Rev. Per. Neurol.    -  Vol 2   Nº 2-3     1996


LA ENFERMEDAD EPILÉPTICA DEL PINTOR VAN GOGH

Dr. F. Morante Goachet (*)


RESUMEN

Se hace un detenido estudio de la copiosa correspondencia que tuvo este pintor durante años con su hermano Theo y a través de ella se trata de establecer que Van Gogh sufría de ataques de epilepsia del lóbulo temporal caracterizados por alucinaciones y episodios de agitación confusional que se agravaron con los años y lo condujeron a la decadencia epileptogénica de la existencia, cuyo prototipo es SMERDIAKOV, lo que lo convirtió en una de las personas psicóticas más peligrosas, atentando contra los demás y su propia persona hasta ocasionarse la muerte.

PALABRAS CLAVE: Epilepsia del lóbulo temporal. Van Gogh. Psicosis epiléptica. Suicidio.


NEUROLOGIA 1990; 2(2, 3): 80-99


Quien ha tenido la oportunidad de leer las biografías de algunos pintores célebres, tendrá que reconocer que Van Gogh desde los primeros años de su vida muestra un comportamiento que no puede ser considerado como de un niño normal y siguiendo su trayectoria, se puede apreciar que esta anormalidad se refleja en todos sus actos y lo conduce a situaciones principalmente conflictivas que lo obligan a vivir sólo la mayor parte de su existencia.

Nació el día 30 de Marzo de 1853 en el pequeño pueblo campesino holandés Groot Zundert, cerca de la ciudad de Breda y la frontera belga; su padre Theodorus era un pastor protestante y su madre Anna Cornelia Carbentus pintora de acuarelas, siendo Vincent el mayor de sus seis hijos. El año 1857 nace Theodorus, llamado siempre Theo, el segundo hermano de Vincent y que más tarde se convertiría en su compañero inseparable que lo apoyaría moral y económicamente durante toda su vida. Ambos, a decir del pintor, eran de temperamento nervioso, como muchos miembros de su familia, y tenían una tía materna que sufría de epilepsia. Sin embargo, el carácter de Vincent difería en algo del de su hermano por su rebeldía, su aislamiento, su tendencia a apartarse de los demás, no compartía el juego con los otros niños, no se preocupaba mayormente por su persona y parecía sentirse bien en la tranquilidad del campo y la vegetación.

A la edad de 9 años comienza a hacer sus primeros dibujos, y es a partir de entonces que se conocen sus primeras creaciones, interesándose también por la lectura, en la que pasaba las horas con una pasmosa tranquilidad, sobre todo leyendo los libros de teología que su padre poseía como pastor.

Es así como el 1° de Octubre de 1864 Vincent abandona Zundert para ingresar a un internado. Sus padres esperan que el contacto con otros muchachos lo saque de su aislamiento, pero él continúa sumergido en lecturas filosóficas y teológicas.

El año 1865 Vincent ingresa en la institución de M. Provily en Zavenberg, un colegio alejado de su hogar, donde permanece internado, pero cuando tiene que regresar a su aldea por las vacaciones, evita la presencia de la gente y se pasa los días errando por los campos y coleccionando insectos.

Su hermana Elisabeth lo describe por aquella época como «un muchacho alto, algo encorvado debido a la mala costumbre de inclinar la cabeza hacia el suelo, sus cabellos rubios siempre los lleva cortados al rape, bajo un sombrero de paja, que sombrea su raro rostro que no parece el de un muchacho, de arrugada frente, de grandes proporciones, bajo la cual las fruncidas cejas parecen defender sus ojos pequeños y hundidos, que tan pronto parecen azules como verdes, según las impresiones que le dominan; más a pesar de su aspecto tan feo y torpe, hay algo en él que demuestra una fuerte vida interior» (1,2).

Van Gogh estudiante, en 1866


El año 1869 su tío Cent le consigue trabajo en la Galeria Goupil y Cía. de París, en la Haya, una firma dedicada a la compra-venta de objetos de arte, para lo cual sus padres aprovechan las relaciones que tiene su tío como comerciante en cuadros. Aquí quedan muy contentos de los servicios de Vincent y lo trasladan a la sucursal de Bruselas. El año 1873 comienza la larga correspondencia con su hermano Theo que duraría hasta su muerte.

Este mismo año es enviado a la sucursal de Goupil en Londres. A su hermano Theo le escribe que el arte inglés no le atraía mucho al principio, hay que acostumbrarse a él, destacando que allí hay pintores hábiles y menciona los nombres de algunos de ellos, por lo menos una lista de los que más le han impresionado. También describe a su hermano en sus cartas con gran lujo de detalles algunos de los cuadros que ha visto y su similitud con lugares, donde había estado antes, como una expresión de lo «ya visto o vivido», a lo que se agrega como particular el énfasis que pone en el pequeño detalle, y como siempre, se le representan estas imágenes con los colores preferidos por él en sus pinturas como el amarillo, verde, rojo y azul. También manifiesta a su hermano Theo el gusto que siente porque éste se interese por el arte y agrega que «encuentre bello todo lo que pueda, la mayoría no encuentra nada lo suficientemente bello».

Estando en Londres, decide cambiar de hospedaje y se traslada a otro, propiedad de una dama de origen francés, la cual tiene una hija llamada Ursula Loyer, de quien se enamora profundamente y no tarda en pedirla en matrimonio, pero es rechazado por ella porque ya tiene novio (1, 2, 3, 4, 5, 6). Este primer fracaso amoroso, cuando sólo tiene 21 años de edad, le produce una profunda decepción y nuevamente comienza con sus lecturas de libros de teología, entregándose a un fervor religioso que se profundiza cada día más, descuidando su trabajo, razón por la cual sus patronos lo envían a la sucursal de París el 15 de Marzo de 1875, pensando que el cambio podría ayudarle. Pero el continúa con la lectura de la Biblia, los oficios religiosos y el sufrimiento, motivo por el cual es despedido (7).

