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ALMA MATER
© UNMSM. Fondo Editorial

ISSN versión electrónica 1609-9036

Alma Mater     2001;  (20) : 97-112


CONTRA LA "CRÍTICA DEL SUSTO" Y LA "TRADICIÓN DEL NINGUNEO"


Miguel Ángel Huamán


1.

Cualquier estudiante de literatur de los primeros semestres tiene claro que denominamos crítica literaria a una práctica discursiva que nació en Occidente a comienzos del siglo XVIII. Ésta dio origen al conjunto de discursos que conocemos actualmente como estudios literarios. Asimismo, sabe que al inicio esta actividad "no era un discurso definido por oposición a la teoría y a la historia literarias, como lo es hoy, sino un discurso definido por oposición a las Poéticas clasicis-tas1 "(Wahnón: 1991, 48).

El quehacer de la crítica literaria no se definía por ser un discurso aplicado al examen de obras concretas, ni tampoco porque se dedicara a estudiar el devenir de los textos. Tanto en su vertiente orientada hacia las llamadas bellas letras, como en aquella orientada a la labor periodística, eran críticas porque se oponían a los valores normativos de las concepciones tradicionales. Ambas se consolidaron ante la rigidez de los modelos clásicos y con su desarrollo propiciaron el surgimiento de nuevos criterios.

De la mano de la razón y de la experiencia, la crítica literaria transformó la vieja preceptiva en el territorio del talento individual. Gracias a la creencia en la universalidad del gusto surgió, mucho antes de que existiera la teoría literaria y la historia literaria, una función interpretativa entendida como proceso de empatía con el espíritu del autor, con la consecuente extensión de la genialidad al trabajo del crítico.

A esta crítica se le conoce como del gusto, término que fue acuñado por la estética del empirismo inglés (Marchán: 1987, 29). En su momento significó un gran avance con relación a la etapa anterior donde campeaban reglas y normas pasadas que ahogaban cualquier cambio. Bajo el impulso romántico su dinámica concentró su atención preferentemente en las reacciones del hombre frente a las obras artísticas, reorientando su labor hacia una estética del espectador. Así, en el siglo XIX aparece la llamada historia literaria como uno de los componentes del historicismo dominante. Como suele ocurrir con los productos humanos, llegó un periodo en el que los principios de esta crítica, reconocidos y asumidos como verdades absolutas, se convirtieron en una traba para el propio conocimiento.

El siglo XX abre una etapa de cuestionamiento radical de dicha perspectiva. Bajo el influjo de las nacientes ciencias del lenguaje, los llamados formalistas rusos inician la transformación de la actividad crítica, básicamente valorativa e ideológica, en una práctica comprensiva interesada en describir las condiciones de aparición o producción de los sentidos o interpretaciones. Así, a mediados de los años sesenta surge en Europa con la escuela estructuralista y otras corrientes la teoría literaria, bajo cuya égida el quehacer crítico-interpretativo se transforma en una actividad conjetural-explicativa, alejada y distante de la ocurrencia particular o de la obra concreta.

Este nuevo impulso de cambio hizo posible la institucionalización de los estudios literarios y consolidó la aparición de la especialidad dentro de la actividad académica. Amparada en los modelos y métodos de disciplinas diversas, la teoría literaria propició la autonomía metodológica y la especificidad epistemológica de la actividad, e incentivó decididamente su constitución como disciplina científica dentro de las humanidades.

Otra vez, un nuevo enfoque fue visto como innovador y la llamada "nueva crítica" pronto logró hegemonía en la comunidad académica, para convertirse luego en dominante. Así, muchos estudiosos afirmaban orgullosamente que la llamada crítica del gusto había sido superada y reemplazada por otra ahora calificada de crítica científica2. Aunque sabemos bien que con el término crítica en realidad aludían genéricamente al conjunto de los estudios literarios y más precisamente a la investigación académica o a la comprensión teórica3 .

¿A qué llamo, entonces, "crítica del susto"? El proceso antes descrito provocó también que ciertos académicos, encandilados con los nuevos métodos y propuestas, asumieran su práctica como la única verdadera y válida. En forma soberbia degradaron y subvaloraron el trabajo de los otros que, todavía afincados en una labor crítica e interpretativa preestructural, terminaban apabullados, asustados y sorprendidos por la complejidad analítica de los procedimientos descriptivos, la densidad semántica de los estudios o la diversidad del metalenguaje utilizado.

Designo por lo tanto con el nombre de crítica del susto a cierta práctica discursiva que al amparo del evidente prestigio que los estudios literarios han logrado al incorporar categorías y conceptos provenientes de las ciencias del lenguaje, la semiótica o la epistemología se arroga la posesión de la verdad y el método científico en el terreno de las humanidades. Califican en términos negativos e injuriosos cualquier otra forma de asumir la labor interpretativa y con desmesura se proclaman en posesión de la única verdad.

En esta exposición, intentaré presentar y analizar dos casos de este tipo de crítica: el primero lo hallamos en el libro editado por la Universidad Católica en 1999 titulado La ausencia de la forma da forma a la crítica que forma el canon literario peruano, cuyo autor es el doctor en Literatura Hispanoamérica por la Universidad de Glasgow, Escocia, y catedrático de literatura en el Departamento de Lengua Española y Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Bergen, Noruega, Birger Angvik; el segundo, es el del estudioso peruano afincado en Estados Unidos Enrique Ballón Aguirre que ha publicado varios artículos sobre el tema de los estudios literarios. Nos referiremos especialmente a su trabajo "Formación de la institución literaria peruana" aparecido en la revista hueso húmero N.° 35.

