Personalidad, autoconcepto y percepción del compromiso parental: sus relaciones con el rendimiento académico en alumnos del sexto grado. Mori Saavedra, Paquita


 

CAPÍTULO 2


MARCO TEÓRICO CONCEPTUAL

 

Desde un enfoque holístico del desarrollo psicológico se concibe que el comportamiento humano obedece a un conjunto de variables, unas más importantes que otras. En el modelo que se presenta se precisa la importancia de la personalidad, autoconcepto y percepción del compromiso parental sobre el rendimiento académico.

Se detalla la teoría de la personalidad de Eysenck (1987) enfatizando en los rasgos de Extroversión - Introversión y el estado actual de la investigación en este campo. Se revisan los estudios que se han realizado en su relación con el rendimiento académico.

Se realiza una minuciosa revisión de lo que es el autoconcepto, desde los diferentes enfoques que se han utilizado para estudiarlo, del estado actual de las investigaciones en este campo así como de sus relaciones con el rendimiento académico.

Los rasgos de personalidad han sido objeto de numerosos estudios relacionándolos con diferentes entidades psicológicas como actitudes, valores, autoconcepto, estilos cognitivos, atribuciones y también con el rendimiento académico.

El autoconcepto como variable psicológica también ha sido estudiado ampliamente lo mismo que los estilos atribucionales y ambos, juntos o separados, también se han relacionado con el rendimiento académico.


2.1. LA TEORÍA DE LA PERSONALIDAD DE EYSENCK

Eysenck y Eysenck (1987) definen la personalidad como una organización más o menos estable y organizada dinámica del carácter, temperamento, intelecto y físico de una persona que determina su adaptación única en el ambiente.

La Definición de la personalidad dada por Eysenck gira alrededor de cuatro patrones de conducta: el cognitivo (Inteligencia), el conativo (carácter), el afectivo (temperamento) y el somático (constitución) de este modo, la personalidad es "la suma total de los patrones conductuales presentes o potenciales del organismo, determinados por la herencia y el ambiente, se origina y desarrolla mediante la interacción funcional de los sectores formativos en que se originan estos patrones conductuales. "Su teoría es monotética porque trata de descubrir leyes generales de la conducta tratando de hacer que el estudio de la personalidad llegue a ser una ciencia.

Muchas pruebas indican que la personalidad tiene para Eysenck bases biológicas muy definidas. Una parte de las consideraciones de Eysenck sobre el hombre biológico tienen que ver con el sistema nervioso central y en particular con las inhibiciones corticales, el neuroticismo (estabilidad, inestabilidad emocional) y la introversión-extraversión funcionando el sistema nervioso a nivel causal. Se supone que el Neuroticismo surge de la capacidad de excitación del sistema nervioso autónomo; mientras que la introversión-extraversión se basa en propiedades del sistema nervioso central. Eysenck (1987) afirma, por ejemplo, que las drogas depresoras aumentan la inhibición cortical, disminuyen la excitación cortical y por consiguiente producen patrones de conducta extrovertida. Por sus estudios en gemelos idénticos Eysenck ha llegado a la conclusión de que el neuroticismo puede tener una base constitucional o provenir de herencia, usando pruebas creadas por él encontró correlación 0.85 entre la conducta neurótica y no neurótica (estabilidad e inestabilidad emocional) en gemelos monocigotos, mientras que en gemelos fraternos la correlación fue de 0.21.

Para Eysenck algunas leyes de la conducta tienen una base por entero biológica, la dimensión estabilidad-inestabilidad emocional, así como la herencia biológica, también afectaría a la dimensión introversión-extraversión.

Admite además la clasificación de Hipócrates y Galeno en: tipo colérico, tipo flemático, tipo melancólico y sanguíneo y afirma que existe una relación entre la estructura orgánica de los humanos y su susceptibilidad al condicionamiento.

Sin embargo, en la teoría de Eysenck no sólo tienen importancia los factores biológicos, él también afirma que la personalidad está constituida por todos aquellos patrones de conducta actuales y potenciales del sujeto que se van configurando en base a la estructura física y fisiológica que se trae al nacer (dotación genética) y a las experiencias de aprendizaje a la que se ve sometido en el ambiente familiar y en las interrelaciones que establecen en el medio sociocultural. La personalidad está constituida por disposiciones o tendencias a actuar o por conductas posibles de ser observadas.

Ambas disposiciones y conductas forman una jerarquía en función de sus generalidades, amplitud y cobertura de las características que se dan en toda persona que van desde "el tipo y los rasgos", respuestas habituales y respuestas específicas, que correspondería a factor general, factor de grupo, factor específico y factor error.

Eysenck considera que son tres los factores que permiten explicar la varianza fundamental de la personalidad, los cuales son: la extraversión (E), el neuroticismo (N) y el psicoticismo (P) (Amelang y Bartussek, 1991).

Cada uno de estos tres factores puede considerarse como una constelación de rasgos o conductas que se agrupan (cluster) de forma conjunta, siendo independientes entre sí (son factores ortogonales, de orden superior).

Estos factores han sido relacionados y organizados por Eysenck en una teoría, que puede explicar una amplia variedad de hallazgos experimentales en psicología y diversos aspectos de la conducta humana en la vida diaria.

En la teoría de Eysenck, estos factores constituyen las dimensiones más importantes de la personalidad, asumiendo que si podemos situar a un individuo en ella, entonces podemos llegar a comprender como es su personalidad (Fransella, 1981).

Para Eysenck y Eysenck, la teoría de la Personalidad Moderna, con sus tipos, rasgos y aptitudes, se ubica en cierta manera entre la psicología ideográfica, resaltando la unicidad, y en la psicología experimental, resaltando la identidad de los seres humanos. Lo que se debe afirmar básicamente es que aunque los seres humanos difieren claramente unos de otros, difieren sobre ciertas dimensiones, y sus diferencias y similitudes pueden por tanto ser cuantificadas y medidas (Delgado, 1997).

Eysenck (1970) desarrolló una teoría de la personalidad basada en los cuatro humores de Hipócrates y las concepciones de las dimensiones Introversión-Extraversión formulada por Jung, relacionándolas con los tipos de neurosis. Incorporó la hipótesis de McDougall sobre la naturaleza química de la Introversión-Extraversión, los hallazgos experimentales de Pavlov sobre vinculaciones de la actividad nerviosa con los humores de Hipócrates y los tipos químicos de Jung.

Con base a sus propios estudios sobre las emociones, sostiene que pueden hacer seis afirmaciones generales en relación al comportamiento humano:

1) El comportamiento humano manifiesta cierto grado de generalidad.

2) La personalidad está jerárquicamente estructurada.

3) Los diferentes grados de generalidad se pueden establecer mediante el análisis factorial a nivel de hábito mediante correlaciones test-retest y a nivel de tipo, por interrelaciones de rasgos.

4) El comportamiento anormal no es cualitativamente diferente del comportamiento normal, sino que presenta un extremo de un continuo que va de lo normal a lo anormal, sin un límite que lo separe claramente.

5) Una vez establecidas objetivamente las dimensiones de la personalidad es posible localizar a cualquier individuo en una de las dimensiones, produciendo así una descripción sobria de la estructura de la personalidad.

6) Las principales dimensiones son las de Neuroticismo, Introversión-Extraversión y Psicoticismo.

El enfoque de Eysenck (1987) presenta cuatro principios básicos con respecto al análisis dimensional de la personalidad, los cuales son:

1) Biológicos: Gran parte de las consideraciones e Eysenck tienen que ver con el Sistema Nervioso Central y en particular con las inhibiciones corticales.

2) Metodológico: Utiliza el método hipotético deductivo, es decir establecer hipótesis y luego comprobarlas deductivamente en base al análisis factorial y el método estadístico de análisis multivariado.

3) Dinámico-estructural: Adaptó parte de la dinámica y estructura de la personalidad de la obra de Pavlov (1960) y Hull (1920), formulando un postulado de las diferencias individuales basadas en las estructuras físicas que participan en la realización de las conexiones del sistema nervioso.

4) Aprendizaje empírico: Remarca los procesos de aprendizaje de la estructura y dinámica de la personalidad cuyo término clave es la condicionalidad del organismo humano.

Según Eysenck la persona no sólo aprende a tener personalidad sino que al estructurarla, sigue las leyes del aprendizaje especialmente postuladas por Hull (1920) y Pavlov (1960).

Eysenck (1980) argumenta que el fundamento fisiológico de las diferencias de personalidad puede localizarse en: El sistema límbico, la formación reticular y otras formaciones paleocorticales del tronco del encéfalo. La extraversión se relaciona con las diferencias en la activación (arousal) cortical (en la actividad de la formación reticular), y el neuroticismo o emocionabilidad con los procesos diferenciales en el sistema límbico, reflejados en la labilidad del sistema nervioso autónomo. Las diferencias en psicoticismo parecen relacionarse con los niveles de secreciones de andrógenos y otras hormonas.

