Boletín 1 - Museo de Arqueología y Antropología: 2001

 

LA BATALLA DE AYACUCHO: HACIA UNA VISIÓN DE LOS VENCIDOS



El Perú desde sus orígenes más remotos fue un país de contrastes, donde se articularon estructuras socioeconómicas y étnico-culturales que generaron profundas brechas entre los distintos sectores sociales que habitaron en su territorio. Esta característica de la sociedad andina sufrirá un mayor transtorno con la conquista española y el virreinato que agudizaron esta división social, fragmentando al país en "blancos" e "indios". Situación que, a pesar del cambio político inaugurado con el nacimiento de la República, ha sufrido poca modificación.

El siguiente artículo presenta sucesos que gráfican esta división social entre "blancos" e “indios”; en los orígenes mismos de la República, los cuales pueden servir para reflexionar sobre el Perú de nuestros días (N. E).

El Perú fue siempre un país difícil de explicar y aún de entender, a causa de su contradictoria conformación y hasta de su esencia misma, tan rica y variada. La historia, por cierto, no escapa a estas trabas. Las hondas escisiones raciales, sociales y culturales y la despiadada dominación interna, complican la comprensión de los hechos pretéritos. Peor todavía, la historia oficial desdeña las condiciones que caracterizan a nuestra patria y suelen marginar sucesos dolorosos, así como a los protagonistas populares.

La Batalla de Ayacucho, que definió la independencia de América el 9 de diciembre de 1824, no es una excepción a estas apreciaciones.

Al contrario, en las descripciones que hemos leído del celebre encuentro se observa que el Perú fue doblemente vencedor en la Batalla de Ayacucho. Los soldados de nuestra patria, agrupados en el batallón Husares de Junín y en la Legión Peruana, ganaron la contienda combatiendo al lado de hombres de otros pueblos americanos, todos bajo las banderas bolivarianas de Antonio José de Sucre, general predilecto de Simón Bolívar. Mas el Perú, circunstancia que por lo común se olvida, ganó también esa batalla con otros de sus hijos, aunque trágicamente. Nos referimos a los patriotas quechuas, aimaras y mestizos que, llevando a la fuerza el uniforme virreinal, actuaron a su modo, subrepticiamente, en el seno mismo del ejército de Fernando VII, Rey de España, conspirando, negándose a combatir, suicidándose, desertando y por ultimo, sublevándose a tiro limpio al término de la jornada del 9 de diciembre.

El enunciado de estos conceptos obliga a recordar que en Ayacucho el llamado ejercito “ español” era mayoritariamente peruano. Los españoles integrantes de aquel ejército fueron una pequeña minoría, ni el seis por ciento del total. Ellos sumaban, en efecto, algo más de quinientos hombres entre unos siete mil quinientos efectivos. Los demás eran soldados quechuas, aymaras, mestizos y algunos sargentos negros. Los oficiales criollos, sobre todo los del Perú, comandaban estas tropas.

Conviene precisar que durante varios años España contó con excelentes tropas indígenas, muy disciplinadas y valientes. Pero estos cuerpos se habían debilitado mucho tras catorce años de guerra y, en los últimos meses, debido a las campañas del general Gerónimo Valdez, liberal, contra el general Pedro Antonio Olañeta, absolutista en el Alto Perú.

Por años militaron con tanto denuedo merced a una disciplina que se remontaba al tiempo de los Incas y sobre todo, a causa de la supresión gradual del tributo, que en España habían acordado las Cortes de Cádiz de 1811, junto con otras medidas progresistas coma la abolición de la mita. Estos lineamientos políticos no siempre contaron con el voto de los diputados de América.

José Antonio de Sucre, general predilecto de Simón Bolivar.
El ejército patriota combatió bajo su mando.

 

Pero desde la promulgación de tales leyes había transcurrido un buen tiempo. Fernando VII, restablecido en el trono tras la derrota de Napoleón, había repuesto el absolutismo y derogado. Todas las disposiciones de las Cortes de Cádiz. Claro que los militares españoles distaban mucho de aplicar en la práctica el cobro del tributo, pero el trato semi-feudal era mantenido por los propietarios criollos, que en su mayoría se alineaban con las banderas del Rey. Asimismo, el maltrato era norma común entre la mayoría de oficiales. Por otro lado, cundía el desaliento en las comunidades en medio de una guerra que no tenía cuando acabar (catorce años, en los tiempos de Ayacucho) y consiguientemente la sangría indígena de quechuas y aimaras continuaban. Por otra parte, las nuevas ideas separatistas, habían ganado o neutralizado a fuertes porcentajes de una tropa que antes se había caracterizado por su ciega disciplina. Para colmo, la propia España vivía una segunda revolución liberal entre 1820 y 1823, que seguía dividiendo a la oficialidad que luchaba en América. Del derrumbe de este movimiento peninsular sólo se tuvo noticia en el Perú a principios de 1824.

De igual modo los soldados del Virrey José de la Serna "con pocas excepciones eran indios peruanos”, anotaría el viajero alemán Henrich Wit el describir esa tropa “española”,
al escuchar a testigos en su paso por el paraje de Quinua. Este señor, que fuera el primer viajero culto en transitar por estos sitios. Diría que los “soldados indios, con su sombría, melancólica y desconfiada personalidad no podían irradiar ni una gota de entusiasmo a sus jefes españoles”.

El encuentro de Ayacucho ha sido narrado numerosas veces, pero siempre desde el punto de vista de los vencedores. Sabemos así como «la Legión Peruana sostuvo con gallardía su reputación» junto a las fuerzas grancolombianas y las de otros lados del continente, tal como Sucre dejó constancia en el parte oficial de la victoria. Los Húsares de Junín «recordaron su nombre para brillar con su valor especial “ enfatizó el mismo Sucre y así fue, al extremo que veinticinco de ellos que carecían de caballos tomaron mulas de carga a fin de compartir riesgos y glorias con sus camaradas. Esta información la menciona el capitán (y luego mariscal) Guillermo Miller en sus Memorias (1910). Conocemos, asímismo, el pundonor que derrocharon los anónimos reclutas peruanos, que habían ido cubriendo las bajas de las unidades grancolombianas a lo largo de dos años de campañias.

