deshumanizar o colectivizar la historia. Reivindicó la existencia personal de Manco Cápac y declaró "que es mala filosofía histórica, arbitraria y perniciosa, la de suprimir por capricho o alarde de ingenio la intervención constante de los hombres en los acontecimientos mayores, la de imaginar que los pueblos se mueven sin caudillos y por sí solos, que las ciudades se fundan por instinto ciego de muchedumbre como los panales de las ovejas o las cabañas de los castores... no hay que desterrar de la historia la individualidad, la voluntad y la reflexión porque es apagar toda luz y rendirse a la ignorancia y al acaso".

En el fondo del espíritu de Riva Agüero lucharon el liberal y el autoritario del siglo XIX. En su primera etapa predominó el liberal cuando condenaba el imperio incaico porque no había respetado el supremo valor moral de la libertad individual y le hacía responsable de los hábitos de servidumbre y de los males que actualmente afligen al Perú. Pero, en su ultima época, se sobrepuso el antiguo absolutista que latía en el fondo atávico de su estirpe española y reclamaba como mérito del antiguo Imperio indígena el haber hecho prevalecer desde sus más remotos orígenes, "la jerarquía, la subordinación forzosa y clarísima propensión a la autocracia". Fundió, así, íntimamente en su espíritu, el legado quechua y el español, aunque como excelso representativo que era de la cultura occidental no pudo dejar de afirmar –como lo dijo en su discurso de 1934, en el Centenario de la fundación del Cuzco, probablemente recordando a Bartolomé Herrera– que aquel acto "era la iniciación solemne del Perú cristiano y europeizado, que es el nuestro, el presente, el definitivo".

Pero el Imperio Incaico realizó una obra civilizadora benéfica para el hombre y la cultura americana. "Fue un régimen de madurez, una gerontocracia en que predominaban la experiencia y el tino". Conducido por los orejones, que fueron la armadura y el nervio de la potencia incaica, terminó con las luchas intestinas, disminuyendo los sacrificios humanos, construyendo caminos, canales y edificios, difundiendo altos principios éticos y despertando en sus súbditos la orgullosa conciencia de integrar una sociedad ejemplar entre las hordas salvajes.

Como en el campo de la historia incaica e hispánica, fue también decisivo el influjo de José de la Riva Agüero en la orientación de los estudios de historia republicana, no obstante de que no escribió una obra particular sobre este periodo. Riva Agüero contribuyó fundamentalmente a la exégesis de la evolución republicana con su obra Carácter de la literatura del Perú Independiente, primer balance de nuestra cultura original y autónoma, con su crítica a la obra de Paz Soldán en La Historia en el Perú, en la que trazó pautas definitivas al reivindicar a las figuras de la revolución peruana, reaccionar contra el procerismo extranjero imperante y reivindicar la trascendencia y visión del empeño de Santa Cruz al forjar la Confederación Perú-Boliviana, restauración de un gran Perú, con sus ensayos sobre diplomcia y política republicanas publicados en la "Revista de América" o en el "Mercurio Peruano", rebatiendo a Bulnes o Alberto Gutiérrez sobre la guerra con Chile o en su reservado folleto El problema diplomático del Sur. Relaciones con Chile y Bolivia (Chorrillos, 1932) en el que aboga por la alianza diplomática con Chile o la unión de los tres países por tratados de comercio, de statu quo y garantía territorial y hasta una unión aduanera, política circunstancial dictada por la amenaza bélica de Bolivia en 1926, y en alguno de sus Opúsculos, principalmente en el dedicado a don Manuel Pardo.

