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ALMA MATER
© UNMSM. Fondo Editorial

ISSN versión electrónica 1609-9036

Alma Mater     2001;  (20) : 47-56


DEMENCIA Y RACIONALIDAD EN JUAN PABLO CASTEL

Víctor Samuel Rivera


ENTRADA

El túnel, primera novela publicada por Ernesto Sábato, salió de la imprenta en 1948. Pasados 50 años de su primera edición redacto este texto. Castel, el insano autor de la crónica policial que leemos como novela, eleva su denuncia contra la modernidad. 

La modernidad es denunciada como la increíble pero obvia prisión que un loco no puede reconocer como su manicomio a causa de su propia locura. Y esa prisión, un túnel oscuro y solitario, es metáfora de una dimensión de la racionalidad cuya realización implica la demencia y, así, la justifica como única cordura. En El túnel se da por hecho consumado, por incurable condición criminal algo que ahora no podemos sino reconocer como un infeliz episodio dentro de un relato posmoderno. 

La metáfora del túnel no representa ahora las consecuencias infaustas de la racionalidad, sino el escándalo demencial de una de sus versiones: su versión más enloquecedora, la modernidad. Una versión que, 50 años después de El túnel, es el túnel del que hemos salido. Había una vez un mundo en el que sus habitantes, los hombres modernos, consideraban la demencia como parte de su propia identidad hermenéutica. Los enloquecidos habitantes de ese mundo se autodescribían en narraciones donde los crímenes parecían ser lógicas consecuencias de llevar una vida racional. Ese mundo era un manicomio y desde él y dentro de él Juan Pablo Castel, uno de sus habitantes, escribió la crónica del asesinato de su amante, María Iribarne Hunter. Él creía que se trataba de una instancia inútil en un juicio donde alegar siempre es demencia, donde no habría una sola persona que lo oyera. Era una instancia frente a la modernidad, esa ilustrada moribunda que ahora pugna con rivales, pero entonces se creía la señora de la cordura y no estaba para oír a nadie. Pero cincuenta años después resulta que para nosotros esa instancia de Castel ya no es más la cosa inútil que solía. Vemos en la crónica de 1948 un episodio para justificarse en un juicio vigente respecto de la racionalidad. En este juicio el alegato es oído y la modernidad es declarada culpable. Esto ocurre en el posmoderno mundo en que habitamos nosotros. Es así que no celebro el cincuentenario de El túnel sino, conmemoro el aniversario de la posmodernidad.

I

Quiero reconocer en El túnel un estado de cuenta del mundo moderno. Una prueba escrita de que la modernidad también paga facturas. Insisto en que la crónica es un alegato contramoderno, sólo que corresponde a un juicio en el que Castel hubiera sido testigo sólo involuntariamente. El mundo posmoderno, nuestro mundo, es el resultado del triunfo de una metáfora filosófica cuya gestación Sábato desconocía y que ahora sabemos estaba en ciernes en su propia novela. Y es gracias a una metáfora nuestra, de felices habitantes de fines de siglo, que comprendemos El túnel como un hito de nuestra propia condición.

La filosofía interpreta el tiempo en conceptos que se difunden en metáforas, muchas veces inventadas por los mismos filósofos. El asunto es que estas metáforas se desbocan y, autónomas, definen la racionalidad de una época. Establecen un horizonte de autocomprensión para la propia racionalidad. En la posmodernidad tenemos por metáfora al relato: la racionalidad es algo que se cuenta, es la realización de una narrativa cuyo sentido está en ser relatada. La racionalidad es algo que se articula como el tipo de relatos que se llevan a cabo en los juicios para sustentar o desestimar el reclamo de un derecho. Buena parte de lo que un filósofo contemporáneo reconoce como una argumentación establece su legitimidad como consecuencia de un alegato. Se trata del mismo tipo de discurso persuasivo sobre cuya base se toman decisiones en los juicios. Rendidos ante una verdad que en el juzgado nunca es inconcusa, ante una episteme siempre provisional, los relatos judiciales aspiran a merecer nuestra credulidad, a algo que A. Mac Inteyre llama nuestra lealtad racional. La racionalidad se constituye en relatos de los que esperamos, no que sean verdaderos sino que sean persuasivos. La retóri ca y la racionalidad, tan enemigos como la verosimilitud y la verdad, hoy, por medio de la noción de relato, se rebelan como lo mismo. La racionalidad se constituye en la retórica de un relato. La verdad es el éxito de un discurso realizativo.