Empecemos por este último. El mencionado trabajo de Enrique Ballón reseña precisamente el libro del noruego, pero no se vaya a pensar que la actitud del estudioso peruano es la de salir al frente del juicio antojadizo del extranjero para echar luces sobre el problema. Todo lo contrario: se dedica a coincidir con él y sólo lo supera cuando se trata de vituperar, menospreciar y vapulear más a la "crítica peruana": 

Anotaré, para comenzar, una coincidencia: si algo ha logrado la historia de la literatura y, sobre todo, la crítica peruana del siglo que termina en estos días, es demostrar que ellas y la Institución Literaria Peruana que apuntalan y envernan, hacen tanta agua como un viejo colador tirado por inservible a las aguas del Rímac. (Ballón: 1999, 184)

En la visión de Enrique Ballón, ha existido una crítica peruana en el siglo XX que exitosa en su momento sacó a flote o sostuvo a la Institución Literaria Peruana, mas ambas han caducado y "hacen agua", por lo tanto deben ser reemplazadas o superadas. Si esta perspectiva aparentemente subversiva o revolucionaria cargara su lenguaje de argumentos convincentes en lugar de adjetivos y cólera, nos permitiría profundizar en el proceso de los estudios literarios en el Perú.

Lamentablemente no es así. Nuevas interrogantes surgen: ¿por qué caducó la crítica peruana?, ¿quiénes fundaron la Institución Literaria Peruana?, ¿cuáles son las características de dicha entidad?, ¿cómo se asemeja o diferencia de las existentes en otros países?, ¿en qué momento estuvo en su apogeo? Obviamente, no pretendemos que Enrique Ballón resuelva dichas preguntas u otras que implican muchos años de investigación en un breve artículo de comentario a otro texto. Sólo advertimos que realizar una afirmación tan categórica sin antes haber investigado el tema y propuesto alternativas nos parece signo de petulancia. Asimismo, creemos que en la base de su lectura hay una analogía: la supuesta Institución Literaria Peruana es como el Estado Oligárquico, por ende debe ser sustituido y se justifica el tono panfletario. 

El mecanicismo de esta relación descubre también el secreto de tan antojadiza valoración en donde nada se salva: no todos los que criticaban al viejo Estado pretendían renovarlo, sino que simplemente lo atacaban porque fueron desplazados o desalojados4

Ello nos permite comprender de qué acusa a la "crítica peruana" el desencajado y desenfrenado Enrique Ballón. La acusa, ¡oh, paradoja!, de "carecer de control" y de no saber "teoría":

La crítica académica y oficial contraria a su etimología y la historia canónica de la literatura peruana, ambas carentes de fundamentos teóricos y metodológicos adecuados (son pura charlatanería y evidencian) la interpretación brutal (solipsista e intuitiva) del texto tal cual, sin control deductivo del propio discurso crítico. (Ballón: 1999, 184).

Para reforzar su argumento, este investigador se refiere, pensarán ustedes, a los más recientes autores y teóricos de la literatura. Pues, se equivocan: alude a los escritores y poetas de los años 20 (Alberto Hidalgo, el grupo Norte y Orqopata). Amparado en ellos lanza sus ataques contra el centralismo de los estudios literarios nacionales y especialmente sanmarquinos, a los que acusa de "satisfacer el mercado crítico tradicional":

Para la crítica peruana corriente, la provincia sigue cumpliendo el papel que le asignaron los romanos: tierra de vencidos. (Ballón: 1999, 184)

Es un hecho contradictorio, por decir lo menos, el que quien evalúe en forma tan exagerada a la actividad académica del interior sea un arequipeño y por ende un provinciano. Pero no estamos de acuerdo con esa opinión no sólo porque nos parece injusto y desproporcionado sugerir que las heroicas y escasas investigaciones que logran su publicación en nuestro medio estén gobernadas por intereses comerciales, sino porque se arroga a su vez la representación de las provincias alguien que se ha afincado hace varios años -y no precisamente por razones sólo intelectuales-, en el mundo académico norteamericano.

Esto me recuerda a alguien que en cierta ocasión nos acusó a mi maestro Tomás Escajadillo -justicieramente quien más ha profundizado en el estudio del indigenismo- y a mí -que he trabajado el tema poco y probablemente mal-, de ser críticos capitalinos que mitificamos o exageramos cuando hablamos sobre la literatura andina porque sólo los auténticos provincianos e indigenistas podían hacerlo. Todo lo señalado tal vez podría ser una observación aceptable si viniera de alguien afincado o enraizado a un proyecto descentralizado en el Perú (con lo subversivo que ello tiene), aunque aún así es discutible porque la ubicación geográfica o el sitio de residencia no hace de por sí una buena crítica y en el terreno textual nadie es dueño de los temas, mucho menos de la verdad.

Lo nuevamente paradójico es que, aún desde esta curiosa y errada perspectiva, quien así pretendía callarnos en defensa de la actividad intelectual del interior hacía años que vivía, escribía y publicaba -como Enrique Ballón-, en los Estados Unidos. Por el contrario, nosotros permanecemos en nuestro país y persistimos en un trabajo permanente de diálogo con la actividad crítico-literaria del país. El Primer Coloquio Nacional de Literatura Peruana organizado por nuestra Universidad Nacional Mayor de San Marcos entre el 11 y el 15 de setiembre de 2001, con motivo de sus 450 años, así como nuestros numerosos viajes por el interior y los muy variados nexos con estudiosos e instituciones de provincias durante los últimos diez años, nos respaldan para exigir consecuencia a quienes pretenden representar a las provincias del interior del Perú.

Sin embargo, es necesario precisar que investigar y producir en el seno de la comunidad académica que nos ha formado no es garantía de infalibilidad, sino simplemente reciprocidad y compromiso ético con el esfuerzo social que nos ha forjado, y conciencia de la necesidad de fomentar y fortalecer la comunidad académica como condición básica para enfrentar la tarea de una educación liberadora y una cultura dialógica.