Hubo en Riva Agüero, de acuerdo con las tendencias de su época de auge de la Sociología, una tendencia a derivar hacia el enfoque sociológico de la realidad peruana y al análisis de las leyes que han presidido el desarrollo político y social del Perú, lo que se patentiza en sus tres obras sobre literatura, historia y paisajes del Perú republicano. En El Carácter de la Literatura del Perú Independiente (1905), Riva Agüero, como Prado y García Calderón, se mueve dentro de los conceptos familiares entonces de "razas", de "superioridades e inferioridades étnicas", de influencias e "imitaciones" extranjeras y de "peligros" imperialistas. García Calderón había señalado la necesidad de europeizar nuestra cultura bajo el preponderante influjo latino y había denunciado "el peligro japonés" (Las democracias latinas). Riva Agüero preconizaba en 1905, ante la falta de cohesión étnica, escaso desarrollo social y económico y falta de un ideal colectivo, la necesidad de la imitación. Diez años más tarde, insistiría sobre el tema en la Biblioteca Internacional de Obras Famosas con su estudio Influencias imitativas en la moderna literatura peruana (1914?). El Perú necesitaba, según Riva Agüero, romper con los ideales políticos, filosóficos y religiosos de la vieja España y europeizarse en todo menos en el idioma y el respeto a los clásicos literarios. "Ampliemos el círculo de nuestras imitaciones –escribía– y multipliquemos el número de nuestros modelos". Al analizar las posibilidades perdidas y las futuras de nuestra historia, esboza, dentro de la tónica de Prada, un análisis de los defectos nacionales. El carácter peruano se definía por su "versatilidad, frivolidad burlona, atolondramiento, irreflexión, vanidad", "por la costumbre de esperarlo todo del Estado, la plétora de las profesiones liberales, la empleomanía, la centralización asfixiante, el desprecio de la tradición, repudio del derecho histórico, inestabilidad en el gobierno". Desde entonces lucharon en Riva Agüero el liberal y el hombre de casta y, a pesar de su radicalismo de escuela, su condenación del catolicismo como pasadismo y fanatismo, reclamaba, ya en un anhelo de equilibrio, el mantenimiento de un elemento tradicional, el que buscaba en el "carácter honrado y viril del pueblo español". "La tradición española –decía– es la única tradición que nos queda", y, tras de denunciar sus defectos, hallaba en ella "reservas de energía y virilidad" contra el peligro de la absorción económica de otros pueblos. Su baluarte de nacionalismo era el mantenimiento de la lengua castellana.

En La historia en el Perú (1910) Riva Agüero, todavía dentro de su posición de época liberal y anticlerical, reacciona ya contra el cerrado antiespañolismo del siglo XIX y declara que "la nacionalidad tiene orígenes más profundos y remotos que la declaración de la independencia". Revisando el criterio con que se había juzgado la obra colonizadora española, asienta que es necesario "comprender y sentir en él cómo la sangre, las leyes y las instituciones de España, trajeron la civilización europea a este suelo y crearon y modelaron lo esencial del Perú moderno" (pág. 549).

En sus Paisajes peruanos (1912) Riva Agüero reanuda sus meditaciones sociológicas sobre el Perú. A través de la magnífica descripción del Perú que ese libro contiene Riva Agüero expansiona su espíritu ante la tierra impregnada de historia y renueva su pensamiento sobre la evolución de Perú. La visión de la sierra, del hombre y del paisaje andino restablecen el equilibrio de su interpretación del Perú. Considera que hubo "excesiva hispanofilia" en sus reflexiones juveniles y se arrepiente de su "tendencia europeizante de criollo costero". Destacan en sus reflexiones históricas su juicio sobre la Independencia, en el campo de Ayacucho, sus notas sobre Gamarra y la Confederación, sus apreciaciones sobre sus valores de Costa y Sierra y su espléndida caracterización del alma quechua. Es la hora radiante de la valorización certera y luminosa del Perú andino –que él es el primero en hacer en esta etapa de nuestra cultura–, variando el ángulo de las preocupaciones extranjerizantes e imitativas que habían sido la consigna recibida en su juventud y orientando la historia y la sociología nacional hacía el conocimiento de nosotros mismos. Riva Agüero considera desde entonces al Perú como "un país de sincretismo y de síntesis" cuya expresión auténtica es el mestizaje. Fue un error –dice al volver de la sierra–, "el considerar el antiguo régimen español como la antítesis y la negación del Perú" y proscribir "los tres siglos" de la Colonia de nuestra formación espiritual. España consideró al Perú dentro de una minoridad filial privilegiada y "mantuvo nuestra primacía histórica en la América de Sur". Pero el Perú no es única ni exclusivamente español, como afirmara el obispo Herrera. "El Perú –dice Riva Agüero– es obra de los Incas tanto o más que de los conquistadores". "El Perú moderno vive de dos patrimonios: del castellano y del incaico, el segundo aunque subalterno en ideas, instituciones y lengua es el primordial en sangre, instinto y tiempo. En él se contienen los timbres más brillantes de nuestro pasado". Así se coordinan en el pensamiento de Riva Agüero, generalmente tildado de hispanista acérrimo, nuestras dos herencias esenciales y recobra por obra suya, su valor primordial el mensaje de la cultura y de la sangre del antiguo Perú –toda la corriente moderna del indigenismo peruano– que él fue el primero en proclamar y restaurar, reaccionando contra prejuicios étnicos y psicológicos, nacionales y extranjeros, largo tiempo estratificados.


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