Pues bien, esto último Sábato y Castel lo ignoraban. 1948 era un mundo en el cual la racionalidad tenía otras metáforas, las del mundo moderno. Castel, en particular, daba por hecho que las metáforas filosóficas con que contaba constituían una descripción del quehacer racional de la humanidad; en ellas hay un sentido fuerte de verdad en que ésta es objeto de descubrimiento, del descubrimiento de algo que siempre estuvo allí esperando a que alguien lo descubra. Curiosamente Castel pretende con ellas articular un relato. Y es que la función de su crónica es la que ahora adjudicamos a un relato filosófico: justificar una posición para lograr nuestra lealtad con ella. Lo que pretende Castel es lograr nuestra lealtad a través del curso retórico de una historia con argumentos que la hacen verosímil. Y se trata de obtener una lealtad racional. Pretende que su crimen es algo que puede ser suscrito racionalmente. Pero, lo curioso de esto es que no lo hace con las pretensiones de verosimilitud de una narración que ha capturado nuestra credulidad, sino con la metáfora de la verdad allí, esperando ser descubierta desde siempre. La crónica es un relato de la verdad, la verdad racional tal y como la modernidad la reconoce. El alegato que con tanto entusiasmo se presenta allí para captar nuestra lealtad es el de un enfermo mental en un manicomio, quiero decir, el de un demente, cuyo propósito es justificar un crimen.

En muchas ocasiones he discutido algunos detalles del relato de Castel con alumnos y no pocos colegas. No deja de sorprenderme que muchos de ellos duden seriamente de que Juan Pablo Castel estuviera chiflado. Siempre hay quienes piensan que María Iribarne lo engañaba con mil amantes y que fue descubierta casi con los dedos en la masa el día en que fue merecidamente muerta a puñaladas. No juzguemos ahora la penetración de mis interlocutores, sino más bien la verosimilitud del alegato de la crónica. ¡Todo parece tan lógico! Son muchas las ocasiones en que el personaje alude expresamente a la lógica, al rigor y al razonamiento. De hecho, su presentación narrativa le concede largos capítulos de disputas sobre posibilidades lógicas. En algún lugar, llega incluso a afirmar que procede con método en alusión cultural directa al problema epistemológico que dio lugar al giro epistémico, ese pasaporte narrativo del mundo moderno. Lo capital es esto: La narrativa de Castel pretende justificar un crimen que es a todas luces irracional. Y lo hace por recurso a metáforas que en la modernidad significan la racionalidad. Creo que es claro que podemos ver en su crónica que algo anda mal en estas metáforas propias del s. XVIII, algo que hacía criminal seguirlas usando en 1948 desde el s. XVII. Esto es lo que yo llamo un ajuste de cuentas.

II

Luego de reiterados ensayos sobre la naturaleza humana, la crisis mundial de los sistemas, el sentido del arte, la tarea de la prosa contemporánea (contemporánea en 1948) y reflexiones de posguerra, Sábato se lanzó a formar parte, en calidad de artista, de una fantasmagoría cultural cuyo eje era el trauma colectivo que había significado la Segunda Guerra Mundial. Antes de la publicación de El túnel y desde su retorno a la Argentina, Sábato había defendido insistentemente el papel redentor del arte y la novela. Y digo "redentor" porque la experiencia de la guerra parecía haber demostrado que algo terrible estaba ocurriendo con el hombre, y que esta cosa terrible era de la magnitud de una caída. El hombre había caído en una situación tal que la carnicería más grande de la historia había sido llevada a cabo por el pueblo más culto de la Tierra. Ésta es, en pocas palabras, la tesis de los textos anteriores a El túnel, tanto Uno y el universo (1945) como los artículos de la revista Sur de esa época y los ensayos que le siguieron inmediatamente: Hombres y engranajes (1951) y Heterodoxia (1953). El carácer redentor del que venimos hablando le fue asignado en las ideas de Sábato a la novela, a la que concebía como una forma de autoexploración y autorreconocimiento. La novela era un otro en quien redimirse, en quien autorredimirse estéticamente. Y esto quiere decir en el contexto de la época: fuera de la racionalidad.

