Boletín de la Sociedad Peruana de Medicina Interna - Vol. 9 Nº 3 - 1996

HISTORIA

El descubrimiento de la Bartonella bacilliformis

Oscar Frisancho Velarde*

Departamento de enfermedades del Aparato Digestivo del Hospital Nacional "Edgardo Rebagliati Martins".

 

La muerte de Carrión (1885) impactó en la conciencia médica nacional, convirtiendo a la búsqueda del origen de la Verruga Peruana en una verdadera obsesión. Veinte años después, un joven apellidado Barton conseguía el objetivo.

Alberto Barton Thompson, el año de 1900, presentó su tesis de bachiller en medicina. En ese estudio, creyó haber aislado del bazo de 5 pacientes fallecidos con Fiebre de La Oroya, el germen causante de la Enfermedad de Carrión, pero en los años siguientes reconoció que se trataba de una bacteria del grupo "tifo-coli" (salmonella).

Manuel Tamayo, Ugo Biffi y Julio Gastiaburú, con estudios bacteriológicos, confirmaron que estos gérmenes "similtíficos" correspondían a infecciones intercurrentes, adquiridas en el transcurso de la Enfermedad de Carrión.

En 1905, luego de un postgrado en la Escuela de Medicina Tropical de Londres, Barton se dedicó a estudiar a la Verruga Peruana en el laboratorio del Hospital Guadalupe del Callao. Al evaluar láminas con extendidos de sangre periférica de dos de sus pacientes, le llamó la atención en los glóbulos rojos unas estructuras que semejaban bacilos; en la sesión conmemorativa del sacrificio de Carrión, el 5 de octubre de 1905, dio a conocer estos hallazgos en forma preliminar.

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Veinte años después de la muerte de Carrión (1905), alberto Barton THompson, en su laboratorio del Hospital Guadalupe del Callao, observando los glóbulos rojos de pacientes con la Enfermedad de Carrión, descubre el germen que la originaba, bautizado en su honor como BARTONELLA BACILLIFORMIS.

En 1909, en un trabajo publicado en La Crónica Médica, reportó el hallazgo de estos elementos, a los que denominó "elementos endoglobulares" o "elementos X".

En 1911, en un marino de origen alemán, observó la relación clínico-bacteriológica que existe entre la erupción de las verrugas y la desaparición de los "elementos X" de la sangre, anotando textualmente que "mientras la erupción aumenta, su sangre mejora".

El reporte trascendental de los "elementos endoglobulares" originó múltiples controversias, unos opinaron que se trataba de protozoarios, otros creyeron que eran productos de la degeneración celular.

La Universidad de Harvard se interesó por estos estudios. En 1913 envió a un grupo de investigadores dirigidos por el Dr. Richard F. Strong; ellos confirmaron la concepción de Barton, indicando que los "cuerpos endoglobulares" no correspondían a la degeneración celular, sino a microbios. Estas estructuras bacilares también las encontraron en las células endoteliales de ganglios, bazo e hígado.
Strong estaba convencido de que la Fiebre de La Oroya la originaba el germen descubierto por Barton; pero creía que la "Verruga" estaba asociada a un virus, que producía las "inclusiones celulares" que Mayer había descubierto en las lesiones verrucosas. Años después rectificó su tesis dualista.

En honor a Barton, el germen fue llamado Bartonia, pero el posterior descubrimiento de un grupo similar que atacaba animales obligó a crear un nuevo género, al que se denominó Bartonella.

Al género Bartonella pertenecían: la Bartonella bacilliformis de la Enfermedad de Carrión, la Bartonella canis de perros, la Bartonella muris de ratas y ratones y la Bartonella tyzzeri de los cobayos.

La tecnología actual la ha reclasificado en el subgrupo alfa-2 de las bacterias, clase Probacteria, con estrecha relación filogenética a la Rochalimae Quintana.

La década de 1920 a 1930 se caracterizó por los esfuerzos por aislar y cultivar a la Bartonella bacilliformis.

Hugo Vizcarra ha revisado el material científico del Dr. Barton (historias clínicas, apuntes y extensiones sanguíneas de pacientes con verruga), concluyendo que logró la reproducción de la Bartonella en medios de cultivo, no profundizando esta técnica a raíz de su abrupto alejamiento del Hospital Guadalupe.

Telémaco Battistini y Hideyo Noguchi en 1925, en el Instituto Rockefeller de Nueva York, cultivan a la Bartonella de la sangre de un paciente con Fiebre de La Oroya; poco después Noguchi aísla la bacteria de las lesiones verrucosas producidas experimentalmente en monos.
Oswaldo Hercelles y Luis Aldana, trabajando separadamente, también lograron aislar a la bacteria.

Esto permitió demostrar que la Bartonella bacilliformis es una bacteria cocobacilar, aeróbica, gramnegativa, intracelular, que se desarrolla a una temperatura óptima de 25 a 28 grados centígrados.

La transmisión de la enfermedad en animales de experimentación (monos Macacus rhesus) permitió cumplir con todos los postulados científicos de la bacteriología moderna.

Simón Pérez Alva, Ernst Nauck y D. Peters profundizaron el conocimiento de las propiedades morfológicas y biológicas de la Bartonella. Sus estudios en microscopia electrónica mostraron la presencia nítida de membranas y flagelos unipolares, lo que no dejaba duda alguna sobre la naturaleza bacteriana del germen.

