Quipukamayoc: Segundo Semestre 1999

 

LA LUCHA POR EL PODER MUNDIAL Y EL ARMAMENTISMO

Lic. ARTURO BONILLA SÁNCHEZ *

 

El propósito principal de este trabajo es el de avanzar en el análisis de un fenómeno sumamente delicado y complejo, como es la lucha por el poder y la hegemonía mundiales, la cual parece estarse convirtiendo en una verdadera amenaza para la humanidad, en la medida en que aquélla continúa, a pesar de haber concluido en lo fundamental la guerra fría, suceso sobre el cual mucho se ha escrito y especulado, pues es un asunto de importancia histórica que ha sido capaz de modificar el eje fundamental en que descansaba la política mundial: el bipolarismo.

La premisa fundamental parte del supuesto de que, en la posguerra fría, se ha generado una intensa competencia en la opción de exportar armamento, sobre todo armas mayores y tecnologías militares, la cual es contantemente fortalecida, como se estudia en los trabajos de este volumen. Cabe destacar que esta vertiente del comercio está incluida en la guerra en los niveles productivos, financieros, comerciales o tecnológicos.

Asimismo se ha establecido una competencia de carácter militar, para mantenerse en la punta de la investigación y producción de nuevas armas1a fin de disuadir a posibles o potenciales enemigos, pero también para su comercialización, pues de acuerdo con la estrategia y la geopolítica de largo aliento que han contenido emergencias políticas momentáneas, la opción de exportar armas puede ser conveniente con fines meramente comerciales cuando ese mercado específico es favorable. Cabe recordar que esta vertiente del comercio está incluida en la guerra económica entre las grandes potencias del mundo: Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, China, Rusia, Alemania y Japón. Las cinco primeras han sido las exportadoras más importantes de armamento pesado al llamado Tercer Mundo, además de ser las principales potencias militar-nucleares y miembros permanentes del Consejo de Seguridad (CS) de las Naciones Unidas (ONU).

En el ámbito competitivo en general, esas potencias, con excepción de Rusia, aportan más del 70% al producto mundial, junto con otros países de menor peso, como Canadá e Italia.

Otro dato que conviene mencionar es que los países señalados también fueron los principales protagonistas de los dos más grandes conflictos bélicos que han afectado a la humanidad: la primera y segunda guerras mundiales, con la excepción de China y Canadá, que en esas guerras estaban total o parcialmente dominados por otras potencias. El origen y desenvolvimiento posterior de esas potencias puede hacerse residir en la competencia y rivalidad comercial, financiera, tecnológica, militar y política.

Tal parece que en la actualidad las consecuencias político-militares de la creciente competencia entre los bloques económicos capitaneados por algunas de las grandes potencias del orbe es el más importante desafío, de los muchos que azotan a la humanidad, para unas expectativas de paz en tanto y cuanto las tendencias de la revolución tecnológica son a volcarse en la industria militar. Así, entre las diversas vías con que se tiende a contrarrestar las crisis recurrentes del mercado mundial está el comercio de armamento o de la electrónica aplicada al Departamento de la Defensa de Estados Unidos por relevantes corporaciones privadas no solamente de este país, sino de otras potencias, como Japón.2

Si viviéramos en un mundo de creciente colaboración social y económica entre empresas, regiones y países, donde los mayores y mejores esfuerzos se apostaran a alcanzar el paradigma del desarrollo económico y social, sin necesidad de entrar en la competencia salvaje, no habría bases para que los grupos políticos y económicos más poderosos del planeta tomaran sus decisiones en torno a la necesidad de incrementar su poderío militar. Como ello no está ocurriendo y no hay posibilidad de cambios debido a que la producción y el mercado están indisolublemente ligados entre sí, y con la producción y exportación de armamentos, se entienden los crecientes peligros que la humanidad enfrenta para garantizar su simple supervivencia como civilización, en la medida en que es cada vez mayor la capacidad de destrucción derivada de la producción de armas letales y no letales (las capaces de asegurar sólo la destrucción de bienes). Ello por cuanto en la propia destrucción va involucrada una necesidad intrínseca: la de renovar la valorización del capital en el siguiente ciclo, por ejemplo, con la reconstrucción.3

Es un contrasentido que en vez de destinar recursos financieros a la solución de los más graves problemas que en tanto sujetos sociales nos aquejan, los estados destinen presupuestos enormes a los establecimientos de defensa, a los medios de destrucción: la liberalización comercial mundial lo debiera hacer innecesario. Pero la realidad es muy distinta, ya que la competencia exacerbada también alimenta el nacionalismo, como la prueba el que la Unión Europea (UE) como bloque económico, se ha enfrentado a inmensas dificultades que pusieron en riesgo la unificación monetaria iniciada en 1999.

