Indagaciones peruanas: El Legado Quechua                               

 

Raúl Porras Barrenechea


Muchos otros asuntos tocados por Huamán Poma en la parte del Buen Gobierno son mencionados y comentados por Porras, con amplio conocimiento de la realidad existente y del accionar de los funcionarios reales y de la aplicación de las leyes respectivas. Una breve enumeración de los mismos puede dar idea de la amplitud que significaría consignarlos en esta introducción. El cronista se refiere a los maltratos del indio por el cobro de los tributos; al corregidor y sus excesos como funcionario real que se colude con el encomendero, el fraile, el cacique y el escribano; a los españoles que medran a la sombra del corregidor; a los curas doctrineros, aunque reconoce que algunos de ellos dan buen ejemplo y defienden al indio; a los criollos, mestizos y castas intermedias y a los propios indios, cuyos defectos y virtudes menciona. Todo lo cual constituye un verdadero arsenal de informaciones de las que se pueden extraer conclusiones importantes acerca de la Nueva Coronica y Buen Gobierno. Porras lo reconoce así, al expresar que "Con los apuntes dispersos e insistentes hasta la saciedad de Huamán Poma, se puede rehacer el cuadro de la administración provincial española en la época colonial y el de las diversas escalas sociales que lo integraban. Una rápida comparación entre los datos del cronista y los contenidos en otros documentos oficiales de la época basta para acreditar la veracidad y realismo de sus acusaciones".

Porras toca después algunas facetas de la personalidad de Huamán Poma y se refiere también a sus proyectos reformistas del mundo colonial. Sigue con una apreciación sobre el valor histórico y moral de la obra para luego ocuparse de la versión del cronista acerca de la conquista y la colonización. Concluye Porras refiriéndose al carácter satírico y burlón del cronista, y emite apreciaciones críticas sobre el autor y la obra, todo lo cual abarca buen número de páginas que, por lo mismo y por el interés que poseen, dejo de revisar a fin de que el estudioso interesado en el tema Huamán Poma, luego de leerlas, aprecie el trabajo de Porras, desapasionadamente y con el rigor que le corresponde como lo ha hecho Rolena Adorno, a quien me refiero a continuación.

olena Adorno, destacada historiadora, ampliamente conocida entre los especialistas de Huamán Poma por su obra Cronista y Príncipe, ha escrito recientemente sobre el valor del ensayo de Porras, que fuera publicado hace cincuenta años, Considera que las lecciones de Porras sobre la manera de "emprender una investigación textual e histórica", siguen vigentes. En tal sentido, afirma, "Someter documentos nuevamente hallados a un escrutinio riguroso es imprescindible y eso es precisamente lo que él hizo". Lo dice a propósito de un valioso trabajo que acaba de realizar sobre Huamán Poma en el que analiza dos importantes documentos encontrados en los últimos años que se refieren a la existencia real del cronista indio, es decir al hombre de carne y hueso. Cabe recordar que al momento de escribir Porras sobre Huamán Poma y su obra no se tenía documento alguno que certificara la existencia de éste, salvo las noticias consignadas en su crónica. Sin embargo, en el Post scriptum de la edición de 1948, logró dar a conocer "dos huellas documentales directas halladas en archivos diversos": un amparo en posesión a los hijos del cacique de Lurinsaya, en Huamanga, de 20 de noviembre de 1595, que ratifica ‘don Philipe Guaman Poma’, probablemente en condición de secretario o escribiente, y una carta dirigida por Felipe [Guaman Poma] de Ayala al rey, desde el pueblo de Santiago de Chipao, de la provincia de Lucanas Andamarcas, de fecha 14 de febrero de 1615, con la que, precisamente, remite la crónica. A estos documentos agrega Porras las relaciones de méritos y servicios del capitán Luis Dávalos de Ayala quien, anota Porras, "convivió con la madre del cronista doña Juana Curi Ocllo e influyó grandemente en la vida de éste, dándole seguramente su protección y apellido".

ues bien, medio siglo después, Rolena Adorno tiene en sus manos dos "documentos de gran relevancia para la historia de la vida de Guaman Poma". Dichos documentos –dice la ilustre historiadora– son: "El primero (la compulsa Ayacucho), analizado y publicado por Juan C. Zorrilla A. en 1977, que forma parte de una compulsa elaborada para un juicio por tierras que sostuvo la comunidad de Chiara contra su hacendado el año de 1807. El segundo (el Expediente Prado Tello), editado y sacado a luz en 1991 por monseñor Elías Prado Tello y Alfredo Prado Prado y sustanciosamente prologado por el historiador Pablo Macera, que es el expediente en el cual Guaman Poma apareció como peticionario en la década de 1590". Y agrega: "Sin duda, esta última publicación ha sido un acontecimiento bibliográfico de máxima importancia para el conocimiento de las actividades del cronista andino". A estas dos publicaciones Rolena Adorno concede una atención prioritaria porque le permiten señalar aspectos fundamentales de la vida y obra de Huamán Poma. Y al hacerlo con la solvencia intelectual y el rigor histórico que la caracterizan, ha llegado a conclusiones que revelan cómo Porras sin haber contado con dichos documentos había logrado precisar referencias muy concretas sobre la vida de Huamán Poma y, además, señalar los alcances de la obra de éste en dos aspectos fundamentales: "los límites geográficos de la experiencia vital del cronista y la parcialidad étnica de su perspectiva". Por esta razón, Rolena Adorno ha declarado, en el trabajo que comento, su "reconocimiento a la contribución del doctor Porras al conocimiento de la figura de Guaman Poma y su obra", así como por la forma como trató el asunto, es decir mediante el escrutinio riguroso imprescindible que es lo que todo buen historiador debe realizar. Debo recalcar que el trabajo de Rolena Adorno, que es un homenaje a Porras, es producto de esfuerzo paciente, laborioso y serio, lo que se percibe particularmente en la compulsa que ha efectuado de los citados documentos.

De acuerdo a ellos y tomando en cuenta lo hecho por Porras, Rolena Adorno recuerda, cito sus palabras, "que en los años cuarenta el doctor Porras había estudiado en detalle la perspectiva local de Guaman Poma. La relevancia del balance crítico hecho por el distinguido historiador peruano consiste en haber destacado los límites geográficos de la experiencia vital del cronista y la parcialidad étnica de su perspectiva. Porras reconoció la corta extensión del peregrinaje de éste, mayormente en el Obispado de Huamanga en las partes más próximas a la provincia de Lucanas Andamarcas, tanto como su residencia infantil en el Cuzco y su repetida trayectoria de Huamanga y Lima por Huancayo o por Ica. Destacó también el carácter provinciano de sus ideas reformadoras fundadas en un ‘rígido estatismo’ jerárquico y aristocrático que buscaba la restauración de los antiguos caciques; perfiló acertadamente al Guaman Poma que proclamaba la tiranía de los Incas, a quienes veía como posteriormente a los españoles como advenedizos e intrusos, que reservaba su protesta más airada ‘por el despojo de sus caciques principales y por la mezcla de la raza’ y su odio capital por el mestizaje".

Pero Rolena Adorno no solamente ha precisado en la obra de Porras los aspectos mencionados que indudablemente son esclarecedores respecto de la experiencia vital del cronista y de sus propósitos reformadores, sino también las contribuciones que éste presenta en otros campos, los mismos que Porras no deja de resaltar. Algunos historiadores, al parecer, no han leído la obra completa de Porras y se han dejado llevar por algunos conceptos vertidos por él en las primeras líneas de ella en relación al estilo y la sintaxis del cronista, así como a la confusión mental en la exposición de sus ideas e informaciones. Quienes hayan leído la Nueva Coronica –que deben ser poquísimos o sólo los especialistas en Huamán Poma– no pueden dejar de aceptar que el cronista indio no conocía bien el castellano para disfrutar de un buen estilo ni que es claro, preciso y puntual en sus conceptos, sino más bien confuso y hasta enrevesado en buena parte de su obra. Sostener lo contrario es simplemente carecer de sindéresis conceptual. Piénsese, además, que a ello se suman los persistentes párrafos en quechua que, estoy seguro, casi todos los historiadores, salvo contados quechuistas, desconocen. Por último, no se ha tenido en cuenta que Porras, al emitir aquellos conceptos considerados por algunos como injustos o exagerados, pensaba en los destacados cronistas que cita al iniciar el estudio sobre Huamán Poma, es decir en Garcilaso, Sarmiento de Gamboa, Gutiérrez de Santa Clara y Pedro Cieza de Leon. De manera, pues, que tratar de restar valor al trabajo de Porras sobre el cronista indio en base únicamente a las citadas expresiones que más se refieren a su personalidad y cultura, sería, por ejemplo, como negar la importancia de la obra de Huamán Poma sólo por el hecho de haber expresado éste que el Vocabulario del gran quechuista fray Domingo de Santo Tomás en "la lengua del cuzco chinchaysuyo quichua" se encuentra "todo revuelto con la lengua española y no escribió la descendencia de los primeros indios cómo de qué manera fue y multiplicó antiguamente de los primeros señores reyes pacarimoc y de sus vidas y de los indios...".

Por lo expuesto me parece oportuno volver a citar a la distinguida historiadora, quien dice lo siguiente: "A pesar de haber caracterizado a Guaman Poma por un ‘pensamiento confuso’ que conocía mal la historia de los Incas y su obra por ‘el método de albañilería incaica trasladado a la crónica’, al mismo tiempo el doctor Porras reconoció como frescas y originales las contribuciones de Guaman Poma al conocimiento de las costumbres, ritos y creencias andinas y subrayó la veracidad y realismo de sus acusaciones en contra de los corregidores, encomenderos, curas doctrineros, criollos y mestizos, comparándolos con testimonios semejantes ofrecidos por los virreyes en sus documentos oficiales" Dice asimismo, que "en la primera época de las investigaciones sobre Guaman Poma el doctor Porras estableció el valor y la importancia del testimonio del cronista como un observador perspicaz de la sociedad virreinal al nivel local y como una auténtica voz andina que conocía las tradiciones orales y rituales del pueblo". Creo que con estas esclarecedoras apreciaciones de la gran especialista en nuestro cronista indio quedan desvirtuadas algunas de las opiniones vertidas en contra del insigne historiador peruano Porras Barrenechea, con relación a su obra El Cronista Indio Felipe Huamán Poma de Ayala.


La Supervivencia del Quechua

Es importante anotar cómo Porras estudia el proceso referido a la supervivencia del quechua y todo lo que hicieron los curas y frailes españoles en tal sentido. No sólo nos presenta a los quechuistas clásicos como Domingo de Santo Tomás (s. XVI), Diego González Holguín (s.XVII) y otros, sino también a los que regentaron cátedras eclesiásticas como Juan de Balboa –primer catedrático de quechua en San Marcos– (15791590); Fray Juan Martínez de Ormachea, Antonio de la Cerna, Juan Roxo Mexia, Diego Arias Villaroel, Joaquín de Avalos Chauca y otros hasta el siglo XVIII en que, por decreto del Virrey Jáuregui (1784) se extingue, para dar paso a un cambio en la política del gobierno virreinal. No deja de mencionar, asimismo, a fray Luis Gerónimo de Oré, criollo guamanguino amigo de Garcilaso y autor del Símbolo Católico Indiano, publicado por Antonio Ricardo en 1588. Según Porras, Oré ofrece en el Símbolo "un arte en quechua y aymara, una descripción geográfica del Perú y de los naturales de él y noticias sobre el origen de los indios, o sea, la primera prosa científica escrita en quechua". Larga es la relación de quechuistas que Porras recuerda y que no es del caso mencionar en esta introducción. Sin embargo, habría que decir que Porras no solamente los cita sino que, aparte de la rigurosa apreciación crítica, ofrece importantes datos biográficos y bibliográficos sobre cada uno de ellos, producto de arduas investigaciones personales que después son aprovechadas por posteriores historiadores. Y además Porras fija el papel que desempeñó la Universidad en la tarea de revelar y estudiar las lenguas indígenas desde el siglo XVI y de haber sido fray Domingo de Santo Tomás el descubridor de los secretos de la estructura gramatical del quechua y de los tesoros culturales del Incario contenidos, para conocimiento de los etnógrafos futuros, en su importantísima obra Lexicón o Vocabulario de la lengua general del Perú.