Eysenck describe la personalidad en términos de niveles llegando a organizarla de modo jerárquico, colocando en el alto nivel a los tipos, luego a los rasgos, a las respuestas habituales y finalmente, a las respuestas específicas.

El concepto de tipo en la moderna teoría de la personalidad se refiere a un concepto superior a rasgos, los rasgos con frecuencia se interrelacionan y de estas interrelaciones surge un tipo.

El tipo psicológico es una constelación de rasgos organizados en una estructura. Es una construcción hipotética que se identifica por la observación de la realidad de un conjunto de rasgos, tiene un nivel de máxima generalidad y mínima especificidad.

La noción de rasgo está íntimamente relacionada con la noción de correlación, estabilidad, consistencia u ocurrencia repetida de acciones, se refieren a la covariación de un número de actos comportamentales (Eysenck y Eysenck, 1987).

El rasgo es una constelación de tendencias individuales de acción, es un factor de grupo con un nivel de generalidad y especificidad media. Los rasgos son factores disposicionales que determinan regular y persistentemente nuestra conducta en tipos diferentes de situaciones.

Se define el tipo como un grupo de rasgos correlacionados de la misma forma que se define como un grupo de actos comportamentales o tendencias a la acción correlacionadas. La diferencia entre los conceptos de rasgo y tipo no se basa en la continuidad o pérdida de continuidad de la variable supuesta ni en su forma de distribución, sino en la mayor inclusividad del concepto tipo (Eysenck y Eysenck, 1987).

Las respuestas habituales son conductas recurrentes producidas por circunstancias iguales o semejantes con factores específicos.

Las respuestas específicas son actitudes que ocurren y se observan una sola vez, las respuestas específicas dejan de serlo cuando se repiten varias veces y forman respuestas habituales. Tienen una mínima generalidad y máxima especificidad.

Para Eysenck (en Delgado, 1997) el estudio de la personalidad debe orientarse a los tipos.


Figura 3: Modelo jerárquico - Eysenck


2.2. LAS DIMENSIONES BÁSICAS DE LA PERSONALIDAD

Eysenck considera que son tres los tipos de factores para dar cuenta de la varianza fundamental de la personalidad, estos son: la dimensión Extraversión (Introversión-Extraversión) (E), La dimensión Emocionalidad (Estabilidad-Neuroticismo) (N) y la dimensión de Dureza (Psicoticismo) (P) (Fransella, 1981; Escolar, Lobo y Seva-Diaz, 1989; Amelang y Bartussek, 1991).

Cada uno de estos tres factores puede considerarse como rasgos o conductas que se agrupan (cluster) de forma conjunta, siendo independientes entre sí (son factores ortogonales, de orden superior), estos factores constituyen las dimensiones más importantes de la personalidad. Si podemos situar a un individuo en ella, entonces podemos llegar a comprender como es su personalidad (Delgado, 1997).

2.2.1 La Dimensión Extraversión (Introversión-Extraversión)

Es resultante del balance excitación-inhibición cortical, siendo el condicionamiento el instrumento que permite consolidar estos procesos. Los individuos que tienden a desarrollar un potencial excitatorio particularmente fuerte, que facilita el condicionamiento son los sujetos introvertidos; otro grupo que tiende a desarrollar potencialidades inhibitorios más fuertes que dificultan el condicionamiento no permitiendo consolidar las respuestas, son los sujetos extrovertidos. Esta dimensión está relacionada con una mayor o menor facilidad para el condicionamiento y es aparentemente un rasgo genotípico. Las diferencias conductuales del introvertido y extrovertido están determinadas por el mayor nivel de excitabilidad cortical de los introvertidos. (Nuttin, 1968). Todos los procesos nerviosos centrales se caracterizan por una determinada relación genética, diferenciada interindividualmente, entre procesos nerviosos de excitación y de inhibición. Según Eysenck, la extraversión está vinculada a la excitabilidad del sistema nervioso central y al carácter desenvuelto del sujeto. Este concepto se relaciona con las diferencias que existen en la actividad de la formación reticular ascendente (Fransella, 1981; Cattell, Kline, 1982).

Mientras que los procesos excitatorios son decisivos para el condicionamiento y el aprendizaje, las modificaciones inhibitorias son responsables del desaprendizaje, el olvido y la extinción.

Los extravertidos se caracterizan según Eysenck por el hecho de que tienden a la formación de potenciales excitatorios débiles y procesos inhibitorios rápidos, intensos y de extinción lenta (Amelang y Bartussek, 1991).

Eysenck en su teoría agrupó un conjunto de rasgos que tipifican lo que él denomina como extraversión, entre los que destacan: tener una menor habilidad para el aprendizaje en general; la necesidad de que se le exponga varias veces el material en una situación de aprendizaje para que logre aprender, ser poco preciso en su manejo psicomotor y tender a realizar movimientos amplios y numerosos.

El extravertido se agota fácilmente, baja su rendimiento cuando se encuentra al medio y al final de la tarea, es capaz de motivarse fácilmente para alcanzar un mejor rendimiento y para una mejor tarea.

Su rendimiento en la tarea se incrementa en situaciones en donde se trabaja y estudia en grupo, no es arriesgado ni planifica sus tareas.
Necesita grandes cantidades de estímulos ambientales, porque es débil a la monotonía, no prevé un adecuado autocontrol de conducta, es cambiable, impulsivo, belicoso, excitable.

Por lo general no es digno de confianza, se orienta hacia la filiación y dependencia de otras personas; le gustan las bromas, le da más importancia a su persona que a las normas éticas, está dispuesto a aceptar mayores riesgos y al enfrentarse a situaciones nuevas, tiende a enfocar los detalles.

Resumiendo los rasgos que constituyen el tipo Extrovertido tenemos: sociable, vital, activo, dogmático, que busca sensaciones, despreocupado, dominante, surgente, aventurero. (Eysenck y Eysenck, 1987).

El extravertido se caracteriza por su sociabilidad, cordialidad, gusto por la excitación, comunicación, impulsividad, jovialidad, actividad y espontaneidad.

Los rasgos que definen al introvertido y al típico extravertido son:

El típico introvertido, es quieto, calmado, introspectivo y aislado. Prefiere los libros a las personas, es reservado y distante, excepto con sus íntimos amigos. Tiende a planear sus acciones por adelantado y desconfía de los impulsos del momento. No gusta de las excitaciones, es serio y prefiere un modo de vida ordenado, tiene un ajustado autocontrol y rara vez es agresivo, y no pierde realmente su temple. Es confiado y previsible, algo pesimista y otorga gran valor a las normas éticas.

El típico extrovertido, gusta de las fiestas, de los amigos, necesita tener mucha gente cerca y no le gusta leer o estudiar para sí mismo, anhela excitaciones y es muy mudable. Es dependiente del ambiente: actúa sobre los impulsos del momento y es generalmente un individuo impulsivo. Es eficiente en los trabajos prácticos y da respuestas inmediatas. Es despreocupado, bromista y optimista, gusta reír y ser divertido. Prefiere actuar a pensar, tiende a ser agresivo y pierde fácilmente su temple. En conjunto sus sentimientos no son mantenidos bajo un adecuado control y no es siempre una persona previsible y confiable. (Eysenck y Eysenck, 1964; Cueli y Reidl, 1972).

En un estudio sobre la dimensión introversión-extraversión Eysenck tiende a demostrar que se puede admitir una cierta dualidad en el rasgo de la misma extroversión. Se puede distinguir en los dos componentes: Sociabilidad e Impulsividad, que presentan entre sí una correlación de 0.50 aproximadamente (Nuttin, 1968).

Eysenck encontró relación entre el factor introversión-extraversión con los trabajos de Y. Pavlov sobre la naturaleza de la actividad cortical y sus implicancias en la conducta de los organismos. Este factor introversión-extraversión se hallaría en función a los procesos de actividad cortical y el medio que lo determina y permite sus estudios es el condicionamiento.

2.2.2 La Dimensión Estabilidad (Estabilidad-Inestabilidad)

Es una dimensión emotiva que está ligada a la excitabilidad del Sistema Nervioso Autónomo (drive o aurosal automático), el cual moviliza trastornos cardiovasculares, taquicardias, incremento de la presión sanguínea, vasocontricciones y vaso dilataciones, trastornos respiratorios, secreciones gástricas, hipermotilidad intestinal, sudoración, etc.

Una alta tasa de neuroticismo implica una emotividad intensa y de alto tono, quienes poseen este nivel de neuroticismo son personas generalmente ansiosas, inseguras y tímidas, con fuertes bloqueos en la conducta y respuestas inadecuadas con irrupciones emocionales desordenadas (González, 1979).

El sistema nervioso autónomo es el que se encarga de controlar las reacciones involuntarias e incondicionadas del organismo (Anicama, 1974), para su actuación se divide en sistema simpático y parasimpático. El primero es el activador o acelerador de la actividad de un organismo y responsable de la emisión de las respuestas simpáticas, el segundo es el frenador o regulador de la actividad del organismo.