Es relevante destacar que sólo en círculos muy reducidos de esos países se da importancia a lo que se avanza en materia de medios tecnológicos-militares industriales para los establecimientos de la defensa, incluidas las pruebas para lanzar las nuevas líneas de armamento y su posterior producción y resguardo. Todo se lleva a efecto en los marcos del mayor secreto posible –ese a su necesaria autorización anual por el Congreso, por ejemplo, en Estados Unidos–, de modo ambiguo: a] para que la opinión pública se informe mal acerca de los riesgos mayores, y b] sería una estrategia disuasiva de seguridad.

Así, se observa que a lo largo de la década de los noventa continúa la investigación y la producción de armas, sin duda cada vez más eficaces como medios de exterminio, a pesar de que dicha década se caracteriza por la desintegración de uno de los polos del conflicto –que justificaban dichas erogaciones–, la Unión Soviética, y que generó la esperanza de que por fin se llegaba a un punto final de la carrera armamentista nuclear y convencional desatada entre las anteriores superpotencias, y a la que se sumaron otras naciones con armas nucleares aliadas en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) o el Pacto de Varsovia (PV).

La carrera armamentista convencional, pese a las expectativas optimistas de la postguerra fría, continuaría –aun en el caso de que cesara la lucha por la supremacía nuclear que en un tiempo se consideraba pieza fundamental de la estrategia de disuasión en el conflicto Este-Oeste– por razones económicas: el empleo y el desempleo, cuyas tendencias se modifican por la revolución tecnológica que ha hecho descender la tasa de empleo y crecer la del desempleo, especialmente en trabajo no calificado, por ejemplo en Estados Unidos.

Debe tomarse en cuenta que hay un cúmulo de problemas generados por la concentración y centralización de capitales, así como por las tendencias especulativas del capital financiero, los cuales se han traducido en la contracción de los mercados de bienes. Es claro que por el crecimiento de la tasa de valor agregado, las cifras sobre comercio reflejan una situación de optimismo que no se expresa en un auge de los considerados mercados emergentes. La creciente competencia entre individuos, empresas, regiones y países, se aprecia también en las rivalidades étnicas o religiosas, las que ya se han manifestado en el desmembramiento de países, como Yugoslavia, Checoslovaquia y la Unión Soviética. En el mapa político del mundo, por tales razones, aún nos aguardan sorpresas.

También está presente la discriminación contra las minorías nacionales en algunos países, pero es en los desarrollados donde presentan el carácter más acentuado y tendencias deletéreas, fenómeno que ha sido canalizado por las ideologías dominantes. En efecto, como consecuencia de las tendencias del aparato productivo mundial, siempre bajo la ley interna de la creciente composición orgánica de capital que se traduce en incapacidad creciente para emplear a la población en la fase más productiva de su vida, se genera temor generalizado, delincuencia e inestabilidad política ante las escasas oportunidades que se abren para dar trabajo formal a las nuevas generaciones.

Ello a su vez se manifiesta en el resurgimiento del subempleo, que desde hace algunos años ha causado el aumento del sector informal de la economía. Pero la pérdida del empleo o, peor aún, las pocas posibilidades de encontrar un puesto de trabajo, se convierte en caldo de cultivo para la desesperanza, el malestar, la pérdida de valores y de objetivos en la vida de millones de jóvenes, quienes están buscando refugio en el mundo de las drogas o en el del alcoholismo o bien en la delincuencia, creando directa o indirectamente el conocido clima de violencia social que azota en especial a los países de África y América Latina.

Otro de los grandes problemas que preocupan a los habitantes del planeta en su fracción más desfavorecida es su lucha cotidiana por no morir de hambre o a consecuencia de enfermedades que bien podrían evitarse de haber las condiciones políticas favorables para revertir la tendencia a abandonar el Estado de bienestar o welfare state4. Otros seres humanos luchan a diario porque se les den oportunidades de educación como medio para salir de su penuria; sin embargo, no es fácil que las obtengan, dado que en escala mundial se observa una contradicción de los recursos destinados a la educación pública.