En una carta dirigida a su hermano Theo desde París el 6 de Julio de 1875, le cuenta que ha alquilado una pequeña habitación en Montmartre, donde a él también le gustaría estar. Le indica que es pequeña, pero que mira a un jardincito tapizado de hiedra y de viña. A reglón seguido le da la relación de cuadros que ha colgado en la pared, entre ellos uno de Rembrandt La lectura de la Biblia (una gran habitación al estilo de la vieja Holanda, al anochecer; una vela sobre la mesa, donde la joven madre sentada cerca de la cuna de su niño lee la Biblia; una anciana sentada escucha, es algo que hace pensar: «En verdad os lo digo, allí donde dos o tres personas se reúnen en mi nombre, estoy entre ellas» (6). Es posible que aquí se identifique con el recuerdo de su madre leyéndole la Biblia.

Este año son pocas las cartas que escribe a su hermano Theo. En Diciembre, sin comunicárselo a nadie, abandona París y viaja a Holanda. Aquí vive profundamente sus ideas religiosas, con grandes sacrificios, que en algún momento lo llegan a angustiar y deprimir, cuando escribe a Theo el 18 de Agosto de 1877 «Me había levantado temprano y vi los obreros que llegaban a la obra con un sol magnífico. Te habría gustado ver el aspecto particular de ese río de personajes negros, grandes y pequeños, primero en la calle estrecha, donde había un poco de sol, y luego en la obra. Después desayuné un trozo de pan seco y un vaso de cerveza; es lo que Dickens recomienda a los que están a punto de suicidarse, como particularmente indicado para alejarlos de su proyecto todavía un tiempo. Y aunque no se esté del todo en la disposición de espíritu, es bueno hacerlo de tiempo en tiempo, pensando en el cuadro de Rembrandt Los peregrinos de Emaús. «Aquí hay una patente revelación de la situación económica que vivía en aquel entonces así como su estado anímico. De la misma manera se manifiesta, cuando en otra carta del 9 de Enero de 1878 le cuenta a su hermano Theo que su tío Cornelius-Marinus le pregunta si una mujer o una joven que fuese bella no le gustaría, pero le dice que se sentiría y se entendería mejor con una que fuese fea o vieja, o pobre, o desgraciada por una u otra razón, pero que hubiese adquirido inteligencia y un alma por la experiencia de la vida y las desdichas y penas (6). Esta es otra revelación de su manera de pensar y actuar que años después va a poner en práctica al vivir en el bajo mundo entre meretrices, pretendiendo inclusive desposar a una de ellas.

Van Gogh empleado, en 1871


Mientras tanto su fe religiosa se acrecienta cada día más y convence a su familia para costearle los estudios de teología en Amsterdam. Es así como comenta en otra carta a su hermano Theo, fechada el 3 de Abril de 1878: «Había un hombre que un día entró en una iglesia y preguntó: «¿Es posible que mi fervor me haya engañado, que haya tomado el mal camino y que siga mal? ¡Ay de mí! Si me librara de esta incertidumbre y si pudiera tener la firme convicción de que terminaré por tener éxito y vencer». Y una voz entonces le contesta: «Y si tuvieras la certidumbre, ¿qué harías? Haz como si estuvieras seguro y no serás confundido». El hombre entonces continuó su camino, ya no crédulo sino creyente, y continuó la obra sin dudar ni vacilar más». Poco después continúa en la misma carta: «En lo que me concierne, debo tornarme un buen predicador; que tengo algo bueno que decir y que puedo ser útil en el mundo, y tal vez me convendría conocer un período de preparación relativamente largo que quedará sólidamente confirmado en una firme convicción antes de ser llamado a hablar a otros.... »(6).

Después de fracasar en sus estudios de teología en Amsterdam por ser un mal estudiante y estar en desacuerdo con sus profesores en lo que respecta a las doctrinas religiosas, el Comité evangelizador le juzga inepto para trabajar como misionero. Decide hacer su apostolado por su cuenta. Escoge para hacerlo la región más miserable de Bélgica, Paturages (2, 5, 6). Otra carta también demuestra su estado melancólico-depresivo, cuando le dice a su hermano Theo, refiriéndose a unos grabados titulados La vida de un caballo, «Es una escena triste y profundamente melancólica y debe impresionar a todos los que saben y sienten que un día también nosotros deberemos pasar por lo que se llama la muerte y «que el fin de la vida humana son las lágrimas o los cabellos blancos». Lo que hay más allá es un gran misterio que Dios solamente conoce, que nos ha revelado de un modo irrefutable en su palabra, que hay una resurrección de los muertos». Aquí también hace mención a su hermano de un dibujo hecho por él en la mina de carbón; ya anteriormente le había enviado otros dibujos; siempre le muestra interés en sus cartas por las pinturas y le describe las que más le han impresionado en las galerías que ha visitado en los diferentes lugares de su hasta ahora largo peregrinar.

Su paso por Paturages es sin duda alguna la experiencia más dura que tiene que vivir Vincent. Aquí se entrega con su religión a servir a todos los mineros, compartiendo a veces con ellos su propia vestimenta, para después cubrirse con harapos y finalmente pasar hambre. Esto despierta la desconfianza de los aldeanos, que no entienden sus actos. Durante este tiempo Vincent había hecho muchos dibujos de este lugar, intentando demostrar la pobreza que le rodea. Es así como desilusionado por su fracaso decide escribirle a su hermano Theo, lo que no había hecho por nueve meses, la carta fechada el 18 de julio de 1880, que es importante porque muestra el estado depresivo permanente que vive en aquel entonces, se siente un fracasado que no puede salir adelante y trata de hacerle comprender ésto a su hermano, quien le ayuda económicamente; le confiesa que es un hombre de pasiones, de lo cual se arrepiente a medias. Se da cuenta que habla y actúa con demasiada precipitación, cuando sería mejor esperar con más paciencia. «Ahora ¿qué hay que hacer? ¿Debo considerarme como un hombre peligroso e incapaz de cualquier cosa? No lo creo. Pero se trata de sacar por todos los medios de estas pasiones un buen partido. Por ejemplo, para mencionar una pasión entre otras, tengo una pasión más o menos irresistible por los libros y tengo necesidad de comer mi pan. Tu podrías comprender ésto. Cuando estaba en otro ambiente de cuadros y de cosas de arte, tú sabes bien que sentí entonces por ese ambiente una violenta pasión que iba hasta el entusiasmo y no me arrepiento, y todavía ahora, lejos del país, siento a menudo la morriña por el país de los cuadros». Esta carta, la más extensa de todas las que ha escrito a su hermano Theo y de la cual he tomado sólo unos fragmentos, sirvió para reconciliarse con éste y conseguir de él la ayuda para esta nueva etapa de su vida que piensa emprender, abandonar o dejar de lado sus profundas ideas religiosas para entregarse plenamente a la pintura.

