AUGUSTO SALAZAR BONDY Y LA REFORMA DE LA EDUCACIÓN

Por Walter Peñaloza Ramella



En cierto año de la década de los 50 se iniciaba en abril el año académico en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en la Facultad de Letras. Como profesor del Seminario de Teoría del Conocimiento me disponía a iniciar las clases que no eran de exposición por parte mía, sino de discusión y análisis que yo orientaba, discusión y análisis que los alumnos realizaban permanentemente. Como siempre, ese comienzo anual del Seminario me llenaba de expectativas. Una curiosidad íntima, no exenta de excitación, rondaba mi espíritu. ¿Quién sería el estudiante que destacara en el inter.-cambio de las ideas? ¿Y habría realmente un alumno que demostrara su vena filosófica? El Seminario era para alumnos avanzados. A lo largo de los años a veces el grupo de estudiantes que se había inscrito en el curso, aunque interesado y participante, no mostraba una figura que sobresaliese. En otras ocasiones surgía en el grupo un joven con aguda capacidad de reflexión y profundidad. Alumnos míos en diversos años fueron Li Carrillo, siempre serio y exacto en sus observaciones, contraído a los estudios de Filosofía; Luis Flores, con una mente alerta e incisiva, quien desgraciadamente falleciera más tarde en Bélgica por una trágica incidencia, que truncó su florecimiento en el ámbito filosófico; Javier Prado, inquieto y entusiasta, un enamorado de los antiguos griegos; Sixto García, muchacho retraído, pero brillante y con palabra exacta; y una muchacha cuyo nombre lamento haya escapado de mi memoria y que era realmente notable: viajó luego con una beca a Francia y allí he perdido su rastro.

El año de los 50 que he mencionado, en la primera clase habría siete u ocho alumnos. El tema por discutir fue planteándose y ya desde las primeras observaciones llamó mi atención un estudiante, muy joven, por lo perspicaz de sus intervenciones. Revelaba seguridad en lo que decía y, con modestia, hacía manifiesto lecturas bien comprendidas. Se llamaba Augusto Salazar y no presté en verdad atención a sus apellidos completos. Sólo después de unos dos meses vine a caer en cuenta que era hermano de Sebastián Salazar Bondy, de quien era yo amigo y a quien veía con frecuencia porque pertenecía a un círculo de poetas y artistas con los cuales me reunía en la Peña Pancho Fierro, de José María Arguedas y Celia Bustamante. Allí éramos habitúes, por supuesto Alicia Bustamante, hermana de Celia y, además de Sebastián, Javier Sologuren, Jorge Eduardo Eielson, Raúl Deustua y, a veces, Sérvulo Gutiérrez y un pianista cuyo nombre he olvidado y que más bien era concurrente del Negro Negro. .

Augusto y Sebastián eran físicamente muy diferentes. Sebastián, enjuto, pálido, con una nariz prominente; y Augusto, con una tez sonrosada y una contextura que ligeramente tendía a lo pícnico. Pero en sus expresiones había algo que los acercaba. Sebastián era alegremente mordaz y vitriólico respecto a cualquier obra que careciera de calidad; Augusto, muy medido, criticaba lo que juzgaba negativo con suave y casi imperceptible ironía, pero con absoluto respeto siempre.

Conforme el tema del Seminario se desarrolló en el año la figura de Augusto Salazar Bondy se destacó limpia y definitivamente. Fue el participante cuyas preguntas resultaban las más certeras y pertinentes, cuyas comentarios eran los más profundos e iluminadores. En la sala de la Facultad de Letras conversábamos los profesores de la especialidad de Filosofía y coincidíamos todos los que lo teníamos como estudiante en que Augusto era una promesa evidente en dicho campo.

Cuando el Seminario llegó a su término fue palmario que Augusto Salazar Bondy era merecedor de la máxima calificación, que, en efecto, recibió. No lo volví a ver, enfrascado como me encontraba en las tareas de dirección de la Escuela Normal Superior, de La Cantuta. Sabía naturalmente de sus éxitos y de su ulterior viaje a Francia, donde realizó estudios con su acostumbrado brillo. Por mi parte en el año 63 me radiqué en Alemania, en la ciudades de Bonn y Colonia, enviado como Embajador por el Presidente Belaúnde, cargo al que renuncié a fines de 1968, a raíz del golpe militar de ese año. Habiéndome pedido el Gobierno militar que me quedara pues estábamos en plena renegociación de nuestra deuda con Alemania, comuniqué que lo haría únicamente hasta concluir el acuerdo respectivo. Ello se culminó en marzo de 1979 y en el mes siguiente estuve de regreso en el Perú. Aquí Mario Samamé Boggio y los Rectores que dirigían el Consejo Nacional de la Universidad Peruana me incorporaron a dicho Consejo en el cargo de Director de Evaluación de Universidades.