Juzgamos, sin embargo, que todas estas descripciones resultan insuficientes y aun injustas por incompletas. Y como no existe medalla sin reverso, trataremos ahora sobre el choque de Ayacucho, “desde la perspectiva ,de los vencidos”, apelando al testimonio de quienes allí pelearon en el partido del Rey.

Al hacerlo enfatizaremos el papel decisivo que representaron los soldados andinos anónimos enrolados por la fuerza en ese ejército. Veremos así que, muchos de estos, eran prisioneros de guerra, forzados a batirse en pro de una causa que les era indiferente o les repugnaba, compelidos por una cruel disciplina carcelaria. Ese 9 de diciembre aprovecharon la ocasión para ayudar al bando patriota, que era, en todo caso, al que sentían más propio. Lo hicieron desertando en masa en plena acción y aún peleando al final contra sus propios capitanes.

Nos proponemos revelar en estas páginas, que en el seno del ejército del Rey, vale decir en el del Virrev La Serna, sectores patriotas embozados, conspiraron e hicieron cuanto pudieron para captar adeptos. Resaltaremos que en ese ejército existió desde mucho antes de la batalla una sorda conjura patriota, expresada en la deserción (a veces en grupo), en los pasquines, en los suicidios, en la indisciplina frente al enemigo ,caso de Junín. Pero, el extremo del amotinamiento, había de presentarse únicamente en Ayacucho.

Por estas razones resulta factible sostener que, en cierta forma, gran parte de los peruanos quechuas, aimaras y mestizos, que combatieron forzadamente bajo el emblema del Rey de España, ganaron también, a su modo, la batalla de Ayacucho. Influidos por el surgente sentimiento de patria y arrastrados por ancestral rencor a todo lo hispánico, coadyuvaron notablemente al éxito patriota, al punto que resulta factible afirmar que sin aquel extraño e imprevisto concurso, Sucre pudo haber perdido el encuentro. Como, además, lo temían tantos patriotas, fatigados ya de retirarse leguas y leguas ante el ejército rival y que actuaban, no lo olvidemos, en tierra enemiga, porque los iquichanos de Huanta, empujados por prédicas calumniosas, venían dando apoyo a los del Rey, y también los indios de Huando, pueblo muy grande de Huancavelica. En cuanto a los morochucos, poco se supo de ellos en aquellos días decisivos.

Así, primero durante la campaña de Ayacucho y luego en plena batalla, los soldados peruanos del ejército de España ayudaron en 1824 a sus aparentes adversarios, a esos obligados enemigos que eran en verdad sus hermanos en la común opresión sufrida. por esta opresión prolongada, tenaz, peligrosa, pagaron un precio altísimo en vidas, en especial en la jornada final. Sus silenciosos esfuerzos, de minar en su base al ejército del Rey, no fueron jamás reconocidos; aún más, en el bando patriota ni se sospechaba el nivel alcanzado por las maquinaciones secretas en los campamentos virreinales. Desconocimiento que habría de influir en la matanza de Ayacucho.

EL PERÚ DIVIDIDO

El Perú oficial fue el escudo y la espada de España durante las guerras de Independencia de América (1809-1826). Esta circunstancia lamentable fue el resultado de las acentuadas estructuras semifeudales y del sojuzgamiento a que los criollos sometían a la población nativa. El oro de Lima pagó catorce años de campañas incesantes, en las cuales tropas de nuestro país - indios y negros- fueron carne de cañón para sostener y restaurar el pendón español en el continente. Por un larguísimo período, las fuerzas virreinales del Perú se pasearon victoriosas por los campos de América. Varios de los mejores hombres de guerra de aquel período fueron criollos del Perú, como el general José Manuel de Goyeneche, auténtico Salvador de España. Los actuales territorios de Argentina, Ecuador, Chile y Bolivia sufrieron la acción de las armas virreinales peruanas y fueron devueltos al Rey.

Todo ello sin incluir la feroz represión de patriotas en el frente interno, como ocurrió con los sublevados que estuvieron al lado de los hermanos Angulo-Pumacahua-Melgar (1814-181 5); movimiento que alcanzó a cubrir vastas áreas de los virreinatos del Perú (Ayacucho, Huancavelica, Abancay, Puno, La Paz, aparte del Cusco) y de Buenos Aires. Esta rebelión fue aplastada, finalmente, con las tropas quechuas del general Juan Ramírez y su fiel lugarteniente, el comandante Agustín Gamarra, en Umachiri. Esta sublevación casi sin historiografía (¿?)- alcanzo a tocar los linderos del actual departamento de Lima, pero fue en vano, pues el Perú oficial se hallaba envuelto en la causa del Rey de España.

Semejante despliegue se explica porque toda la aristocracia criolla colonial peruana salvo contadas excepciones- sostenía a España. El desprecio por los indios y el temor a lo indio desde Túpac Amaru (17801783) acercaban excesivamente a los criollos y españoles. No olvidemos, además, que bajo el dominio de la metrópoli, nuestra nobleza criolla, en especial la limeña, había gozado de una relativa hegemonía continental, disfrutando durante un lapso prolongado de un status, que alguna vez Jorge Basadre definió como una especie de “cogobierno” entre ellos y los funcionarios peninsulares.