No es posible opinar sobre todo lo que se ha escrito de este pintor, porque no podemos tomar como ciertas las opiniones casi siempre imaginativas de los escritores. Quien pretende tener una idea de su tenebrosa y agitada vida relatada en el curso de los años de su puño y letra, tiene que recurrir forzosamente a leer la frondosa correspondencia que mantuvo con su hermano Theo desde el año 1873 hasta poco antes de su muerte el año 1890. Estas cartas, por demás interesantes y significativas, son de por sí suficientes como para hacer un diagnóstico presuntivo de la discutida enfermedad que afectaba a Van Gogh, sólo su lectura en forma meditativa y cuidadosa puede llevarnos a un diagnóstico clínico casi seguro de la misma, como cuando uno puede leer una historia clínica bien hecha y emitir una opinión. Es lamentable que aquí no pueda reproducir íntegramente el texto de cada una de sus cartas, pero en la medida de lo posible tendré que mencionar mas adelante fragmentos de las mismas de acuerdo a la importancia para el tema que me ocupa.

En Septiembre de 1881, desde Etten, a donde había viajado para estar con sus padres, que se encontraban en ese lugar, le escribe una carta a su hermano Theo, en la cual le cuenta que se ha enamorado de K, que es la letra que emplea para no mencionar el nombre de su prima, que es viuda y tiene un niño, razón por la cual rechaza los requerimientos amorosos de Vincent, respondiendo «que su pasado y su porvenir permanecerían inseparables para ella y jamás podría corresponder a sus sentimientos». Sin embargo, a pesar de esta negativa él insiste tercamente sin resultado, lo cual determina un rompimiento con su familia a causa de esta obsesión amorosa, motivo por el cual retorna a La Haya. Este constituye el segundo fracaso amoroso que tiene que enfrentar en su vida y que aparentemente le deja una profunda decepción que se va a reflejar más adelante en otras cartas dirigidas a su hermano Theo.

Es importante señalar las frecuentes crisis explosivas que sufría y comentaba a su hermano, preocupado de no poder contenerse, lo cual había creado una atmósfera desfavorable para él entre pintores y personas que lo conocían, que le decían «el loco». Estas crisis van a continuar presentándosele hasta su muerte. De estos arrebatos encontramos uno más en su carta del 7 de Enero de 1882, cuando le cuenta a su hermano las dificultades que ha tenido de hacer sus pinturas al carbón y a la tiza, al pincel y al difuminado, dice «fui paciente y ésto no pareció ayudarme en nada; entonces me volví a veces impaciente hasta el punto de pisotear mi carbón y de perder todo el valor» (6). En otra carta del mes de Abril del mismo año y refiriéndose a las expresiones de otro pintor en alusión a su persona, le dice «sin embargo, tengo oídos para oír, Theo; cuando me dicen «tiene Ud. mal carácter» ¿qué debo hacer?». Aquí se refiere a su amigo pintor Mauve que el cree que sospecha de sus amoríos con una mujer llamada Christine, la que él llama por abreviación «Sien» y prefiere enterar de ésto a su hermano, cuando le dice «Y bien, señores, os lo voy a decir, a vosotros que os atenéis a las formas y a la civilización, y merecidamente, pero a condición de que seáis sinceros: ¿Qué es más civilizado, más delicado, más viril: abandonar a una mujer o apiadarse de una abandonada?.

Este invierno he encontrado una mujer encinta, abandonada por el hombre, de quien lleva el niño en su cuerpo. Una mujer encinta que, en invierno, erraba por las calles, que debía ganar su pan, tú sabes de qué manera. Yo he tomado a esa mujer como modelo y he trabajado con ella todo el invierno.

No he podido pagarle el salario completo de una modelo; ésto no impide que le haya pagado sus horas de pose, y gracias a Dios, haya podido salvarla, a ella y a su niño, del hambre y del frío, compartiendo con ella mi propio pan. Cuando encontré a esta mujer, quedé impresionado por su aspecto de enferma....» Más adelante agrega: «Creo que es tan simple y tan evidente lo que he hecho, que había creído poder guardarlo para mí. Posar le era difícil, sin embargo, lo ha aprendido, y yo he hecho progresos en mí dibujo, porque tenía un buen modelo. Esta mujer está ahora apegada a mí como una paloma desamparada; en cuanto a mí, no puedo casarme más que una sola vez. ¿Y qué mejor ocasión que hacerlo con ella? puesto que es la única manera de continuar ayudándole, ya que, si no, la miseria la arrojará de nuevo en el camino que lleva al precipicio.

Ella no tiene dinero, pero me ayuda a ganarlo por medio de mi trabajo».
Su hermano Theo lo convence para que desista de esta idea, que ha causado el escándalo en la familia y en los medios artísticos de La Haya. El acepta con desagrado, defendiendo a esta mujer, sin olvidar a su prima, diciendo que «es posible que haya tenido por K más que pasión, y que en ciertos aspectos ella haya sido más linda que Sien, pero que el amor por Sien sea menos sincero, de veras que no, porque las circunstancias son muy graves, y lo que importa es obrar, y fue así desde el principio de nuestro encuentro».