Pero, volvamos al discurso de Ballón: ¿cuáles son las atingencias que podemos señalar? ¿Por qué estamos en desacuerdo con esta "crítica del susto"? ¿Dónde está la contradicción? ¿Existe tan maquiavélica Institución Literaria Peruana con tanto poder para establecer el canon de la literatura nacional sin duda ni murmuraciones?

Enrique Ballón, a quien reconocemos como un investigador valioso y autor de otros trabajos fundamentales para el proceso crítico nacional5 , como lo hemos precisado en su oportunidad, no nos va a impresionar con el supuesto prestigio de la "academia norteamericana", porque la verdad sea dicha, no nos asustan ni los Derrida, ni los Eco, ni los Lotman, ni cualquier otra "vaca sagrada" internacional y mucho menos un compatriota que ha extraviado el camino de retorno.

Tal como hemos indicado antes, no creemos que exista aún una institucionalidad literaria en el Perú, ésta recién está en formación y lamentablemente cuando apenas se inicia su consolidación, la propia actividad literaria vive un proceso de crisis y transformación. Pero la observación contra Ballón no se reduce a este único argumento que bien podría ser cuestionado, sino a una constatación: en todo caso, si existiera la mencionada Institución Literaria Peruana, ella estaría constituida entre otras entidades por las universidades y las publicaciones literarias más constantes.

Da la casualidad que Enrique Ballón publica frecuentemente -de acuerdo a su bibliografía personal que siempre cita copiosamente- en revistas como hueso húmero, dirigida por Mirko Lauer y Abelardo Oquendo, destacados docentes de las universidades de San Marcos y la Católica respectivamente; es decir, que él mismo pertenece a la institucionalidad de la que tanto denosta e injuria, por lo que no debe ser tan fiera y mala dicha Institución Literaria Peruana, o simplemente no existe y está más en su imaginario personal.

Pensamos que en el campo de las humanidades es frecuente confundir nuestras creencias con verdades. Sólo el reconocimiento recíproco de la necesidad de discrepancia e interlocución -es decir el ejercicio de la tolerancia intelectual- nos permite el relativo control de nuestras conjeturas y su validación. Si todavía entre nosotros es posible desplazar envidias e inquinas personales al terreno de las formulaciones académicas, ello sucede porque nuestras instituciones no son sólidas y fuertes, al estar subordinadas a intereses de castas o sectas. Discutamos y cuestionemos ideas e hipótesis, no a las personas.

Por otro lado, detectamos una doble confusión: la primera porque, al parecer, cuando Ballón habla de crítica en realidad se refiere a los estudios literarios, aspecto del que también hemos indicado las inconsistencias que acarrea; la segunda confusión, consecuencia de la primera, consiste en exigir a la actividad interpretativa de la crítica un manejo conceptual o teórico como si éste garantizara una perspectiva válida y científica.

Sobre este punto Walter Mignolo, entre otros estudiosos, ha distinguido claramente entre el acercamiento hermenéutico y el teórico, dejando explícito que: 

La crítica, en el sentido de descripción, interpretación y evaluación de obras literarias, se corresponde más con la comprensión hermenéutica que con la comprensión teórica. La modernidad, sin embargo, ha contribuido a confundir estos niveles. En la medida en que la lingüística y la semiología inyectan veleidades de racionalización en los estudios literarios, la primera consecuencia es vestir odres viejos con ropajes nuevos e intuir la posibilidad de una crítica científica y objetiva. Entiendo que ver las cosas de esta manera implica la contradicción de mantener la comprensión hermenéutica pero queriendo, al mismo tiempo, que sea también comprensión teórica. (Mignolo: 1986, 31-32)

Al parecer, para realizar una "buena", aceptable y sugerente crítica basta con ser un lector inteligente, acucioso y perspicaz, no se requiere de la teoría. En ese sentido, la función de la crítica es proponer un juicio valorativo que convoque y active la intersubjetividad de la comunidad de lectores, en beneficio de dicha obra, para su convalidación y conservación. Ello se aplica no sólo a aquella crítica práctica y breve de una reseña periodística sino que incluye hasta la persuasiva y extensa crítica de un ensayo. Por otro lado, sabemos que en este terreno hermenéutico ningún modelo teórico o metodología consistente que se pretenda aplicar garantiza una adecuada y válida interpretación.

No se puede confundir la crítica, actividad axiológica y valorativa, preocupada de juzgar y calificar una obra, con los estudios literarios, actividad cognoscitiva y descriptiva, interesada en precisar y explicar los funcionamientos textuales y las condiciones de su manifestación. En este error cae, en primer lugar y principalmente, Birger Angvik y ello es explicable porque como noruego asume el término crítica desde la tradición anglosajona en la que precisamente ambos niveles de la práctica se confunden. Lo lamentable es que Enrique Ballón caiga en la misma confusión y a pesar de ser peruano, es decir usuario del español como lengua materna, no se percate del uso incorrecto de dicho vocablo.

En lo señalado está el origen de la confusión entre crítica y estudios literarios en ambos trabajos. 

La labor del estudioso o investigador de la literatura en el ámbito académico no es juzgar o dar el orden de mérito de las obras literarias. Para decirlo con una analogía a la que siempre recurro: su trabajo se asemeja al del nutricionista, no al del cocinero; no pretende juzgar la sazón o el gusto del potaje, simplemente establece sus componentes nutritivos y las condiciones de su elaboración; su comprensión es teórica no hermenéutica. "La crítica no presupone necesariamente los principios generales de la comprensión teórica" (Mignolo: 1986, 53), entonces no se le puede exigir como pide Enrique Ballón: "control deductivo de su propio discurso".