Pero frente a tendencias pro-hispánicas, en nuestra país fueron irguiéndose fuerzas de renovación y hasta de revolución. El frente colonial del Perú estallo con la sublevación del Cusco, arriba citada (1814-1815) y su recomposición fue defectuosa. Al llegar San Martín y, luego, Simón Bolívar, las tendencias autonomistas -motivadas desde distintas vertientes- se consolidaron en diversas regiones, mientras el país se iba disgregando en confusas guerras fratricidas de caprichosas trayectorias.

Es así como en diciembre de 1824 el país se encontraba tan anarquizado, que se desangraba en varios frentes de guerra. En este período es posible identificar hasta seis fuerzas armadas peruanas completamente distintas, que combatían todas ellas por el dominio del Perú. La primera de ellas fue la que venció en Ayacucho, alcanzando cerca de un tercio del total de los efectivos patriotas al mando de Sucre. La segunda fuerza armada, que peleaba por la causa del Rey de España, congregaba a soldados peruanos engañados o forzados, los cuales representaban el 95% del total de los combatientes, que fueron aproximadamente ocho mil. En las presentes páginas trataremos sobre éste último ejército. El tercer grupo se hallaba conformado por los montoneros patriotas, que serían unos cinco mil en todo el país, esencialmente entre Lima, Junín, valle del Mantaro, Huamanga y Huancavelica, que fue luego asimilado, en buena proporción, a las filas patriotas del ejército del Perú. El cuarto sector fue el de los montoneros del Virrey, vale decir los que luchaban por la causa del Rey de España, unos dos mil en opinión de Sucre. Luego, venía el quinto núcleo, que representaba en aquel momento al Perú oficial, al Estado peruano, el que se había refugiado en los Castillos del Callao, bajo el Gran Mariscal y presidente Torre Tagle, quien había defeccionado del bando patriota y luchaba bajo las banderas del Rey de España y de su representante en el lugar, el general Ramón Rodil; con el presidente del Perú estaban felonamente el vice-presidente, el aristócrata Diego de Aliaga, conde de Lurigancho. Según Jorge Basadre ellos eran seguidos «por los miembros del gobierno, por numerosos diputados, y aun por ciento cinco oficiales y por los escuadrones peruanos acantonados en los alrededores de Lima», y que luego recibirían refuerzos de negros e indios traídos de Ica y de Arequipa por la flota del Perú, que también volvió velas a fin de combatir por la causa española, que en ese momento era ya de la Santa Alianza. El sexto ejército fue, en ese diciembre de 1824, el del general español Pedro Antonio Olañeta, en el Alto Perú, con cuatro mil soldados.

Un caso especial lo representaría el pequeño ejército de Bolívar, que indesmayable marchó de inmediato a conquistar Lima, tras el desaire (¿traición?) del Congreso de la Gran Colombia. Se fue desde las alturas mantarinas a Chancay, con una pequeña escolta grancolombiana y las bravas montoneras del cura Bruno Terreros; para entonces ya se había reconciliado con Manuelita Saenz. Maniobras políticas lo habían destronado del mando del ejército de su patria y Sucre con casi toda la oficialidad habría querido sublevarse contra esa ley tan injusta que le prohibía comandar tropas de su país. ¡A tanto llegaba el rencor y quizá la envidia del general Francisco de Paula Santander, vicepresidente de la Gran Colombia y Presidente en ejercicio!

EL PATRIOTISMO DE LOS DESERTORES

Cuando Bolívar inició la campaña final por la Independencia del Perú, el Virrey contaba desde el Cusco con unos quince mil soldados: peruanos en su gran mayoría. Buena parte de ellos eran veteranos en combate y casi siempre habían salido vencedores.

Aquel ejército virreinal había sufrido una conmoción a raíz de alzamiento de Olañeta en el Alto Perú .La Serna remitió a su mejor general, Gerónimo Valdez, con tropas escogidas, pero este no alcanzo a vencer del todo, a pesar de la ferocidad con que se peleó. Fue una guerra civil española de absolutistas (Olañeta) contra constitucionalistas (La Serna).

Esto sucedió en el sur. En el norte, un revés sumamente serio fue Junín, no tanto por los caídos en acción sino por las consecuencias morales de la derrota. Ante un Bolívar victorioso, Canterac tuvo que emprender una retirada veloz porque su ejército empezó a deshacerse, entre deserciones masivas, que se sumaban a las bajas provocadas por las escaramuzas con montoneros peruanos. En un par de semanas dos mil de sus soldados se le esfumaron en medio de las cordilleras centrales del Perú. Numerosos fueron los que se asimilaron a las guerrillas patriotas.

Entre finales de agosto y los principios de setiembre de 1824, el Virrey La Serna logró, sin embargo, la proeza de constituir un nuevo ejército. El Cuzco fue eje de tan encomiable esfuerzo bélico. Los contingentes estuvieron formados por los soldados que Valdez trajo del Alto Perú, vencedores a medias, y los vencidos en Junín que aportaba Canterac. Pero, fundamentalmente, esas nuevas huestes fueron integradas mediante precipitadas levas de gente colecticia, entre Huamanga y Cochabamba.

Urgido por las circunstancias, el Virrey cometió un error capital, el de incorporar en sus filas a los prisioneros de guerra, a los quechuas, aimaras y mestizos vencidos en encuentros anteriores. Soldados y montoneros patriotas cautivos fueron así arrastrados a combatir por el Rey siguiendo un método vertical que se había venido aplicando, pero que se tornaba peligroso para España dentro de las circunstancias propias de 1824.

Con tan dudosos refuerzos, las tropas que salieron del Cusco en octubre de 1824, a fin de combatir contra los patriotas; sumaban cerca de nueve mil quinientas plazas y al frente se encontraba el Virrey La Serna. De tan elevado número, hasta fines de noviembre, se produjo “una horrorosa baja del ejército, entre muertos, enfermos y desertores, sin embargo de haber reportado ventajas en todos los pequeños encuentros que había ofrecido , por lo que contaba menos de siete mil hombres”, según el Mariscal Gerónimo Valdez, el mejor soldado de España en los Andes y autor de celebres escritos de la época.