Porras es por consiguiente de los estudiosos más destacados entre los que han cultivado la historia lingüística peruana. Es de los que en el presente siglo, exactamente desde 1919 en que funda el Conversatorio Universitario, plantea la necesidad de estudiar el quechua como componente de la cultura peruana contemporánea. Como ha precisado en reciente estudio el licenciado Jorge Prado Chirinos, a partir del Conversatorio se toma interés por conocer lo ancestral indígena y se valora la literatura quechua que, salvo esporádicos trabajos, no era tomada en cuenta, y más bien se privilegiaba la occidental, es decir la española. En un artículo publicado en La Estrella de Panamá y reproducido en la revista Variedades de 1924, Porras se refiere a los "vagos testimonios y fragmentos felices que atestiguan la existencia de una literatura plena en el imperio de maravilla" y, con gran conocimiento de la historia del pueblo incaico, afirma que sobrepasaron los quechuas las formas hímnicas que fueron el balbuceo literario de todas las culturas indígenas americanas para abordar la historia cultivada por los amautas, la oratoria incitante de las arengas de los Incas paternales y guerreros y "la excelsa forma dramática que dio pábulo en el teatro del Cuzco a que el instinto suntuario de la raza desplegara todos los faustos del oro, el vellón, la pedrería y las plumas". Porras encuentra pues que la literatura quechua tiene un pasado de oro muy poco conocido, como lo confirmara después el destacado profesor Teodoro Meneses, discípulo de Raúl Porras y Paul Rivet. Y es que Porras se hallaba en la línea de los investigadores interesados en profundizar el estudio de las expresiones más significativas del mundo andino, entre ellas la lengua quechua, contribuyendo en esta forma a su mejor conocimiento y difusión. Salvo contados especialistas de los últimos años interesados en el quechua de los Incas, la mayoría de los que se ocupan de temas vinculados al pueblo indígena lo hacen sin contribuir con nada nuevo y más bien moviéndose con información ya conocida. Son los que ven nuestra historia con la mirada puesta en el cascarón y sin penetrar en la médula misma o el corazón de ella. En cambio Porras investiga, estudia, analiza e interpreta las obras de los quechuistas y emite opiniones claras y precisas sobre el valor que tienen, como lo veremos después. Porras era un erudito en temas históricos peruanos de todas las épocas. En el caso de la lengua quechua poseía amplio dominio de las fuentes y a través de éstas adquirió absoluto convencimiento sobre la eficacia de ella para ofrecer la mejor información en relación a la vida social, cultural y hasta económica del pueblo indígena. Por eso no dejó de precisar que la contribución del XVI al conocimiento de las lenguas indígenas y, a través de él, al de la historia prehispánica fue fundamental. Por este motivo consideró también que el estudio de la obra evangelizadora en el mencionado siglo y, desde luego, en el XVII, fue esencial porque los frailes y doctrineros promovieron el aprendizaje del quechua como la forma más eficaz para captar el sentimiento indígena y fundirlo al sentimiento cristiano y occidental. Esto le llevó a Porras a aprovechar del Congreso Internacional de Peruanistas de 1951, reunido con motivo del IV Centenario de la fundación de San Marcos, para reeditar los vocabularios de fray Domingo de Santo Tomás, de 1560 y de Diego González Holguín de 1618, convencido de que en ellos se recoge el legado espiritual de los Incas. Los primeros vocabularios fueron considerados por Porras como fuente indispensable para reconstruir los principios modeladores del alma incaica y de la organización institucional de los antiguos peruanos, según sus propias palabras. Tanto en los quechuistas citados como en otros de los primeros siglos de la presencia española en el Perú que también recogieron vocablos quechuas y usaron esta lengua para sus sermones, informes, y demás trabajos oficiales y religiosos, se encuentra amplísimo material para escribir la historia de los Incas, particularmente en lo que se refiere al espíritu creativo y sustentador del sentimiento del pueblo incaico. A ellos se debe que muchas palabras y expresiones, que reflejan el espíritu del pueblo indígena, no desaparecieran. "El mito, la leyenda y el cuento fueron las formas populares y poéticas anunciadoras de la historia", dice Porras, y esas manifestaciones se descubren en los quechuistas de los siglos XVI y XVII. Porras lo expresa claramente cuando señala que "la historia, los mitos y la organización del pueblo incaico se transparentan a través de los vocablos simbólicos. El hallazgo de la fonética y el traslado de los fonemas quechuas a la escritura occidental permite la fijación y la perpetuación de los cantares históricos de los Incas, de sus hayllis o himnos guerreros y de sus leyes, de sus haravis amorosos o bucólicos y de sus fábulas o consejas populares. Las crónicas castellanas recogen ávidamente el latido de la vieja civilización indígena y lo sincronizan con la cultura universal...". La historia de los Incas para Porras "fue un sacerdocio investido de una alta autoridad moral, que utilizó todos los recursos a su alcance para resguardar la verdad del pasado y que estuvo animado de un espíritu de justicia y de sanción moral para la obra de los gobernantes, que puede servir de norma para una historia más austera y estimulante, que no sea simple acopio memorístico de hechos y de nombres". Todo ello lo dice Porras en base a su conocimiento profundo de los quechuistas y de los cronistas, en los que fue maestro incomparable.

La incorporación en este volumen de los trabajos sobre fray Domingo de Santo Tomás y fray Diego González Holguín, que sirvieron de prólogo a cada una de las obras de estos notables quechuistas, debe ser por consiguiente estimado como fundamental para los estudiosos de la historia de la lengua de los Incas, de las instituciones incaicas y de las más variadas manifestaciones de la cultura vinculada a nuestro pasado indígena


Fray Domingo de Santo Tomás

Porras expresa, en frases encendidas de admiración y simpatía, la valiosísima contribución de fray Domingo de Santo Tomás al estudio de la lengua de los Incas, a la que es el primero en bautizar con el nombre de quechua. Por esta razón le dedica uno de sus mejores estudios, producto, como siempre, de minuciosa investigación sobre la vida, la obra y la personalidad del notable dominico. Fray Domingo de Santo Tomás, dice Porras, "tuvo en el Perú la vocación y el destino de iniciador". Confirma esta aseveración con una relación en la cual enumera haber sido el primero de los españoles que en el Perú abrió surcos provechosos que sirvieron de ejemplo y de perseverancia para alentar vocaciones. Por todo lo que hizo y dejó como ejemplo o modelo en el Perú en su condición de lingüista, maestro y predicador, fray Domingo de Santo Tomás "se yergue, en el pórtico de la cultura peruana, como una de esas esculturas de los frontispicios de los templos medioevales, revestido con el amplio y noble talar de la sabiduría", escribe Porras.

La primacía de fray Domingo como iniciador en muchos aspectos de la actividad humana permiten fijar su personalidad y talento, de manera que considero necesario reiterar lo consignado por Porras sobre el particular. Descubrió y compuso la primera gramática sobre la lengua de los Incas y publicó el primer vocabulario quechua; fundó los primeros conventos dominicos en la costa peruana, en Chicama y en Chincha, y es de los primeros en dedicarse por entero a la conversión de los pueblos del Callejón de Huaylas y de la región de los Conchucos. En esta última se dedicó, además de evangelizar, a corregir algunos malos hábitos morales, llegando al extremo de castigar a un indio que actuaba como sacerdote de una huaca por vestir y obrar con "vicio debajo de especie de santidad", según informe escrito de su "misma letra" que entregó a Cieza de León. En esa misma región, según Porras, perfeccionaría su experiencia lingüística. Es el primero que predica a los naturales en su propia lengua, convencido que era la vía más efectiva para alejarnos de la idolatría; es el primer doctor graduado en la Universidad de San Marcos, cuando esta institución funcionaba en el Convento de Santo Domingo, y es el primer catedrático de Teología en la misma Universidad.

El hecho de conocer y hablar muy bien la lengua quechua convirtió a fray Domingo en el mejor intérprete de los sentimientos de los naturales, porque pudo comunicarse con ellos directamente, sin intermediarios, y obtener información de primera mano sobre sus costumbres, tradiciones, ritos y otras manifestaciones espirituales. Cieza de León, el Príncipe de los Cronistas, fue amigo personal de fray Domingo y recogió de él muchas de aquellas informaciones para la Crónica del Perú y El Señorío de los Incas, que son dos obras imprescindibles para conocer la historia del Imperio de los Incas. La primera obra describe los pueblos y regiones de nuestro territorio, en lo que se refiere a lo físico y etnográfico, y la segunda que "es la auténtica revelación del Incario", porque descubre su estructura íntima y las normas esenciales del espíritu quechua de ecuanimidad y de justicia, como lo ha precisado Porras. Cieza considera a fray Domingo como el gran conocedor de antiguallas peruanas, lo que en efecto quedó demostrado no sólo en sus principales obras sino también en sus consejos, informes, relaciones y cartas a las autoridades reales y a cuantos se interesaron en los asuntos del pueblo indígena. Además fray Domingo de Santo Tomás, debido a su condición de pastor de almas y por su sabiduría, inquirió sobre aquellos sentimientos y atisbó con particular interés los hechos respecto de la vida pasada y la que tenían los indios desde el momento en que los españoles conquistaron el Imperio de los Incas. Todo ello contribuyó, no cabe duda, para que se convirtiera, como señala Porras, en el defensor de la capacidad intelectual de los indios y sostener, por lo tanto, que eran aptos para la cultura y religión, conceptos similares a los esgrimidos por fray Bartolomé de las Casas contra las ideas de Juan Ginés de Sepúlveda. Sobre el particular habría que recordar que fray Domingo perteneció a la misma orden religiosa del Apóstol de las Indias, fue amigo suyo y su corresponsal al que enviaba "relaciones originales sobre las costumbres y creencias de los peruanos", así como sobre la situación real de los indios y el maltrato de que eran objeto de parte de los españoles. De esta manera lo "secundo apostólicamente en el sacerdocio y en el episcopado defendiendo tenazmente a sus ovejas índicas de los zarpazos de los conquistadores". Cuando fray Domingo estuvo en España entre 1560 y 1561, presentó, conjuntamente con Las Casas, un Memorial a Felipe II, a nombre de los indios y de los caciques principales del Perú, oponiéndose a la perpetuidad de las encomiendas y demostrando la inconveniencia de la medida por el daño que podría acarrear a los naturales. Abogaba, en cambio, a favor de su incorporación como súbditos de la corona real.

o dicho demuestra pues la estrecha vinculación de fray Domingo con Cieza de Leon y Las Casas, así como la valiosa colaboración que prestó a ambos en su calidad de informante en asuntos del Perú. Ello le concede el privilegio de ser uno de los más eficaces y confiables conocedores de la realidad seiscentista peruana.