Otro aspecto relacionado con el anterior que nos interesa precisar y que está vigente en el texto de Ballón, pero sobre todo en el de Birger Angvik, es el que hemos denominado el autoposicionamiento del discurso de la verdad. Hemos detectado esta postura intelectual entre los colegas de filosofía cuando incursionan en el terreno literario6, pero al parecer también se da entre los de la especialidad (¿se habrán contagiado?). Consiste básicamente en suponer que existe la "verdad" o la lectura verdadera de un texto o proceso y que se corresponde con su particular visión. 

En el noruego esta postura llega a ser patética porque, revestida de un supuesto discurso contestatario y mezclado con fraseología deconstructiva, sanciona sin empacho que los artículos críticos de Mario Vargas Llosa representan a La Crítica Peruana que da el canon oficial: "la crítica literaria peruana, representada en 1996 por Vargas Llosa, reproduce y recircula los esquemas metodológicos de principio de siglo" (p. 389). Los escritos ensayísticos o comentarios de obras del autor de La guerra del fin del mundo son básicamente textos hermenéuticos y crítica literaria práctica muy bien escrita pero desfasados y obsoletos si se los quiere ver desde el punto de vista teórico. En ellos se mezclan la propia "arte poética" del novelista con una interpretación romántica del hecho literario y juicios de valor antojadizos7 , su enfoque es esencialmente impresionista y biográfico. Su validez radica en que ofrecen la reflexión de un notable escritor, desde la propia vivencia o participación en el fenómeno literario8 , no pueden representar bajo ninguna óptica la vasta producción discursiva de los estudios literarios peruanos de las últimas tres décadas que simplemente Birger Angvik desconoce, obvia u olvida.

Ante tamaña arbitrariedad y reduccionismo autoritario, el que califique los estudios fragmentarios que conforman su libro como "una declaración de amor a la literatura peruana del siglo XX", no borra sus rasgos antojadizos y parciales. Tal vez cree que porque es extranjero debemos de creerle y, con la anuencia rara e incomprensible de una universidad tan seria como la Católica, se dedica a sancionar a la supuesta crítica literaria, a la que acusa de carecer de "responsabilidad científica en los estudios literarios", sin darse siquiera el trabajo de leer e investigar a los que titánicamente han producido valiosos estudios de nuestra literatura peruana.

Es fácil concentrarse en autores de inicios del siglo XX, alharaquear de que se incluyen pocas mujeres en el canon o sancionar que toda la crítica peruana se concentra en la biografía del autor para proponer como gran conclusión que:

La crítica académica peruana y, con pocas excepciones, la crítica de los periódicos y de las revistas literarias, trabajan para establecer [...] un canon que termina reflejando los deseos de la crítica [...] y se muestra inflexible y poco relativizante frente a la pluralidad y la polisemia de los lenguajes de la lengua peruana [sic] y de los lenguajes variados de los géneros literarios y de las estrategias literarias modernas, modernizadoras y contemporáneas. (Angvik: 1999, 388).

Es precisamente en este punto, cuando se habla en forma ligera y superficial de la crítica literaria peruana para referir a los estudios literarios nacionales, que nos damos cuenta que no se mencionan ni siquiera en la bibliografía los valiosos trabajos de Antonio González Montes, Yolanda Westphalen, Camilo Fernández Cozman, Santiago López Maguiña, Manuel Larrú y muchos otros, ni tampoco revistas tan importantes para la reflexión literaria como More Ferarum, Dedo Crítico, Ajos y Zafiros, etc. Descubrimos, así, que la "crítica del susto" no obedece a la maldad o maledicencia de Enrique Ballón o Birger Angvik sino a una tradición intelectual que se actualiza en su postura interpretativa, más allá de sus conciencias y buena voluntad: la tradición del "ninguneo". La abordaremos en la siguiente parte, al mismo tiempo que profundizamos en el libro de Angvik, gracias a cuya aparición podemos apreciar su lamentable vigencia. 

2.

Esta "crítica del susto" que hemos reseñado surge sobre la base de una matriz ideológica que pervive en nuestra tradición intelectual: el ninguneo. Abordemos por lo mismo este mal endémico de nuestra práctica cultural que lastra el proceso e impide el logro de una modernidad. ¿A qué denominamos la "tradición del ninguneo"? Intentemos una primera aproximación.

Algo que siempre me llamó poderosamente la atención en la lectura de ensayos críticos sobre humanidades y literatura de autores españoles, argentinos, mexicanos o brasileños fue la constante alusión y referencia a obras de escritores connacionales. Cualquier libro parecía conversar, polemizar o participar con otros de un ámbito académico e intelectual propio. Supuse que era consecuencia de la fortaleza y dimensión de lo cultural en áreas económicas más desarrolladas. 

En la medida en que amplié mi conocimiento del ambiente literario del país me di cuenta de que en el Perú dicha ausencia de actitud dialógica no obedecía a la supuesta pobre producción intelectual o al desconocimiento de lo escrito por otros, sino a una vieja postura mental que pervive a pesar de los años y que algunos todavía pretenden que represente a la totalidad de nuestro espacio cultural: la tradición del ninguneo.

Si esta creencia retrógrada pudiera verbalizar su propia actitud lo haría así: "nadie, salvo yo (es decir el usuario de esta postura intelectual) sabe algo sobre éste u otro tema; soy lo máximo, un genio, y los demás son ninguno, es decir nada, basura, cero. Por lo tanto, nadie sin mi autorización o consulta puede atreverse a abordar mi propiedad intelectual, y si lo hace es un incauto, peor si no cita mis insuperables libros o artículos".