Así, por boca del primer guerrero español sabemos que una verdadera quinta columna había ido desertando en buena cantidad en esos meses postreros y decisivos. Reparemos también como los guerrilleros peruanos perdieron todos los encuentros, pero con su constante misión de desgaste - el “muerde y huye” -habían mermado de modo tremendo al ejército del Rey, matando e hiriendo a cierto número de virreinales, desalentando a muchos y ganándose moralmente a otro tanto.

El más celebrado de los memorialistas de las guerras separatistas del Perú, el general español Andrés García Camba, sostuvo por eso que en nuestro país, cuando la campaña de Ayacucho (que el hizo íntegra) ,pocos eran los soldados que inspiraban la debida confianza.

Contra lo que pueda creerse, semejante juicio de quien libró varias guerras en el Perú no resulta excesivo; al contrario, como se verá, es mas bien moderado, si nos atenemos a los acontecimientos mismos. Otros participantes en el conflicto fueron bastante mas drásticos en sus apreciaciones sobre la fidelidad y la obediencia de sus tropas indígenas durante esos meses postreros.

El varias veces citado, Valdez fue quien se refirió con mayor claridad a “estos males” .Al fin y al cabo sufrió más directamente la realidad de las deserciones y el socabamiente .Señaló así que en el ejército del Rey “los generales no podían contar con sus soldados, cuando los perdían de vista por cualquier motivo” y que el soldado “que se separaba con cualquier pretexto no volvía a reunirse jamas”.

Semejante inseguridad perturbaba toda la marcha del ejército virreinal, obligando a un exceso de vigilancia de parte de los grupos españoles. Bastara decir que, como no podían llevar a todos a la vez, la gente que custodiaba tenía que «hacer dos o tres viajes por leña y agua”. Tal era la magnitud cotidiana de la crisis interna. Y por la misma razón «era muy opuesto el Virrey a enviar partidas en busca de ganado, porque en tales ocasiones era segura la deserción», como lo cuenta Miller. Peor era en las noches, en que las sombras propiciaban la evasión.

En cierta ocasión en que las tropas del Rey marchaban de noche, sólo en tres horas se produjo «la deserción de la mayor parte de la Compañía de Cazadores del Primero del Imperial Alejandro», un cuerpo distinguido.

En su «Refutación» Valdez agregaría una amarga información castrense “Los enemigos, bien cerciorados de este estado, no temían nada por la noche, cuando ellos podían maniobrar y moverse libremente”, en cambio los soldados del Rey vivían “encerrados en cuadros formados por europeos, especialmente de noche”. Aunque dificultades parecidas enfrentaban los jefes españoles en pascanas, a la luz del sol, entre pupas, abismos y cordilleras nevadas.

Miller habría de recordar como los jefes españoles “en cualquier punto donde hacían alto los cuerpos acampaban en columna y ponían alrededor un círculo de centinelas de los soldados de más confianza , además de estos centinelas un gran número de oficiales estaban siempre de servicio y ningún soldado podía salir de la línea de ellas con cualquier pretexto que fuese”.

LAS CAUSAS

Además de las guerras contra los independentistas, el ejército del Rey se desangró durante la insurrección absolutista de Olañeta, en el Alto Perú: “sangrienta campaña [...] la más mortífera y desoladora que hasta entonces se había hecho en el Perú , como lo comentó Valdez. Cayeron en ambos bandos bastantes españoles y criollos virreinales, pero sobre todo las tropas quechua y aimara cuya disciplina y experiencia de fuego había garantizado el orden hispánico en América desde 1809.

Simon Bolivar, iniciador de la campaña final por la
Independencia de América

 

En un documento expedido en España, Valdez habría de expresar con su habitual franqueza: las bajas - escribió- fueron cubiertas siempre «con indios tomados a la fuerza y embebidos en los cuadros sin instrucción y disciplina, y a quienes era preciso campar en cuadro o en columna con los oficiales y sargentos a los extremos».

La situación se agravó a raíz de los acontecimientos de 1824. Aludiendo a lo ocurrido en el Alto Perú, el desastre español en Junín y a otras operaciones andinas, García Camba no puede menos que reconocer que en los meses finales de 1824, el ejército del Rey se componía de “naturales del país, algunos procedentes de guarniciones pasivas, varios reclutas tomados sobre la marcha por los cuerpos del sur y de considerable número de prisioneros y pasados al enemigo».

Esta situación tan incierta de la tropa indígena y mestiza originaba desazonas y desconfianza entre españoles y criollos virreinales. Era un ejército carente de espíritu de cuerpo.

Ya no corrían los tiempos de Abascal y de Pezuela. Ya no era factible tampoco formar veteranos, ni imbuirles ideas. Menos podían aplicar una disciplina formal. Para hacer cumplir las normas, los jefes españoles apelaron al terror y a la vigilancia de los soldados como si estos fuesen presidiarios.

LAS NUEVAS IDEAS

Los virreyes del Perú había sostenido la lucha en los Andes y en el mar americanos (1809-1824) sobre la base de unos pocos miles de españoles y criollos que comandaban una mayoría de tropas oriundas del Perú: indios, negros y mestizos que adquirieron veteranía y gran capacidad de lucha. Cuando Bolívar en su famosa proclama de Rancas, antes de Junín, advierte a sus hombres que “los enemigos que debeis destruir se jactan do catorce años de triunfos” sabe que ese enemigo es básicamente peruano, pero también conoce que ya las condiciones no eran las mismas en esos promedios de 1824. Las huestes virreinales vencedoras en tantas guerras ya casi no existían; de españoles quedaban menos de 600 y de las excelentes tropas quechuas, aimaras y negras de las etapas iniciales apenas restaban puñados. Los vacíos por bajas en las tropas virreinales se fueron cubriendo con personal campesino reclutado a última hora. Esa tropa estaba menos entrenada y menos segura ideológicamente y se descubría a veces minada ya par la propaganda patriota.