Lo expuesto explica por qué Porras dedicó especial atención a la figura de fray Domingo de Santo Tomás. Los prólogos a la Gramática o arte de la lengua general de los Indios de los Reynos del Perú y El Lexicón o Vocabulario de la lengua general del Perú, reeditados por Porras en 1951, poseen aquella connotación, es decir que no solamente incitan a profundizar el estudio de la lengua quechua sino además a penetrar en la verdadera historia de los Incas y adquirir información fundamental sobre instituciones, costumbres, mitos y leyendas del mundo indígena peruano. Para Porras la gramática prueba la capacidad y la estructura mental del pueblo creador de una lengua y el vocabulario constituye el mejor inventario de los adelantos y adquisiciones culturales de un pueblo. En relación a fray Domingo de Santo Tomás, como autor de la Grammatica, expresa que éste "realizó para la lengua quechua la tarea inmortal que para la castellana llevó a cabo Antonio de Nebrija, a cuyo plan ciñó el análisis de la estructura de la lengua índica". En cuanto al valor del Lexicón como instrumento para descubrir la trascendencia del idioma, Porras expresa que "el estudio de los vocabularios puede servir no sólo para seguir la evolución fonética del lenguaje, sino para rastrear el origen del pueblo que habla una lengua, su estado social, sus principales nociones y elementos de cultura, el origen y significados de sus mitos, las relaciones con los pueblos vecinos y las áreas geográficas de distribución cultural". Partiendo de estas consideraciones, Porras estima que el examen minucioso de los vocabularios puede conducir al esclarecimiento de muchos problemas históricos, etnológicos o de otra índole. Al respecto señala que del estudio geográfico de la difusión de las dos grandes familias lingüísticas, el quechua y el aymara, surgieron las teorías de Riva Agüero y Max Uhle sobre el imperio megalítico preincaico que después es comprobado por la arqueología. Precisa, asimismo, que de "las fuentes lingüísticas arrancan las interpretaciones cardinales de Rivet sobre el origen de los americanos, así como las de Latcham, Jijón Caamaño y Valcárcel sobre los primeros pobladores del Cuzco y las pugnaces interpretaciones de Tello sobre el origen arawaco o forestal de la cultura peruana, coordinadas con la arqueología".

Después de fijar la importancia de la lengua nativa y dentro de ella los vocabularios para desentrañar aspectos esenciales como los indicados, Porras se aboca a la tarea de precisar los orígenes, amplitud, tendencias y demás características del quechua o runasimi de los Incas. Lo hace con amplio dominio de las fuentes –cronistas, historiadores, arqueólogos, lingüistas y otros especialistas en el asunto–. Analiza e interpreta gramáticas y vocabularios con el objeto de destacar el valor de numerosas palabras quechuas y su significación histórica e idiomática, dentro del espectro general de la lengua general de los Incas. En esta labor recurre de manera preferente a Fray Domingo de Santo Tomás, a quien considera el iniciador de los estudios quechuistas. Es indudable que el trabajo de Porras abre un amplio horizonte a los especialistas en la parte que dedica al examen terminológico del quechua vinculado a las instituciones y al papel que éstas cumplían en el mundo del incario. De ahí que para él, el vocabulario de Fray Domingo "sirvió de aprendizaje no sólo para evangelizar a los indios, sino también para captar su historia y las esencias de sus instituciones", como lo es también el vocabulario de Diego González Holguín, conforme lo veremos después.

Pero Porras no solamente se refiere a las dos obras citadas de Fray Domingo de Santo Tomás, sino también a "sus innumerables cartas y memoriales en defensa de los indios". "No cesó –dice– de abogar por ellos en toda su vida, desde que llegó en 1540, hasta el momento en que fue nombrado Obispo de Charcas en que escribió inmediatamente al Rey representándole la opresión en que viven los indios, los malos ejemplos que se les da y la falta de Ministros eclesiásticos que los instruyan. En sus cartas de fraile y de prelado vibra el mismo acento patético que en las del Obispo Las Casas". En la misma forma, Porras menciona otros hechos que Fray Domingo denuncia en sus cartas y relaciones, y entre éstas una que dirigió a Las Casas, en la que "aboga rotundamente por los indios, sosteniendo la tesis de la despoblación y planteando, también, la pérdida de las buenas costumbres y de la justicia que tenían los Incas malogradas por la libertad y la codicia de los españoles".

Todos los conceptos emitidos por Porras a propósito de la obra de fray Domingo de Santo Tomás prueban de manera clara y contundente el interés de esclarecer la realidad en que vivió el pueblo incaico al momento de irrumpir los españoles, dejando bien establecidos cuáles fueron los valores humanos y espirituales de aquéllos. En este sentido el pensamiento de Porras estuvo animado siempre por el deseo de encontrar la verdad en base a los documentos e informaciones obtenidos con paciencia y esfuerzo y en el análisis correcto de los mismos, sin pizca de prejuicio alguno, como suele ocurrir con algunos autores. Por estas razones cada afirmación suya cuenta con el invalorable respaldo documental y la crítica seria e imparcial, factores que la hacen valedera para todo momento y resistente a la estimativa posterior.

Después de la muerte del doctor Porras se han ahondado los estudios sobre el quechua y sobre los primeros quechuistas y en esta tarea se ha confirmado el valor históricodocumental, "único en su especie", de la obra de fray Domingo de Santo Tomás. Rodolfo Cerrón Palomino, profesor y quechuista sanmarquino, en su importante estudio introductorio a la reedición de la Grammatica, efectuada en 1995, bajo los auspicios del Centro de Estudios Regionales Andinos Bartolomé de las Casas, así lo ha declarado. Aún más, considera que la lingüística histórica quechua encuentra en la obra del dominico "lo que podríamos denominar el ‘eslabón’ que permite postular, en parte al menos, un esquema de interpretación mucho más coherente de la evolución de algunos dialectos modernos, entre ellos el norteño". Y añade que "fuera de la información lingüística en la obra del dominico está igualmente consignado el primer texto escrito en quechua, cuya importancia documental y filológica no tiene parangón en la historia de la lengua, como lo observara Porras Barrenechea". De modo, pues, que la reedición de Porras de las obras de fray Domingo de Santo Tomás, como la del Vocabulario de Diego González Holguín, además de haber constituido un justo homenaje a sus autores, ha venido prestando un servicio fundamental a las nuevas generaciones, como lo había previsto el ilustre historiador. A partir de los años cincuenta los lingüistas, etnohistoriadores, antropólogos y científicossociales han manifestado particular interés en ahondar sus estudios teniendo presente las obras arriba mencionadas, que aportan información de primerísima clase para interpretar la historia peruana en sus más variados aspectos, particularmente en lo que refiere a la lingüística andina.

Para concluir estas referencias al estudio del doctor Porras sobre fray Domingo de Santo Tomás, debo agregar que en él se encuentra la biografía del ilustre dominico trazada con referencias y noticias actualizadas por el maestro e historiador sanmarquino, en la que se encuentra perfilada en su verdadera dimensión la recia y fecunda personalidad de quien, en concepto de fray Reginaldo de Lizárraga citado por Porras, fue "libérrimo de toda codicia, ambición o avaricia; castísimo, pobrísimo y muy observante de toda su profesión; era de mucha cordura y prudencia y que delante de todos los príncipes del mundo podía parecer y razonar; humilde en gran manera, amigo de pobres, limosnero; su renta nunca llegó a ocho mil pesos de plata, de los cuales, dejando para su casa un gasto muy moderado, lo demás repartía entre los pobres".


Fray Diego González Holguín

Con el mismo interés con que Porras estudió la vida y obra de fray Domingo de Santo Tomás lo hizo también respecto de Fray Diego González Holguín, autor de la Gramática y Arte Nueva de la lengua general de todo el Perú, llamada Quichua, o lengua del Inca y del Vocabulario de la Lengua General de todo el Perú, llamado Quichua o del Inca. Y es que Porras consideró que las obras de estos dos quechuistas eran fundamentales para penetrar en el conocimiento del espíritu del pueblo quechua, para obtener información de primera mano destinada a reconstruir la historia de los Incas y dentro de ella su organización económicosocial y sobre todo sus instituciones con su respectiva estructura y funciones que fue lo que permitió el desarrollo y auge del Imperio Incaico. Llamó mucho la atención de Porras que los vocabularios de los mencionados frailes no fueran citados por los estudiosos del pasado peruano, particularmente de los quechuistas e historiadores que tenían interés en obtener una visión del pueblo Inca. En el prólogo al Vocabulario de González Holguín, reeditado por él en 1952, se expresa de esta manera: "Causa asombro, en verdad, el poco caso que nuestros quechuistas e historiadores del siglo XIX y aun del XX han hecho para sus interpretaciones etimológicas y rastreos históricos, de los vocabularios de los siglos XVI y XVII, tan cuajados de sustanciales acepciones populares arcaicas, noticias de instituciones y costumbres, atisbos sobre los mitos y supersticiones, y caudalosa información sobre el folklore y el mundo físico y espiritual de los Incas". Ese fue el motivo fundamental de Porras para reimprimir las obras de fray Domingo de Santo Tomás y fray Diego González Holguín. No dejó de tener razón porque al poco tiempo de salir éstas a la luz, con los magníficos prólogos que les precedieron y que hoy se recogen en el presente volumen, comenzó a abrirse un amplísimo abanico de informaciones con múltiple provecho para historiadores, etnógrafos, lingüistas y, de modo especial, para todos los interesados en ahondar sus estudios en el atrayente campo de la literatura quechua.

En relación al Vocabulario de González Holguín, Porras manifestó que el "rarísimo cimelio lingüístico y casi un incunable peruano", representa "sin duda el más completo, sagaz y revelador de todos los prontuarios lingüísticos de los siglos XVII y XVIII, y verdadera suma de la lengua y del saber indígena en el alborear de la colonización". Así dejó calificado el inmenso valor que para la cultura posee la obra de González Holguín. Si en el siglo XVI se contó con la Gramática y el Vocabulario de fray Domingo de Santo Tomás como dos obras representativas para el conocimiento del quechua, en el XVII se incrementa el caudal de vocablos con los mejores vocabularios, como son, dice Porras, los de González Holguín y de Torres Rubio, con nuevas gramáticas y sermones dando paso al ejercicio literario. "Es la época de oro, agrega, de los sermones de Avendaño y de Avila, de las disquisiciones filológicas de Garcilaso en sus Comentarios Reales y la crónica bilingüe de Huamán Poma de Ayala y de Santa Cruz Pachacutic".