Investigadores del Instituto de Medicina Tropical de Hamburgo (Nauck, Mayer, Rocha Lima, Werner, Kikuth) consiguieron la comprobación experimental de que la Fiebre de La Oroya y la Verruga Peruana son manifestaciones clínicas de la misma enfermedad, corroborando la tesis unitaria de la heroica autoexperiencia de Carrión.

Juan Takano, Manuel Cuadra, Sixto Recavarren y Hugo Lumbreras han analizado ultraestructuralmente a la Enfermedad de Carrión, demostrando que los gérmenes se sitúan dentro de los glóbulos rojos y no en su superficie, como sostenían Aldana y Wigand. En consecuencia la fase hemática es endoglobular.

El estudio de la fase histioide demostró que en las lesiones verrucosas de la piel se encuentran bartonelas, hallazgo que tiene gran significado para la comprensión de los fenómenos inmunopatológicos de este tipo de lesiones.

En 1913 el entomólogo norteamericano Charles T. Townsend descubrió el vector y, transmisor de la Bartonella bacilliformis. Este mosquito, conocido popularmente como "titira" en las zonas endémicas, fue clasificado originalmente con Phlebotomus verrucarum, hoy se le conoce como Lutzomyia verrucarum.

La Lutzomyia es un artrópodo propio de las quebradas occidentales de los Andes, de 500 a 3 mil msmn, en donde predominan el clima cálido y húmedo (región Yunga Marítima); en este aspecto destacan los estudios epidemiológicos de Arístides Herrer Alva.

Los estudios de Marshall Hertig en 1939 demostraron que solamente la hembra grávida de este insecto es hematófaga, los machos y las hembras juveniles son fitosuccívoros.

No se ha encontrado a la Bartonella bacilliformis libre en el medio ambiente, tampoco en algún reservorio animal; en otras palabras solamente pasa del medio interno del insecto al medio interno del hombre.

La Bartonella es introducida al ser humano a través de la picadura del vector, llega a las células del sistema reticuloendotelial donde se multiplica (período de incubación), para luego pasar a la sangre y penetrar en los hematíes. Estos hallazgos permitieron a Weiss proponer en 1926 la concepción patogénica de la enfermedad, estableciendo dos fases fundamentales, cada una de ellas caracterizada por etapas o períodos bien definidos.

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Ernesto Odriozola (1862-1921), ilustre clínico y maestro, autor de LA MALADIE DE CARRIÓN, publicada en París en 1898 y que permitió difundir mundialmente el aporte peruano sobre esta enfermedad (Foto de HISTORIA DE LA MEDICINA PERUANA de J.B. Lastres).

El interés que mostraron los biólogos, entomólogos y ecologistas permitió descubrir importantes aspectos relacionados con el ciclo evolutivo del vector, que mejoraron el conocimiento epidemiológico de la enfermedad.

Nuevas generaciones de médicos peruanos continuaron estudiando las múltiples facetas de esta enfermedad. Edmundo Escomel, Oswaldo Hercelles, Manuel Tamayo, Daniel Mackehenie y Pedro Weiss estudiaron las lesiones dérmicas, cuya proliferación angioblástica aún subyuga en nuestros días; de igual manera se ha precisado la reacción del sistema reticulo endoplásmico (RES), tanto en la fase hemática como en la fase histiode.

Javier Arias Stella y Violeta Seminario, en trabajos separados, han evaluado al verrucoma con técnicas de inmunohistoquímica.

García en estudios in vitro ha demostrado que la Bartonella bacilliformis produce un factor angiogénico que estimula la proliferación de las células endoteliales; Arias Stella y Uriel García refieren que la proliferación endotelial con neoformación vascular de la verruga, en algunas ocasiones se asemeja a la del Sarcoma de Kaposi o de algunos tumores reticuloendotelia les malignos.

Hercelles, Tamayo, Monge Medrano, Alberto Hurtado, julio Pons Muzzo, César Merino, Guzmán Barrón, César Reynafarje y José Ramos han precisado la fisiopatología de la anemia hemolítica producida por la Bartonella.

Carlos Krumdieck, E. Payne, Oscar Urteaga, Manuel Cuadra y von Reinhard Wigand son pioneros en los trabajos de terapéutica con antibióticos para vencer los altos índices de mortalidad, que en la era preantibiótica alcanzaba entre 75 a 95%.

Pedro Weiss en 1926 llamó la atención sobre el estado de "anergia" o depresión inmunitaria que presentaban los pacientes en la fase aguda de la enfermedad. Raúl Patrucco con métodos más modernos ha confirmado esta alteración transitoria de la inmunidad humoral y célular.

Aldana en 1949 y Cuadra en 1954 ampliaron los estudios sobre las infecciones secundarias o intercurrentes, especialmente con bacterias del tipo Salmonella, que se presentan por el estado de depresión inmunológica.

Las manifestaciones clínicas de la enfermedad, estudiadas por primera vez sobre bases anatomapatológicas, por Ernesto Odriozola en 1898, continúan apasionando a los infectólogos nacionales. Últimamente, Ciro Maguiña Vargas ha dado a conocer nuevas e interesantes facetas de la enfermedad y Luis Solano ha demostrado la utilidad de las técnicas de aglutinación para la detección de los anticuerpos antibartonella, en el manejo clínico y terapéutico.

No es nuestra intención abarcar toda la producción nacional en relación a este tema, sino demostrar los amplios horizontes que abrió el sacrificio de Carrión a la ciencia médica peruana. El mejor homenaje, en el centenario de su muerte, es ofrecido por los investigadores, que continúan entregando sus mejores energías, estudiando la enfermedad que lo obsesionó en vida.

 

 

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