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ALMA MATER
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ISSN versión electrónica 1609-9036

 

Alma Mater Nº 18 - 19, 1999

Tabla de contenido


NOTAS


Francisco Vegas Seminario, narrador, en su centenario

Manuel Velázquez Rojas


    Era diciembre de 1954. Ya el calorcito de un sol de verano incipiente invadía casas y corazones. Aquel sábado, al mediodía, los intelectuales, profesores y periodistas celebramos un evento social que nos convocaba a todos: era la despedida de soltero de Jorge Puccinelli. Para unos, el amigo; para nosotros, el joven maestro. La alegría y la conversación se unían. En un momento, don Raúl Porras Barrenechea me llama con un ademán cortés. Me acerco, saludo y espero. Porras, con su voz de dicción precisa y eufonía constante, me dice: “Le voy a presentar a un amigo de su padre y además de su misma tierra, Piura”. Y así vi, por primera vez, a Francisco Vegas Seminario. Un rostro que reflejaba inteligencia y bondad. En su frente amplia las primeras canas ya asomaban, y sus cejas pobladas eran el marco de sus ojos de mirada tranquila y profunda, nariz proporcionada, labios prontos al comentario agudo y a la risa franca, y con un mentón vigoroso que denotaba su firme voluntad e integridad para las acciones de su vida. En ese momento en que lo conocí, ya tenía 55 años, porque había nacido el 25 de setiembre de 1899. Me contó que, con largas conversaciones nostalgiosas sobre Piura, consolidó su amistad con Juan Luis, mi padre, en el agitado París del año 1933. Vegas Seminario después de una corta pero fructífera labor docente en su alma mater, el Colegio Nacional “San Miguel”, ingresó a la carrera diplomática el 22 de febrero de 1932, y fue enviado a Europa a cumplir su servicio, primero a Sevilla, luego París, Bremen y otras ciudades del viejo continente, hasta 1949, año en el que fue destacado a Caracas, Venezuela. Como todo funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores, estaba obligado en el transcurso de su carrera, a permanecer un determinado tiempo en nuestro país. Tal era la razón por la cual se encontraba en Lima en 1954, ocupando un cargo importante en la Oficina de Organismos y Conferencias Internacionales. Mi voracidad de lector y mi orgullo de ser piurano me habían llevado a leer ya su libro Chicha, sol y sangre, publicado en 1946, con prólogo del narrador y excelente cronista Ventura García Calderón. Esta edición francesa, la primera, estaba conformada por catorce cuentos, por cierto, todos con temas, paisajes y personajes piuranos. Yo leí esta obra en la Biblioteca Nacional, recuerdo que a través de su lectura mi soledad se esfumaba y regresaba a Piura, con todos los míos, individuos y comunidad, porque, felizmente y para siempre, fui criado por mi abuela Eva, inteligente y culta, que me enseñó a querer todo el pasado de nuestra soleada tierra. En su prólogo consagratorio Ventura García Calderón afirma que Vegas Seminario –en sus cuentos– es un “excelente costumbrista y satírico”. Quiere decir que el narrador ofrece, con realismo artístico, una cosmovisión (formas de vida de todos los estratos sociales) de fines del siglo XIX en nuestra “ciudad dorada”, como él la rebautizó. Esta cosmovisión agrega internamente un espíritu de humor franco que llega a la sátira de las costumbres nefastas por caducas o injustas. Estimo, y lo digo al paso, que uno de los principales rasgos de la cultura del algarrobo, es el humor. Entre el estado agotador por la canícula y el viento que refresca y calma, está la palabra humana que, siempre, se nutre de la vida y su alegría. El piurano es por naturaleza optimista, su alegría de vivir nace del color y del calor del sol. Vive, critica, y muere, sonriendo. Así es la literatura de Vegas Seminario en su raíz telúrica. Veamos, ahora, su propuesta individual.

    Tres son las pistas de la trayectoria creadora de Francisco Vegas Seminario. La primera y más abundante es la que denominó “narrativa regionalista”, que la integran dos volúmenes de cuentos, el ya citado y el titulado Entre algarrobos y, en especial, sus cuatro novelas que llevan los nombres siguientes: Montoneras, Taita Yoveraqué, El Honorable Ponciano, y Tierra embrujada. La segunda pista es el bloque de las “novelas históricas”, que develan un amplio mural de las guerras civiles en las primeras décadas de nuestra vida republicana. Los títulos sugestivos y sucesivos son: Cuando los mariscales combatían, Bajo el signo de la mariscala, y La gesta del caudillo. Finalmente, la tercera es la “narración urbana” y la novela que la representa El retablo de los ilusos.