Por supuesto que quienes piensan así no lo dicen. Por el contrario, dicen que aprecian y valoran los aportes, las ideas, las opiniones de los demás, pero no las consideran. Por ejemplo, Birger Angvik presenta su acercamiento a la literatura peruana como "una declaración de amor" y termina calificando los estudios literarios nacionales como dogmáticos, autoritarios, machistas y sexistas:

Los estudios literarios se presentan como una actividad natural en una serie de aproximaciones antiteóricas a la literatura peruana. (Angvik: 1999, 377) El discurso crítico peruano tiende a presentarse como monológico, normativo, autoritario, y dogmático. (Angvik: 1999, 378) Sin diálogo, sin aclaraciones previas, sin indicaciones de problemas, objetivos, teorías y métodos, sin indicaciones de acuerdos o discrepancias en temas teóricos y críticos, los supuestos teóricos que dirigen la actuación de la crítica sólo se dejan entrever de manera indirecta. Decir simplemente que se está hablando como crítico o como crítico académico parece constituir una respuesta suficiente a la responsabilidad científica en el campo de los estudios literarios. (Angvik: 1999, 379).

Uno podría suponer que quien sostiene tan radical opinión ha realizado una exhaustiva lectura de la crítica literaria peruana, pero no es así. El libro aborda de manera reiterativa pero superficial a los que considera son los padres simbólicos: Riva-Agüero, Gálvez, Sánchez y Mariátegui. Los acusa de positivistas y sentimentales:

Los padres de la crítica y de la historia literarias en el Perú han sido historiadores, sociólogos y políticos antes de ser críticos literarios. [...] literatura peruana se columpia en un vaivén constante determinado por posturas políticas bélicas o afectuosas más que por fundamentos teóricos, estéticos y literarios. (Angvik: 1999, 384).

Para Angvik nuestra realidad crítico-literaria es tierra baldía desde inicios del siglo XX hasta fines del mismo. Además de los padres simbólicos, menciona para refrendar esa visión a algunos autores como Flores Galindo, Loayza y Gutié-rrez que no son precisamente especialistas o investigadores literarios, sino narradores o historiadores. También alude a trabajos desconocidos, como el de María Carmen Ros Soriano, que arbitrariamente incluye como si fueran representativos de la comunidad académico-literaria del Perú. Culmina toda esta operación abusiva otorgándole a un novelista como Vargas Llosa el papel de figura central de la crítica nacional.

A la confusión entre crítica y estudios literarios, antes señalada, Birger Angvik agrega una interpretación mecánica del proceso de constitución de los estudios literarios en el país. Si bien es cierto los modernos estudios literarios se inician en la Europa occidental a inicios del siglo XX, con una crítica colectiva al positivismo y con la irrupción de diversas escuelas preocupadas de la forma o el lenguaje literario (formalismo, estilística, fenomenología, etc.), las cosas en el Perú ocurrieron de otro modo. 

En el Perú, la fundación de los modernos estudios literarios será tardía y obedecerá más a un gesto heroico e insular que institucional. Tiene un momento fundacional con el estudio de Estuardo Núñez sobre Eguren; una etapa de afirmación corporativa con los trabajos de Jorge Puccinelli, Luis Jaime Cisneros y Edmundo Bendezú; para lograr instalarse completamente recién con la obra de Alberto Escobar, a mediados de siglo. Modernidad crítica que, gracias al esfuerzo individual posterior de Antonio Cornejo Polar, Tomás Escajadillo, Desiderio Blanco, Raúl Bueno y Enrique Ballón, recién en la última década del siglo XX parece lograr configurar toda una escuela institucionalizada.

Ninguno de estos autores, ni sus trabajos más importantes, lamentablemente aparecen considerados en el libro del estudioso noruego. Sólo un regodearse con las figuras de los llamados padres simbólicos de la crítica peruana a quienes se sataniza y descalifica por preferir el realismo literario y rechazar las innovaciones vanguardistas y, sobre todo, por no reconocer ni analizar el lenguaje literario:

La ausencia de la forma es la característica más pronunciada de la crítica peruana. Los críticos parten de un miedo cerval frente a un mundo literario moderno desconocido -llamado de varias maneras peyorativas, "formalista", "vanguardista" o "experimental"- de la literatura moderna. Los críticos defienden la presencia de una literatura peruana sin forma y elevada al canon único. (Angvik: 1999, 21)

El estudio de Angvik resulta particularmente injusto con Mariátegui quien, a pesar de su concepción romántica y prelingüística del fenómeno literario, tenía una clara visión del gran papel de ruptura de la vanguardia, como lo demuestra su labor en la revista Amauta y sus comentarios sobre Joyce o Adán, entre otros trabajos. Esos autores profusamente aludidos por el noruego, a pesar de sus limitaciones y concepciones positivistas, son más que padres simbólicos: quienes marcan la ruptura y establecen un antecedente. Su conciencia preverbal del fenómeno literario, así como su positivismo, no restan mérito a su labor si la ubicamos en el contexto y frente a las tendencias que tuvieron que enfrentar. El investigador acucioso de nuestro proceso cultural y mental sabe el papel progresista y renovador del positivismo nacional, cuya importancia no se puede negar, por ello no le sorprende, por ejemplo, la persistencia del positivismo taineano en Sánchez.

Birger Angvik utiliza esta falta de conciencia en torno al lenguaje literario de los trabajos literarios premodernos en el Perú para sancionar y generalizar de manera arbitraria y abusiva: la ausencia de la forma da forma a la crítica literaria peruana que establece el canon o fija lo oficial. Alienta así, con fraseología postestructural, pseudo deconstructiva, una suerte de revolución imaginaria con la que se identifica y que él aspira a liderar. Por ello pasa por alto trabajos fundamentales sobre los autores que cita y sobre obras experimentales o vanguardistas, para generalizar a su antojo y desautorizar cualquier opinión que no sea la suya. Lamentablemente, él tampoco realiza un serio trabajo de análisis textual, así que su reclamo y pedido para que la crítica peruana se modernice empleando metodologías postestructurales aparece como mera pose o frase hueca. Por todo ello es un excelente ejemplo de esta tradición del ninguneo en nuestra práctica intelectual.