A fines de ese año el doctor Emilio Barrantes, de quien era amigo desde años anteriores a mi estada fuera del Perú, me llamó por teléfono para preguntarme si accedería a formar parte de un grupo de personas que iban a reunirse para discutir la situación de la educación peruana. Ese tópico me había interesado siempre y respondí afirmativamente. La cita se realizó en un lugar que no puedo precisar hoy, pero no era ninguna dependencia oficial. Eran concurrentes, además de Emilio Barrantes, el Ministro de Educación, el General Arrisueño, algunos conocidos míos como Jorge Bravo Bresani y Emilio Romero, distinguidos profesores universitarios, y Leopoldo Chiappo y Ernesto Bacigalupo, que habían sido alumnos míos. Y allí se encontraba igualmente Augusto Salazar Bondy, con quien durante largos años no había estado en contacto y era a la sazón respetado profesor de San Marcos. Igualmente estaba Carlos Delgado, a quien no conocía, y de quien supe después era importante sociólogo.

La conversación en esta reunión fue prolongada. Por lo que pude colegir de sus intervenciones, Augusto, a quien había conocido concentrado en la filosofía, había derivado fuertemente, sin dejar sus preocupaciones en filosofía, hacia las consideraciones antropológicas e históricas en torno al Perú y, por ende, acerca de la educación que nuestro país requería. Sería mejor decir que precisamente era la reflexión filosófica la que lo había llevado a examinar la situación humana de nuestro país. Una situación similar a la mía que, durante mi involucramiento en la política, primero como estudiante en el FER de San Marcos, y después en la fundación del Partido Social Republicano, y en los largos años dedicados a la formación de los maestros, había adquirido, desde la filosofía, una visión del Perú próxima a la de Salazar y de todos los que ahí nos hallábamos. El espectáculo de la marginación en que las grandes mayorías del Perú vivían (y viven) era (y es, hoy agravada por la pobreza creciente) sublevante. Inmensos contingentes de niños y adolescentes, sin posibilidades materiales de un mínimo bienestar, estaban recibiendo, para escarnio, una “educación” de ínfima calidad. A su alcance estaban los peores planteles, con disponibilidades negativas, con muchos de sus docentes desinteresados, y recibían una mala instrucción, en la que brillaba por su ausencia todo hálito cultural. A modificar tales circunstancias habíamos luchado diez años en La Cantuta con el fin de lograr otro tipo de maestros y creemos que se obtuvo pléyades de jóvenes profesores para todas las ramas de magisterio con otro espíritu y con una fe militante en los poderes de la educación. Por cierto que esta educación sólo podía paliar lo negativo de la situación social y económica. Pero, por lo visto, se estaban dando en el Perú las condiciones para una alteración profunda de esa realidad social y económica.

Pensaba yo que existía entonces la posibilidad de alcanzar la integración de nuestro país, escindido en una minoría que poseía todos los recursos y la inmensa mayoría sumida en la desposesión de todo. En este punto tuve una discrepancia con Delgado, quien sostuvo que el Perú estaba integrado, pues la oligarquía había obtenido que los diversos estratos del país sirvieran a sus fines, y, en tal virtud, hasta los más deprivados vivían y actuaban de acuerdo a los propósitos del grupo dominante. Mi posición era que, como quiera que esto ocurriera, la realidad era que unas mayorías tenían, a su pesar, una forma diferente de existir, forma que los privaba de una serie de derechos, y en este sentido no se hallaban integrados a la nación. Quizás la discrepancia no era sino la clásica distinción entre un vaso a medias vacío y un vaso a medias lleno. Augusto intervino para indicar que todos estábamos de acuerdo en que había una situación social, económica y cultural que resultaba inadmisible y que también estábamos de acuerdo en que la educación debía hacer su parte en el proceso de modificación política, social y económica de tal situación.