El neuroticismo implicaría una intolerancia al estrés físico o psicológico (conflictos o frustraciones) y un nivel alto de excitabilidad. El neuroticista posee un sistema nervioso autónomo y lábil, muy reactivo a las situaciones ambientales de frustración y tensión: es una persona generalmente tensa, ansiosa, insegura y tímida, presenta bloqueos de conducta, respuestas inadecuadas o irrupciones emocionales desproporcionadas, con tendencia a sufrir trastornos psicosomáticos (Rojas, 1986).

El neuroticismo constituye una respuesta de conducta inadaptativa del sujeto, determinado por factores genotípicos (reactividad autonómica), y factores fenotípicos (condicionamiento de respuestas inadaptativas) en el cual existe cierta tendencia al predominio de uno de los procesos corticales básicos, pero no es una neurosis sino más bien, prepara o predispone a la neurosis (Anicama, 1974).

Los rasgos que presentan los más emotivos o vulnerables a la neurosis son los siguientes (Eysenck, 1976): tienen una inadecuada organización de la personalidad, presentan poca tolerancia a las situaciones conflictivas y a la frustración, son dependientes de los demás y muy sugestionables. Tienen una estrecho margen de interés, son muy susceptibles con sentimientos de minusvalía e inseguridad. Por lo general, persevera en la utilización de los medios o modos de enfocar las situaciones aún cuando estos enfoques sean inefices para solucionar los problemas. Es intolerante, muestra una pobre e inadecuada autocrítica.

Es esencialmente rígido en sus relaciones interpersonales, muy ansioso, inquieto e irritado, tiene dificultades para el aprendizaje, realiza sus tareas lentamente, y con poca precisión, persiste rígidamente en conductas inadecuadas y ofrece poca resistencia a la modificación de sus comportamientos.

El neuroticista presenta las siguientes características: preocupación, irritabilidad, tensión, ansiedad, depresión, sentimientos de culpa y baja autoestima. Es irracional, tímido, triste y emotivo. Presenta molestias en el estómago, sudoración y desmayos. (Eysenck y Eysenck, 1987).

En sucesivas investigaciones realizadas por Eysenck se ha observado que fisiológicamente los sujetos neuróticos tienen una serie de alteraciones: presentan saliva y orina alcalina, la excreción de catecolaminas está aumentada, la producción urinaria es mayor en adrenalina y noradrenalina. Los niveles de conductibilidad de la piel aumentan, así mismo los niveles de tensión muscular indicaron una adaptación pobre del neurótico, cuyo nivel de tensión es en todo momento igual al sujeto normal en condiciones de estrés. Muestran mayor tensión sistólica, ritmo cardiaco más acelerado y variable, con una menor estabilidad que en los sujetos normales. Los sujetos neuróticos pueden responder más intensamente a los estímulos, muestran mayor variabilidad en las respuestas y necesitan más tiempo para volver a los niveles básicos anteriores de estimulación.

Eysenck en 1967 (Eysenck, 1980), propuso una teoría acerca de la base biológica de los factores: E (Introversión-Extraversión) y N (Estabilidad-Neuroticismo). Sugiere que las diferencias individuales de extraversión-introversión reflejan variaciones en el sistema activador reticular ascendente, mientras que las de emocionabilidad (estabilidad-neuroticismo), se relacionan con las características del cerebro visceral es decir con las estructuras hipotalámicas.

Propuso, asimismo, la relación de los cuatro tipos temperamentales y el sistema dimensional neuroticismo-extraversión.

El individuo Extravertido e inestable (colérico), es susceptible, inquieto, agresivo, excitable, variable, impulsivo, optimista, activo.

El individuo Extravertido Estable (sanguíneo), es sociable, expresivo, comunicativo, sensible, tolerante, vividor, despreocupado, dirigente.

El individuo Introvertido Inestable (Melancólico) es triste, ansioso, sombrío, pesimista, reservado, insociable, tranquilo.

El individuo Introvertido Estable (flemático) es pasivo, cuidadoso, pensativo, pacífico, controlado, veraz, sereno.


Figura 4: Dimensiones de la personalidad según Eysenck


2.2.3 La Dimensión Dureza (Psicoticismo)

Eysenck indica las siguientes características de aquel que califica alto en la presente dimensión: "Tiene menor fluidez verbal, su rendimiento en sumas continuas es pobre,... más indeciso al respecto de las actitudes sociales, presenta una concentración más pobre, tienen peor memoria, tienden a hacer movimientos más grandes y a subestimar distancias y calificaciones o leer con más lentitud, a tamborilear más lentamente y a exhibir niveles de aspiración menos adaptados a la realidad" (Cueli y Reidl, 1972).

El psicoticista tiende a actuar más pobremente que los normales, aunque de ninguna manera se muestra así en todos los Test.

Esta dimensión ha sido estudiada menos exhaustivamente que las otras dos, que parece reflejar una tendencia a la distractibilidad constante, pensamiento desordenado y aislamiento.

Un psicótico recibe puntuaciones más altas en el factor psicoticismo que las personas normales o neuróticas.

Los rasgos que caracterizan a los sujetos que obtienen puntajes altos en la escala de Psicoticismo son: agresivo, frío, egocéntrico, impersonal, impulsivo, antisocial, no empático, creativo, inconmovible. (Eysenck y Eysenck, 1987).

Estudios realizados por Eysenck (H. J. Eysenck, 1957; S.B.G. Eysenck, 1956) demostraron igual e inequívocamente que el neuroticismo y el psicoticismo eran dimensiones independientes. Posteriormente (H.J. Eysenck, 1970) ofrece un detallado examen sobre las pruebas halladas, se basa en muchos estudios que utilizan procedimientos estadísticos y metodológicos diferentes, pero que coinciden en el veredicto final de continuidad entre normalidad y psicosis, y apartamiento entre los tipos anormales psicóticos y neuróticos. (Eysenck y Eysenck, 1987).

Para Eysenck (Eysenck y Eysenck, 1987), el concepto de psicoticismo guarda más similitud con el de vulnerabilidad no específica de Weiner (1979), sus datos también coinciden con la noción de un factor general que predispone a las personas a la psicosis en forma variable y heredada como un carácter poligénico; esta predisposición se extendería al campo psicopático, criminal, antisocial, pero no al de las neurosis distímicas.

Se puede desprender de todos los estudios resumidos que hay pruebas de la existencia de un continuo. Desde el comportamiento normal, pasando por el criminal, psicopático, alcohólico, el de adicción a las drogas, hasta el esquizoide y los estados completamente psicopáticos. Tal hipótesis fue adelantada por H.J. Eysenck (1959), elaborada en Psychoticism a Dimension of Personality (Eysenck y Eysenck, 1976) y conformada en un cuestionario (Eysenck Personality Questionnare, de H.J. Eysenck, S.B.G. Eysenck, 1975).

El factor psicoticismo se caracteriza porque incluye sentimientos de persecución, misticismo, irracional, agrado por las sensaciones físicas muy fuertes, crueldad inhumana y falta de empatía.

Resumiendo podemos afirmar que en la teoría de Eysenck estos tres factores constituyen las dimensiones más importantes de la personalidad, si situamos a un individuo en ellas entonces podemos llegar a comprender en gran medida su personalidad.


2.3. EL AUTOCONCEPTO

El sí mismo es un concepto que ha interesado desde hace muchos siglos a muchos diferentes filósofos y más recientemente a los psicólogos.

Incialmente la idea de conocerse a sí mismo estuvo vinculada a la literatura, historia, música, etc. La psicología reconoce que uno de los aspectos más importantes en la cognición humana son la capacidad de autoconciencia, de la identidad y de la autoevaluación, la autopercepción por lo tanto parece tener una especial importancia en todo lo relacionado con el individuo y su comportamiento. A través de la historia de la Psicología la importancia del autoconcepto ha variado mucho. Se estudió con gran énfasis en los primeros tiempos en que la introspección ejercía su dominio sobre el pensamiento; sin embargo fue dejado de lado por el surgimiento del conductismo.

James (1890) elabora su teoría del Self mediante la introspección personal y la observación de la conducta y actitudes de otros, y sugiere que el sujeto es tanto un conocedor como un objeto de conocimiento. El self, según James, puede actuar tanto como un agente con capacidad para pensar y percibir como algo, un objeto, sobre el que se reflexiona. Por ese motivo, uno puede pensar, percibir y conocer muchas cosas, incluyéndose a sí mismo. Cuando nos referimos al sujeto (conocedor) estaríamos hablando, según este autor, del yo, mientras que si tratamos de uno mismo como objeto de conocimiento entonces nos referimos al mi. No obstante, esta diferenciación en la práctica no parece tan clara ya que, entre otras razones, lo que una persona conoce de sí mismo se encuentra determinado por las características del yo como el mi (Rogers, 1987).