Porras fue, un convencido de la trascendencia cultural de los trabajos de los quechuistas en el indicado siglo y por esa razón se esmeró en conseguir datos y noticias sobre la vida y obra de cada uno de ellos precisando su significación en el panorama seiscentista peruano. De esta manera demostró interés por González Holguín, Torres Rubio, Alonso de Huerta, Juan Pérez Bocanegra, Fray Diego de Olmos, Pedro del Prado y Escobar, Bartolomé Jurado Palomino, Juan de Avila y otros que cultivaron la lengua de los Incas para cumplir mejor las funciones de su cargo frente al pueblo indígena y de las propias autoridades religiosas y civiles virreinales. Pero además de estos propósitos Porras aprecia un aspecto nuevo en los escritos de los quechuistas del XVII que rebasa la función evangelizadora. Se trata de un marcado interés por el quechua desde el punto de vista artístico y literario. Clérigos, doctrinarios, mestizos o criollos, dice Porras, ensanchan el dominio de la lengua quechua y la ensayan en la forma literaria, en sermones o en relatos de costumbres y leyendas indígenas. Se abre, por consiguiente, una cantera inédita fundamental para los filólogos, historiadores y lingüistas, porque les permite descubrir las manifestaciones y características de la literatura quechua. Al mencionar Porras los nombres de los que cultivan las formas artísticas del quechua en el siglo XVII, que "determinan la aparición de una escuela literaria en que se afirma un gusto y un estilo propios, dentro de la adaptación o imitación de los géneros importados", nombra como los más genuinos exponentes a los extirpadores de idolatrías Francisco de Avila, Hernando de Avendaño, el franciscano fray Diego de Molina y el famoso cuzqueño Juan de Espinosa y Medrano, el Lunarejo. A cada uno de ellos les dedica páginas que reflejan su admiración por el conocimiento literario que tienen aplicado a la lengua de los Incas, calificándolos como los mejores escritores en dicha lengua. No escapa, pues, a la percepción aguda de Porras el talento de los quechuistas del mencionado siglo y además su importancia para los estudiosos de las tradiciones prehispánicas y de la lengua imperial de los Incas. José María Arguedas que conocía y hablaba el quechua, confirma el parecer de Porras, cuando se refiere al padre Avila en el libro Dioses y Hombres de Huarochiri, que contiene la narración quechua de éste acerca de los dioses y hombres de Huarochirí. Para Arguedas la obra de Avila tiene importancia excepcional tanto por su contenido como por la forma. "Es –dice– una especie de Popol Vuh de la antigüedad peruana; una pequeña biblia regional que ilumina todo el campo de la historia prehispánica...". Más aún, como testimonio documental, lo considera de mayor importancia que el Ollantay y el Usca Paucar, y refiriéndose al testimonio de Huamán Poma de Ayala estima que éste posee valor relativo porque su obra "se presenta como un inmenso documento inevitablemente convencional, con todas las limitaciones y riquezas de una obra inspirada por el amor y el odio, el credo confuso, la sabiduría un tanto libresca". La narración del padre Avila Dioses y Hombres de Huarochiri, es para él "el mensaje casi incontaminado de la antigüedad, la voz de la antigüedad trasmitida a las generaciones por boca de los hombres comunes que nos hablan de su vida y de su tiempo". Existe, pues, una gran diferencia entre Avila y Huamán Poma, como fuente documental para el estudio del pueblo quechua en concepto de nuestro ilustre escritor y sociólogo Arguedas. Avila recoge informaciones en la propia lengua indígena, incontaminada y limpia, de aquí que, tanto para Porras como para Arguedas, resulta fuente documental muy valiosa para interpretar el alma indígena, sus virtudes y otros aspectos del pasado. Porras le reconoce a Huamán Poma el hecho de haber completado la información de Garcilaso en lo que respecta a "traslados de oraciones, cantos de fiestas y cosechas en diversos dialectos y, sobre todo, la rápida enunciación de dichos populares de la Nueva Crónica, que son una cantera para los estudios filológicos". Sin embargo en Avila encuentra que el destructor de idolatrías es paradójicamente, en sus relaciones e informaciones, "el más fiel depositario de las más bellas leyendas indígenas que se conservan de los naturales de la región de Huarochiri". En consecuencia, Arguedas concede plena razón a Porras en esa apreciación sobre la valiosa contribución de Avila para los estudios del pasado peruano, particularmente del quechua.

Aparte de la breve disquisición anterior que he considerado indispensable por el valor que posee la obra del padre Avila como fuente documental, no creo necesario referirme a cada uno de los quechuistas del siglo XVII que menciona Porras. Básteme añadir el nombre de Espinosa Medrano, tan conocido ya por los estudiosos de la literatura, a quien considera Porras como "el primer gran escritor en quechua, que maneja con la misma facilidad y galanura que el castellano" y como "el primer humanista indio", y también el nombre de Torres Rubio por ser el autor del Arte de la lengua quechua, publicado en 1619, con licencia del Virrey Príncipe de Esquilache, que tuvo gran boga en el siglo XVII y cuyo prestigio e interés se renovó durante el XVIII como consecuencia de su reedición en 1701 y 1754, conforme anota Porras.

olviendo a González Holguín me permito apuntar que en el Prólogo que se incorpora en el presente volumen, Porras se refiere brevemente a la biografía del ilustre quechuista con algunos datos de su propia cosecha y remitiendo al lector a la obra de Enrique Torres Saldamando escrita en base a crónicas e historias jesuíticas. El trabajo de Porras se centra, en todo caso, en el análisis de la obra quechuística de aquél, es decir de la Gramática y el Vocabulario, que representan, dice, la contribución no solamente del autor sino además de la escuela jesuítica de Juli al estudio del quechua. Fueron impresas en 1607 y 1608, respectivamente, por Francisco del Canto. Es interesante resaltar, dice Porras, el propósito de la Gramática y Arte, de levantar el estudio de las lenguas indígenas que el propio jesuita declara hallarse muy caído y olvidado. Aparte de ésto, Porras precisa el interés de la Gramática en una brevísima revisión de su contenido señalando de manera particular la parte cuarta y última dedicadas a precisar la elegancia de la lengua, y sobre todo el análisis de las interjecciones que demuestran, escribe Porras, "los diversos movimientos del ánimo indio de horror, indignación, alegría, dolor, ira, llanto, impaciencia, reprensión, sobresalto, miedo y particularmente las sobresalientes de la ternura y la ironía, mofa, sarcasmo, tristeza o irrisión". La importancia de la obra de González Holguín referente a los sentimientos humanos del pueblo indígena salta pues a la vista y por ésta y otras razones Porras lamentaba que no existiera una reedición de la Gramática que estuviera al alcance de los especialistas, lo que sólo se produce quince años después de su muerte.

Luego de ocuparse de la Gramática y Arte, como lo titula González Holguín, Porras analiza el Vocabulario. Son verdaderamente valiosos los conceptos interpretativos del mundo indígena que Porras resalta a través de los vocablos quechuas recogidos por González Holguín y otros quechuistas. Así anota "el culto de la simetría en el arte y de la equidad en el orden social, o el desconcierto del indio ante lo desproporcionado o lo anormal, el anhelo de igualdad social y económica, representado por el tupu que es no sólo la parcela de tierra sino ese algo más en la medida de las cosas; en la moral quechua que repudia el exceso y el abuso y glorifica el sosiego, la templanza, el sereno equilibrio de las cualidades". Hay que ver como Porras interpreta, por ejemplo, la partícula quechua chaupi que implica, según él, "una conciliación de contrarios o el justo medio". La palabra chaupi significa el término medio de las cosas, de los lugares, del tiempo y hasta de la conducta humana por lo que Porras lo califica como el arquetipo quechua o sea el areté incaico de la ecuanimidad y la mesura. Otros vocablos vendrían a representar lo mismo y significar lo contrario como el relativo al abuso en el mando. En todo caso Porras encuentra palabras y frases que dan a conocer normas morales o de conducta muy significativas del mundo quechua lo que en realidad toca a los quechuólogos examinar y poner de relieve. Porras no podía penetrar más allá de lo que se consigna en los vocabularios porque desconocía el quechua, que sólo por su talento y cultura podía superar para ofrecernos los conceptos valorativos de la lengua de los Incas. Al referirse Porras a la conducta que debe observar el que manda, entiende, de conformidad a la terminología quechua, que éste "debe ajustarse a una regla intangible de derecho natural", y cita como ejemplo la frase Chayayninman simiytachayachircani o chayayninman chayacta o chayaquentam rimani o rurani que González Holguín interpreta como "Darle en el punto, dezir, hazer, o pensar al justo lo que convenía, o pensar o juzgar, etc". O también esta otra frase: Chayaqquellay tupullay, o camayniypa chayaqquen, que significa "Lo que es proporcionado propio al natural de uno conforme a su talento".

Existe pues un mundo del pensamiento quechua por explorar a través de los vocabularios y hasta de las gramáticas de los quechuistas de los siglos XVI y XVII. Porras solamente nos ha mostrado el camino que a partir de la década del cincuenta, hay que decirlo, ha sido seguido por algunos destacados quechuistas peruanos y extranjeros. Como en los casos consignados anteriormente se pueden ofrecer otros ejemplos como los que se refieren a la jerarquía, al orden, al trabajo agrícola o la guerra, lo mismo que múltiples formas acerca de la vida del pueblo indígena. Muchos historiadores que han tenido por tema el estudio etnográfico del indio y el mundo andino no han realizado una interpretación rigurosa respecto de su conducta, de su manera de ser, de su personalidad, y, por este motivo, han dejado que se siga hablando del indio triste, tímido, receloso y fatalista, propenso a la mentira y al engaño, como dice Porras. Y es que esos panegiristas del pueblo indígena no ahondan sus estudios sobre éste y se dejan llevar por lo que se dice o comenta o por el dato que tienen más a la mano, sin penetrar en el meollo, en el espíritu y el corazón de aquél a través de documentos fehacientes y obras de calificada seriedad y autenticidad.

Porras en base al estudio de los vocabularios quechuas rechaza los conceptos peyorativos tradicionalmente aceptados y asienta que fue "un pueblo poseído de optimismo vital, de amor al trabajo y una moral dinámica y constructiva basada en la cooperación, en la buena fe y el cumplimiento de los grandes deberes sociales". Agrega además frases que reflejan la salud y juventud espiritual del pueblo indígena, su confianza en sí mismo, su fe y voluntad de poderío. Por eso llama la atención que a Porras se le tilde de hispanista y de anti-indigenista, lo que uno sólo puede explicarse por el desconocimiento de su obra total. En fin, los historiadores y etnógrafos interesados en el mundo quechua, sacarían mucho provecho leyendo, entre otros estudios de Porras, los análisis e interpretaciones efectuados por él en las obras de los quechuistas y particularmente en el Vocabulario de González Holguín.

Acaso es indispensable agregar algo más. Porras no deja de anotar también la huella proveniente del castellano. En una parte del prólogo, que en gran medida gloso y comento, Porras advierte que "es posible deslindar en el Vocabulario lo importado y lo autóctono, tanto desde el punto de vista filológico como del conceptual". Verbigracia, en relación a términos religiosos dice: "Hay en él una invasión fácilmente perceptible y desbrozable de palabras y giros de procedencia catequista y misionera, sobre cosas del culto católico, frases sacramentales, mandamientos morales, conceptos de teología cristiana o consejos eclesiásticos que conservan su traza occidental". De manera que de acuerdo con Porras, no existe forma de confundirse con las palabras y expresiones pertenecientes al pueblo quechua y, en consecuencia, la "interpretación de ambas lenguas no intercepta por completo la captación del primitivo espíritu indio". "Este perdura en el lenguaje y se manifiesta claramente en los vocablos y giros que resguardan las convicciones morales mucho más duraderas que las formas políticas derrocadas".