    Es necesario hacer ahora el análisis de algunas de las novelas citadas. Montoneras es la de mayor riqueza argumental. Su espacio fundamental es la hacienda Casagualá, de propiedad de los hermanos Valdivia. Una hacienda piurana y un apellido que se reconocía trágico desde los lejanos tiempos coloniales. No necesitaban tener enemigos foráneos, simplemente se mataban entre familiares y, preciso, sus discordias sangrientas se originaban, siempre, por una mujer. Vegas Seminario posee la serenidad y ponderación de los clásicos, jamás abusa de la truculencia de sus personajes. Y para corroborar esta aseveración, me permito citar el final de un triángulo amoroso (producido en la familia Valdivia, en los añejos tiempos coloniales), el novelista dice así: “Y una noche tempestuosa mata a puñaladas a su mujer, coloca luego el cadáver a horcajadas en una mula, manteniéndolo erguido por medio de una estaca adherida a la montura y envía el fúnebre presente a su hermano, que ha descendido horas antes al pueblo. Un esclavo negro tira de la bestia y dos más alumbran la senda con hachones. Sobrecogidas de pavor, las gentes contemplan el macabro cortejo”. Un párrafo con notoria economía verbal, precisión conceptual y, en suma, una descripción directa y sin retórica sentimental y, por ello mismo, una verdadera y estremecedora estampa de horror.

    Considero, además, que Vegas Seminario, con acierto esti-lístico, ha escrito esta novela teniendo en cuenta el “tiempo real” en el que se desarrolla la trama argumental. Digo: las montoneras propagan y ejecutan sus acciones político-militares a favor de Nicolás de Piérola y en contra del cacerismo en los años 1894 y 1895, año en que triunfan y toman el poder. Por ceñirse, en su opción, a este período de la historia, el narrador utiliza y conserva la “linealidad temporal” (pasado-presente-futuro), propia de las novelas del fenecido siglo XIX.

    La literatura hace posible que lo propio sea ajeno por propia voluntad del creador, vale decir lo que el autor piensa y siente lo trasvasa a la conciencia de su personaje. Y el lector avisado o el crítico literario son los que vuelven a restituir lo donado. Tal ocurre, en la novela Montoneras, en los apartados dedicados a evocar la ciudad del sol amarillo; en ellos percibimos que el “yo narrativo” (que, en la escritura, es el hermano menor de los Valdivia) y el “yo autoral” son uno solo y conforman una misma visión y sentimiento. Por esta razón se puede decir simplemente: ¡cuánta ternura coloca Vegas Seminario en sus palabras sobre Piura! No me resisto a la tentación de citarlo y lo hago con emoción compartida: “Mi ciudad –advertid que digo ¡mi ciudad!– es dorada. Dorada por el sol y ensalmada por la luna. Con calles alegres, plazuelas románticas e iglesias prestigiadas por la pátina de los siglos. //Siempre la amé como algo mío. Algo que vive en lo hondo de mi espí-ritu, enfervorizado por las tradiciones y aromado por las leyendas. Y es que desde niño aprendí a descifrar el enigma de sus vericuetos y rincones, el carácter de sus gentes, y el sabor de sus costumbres. Soñaba en su Plaza de Armas, en-tre tamarindos jóvenes. Me adormecía en el puente, sintiendo el tumor de las aguas del río y la caricia de la brisa. Recorría el viejo y bullicioso mercado, donde se compraba y vendía bajo el palio de algarrobos añosos. Visitaba a menudo la iglesia de Belén, cuyas severas naves, envueltas en penumbra, invitaban al recogimiento, y cuyas campanitas tenían un fresco tañido que hasta ahora resuena en mi alma con las mágicas vibraciones y el encanto de las voces lejanas y dulces”.

Vista Cerro Saraja

    El final de la novela Montoneras es una tragedia de contornos épicos. El protagonista Juan Martín Valdivia ha caído en una celada preparada por su enemigo y pariente Sebastián Valdivia. Entre estos dos señores feudales está doña Carmen, la bella, enamorada del primero, y esposa del segundo. Después de una tensa y dramática escena plena de ofensas, reproches y palabras de amor, Juan Martín, con orgullo temerario, decide cumplir su destino y sale de la casa a la plaza. Alto, erguido, inmenso, parecía desafiar a las fuerzas naturales y humanas. De los cuatro costados de la plaza, salieron las balas que lo lanzaron a tierra, pero antes, por la luz de la luna, pudo verse, que una última sonrisa iluminó su rostro. Así somos los piuranos, parece decirnos, satisfecho, el novelista Vegas Seminario.