Podemos señalar ahora el principal error en el que cae este trabajo: su autoritarismo. Su exhortación al diálogo y a modernización en realidad encierra lo contrario. Niega cualquier interlocución porque desconoce la existencia de una comunidad académica literaria. Su postura, en realidad, pretende perennizar una matriz cultural caudillista y tutelada, al ubicarse como gran sancionador de la crítica literaria peruana. Pretende ocultar sus deficiencias y ligerezas con una fraseología que con la excusa de enfrentar el poder canónico (patriarcal, falocéntrico, logocéntrico, etc.), sólo busca invertir la supuesta jerarquía en su beneficio. De ahí que su lectura no sea efectivamente deconstructiva.

3.

Los estudios literarios peruanos, académicos y cognoscitivos, constituyen un campo disciplinar que, a pesar de su reciente formación, ha renovado sus métodos y enfoques analíticos (semiótica, pragmática, deconstrucción, estética de la recepción, etc.). Han analizado obras literarias audaces y exigentes como las de Churata, Adán, Oquendo y Amat, Westphalen, Moro, Eielson, Hinostroza, Watanabe, y muchos otros escritores de la vanguardia y postvanguardia nacional. Existe una comunidad académico literaria que publica permanentemente además de libros, en revistas académicas como Letras, Alma Máter, Escritura y Pensamiento, Logos Latinoamericano, etc. Sólo una postura antidemocrática y autoritaria cree que es posible una evaluación e interpretación de la crítica peruana desconociendo sus aportes.

Sabemos que el correlato práctico de esta creencia, lamentablemente afincada en más de un colega, a punto de conformar toda una tradición enraizada en el pasado, es el empobrecimiento del campo académico o intelectual, precisamente porque si se cree poseer la verdad ya no se la busca. Por lo tanto la investigación, el coloquio y la confrontación de ideas indispensables para legitimar y validar nuestras indagaciones devienen nulos. Además, la continuidad de esta visión implica en el espacio universitario que algunos seres humanos se crean semidioses o dioses a quienes se debe rendir pleitesía: se molestan si no se les llama doctor, a pesar de que lo son sin haber estudiado. Asimismo, son los primeros que suelen exigir o prohibir las cosas más absurdas, pues precisamente con mentalidad patriarcal piensan la cultura, el saber o a tal tema, autor o libro, como su patrimonio o propiedad. 

Son gamonales de la actividad intelectual: feroces, autoritarios y monológicos. Capaces de preguntar en sus exámenes a los estudiantes de cualquier asignatura o curso a su cargo siempre lo mismo: ¿qué digo sobre este tema? En tal artículo que escribí ¿cuál es la idea más brillante? ¿Por qué mi libro abre genialmente nuevos horizontes?, etc. A algunos sólo les falta el látigo. Aunque siempre se parecen en una cosa: denostan, agravian y minimizan nuestra realidad cultural y académica. Ellos miran como las divinidades hacia arriba: Estados Unidos o Europa. Algunos más pequeños miran hacia Lima y otros, ya enanos, a la Católica.

A contracorriente de lo que muchos todavía interesadamente creen o afirman la actividad cultural en el país se ha visto extrañamente incrementada a pesar de la crisis económica, la apertura hacia la globalización, el auge del neoliberalismo o el incremento de la violencia. Por encima del lógico aumento demográfico, percibimos una efervescencia en crecimiento en el terreno cultural y artístico que es digna de atención, aunque no es precisamente el tema que nos convoca en esta ocasión. Basta sólo señalar algunos datos que sirvan de indicadores para confirmar tal aseveración: el aumento de la actividad editorial en Lima y provincias, la mayor oferta de concursos y premios literarios, el incremento de la demanda de formación cultural y humanística, el desarrollo de nuevas estrategias de difusión de productos culturales y la mayor participación de las universidades o centros de enseñanza superior en labores de promoción cultural.

Todo ello, a pesar de la industria cultural y del predominio cada vez mayor de una oralidad de los medios de comunicación, nos presenta en el terreno de la producción intelectual o académica una etapa de transformaciones que más allá de los problemas que todavía subyacen habla a favor de una innegable ampliación del espacio cultural. Sin que signifique un regodearnos en nuestras limitaciones ni que no existan grandes tareas o retos por cumplir, simplemente incidimos en la necesidad de ver este proceso con ojos diferentes, como una fase de transición en la que hay que participar, más que caer en el fácil recurso de la sanción o la negación. 

En este contexto, como protagonistas de una especialidad humanística, nos cabe preguntar: ¿es la literatura una institución moderna?¿Qué futuro tiene la actividad literaria? ¿Cuáles son los cambios que se deben realizar en la formación académica literaria? Creemos que estas interrogantes sólo pueden ser resueltas con un serio proceso de diálogo y reflexión que involucre a toda nuestra comunidad. 

Pensamos que sólo si avanza nuestro entorno podremos avanzar nosotros mismos. Por ello, se justifica que nos formulemos estas cuestiones porque ahora que se habla de cambio o adaptación del Estado, la sociedad civil o la economía a las exigencias de una era tecnológica y globalizada, también conviene aplicar dicha especulación a la actividad literaria, entendida ésta en sus tres posibles acepciones: creación verbal, actividad cognoscitiva o institucionalidad literaria, como hemos precisado en más de una oportunidad.

Aunque es evidente que estas líneas se centran en el aspecto cognoscitivo, es necesario debatir también este punto en relación a las otras dos acepciones de la palabra literatura: en la creación verbal y en la institucionalidad social. Esperamos incitar con estas reflexiones un nuevo espíritu de cambio que modernice nuestra especialidad a fin de que se respete en ella los diferentes puntos de vista, se acepte la diferencia como un cualidad que nos permite avanzar.