Lo mismo ocurre con la huella dejada con respecto a la toponimia americana, a la flora y a la fauna. Toda la geografía continental, dice Porras, "está regada de nombres o desinencias quechuas identificadas con el paisaje americano y emergidas directamente de él". Señala asimismo la constante atención de González Holguín sobre la ciudad imperial del Cuzco y otras cosas más que, según Porras, "pueden deducirse de un examen sumario y breve del gran repertorio seiscentista que desde ahora (se refiere al año 1952 en que fue reeditado por él) se hallará más al alcance de los estudiosos peruanos y de nuestros vacantes centros de lingüística". Porras entendió así, después de citar a diversos autores interesados en conocer la importancia y significado del quechua cultivado por los Incas, que el "Runa-simi o Lengua del Cuzco fue un lenguaje culto, como órgano de una clase directiva y de la civilización más adelantada de América del Sur". Así fue y es sin duda alguna el quechua, "lengua de un pueblo prendado de la igualdad y el equilibrio, amante de la medida y del justo medio", que "abunda en palabras que expresan ese afán moderador y enemigo de los extremos".

 

Mito y Épica Incaicos

En mayo de 1951 se conmemoró el IV Centenario de la fundación de la Universidad de San Marcos con diversas actuaciones culturales organizadas por dicha Universidad, entre las que alcanzó notable relieve la conferencia sustentada por el doctor Porras en el Salón de Actos de la Facultad de Letras el día 17 de mayo del indicado año. El ilustre maestro sanmarquino, Director del Instituto de Historia de la Universidad, escogió como tema de su disertación la "Universidad y la Historia", que resultó ser una excelente síntesis de la cultura peruana desde la época de los Incas hasta el siglo XX. En agosto del mismo año salió a la luz como libro bajo el título de Mito, Tradición e Historia del Perú.

En el capítulo II de dicho libro Porras se ocupa de Mito y épica incaicos que después, en 1954, incorpora a su valiosa obra Fuentes Históricas Peruanas, la misma que el Instituto Raúl Porras Barrenechea reimprime, en edición facsimilar, en 1963. Sin embargo, no obstante haberse difundido Mito y épica incaicos en las publicaciones citadas, se incluye en el presente volumen porque se refiere precisamente al mundo quechua que Porras interpreta desde el punto de vista de los mitos, leyendas y otras manifestaciones del alma indígena. El pueblo incaico se caracterizó por el don de contar fábulas, leyendas y hechos memoriosos como lo recordaba Garcilaso, quien en su juventud había oído "fábulas breves y compendiosas", en las que, "los indios guardaban leyendas religiosas o hechos famosos de sus reyes y caudillos, las que encerraban generalmente una doctrina moral". Los cronistas fueron los que se encargaron de recoger y perennizar en sus relatos todo ese bagaje cultural que con el tiempo hubiese desaparecido por falta de escritura. Mucho de lo narrado en esa línea por los amautas y los quipucamayocs se encuentra en las crónicas de Garcilaso, Cristóbal de Molina, Sarmiento de Gamboa y Betanzos, y a través de ellos se puede obtener información sobre el espíritu, la psicología, el carácter y la historia de los Incas. ¿La Leyenda de Manco Cápac saliendo del lago Titicaca o la de los hermanos Ayar de Pacaritambo, acaso no se toman en cuenta para hablar sobre el origen de los Incas y la fundación del Cuzco? El tema es, por consiguiente, sumamente importante dentro de los estudios efectuados por Porras acerca del mundo espiritual de los Incas.

Una de las características fundamentales que distinguía al pueblo indígena y que Porras subraya en primer lugar, fue "su afán de perennidad y perpetuación del pasado" que se manifestaba en sus costumbres e instituciones. Prueba de ese sentimiento fue el culto de la pacarina o lugar donde consideraba haber aparecido el antecesor familiar o en el culto de los muertos o malquis. Con excepción de los chinos, dice Porras, posiblemente ningún otro pueblo como el quechua "sintió más hondamente la seducción del pasado y el anhelo de retener el tiempo fugaz". El alma indígena, el mundo andino todo, mostraba así un aspecto esencial de su vida espiritual que sobreviviría al tiempo y que Porras descubre y precisa como ningún otro estudioso del pasado peruano lo había hecho. Después han surgido investigadores que han seguido el hilo de aquella apreciación de Porras, que fue el que abrió el camino para nuevas interpretaciones no solamente de historiadores, sino también de etnólogos, antropólogos y sociólogos. Estos estudios deben seguir adelante porque muchos de aquellos sentimientos del pueblo indígena se han mantenido a través del tiempo a pesar de la influencia de costumbres exóticas y ajenas que bien podían haber determinado su desaparición, debido a la arremetida persistente de los medios de comunicación que emplean sistemas modernos y llegan a todas partes. Lo prueba el caso del habitante de la sierra peruana que por razones de vida se ve impelido a dejar su suelo nativo, pero que siempre está pensando en regresar a su terruño para visitar los lugares más queridos entre los que se encuentran los que le recuerdan a sus padres y antepasados. Es indudablemente el culto de la pacarina el que lo atrae, además de otros motivos como las fiestas vernaculares o patronales llenas de colorido, alegría y vida.

Porras cita diversas manifestaciones que poseen las características que tienden a la perpetuación de los sentimientos del pueblo indígena, y en todos ellos encuentra que "hay un instinto o apetencia de historia, que cristaliza también en el amor por los mitos, cuentos y leyendas, y más tarde en las formas oficiales de la historia que planifica el estado incaico". En el testimonio de Garcilaso y las leyendas recogidas por los cronistas post-toledanos y extirpadores de idolatrías, Porras descubre, por otro lado, la vocación narrativa del pueblo indígena y señala que "los Incas amaron particularmente el arte de contar".

Para Porras los mitos poseen elementos de gran valor para reconstruir el espíritu de un pueblo primitivo, porque "es fácil descubrir en ellos rastros de la psicología y de la historia del pueblo creador". "Es cierto, dice, que el mito confunde, en una vaguedad e incoherencia de misterio, el pasado, el presente y el futuro, que la acción de ellos transcurre principalmente en el tiempo mítico, que es el tiempo eterno; mas la prueba de que contienen elementos reales y alusiones a hechos ciertos, está en que los relatos míticos coinciden con otras manifestaciones anímicas desaparecidas del mismo pueblo y son muchas veces confirmados por la arqueología". En esta forma Porras deja constancia o aclara que los mitos no deben ser dejados de lado al tratar el pasado lejano de un pueblo. Son, por lo mismo, necesarios para encontrar las raíces y sentimientos anímicos que han originado su quehacer y desarrollo cultural.

En el caso de la poesía mítica de los Incas, estima Porras, "se mezclan, sin duda, como en los demás pueblos, hechos reales e imaginarios, los que transcurren, por lo general, en el reino del azar y de lo maravilloso. Pero todos ofrecen indicios históricos, porque está presente en ellos el espíritu del pueblo creador". Estas son consideraciones importantes que es preciso tener en cuenta; es decir que no deben soslayarse o ser desdeñados, si es que se tiene el deseo de alcanzar una interpretación valorativa concordante y verdadera del carácter y sentimientos del pueblo indígena.

Porras menciona algunos de ellos en la mitología peruana: el "burlón y sonriente optimismo de la vida", el origen del mundo, la guerra entre los dioses Con y Pachacamac, la creación del hombre por Viracocha, o la aparición de personajes legendarios que siguen el camino de las montañas al mar... En esta relación no escapan a la atención de Porras los mitos que se refieren a la naturaleza y al mundo cósmico que prefiero reproducir teniendo en cuenta la forma maravillosa con que lo hace, en la que la secuencia de su pensamiento se desliza armoniosamente y sin tropiezos, como si se tratara de una cascada o catarata plena de colorido y de conocimientos: "En la alegoría del alma primitiva, los cerros o los islotes marinos son dioses petrificados, o seres legendarios castigados por su soberbia o su pasión amorosa. El trueno es el golpe de un dios irritado sobre el cántaro de agua de una doncella astral que produce la lluvia; la venus o chasca de enredada cabellera, es el paje favorito del sol, que unas veces va delante y otras después de él; los eclipses son luchas de gigantes, leones y serpientes, y, otras veces, la unión carnal del Sol con la Luna, cuyos espasmos producen la oscuridad. La Vía Láctea es un río luminoso; las estrellas se imaginan como animales totémicos, o como granos de quinua o maíz, desparramados en los festines celestes, y los sacasacas o cometas pasan deslumbrantes con sus alas de fuego, a refugiarse en las nieves más altas. La Luna o quilla suscita dulces y sonrientes consejas de celos y amor. Algunas veces es la esposa del Sol; otras, el Sol, envidioso de la blancura de su luz, le echa a la cara un puñado de ceniza que la embadurna para siempre, aunque también se asegura que las manchas lunares son la figura de un zorro enamorado de la luna, que trepó hasta ella para raptarla y se quedó adherido al disco luminoso".

 

Y sigue: "He aquí una cosmología sonriente. El propio drama universal del diluvio resulta amenguado por una sonrisa. El único hombre y la única mujer que se salvan de las aguas, sobreviven encima de la caja de un tambor. La serpiente que se arrastra ondulando por el suelo, se transforma inusitadamente en el zig-zag del relámpago. El zorro trepa a la luna por dos sogas que le tienden desde arriba. Los hombres nacen de tres huevos, de oro, de plata y de cobre, que dan lugar a los curacas, a las ñustas y a los indios comunes, y, en una cinematográfica versión del diluvio, los pastores refugiados en los cerros más altos, ven con azorada alegría que el cerro va creciendo cuando suben las aguas, y que baja cuando éstas descienden. Todas estas creaciones son la expresión de un alma joven, plena de gracia y de benévola alegría. El terror de los relatos primitivos ha desaparecido para dar paso a la fe en los destinos del hombre y de la raza".

 

 

A continuación de esa estupenda relación de mitos, Porras se refiere a algunas costumbres predominantes en el pueblo incaico. Señala que en sus orígenes fue esencialmente agrícola y dedicado a la vida rural, y "en su apogeo, aunque no perdiera su sentimiento bucólico, se transformó en un pueblo guerrero y dominador, guiado por una casta aristocrática y por una moral guerrera". Cita en apoyo de lo dicho, para el primer caso, las leyendas primitivas de los héroes civilizadores Viracocha, los hermanos Ayar y Manco Cápac; para el segundo, el haylli o canto de la victoria que no loaba únicamente el triunfo bélico sino también "las hazañas del trabajo y el término de las jornadas agrícolas". Menciona, asimismo, el purucalla que no era otra cosa que la representación mímica de los hechos de los Incas y sus triunfos guerreros.

 

Abunda Porras en otras manifestaciones populares entre las costumbres, ritos y tradiciones más arraigadas del pueblo quechua, que sería largo recoger aquí. Lo importante es que todo lo dicho por él se halla amparado en los cronistas y en otros documentos que le han permitido reconstruir los hechos y las formas en que éstos se manifiestan.

Una de las conclusiones de Porras incide en el hecho de que la historia cultivada por los Incas "no era la simple tradición oral de los pueblos primitivos, sujeta a continuas variaciones y el desgaste de la memoria. La tradición oral estaba en el pueblo incaico resguardada, en primer término, por su propia forma métrica que balanceaba la memoria, y por la vigilancia de escuelas rígidamente conservadoras. Los quipus y las pinturas aumentaban la proporción de fidelidad de los relatos y la memoria popular era el fiscal constante de su exactitud".