Es cierto que esta mujer le ayuda a mejorar su estado depresivo y a aumentar su producción, para lo cual sale muy temprano a buscar nuevos motivos para su pintura, aún cuando interiormente siente su fracaso, escribiendo a su hermano «¿Qué soy a los ojos de la mayoría de la gente? -una nulidad o un hombre excéntrico o desagradable- alguien que no tiene un sitio en la sociedad ni lo tendrá; en fin, poco menos que nada». Sin embargo, le manifiesta a su hermano su deseo de seguir luchando para que sus pinturas tengan algún día el valor que se merecen por el profundo sentimiento y humanidad que él pone al ejecutarlas. Afirma que los colores fundamentales no son más que tres: rojo, amarillo, azul. El anaranjado, el verde y el violeta son tonos «compuestos». «El negro absoluto no existe, a decir verdad. El negro, como el blanco, existe en casi todos los colores y forma la infinita variación del gris, diferentes de tono y de vigor». Continuando su carta le dice:«El pintor por deber tiene que sumergirse completamente en la naturaleza y utilizar toda su inteligencia, poner su sentimiento en su obra, para que ella se vuelva comprensible para los otros. Pero trabajar con miras a la venta no es precisamente el verdadero camino, a mi modo de ver, sino más bien cagarse en los aficionados» (6).

En sus cartas también puede distinguirse claramente las oportunidades o días en los cuales sale de su depresión para entrar en un estado de euforia, en el cual pinta sin mayor descanso, incluyendo la noche, como cuando cuenta a su hermano: «No he podido contenerme, literalmente; no he podido abstraerme ni cesar de trabajar...». Más adelante se puede advertir también cómo este estado de hiperactividad se acompaña de un componente alucinatorio, cuando escribe: «Quería decirte simplemente ésto, que siento que hay cosas en el color, que surgen en mí mientras pinto y que no poseía antes, cosas grandes e intensas...» y más adelante agrega como una clara demostración que se trata de fases de lucidez productiva: «Si durante algún tiempo uno está agotado, pues se repone y descansa, y así gana que los estudios se cosechen igual que el trigo o el heno del labriego. En cuanto a mi, no pienso por el momento en descansar».

Pero su estado de euforia continúa y por momentos como si se perturbase su lucidez y actuase en forma automática sin registrar concientemente lo que está haciendo, como cuando escribe: «Yo mismo no sé como lo pinto, acabo de sentarme con un cuadro blanco delante del sitio que me impresiona, observo lo que tengo delante de los ojos y me digo: este cuadro debe volverse algo -y me vuelvo descontento-, lo echo a un lado y después de haber reposado lo miro con cierta angustia -y sigo descontento porque tengo demasiado en el espíritu esta maravillosa naturaleza para que pueda estar contento-, pero, a pesar de eso, veo en mi obra un eco de lo que me ha impresionado, veo que la naturaleza me ha contado algo, me ha hablado, y yo lo he anotado en estenografía. Y en éste mi estenograma puede haber palabras indescifrables -faltas o lagunas-, y sin embargo, queda algo de lo que el bosque o la playa o la figura han dicho; y no es un lenguaje mate o convencional, que no ha nacido de la misma naturaleza, sino de una manera de construir o de un sistema sabio».

En otra carta se puede percibir un nuevo estado eufórico de hiperactividad, cuando dice: «Me siento lleno de nuevos goces que encuentro en las cosas que veo, porque tengo una nueva esperanza de hacer algo grande dondequiera que haya alma. Estoy hasta tal punto embadurnado de colores que hasta los hay en esta carta; estoy ocupado en la gran acuarela del banco».

Poco después, en otra carta, ya ha desaparecido esta euforia y teniendo siempre en su mente el recuerdo de sus días vividos en Paturages, escribe: «El cementerio, con las cruces de madera, me corretea mucho en la cabeza; haré quizás algunos estudios preliminares -lo quisiera bajo la nieve- un entierro campesino o alguna cosa así. En fin, un efecto como el croquis de los mineros que adjunto».

En el mes de Septiembre de 1883 decide abandonar a su conviviente Christien Hoorni Sien en forma definitiva y se traslada a Drenthe, de donde escribe a su hermano Theo: «Todo es hermoso aquí, dondequiera que vaya.» «Aquí todo posee una belleza perfecta, como a mí me gusta. Quiere decir que aquí está la paz». Parece que el se siente mejor en su tierra natal cuando continúa diciendo: «Es por otra parte bastante curioso según creo, que precisamente en estos días se haya operado en mí un cambio. Porque estoy ahora justamente en una atmósfera que me exalta con tal pujanza, que ordena, regula, afirma, renueva y engrandece mis pensamientos a tal punto, que estoy completamente poseído» (6). Sin embargo, poco tiempo va a permanecer en este lugar y en el mes de Diciembre del mismo año se traslada a Nuenen, donde se había instalado su padre. La gente se burla de su aspecto sucio y colérico. Parece que el siente la necesidad de encontrarse nuevamente con sus padres, cuando le escribe a su hermano Theo: «El aislamiento es algo bastante penoso; uno se siente como en prisión». Más adelante, dando respuesta a su hermano Theo, cuando éste le dice que debe mejorar sus dibujos, Vincent le contesta: «Tú no has vendido jamás nada mío, ni poco ni bien, y en realidad no lo has intentado todavía». «Lo que dices de mi trabajo actual («casi vendible, pero...»), es casi textualmente la misma cosa que me escribías cuando yo te enviaba mis primeros croquis brabanzones desde Etten». Aquí amenaza a su hermano con buscar a otros vendedores de cuadros que encuentran aficionados para sus obras.

En otra carta le dice a su hermano: «Los jóvenes de ahora no quieren oír hablar de mí; muy bien, ésto no me molesta». Y posteriormente agrega: «No puedo cuidarme de lo que la gente piensa de mí, es preciso que yo vaya adelante, es en ésto en lo que debo pensar». Posiblemente este rechazo de la gente a su persona se debe no solamente a su figura y su forma de ser y vestir, también a su carácter fuerte que lo aparta casi siempre de los demás. Hay otro acontecimiento por el cual es increpado por sus padres, cuando una vecina de éstos, llamada Margot Bergeman, se enamora de Vincent e intenta suicidarse. Esta constante preocupación de los padres por éste hijo, con el cual han tenido problemas desde su niñez, quebranta la salud de su padre y el 26 de Marzo de 1885 fallece de un ataque de apoplejía. Vincent concluye su obra Los comedores de patatas, por la que rompe con el artista van Rappard, quien lo había apoyado en los primeros intentos para convertirse en pintor, debido a los comentarios de éste sobre aquel cuadro.