Uno de los métodos más eficaces en la tarea de desintegrar la moral de los virreinales fue el envío de propaganda sediciosa, tarea en la cual destacó el coronel de montoneras Marcelino Carreño, que era tan valeroso en los combates cuanto hábil en estas acciones de infiltración; papel relevante le tocó igualmente a Miller, quien, casi divirtiéndose, gustaba hasta de fraguar cartas y documentos a fin que adrede fuesen tomados por el adversario y quedase desorientado respecto a datos políticos y militares.

Por otro lado, los militares del Rey, en diálogos constantes de campamento, en trato con ex-montoneros y ex-soldados patriotas, asimilados a la fuerza al ejército, aprendieron más de la cuenta, se fueron ,politizando, (lo cual no sucedía en el trío de las rudas y aisladas montoneras quechuas virreinales).

Bastante gente de tropa del Virrey sufrió en esos meses, aunque lentamente, el mismo grado de asimilación de las ideas patriotas que hombres como Andrés de Santa Cruz, José de La Mar, Ramón Castilla, Agustín Gamarra y muchos otros oficiales que desde 1821, se fueron pasando del ejército del Rey al ejército patriota, conforme iban entendiendo la justicia de la insurrección o par otras razones. El propio Carreño, el más importante de los jefes guerrilleros peruanos parece haber sido en sus inicios un capitán de las huestes españolas.

LA SEVICIA

Pero existió un motivo más que alentó las deserciones en ese período, causa que los generales españoles, se cuidaron muy bien de no mencionar en sus informes y memorial. Nos referimos a la disciplina brutal que habían llegado a imponer a las nuevas tropas quechuas y aimaras en 1824.

El coronel Juan Bustamante, uno de los tantos próceres peruanos olvidados, fue - aparte de buen guerrero- un escritor de garra. Es él, principalmente, quien nos habla de la cruel disciplina reinante en el ejército virreinal y de los entrenamientos en campos de concentración como Huancayo:

“El sólo nombre de Huancayo (escribe) infundía en toda la juventud indígena un terror, una desesperación difícil de pintar. Es constante haber habido reclutas que antes de salir de la cárcel de sus pueblos en la cual se les ponía por razones de seguridad se cortaron los tendones de las corvas y otros de los talones inutilizándose por ese medio atroz”. Cuenta, asimismo, que marchaban esposados o amarrados en colleras, para evitar las fugas. Las deserciones se castigaban con palo y látigo, pero al extremo de matar con frecuencia a los sancionados o de inutilizarlos de por vida; a las heridas se les echaba sal. A otros les cortaban las orejas: “ya me llevan, ya me llevan, a las pampas de Huancayo”, decía en aquel tiempo la triste melodía de un huayno.

Mariscal Guillermo Miller, comandante de la caballeria patriota
Tuvo una destacaday, pormomentos, decisiva actuación
durante la Batalla de Ayacucho

 

Por estos razones, los suicidios fueron frecuentes entre los soldados, quienes a veces se metían un tiro de sus propios fusiles, pero más frecuentemente se arrojaban a los abismos o a los ríos caudalosos.

LOS SUICIDIOS EN CORPAHUAICO

Corpahuaico fue una rotunda victoria virreinal alcanzada sobre las huestes patriotas de Sucre, días antes de la Batalla de Ayacucho, el 2 de diciembre. Pudo acabar en desastre generalizado de no mediar la serenidad del ingles Miller y el coraje del colombiano Morán. Los patriotas perdieron allí casi trescientos hombres y un cañón, esto es, la mitad de su escasa artillería, aparte de bagajes diversos, bestias y municiones. Los jefes españoles y criollos virreinales festejaron con alborozo esta nueva victoria de Valdez que podía anunciar el final triunfante de la campaña contra Sucre.

Sin embargo, lo sorprendente es que, no obstante tan notable triunfo virreinal, varios vieron el suceso de modo muy triste, quien sabe cuantos de los soldados quechuas del ejército vencedor. Décimos esto porque, como relata el mismísimo general José Canterac: «después de la jornada, algunos de los soldados, lejos de jactarse de la victoria, rompieron sus fusiles contra las rocas y acusados de remordimiento por la derrota infligida a sus hermanos, buscaron la muerte arrojándose al abismo».

A estos extremos había llegado la tensión emotiva en cierto número de los combatientes quechuas del ejército del Rey, hombres a quienes se les aplicaba el principio militar prusiano de que « el soldado debe temer más a la vara de su cabo que a la bala del enemigo».

Por otra parte, al día siguiente de la victoria virreinal en Corpahuaico (también llamada Matará y Colpahuaico) un número imprecisable de soldados trató de desertar; en todo caso, quince llegaron a incorporarse a las fuerzas patriotas; eran quechuas de Cochabamba, prisioneros obligados a combatir sirviendo a la bandera del Rey. Otros doscientos llegaron a evadirse.

Afirma Torrente que varios jefes españoles planearon tras el suceso de Corpahuaico, proseguir la victoria y aniquilar a los de Sucre al anochecer, tras su desastrosa retirada, pero” el temor de la deserción que eran tan común entre aquella tropa hizo que los realistas renunciasen a recoger los frutos de esta primera victoria. [...] Si dichas tropas hubieran inspirado la debida confianza no se habría suspendido el ataque”.

Sucre y sus hombres se salvaron así esa noche, gracias a la zapa organizada por quienes en la filas del Rey se resistían, en todo lo posible, a seguir combatiendo. Gracias a estos desconocidos “enemigos” , al amanecer del día siguiente el ejército patriota pudo rehacer sus filas y tomar nuevas posiciones. Había perdido algunos oficiales de gran valía como el capitán ingles W. Gooseberry.