 

 

Por último, dice Porras que la historia de los Incas "fue un sacerdocio investido de una alta autoridad moral, que utilizó todos los recursos a su alcance para resguardar la verdad del pasado y que estuvo animada de un espíritu de justicia y de sanción moral para la obra de los gobernantes, que puede servir de norma para una historia más austera y estimulante, que no sea simple acopio memorístico de hechos y de nombres. Su eficacia está demostrada en que, mientras en otros pueblos la tradición oral sólo alcanzó a recordar hechos de 150 años atrás, la historia incaica pudo guardar noticia relativamente cierta de los nombres y los hechos de dos dinastías, en un espacio seguramente mayor de cuatrocientos años".

 

 

La raíz india de Lima

 

 

En una charla que el doctor Porras ofreció en el Club de Leones de Lima en 1952, se ocupó de la destrucción de esta ciudad producida en las últimas décadas más que por los embates de la naturaleza por obra de los hombres, entre los que no están exentos los propios limeños. Los únicos testimonios urbanos sobrevivientes en su estructura telúrica o monumental, decía Porras, eran el río, el puente y la alameda. El nombre de estos tres testigos sirvió de título a la citada charla que Chabuca Granda escuchó muy emocionada y que le sirvió de tema para componer la "Flor de la Canela", como ella misma se encargó de comunicar a Porras, de quien era apreciada amiga. Al año siguiente, 17 de abril de 1953, Porras volvió a hablar de Lima en una conferencia sustentada en la "Galería de Lima", a pedido de Paco Moncloa, Sebastián Salazar Bondy y Juan Mejía Baca. En esta oportunidad Porras revierte el tema anterior de las oleadas destructoras de la ciudad y trata de la "evolución de la aldea indígena a la ciudad española, a la capital barroca y la urbe industrial". El texto completo de la conferencia fue publicado en 1965 por el Instituto Raúl Porras Barrenechea, a cargo de Jorge Puccinelli, como complemento de la Pequeña Antología de Lima, reeditada ese año, la misma que fue impresa en Madrid en 1935, en homenaje a Lima por el IV centenario de su fundación española.

 

 

Con la publicación de la Pequeña Antología de Lima y la amena y enjundiosa conferencia El río, el puente y la alameda, Porras cumplió su "deuda de amor con Lima". En el presente volumen se incorpora la parte inicial de dicha conferencia que, con el título de La raíz india de Lima, apareció en El Comercio el 28 de julio de 1953 y en la revista Miraflores, en junio de 1954. Antes de tratar sobre Lima prehispánica y sobre los demás aspectos de la misma ciudad a través del tiempo, Porras escribe una breve introducción general que no aparece en el texto que hoy se publica, pero de la que no puedo dejar de incorporar un párrafo por ser pertinente al caso. Dice así: "... Pisamos una tierra antigua que nos ata al pasado, que detiene el progreso si se quiere, en la que angustia al hombre un ansia de perennidad. Fundamos un balneario de lujo y hemos de contener su expansión porque al lado está una de las más viejas necrópolis del continente y lo estorban las momias y sus artefactos primitivos, asombro de la arqueología; establecemos un aeródromo donde confluyen las rutas del Continente y caemos en Limatambo, donde se hallaba el oráculo indio antes de la fundación española...". Desde el momento en que Porras escribió estas frases hasta nuestros días, muchos de los incontables restos arqueológicos han desaparecido casi totalmente con la aquiescencia, la indiferencia o la complicidad de quienes han tenido la responsabilidad de defender nuestro patrimonio cultural y también por el desinterés de los propios limeños. Es lógico que no todo aquel legado pre-hispánico podía permanecer incólume ante la acometida de los nuevos tiempos, como en el caso de la expansión urbana, pero, por lo menos, mucho más de lo poco que queda podía haberse conservado para mostrarlo al mundo y para alentar el turismo del cual tanto se habla. Y no me refiero a la Lima monumental de la Colonia y la República, porque es tema para otra oportunidad.

 

 

En la parte en que Porras se ocupa de la raíz india de la ciudad declara enfáticamente que "no es cierto que Lima sea exclusivamente española por su origen, por su formación biológica y social y por su expresión cultural". Dos factores pre-existentes no pueden dejar de ser considerados: "el marco geográfico y el estrato cultural indígena. Ambos influyeron, decisivamente, en aspectos y formas de la peculiaridad de nuestro desarrollo urbano". De estos aspectos y formas se ocupa Porras, con citas de cronistas, de Hipólito Unanue, del poeta Pedro de Oña y de viajeros posteriores que se refieren a las "constantes geográficas del clima limeño", como son la falta de lluvia, la humedad ambiente, la fauna menuda y doméstica, de los sembríos existentes y de otros factores, determinados todos ellos por el clima y la geografía. El hombre tuvo que acomodarse a esa situación e influencia y desarrollar dentro de ellas sus facultades para vivir. Las "realidades geográficas modelan las instituciones y las relaciones humanas", dice Porras. Por estas razones el yunga, el habitante del valle limeño, antes de la llegada de los españoles, se alimentaba con los productos que tenía a la mano y construía sus viviendas en lugares altos, con material de caña y barro. La relación de éstos y otros aspectos es amplia en la pluma de Porras.

 

 

A continuación se refiere al cacicazgo de Lima, a su extensión y a la importancia de los centros poblados que existían alrededor de ella. Muchos de estos y otros aspectos relacionados con Lima han sido tratados después, con mayor detenimiento, por diversos autores, algunos de los cuales han tomado como fuente principal la Antología de Lima, sin citar al autor, o sea que ésta "ha sido objeto de la santa industria del plagio por benévolos escritores nacionales y extranjeros", conforme expresó Porras en su conferencia de 1953. Por limitación de tiempo en la conferencia mencionada, Porras no vertió todos los conocimientos que poseía sobre el interesante tema de Lima pre-hispánica. Sin embargo, no dejó de ocuparse del cacique de Lima Taulichusco, "señor del valle en tiempo de Huayna Cápac y cuando entraron los españoles." Para tal efecto cita un proceso judicial de la época que revela las condiciones y extensión del poder de aquél y la entraña del régimen incaico. Analiza el documento, recoge los nombres de los personajes principales y de los testigos; el sistema de sucesión entre los curacas, y se refiere a una "comprobación importante para la reconstrucción del marco geográfico limeño, en la época incaica, [que] surge de este proceso, que abre ventanas al tiempo pre-histórico". Porras se extiende sobre este particular refiriéndose al cacique Gonzalo, uno de los dos sucesores de Taulichusco, que vivía en el pueblo de Magdalena "que sustituyó a Limatambo, para alejar a los indios de su idolatría". "El cacique don Gonzalo, dice Porras, pidió que declarasen los testigos sobre el hecho de que, al entrar los españoles en el valle de Lima, ‘había muchas chacras y heredades de los indios y en ellos muchas arboledas frutales: guayavos, lúcumas, pacaes y otros todos’ y que todos habían sido derribados para construir casa de los españoles y también los tiros de arcabuz". Luego se ocupa de la extensión del cacicazgo de Lima y cómo fue elegido el lugar para la fundación española de la ciudad al pie del río hablador, que no es otro que el río Rímac, "obrero silencioso en la fecundación de la tierra y creador oculto de fuerza motriz, que impone su nombre a la capital indo-hispana del Sur". Al mencionar Porras al santuario indígena de Pachacamac, que recibió a Hernando Pizarro y a un grupo de conquistadores con un "recio temblor" de tierra dos años antes de la fundación de Lima, comenta: "El mito del dios costeño y limeño se aclara así a despecho de antropólogos y lingüistas, como el símbolo de una cosmología popular que diviniza el mayor fenómeno telúrico y lo personifica en Pachacamac –el dios-temblor– como más tarde buscaría, en el seno de la fe cristiana, el auxilio divino, en Taitacha Temblores o en el Señor de los Milagros". Por consiguiente el llamado también "Cristo de Pachacamilla", tiene aquí su antecedente indiscutible, precisado por el maestro e historiador.

Porras concluye esta parte dedicada a la etapa india de la ciudad, con el siguiente elogio: "Lima, ciudad brumosa y desértica, de temblores, de dueñas y doctores, es un don del Rímac y de su dios hablador".

 

Oro y leyenda del Perú

Oro y leyenda del Perú es un estudio escrito con la maestría y belleza inconfundibles que caracterizan el estilo de Porras en el cual trata de aquel metal precioso y de su significación en la historia peruana, desde los más remotos tiempos. A partir de las primeras líneas el tema atrae nuestra atención porque hemos oído siempre que el Perú es un país privilegiado, inmensamente rico, por la variada y generosa naturaleza que posee su vasto territorio. Además porque así lo han dado a conocer autores peruanos y extranjeros. Lamentablemente, todos o casi todos los que han escrito en los dos últimos siglos coinciden en declarar que no se ha sabido aprovechar ni preservar como podía haberse hecho por imprevisión o falta de una adecuada política. El trabajo de Porras que se incorpora a este volumen fue publicado en 1959 como Introducción al hermoso libro Oro en el Perú de Miguel Mujica Gallo, que ha tenido como objeto, "divulgar algunos aspectos de la orfebrería preincaica e incaica, y con ellos, ciertamente, una de las manifestaciones más importantes de estas culturas milenarias, sin parangón en América". Por consiguiente, Porras se ciñe a lo establecido por el autor, ocupándose del oro en el Perú a través de los siglos, sin dejar de mencionar, aunque brevemente, la plata utilizada también por los orfebres peruanos.

"Un mito trágico y una leyenda de opulencia mecen el destino milenario del Perú, cuna de las más viejas civilizaciones y encrucijada de todas las oleadas culturales de América. Es un sino telúrico que arranca de la entraña de oro de los Andes". De esta manera Porras fija, desde el comienzo, el sentido valorativo y la inmensa trascendencia que para el Perú han tenido el oro y demás metales de nuestro pródigo territorio en su desarrollo y destino entre los pueblos de América. Parte de la leyenda áurea milenaria hasta que surgen otras riquezas que la sustituyen en el siglo XIX. Es decir "desde los tiempos más remotos en que cumplía una función altruista y una virtualidad estética", a la República, en que no se tuvo "cuenta del mañana y se entregó al azar y a la voluntad de los dioses, con espíritu de jugador, hasta que la fortuna se cansó de sonreírle", y recibir de Raimondi la frase incansablemente repetida de ser el Perú un "mendigo sentado en un banco de oro".

Entre los metales, el oro alcanza la más alta calificación por ser el que "no se menoscaba, ni carcome, ni envejece; es el símbolo de la protección y de la pureza y emblema de inmortalidad", cuyas cualidades las recibe del Sol, escribe Porras. Y esa es la razón por la que en todas las épocas ha sido motivo de interés, de avaricia y de preocupación de monarcas, príncipes y gobernantes que se sentían alucinados con él y que pensaban que su prestigio, poder, nobleza y hasta su propia inmortalidad podían obtenerla por medio de la acumulación de esa riqueza. Todo lo cual dio origen a los mitos y leyendas de la antigüedad, a las alucinaciones de la Edad Media, a las experiencias mágico-religiosas de los alquimistas, hasta que, dice Porras, "se esfuman y languidecen en el siglo XVI ante el hallazgo de asombro del Imperio de los Incas y de los tesoros del Coricancha". Cualquiera otra especulación sobre los tesoros que puedan haber existido en la realidad o en la imaginación, quedan minimizados, disminuidos, cuando se divulga en España y por todo el mundo la riqueza proveniente del rescate de Atahualpa. El oro de los Incas, "cosa de sueño", que los primeros cronistas describen deslumbrados y que los europeos leen o escuchan con estupor y admiración, porque el oro de Cajamarca y el del Cuzco, que le sigue inmediatamente después, "excede al de todos los botines de la historia". Así es como se da inicio a un cambio en la economía durante los siglos XVI al XVII. El oro y la plata del Nuevo Mundo alientan de manera incontenible el desarrollo del mercantilismo europeo partiendo de España, la metrópoli que tuvo la suerte de incrementar sus arcas con aquella hasta entonces insospechada riqueza que le llega de Perú, México y otras partes de América. Earl Hamilton, cuatrocientos años después, ha estudiado a profundidad este asunto y declara que aquella riqueza proveniente de las fabulosas minas de nuestro continente fue derramada sobre Europa en cantidades gigantescas tanto que "precipitaron la revolución de los precios, la cual influyó de forma decisiva en la transformación de las instituciones sociales y económicas en los dos primeros siglos de la Edad Moderna". A esa maravilla áurea que llena de asombro a los habitantes del viejo continente y que transforma la economía, se refiere Porras.