Augusto participaba de la opinión de Delgado coincidiendo en que la dominación era el principio profundo explicatorio de la situación existente, dominación que venía de lo externo con las actitudes y las presiones de los países industrializados, dominación que luego se trasuntaba en lo interno con los grupos de poder que se ponían al servicio de los intereses externos y marginaban a las mayorías nacionales. Esta también era la posición del General Arrisueño y de Chiappo y de Bravo Bresani. Repito que tal vez era una diferencia de matiz. Yo creía en la marginación que los grupos dominantes hacían en el interior de nuestro país, y creía que en lo exterior, si bien existía dominación de parte de los países del Norte, lo importante era el espíritu de sumisión de nuestros grupos dirigentes. La prueba a mi modo de ver fue que el Gobierno de Velasco pudo, contra viento y marea, recuperar valioso patrimonio nacional que estaba en manos extranjeras. El espíritu de sumisión fue cambiado por un espíritu distinto. Años después el desarrollo impresionante de los llamados tigres asiáticos, que hacia los 70 se hallaban como nosotros en Latinoamérica, probó a mi juicio que la sumisión fue también sustituída por una actitud diferente.

Pero como decía Augusto lo decisivo en la conversación era que todos nos hallábamos acordes en que era necesario un cambio político, social y económico, y que la educación era coadyuvante para dicho cambio. Lo político ayudaba a la educación y viceversa. El General Arrisueño era hombre de decisiones rápidas y planteó inmediatamente la creación de una Comisión de Reforma de la Educación Peruana, bajo la presidencia de Emilio Barrantes y conformada por los allí presentes, a los que se añadirían algunos otros nombres. Solicitamos al Ministro que se pusieran algunos recursos humanos y otros, existentes en el Ministerio de Educación, a las órdenes de la Comisión y pedimos que no se produjeran interferencias de los funcionarios, porque conocíamos las tenden-cias de aquella burocracia ministerial. En efecto, días después se publicó la Resolución designatoria de la Comisión y se nos concedió un espacio en el edificio del Parque Universitario y apoyo con un pequeño grupo secretarial, que fue excelente y sumamente leal.

En las primeras reuniones de la Comisión Augusto propuso que, para iniciar los debates sobre puntos concretos, yo redactara un documento que delineara los problemas más saltantes en el sistema educativo. Pergeñé ese documento que se distribuyó a todos los miembros y que fue como una plataforma inicial de nuestros análisis. Se acordó que ese documento no se hiciera público y se mantuvo en reserva efectivamente casi por dos años. Después de eso, no sé cómo, e ignoro hasta hoy quién daría ese texto a Juan José Vega, entonces Rector de la Universidad Nacional de Educación, y el documento apareció incluído en un número de la Revista que dicha Universidad sacaba a luz. Para entonces en realidad no importaba, pues el proyecto de reforma de la educación se encontraba terminado.

Las reuniones de la Comisión fueron lo más informales que se pueda imaginar. No eran sesiones propiamente. Cada día nos congregábamos por largas horas, bajo la presidencia de Emilio Barrantes, pero no había apertura solemne ni lectura de actas, pues no había actas. Cada asunto que se planteaba daba lugar a conversaciones animadas, con un verdadero torbellino de ideas. No había votaciones. Los puntos en que nos hallábamos de acuerdo se daban por aprobados. Más adelante, conforme las decisiones se fueron estructurando y constituyendo un todo más orgánico, se designó un equipo que pudiera registrar el conjunto, el cual estuvo formado por César Picón, Luis Flores y Carlos Urrutia. Y llegó un momento en que la Comisión pidió y obtuvo autorización para crear subcomisiones para determinados tópicos, las que llegaron a ser numerosas.

