Rev. Per. Neurol.            Vol. 7 •  Nº 1-2  •   2001

 

EDITORIAL

Sin duda que los problemas morales todavía abundan en la práctica médica. Y debe preocuparnos que en nuestro trabajo práctico los neurólogos tenemos que afrontar serios dilemas de índole moral que muchas veces trascienden el ámbito de la atención especializada altamente tecnificada, para abarcar la labor más rutinaria de los pacientes con problemas que no requieren de aquel tipo de atención.

Son, por ejemplo, problemas de alta complejidad, con aspectos éticos igualmente complejos: el diagnóstico de muerte cerebral, la donación de órganos de recién nacidos anencefálicos, el trasplante de tejido fetal, la suspensión y terminación del tratamiento en pacientes con enfermedad neuromuscular terminal, en estado de coma profundo o vegetativo persistente, en enfermos con demencia; si se deben tratar o no enfermedades neurológicas irreversibles en recién nacidos y en pacientes con SIDA; el diagnóstico genético o por marcadores de enfermedades cerebrales incurables.

Sin embargo, estos no son los problemas más serios que en el terreno de la ética tienen que afrontar los neurólogos. También hay problemas morales en la práctica más rutinaria en los servicios de neurología, que muchas veces pasan desapercibidos o son atribuidas a circunstancias que por lo general nunca se especifican; como son: el problema del diagnóstico tardío, que bien podemos asociar a la ausencia de sistematización en los servicios médicos, al escaso tiempo dedicado al paciente, la falta de instrumental de diagnóstico; el elevado y a veces excesivo costo del diagnóstico y el tratamiento, la falta de medicamentos apropiados, el maltrato al paciente y su familia.

Una cuestión que por su apariencia puramente científica no ha sido valorada respecto de sus implicancias morales es el uso de algunos modelos teóricos que usamos sin poner mayores reparos en cuanto a sus consecuencias sobre la vida de las personas. Aceptamos la teoría y la aplicamos con cierto candor, seguros de que cualquier decisión que se tome a base de ella, es seguramente neutra e incapaz de hacer daño. Sin embargo, muchas veces hemos aplicado procedimientos diagnósticos o hemos aplicado tal o cual tratamiento sin tomar en cuentas sus riesgos, por el solo hecho de tener una teoría supuestamente válida que la sustenta. Tal es el caso del supuesto deterioro normal por la edad que ha justificado el trato discriminatorio que todavía se brinda a los ancianos.

Por otro lado, aún no hemos evaluado los aspectos morales de la docencia de nuestra especialidad, tanto en el nivel del pregrado como del postgrado. Habrá que juzgar seriamente los efectos de la reducción del tiempo dedicado a los estudiantes, la reducción de los contenidos o la insuficiencia de los mismos que se ofrece en el postgrado, la falta de vigilancia y asesoría de los médicos residentes en los servicios donde se pretende formarlos.

El problema fundamental frente a la diversidad de variaciones no morales de la conducta de los médicos - en este caso de los neurólogos - es que, al parecer, no nos hemos hecho las preguntas más apropiadas. Por ejemplo, deberíamos tener una explicación sobre por qué, a pesar de la existencia de los códigos morales, de la vigencia de los principios morales sustentados por la bioética, de la enseñanza de los valores, por qué se siguen realizando formas de atención médica que en todo sentido niegan la existencia de tales códigos, principios o valores. La pregunta que deberíamos hacernos es, entonces, qué es lo que determina la persistencia de ciertos patrones de inmoralidad que, por lo menos en teoría, debieron haber sido superados en los más de dos mil años de vigencia que tiene la ética en nuestra cultura occidental.

Haríamos bien los neurólogos en reflexionar no sólo sobre nuestra propia escala de motivos y valores, sino básicamente sobre las condiciones que determinan la conciencia moral de las personas, las que sin duda alguna son de naturaleza social. La neurología clínica tiene entre sus objetivos la atención de las enfermedades del órgano que determina la esencia social de cada uno de los hombres. Esta circunstancia nos ubica en una situación de privilegio para comprender y explicar la naturaleza de la conciencia, y el papel de la conciencia como estructura que determina, a su vez, la constitución moral de la personalidad y de su conducta. Esto significa que no es cuestión de decir, sobre la base del sentido común, que los actos humanos son morales por el simple hecho de que podemos darnos cuenta de nosotros mismos: cuando, para decirlo en forma directa, nuestro trabajo y todo lo que hagamos con las demás personas, y más todavía cuando la vida de éstas depende de nuestras decisiones médicas, en real¡dad, refleja la estructura moral de la sociedad donde hemos nacido y nos hemos formado.

El problema consiste, entonces, en diseñar estrategias de moralización que empiecen por la transformación moral de cada persona, aún en contra o a pesar de las circunstancias en que podamos vivir. Pero el reto es inmensamente mayor: consiste en la moralización de nuestras instituciones, de los órganos de gobierno, del estado. La mayor aspiración de los neurólogos bien podría ser la explicación de los procesos por los cuales el cerebro, en tanto soporte de la conciencia, se organiza desde la sociedad, no sólo copiando o imitando la conducta de los demás, sino juzgando y valorando todas las formas de actuación de los demás, para superar todas las formas de conducta no moral, teniendo en cuenta que la humanidad, a través de sus más eximios voceros, hace ya buen tiempo que ya desarrolló el modelo de la sociedad ideal del futuro: será una sociedad organizada moralmente en toda su integridad, basada en los principios éticos universales de justicia, libertad y solidaridad. De este modo, la plena realización de estos principios sociales en la conciencia de cada personalidad, determinará que éstas actúen con toda integridad, honestidad y dignidad. Lo bueno será entonces que haya una perfecta coherencia y consecuencia de estos principios éticos personales, con aquellos principios éticos convertidos en atributos de la sociedad. Alcanzar la utopía ética será, o deberá ser, el compromiso de quienes tienen en sus manos la atención de los problemas de salud más nítidamente humanos: aquellos que afectan nuestra conciencia individual.

Pedro Ortíz C
Ex presidente de la Sociedad Peruana de Psiquiatría, Neurología y Neurocirugía

 


back.gif (71 bytes) Regresar