Además, Corpahuaico prefiguró la amenaza de un posible desastre definitivo de ese ejército, que seguía retirándose ante el Virrey y que - en verdad- sólo se venía librando del exterminio gracias a los invisibles partidarios que militaban en el otro bando, bajo los estandartes rojo y gualda de España.

El Virrey consiguió cortar la retirada a Sucre. Deambulando por frígidas punas, las fuerzas patriotas cruzaron, así consta, por aldeas quechuas iquichanas célebres después por otras razones, como Huaychao y Uchuraccay, sin obtener apoyo de los hoscos lugareños, cuyos hermanos mas bien participaban en las montoneras huantinas del Rey. Desde allí pasaron a La Quinua; perturbados los patriotas por falta de sustento para hombres y animales, la deserción volvía a aparecer. En esas punas desoladas sólo quedaba rancho para tres días.

SEDICIÓN

En las áridas cumbres del Condorcunca, donde el Virrey decidió instalar sus posiciones, y en la misma víspera de la batalla, durante la noche se produjo un acto que no vacilamos en calificar de sedición. Es el propio general García Camba, quien lo relata, con una indignación apenas disimulada. Sucedió que las carpas «del Virrey, de Canterac y de otros jefes amanecieron con varios cartelones ridiculizando su conducta». Los autores fueron, demás decirlo, personas que sabían leer y escribir, oficiales criollos o mestizos de cuadros medios; cómplices fueron, por lo menos, los centinelas que guardaban vigilancia en cada caso.

La verdad es que en el campo del Rey corrían los más diversos rumores en torno a la actitud que habría de asumir Canterac y el propio Virrey viendo inevitable la batalla definitiva. La notoria falta de víveres - y hasta de agua- agravaría el malestar en estos horas finales del imperio español en América.

En cualquier forma, el caso de esos cartelones difamatorios (no sabemos que decían) fue silenciado en esas premuras en las cuales cualquier investigación y castigo devenían imposibles; pero revela la descomposición interna de las huestes del Rey. Tal vez, estos cartelones indicarían un rechazo de combatientes españoles recalcitrantes a jefes políticos y militares que habrían estado tentando, secretamente, un arreglo pacífico con ciertos patriotas, tema que aún es un misterio en la historia y que constituye lo que, en general, se denomina “la tesis de Salvador de Madariaga”, destacado historiador español.

LA DEBACLE DE AYACUCHO

Nunca hemos conocido una batalla peor concebida y ejecutada que la de Ayacucho. Los errores quizá se expliquen por las sospechosas condiciones antedichas, que Madariaga (1984) remarca. Además, los soldados del Virrey La Serna tenían más caballería, mas infantería y contaban con once cañones, contra solo uno de los patriotas de Sucre.

Desde el inicio del encuentro se percibe en las huestes virreinales un notorio desconcierto, cierta indisciplina y tal vez el oculto deseo de algunos generales de no dar una batalla a fondo, dadas las adversas condiciones que los rodeaba y la desconfianza en su personal de tropa.

Es muy interesante al respecto lo que narra el coronel F. B. O'Connor en sus Recuerdos (1915), respecto al inicio de la batalla, en el momento en que sólo estaba una fracción del ejercito virreinal en la pampa, al pie del Condorcunca. Este autor dice que ante el avance patriota “Los granaderos de España dieron vuelta sin desordenarse y nos dejaron pasmados. Parece que ellos comprendieron mejor que no convenía ese movimiento y vimos a los jefes españoles conteniendo a sus soldados y hablándoles”. Sin lugar a dudas, la autoridad se hallaba resquebrajada, a sólo minutos del choque.

Iniciados los fuegos derramaron heroísmo, inútil por lo precipitado, el coronel español Rubén de Celis y, los españoles que le siguieron en una imprevista carga de caballería que a muchos, incluso a él, les costó la vida. Fue un escuadrón contra un regimiento. Al rato fue hecho trizas el selecto batallón San Carlos y sus barbados componentes, que lucían cascos de plata. Mucho más resistieron los Contingentes veteranos quechuas y aimaras de Gerónimo Valdez, bien encuadrados bajo su hábil dirección. Virtualmente, ellos solos sostuvieron la lid, con ejemplar denuedo, peleando por causa ajena por pura disciplina.

El resto de las divisiones del Rey actúo de muy distinta manera. Machos huyeron, salvo audaces y aislados grupos de notable osadía. Se negaron a combatir por repelencia a lo español, por indisciplina, o por obra de la conspiración, tras una resistencia simbólica. A veces ni eso. Sencillamente, arrojaron sus armas y se dispersaron. En verdad eran siervos armados que se vengaron de los vejámenes, abandonando a sus jefes, a quienes odiaban.

Las sospechas sobre la conjura o las conjuras actuantes en plena batalla se acrecientan cuando observamos que alguién hizo correr el grito de «han matado al Virrey”, falseclad que se propagó por todo el campo rápidamente.

Hasta el «Cantabria», que en Corpahuaico obligó a retirarse más que de prisa al batallón colombiano «Rifles», «se entregó como los demás a la fuga, sin que nada le pudiera detener». Éste era el batallón quechua de los suicidas.

Caro pagaron en Ayacucho los jefes españoles el haber enrolado tantos montoneros y soldados capturados. Se lamentarían en medio de la trifulca el haber levado sin seleccionar, así como el descuido en el entrenamiento de tiro y lanza larga y también el desdén por lo que hoy llamaríamos “ ideologización”. El tropel de los que huían arrastro a la minoría de españoles y “nivelado el escalafón por el común desastre huían atropellándose” como lo recordaba el general López.