¿Por qué fuera? Una forma de contestarse es diciendo que, a los ojos de Sábato, el trauma colectivo que había que curar era una consecuencia de la racionalidad moderna como tal. La modernidad, periodo ineludible e inexcusable, era algo más que un episodio de la historia humana: era su condición fundamental. La racionalidad moderna era para Sábato "la racionalidad". Y como ser racionales parece ser inevitable, entonces también el ser modernos resultaba serlo. La novela cumpliría una función expiatoria, aunque inútil.

Sigamos con lo de la "fantasmagoría". Con este término me refiero al conjunto de discursos sobre cuya base el hombre culto medio de 1948 podía interpretar los, entonces recientes, desastres de una conflagración universal. El psicoanálisis, la psicología profunda, el surrealismo, el marxismo, la fenomenología y el existencialismo eran los más significativos de esos discursos. Y los designo con un término aparentemente peyorativo porque ninguno de ellos era, a ojos de Sábato, un programa al cual acogerse. Para Sábato, todos ellos expresaban de una u otra manera un estado de conciencia de la humanidad, un fundamento de comprensión de las raíces históricas de la tragedia que la Segunda Guerra Mundial había puesto sobre el tapete. Pero, ninguno de ellos constituía, por sí solo, una interpretación y menos una solución acabada, porque él creía que el problema de fondo estaba ligado con las turbi-deces, reales o ficticias, que suponía empañaban la mente humana. Creía en una profundidad para la cual esos discursos eran sólo tenues luminarias en un cielo de soles nocturnos, para usar la fraseología del propio Sábato. Descubrir, explorar y conocer las turbideces, los abismos, era la sugerencia aparente de las ideas claras de su época. Es obvio que en esto se encierra una gran paradoja. Como sea: se trataba de una invitación, polifónica, multifacética, encontrada, de ir al fundamento de la desgracia desde el horizonte del absurdo. La novela aceptaría la invitación. Pero ésa era la misma que Castel había recibido en una orgía de puñaladas.

La solución de Castel nos es conocida. Quiso ser comprendido aunque fuera por una sola persona. Y cuando tuvo la sospecha de haberlo logrado, la mató. ¿Lo haría porque no había redimido sus turbideces leyendo una novela de Sábato? Porque, en realidad, no podía estar seguro ni de la traición ni de la fidelidad de su amante. Y estar seguro es el resumen de una concepción largamente moderna, basada en la noción de "episteme" (conocimiento). Ser es estar seguro de que sé. Y esta concepción epistémica, que algo de relevancia tiene en las ciencias naturales, genera una metáfora según la cual recoge hermenéuticamente nuestra condición humana. Una metáfora cruel: que nos obliga a estar seguros, que compacta la felicidad a la episteme. La única forma de estarlo en el caso Castel era guillotinando, apuñalando el objeto de la incertidumbre. La muerte es segura. Es la solución final a la que también llegó la Alemania de Hitler.

III

Volvamos al asunto de la lógica y el rigor. Si hemos de leer El túnel asociado a los ensayos de Sábato que le son contemporáneos, encontraremos que en éste la racionalidad, sinónimo de la lógica, se identifica con la modernidad. Aun cuando Sábato no usa el término, en Hombres y engranajes (1951) usa un equivalente, "tiempos modernos". En una larga descripción en sus páginas iniciales, describe al "hombre" de los "tiempos modernos" a través de algo que podríamos ahora llamar un relato. Un relato de la modernidad. En este relato, el hombre moderno, que no es otro que el de 1948, hace una genealogía que se remonta hasta el Renacimiento, término generoso que tiene que ver con la revolución científica y mucho más aún con Descartes, el conocido fundador de la modernidad. Pues bien: los rasgos conceptuales que definen la modernidad en Hombres y engranajes constituyen también el modelo de argumentación que lleva a cabo Castel en su crónica criminal. Debemos entenderlo así: Castel pretende conquistar nuestra lealtad racional no porque sea un demente y busque lo inviable, sino porque es el tipo de hombre de "los tiempos modernos", el tipo de ser humano que se supone su destinatario también es. Un razonamiento en el que lógica y modernidad se identifican exige justificar y aprobar su crimen. Un hombre moderno, cualquier otro de 1948, debía también asesinar a María Iribarne Hunter.