Pero, sobre todo, que el importante cambio que en los métodos y enfoques que se han dado en nuestra disciplina humanística -el mismo que nos permite participar con voz propia en los debates científicos en torno a la nueva epistemología-, no sea tergiversado y usado en beneficio de una mentalidad tradicionalista y conservadora que niega derechos, libertad e individualidad a quienes no pertenecen a castas, clanes o panacas confesionales y dogmáticas.

El siglo XX puede verse como el agitado tránsito de una crítica impresionista y subjetiva o del gusto hacia otra sistemática y comprensiva, orientada y preocupada, más que en juzgar, en describir y proponer, es decir, la llamada crítica moderna o nueva. Nos negamos a que se tergiverse dicha postura, y a que con talante soberbio y menosprecio oligárquico, se haga de esta evidente ampliación del conocimiento un dogma o verdad absoluta, con el aparente respaldo de nombres extranjeros o metalenguas sacrosantas, convirtiendo dicha crítica en una "crítica del susto" o de la arrogancia y del abuso.

Habría que recordar a dichos supuestos sabios, que quien en verdad más investiga e indaga más problemas e interrogantes descubre, pues, la soberbia intelectual es la distinción del mediocre. O tal vez simplemente preguntar: ¿acaso toda actividad humana no está marcada por el error? ¿Quién les ha dado el don de lo infalible? Sin duda, hay que desterrar muchas actitudes impositivas y reconocer que siempre se puede decir algo diferente, sobre todo en el terreno de la palabra y las humanidades. Además, es indispensable resaltar que en el campo académico y cultural no se trata de saber más sino de ser mejor persona. La docencia no es un concurso de información o conocimiento, sino un compromiso práctico con seres humanos. La única sabiduría que cuenta en este ámbito es aquella que nos permite conocernos más entre nosotros.

Por ello, una de las primeras actitudes que precisamente hay que debatir es aquella que sobre la base de restar valor o importancia a prácticas culturales o artísticas que no comparten sus puntos de vista o criterios se apresura en desautorizar o negar. Es decir, a esta voluntad de subvalorar o menospreciar el trabajo o la producción de otros, escritores generalmente peruanos, colegas o escritores nacionales que son obviados, tergiversados o simplemente negados. Esta postura asume la cultura peruana o universal, la labor académica o intelectual sobre algún tema, autor u obra y la producción artístico literaria como un patrimonio personal indiscutible.

Para quienes conocemos el Perú y hemos recorrido gran parte de sus ciudades o universidades resulta claro que para los verdaderos estudiosos, investigadores, promotores y escritores de las diversas regiones del país este tipo de opiniones no detienen su labor y empeño. Los esfuerzos de publicación de Jaime Guzmán en Chimbote9 ; de difusión teórica de Milton Manayay, Marco Arnao y Elmer Llanos en Lambayeque; de David Elí Salazar en Cerro de Pasco; de promoción de Nicolás Matayoshi en Huancayo10 ; de taller creativo de Ricardo Huamán en Piura o de investigación académica de Willard Díaz en Arequipa11 -por citar sólo algunos nombres-, niegan enfáticamente el que se pueda asumir determinados temas, acciones o autores como propiedad de ciertos intelectuales. 

Resulta curiosa la facilidad con que se hace tabla rasa de lo existente, la rapidez para descalificar lo diferente y la premura para aceptar lo importado. Expresión suprema de dicha estructura mental la ofrecen ciertos colegas o estudiosos a quienes una estancia corta o prolongada en el extranjero, por razones académicas o no, los lleva a obviar de manera escandalosa en sus artículos o libros posteriores cualquier referencia bibliográfica a la producción nacional existente, la misma que además posee en muchos casos méritos más que suficientes. Corona su desarraigo esta vocación singular por citar las ediciones en inglés o francés de obras archiconocidas en nuestro ambiente en versiones españolas. Pareciera que las costumbres y normas académicas foráneas debieran ser conocidas por los lectores nacionales, los mismos que incluso ven negado el propio castellano peruano de la escritura académica ante las frecuentes citas en otros idiomas que quienes las emplean ni siquiera se preocupan en traducir.

Es probable que detrás de esas conductas se manifieste una tradición de pensamiento inclinada a negar en los demás el derecho a pensar o la libertad de crear cultura. Así como en el terreno económico o social apreciamos la persistente vigencia de una ideología que asume los privilegios del dinero, la casta o la clase como un derecho natural, en el terreno del conocimiento se cree que la verdad es propiedad privada y personal. De ahí la tendencia a desconocer el mérito de quienes no comparten dichos puntos de vista, la imaginaria identificación de grupos o partes en conflicto, la censura explícita y el permanente ninguneo; es decir, el convertir lo diferente en ninguno, en nada, en algo insignificante. Estamos decididamente en contra de tales actitudes.

Así como en política se inventan grupos o facciones, en el terreno cultural y artístico se dividen las opiniones y se las explican por sus adhesiones imaginarias. En el campo de la crítica se acusa de formar parte de la institución, lo académico, la universidad, la casta limeña, el sector criollo o de obedecer al designio de algún cerebro manipulador, de ser parte de la conspiración de ciertos escritores o intelectuales.

Estas líneas no pretenden defender una visión de la comunidad e institucionalidad académica y literaria ideal, plena, pura y sin contradicciones. Simplemente intentan despertar la atención y el interés hacia los problemas de las prácticas de convivencia e interacción. Descifrar la matriz que organiza tradiciones y costumbres monológicas, autoritarias y dogmáticas parece ser la indispensable tarea previa para lograr una cultura de diálogo, necesaria a su vez para fomentar y fortalecer la democracia. Entendiendo ésta no como la dictadura de la mayoría sino como el respeto irrestricto y la defensa permanente de la diferencia individual. Esperamos que este escrito haya contribuido en tal sentido, porque estamos convencidos de que el día en que en nuestro país se respeten las diferencias y sus aportes, se convertirá su aparente debilidad en una fortaleza inmensurable.