    En la biografía de la novela Montoneras, cabe destacar que, por su calidad literaria, recibió el Premio “Ricardo Palma” de Fomento a la Cultura, en 1955; fue distribuida ese mismo año, aunque su fecha de edición es de 1954.

Iglesia de las Nazarenas (Lima)

    Taita Yoveraqué es una novela de denuncia social; pese a que su acción se ubica en el año 1912, su vigencia temática permanecía a la fecha de su publicación en 1956, porque las injusticias y las expoliaciones que sufría el campesinado piurano y, por extensión, el peruano, continuaban como si el tiempo no sirviese para cambiar la situación de los grupos sociales. Recordemos, ahora, que la obra Taita Yoveraqué obtuvo el premio en el Concurso de Novela, convocado por los editores Juan Mejía Baca y Pablo L. Villanueva. El jurado estuvo conformado por Jorge Puccinelli, Luis Jaime Cisneros y José Durand, intelectuales de reconocido prestigio. Ellos, en el Acta del fallo, entre otros conceptos, expresaron: “Un aliento humano y una animación sostenida conceden a esta obra calidades que la hacen ampliamente merecedora del premio”: Sí, me permito agregar, es una novela tan cautivante que se lee de un tirón, y José Celestino Yoveraqué es un ser humano inolvidable. Acerquémonos a verlo. Es un campesino anciano, sobrio y digno, casi lencioso, por sus arrugas “parecía una momia”, por su carácter un añoso algarrobo que desafía al sol y al desierto. Su contraparte humana es el dueño de la Hacienda “La Fraternidad”, Eustaquio Escalona, un gordo, de carnes fofas y colgantes, innoble por la molicie y la perversidad moral. Vive como un parásito: de los demás. Su dinero y poder sólo están al servicio del mal. Su cinismo lo llevará a acusar a su mayordomo de todas las tropelías cometidas para cumplir con el eufemismo de “la expansión indispensable” de la hacienda. En el desarrollo argumental, Taita Yoveraqué es una especie de Job bíblico. Lo agobian todas las desgracias: le roban su tierra amada, aquella que él ha cultivado por toda su vida, y al igual que él, desde tiempos inmemoriales, todos sus antepasados. Pero ¡ay! No posee “título de papel” para probar que esa tierra es suya, como lo son la luz del sol y el canto de los pájaros. Pero, las calamidades siguen. Le roban y deshonran a su nieta, una muchacha en flor. Luego, por sus protestas lo aherrojan con los delincuentes. Ya su vida es un infierno, porque la esperanza de alcanzar justicia es una luz que se va extinguiendo en su corazón. Para culminar sus desgracias, muere en prisión. Pero, su espíritu permanece. Yoveraqué trabajó y luchó por su amada tierra, que era su vida misma; cuando la perdió porque se la robaron, murió. Taita Yoveraqué es y será el símbolo del campesinado.

    En el fluir de la novela van apareciendo los personajes con sus diferentes roles sociales. El tinterillo que redacta los alegatos para el juez, entre idas y venidas a la chichería, que en su alta caña ostenta un pañuelo blanco. ¡Pañuelo de marinera al viento! Y vemos, más allá, lejos, en la Iglesia, al señor cura que, impotente, ve cómo se ejecutan todas las injusticias y los crímenes, y él sólo reza para que Dios, el omnipotente, se apiade de los pobres. Y si seguimos caminando en el otrora centro tallán, Catacaos, de seguro nos topamos –con asco– con el mayordomo de la Hacienda “La Fraternidad”, chacal ladino y cruel, capaz de todas las villanías para contentar a su amo. Y, finalmente, para no cansaros, avistaremos al bandolero de los caminos, que vive oculto y perseguido por los custodios del desorden social establecido, y que cumple, en la novela, una labor justiciera o vengativa, (por ser, además, hijo de Yoveraqué), así: incendia la casa hacienda, mata al mayordomo, y hace enloquecer al nefasto patrón. En suma: una novela clásica en su género. Téngase en cuenta que la literatura no resuelve los problemas sociales, pero los presenta para que todos tomen conciencia de ellos. Taita Yoveraqué es una novela piuranísima, y peruanísima, con altos logros artísticos, justos reclamos sociales, y nobles esperanzas en el horizonte humano.

Plaza de la Constitución, Lima

    Finalizó diciendo: ahora que celebramos los cien años de nacimiento de Francisco Vegas Seminario, redescubrimos su legado literario para siempre: unos viriles y luminosos cuentos, unas sabrosas y documentadas novelas, y valoramos a través de ellos su mensaje que se nutre de un amor inmenso al terruño y a sus gentes, que es, además, la mejor forma de amar al Perú.

Monumento al Combate del 2 de Mayo, Lima

 

 

 

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