Lo envía a su hermano Theo para su exhibición y venta, para lo cual le escribe: «Por lo que respecta al cuadro de los que están comiendo patatas, estoy seguro de que quedará muy bien enmarcado en oro. Igualmente quedará muy bien sobre una pared cubierta de papel pintado que tenga el tono profundo del trigo maduro».

En otra carta, y refiriéndose a las opiniones vertidas por Durand-Ruel, le escribe a su hermano Theo: «Aunque haya opinado que los dibujos no valen por toscos, muéstrale este cuadro. ¿Que lo encuentra malo? Bueno. Pero enséñaselo igual, a fin de que pueda ver que ponemos energía en nuestra lucha.

Seguro que oirás decir «¡Vaya mierda!» Prepárate para ésto, que yo también lo estoy. Pero ya terminaremos por producir algo verdadero y honesto». Difícilmente Vincent puede ocultar la indignación que le causan estos comentarios, como puede observarse por los términos que emplea en esta carta.

Su interés por pintar desnudos se convierte en una obsesión y desfilan por su taller meretrices y mujeres de mal vivir, pero las críticas y los comentarios principalmente de sus vecinos lo colocan al borde de la desesperación, y es así como le escribe a su hermano: «El momento está bien elegido para evadirme, porque he tenido jaleos acerca de los modelos, y en todo caso voy a mudarme. Estos problemas hay que preverlos; sería el cuento de nunca acabar, en este taller, con el pastor y el mayordomo de la parroquia justamente al lado. Así pues, que me cambio». En esta carta muestra su gran preocupación por viajar a Amberes, huyendo de los problemas que se había creado por la vida que llevaba frecuentando los prostíbulos y tomando como modelos a meretrices, agregando en otra parte de la misma: «Cuanto más pronto me vaya de aquí, tanto mejor».

En Noviembre de 1885 viaja a Amberes, donde permanecerá hasta Febrero de 1886. Lo primero que hace es visitar galerías y museos de arte antiguo y moderno, para poder apreciar de cerca el trabajo de los grandes pintores, lo cual relata en sus cartas a su hermano Theo. Asiste a un curso de pintura, pero no le agradan las clases y le escribe a su hermano comunicándole su deseo de ir lo antes posible a París.

En Marzo de 1886 se traslada a París, para permanecer allí hasta Febrero de 1888. De inmediato le comunica a su hermano su llegada con unas pocas líneas: «Mi querido Theo: no me reproches por haber venido de un vuelo; he reflexionado mucho y creo que de esta manera ganamos tiempo. Estaré en el Louvre a partir de medio día, o si quieres, mas pronto». A partir de esta fecha, en que se encuentra con su hermano, no podemos enterarnos de lo que sucede mientras viven juntos, por lo menos en opinión de ambos hermanos. Sin embargo, existen las versiones de su hermana, la esposa de Andries, a quien Theo invitó para vivir juntos, a fin de soportar mejor los momentos difíciles que atravesaba con la presencia de su hermano, señalando que: «Theo estaba enfermo y Andries decía que Vincent no tenía ninguna consideración con el estado de su hermano. Ambos sufrían de ataques de depresión nerviosa, pero los de Theo eran mucho peores. Vincent solía venir tarde después de haber estado bebiendo toda la noche en el Café Tambourin con Toulouse Lautrec y otros, despertando a Theo y discutiendo con él de forma muy dogmática. Según Andries, solía ser tan polémico, que en una ocasión, en el Café Tambourin, alguien le golpeó en la cabeza con uno de los bodegones (2).

Los meses que tuvo que vivir Theo con su hermano en París, fueron sin lugar a dudas los más difíciles de su vida.

La esposa de Andries relata que su marido le contaba que el apartamento, donde vivían, parecía más el taller de un pintor y que a veces en la mañana al levantarse de la cama, pisaba botes de pintura que Vincent había dejado desparramados. Refiere que con ellos vivía también una mujer. Su esposo la describió en sus cartas como una mujer muy tensa, mentalmente inestable e incluso físicamente enferma, y continúa: «Si era así antes de mudarse a la rue Lepic o si se volvió así después de vivir con ellos, es algo que desconozco». Es preciso dejar en claro que Andries era el cuñado de los hermanos Van Gogh, razón por la cual la información que proporcionó su esposa, no puede prestarse a dudas.

En París produce por esta época una veintena de lienzos, a pesar de su agitada vida de bohemia en el Café Tambourin; aquí conoce a la dueña Agustina Segatori, con quien tiene una relación efímera. En este lugar se reunía con sus amigos, bebía licor y se divertía exponiendo también algunas de sus pinturas. Pero su temperamento inquieto, al lado de los problemas económicos que enfrentaba su hermano Theo en su negocio, lo hacen reflexionar sobre los pasos que ha dado en su vida, cuando le dice a Theo: «Y me sucede sentirme ya viejo y fracasado y, sin embargo, lo bastante enamorado todavía para no estar entusiasmado por la pintura. Para triunfar se necesita ambición, y la ambición me parece absurda. Yo no sé qué resultará; quisiera sobre todo no ser una carga -y ésto no es imposible de ahora en adelante -porque espero hacer progresos de manera que -puedas mostrar osadamente lo que hago sin comprometerte. Y después me retiraré a cualquier parte en el Sur, para no ver tantos pintores que, como hombres me asquean...» (6). Es así como entusiasmado por los relatos que escucha acerca de lo que es el ambiente del sur de Francia, determina emprender el viaje para refugiarse en Arlés. Una mañana, mientras su hermano está en la tienda, arregla su somero equipaje y, dejándole un papel con dos palabras, abandona París.

El día 21 de Febrero de 1888 le escribe a su hermano: «Mi querido Theo: Durante el viaje he pensado en ti por lo menos tanto como en la región que veía». Le da su nueva dirección y agrega: «De momento me limitaré a dar un pequeño paseo por la ciudad, porque ayer por la tarde estaba casi deshecho».