Una segunda aportación de James ha sido la de diferenciar entre sí los conceptos de autoestima y autoconcepto (González, Nuñez, Porto, Santorum y Valle, 1990). Sin embargo, con el paso del tiempo este asunto fue dejado de lado hasta tal punto que se han construido escalas de evaluación en las que se mezclan items que supuestamente miden el grado de conformidad del sujeto respecto a ciertos atributos con items que miden las autopercepciones sobre la presencia, o ausencia (e incluso el grado), de dichos atributos. Este hecho ha conducido a la disparidad, inconsistencia y escasa significatividad de los resultados de los trabajos realizados sobre este tema hasta la década de los ochenta. Actualmente, los investigadores más representativos en esta área, incluso quienes creen que la autoestima es un elemento integrante del autoconcepto, están de acuerdo en que es necesario diferenciar ambos constructos (por ejemplo, Fleming y Courtney, 1984; Greenwald, Bellezza y Banaji, 1988; Marsh, 1986ª; Watkins y Dhawan, 1989).

Cooley y Mead (en McDavid y Harari, 1985) fueron los primeros en sugerir que el concepto de sí mismo nace de las identificaciones y de la interacción con otras personas. Uno adquiere el concepto de sí mismo al asumir el papel de otras personas, poniéndose en su lugar para poder mirarse a sí mismo. Mead describía este proceso como el de asumir el papel del "otro significante". En un inicio el niño se ve como cree que lo ven las otras personas que son especialmente importantes para él, como padres y maestros. Más tarde el individuo desarrolla un concepto mixto sintetizado a partir de sus interacciones con mucha gente, durante un tiempo largo, y desarrolla un concepto altamente generalizado de otros. Esta concepción colectiva representa otro tipo de papel en el que uno puede incorporarse para voltear y mirarse a sí mismo, este recibe el nombre de "otro generalizado". Cooley (1902) señaló el papel que juega la imaginación en la integración social. Hace el análisis del yo-espejo, indicando que uno se ve a sí mismo como se imagina que es visto por los demás, y no realmente como lo ven los otros.

Mead (1934) destacó la importancia de la interacción social en el origen y desarrollo de sí mismo, asevera que este surge en el proceso de comunicación a través de las actitudes y percepciones de los "otros significativos". Mead señaló que el sí mismo es reflexivo, distinguiendo entre el yo como parte actuante y espontáneo del ser, y el "mi" como la parte del sí mismo que reflexiona, juzga, y evalúa a la persona. Cooley y Mead dan una mayor atención al "mi", enfatizando cómo lo social en particular emerge a través de la interacción con los otros. (Harter, 1983).

Cooley (1902), en su teoría del Looking-glass self, mantiene que el propio proceso de autoconocimiento conduce al individuo a percibirse de la manera que cree que los demás le ven. Es decir, las autopercepciones (unidades mínimas de análisis del autoconcepto) están en función del feedback de otros. Esta idea expresada inicialmente por Cooley ha sido desarrollada por Mead (1934) señalando que las autopercepciones son construcciones desarrolladas de un contexto social determinado por lo que se encuentran influenciadas por el comportamiento de los demás con los que se interactúa. Este autor también ha reflexionado sobre la estructura del autoconcepto. Para Mead el autoconcepto sería multidimensional (en tanto que habría tantas dimensiones como roles desempeñaba el sujeto a lo largo de su vida) y jerárquico (unas autopercepciones tendrían mayor importancia que otras, por lo que estarían ordenadas de manera jerárquica en base a su centralidad e importancia).

Sullivan (1953) quien ha desarrollado una teoría más refinada sobre la función del feedback de otros sobre la construcción del yo. El aspecto central de su teoría radica en que algunos individuos, están dispuestos a recibir mayor cantidad (y calidad) de información de determinadas personas que de otras. De hecho, no todos los otros tienen la capacidad de influir sobre nuestra conducta. Aquellos que tienen gran poder de influencia Sullivan les ha denominado los otros significativos, e incluso, dentro de este reducido grupo de personas se encontrarían los otros más significativos, y que son las tres o cuatro personas que determinan fuertemente al individuo. Según Rosenberg (1979), los niños tienen en su madre a la persona más importante y significativa, seguida del padre, hermanos, profesores y compañeros de edad. Estas personas, las más significativos, son las elegidas por la sociedad para trasmitir al individuo las normas, valores, actitudes,..., que debe asimilar y sobre las que construir su yo. De esta forma, aunque el grupo de los otros significativos sea un fenómeno universal, el contenido del feedback transmitido varía de cultura a cultura (Cantor y Kihlstrom, 1986; Oyserman, 1993; Roland, 1988; Shweder, 1990; Triandis, 1989;Veroff, 1983) y las autopercepciones, por lo tanto, son muy diferentes (Markus y Kitayama, 1991) así como la importancia, o valor, de cada una de ellas (Trafimow, Triandis y Goto, 1991).

La teoría de la percepción fue presentada de forma sistémica en 1949 por Snygg y Combs, revisada posteriormente (Combs y Snygg, 1959; Combs, Richards y Richards, 1976) y aplicada al campo de la enseñanza (Combs, 1982; Combs, Blume, Newman y Wass, 1974). El principio fundamental de esta teoría es que "la gente se comporta de acuerdo a como se ven y a la situación en la que se encuentran implicadas" (Combs, Avila y Purkey, 1978). El mundo del individuo está constituido por las percepciones que obtiene a partir del mundo real, de tal forma que lo que tiene relevancia para el sujeto es el contenido de sus percepciones independientemente de si están fundamentadas en hechos reales o no. Por ello, según Purkey y Novak (1984) las experiencias educativas deben partir y ajustarse a estas individualidades creadas.

Por su parte Rogers (1950, 1951), así como Lecky (1945) o Allport (1955), reconoce el papel central de las autopercepciones en la integración de la personalidad, actuando estas como fuente de unidad y crecimiento personal. El proceso de formación del yo, por lo tanto, implicará dos necesidades o motivaciones importantes:

a) La necesidad de consideración positiva, o lo que Maslow denominó como self-actualization, y

b) La necesidad de una autoestima positiva (Bermúdez, 1986). Es interesante sin embargo, reseñar que Rogers pone mucho más énfasis en el individuo como fuente iniciadora y propiciadora de autopercepciones concretas de lo que lo hacen Mead, Sullivan, etc., quienes consideran las autopercepciones como mucho más dependientes de las circunstancias ambientales (Beane y Lipka, 1986).


En la década de los ochenta, principalmente, cuando se emprende un exhaustivo estudio del autoconcepto desde multitud de vertientes: estructura, contenido, dimensiones, funcionamiento, su relación con otras variables como el rendimiento escolar, los estados depresivos, problemas de conducta, procesos cognitivos, etc. De entre todas las perspectivas de estudio emprendidas, dos merecen ser destacadas como las más productivas.

En primer lugar, estarían los trabajos desde la vertiente cognitivo-social en la que sobresalen, sobre todo, las aportaciones de Markus (1977) así como también Brown (1988), Greenwald (1988) etc. Dentro de esta perspectiva, el trabajo se centró, entre otros aspectos, en el análisis del contenido y funcionamiento del autoconcepto (principalmente se estudian las unidades básicas de autoinformación, cómo se agrupan y adquieren capacidad funcional, cómo iteraccionan entre sí para formar un conjunto mínimo de autoesquemas con los que interpretar cognitiva y afectivamete la información nueva, etc.). Además, se estudian explícitamente los procesos implicados en el desarrollo y defensa del autoconcepto, así como los mecanismos concretos que permiten la identificación, selección (para su posterior procesamiento) de la información relevante (positiva o amenazadora) para el autoconcepto actual.

La segunda vertiente, que se podría denominar como metodológico-educacional, estaría delimitada, principalmente, por las aportaciones de Marsh (1990), además de los importantes trabajos de Harter (1982). Esta línea de trabajo ha intentado analizar las propiedades estructurales, más que funcionales, del autoconcepto y de que manera van cambiando con el paso de los años. Este estudio evolutivo de las dimensiones (y la importancia de cada dimensión para el conjunto) del autoconcepto se realiza en función de una serie de variables tales como el sexo, tipo de centro, y el aprendizaje y rendimiento académicos (valiéndose de análisis separados para cada una de las asignaturas curriculares), etc. Además, y como consecuencia, de lo anterior, otra de las aportaciones importantes de estos trabajos ha sido la construcción de instrumentos de evaluación adecuados, teórica y psicométricamente, y elaborados a partir de un modelo teórico previamente validado. De los instrumentos construidos bajo esta perspectiva sobresalen los Self Descriptions Questionnaire (SDQI, SDQII, SDQIII, ASDQI y ASDQII) elaborados por Marsh y colaboradores presentados formalmente en Marsh (1989, 1991ª, 1991b), la Perceived Competence Scale for Children (PCS) construida por Harter (1982, 1983), así como The Self-Perception Profile for Children construida por Harter (1985).


2.4. PERSPECTIVA ACTUAL

Actualmente el estudio del autoconcepto, aún cuando existen todavía algunas divergencias y áreas por investigar, podemos calificarlo como positivo y con posibilidades de trabajo futuro no solo en el ámbito teórico sino también en el terreno de las prácticas educativas. Uno de los problemas principales en el trabajo en esta área ha sido la utilización de múltiples términos para referirse al mismo concepto y las diferentes interpretaciones aplicadas a un mismo término. Esto ha supuesto un retraso temporal importante. El empleo indiscriminado de distintos términos para aludir al autoconcepto ha sido una práctica habitual casi hasta nuestros días. Según Fleming y Courtney (1984), un constructo pierde su utilidad científica al ser definido de manera deficiente.