El paisaje ascético es el que esconde en sus vetas interiores el oro que los antiguos peruanos recogían en los lavaderos de los ríos y que después, a la llegada de los españoles, se explota abriendo minas a todo lo largo de la cordillera de los Andes. Es la región de la sierra hasta las más elevadas punas la que es considerada en mayor o menor grado como un laboratorio inagotable de oro y de plata. Porras para confirmar lo dicho cita al padre Bernabé Cobo, autor de la obra Historia del Nuevo Mundo, escrita en la primera mitad del siglo XVII, en la que consigna que "la mayor cantidad que se saca de oro en toda América es de lavaderos" y cita, asimismo, al padre José de Acosta, autor de la Historia natural y moral de las indias, publicada en 1590, en la que dice que el oro y la plata y los metales encerrados en los "armarios y sótanos de la tierra" nacen en las tierras más estériles y anfractuosas, según escribió Filon. Por lo que, concluye Porras, "puede establecerse, así, una ecuación entre la desolación y aridez del suelo y la presencia sacra del oro. Y ninguna tierra más desamparada y de soledades sombrías, que esa vasta oleada terrestre erizada de volcanes y de picos nevados, que es la sierra del Perú y la puna inmediata –‘el gran despoblado del Perú’, según Squier– que parece estar, fría y sosegadamente, aislada y por encima del mundo, despreciativa y lejana, en comunión únicamente con las estrellas".

"En el Perú primitivo hubo el oro de los ríos y de las vetas subterráneas", escribe Porras luego de referirse al existente en otras regiones del continente. No hay río sin oro en nuestro territorio como tampoco deja de haberlo en sus minas, conforme lo demuestran informaciones de los primeros cronistas y geógrafos, que señalan los nombres de los lugares donde se encuentran y que Porras recoge en esta parte. "El oro más puro del Perú –dice– fue el del río San Juan del Oro, en Carabaya, que alaban el Padre Acosta, Garcilaso y Diego Dávalos y Figueroa, por ser el más acendrado y pasar de veintitrés quilates". En los valles de Carabaya se hallan lavaderos de oro y están los cerros famosos de Cápac Orco y de Camanti, "que alucinó éste último algunos espejismos republicanos".

n seguida vienen páginas valiosas que se refieren a la aparición de la metalurgia como "una hazaña cultural de la América del Sur", en concepto del ilustre antropólogo y humanista Paul Rivet; a los mochicas y el oro lunar; a la profanación de los huaqueros; a joyeles antiguos, y a la orfebrería Chimú, antes de abocarse a la tarea de mostrar la riqueza representada por el oro de los Incas. Cada una de estas secciones podría ser motivo de un comentario detenido, minucioso, que me agradaría hacer en base al amplio conocimiento y a la aguda interpretación que ofrece el maestro Porras. Sin embargo me limito a extraer breves citas dejando al lector que se solace recorriendo sus páginas para recoger directamente sus impresiones que, estoy seguro, le llenarán de gozo personal y serán de múltiple y permanente provecho por las inapreciables revelaciones que obtendrá sobre la riquísima metalurgia de nuestros antepasados.

"Los mochicas de la costa del Perú, radicados en los valles centrales de éste, teniendo como centro las pirámides del Sol y la Luna en Moche, desarrollaron antes que los demás pueblos del Perú el arte de la metalurgia". "Dominaron las técnicas de la soldadura, el martillo, fundido, repujado, dorado, esmaltado y la técnica de la cera perdida". En amplia relación expresa que los mochicas "perfeccionaron la orfebrería áurea forjando ídolos y máscaras, adornos e instrumentos, armas, vasos repujados, collares y tupus, brazaletes y ojotas, orejeras y aretes [....] tumis o cuchillos ceremoniales incrustados de turquesas y esmeraldas...", etc. Hay que destacar que toda esa maravilla de la orfebrería mochica como la de los chimús que le siguieron, con su riqueza y variedad de formas, usos y calidad del trabajo realizado, es asimilada, en parte, en lo técnico, "por al arte sobrio de los Incas, pero se perdió el estilo y el alma de los orfebres de Moche, Lambayeque y Chan Chan", apunta con toda razón Porras. Además, al momento de producirse la conquista del señorío de Chimú, muchos de los orfebres yungas, hábiles para trabajar metales "fueron llevados al Cuzco y a las cabeceras de las provincias donde labraban plata y oro en joyas, vasijas y vasos y lo que más mandado les era", conforme una cita de Cieza que Porras recoge.

En la parte en que Porras se ocupa de la profanidad de los huaqueros revela que si bien los Incas perdieron la "destreza y adelanto del arte metalúrgico" de los yungas "éste quedó encerrado en las tumbas más tarde violadas por conquistadores, huaqueros y arqueólogos". Señala algunos casos como el regalo de un cacique hecho a Martín de Estete, en 1535, de un deslumbrante y miliunanochesco tesoro extraído de la huaca de Chimu-Guaman, y otro proveniente de la huaca Peje Chico hecho a García Toledo, en 1592. Ese desvalijo, como lo llama Porras, continuó en la época republicana, "como aquel empírico coronel La Rosa, que repartió sus trofeos arqueológicos con el viajero Squier y confesó a Wiener que había hecho fundir más de cinco mil mariposas de oro, de apenas un miligramo de espesor, lindos juguetes con las alas de filigrana, a los que se podía, por su levedad, lanzar al aire y ver revolotear alegremente venciendo la pesantez hasta caer en tierra". Esta revelación de Porras no solamente nos impacta por lo que significa la belleza, el arte y la habilidad de los orfebres yungas, que es lo positivo; sino además y profundamente por la depredación de nuestra riqueza arqueológica, irreparable y continuamente efectuada hasta en nuestros días, que es lo negativo. Felizmente, desde hace pocos años, podemos decir que tenemos prestigiosos arqueólogos como Walter Alva, el descubridor del Señor de Sipán, y otros, que, con esfuerzo y sacrificio, defienden ese legado en lo que queda y les es posible de nuestros antepasados. Porras, estoy convencido, hubiera sido el primero en felicitar y alentar a esos peruanos que aman el arte y la cultura y que luchan a fin de que el país pueda mostrar al mundo lo que ha sido, es y debe seguir siendo; un país con un pasado brillante, con una historia incomparable que le viene desde lejanos tiempos.

Antes de ocuparse Porras de la orfebrería Chimú, que viene enseguida, ofrece una relación de gran parte de aquella riqueza arqueológica sacada del país subrepticiamente, que se encuentra en museos y colecciones del extranjero, particularmente alemanes.

En lo que se refiere a la orfebrería Chimú señala los hallazgos de Brüning en el cerro Zapame, en Batán Grande e Íllimo, en 1937, cerca de Lambayeque, que "comprueban, dice, un arte metalúrgico refinado y primoroso", y como pieza del mayor valor artístico el "tumi o cuchillo ceremonial de oro laminado, de 43 cm y 1 kg de peso, engastado con turquesas". Otros objetos que describen Squier y Wiener, muestran, de la misma manera, la perfección del arte en la costa peruana del norte.

Finalmente, Porras trata del oro de los Incas, en sendos capítulos o secciones, que dejo de puntualizar y comentar por el temor de extenderme demasiado en esta presentación. Al comienzo hice breve mención al oro del rescate de Cajamarca y al oro del Coricancha que Porras describe con lujo de detalles en las siguientes páginas, al lado de otras manifestaciones cuyo valor, historia y significación se precisa en la pluma ágil y limpia del gran historiador, asunto que dejo a la atención de los estudiosos peruanos y extranjeros amantes de la historia y la cultura.

ice referencia también a las expresiones de Porras sobre el "mito trágico" y la "leyenda de opulencia" que "mecen el destino milenario del Perú", así como a lo ocurrido a través de nuestra historia que, por cierto, no ha sido la que por muchas razones podía haberse esperado de ella, perdiéndose oportunidades que bien pudieron haberse aprovechado para labrar la grandeza de la patria. Sin embargo, no nos quejemos, algo ha quedado como nota distintiva para satisfacción de los peruanos de hoy y de siempre, nota que los distingue entre los pueblos de nuestro continente. Porras lo dice como conclusión a su brillante estudio sobre el oro en el Perú: "El recuerdo legendario de su arcaica grandeza, que se trasunta en la imagen del cerco y los jardines de oro del Coricancha, o en las calles pavimentadas con lingotes de plata de la Lima virreinal, dejó en el ser del Perú, junto con la conciencia de una jerarquía del espíritu que, como el oro, no se gasta ni perece, una norma de comprensión y amistad que brota de la índole generosa del metal y es el quilate-rey de su personalidad y señorío". Hermosas palabras del maestro que por el sentido hondo que poseen y por el magnífico estilo con que las expresa, traen al recuerdo al ilustre escritor y académico Enrique Diez-Canseco, quien en elogio del Perú y de Porras escribe: "el Perú sabe historias del pasado, tiene la gracia del contar y en sus cuentos hay oro, sangre, sensualidad y humor jocundo", y, respecto de su amigo peruano, expresa: "No es un árido historiador, atado al documento, prisionero de la fecha. Se mueve con desembarazo por entre las líneas inflexibles de la historia, y se le ve animar los márgenes con leves dibujos, llenos de vida".


El Cuzco y el mundo andino

 

Una muestra clarísima del enorme interés y simpatía que Porras tenía por la ciudad imperial, sede de la cultura incaica y posterior presencia de la española, se encuentra en la admirable Antología del Cuzco, publicada en 1961 al cumplirse el primer aniversario de su muerte.