Para comenzar, Castel mismo, como todo hombre moderno, desestima la historia. Hay un pasaje célebre al comienzo de su crónica en que menciona lo "horrible" que es el mundo y, en conexión con esto, simplemente la condición humana. En una glosa que le sigue a la atingencia menciona un campo de concentración, pero lejos de remitirnos esto a una dimensión histórico hermenéutica, se diluye en la obvia intención de describir con esto la condición de la naturaleza humana en general. En el mismo sentido comenta la frase "todo tiempo pasado fue mejor". Una condición intemporal, del tipo de verdad que hay que descubrir fuera de la historia y, así, fuera de todo relato. Mi opinión es que Sábato, mentor de Castel, comparte su opinión. Sabe que hay una génesis de la modernidad, que esa génesis es la de una tragedia, pero que esa tragedia equivale a la identidad racional de la humanidad. La tragedia, así, es insoluble. Hitler es sólo un humano consecuente y radical.

Bueno. ¿Y en qué radica el rigor y la lógica de Castel? En dar por hecho que lo que en la crónica se llama "lógica" coincide con el relato de un proyecto moderno en el cual la humanidad se ha "deshumanizado". Curiosamente, eso es lo mismo que su realización como humanidad racional. Este es el relato de Hombres y engranajes1

"Deshumanizado" es una expresión con la que Sábato pensaba resumir la condición del hombre de los tiempos modernos. Y la deshumanización era un fenómeno paralelo y correlativo con la modernidad, cuya fuente está en lo que hoy llamamos el giro epistémico y cuyos exponentes explícitos en el relato que Sábato hace de la modernidad son Renato Descartes, Galileo y, muy en particular, el obispo protestante Georges Berkeley. La deshumanización depende de asumir la versión de la racionalidad en cuyo relato esos autores hacen de héroes, mártires y santos, una versión que hace de la episteme lo mismo que la racionalidad, extrañando de ella al hombre concreto, esto es, poniéndolo del otro lado de la ciencia.

El giro epistémico identifica episteme y racionalidad. Por definición, sustrae de ella todo cuanto no es episteme. Ésta, por su parte, se reconoce en el quehacer matemático, que Descartes y Galileo convierten en el paradigma de la racionalidad en general. Este punto es tratado por Sábato en función de un costo conceptual: la escisión del universo hermenéutico en dos ámbitos incompatibles y mutuamente excluyentes. Por un lado aparece lo objetivo, lo que es accesible al conocimiento científico a través de un lenguaje matemático; por otro se halla el ámbito de lo subjetivo, lo que es accesible al conocimiento científico a través de un lenguaje matemático; por otro se halla el ámbito de lo subjetivo, o sea, de todo lo que no es conocimiento ni es científico por la sencilla razón de que es intraducible en ese lenguaje. El presupuesto fundamental aquí expuesto es que lo que se puede conocer y el ejercicio de la racionalidad se identifican, de tal modo que el quehacer de la ciencia es la actividad propia, la realización de la racionalidad. Ésta es la génesis del "estar seguros" del que antes hicimos mención, pues involucra el modelo fundacional de la modernidad, aquél según el cual el quehacer racional debe ser garantizado por la seguridad inconcusa de un sujeto autoevidente.

Todo lo anterior no parece tener nada temible pero implica, como bien parece haber observado Sábato, el extrañamiento y aun la pérdida de todo lo que el hombre cotidiano considera relevante en su estimación del mundo como dimensión hermenéutica de autorreconocimiento y sentido. El hombre, que debe elegir entre lo objetivo y lo subjetivo, se extraña de la racionalidad y es excluido a las honduras de la incertidumbre, allí donde el túnel irracional hará para él morada. Se trata de un extrañamiento que implica una alienación, un autodesconocimiento. Y es ese autodesconocimiento en el que se supone se realiza la humanidad en su condición racional.