En Arlés se aloja en una modesta casa situada en el ángulo de dos principales vías de la vieja y muerta ciudad, donde le destinan una habitación, que después ha aparecido muchas veces en las revistas de arte con el nombre de «el cuarto amarillo» y en el cual Vincent pinta muchos cuadros que hoy son célebres. Desde que llegó, se puso a pintar sin descanso, pues para que un motivo le pareciese «pintable» bastaba que estuviese bañado por el sol provenzal, que, a sus ojos, lo transformaba todo. Pintaba desde la mañana a la noche, a pleno sol, sin cuidarse de otra cosa, comiendo mal y fumando incesantemente; pintaba en su casa, en los jardines de la plaza, en los huertos, en los campos de mieses, en la carretera, ante un grupo de cipreses negros y altos, viviendo en un estado de constante exaltación y de irritable soledad (1).

En el mes de Mayo de 1888 le escribe a su hermano Theo: «No tendría miedo de nada si no fuera por esta maldita salud. Y no obstante voy mejor que en París, y si mi estómago se ha vuelto excesivamente débil, es un mal que he atrapado allá, probablemente por el mal vino, del que he bebido demasiado». Más adelante agrega: «Mira, está claro que nuestra neurosis, etc. ... procede también de nuestra manera de vivir un poco demasiado artística, pero que además es una herencia fatal, puesto que en la civilización uno se va debilitando de generación en generación. Si nosotros queremos encarar de frente el verdadero estado de nuestro temperamento, tenemos que alinearnos en las filas de aquellos que sufren de una neurosis que viene ya de lejos. Yo creo que Gruby está en lo cierto en estos casos - comer bien, vivir bien, ver pocas mujeres, en una palabra, vivir por anticipado como si uno tuviera ya una enfermedad cerebral y una enfermedad de la médula, sin contar la neurosis, que existe realmente. Cierto que ésto es tomar el toro por los cuernos, lo cual no es una mala política» (6).

A pesar de su quebrantada salud sigue pintando con gran fervor, pensando siempre que en algún momento su hermano pudiese comenzar a vender sus pinturas, que hasta entonces nadie se interesa por ellas. Es así como en la carta llena de optimismo del 10 de Mayo de 1888 le escribe a su hermano Theo: «Mauve ha hecho y vendido en un sólo mes acuarelas por valor de 6,000 francos, según tú mismo me informaste hace tiempo.

¡Y bien! ... Puede ocurrir algo semejante y entreveo la posibilidad a través de las preocupaciones actuales». Es evidente que aquí trata de tranquilizar a su hermano, quien le envía permanentemente dinero para vivir y costear el gasto de sus pinturas, las que no logra vender. Vincent le escribe a Theo: «... toma tanto aire primaveral como puedas, acuéstate muy temprano, porque te será preciso dormir, y después la alimentación, muchas legumbres frescas, y nada de vino malo o de alcohol malo. Y muy pocas mujeres y mucha paciencia». Y agrega poco después: «Creo cada vez más que no hay que juzgar a Dios por este mundo, porque es un estudio suyo que le salió mal».

«... este mundo está evidentemente hecho de prisa en uno de esos malos momentos en que el autor no sabía lo que hacía, o no era ya dueño de su mente». Aquí se puede apreciar que Vincent ya no es el creyente de antes y ahora critica a Dios como creador de este mundo.

Pero sus cartas continúan llenas de preocupación por la salud de su hermano Theo, a quien sigue dando una serie de recomendaciones, cuando advierte el estado depresivo, por el que atraviesa debido a la situación de su negocio, escribiéndole: «Sabes bien que preferiría abandonar mi pintura que ver que te estás matando para ganar dinero. Cierto que es necesario; pero, ¿estamos en trance que haya que ir a buscarlo, tan lejos? Ves muy bien que «prepararse para la muerte», idea cristiana (-felizmente para él, el mismo Cristo no participaba de ella, me parece- él, que amaba a la gente y a las cosas de aquí abajo más de lo razonable, según las gentes que no veían en él más que un loco), si ves tan bien que prepararse para la muerte es una cosa que se pueda dejar por lo que ella es, no ves que igualmente la devoción; vivir para los otros, es un error si se complica con el suicidio, ya que en este caso verdaderamente se transforma a los amigos en asesinos».

Sigue esperando la llegada de su amigo, el pintor Gauguin, quien le ha ofrecido ir a vivir con él. Mientras tanto Vincent continúa trabajando sin descansar, aumentando su producción, siempre con la esperanza de que sus pinturas mejoren y su hermano pueda venderlas. En cada carta le cuenta sobre sus nuevos proyectos y le envía bosquejos de los mismos y sus nuevas pinturas. Se disculpa ante su hermano por los frecuentes pedidos de material de trabajo, pero le dice que no puede evitar su trabajo desenfrenado al que le impulsa la soledad: «Solamente entonces siento la vida, cuando llevo adelante con rudeza el trabajo. Pero aislado no cuento más que con mi exaltación de ciertos momentos, y entonces me dejo arrastrar a extravagancias».

En otra interesante carta dirigida a su hermano le cuenta su pérdida de interés sexual, cuando le dice: «¿Te acuerdas en Guy de Maupassant, de aquel señor cazador de conejos y otras piezas, que había cazado tanto durante diez años y se había derrengado tanto en correr detrás de la caza, que en el momento en que quería casarse no se excitaba ya, lo que le causaba las más grandes inquietudes y consternaciones? Sin estar en el caso de este señor en lo que se refiere a deber o querer casarme, en cuanto a lo físico comienzo a asemejarme a él. Según el excelente maestro Ziem, el hombre se vuelve ambicioso desde el momento en que no se excita. Como que me es más o menos igual excitarme o no, protesto en cuanto ésto deba llevarme fatalmente a la ambición».