En la Comisión todos participaron día a día con dedicación y entusiasmo. Augusto Salazar Bondy, Leopoldo Chiappo, Jorge Bravo Bresani y Emilio Barrantes fueron los que más enfatizaron la necesidad de que la educación se abriera a la comunidad, de que las escuelas recibieran a los padres de familia, de que tarea educativa principal era la concientización de los educandos. Recuerdo que Salazar Bondy propuso establecer una Educación Básica de nueve grados, a la que sugerí se agregara después un ciclo que preparara para el trabajo, dando a los alumnos una carrera corta. Ese ciclo tendría tres años y se ubicaría antes de las Universidades, cuyos centro tendrían el nombre de Escuelas Superiores de Educación Profesional. Sobre esa idea había venido yo rumiando desde hacía años, aunque en 1949 la había pensado como un ciclo pro-universitario. En el curso del tiempo comprendí que era importante para los alumnos, antes de ir a las instituciones universitarias, aprender a trabajar. La Secundaria era un largo período que formaba sólo personas inútiles, que nada sabían hacer. Y esa inutilidad tenía, paradójicamente, un premio, el posible acceso a la Universidad. La idea fue admitida en la Comisión y esto significó que la Educación Básica no podía ser una Primaria prolongada -como entonces la propiciaba la UNESCO- sino una fusión de la Primaria y la Secundaria. Creíamos que ello era enteramente posible si se eliminaba la frondosidad de contenidos informativos que la Secundaria entonces contenía. Además el ciclo ulterior de tres años, al lado de la carrera corta, debía comprender materias científicas y humanísticas que elevaran la formación de los educandos y les facilitaran el ingreso a las Universidades.

Posteriormente Carlos Castillo y yo propusimos que se creara como un nivel del nuevo sistema educativo lo que llamamos la Educación Inicial, de 0 a 6 años. Ese período, tal como los sicólogos y sociólogos lo habían establecido, es crucial en el desenvolvi-miento corporal y síquico de los niños y las carencias allí pueden crearles déficits graves y, a veces, irreversibles. En el Perú los estudios de Alarcón, Pollit, Rotondo, Montoya y el reciente, en 1970, de Martha Llanos -que leí en forma mimeográfica- resultaban contundentes. En nuestro país, de grandes mayorías empobrecidas y sin recursos, la educación de los niños no podía comenzar a los 7 años, como en Europa o en Estados Unidos, porque ya era demasiado tarde. Se imponía, por consiguiente, una educación mucho más temprana, a fin de impedir que la marginación y la ausencia de estímulos siguiera afectando gravemente a los niños. La Educación Inicial represwentaría una amalgama de nutrición, salud y educación. La proposición fue aceptaba con calor.

Importante preocupación de Augusto era la recuperación de los incontables adultos que nunca habían concurrido a una escuela o que habrían desertado de los centros educativos, en un proceso que en el Perú registraba desmesurados porcentajes. Sobre todo, los que permanecieron sin educación o salieron de las escuelas tempranamente fueron engrosando el terco nudo del analfabetismo que agobiaba y hasta hoy agobia a nuestro país. Augusto pensaba que debía lanzarse un programa de alfabetización, pero no al viejo estilo, que hacía o pretendía lograr que los analfabetos aprendieran a leer solamente. El nuevo programa debía partir de que los analfabetos comprendieran su situación, de que entendieran la necesidad de rescatar sus derechos, de que aprendieran un trabajo que les proporcionara capacidad de independencia. Con base en las ideas de Freire delineó un plan novedoso, al cual denominó ALFIN, que más adelante se implementó con gran éxito.    

Aquí quiero relatar un hecho singular. La idea de la ESEPs ya estaba incluída en el proyecto de reforma, y estaba claro que era un ciclo anterior a la Universidad, pero surgió una muy extensa discusión sobre su ubicación exacta. Augusto pensaba que el ciclo debía formar parte de las instituciones universitarias, aunque previo a los estudios propiamente universitarios. Yo sostenía que las ESEPs debían ser independientes de los planteles de Educación Básica y también independientes de las Universidades. Las vueltas en torno a este problema se prolongaron por muchas semanas, con argumentos diversos en uno y otro sentido. Los miembros de la Comisión se hallaban divididos y por primera -y única- vez no hubo consenso. En esas circunstancias debí viajar a México para visitar centros de formación de docentes. Augusto pidió a la Comisión que se suspendieran las conversaciones acerca de las ESEPs hasta que yo retornara del exterior, lo que fue sin duda un gentil planteamiento, claro indicio de su espíritu académico y humano.

A mi regreso el debate sobre las ESEPs se reasumió y también por única vez no se llegó a decisión alguna en el seno de la Comisión. Se convino entonces en que el problema fuera expuesto ante el Ministro de Educación y que éste, oyendo las razones de uno u otro lado, zanjara la divergencia. Así se hizo y el Ministro consideró que lo más conveniente era que las ESEPs fueran independientes de los colegios de Educación Básica y también de las Universidades. Fue el caso solitario en el que el Ministro de Educación intervino en el proceso de la reforma.