La tradición filosófica interpreta la genealogía sabatiana como el inicio del desencanto del mundo, circunstancia que los modernos celebran como una emancipación de la racionalidad (moderna) de los oscuros lazos sustanciales del oscurantismo medieval. El mundo de la tradición y las formas de vida en las que, por ejemplo, interpretamos nuestra vida emocional, se convierte en algo meramente "subjetivo", "subjetivo" con ese triste significado de "puramente mental", en la cabeza de uno. Ya vimos que toda dimensión hermenéutica se duplica en un ser "objetivo" (lo "real") y otro "subjetivo". Lo objetivo es el quehacer de la episteme, del estar seguro. Lo subjetivo, ya que no lo es, asume todo lo que es ininterpretable en términos de episteme y lo reduce a la psicología. Kant en sus escritos populares trata de este asunto como de la necesaria liberación de nuestra madre, condición para una racionalidad adulta e ilustrada. Esta metáfora está bellamente expresada en la ópera masónica de Mozart, La flauta mágica. Curiosamente, es en esta emancipación en lo que ve Sábato el origen de la tragedia que Hitler habría llevado al paroxismo.

El hombre del mundo moderno se comprende a sí mismo según un lenguaje para el cual lo humano (¡lo suyo!) le es ajeno. Un hombre "moderno" se reconoce en las matemáticas y se desconoce en la vida cotidiana y sus formas de vida. El hombre moderno, en este sentido, se concibe a sí mismo al modo de las matemáticas, como una "entelequia", al decir de Abadón, el exterminador. Es un ser abstracto en oposición al hombre pre y contramoderno, que es concreto. Y este ser abstracto es el que realiza su racionalidad en la episteme y ésta en el "estar seguro" de la objetividad de la ciencia. Es por esto mismo que su autoseguridad abstracta se objetiva ella misma en la certeza de la ciencia, para lo cual él mismo deviene una cosa, como declara Sábato en El escritor y sus fantasmas. Y en todo esto hay un responsable directo: Renato Descartes. El rigor y la lógica no se reducen a escindir el mundo sustancial humano de la racionalidad. Además, escinden al hombre en una curiosa sumatoria inviable de dos partes que inventó el mismo Descartes.

Renato Descartes es famoso por muchas razones, sólo una de las cuales es el haber configurado la teoría que identifica la racionalidad con el quehacer de la ciencia físico-matemática. Tal vez no sería el mismo si lo despojáramos de la responsabilidad de haber dividido al hombre -en consonancia con lo anterior- en un alma y un cuerpo, una parte subjetiva y otra objetiva. La consecuencia de esto es el exilio del cuerpo de la vida humana y su incorporación a las matemáticas. Y este exilio de la corporalidad concreta del hombre es también un exilio del alma, que hace de su cuerpo lo ajeno y de lo ajeno su identidad moral comunitaria. Y es que los demás, los otros, ya no son para el sujeto moderno sino sus cuerpos, esto es, otras cosas que hacer para la episteme, no más seres humanos en una dimensión hermenéutica en la cual reconocerse a sí mismo como parte. Curiosamente, el credo en la objetividad de la ciencia le impuso al hombre moderno la radical subjetividad como su mayor humanidad. El ser objetivo redujo al ser humano a la mínima expresión de su ser abstracto, a la extrañeza subjetiva en un universo objetivo del cual hace un quiste. El rigor y la lógica no sólo reducen el mundo a las matemáticas: encierran al hombre en un cuerpo que le es extraño y hacen de su psicología toda su riqueza, como dice Hombres y engranajes, encerrándolo en "una campanilla".

El asunto es que la génesis de la modernidad es también el inicio hermenéutico del relato en el que tiene sentido pensar en la demencia de Castel como una exigencia de la racionalidad. Hay que agregar: como una demanda de la modernidad. Con el giro epistémico en el cual Sábato ubica la deshumanización del hombre, encuentra también Sábato el sentido de la tragedia de su tiempo, que es, además, la tragedia de Castel. El deshu-manizado hombre de los tiempos modernos, carente de dimensión hermenéutica, no es ya más una persona. Debe reconocerse y autoafirmarse como un alma enloquecida en una celda desde la cual el mundo objetivo de la modernidad es la representación de un cuadro. Como recordará mi lector, una con una ventanita que no da a ninguna parte y que se llama "maternidad". Es un alma sin mundo, sin comunidad, sin formas de vida. Es un hombre sin madre. Y no por eso un adulto ilustrado, o tal vez sí un adulto ilustrado que, justamente por ello, es también un criminal y un demente.