Esta euforia, durante la cual al parecer había vivido entregado por completo a la pintura sin descanso, aparentemente termina y le escribe a su hermano Theo: «Después de la crisis que he pasado viviendo aquí, ya no puedo hacer jamás ni planes ni nada; ahora me encuentro decididamente mejor de salud; pero la esperanza, el deseo de triunfar está quebrantado y trabajo por necesidad, por no sufrir tanto moralmente, para distraerme. Ahora hablas del vacío que sientes a veces; es exactamente lo mismo que a mí me pasa». Poco después agrega: «Felizmente mi estómago se ha restablecido a tal punto, que he vivido tres semanas del mes con galleta marinera, leche y huevos... Si uno está bien de salud, es posible poder vivir de un trozo de pan, trabajando toda la jornada, teniendo todavía la fuerza de fumar y de beberse un vaso, ésto es necesario en esas condiciones. Y sentir, sin embargo, claramente en lo alto las estrellas y el infinito. Entonces la vida llega a ser casi fascinante. ¡Ah!, aquellos que no creen en el sol de aquí son bien impíos. Desgraciadamente, al lado del dios sol, las tres cuartas partes del tiempo está el diablo mistral» (6).

En otra carta escribe a su hermano nuevamente lleno de una gran euforia por el arreglo de lo que el llama su casita y que más tarde se conocería como la «Casa amarilla», para lo cual está dispuesto a invertir una pequeña herencia que recibe de su hermano Theo (8). Trabaja sin descansar, noche y día, describiendo la forma cómo está arreglándola y lo invita a visitarlo: «El cuarto donde te alojarás entonces, o donde estará Gauguin, si viene, tendrá en las paredes blancas una decoración de grandes girasoles amarillos. Por la mañana, al abrir la ventana, se ve el verder de los jardines, la salida del sol y la entrada a la ciudad... » y sigue más adelante:

«En mi cuadro Café nocturno he tratado de expresar que el café es un sitio donde uno puede arruinarse, volverse loco, cometer crímenes. En fin, he tratado por los contrastes de rosa tierno y del rojo sangre y borra de vino, del suave verde Luis XV y Veronés, contrastando con los verdes amarillos y los verdes azules duros, todo ésto en una atmósfera de hornaza infernal, de azufre pálido, de expresar algo así como la potencia de las tinieblas de un matadero». «...Las ideas para el trabajo me vienen en abundancia, y ésto hace que aún estando aislado no tenga tiempo de pensar o de sentir; sigo pintando como una locomotora... Los estudios exagerados como el Sembrador como ahora el Café nocturno, me parecen atrozmente feos y malos por lo general, pero cuando estoy emocionado por cualquier cosa, como este pequeño artículo sobre Dostoievski, entonces son los únicos que me parecen tener una significación más seria» (6).

También le cuenta sobre las pinturas que ha hecho en esa semana: «El tercer cuadro de esta semana es un retrato mío casi descolorido, de tonos cenicientos sobre un fondo veronés pálido. He comprado expresamente un espejo bastante bueno para poder trabajar mi propia cara a falta de modelo, porque si llego a pintar la coloración de mi propia cabeza, lo que no deja de presentar alguna dificultad, podré muy bien pintar las cabezas de otros buenos hombres y buenas mujeres». Y después agrega en otra carta: «Comienzo a sentirme muy distinto de lo que era al venir aquí; ya no dudo, ya no vacilo en atacar algo, y ésto podría muy bien aumentar todavía. ¡Pero qué naturaleza!...».

Su entusiasmo y exaltación por pintar cada día más parecen continuar cuando le escribe posteriormente a su hermano: «Además hoy, a partir de las siete de la mañana hasta las 6 de la tarde, he trabajado sin moverme más que para comer un bocado a dos pasos de distancia. Eso explica que el trabajo vaya ligero. ¿Pero qué dirás tú y qué me parecerá ésto a mí mismo dentro de algún tiempo? Tengo una lucidez o una ceguera de enamorado por el trabajo, actualmente. Puesto que este conjunto de color que me rodea es para mí completamente nuevo y me exalta extraordinariamente. De fatiga no hay que hablar; haré todavía un cuadro esta misma noche y lo traeré.. Los estudios actuales son realmente de un sólo chorro de pasta. La pincelada no sale muy dividida y los tonos están quebrados a menudo y en fin involuntariamente estoy obligado a empastar a lo Monticelli. A veces creo continuar realmente a ese hombre; solamente que todavía no he hecho como él figuras amorosas».

En el mes de Septiembre de 1888 le escribe: «Por momentos tengo una lucidez terrible, cuando la naturaleza es tan bella como en estos días, y entonces dejo de sentirme y el cuadro me viene como en un sueño. Tengo un poco de temor de que ésto traiga su reacción de melancolía, cuando venga la mala estación, pero trataré de sustraerme a ello por medio del estudio de esta cuestión de dibujar figuras de cabezas».

Vincent trabaja arduamente en arreglar «la casa amarilla», esperando con ansiedad la llegada de su amigo Gauguin, para lo cual sigue presionando a su hermano Theo para que le envíe el dinero que le falta para completar los arreglos. Al fin en Octubre de 1888 llega su huésped y después recibe una carta de su hermano, a la que contesta: «Gracias por tu carta y por el billete de 50 francos. Como ya sabrás por mi telegrama, Gauguin ha llegado bien de salud. Hasta me da la impresión de que se encuentra mejor que yo. Está muy contento, naturalmente, de la venta que has hecho; y yo igual, ya que así ciertos gastos todavía absolutamente necesarios para la instalación no tienen que esperar ni recaerán sobre su espalda solamente. Gauguin te escribirá hoy, con seguridad. Es muy interesante como hombre y tengo plena confianza de que con él haremos una porción de cosas. Probablemente, aquí producirá mucho y espero que yo también, quizás» (6).

La vida de ambos pintores en «la casa amarilla» en un comienzo transcurre con aparente tranquilidad. Vincent trata de controlar sus impulsos de mal humor que solía tener, sin embargo, este carácter fuerte, explosivo, donde pretende imponer sus ideas, se hace notar bajo los efectos del alcohol. Es así como a pocos días de la Navidad de 1888, encontrándose ambos en un café en plena tertulia, Vincent arroja en forma inesperada el vaso de ajenjo, que tiene en la mano, a la cara de su amigo Gauguin y cae al suelo sin sentido; es conducido cargado por sus amigos a su casa y queda dormido profundamente.