El texto completo del prólogo, dedicado fundamentalmente al mundo incaico, se reproduce en el presente volumen con el título original de El Cuzco de los Incas. Es importante señalar que Porras visitó la ciudad imperial en tres oportunidades: en 1920 como delegado estudiantil de la Universidad de San Marcos al Primer Congreso Nacional de Estudiantes, en 1944 y en 1954. En 1944 fue acompañado por dieciséis alumnos de la Facultad de Letras de San Marcos, todos ellos pertenecientes al curso de Historia del Perú – Conquista y Colonia – que tenía a su cargo en dicha Universidad. Tuve la suerte de integrar el grupo y de esta manera recorrer la sierra peruana del centro y sur del Perú en julio de aquel año. El viaje fue lento, en ómnibus y por una carretera llena de peligros hasta que llegamos al Cuzco. En esta ciudad, guiados por el doctor Porras y por su apreciado amigo el ilustre profesor cuzqueño José Gabriel Cosio, visitamos los monumentos y lugares más destacados de la urbe mestiza. Subimos a la fortaleza de Sacsayhuaman desde la cual contemplamos la ciudad imperial mientras escuchábamos las amenas y eruditas informaciones históricas –verdaderas clases magistrales al aire libre– que nos ofrecía el maestro, así como sobre su trascendencia cultural y artística entre las más representativas del Perú. Porras nos hablaba del Cuzco con profundo conocimiento y admiración como si hubiese vivido en ella en todas las épocas de su historia hasta el momento en que la visitamos, abrumándonos de datos y noticias que desconocíamos o que necesitábamos refrescar, recordando sus magníficas clases en la Facultad de Letras. Pero no solamente conocimos la ciudad capital sino que fuimos a los cercanos lugares, entre los que recuerdo Pisac, donde vimos por primera vez a los alcaldes indígenas o varayocs en una reunión dominical con sus varas de mando y vestimenta llena de colorido; Quenco, al noroeste de la ciudad de Cuzco; Tampumachay, el balneario del Inca; Ollantaytambo en la ruta a Machu Picchu, y por último, esta misteriosa ciudad descubierta por Hiram Bingham en 1911. Ubicada en una alta montaña, en la margen izquierda del río Vilcanota, se llegaba a ella por una ruta escarpada, casi inaccesible, que sólo nuestra fortaleza juvenil nos permitió vencer a pie. Para el doctor Porras se consiguió felizmente una acémila que lo condujo hasta la imponente ciudad de piedra. Nuestra alegría fue enorme y más todavía si se quiere, porque nos fue posible admirar la grandeza del pueblo que construyó esa maravilla, entre las mejores del mundo, y porque de labios del maestro Porras escuchábamos las explicaciones históricas que nos permitían remontarnos en el tiempo y de esta manera penetrar hondamente en el conocimiento de nuestro pasado milenario.

En 1954, el doctor Porras volvió al Cuzco para recibir el grado de Doctor Honoris Causa otorgado por la Universidad Nacional de San Antonio Abad y para ser incorporado como Miembro Honorario del Colegio de Abogados del Cuzco. En esta ocasión aprovechó la oportunidad para realizar investigaciones en los fondos documentales de la ciudad y dictar conferencias en los centros culturales más importantes con asistencia masiva de estudiantes, profesores e intelectuales. Hizo asimismo, recorridos por algunas ciudades vecinas a la sede imperial con el propósito de hurgar en los archivos notariales y parroquiales sobre figuras históricas y hechos importantes de la región.

La brevísima disquisición anterior, a propósito de la Antología del Cuzco, me permite fijar el hecho de haber tenido Porras gran predilección por la cultura incaica y porque la citada Antología no fue una obra improvisada sino que le costó años prepararla. Desde mucho antes de 1947, en que fue entregada a las prensas, Porras recogió datos e informaciones que le permitieron seleccionar los autores, precisar la calidad de los escritos y fijar el valor de los mismos para ofrecer la imagen más completa y cabal del Cuzco. Reitero, no fue una obra improvisada sino meditada y cuidadosamente preparada. Lo prueba el hecho de que cada uno de los numerosos textos reunidos en ella tiene una nota de Porras en la cual consigna de manera sintética datos fundamentales respecto del autor y obra. Hay que advertir que la selección antológica no es una simple e indiscriminada acumulación de autores, sino el resultado de una severa apreciación crítica sobre el valor del trabajo cuyo texto es consignado.

La simpatía de Porras por el Cuzco y su interés en dedicarle dicha obra demuestra que fue un peruano integral que amaba lo nuestro, como síntesis humana en sangre y espíritu. La prensa elogió sin reservas la aparición de la Antología del Cuzco y dijo: "la ciudad santuario tiene un nuevo monumento histórico".

El prólogo incorporado en el presente volumen, posee un valor extraordinario para conocer el pensamiento de Porras en relación con el mundo indígena, fundamentalmente el mundo quechua de los Incas, cuya expresión máxima se encuentra en la ciudad imperial del Cuzco. Porras habla del marco geográfico; del sentido mágico de su ubicación, de la prodigiosa y fecunda naturaleza que la rodea y de muchos factores más que la predestinan "para servir de nido caliente de una cultura, de cruce de caminos, crisol de pueblos, acrópolis india y cuadrante de una historia solar". Habla también de los orígenes y antigüedad de los primeros pobladores del Cuzco, "a base de los restos arqueológicos, de las huellas lingüísticas, de la toponimia y de la remota tradición oral recogida por los cronistas españoles"; de las primeras normas urbanísticas y políticas de las urbes indianas, representadas por los Hanan Cuzco y Hurin Cuzco; de la segunda fundación del Cuzco por obra de Pachacútec Inca Yupanqui, que marca el esplendor de la ciudad imperial. Todo ello en base a estudios profundos realizados por Porras a través de los cronistas, de los viajeros y de cuantos han tenido al Cuzco como tema en su actividad intelectual, para, finalmente, unirse sin mengua ni resabio al coro de los mejores elogios a la capital arqueológica de América, con expresiones admirativas que confirman la impresión obtenida por él, a través del conocimiento personal que tuvo y de los autores y relatos recogidos en la Antología que señalan a la gran ciudad no sólo como capital de un imperio, sino además como un inmenso santuario en la época de los Incas, o "como una ciudad-Dios que ejerció fascinación misteriosa sobre el Incario y sobre todos los pueblos y ciudades de América", según sus propias palabras.

Esta magnífica obra del doctor Porras fue reeditada en 1992, por la Fundación M. J. Bustamante De la Fuente con fotografías de Martín Chambi y presentación de Jorge Puccinelli, Director del Instituto, Centro de Altos Estudios y de Investigaciones Peruanas de la Universidad de San Marcos, que lleva el nombre del ilustre historiador y maestro. Por su valor e interés para los cuzqueños y la cultura peruana me parece necesario ofrecer una sucinta relación de su contenido, rogando se me disculpe por salirme del asunto propio de la presentación de este volumen.

En la Antología se consignan las descripciones de los primeros conquistadores que llegaron al Cuzco, en las que descubren su emoción y asombro ante la ciudad indiana. Pedro Sancho de la Hoz, Secretario de Pizarro, la encuentra "Tan grande y tan hermosa que sería digna de verse aún en España", "toda llena de palacios de señores"; Miguel Estete goza señalando los lugares, construcciones y objetos más notables de ella, de la cual escribe que es "grande, extensa y de mucha vecindad, donde muchos señores tenían casas". Figuran también los cronistas más representativos desde Cieza de León y Juan de Betanzos hasta Garcilaso de la Vega y Bernabé Cobo. En la parte destinada al Cuzco Español, incorpora Porras el Acta de fundación española de la ciudad, de 23 de marzo de 1534, la misma que fue publicada por primera vez en el Perú, en su versión completa copiada entre los años 1548 y 1549 por el escribano Simón de Alzate. En esa Acta "de gran importancia y belleza histórica", Porras encontraría "el acento inmortal de Vitoria, Suarez y Las Casas", así como la lista de los primeros 88 vecinos españoles del Cuzco. Luego vienen las descripciones y relaciones de Cieza, Esquivel y Navia, de Garcilaso, Ignacio de Castro, fray Reginaldo de Lizárraga, Carrió de la Vandera y de escritores como Ricardo Palma, del que incorpora la tradición "Quizá quiero, quizá no quiero", y Riva Agüero del que toma el valioso estudio El Inca Garcilaso de la Vega. Por último, para el Cuzco Republicano, selecciona las impresiones de los generales Miller y O’Leary, de los viajeros Castelnau, Marcoy, Raimondi, Squier, Wiener, Paul Morand y, en fin, cuantos llegaron al Cuzco para admirar su grandeza. No faltan los historiadores Markham, Riva Agüero, José Gabriel Cosio, Luis E. Valcárcel, Uriel García, Alayza y Paz Soldán, el poeta Luis Nieto, y José María Arguedas, con el que concluye la Antología. Este último, dice Porras, recoge "la emoción estética del paisaje y la mágica confabulación de los nevados y de las torres conventuales para reflejar, en los tránsitos de la luz o en el sonido ilimitado de las campanas en el aire traslúcido, todo el pasado mítico y evocador de la ciudad".

Tal es la obra monumental que Porras dedicó al Cuzco con la admiración y afecto que siempre le tuvo. Será muy difícil publicar una nueva antología sobre la ciudad imperial que posea la calidad y los méritos de la de Porras, no solamente por la valiosa y significativa selección de los trabajos incorporados sino también por las notas introductorias que son magníficas y que demuestran la sensibilidad y el talento del insigne historiador y hombre de letra

R R R

 

Los discípulos y amigos del doctor Raúl Porras, así como los estudiosos de nuestra historia y literatura han reclamado reiteradamente la publicación de las obras completas del ilustre maestro. No solamente de sus libros medulares y ensayos más importantes sino además de sus numerosos artículos, comentarios, informes, reportajes y conferencias producidos durante su fecunda vida intelectual. La obra del historiador, hombre de letras, diplomático y maestro es amplísima y variada –más de 700 títulos–, como figura en la bibliografía publicada por el doctor Oswaldo Holguín Callo en el libro Los Cronistas del Perú, editado por el Banco de Crédito del Perú en 1986.

Cumplir con ese anhelo no podía ser fácil por mil razones. En primer término había necesidad de reunir el abundante material disperso en revistas, periódicos y otras publicaciones peruanas y extranjeras. En segundo lugar, porque era indispensable someter dicho material a un riguroso examen y comprobación de textos a fin de evitar errores y repeticiones que pudieran haberse producido en el curso de la vida del autor o después. Había también necesidad de confrontar dichos textos y hacer anotaciones en los casos indispensables como precisar fecha y lugar de cada publicación. Al equipo de trabajo, constituido por Antonio Soto Torres, Jorge Prado Chirinos, Javier Lozano Yalico, Antonio Zapata Guzmán, Jorge Moreno Matos, Ernesto Ho Amat y María Angélica Ortiz, debemos agradecer estas tareas preparatorias del texto, lo mismo que al Dr. Jorge Puccinelli por la supervisión de la edición. Finalmente, la edición de las Obras Completas dependía del indispensable apoyo económico que solamente podía obtenerse de instituciones públicas o privadas o de personas vinculadas a la cultura, a fin de cubrir los gastos que implicaba reunir y preparar el material bibliográfico, y, desde luego, su consiguiente publicación. El primer centenario del nacimiento del insigne maestro ha sido la ocasión para que la Universidad Nacional Mayor de San Marcos se comprometa por intermedio de su actual Rector, el doctor Manuel Paredes Manrique, a cubrir los indicados gastos, a pedido de la Comisión Nacional del Centenario presidida por el doctor Enrique Chirinos Soto, miembro del Congreso de la República. El Instituto Raúl Porras Barrenechea, Centro de Altos Estudios y de Investigaciones Peruanas de San Marcos, por su parte, es el encargado de llevar a buen término el respectivo Proyecto sobre la edición de las Obras Completas.

Con los antecedentes indicados que era necesario fuesen conocidos por las instituciones culturales y las personas interesadas en la publicación de la obra intelectual del doctor Porras, el Instituto se complace hoy en iniciar la edición de las Obras Completas con la presentación del primer volumen de Indagaciones Peruanas que corresponde a El Legado Quechua, de conformidad con lo establecido en el Proyecto.

Félix Álvarez Brun


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