Como colofón, he aquí una cita de Hombres y engranajes en que Sábato condensa su relato de la modernidad:

Desde el Renacimiento, la ciencia y la filosofía se habían lanzado a la conquista del mundo objetivo. […]. Pero para ello había que prescindir del yo, había que investigar el orden universal tal como es, […].
El resultado ya lo conocemos: fue la conquista del universo objetivo, pero al precio de un total sacrificio del yo, de la humillación de los valores verdaderamente humanos (p. 60).

FINAL

En El túnel, un ciudadano de la modernidad escribió, desde una prisión que él asumía su naturaleza, una crónica en la que se alegaba haber encontrado la única solución disponible para resolver de modo racional la incertidumbre respecto de su amante. El quería estar seguro de ella -argumenta su crónica- y la solución final no podía consistir en algo diferente que su conversión en cosa, como es el caso en un cadáver. Después de todo, el pueblo más culto de la tierra había resuelto entonces un problema semejante de la misma manera. Nada podía ser más natural. Y que el mundo fuera horrible por eso no parecía nada fuera de lo previsto por lo que entonces se llamaba la razón. Ésta era la solución que la lógica, el rigor y el método habían sugerido a Hitler y al más humilde pero no por eso menos cuerdo, Juan Pablo Castel. De hecho, ambos eran meros sus-criptores de la versión moderna de cómo encarar y resolver un problema, entonces la única vigente. Castel escribió su crónica como fiel seguidor de la modernidad, en la cual su locura halló su sustancia. Su propósito era que alguien suscribiera su relato, aunque fuera una sola persona. Pero, suscribirlo era aceptar que la demencia era una opción razonable a la que uno podía ser leal. Y esto, justamente, es lo que no parece haber sugerido Sábato. Más bien, parece sugerir lo contrario.

En 1948 la reflexión anterior parecía invitar a admitir lo irremediable: una modernidad que nos condena a prisión y nos enloquece en la objetividad de un mundo humanamente ininterpretable. Por ello, era también una invitación a renunciar a la racionalidad en los relatos y a hacer de la irracionalidad de los mismos una búsqueda herme-néutica para un sentido ausente. Un pasaporte a los abismos de la irracionalidad interior de la que el propio Castel se excusaba en calidad de insano mental. Hoy, cincuenta años después, comprendemos que Castel alegaba con la metáfora de la verdad, intentando ganar nuestra lealtad a una verdad que coincidía con su demencia. La verdad era un túnel por donde inexorablemente se llegaba a ninguna parte del absurdo y el vacío que pintaba la fantasmagoría de la posguerra. Parecía que había que recurrir al arte para redimirse fuera de la racionalidad. Pero hoy eso ya no es necesario. Hoy nuestras metáforas han cambiado y la verdad es algo de lo que podemos declinar sin huir de la racionalidad. Podemos excusarnos de la verdad. De hecho, hay junto a su narración relatos alternativos que compiten con ella también por nuestra lealtad racional, relatos que también pueden persuadirnos. Y esos relatos sólo son posibles desde que, por primera vez, resolvimos que la verdad no era irremediable, que la locura y la tragedia eran sinónimos de algo que podíamos rechazar, algo que se hizo posible la primera vez que un lector de El túnel vio en la lógica el rigor y el método de Castel, ese Hitler narrativo, los síntomas de un patología de la que había que curarse. Cuando eso ocurrió la posmodernidad tuvo lugar. Y de eso, hace más de cincuenta años.

NOTA

1 "Lo que se quiere destacar aquí es cómo llegó a dominar la mentalidad de la ciencia y cómo cayó en los extremos más grotescos […]". SÁBATO, Ernesto; Hombres y engranajes. Buenos Aires: Emecé, 1951, p. 42. En general, he omitido deliberadamente las citas al pie porque he preferido la fórmula del ensayo a la de la monografía. Este tema está desarrollado en un artículo con 76 citas que está en prensa y que pretende "demostrar" cosas. No estoy particularmente interesado en demostrar nada aquí y esto debe leerse más bien como un relato contra la modernidad que como uno sobre Sábato. Sin embargo, las alusiones a la obra de Sábato son incesantes y cualquiera que la haya leído -espero- reconocerá su fuente. Considero que, como sea, eso no es relevante para lo que quiero expresar aquí. Desestimo a propósito todo lo que afirma sobre la fenomenología, en particular en textos posteriores a Sobre héroes y tumbas. La única cita adicional de Hombres y engranajes indica la página según la misma edición.
 

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