En medio del tropel de quienes se replegaban, solamente resistieron el ímpetu patriota los más puros batallones indígenas peruanos, los quechuas y aimaras de Valdez. Ellos vencieron a la mayor parte de los batallones peruanos del general La Mar, lo cual fue registrado en todos los informes militares del día. Felizmente para la causa bolivariana, La Mar conservó la serenidad y con la ayuda del general grancolombiano José Maria Cordoba, que fue enviado por Sucre con tropas de refuerzo, logró contener a las legiones indias de Valdez y luego derrotarlas. En otras palabras, si la Batalla de Ayacucho hubiera sido sólo entre peruanos, nuestros quechuas y aimaras con Valdez habrían doblegado del todo a los negros, zambos y mestizos de la “Legion Peruana” .

Los « Husares de Junín», comandados por Miller, quien era el jefe de toda la caballería patriota, contribuyeron eficazmente a restablecer el equilibrio en el encuentro, que luego ganaron. La lanzas de los grancolombianos, que eran mucho más largas, cumplieron su rol, como en Junín.

Como Valdez lo señalara admirablemente en sus escritos, luego el caos resulto inevitable. Fue indetenible la debacle “Los prisioneros habrían de tratar de volverse, como lo hicieron, a los campos enemigos, y los indígenas de buscar sus madrigueras de donde se les había sacado a la fuerza hacia muy poco tiempo».

REVUELTA GENERALIZADA

Pronto las revueltas se generalizaron en el campo de Ayacucho, pues los soldados del Rey se negaron a la obediencia. Esto sucedía a pesar que Valdez con sus bien disciplinadas tropas quechuas y aimaras, obraba milagros en el ala derecha española, dando tiempo para que se reagruparan los demás contingentes virreinales. Pero, a la postre, también sus fuerzas fueron arrolladas por Córdoba y La Mar, quien pudo rehacer sus tropas. Continuó entonces la matanza, porque los lanceros grancolombianos -afroamericanos casi todos- pasaron a perseguir sin piedad a los que se replegaban en desorden con sus largas lanzas: a los que huyeron por la pampa los sablearon a su antojo, en cambio los que optaron por trepar los cerros se salvaron porque los caballos de los jinetes patriotas no podían subir alturas tan escarpadas. La fatiga ocasionada por la refriega misma y la altitud del lugar impidió que las tropas bolivarianas ascendieran a pie de inmediato. El cuerpo comandado por el general Córdoba, tras arrollar a sus rivales, tuvo que replegarse por efectos del soroche.

De todos modos, la mortandad resulto elevada. La consigna era exterminar al ejército del Rey, tal como lo revelan las altas cifras de muertos entre los vencidos y la bastante menor de heridos. Pero esta mortandad fue excesiva, si nos atenemos a la actitud de los soldados indígenas virreinales que renunciando a luchar, mas bien querían plegarse a sus adversarios.

La batalla propiamente dicha fue breve, salvo en la parte en la que se defendían las legiones de Valdez. Por el contrario, la persecución de los dispersas fue larga y obstinada. Por las pampas vecinas y los barrancos « los cazaban a su antojo», sin que les valieran de nada los gritos de rendición y hasta de adhesión que lanzaban en sus idiomas indígenas, que, lógicamente, los vencedores no entendían. Masacrar indios, además, siempre fue una práctica común en América y de ese modo se mato sin piedad a esos desdichados fugitivos. Nadie paró mientes en que muchísimos de ellos eran también autores de la victoria, con su inercia o deserción.

Las cifras que proporciona el propio parte militar de Sucre revela que hubo masacre, matanza intencional de los soldados que se evadían y huían. Por ejemplo, al referirse a las bajas de los patriotas, escribe a Bolívar (quien ya había tornado Lima) que fueron trescientos setenta muertos y seiscientos nueve heridos, lo cual es una proporción más o menos normal para un encuentro bélico. Pero cuando se informa sobre las bajas de los virreinales, éstas llegan a mil ochocientos en cadáveres y setecientos heridos, desproporción evidente, porque, como es lógico en las batallas de este tipo, los heridos siempre eran más que los muertos.

Sin embargo, para explicar esta violencia deben tenerse en cuenta las tensas condiciones en que luchaban los patriotas. El Virrey en el Condorcunca les había cortado la retaguardia y tenían, como se ha mencionado víveres y agua para dos días. Se hallaban amagados por los feroces montoneros del Rey, que eran como unos dos mil indios de Iquicha y Huando, que en las vísperas habían logrado matar nada menos que al mejor montonero patriota, Marcelino Carreño. Además, todos aquellos soldados patriotas sentíanse desmotivados sin Bolívar, que era como un dios de las batallas. Esto explica que se tocase clarines ordenando constanternente “a degüello” aunque, obviamente, estas razones no justifican del todo la masacre. Bolívar, de haberse hallado presente en el campo de batalla, habría mandado cesar la inútil degollina, gracias a su certero instinto pare percibir rápidamente las realidades, pero celos y envidias políticas grancolombianas lo habían destituido del mando del ejército dos meses atrás. No hubo así en las acciones quien atinase a dictar nuevas órdenes, aún cuando es notorio que Miller, quien conducía a la caballeria, no prosiguió con la hecatombe, quizá porque ese gringo romántico y aventurero tuvo siempre un gran cariño por los indígenas de América. De todos modos, por la proporción de bajas, la de Ayacucho fue una de las batallas mas cruentas de la historia continental y destaca, inclusive, en la historia universal por ello.

Mientras el Virrey caía prisionero, la mayor parte de los jefes y oficiales - seguidos por una parte de sus huestes, sobre todo las de caballería - alcanzaron a replegarse a lo alto del Cerro Condorcunca. Allí deliberaron y casi todos decidieron continuar la campaña en el sur del país. El general en jefe, Canterac, fue, sin embargo, opuesto a esta decisión, así como algunos otros oficiales.