Al revisar los trabajos realizados sobre el autoconcepto encontramos una gran variedad de términos para hacer referencia al mismo constructo y lo más importante es que en manos de los diferentes investigadores significan cosas distintas. Wells y Marwell (1976) recopilaron algunos de los términos utilizados en el trabajo sobre el autoconcepto: amor propio, autoconfianza, autorrespeto, autoaceptación (o rechazo), autosatisfacción, autoevaluación, autovaloración, autovalía, sentido de eficacia personal, sentimiento de competencia, autocongruencia. Realizando un análisis conceptual, salvo excepciones, los términos anteriormente referidos hacen referencia a algún aspecto de dos conceptos más globales como son el autoconcepto y la autoestima, constructos que también han levantado polémica.

Según Fleming y Courtney (1984), el autoconcepto sería un término más general y que subsume a la autoestima. Pero tal diferenciación no está tan clara. Aún muchos investigadores utilizan dichos conceptos indistintamente. Maruyama, Rubin y Kingsbury, 1981, afirman: "... la autoestima o autoconcepto es una de tales variables". Desde un punto de vista diametralmente opuesto se encontraría la postura de Coopersmith (1967) para quien la autoestima constituye un constructo global que tiene que ver con la autoevaluación y autovaloración. El autoconcepto, por el contrario, incluye meramente puras descripciones, las cuales, según este autor, son diferenciables de la autoestima ya que las descripciones no implican necesariamente juicios de valor.

Actualmente encontramos dos puntos de vista distintos sobre este tema:

1) La autoestima quedaría incluida dentro del autoconcepto, aunque no confundida ni diluida, de tal forma que el autoconcepto estaría formado tanto por autopercepciones representativas de las diferentes dimensiones (personal-físicas, intelectuales, académicas, etc.-, sociales, ocupacionales, etc.), las cuales estarían en el polo valorativo), y

2) Tanto el autoconcepto como la autoestima son por naturaleza diferenciables, y así deberían ser tratados. 


Hay que resaltar que la inmensa mayoría de las personas relevantes que trabajan en este campo optan por la primera de las dos perspectivas. Además, no parece cuestionable el supuesto de que las autopercepciones y/o representaciones más centrales son aquellas que tienen un gran significado (positiva o negativamente) para nuestra identidad personal. De hecho, en el proceso de identificación, selección y procesamiento de la información autorreferente intervienen tanto esquemas cognitivos como afectivos.

Marsh (1986ª) intenta conocer la forma como se interrelacionan estas dos facetas del autoconcepto (valorativa y descriptiva). Hace un siglo, James (1890) afirmaba que el fracaso en áreas consideradas poco importantes por el individuo tiene escaso impacto en el autoconcepto general. En la actualidad, este punto de vista inicial es reconsiderado por otros investigadores (Harter, 1984; Rosenberg, 1979, 1982).

Rosenberg (1979); ha propuesto una hipótesis iteractiva para explicar la relación entre los dos componentes del autoconcepto anteriormente mencionados. De acuerdo con este modelo explicativo, el hecho de tener un autoconcepto positivo en una faceta de dimensión concreta debería contribuir positivamente a la propia autoestima, y la magnitud de dicha contribución depende de la importancia que para cada sujeto tenga dicha faceta o dimensión. De manera similar, tener un pobre autoconcepto en una dimensión concreta debería contribuir negativamente al nivel de autoestima, siendo el efecto negativo mayor en la medida en que la dimensión tenga gran importancia.


2.5. FUNCIONES DEL AUTOCONCEPTO

El papel fundamental del autoconcepto es la regulación de la conducta (Campbell). El autoconcepto sirve como guía de la conducta y capacita a las personas para asumir los diferentes roles a lo largo de la vida, más que un desencadenante de la conducta es un filtro que controla y decide la dirección de la conducta. El autoconcepto provee al individuo un marco para la interpretación de la información autorreferente (Markus y Wurf, 1987). Se pueden diferenciar varias funciones específicas entre las que se destacan las siguientes:

1) Proveer al individuo de un sentido de continuidad en el tiempo y en el espacio.

2) Desempeña un rol integrador y organizador de las experiencias relevantes del individuo.

3) Regular los afectos.

4) Ser fuente de motivación y estímulo para la conducta.



Los trabajos de Greenwald (1980), Markus y Sentis (1982) tratan de la relación entre autoconcepto y los mecanismos de procesamiento de información, siendo los aspectos más relevantes:

1. En el procesamiento de la información, los individuos muestran una sensibilidad elevada por aquellos estímulos que le son significativos.

2. Los estímulos o información congruente con el autoconcepto de la persona son procesados en forma eficiente.

3. Los individuos realizan predicciones conductuales, atribuciones e inferencias de forma eficiente para aquellas dimensiones relevantes para el autoconcepto.

4. Se produce una gran resistencia para integrar información que es incompatible con el autoconcepto de la persona.


Otra función es la regulación de los estados afectivos y lo que involucra al yo en gran medida. Se brinda una singular atención al procesamiento de la información relevante o significativa lo que constituye, un método de regulación afectiva. Este tipo de regulación, por lo general, implica la defensa del propio yo de los estados emocionales de carácter negativo. Esto se hace posible manteniendo la coherencia con las percepciones actuales que uno tiene sobre sí mismo que, por lo general, son positivas.

Otra función es la de motivar a los individuos para la realización de una actividad concreta. Cantor y Kihlstrom (1986) proponen la noción de tareas vitales o problemas que tiene que resolver una persona en una determinada etapa de su vida. Siendo las tareas vitales aquellas unidades que integran y dan significado al conjunto de actividades que el individuo puede emprender. La interpretación individual y personal de una tarea de este tipo parece estar fundamentalmente determinada por sus esquemas de autoconocimiento. Además cuando las tareas están estructuradas es más fácil que la persona elija las más adecuadasa que la conduzcan al éxito. De esta manera los autores intentan vincular los conceptos de autoconocimiento y autorregulación.

El yo, en busca de estabilidad, consistencia y realzamiento, está en contínua interacción con las circunstancias ambientales inmediatas del momento encontrándose sujeto a revisiones, alteraciones y cambios más o menos importantes (Beane y Lipka, 1986). Pero por la misma razón que puede adquirir cierta estabilidad también puede encontrarse con información que exige una revisión más o menos profunda del concepto que uno tiene de sí mismo. El autoconcepto dispone de varios mecanismos para interpretar, integrar o rechazar las nuevas experiencias (Rosenberg, 1979). En unas ocasiones se ponen en marcha los mecanismos para actuar en defensa de los contenidos y estructura actual del autoconcepto, en otras transforman la disonancia que produce la información nueva y la encamina hacia el autocrecimiento.

Para Beane y Lipka (1986), algunas de las funciones o procesos más importantes que el yo puede llevar a cabo son:

1. Organizar la nueva información y/o experiencia, añadiéndola a la ya existente enriqueciendo la estructura y funcionalidad del autoconcepto, tanto cuantitativa como cualitativamente.

2. Escudriñar o examinar su estructura para determinar si la nueva información es semejante a la contenida actualmente en las dimensiones del autoconcepto.

3. Investigar la nueva información para determinar si realzaría o amenazaría el presente autoconcepto actual.

4. Alterar la nueva información con el propósito de no tener que modificar la presente estructura del autoconcepto y contribuir así a su estabilidad.

5. Elegir implicarse en, o evitar, las nuevas experiencias dependiendo de si son interpretadas como beneficiosas o dañinas para la estructura actual de su autoconcepto.

6. Reflexionar sobre la nueva información para examinar cómo ésta puede enriquecer el concepto de sí mismo. Esta reflexión puede incluso llevar a considerar las consecuencias derivadas de una posible asunción de nuevas dimensiones o identidades.

7. Actuar como una fuerza motivadora en la búsqueda de nuevas experiencias que reafirmarían la estructura actual del autoconcepto o definirían cual sería el camino adecuado para el crecimiento personal.

8. Juzgar, incluso, el propio concepto que tiene de sí mismo en base a las experiencias y valores personales en un intento por determinar la autoestima.


2.6. FUENTES DE INFORMACIÓN AUTORREFERENTE

Los modelos evolutivos sobre la competencia autopercibida (Smith, 1981; Harter, 1985) y los modelos clínicos explicativos de la depresión (Cole, 1990, 1991ª; Weisz, Weiss, Wasserman y Rintoul, 1987) dan por supuesto de que el feedback interpersonal incide de manera significativa sobre la conducta de los niños. Este feedback consiste en una variedad de fenómenos que incluyen procesos educativos como el modelado por parte de padres, maestros y pares (Bandura, 1986) y procesos cognitivo-sociales como la comparación social entre iguales (Festinger, 1954; Miller, 1982). Estas fuentes de información juegan un papel importante en los procesos de autorreferencia.