En todo el mundo va creciendo lentamente la toma de conciencia respecto al cada vez más apremiante problema de la destrucción del ambiente. Lo grave de este asunto radica en lo poco que han hecho y hacen gobiernos y empresas para disminuir la contaminación del aire, los suelos y los cuerpos de agua.

En suma, muchos de los problemas que abruman a la especie humana, de los cuales se ha hecho rápido recuento, pueden incluirse en el marco de un fenómeno que genéricamente comprende todas estas manifestaciones sociales, económicas y políticas, generalmente conocido como crisis mundial o, si se prefiere, crisis de la civilización moderna, en la que la lucha por el mejoramiento de los instrumentos de exterminio representa una parte muy significativa todavía en la posguerra fría.

La carrera armamentista ha requerido de colosales esfuerzos que durante casi 50 años han absorbido vastos recursos humanos y financieros. En ninguna otra etapa de la existencia de la vida humana se ha realizado un esfuerzo tan prolongado y costoso, ni empleado a tantos científicos y técnicos, como en la época de la guerra fría y en lo que va de la década actual.5Asimismo, en ninguna otra época en la historia de la humanidad se ha dado tan impresionante y dramática elevación de la capacidad de destrucción como es la que comprende desde el decenio de los cuarenta hasta nuestros días.

En la fase inicial de la posguerra fría se llegó a pensar que ahora sí se podrían usar los escasos recursos disponibles para satisfacer las necesidades acuciantes que han afectado a vastas proporciones de la población humana; ello debido a la creencia de que poco a poco irían disminuyendo los gastos con fines militares. Si bien es cierto que en el caso de la otrora Unión Soviética la reducción ha sido significativa hasta 1997,6 ello se ha debido más por la desarticulación económica y política en toda Rusia y las otras repúblicas de la Comunidad de Estados Independientes (CEI) que por razones geopolíticas. En efecto, los cortes en los montos anuales destinados a fines de defensa por Estados Unidos, el Reino Unido y Francia han sido de escasa magnitud. En los casos de China, Japón y Alemania, dichos gastos han aumentado. Por ello nos atrevemos a afirmar que desde hace 50 años la lucha por el poder y la hegemonía en escala mundial se va convirtiendo en una creciente amenaza para la capacidad de supervivencia de la humanidad, superior tal vez a la que supone el ataque continuo al ambiente que entraña el calentamiento del planeta a causa de la combustión fósil y del efecto invernadero así generado, que acaso es irreversible.

La lucha por el poder es el elemento central de la acción política y los millones de personas que actúan como entes políticos per se no representarán un peligro para la supervivencia de los seres humanos. Pero lo detentadores del enorme poder militar si lo serán mientras tengan en sus manos un poder de destrucción de tal magnitud que no sólo pone en peligro de extinción a sus rivales políticos, sino la subsistencia de todos aquellos no involucrados en las pugnas por el poder.

De facto, no sólo la acción política de los grupos de poder de las grandes potencias, en su lucha competitiva y rivalidad en los distintos órdenes señalados, pueden poner en peligro la supervivencia humana; pueden hacerlo simplemente con las hambrunas, el deterioro de los suelos cultivables, la desforestación y el efecto invernadero, con sus efectos conocidos de cambios climáticos y caída de la producción de granos básicos. Además, podemos afirmar que en la medida en que las potencias tienen capacidad de destrucción con el poder nuclear que transportan sus vehículos estratégicos de lanzamiento y ataque, así como con las armas químicas, biológicas y otras incluso convencionales, aquélla será utilizada y no sabemos si sólo como medida de disuasión o específicamente en la búsqueda de hegemonía poniendo en entredicho la capacidad económica del sistema mundial para enfrentar el riesgo de catástrofe ecológica: esto involucra una comprobada guerra psicológica en curso.

Es pertinente recordar que el desarrollo desmesurado del potencial destructivo que las grandes potencias han alcanzado, en realidad no se origina con la guerra fría; empieza antes la segunda guerra mundial, con la rivalidad política y militar de las potencias del Eje: Alemania, Japón e Italia, de un lado, y del otro las potencias aliadas: Estados Unidos, la Unión Soviética, el Reino Unido y Francia. Esta rivalidad todavía no se ha reproducido a los niveles que existían antes de aquella conflagración. La producción acelerada por parte de Estados Unidos de la primera bomba atómica con su proyecto
Manhattan tuvo como sustento la contienda entre estos dos bloques de poder, que posteriormente fue impulsada a los niveles que conocemos.