Cuando el proyecto estuvo concluído era indiscutiblemente muy distinto de cuanto había en materia de educación no sólo en América Latina sino en el mundo entero. Pero estábamos seguros de que era un proyecto bueno y viable, y, lo que era capital, un proyecto nacido de las circunstancias propias del Perú y diseñado para afrontar sus problemas específicos. La primera tarea era mostrar el proyecto a las autoridades del Ministerio de Educación y del gobierno. Augusto propuso que yo fuera el expositor. “Peñaloza -dijo- es como un roedor que va poco a poco socavando las resistencias y al final… , de pronto todos quedan convencidos”. La presentación se efectuó y en verdad que lo novedoso del proyecto causó real impacto. Entonces se decidió hacer la presentación pública en el teatro Pardo y Aliaga, del Ministerio de Educación, quedando otra vez encomendado de realizarla. Al día siguiente, el diario “La Prensa” anunció en un titular que “era la educación más extraña que se podía haber conocido” y dio inicio a una constante campaña de oposición.

El proyecto debidamente impreso fue distribuido en todo el país para recabar opiniones y sugerencias. La Comisión Central de Reforma había llegado a la culminación de sus labores. El Gobierno expidió una Resolución dando las gracias a sus miembros, cuyos nombres enumeró. Y ocurrió allí un error curioso. Los nombres de Augusto y mío fueron telescopiados y así resultó agradeciéndose a Augusto Peñaloza, lo cual, obviamente, llamó a sorpresa al verdadero Augusto Peñaloza, hijo del célebre diputado del mismo nombre. Tuvo naturalmente que publicarse una nueva Resolución rectifica-toria.

Se constituyó entonces, conforme a lo previsto, el Consejo Superior de Educación, cuyo Presidente fue Augusto Salazar Bondy. Emilio Barrantes fue nombrado para dirigir otra Comisión, dedicada a estudiar la situación del magisterio y proponer sus perspectivas futuras desde diversos ángulos y sus mejoras. Yo regresé a concentrarme en el Consejo Nacional de la Universidad Peruana, pero colaboré con la nueva Comisión del doctor Barrantes en el tomo relacionado con el posible nuevo Escalafón Magisterial.

Así las cosas Augusto me llamó a la Comisión Superior de Educación para el trabajo específico de dirigir la formulación de los programas para Educación Inicial, Educación Básica y las ESEPs y poco después fui incorporado como miembro de la Comisión. En el curso del tiempo aconteció algo imprevisto. Se había enviado a un grupo de profesores a la Universidad de Tallahassee, en Estados Unidos, por recomendación de González Moreyra, entonces en el INIDE -otra creación de la Reforma, y precisamente a iniciativa de Augusto- y a su retorno, González Moreyra con dichos profesores imprimió un sesgo radicalmente conductista a la capacitación de los docentes en el país. Yo estuve decididamente en contra de esa tendencia, porque resultaba contradictoria con el sentido de la Reforma. Nosotros propiciábamos la concientización, y el conductismo -que no cree en la conciencia- esgrimía el condicionamiento como medio para inculcar conductas verbales puramente externas. Para nosotros la educación era un proceso que iba de dentro de la persona hacia fuera y el conductismo cree en un adiestramiento que va de afuera hacia la persona. Para nosotros la cultura y sus valores era esencial en la educación, y para el conductismo -como bien lo señaló Skinner- los valores, la libertad y la autonomía carecían de significado. Entré así en abierta pugna con los diseminadores de la visión conductista, que por fortuna concitaba la resistencia de la mayor parte de los maestros en la república, pues los atosigaba con sus fórmulas estereotipadas

Augusto, en conocimiento de lo que sucedía, se mostraba preocupado. Cuando INIDE solicitó que un nuevo grupo fuera a Tallahassee, respondió tajantemente que no quería más conductistas y negó la autorización. En esos días Augusto ya se sentía mal. Poco después, seriamente enfermo, debió hospitalizarse, y no salió más del centro de salud. INIDE continuó con su prédica conductista, con la abierta oposición mía y de Omar Zilbert, distinguido maestro primario, que era miembro del Consejo Superior de Educación. Al poco tiempo Augusto lamentablemente falleció. En el Consejo se le rindió homenaje muy sentidamente, y a mi propuesta se acordó que INIDE llevara el nombre de Augusto Salaza Bondy, el muchacho brillante que hacía años había conocido en un aula sanmarquina.

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