Un factor que desalentaba a los españoles más empeñosos era la certidumbre que con la noticia de la victoria patriota habrían de desintegrarse las débiles guarniciones virreinales de Cuzco, Arequipa y Puno. Peor aún, ellos quedaban en manos de Olañeta, en el Alto Perú. Este general español ultraconservador se las tenía juradas a sus compatriotas, los generales liberales que seguían a La Serna, a quien había declarado “un traidor a Dios y al Rey». Así las cosas, lo que les podía suceder “era caer en manos de Olañeta, donde no podían sino esperar una muerte trágica e infructuosa”, como ellos mismos reconocían.

En este trance, el jefe de la “Legión Peruana» , general La Mar, hizo llegar en forma discreta un ofrecimiento de capitulación. Al fin y al cabo, los españoles vencidos habían sido sus compañeros de armas. La Mar había combatido por el Rey hasta dos meses después del 28 de julio de 1821. Antes, habían fraternizado todos durante la guerra contra Napoleón en la península ibérica (1808-1814).

Dieron entonces la orden de concentrar a los dispersos. Pero, el sentimiento antiespañol de la tropa pudo más. Rota ya la draconiana disciplina que había impuesto el comando, se tornaron “inútiles un sinnumero de actos de arrojo que tuvieron lugar en esa hora desgraciada [...] el capitán Salas fue muerto por su misma tropa que se había empeñado en reunir; el brigadier general Somocurcio estuvo expuesto por el mismo empeño a sufrir igual suerte y en general no hubo un jefe notable que no corriese los mismos riesgos al tratar de reunir a los dispersos. No debe sorprender esta conducta habiéndose ya dicho la especie de soldados que componían nuestras filas, con los cuales no podía contarse en modo alguno en el momento que nos abandonase la victoria».Así contó las cosas Valdez.

García Camba dio una versión bastante parecida del desastre final. Cuenta que se acordó reunir en las cumbres a todos los contingentes a mano, rotos en la batalla. Pero estos se negaron. Fueron, pues, los soldados peruanos sublevados quienes obligaron a rendirse a los altivos generales de Fernando VII. Pronto la situación se agravó, al aumentar la agresividad de los amotinados.

Sucedió que entre esos exaltados soldados indígenas había «unos doscientos jinetes» que empezaron a asumir una actitud amenazadora, hombres allí « reunidos precisamente por una causa opuesta a la que ellos [los patriotas de Sucre] debieron figurarse” empezaron a saquear los equipajes de los jefes, amenazando seguramente con disparar sobre quienes habían sido sus comandantes horas antes. Los combatientes peruanos se vengaban de esa forma de los agravios recibidos y de haber sido forzados a batirse contra sus compatriotas. La situación de los jefes virreinales llego a ser insostenible frente a esa gente con la cual nada los unía.

Disimulando lo mejor que se podía tan lamentable estado, uno de los hombres de confianza de Valdez bajó al campo patriota a buscar un arreglo con La Mar. El emisario se encontró con el coronel O'Connor y otros a quienes dijo “tengo orden del señor general Valdez de proponerle una capitulación, porque la tropa en el Alto está saqueando los bagajes de los generales y oficiales».

LOS AUSENTES

Perdieron en Ayacucho los del Rey. Pero es que ya no estaban en las filas de España el indio bravo cusqueño, brigadier Mateo Pumacahua (rango de general) que tanto los había defendido; ni tampoco el joven Mariscal criollo José Goyeneche, ese arequipeño que tantas victorias dio a la causa del Rey , ni el Mariscal Picoaga, ese otro peruano que por su denuedo tuvo que ser ejecutado durante la revolución de los hermanos Angulo. De estar todos ellos presentes, quizás otro pudo ser el resultado de la jornada del 9 de diciembre en las pampas de la Quinua. Tampoco se encontraba el general español Juan Ramírez, el increíble vencedor de Umachiri, quien disgustado, partiera del Perú tras el golpe militar de La Serna contra Pezuela, en Aznapuquio. Ni Olañeta, general español que en los días de Ayacucho no abandono su reducto ideológico absolutista del Alto Perú, seguido por más de 4000 soldados indios. Ni Santa Cruz, ni Agustín Gamarra, quienes palearon también a favor del Rey hasta 1821, aunque sin brillo.

LA CAPITULACIÓN

La historia censura a veces a Sucre por haber escrito una Capitulación tan generosa. La verdad es que se requería de todos los españoles, liberales o no, se marchasen del Perú. Esto para enfrentar en mejores condiciones al enemigo principal; el dúo Rodil y Torre Tagle, que con miles de hombres, peruanos casi en su totalidad, sostenían el castillo del Real Felipe en El Callao. Acababan estos de ganar el combate de La Legua a las fuerzas patriotas. Y Bolívar temía que llegasen refuerzos de España y de la propia Santa Alianza, era coalición de monarquistas reaccionarias de Europa. El Real Felipe era a la sazón la mejor fortaleza de España en América, tomada ya Cartagena por Bolívar. Rodil habría de capitular solo en enero de 1826.

EL NUEVO VIRREY

La revuelta de tropas, y a veces con sus oficiales, prosiguió cuando la nobleza surandina criolla impuso un nuevo Virrey, al enterarse de la catástrofe de Ayacucho. Pero ese nuevo Virrey, que era el Mariscal peruano Pío Tristán, poco pudo hacer en el Perú sin el respaldo del general Olañeta. Todas las guarniciones se deshicieron. Pero en el Alto Perú, un anónimo riflero aimara mato en un motín al sanguinario Olañeta, español, símbolo de lo más oscuro del absolutismo en América y quien quizá tenía proyectos políticos propios. Tal vez ser Rey. Esto fue en Tumusla, el 2 de abril de 1825. Este hecho motivó la desintegración de las huestes virreinales en aquella región y facilitó el avance de Sucre.

FUENTES

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BIBLIOGRAFÍA

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Chile, Perú y Bolivia Independiente. Madrid.

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