 

*Investigador titular y ex director del Instituto de Investigaciones Económicas, UNAM. El autor agradece el apoyo que brindó la maestra Margot Sotomayor Valencia en la elaboración de este trabajo.

 


1. Se entiende que se trata de armas convencionales, tanto pesadas como ligeras pero pueden ser armas de exterminio masivo no necesariamente nucleares. La reciente revisión llevada a cabo con renovado consenso sobre el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNPN)
está destinada (con todos los elementos contradictorios que existen a frenar la tendencia que se había venido generando en algunos países del llamado Sur, que comprende a algunos del Medio Oriente, de importar tecnologías nucleares “capaces de producir armas nucleares”). Hoy día todos los países del Oriente Medio son partidarios de la creación de una zona libre de armas nucleares, aunque el caso de Israel es ambivalente e invita a desplegar, como lo ha hecho uno u otro país de la zona, instrumentos políticos de presión que pueden ser falaces, ya que las tecnologías nucleares para usos civiles no equivalen a “tecnologías para la bomba”. Mientras se les atribuyen errónea o realmente esas intenciones, se demora el momento del consenso para la creación, allí de una zona libre de armas nucleares.

2. Sobre el papel que desempeñan los tanques de pensamiento, como la Rand Corporation y la Heritage Foundation en la ideología y los negocios de las grandes corporaciones, véase Luis Gonzáles Souza,. “México desde EU: ¿estabilidad sin democracia?, en Estrategia, núm. 113, México, septiembre-octubre de 1993.

3. Véase Adolfo Kozlik, El capitalismo del desperdicio, México, Siglo XXI Editores, 1968. En relación con la posibilidad de reducir tal capacidad de destrucción y obtener unos dividendos de paz, después de la guerra fría, el Fondo Monetario Internacional (FMI) advierte, en un estudio de 1992, que es muy importante la diferencia entre “reducir unilateralmente la capacidad de destrucción por un solo país o grupo de países al disminuir su gasto militar, frente a reducir dicha capacidad y gasto a nivel mundial”. Véase “Beneficios económicos de la reducción del gasto militar”, en FMI, Perspectivas de la economía mundial, Estudios
Económicos y Financieros, octubre de 1993. Se sostiene allí que “una reducción del 20% del gasto militar mundial podría generar a largo plazo un aumento del consumo y la inversión privados de casi 1 y 2%, respectivamente. A su vez, dichos aumentos generan la mayor parte del incremento del bienestar económico que se estima tendría un valor actual de casi 10 000 millones de dólares de 1992 [aproximadamente el 45% del PIB mundial de ese año]. [...] La proporción del gasto militar de los países industriales se mantuvo alrededor del 75% del total mundial, mientras en los países en desarrollo pasó del 17 al 20 %, al reducirse la de los países en transición –excluída la ex URSS–". Cf. ibidem, p. 117. Las proyecciones: todos los países van a reducir su gasto militar de 1992 a 1998, según el FMI. Sin embargo, según cifras del SIPRI Yearbook, de 1995, en Israel, por ejemplo, el gasto en defensa aumentó de 20 546 millones de dólares en 1994, a 25 297 millones, en 1995. En Estados Unidos descenderá de 6% a menos de 4% del PIB de 1990 a 1998, afirmó el FMI en 1993. Sin embargo, en 1995 disminuyó sólo 3.5% respecto al año anterior, de acuerdo con cifras de World Arms and Disarmament. SIPRI Yearbook, de 1996.

4 Ello incluso hasta en Estados Unidos, donde los resultados de una orden legislativa de 1985 para abordar los recortes presupuestarios más bien gravitan sobre el welfare state; en cambio, permiten recortes insignificantes en el presupuesto de defensa, según muestra Margot Sotomayor Valencia en este volumen.

5. Pese a los recortes al gasto en investigación y desarrollo (ID) para la defensa en Estados Unidos entre 1990-1994, periodo en que disminuyeron en 1996 la tasa respecto a 1995 fue de 4.3% y su proporción del gasto federal en ID, fue de 37.5%. Véase Battelle, R & D Forecast Level, Columbus Ohio, 1994 y 1997.

6. Debido al supuesto proceso de conversión industrial y a los compromisos asumidos en las Conversaciones sobre Eliminación de Armas Estratégicas (START) bilaterales entre la ex URSS y Estados Unidos. Sin embargo, después del desmantelamiento de los proyectiles de largo alcance aún quedan más de 4 000 ojivas nucleares en la aviación estratégica, en submarinos nucleares o en bases terrestres de lanzamiento de misiles.


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