Finalmente, creemos que el conocimiento no hace diferencias geográficas, raciales, económicas, de clase o de género, en ese sentido es tan universal como lo puede ser el ser humano. Tampoco pensamos que la capacidad teórica o analítica, así como la artística o el talento literario, sea exclusivo de alguna nación o lengua. Pero el saber, en tanto conocimiento contextuado o intermediado por una comunidad, es decir, en tanto actividad comunicativa sostenida en una intersubjetividad histórica, depende no sólo de una intencionalidad. Es, por lo tanto, una praxis social con riesgo de padecer todas las limitaciones que la actividad humana históricamente ha revelado: asumirse infalible, ceder ante la fascinación totalitaria y autoritaria, propender al dogmatismo y a la intolerancia. 

La actitud intelectual que he intentado describir en estas líneas no creo que sea exclusiva de nuestra comunidad académica o intelectual, pero sí pienso ronda más frecuentemente en quienes como nosotros los docentes tenemos la responsabilidad ética de orientar a los jóvenes. Esencialmente por ello he estado, estoy y estaré siempre en contra de la "crítica del susto" y rechazo rotundamente la tradición intelectual del "ninguneo" que creemos responde a una matriz cultural más amplia arraigada en nuestra sociedad: la cultura del tutelaje o clientelaje que tanto en el terreno intelectual como en el político y social se traduce en cultos al caudillismo y defensas cerradas de intereses de sectas, clanes, grupos o panacas irreconciliables entre sí porque se asumen como las dueñas no sólo de la verdad sino del país, en desmedro de los hombres libres y críticos.

Muchos se impresionan con los apellidos extranjeros o compuestos y "ningunean" a quienes son simples peruanitos con nombres autóctonos. Es sobre la base de esta imposición postcolonial que la producción académica nacional no logra consolidarse institucionalmente, y es marginada y silenciada. Un estudioso nacional no debe estar ni sentirse obligado a escribir en inglés si desea participar en alguna instancia en el debate cultural o si busca apoyo financiero. Por ello, los principales responsables de esta situación, más que exhortar al diálogo, deben practicarlo. 

NOTAS

1 "Como subgénero del discurso global Crítica -cuya máxima expresión es la filosofía Kantiana-, la crítica literaria era el discurso que sometía a examen racional las tradiciones contenidas en las Poéticas."(Wahnón: 1991, 48)

2 Como hemos indicado en su oportunidad, en el Perú este proceso de institucionalización de los estudios literarios se inicia tardíamente, recién en la última década del siglo XX. (Cf. Huamán: 2001)

3 "Lo que en la tradición occidental se llama crítica literaria es un subconjunto de la crítica general que surge con Kant, pero orientada específicamente a negar la pertinencia de las poéticas neoclásicas para la comprensión de las obras literarias de la modernidad. Sin duda, los conceptos clásicos, básicamente retorizados y asumidos como modelos fijos, no servían para el desciframiento de los nuevos discursos literarios como la novela o la lírica. Una parte de esa crítica se incorpora como interpretación a la propia dimensión creativa y funda una tradición hermenéutica esencial para la circulación y difusión de los textos. Otra, a partir del siglo XX, se interroga sobre las condiciones que hacen posible el funcionamiento social de dichos discursos y se convierte en práctica cognoscitiva que intenta una comprensión teórica en relación con la actividad científica" ( Huamán: 2001, 43).

4 No se podría afirmar tan categóricamente que la supuesta Institución Literaria Peruana sea tan conservadora, reaccionaria y antipopular como el Estado Oligárquico, pero que Enrique Ballón Aguirre perteneció a ella está fuera de discusión. Como también lo está el hecho de que dos productos de sus científicos esfuerzos de investigación fueran seriamente cuestionados: las crónicas y el teatro completo de César Vallejo. Cf. Puccinelli (1987) y Podestá (1985, 1994).

5 Cf. DIAZ C., J.; FERNÁNDEZ, C.; GARCÍA-BEDOYA, C. y M.A. HUAMÁN. "El Perú crítico: utopía y realidad", Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, año XVI, N° 31-32, Lima, 1990.

6 Cf. "Un relato epistemológico sobre la aproximación entre literatura y filosofía: ¿Es la filosofía un género literario?", Logos Latinoamericano, N° 3, IIPPLA, UNMSM, 1998, pp. 193-212.

7 Ver al respecto: Camilo Fernández Cozman, "La utopía de Mario Vargas Llosa", Alma Máter, N° 13/14, pp. 112-117, Lima, UNMSM, 1997.

8 Basta percibir en sus trabajos más importantes, como los dedicados a Flaubert o Arguedas, la alternancia explicativa entre vida y obra para darnos cuenta de que no pueden ser calificados de estudios literarios o análisis de textos en el sentido académico del término.

9 Río Santa Editores ha logrado en Ancash lo que ninguna reforma educativa ha podido: difundir e incorporar en la formación de los escolares del departamento a los escritores de la región. El esfuerzo de Jaime Guzmán implicó no sólo la publicación de los libros sino el trabajo de visita, distribución y promoción a través conferencias, charlas y seminarios entre los profesores e intelectuales.

10 Entre las últimas actividades que impulsó Matayoshi, junto con Carolina del Campo, organizó el VII Encuentro de Escritores del Centro.

11 Willard Díaz y un grupo de jóvenes docentes de la Universidad de San Agustín impulsan la revista Apóstrofe, donde se difunden reflexiones críticas sobre la cultura desde posiciones postestructurales.


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