De acuerdo a la clasificación de Andersen (1987). Son cuatro las categorías relevantes: Feedback Social, Comparación Social, Conducta Propia Observable, y Las Propias Reacciones Subjetivas Encubiertas.

2.6.1 El Feedback Social

El contenido actual de las opiniones de los otros acerca de nosotros es menos relevante para el autoconcepto que la percepción de estas opiniones, incluso cuando las autopercepciones son incorrectas (Lewinsohn, Mischel, Chaplin y Barton, 1980). La información o feedback objetivo que proviene de personas importantes para el sujeto será procesada subjetivamente y, si procede, incorporada a sus autoesquemas. Los padres (familia), profesores y compañeros son los tres grupos de personas significativas para los niños de edad escolar.

2.6.2 El Contexto Familiar

Para los niños las autopercepciones se dan principalmente como resultado de la influencia del feedback de sus padres, que son sus otros significativos más importantes. La interacción con los padres constituye el factor crítico para este desarrollo. Un ambiente familiar en que los padres demuestran que confían y quieren a sus hijos y que estos se sientan aceptados constituye el elemento básico inicial en el desarrollo de un autoconcepto positivo. Muchos niños sin embargo tienen padres que son infelices en sus propias vidas y no saben como construir un ambiente emocionalmente saludable para sus hijos; otros incluso creen que una infancia difícil y llena de sufrimientos forma el carácter. En estos hogares los niños pueden ser objeto de abandono, castigo físico, rechazo, insultos y desvalorizaciones verbales. El mensaje que reciben estos niños es que no son queridos y no son respetados. Sin embargo debido a sus necesidades emocionales ellos buscan afecto y por eso sus padres son sus otros significativos más relevantes. Las autopercepciones de estos niños son negativas

Las Relaciones Padre-Hijo y el Concepto de Sí Mismo

Un buen concepto de sí mismo que para Mussen (1983, 1984) es compatible a elevada autoestima, es esencial para la felicidad personal, y para el funcionamiento eficaz, lo mismo en el niño que en el adolescente y el adulto. En la mayoría de los niños la manera en que los padres lo tratan es lo más importante respecto a la determinación de la imagen que de sí mismo se hacen.

En un estudio realizado con un gran número de niños varones entre los 10 y 12 años que asistían a las escuelas públicas de la región central de Connecticut, en los Estados Unidos, Coopersmith (en Mussen, 1983) encontró notables diferencias en los juicios experimentados y en las conductas sociales de los niños que diferían en su autoestima. Los niños que tenían una elevada idea de sí mismos se acercaban a las tareas, y a las personas con las expectativas de ser bien recibidos y de lograr éxito.

El mismo autor, observó que los niños, y niñas con un adecuado, o elevado concepto de sí mismos, tienen confianza en sus percepciones y sus metas, y creen que pueden lograr el éxito con sus esfuerzos, aceptan sus propias opiniones, sus reacciones, y conclusiones, esto les permite atenerse a su propio juicio cuando existe una diferencia de opinión, y les permite también tomar a consideración otras ideas novedosas. La confianza en sí mismos que acompaña a los sentimientos del propio valor, proporciona la convicción de que se tiene la razón y el valor para expresar estas convicciones. Además de mostrar una mejor capacidad creativa, y son capaces de acciones más asertivas y vigorosas. En las reuniones, y discusiones de grupo participan más, y les cuesta poco trabajo establecer amistad.

El cuadro que presenta el niño con autoestima disminuida es notablemente diferente. Carecen de confianza en sí mismos, les da miedo expresar sus ideas, no desean exponerse a hacer cosas que puedan llamar la atención, prefieren oír que participar, y están tan conscientes de sí mismos que no pueden relacionarse con facilidad con otras personas, y no pueden atender otros problemas, lo que limita sus tratos sociales.

Los niños que tienen una elevada autoestima suelen tener padres que también se tienen un alto aprecio, tienden a ser estables emocionalmente, más confiados en sus propios recursos, más animados y eficaces en sus actitudes y acciones respecto al cuidado de los niños. Las interacciones entre los propios padres son más compatibles, y las definiciones de las zonas de autoridad, y responsabilidad de cada padre son más claras. Los padres de estos niños tienden a esperar mucho de sus hijos, les proporcionan modelos positivos, y les dan aliento y apoyo consistente.

Las madres de los niños que tienen un elevado concepto de sí mismos aceptan más a sus hijos, y tienden a expresar su aceptación mediante manifestaciones cotidianas de interés, afecto, e íntima relación. En contraste las madres de los niños que no se tienen mucho aprecio a sí mismos, se muestran retraídas con sus hijos no les prestan la suficiente atención, suelen menospreciar a sus hijos, y tratarlos como si fueran una carga, sus manifestaciones emocionales ante los hijos oscilan entre la hostilidad y la indiferencia.

El mismo autor señala que los padres de los niños que tienen una elevada idea de sí mismos propenden a vigilar más el cumplimiento de las reglas establecidas cuidadosa, y consistentemente. Utilizan las recompensas como procedimiento preferido para influir sobre la conducta. Los castigos que utilizan son adecuados y francos, y de ninguna manera utilizan castigos severos, o amenazan con la pérdida de afecto.

En contraste la falta de orientación parental, y un trato relativamente duro e irrespetuoso, es característica de los padres que se tienen poco aprecio, y aparentemente estos padres no saben como establecer y hacer cumplir normas a sus hijos, o bien no les preocupa hacerlo, suelen utilizar el castigo en lugar de las recompensas, y amenazan con la pérdida de afecto, el castigo es inconsistente, y obedece más al estado de ánimo del padre.
Los padres de los niños que se aprecian a sí mismos proporcionan a sus hijos normas y límites de conducta cuidadosamente definidas dentro de estos límites, el trato de estos padres carece de carácter coactivo, y toma en cuenta los derechos y opiniones del niño. Además mientras la mayoría de los padres de los niños que tienen un adecuado autoconcepto, prefieren la discusión y el razonamiento para obtener la cooperación, y obediencia de los niños, la mayoría de los padres de los niños que no tenían un buen concepto de sí mismos preferían la fuerza, y las decisiones autocráticas.

2.6.3 El Contexto Escolar

Desde que los niños inician la escolaridad todo lo relacionado con la escuela adquiere gran relevancia. La percepción del ambiente escolar se encuentra relacionada significativamente con variables como la motivación intrínseca (Deci y Ryan, 1980, 1985) sentimientos de autorrespeto y competencia percibida (Harter, 1981, 1982). El ambiente escolar que favorece las experiencias de autonomía del niño incide favorablemente en su adaptación y ajuste a la escuela y sobre su autoconcepto. Ryan y Grolnick (1986) encuentran que la percepción de las características del ambiente escolar constituye un poderoso agente en el nivel de autoestima de los propios niños. La percepción del clima escolar por parte de los alumnos es un fenómeno multideterminado influenciado por variables ambientales y personales. Por una parte la percepción de los niños está en función de las condiciones actuales de la clase, las que a su vez están determinadas por el estilo y orientación psicopedagógicas del profesor (Deci, Schwartz, Scheinman y Ryan, 1981). Sin embargo, dentro de una misma clase existe una gran variabilidad en la forma como los niños interpretan el clima escolar. Estas diferencias individuales se deben a las experiencias anteriores y a diferencias de personalidad, pero también son función de la manera como estos alumnos son diferencialmente tratados por sus profesores y compañeros, por eso el ambiente o clima escolar es diferente para cada niño. 

Las evaluaciones realizadas por los compañeros y los profesores predicen cambios en la competencia autopercibida de los niños a lo largo del año académico, además las evaluaciones de estas personas significativas inciden sobre el autoconcepto. Los resultados del trabajo de Cole (1991ª) demuestran que las autopercepciones de los niños son el reflejo de otros significativos del contexto social, estos hallazgos son complemento de los hallazgos de Entwisle, Alexander, Pallas y Cadigan (1987) los que encuentran que los niños con bajos niveles de competencia académica autopercibida

a) Tienen profesores que esperan poco de ellos,

b) Perciben con precisión estas bajas expectativas de los profesores,

c) Tienen menores expectativas sobre su propio rendimiento académico futuro.


Cole (1991b) encuentra que la relación de los compañeros es más importante para los niveles de competencia percibida de los alumnos, de lo que son las evaluaciones de los profesores. Comparando padres vs. profesores Eccles, 1983; Phillips, 1987, han comprobado que las autopercepciones de los niños sobre la competencia en matemáticas parece estar más fuertemente relacionada con el feedback de los padres y sus expectativas que las evaluaciones de sus profesores. Cole explica esto porque el grupo de pares y de padres son constantes y consistentes a través de los años, mientras que los profesores cambian en el grado escolar. Sin embargo existe importante evidencia de que el profesor incide significativamente sobre las percepciones de los alumnos (Skinner y Belmont, 1993). Los estudios atribucionales resaltan la importancia del rendimiento, feedback del profesor y feedback obtenido a través de la comparación de los iguales (Weiner, 1979).