Al día siguiente, al despertarse, le dice a su amigo que recuerda vagamente lo ocurrido y le pide perdón por su comportamiento, pero Gauguin ya no quiere seguir a su lado y le anuncia su deseo de regresar a París (2, 3, 6, 8).

El día 23 de Diciembre de 1888 le escribe a su hermano Theo: «Te agradezco mucho tu carta, tu billete de 100 francos incluido e igualmente tu giro de 50 francos. Creo que Gauguin está un poco decepcionado de la buena ciudad de Arlés, de la casita amarilla donde trabajamos y sobre todo de mí. En efecto; preveo para él, tanto como para mí, dificultades graves que aún hay que superar. Pero esas dificultades están más bien dentro de nosotros mismos que en otra parte. En resumen; creo que o bien se decidirá a marcharse o bien se decidirá a quedarse» (6).

Lo que sucedió después sólo es posible conocerlo quince años después de la muerte de Vincent, cuando Gauguin escribe sus memorias y relata lo ocurrido de la siguiente manera: «La semana de este incidente tuvo lugar la víspera de Navidad en la Plaza Lamartine. A la tarde tomé un bocadillo como cena y sentí la necesidad de salir sólo a tomar aire, que estaba cargado del perfume de los adelfos en flor. Había cruzado casi toda la plaza, cuando oí detrás de mí unos pasos ligeros. Eran rápidos y desiguales y yo los conocía bien. Giré en el preciso momento en que Vincent se me venía encima con una navaja en su mano. Le debí mirar con mucho dominio, porque se quedó quieto, bajó la cabeza, se dio media vuelta y retornó corriendo a la «Casa Amarilla».

El tercer acto del melodrama es aún más grotesco. Esta vez interviene la policía, y la prensa local informa del asunto, contando cómo (la misma noche del intento de ataque a Gauguin) Vincent había aparecido en el burdel cercano a la «Casa Amarilla» y había dado un paquete, conteniendo la mitad inferior de su oreja, a una mujer llamada Rachel, mientras le decía: «Guarda ésto con cuidado». La muchacha se desmayó cuando vio el trozo de oreja y, según la información del periódico, la policía encontró a Vincent inconsciente a la mañana siguiente en su cama. Le llevaron al Hospital de Arlés, acompañado de su amigo Roulin.

Félix Rey es el médico que cura la oreja mutilada de Vincent en Arlés. En agradecimiento, él pinta el retrato de Rey en Enero de 1889. Vincent se había cortado el cuarto inferior de su oreja izquierda. Curiosamente, en el retrato del doctor Rey pinta las tres cuartas partes superiores de su oreja izquierda de color carmesí y la cuarta inferior del color normal de la piel, Es el único ejemplo de humor que se puede encontrar en el arte de Van Gogh (2).

Pocos días después de este incidente sale con permiso por unas horas del hospital y le escribe a su hermano Theo: «Espero que Gauguin te haya tranquilizado del todo; un poco también en lo que respecta a los asuntos de la pintura. Espero recomenzar muy pronto el trabajo. La criada y mi amigo Roulin se habían encargado de la casa y habían puesto todo en buen orden». Al final de esta carta le dice: «Escribe también una palabra a nuestra madre de mi parte; que nadie se inquiete».

Después escribe a su amigo Gauguin y le pide que se abstenga, hasta una más madura reflexión por ambas partes, de hablar mal de la pobre casita amarilla, pero éste no contesta aquella carta, razón por la cual el 2 de Enero de 1889 le escribe a su hermano Theo desde el hospital, preguntando por su amigo Gauguin: «; Lo he asustado? En fin, ¿por qué no da señales de vida?». En esta misma carta el Dr. Rey agrega unas notas: «Me satisface anunciarle que mis predicciones se han realizado y que aquella sobreexcitación no ha sido más que pasajera. Yo creo que él se repondrá en unos pocos días».

 


Unos días después, el 9 de Enero de 1889, escribe a su hermano: «Físicamente estoy bien; la herida se cierra muy bien». Le dice que lo más temible es el insomnio, pero que él mismo lo combate con una dosis fuerte de alcanfor en su almohada y colchón. Se lo recomienda a su hermano y agrega: «Temía mucho dormir sólo en la casa y he tenido miedo de no poder dormir» y refiriéndose a su amigo Gauguin, que si éste le habla bien por anticipado de su trabajo a Degas, otro pintor amigo de Vincent, le diga que no debe creerle, que sólo ha seguido un curso enfermizo, y continúa: «Según ésto, si me rehago, debo recomenzar y no podré alcanzar de nuevo esas cumbres donde la enfermedad me ha arrastrado mal» (6).

Retrato del Dr. Félix Rey


En la carta del 17 de Enero de 1889 le da las gracias por el dinero que le había enviado y le hace una relación de los gastos que había tenido, incluyendo del hospital y por la limpieza de toda su ropa de cama y la ropa ensangrentada. También le cuenta lo que le ha dicho el Dr. Rey, que bastaba ser muy impresionable para sufrir una crisis como la que él había tenido. Este médico, que atendió a Vincent con su oreja cortada, estableció rápidamente el diagnóstico de «epilepsia no convulsivante» y más adelante describió el estado más exactamente como «una epilepsia caracterizada por alucinaciones y episodios confusionales de agitación» (9). En esta misma carta reprocha los gastos ocasionados a su hermano por su amigo Gauguin y añade: «Escucha: no insisto más sobre lo absurdo de esta diligencia; supongamos que yo estuviera todo lo extraviado que quieran, ¿por qué entonces el ilustre compañero no estuvo más atento?»... «Si Gauguin fuera a París para que le revisara un médico especialista, te juro... no sé muy bien qué resultaría. Yo lo he visto hacer en diversas oportunidades cosas, que tú o yo no nos permitiríamos hacer, porque tenemos conciencias más sensatas; he oído dos o tres cosas que se decían de él, por el mismo género; pero yo, que lo he visto de muy, pero de muy cerca, lo creo arrastrado por la imaginación, por el orgullo quizás, pero bastante irresponsable».

 

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