2.6.4 Comparacion Social

Para la construcción del autoconcepto las personas utilizan la comparación de sus rendimientos y opiniones con los de los otros significativos (Festinger, 1954). Por otra parte la gente parece rodearse y compararse con otros individuos de tal manera que los resultados le sean favorables (Epstein,1973; Greenwald, 1980; Tesser y Campbell, 1983, 1985). Con frecuencia las personas parecen evaluar sus capacidades con relación al rendimiento de otros significativos. La investigación sobre la autoevaluación de la capacidad a través de la comparación social busca conocer:

a) El porqué la gente se implica en la comparación social

b) Cuáles son los criterios utilizados para elegir con quién compararse

c) El papel del rendimiento y similitud como criterios utilizados para elegir con quién compararse.



Los otros significativos para el alumno son sus compañeros de clase. El modelo de comparación social implica la comparación de las propias habilidades con las de los significativos (comparación externa). Las comparaciones que el alumno obtenga a través de este proceso de comparación externa afectarán su autoconcepto. Marsh (1994) describe tres posibles tipos de efectos sobre el autoconcepto académico como consecuencia del proceso de comparación externa. Según este autor el hecho de que un alumno con habilidad académica media se encuentre dentro de un grupo de alumnos de alta habilidad puede afectar su autoconcepto de forma que este:

a) Disminuya por debajo de la media, ya que la base de comparación es el rendimiento de los alumnos por encima de la media (efecto de contraste), 

b) Aumente por encima de la media como consecuencia de pertenecer a un grupo de alta habilidad (identificación grupal o efecto de asimilación), y

c) Permanece como está, ya que no es afectado por el contexto inmediato en el que está inmerso.


Se evidencian cambios evolutivos en el grado en el que se busca y utiliza información procedente del proceso de comparación social. Aunque los niños preescolares exhiben conductas de comparación social (Mosatche y Bragonier, 1981), el interés por la comparación social es evidente durante los primeros años escolares. Existen evidencias de que la información proveniente de la comparación social no es utilizada con fines de autoevaluación hasta los 6 años aproximadamente (Ruble, Boggiano, Feldman y Loebl, 1980), y hasta los 7 a 8 años los juicios de competencia no afectan las conductas de los niños (Spear y Armstrong, 1978). La habilidad de los niños para evaluar con precisión su propia conducta académica se incrementa con el paso de los años al igual como su tendencia a comportarse de manera competitiva.


2.7. LA PROPIA CONDUCTA

La conducta observable es una importante fuente del conocimiento autorreferente. La gente realiza inferencias sobre sí mismas basadándose en la observación de sus conductas y las situaciones en que estas ocurren, aunque el resultado de una conducta puede afectar globalmente el nivel del autoconcepto de las personas; es necesario diferenciar las autopercepciones según su contenido ya que así lo hace el individuo al interpretar los resultados de su conducta. De esta forma, las conductas de índole académico tendrán importancia para las dimensiones académicas del autoconcepto, y escasa incidencia sobre las dimensiones no académicas.

El contexto escolar junto con el familiar constituye un marco importantísimo en el que se dan gran parte de las experiencias y conductas de los niños y jóvenes, estos son la base de su autoconocimiento. La propia conducta de aprendizaje y rendimiento representa una variable muy significativa respecto de la autoestima de los estudiantes (Hoge, Smith y Hanson, 1990). Actualmente nadie duda de la relación entre el éxito o fracaso del alumno, los niveles y valencia de su autoconcepto. Por lo general en la medida de que el niño experimenta éxitos y no fracasos su autoconcepto será más positivo que si sucede lo contrario. Sin embargo, la relación entre la conducta observable y el autoconcepto es mucho más compleja de lo que parece.

Las consecuencias del rendimiento en el autoconcepto estarían en función, entre otras variables, en las causas que el sujeto atribuya a dichos resultados, en el valor de la consecuencia obtenida, y en las necesidades particulares de autorrespeto. Según Bandura y Jourden (1991) las personas que valoran la habilidad o competencia personal demuestran mayor capacidad de percepción de sus capacidades, obtienen mayor provecho de las experiencias de fracaso, ponen mayor empeño personal y se implican en un pensamiento analítico más eficaz que aquellas otras personas para las que no tiene mayor importancia verse más o menos competentes, o que conceptualizan su capacidad como una entidad fija que refleja ciertas capacidades cognitivas básicas inalterables. Teorías importantes sobre la motivación del rendimiento destacan el papel del sentimiento de competencia o habilidad autopercibida de la conducta de logro del sujeto (Covington y Berry, 1976; Kukla, 1972). Considerando los aspectos afectivos de la relación anterior, parece lógico que los alumnos se sientan más felices y contentos de que su logro haya sido objetivamente exitoso, mientras que sentimientos de insatisfacción y tristeza seguirían a conductas que terminan en fracaso. No obstante, la relación entre resultado de la conducta de logro y sentimientos posteriores es más complicada.

A un nivel general, teorías psicológico-sociales relevantes asumen que las reacciones afectivas de la gente ante los resultados de su conducta dependen en parte de la manera en que dicha conducta sea interpretada (Mac Farland y Ross, 1982). En esta línea las personas se sienten mejor cuando los éxitos los atribuyen a causas externas y si sus fracasos son atribuidos a causas externas e internas (Weiner, 1979; Weiner, Frieze, Kukla, Reed, Rest y Roseanbaum, 1971; Weiner, Russell y Lerman, 1978). Quizás por esa razón, un número apreciable de trabajos concluyen que dado que la relación entre atribución y características afectivas es fuerte la gente puede distorsionar sus atribuciones ante el éxito o fracaso con el propósito de mantener o realzar su autoconcepto (por ejemplo, Bradley, 1978; Brown, 1988; Covington y Omelich, 1979; Higgins y Bargh, 1987; Kulik, 1983; Snyder, Stephan y Rosenfield, 1978; Zautra, Guenther y Chartier, 1985; Zuckerman, 1979).

Según el modelo o teoría general de la motivación de Bernard Weiner, las personas pueden atribuir el éxito o fracaso de su conducta a diferentes causas (por ejemplo, competencia, esfuerzo, suerte, ayuda de otras personas). Según Weiner (1979, 1980a, 1980b, 1982, 1983, 1985) y serían suficientes tres dimensiones para describir las causa percibidas. Según este autor, las diferentes causas percibidas se diferencian entre sí dependiendo de:

a) Si son internas o externas al sujeto (dimensión locus),

b) Si son estables o variables (dimensión estabilidad),

c) Si el individuo controla o no dicha causa (dimensión control).



Por ejemplo, la capacidad o habilidad es una causa interna, estable e incontrolable.

Ante una situación o experiencia escolar, finalizada con éxito o fracaso, el alumno intentará adscribir una causa para explicar el resultado obtenido. Como consecuencia del tipo de causa elegida, el sujeto experimentará una serie de consecuencias tanto de tipo cognitivo como afectivo, las cuales posteriormente inciden poderosamente sobre su motivación para el aprendizaje y realización de tareas semejantes. En síntesis, esta teoría de la atribución propone que las consecuencias de la conducta objetiva del alumno elicita una determinada atribución causal la cual, a su vez, condiciona la subsiguiente conducta del alumno. La causa atribuida, y el proceso mismo de atribución, constituyen así el principal factor que da un determinado significado a la conducta del sujeto. Más específicamente, lo verdaderamente relevante no es tanto la causa en sí misma, sino las dimensiones concretas de la misma.

Los tres tipos de dimensiones comentadas anteriormente tienen relevancia para la conducta del individuo, sin embargo son destacables, en nuestro caso, las consecuencias de la dimensión locus. La idea de Rotter (1966) de que la dimensión locus (atribución a causas externas o internas a nosotros) está relacionada con los niveles de autoestima del sujeto, ha sido desarrollada por Weiner y sus colaboradores (1971, 1976, 1978) y confirmada por revisiones y metaanálisis actuales. Al respecto, Weiner (1983) afirma que la dimensión locus afecta la autoestima: "las atribuciones a factores internos de un éxito, como contrapuesto a causalidad externa, incrementa el autorrespeto, mientras que las atribuciones a uno mismo de un fracaso hacen decrecer la autoestima". Por ejemplo, el fracaso debido a una escasa capacidad da como resultado una mayor pérdida de autoestima, que si la atribución el fracaso recae en la mala suerte o al obstáculo de otros. Por otra parte, es preciso tener en cuenta que si bien la atribución del éxito a causas internas aumenta la autoestima, una alta autoestima, a su vez, llevará al sujeto a realizar más atribuciones internas; por el contrario, mientras que la atribución interna al fracaso disminuye la autoestima, ésta, consecuentemente, implica mayor probabilidad de la realización de atribuciones internas de fracaso.

Una segunda dimensión que también tiene relevancia es la de estabilidad. Para Weiner (1983, 1984), la dimensión de estabilidad se encuentra relacionada con cambios en las expectativas de éxito y fracaso. La atribución del fracaso, por ejemplo, a una causa estable tal como falta de capacidad conlleva mayores expectativas (certeza) de futuro fracaso que si la atribución del fracaso se realiza a una causa inestable como la mala suerte (ver también, Betancourt, 1984). La estabilidad causal también se relaciona con reacciones afectivas: sentimientos de desesperación.

Las reacciones y anticipaciones afectivas, en conjunto con las expectativas de éxito, influyen sobre un conjunto de índices motivacionales, que incluyen persistencia en la conducta, insistencia ante tareas a realizar, interacción con otros, etc. La secuencia interactiva entre las variables mencionadas sería:

a) La conducta concreta del individuo (su resultado) sirve como base informativa al propio individuo, entre otros aspectos, de su capacidad o habilidad para los trabajos escolares específicos;

b) Dependiendo de si su conducta ha terminado en éxito o fracaso, de la evidencia u objetividad de la causa o causas de la conducta y de la necesidad de protección y/o realzamiento del autoconcepto del propio sujeto, éste atribuye el resultado de la conducta a una causa determinada;

c) Esta atribución concreta, y en función de dimensiones de la causa atribuida (externa/interna; estable/inestable; controlable/incontrolable), conlleva ciertas reacciones tanto cognitivas como afectivas, incidiendo fundamentalmente sobre los niveles de su autoconcepto y de sus expectativas de logro;

d) Finalmente, tanto el autoconcepto como las expectativas de logro (y otras variables altamente relacionadas con éstas expectativas de autoeficacia, por ejemplo) inciden significativamente sobre la conducta futura.


2.8. DESARROLLO DEL AUTOCONCEPTO

Hay poca evidencia empírica de cómo el sí mismo es construido desde la perspectiva del desarrollo cognoscitivo aunque de acuerdo a la teoría piagetana se postula la siguiente evolución.

2.8.1 Período Pre-operacional

Durante la infancia la emergencia de la representación simbólica y el desarrollo del lenguaje hacen posible al infante reconocer características concretas, tales como género y edad. Las características no son estables ni están jerárquicamente organizadas, por ejemplo el niño no tiene la conservación de su género. En este período el niño tampoco se preocupa por la contradicción lógica, lo más importante los niños pre-operacionales no pueden asumir el rol del otro necesario para cumplir con el constructo teórico cognitivo de Cooley, o para invocar "el otro generalizado" de Mead en Harter (1983)

2.8.2 Período Operacional Concreto

El niño en esta etapa puede adoptar otras perspectivas y esto le da una mayor habilidad de imaginar lo que las otras personas están pensando de él o de ella. Por consiguiente el niño puede empezar a construir un otro generalizado a la manera de Mead, o en términos de Cooley una idea de sí mismo. 

El surgimiento del pensamiento lógico produce un cambio cualitativo en la naturaleza de la teoría del sí mismo del niño. La habilidad del niño para clasificar y organizar de manera lógica los eventos, objetos, y personas concretas en la vida individual, puede también extenderse a aquellos intentos para definir los atributos en la teoría del sí mismo. También parecen mostrar una organización jerárquica, por ejemplo ser brillante muestra un rasgo más elevado que ser bueno en lectura, bueno en matemáticas, o en dibujo. Se esperaría que el niño en esta fase actúe inadvertidamente al recopilar trozos de información de sus experiencias de construir rompecabezas de sí mismo. En este periodo y a partir de que el niño llega a la conservación, y al pensamiento reversible es que el niño logra la constancia del género. 

Evidencia (Harter, 1985) indica que la conservación de las cantidades precede a la constancia del género, ya que éste requiere de un aprendizaje completo, que una simple apreciación del mundo físico en el que la cantidad real, peso, y volumen de la sustancia en realidad no cambia. La tarea para el niño en este caso es aprender a no basar sus juicios en la mera apariencia perceptual de los objetos. 

La mayoría de las características físicas definen el yo corporal del niño cambian dramáticamente en talla, peso, volumen, fuerza y rasgos físicos, de manera que no hay una base psicológica para la conciencia de las características físicas individuales, o para la continuidad del sí mismo corporal. Además los agentes socializadores, valorizan y comunican estos cambios, cuando dicen por ejemplo, "cómo has cambiado", "estás más grande", "has crecido". De esta manera no sólo se refuerzan los cambios en las características físicas, sino además se singularizan algunos cambios como "que inteligente que eres, has aprendido a leer, has cambiado", y con este énfasis en el cambio no es sorprendente que los niños asuman que el género también va a sufrir alguna transformación. 

La tarea cognoscitiva para el niño es aprender qué características son constantes, y por lo tanto no experimentan cambios, y qué características pueden esperarse que cambien con la edad. El niño debe integrar esta información a fin de apreciar el hecho de que la mayoría de las características físicas cambien con la edad, mientras que las características primarias que definen el género no. Con este conocimiento llega a la conciencia de que el género es constante. La mayoría de los niños entre los 6 y 9 años demostraron constancia e identidad de sí mismos, es decir la mayoría de los niños sentían que ellos no podían cambiar y convertirse en un animal, en un niño del sexo opuesto, o en otro niño diferente, y que siempre va a ser la misma persona en el futuro. El hallazgo de que los niños menores frecuentemente citan su nombre como la base de ser ellos mismos, coincide con el concepto de "realismo nominal" de Piaget. Los niños mayores parecían reconocer que estos nombres usan designaciones arbitrarias, y citaban otras características como la base para su identidad. El resultado del estudio sugiere que la identidad del sí mismo o constancia individual se cristaliza durante el periodo operacional concreto.

2.8.3 Periodo de las Operaciones Formales

Durante la adolescencia el pensamiento formal aparece, y con él la capacidad para el razonamiento hipotético deductivo. Estas habilidades no sólo implican los poderes de deducción, sino una preocupación por lo hipotético, como lo señala Flavell (1963), la realidad se convierte solamente en una subclase, en una serie pequeña de las preocupaciones que confronta el adolescente. Además el adolescente es capaz de introspección, puede reflejarse en sus propios pensamientos, sentimientos, y motivaciones, los que surgen como poderosos nuevos constructos al tratar de teorizar acerca de sí mismo y de la propia personalidad. 

Parecen surgir dentro de este periodo los postulados de elevado orden, constructos que representan las generalizaciones derivadas de la experiencia. Sin embargo es posible representar la realidad de manera errónea particularmente cuando las inferencias se hacen o se extienden más allá de las informaciones proporcionadas con las habilidades recientemente adquiridas para la abstracción, las cuales pueden no estar completamente bajo el control cognitivo del adolescente y pueden muy bien resultar en sobregeneralizaciones. Las experiencias personales o individuales no son los únicos factores que determinan si un concepto sería asimilado en una teoría del sí mismo individual, sino que también debe considerarse la necesidad de una consistencia interna y la necesidad de mantener la organización del sistema del sí mismo para lo que son útiles los mecanismos de defensa, y la sobredisposición perceptual, (Harter, 1984). 

Con la edad, el énfasis en los rasgos interpersonales es mayor, por ejemplo amigable, llevadero, tímido, sociable. Rasgos que incluyen el ser atraídos por otros, así como virtudes interpersonales. Los niños mayores se describen a sí mismos en términos de su interior psicológico, en un mundo de emociones, actitudes, deseos, secretos, la descripción se dirige a lo invisible y privado, hacia el potencial de respuestas abstractas. El adolescente indaga su mundo interior de pensamientos, y sentimientos tanto reales como hipotéticos.

En resumen, a través de los estudios del desarrollo hay un soporte general que sustenta la progresión gradual de las descripciones de sí mismo basadas en características observables y concretas, a características más abstractas basadas en rasgos psicológicos.

Las áreas de interés de los niños cambian con el paso del tiempo. Estos cambios se encuentran posibilitados (y motivados) por la interacción entre ciertas condiciones socioeducativas y ambientales, y las características evolutivo-personales de cada uno de nosotros. Ya que ni las características del contexto donde se desarrolla el individuo (normas, roles, valores, etc.) ni tampoco el curso evolutivo de sus habilidades y capacidades de razonamiento son idénticos para cada una de las múltiples culturas existentes, es razonable que nos encontremos con cursos evolutivos del autoconcepto distintos, no sólo por lo que se refiere a los contenidos relevantes de cada una de la edades sino también respecto de su estructuración. Es por este motivo por el cual nuestro análisis de los aspectos evolutivos del autoconcepto se refieren a la sociedad occidental en la que vivimos. Debido a que el concepto que uno tiene de sí mismo se encuentra profundamente condicionado por los roles sociales que se desempeñan y la interacción correspondiente con los agentes transmisores de cultura (la familia, la escuela, el ámbito laboral, etc.), en nuestra sociedad las etapas de desarrollo del autoconcepto suelen coincidir con los períodos evolutivos socialmente establecidos tales como la niñez, pubertad, adolescencia, madurez temprana, madurez tardía y vejez.

 

 

 


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