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ALMA MATER
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ISSN versión electrónica 1609-9036

 

Alma Mater Nº 17, 1999

Tabla de contenido


ENSAYOS



La poesía de José María Arguedas y la utopía andina (*)
 

Miguel Ángel Huamán V.

Se ha escrito y hablado mucho sobre la obra de José María Arguedas. A su reconocimiento como narrador promisorio en 1935, luego de la publicación de Agua, ha seguido años después la de novelista intenso, gracias a la aparición de Los ríos profundos en 1958, para ser considerado sólo después de su muerte y de la edición póstuma de El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971), como el más grande escritor del Perú en el presente siglo, junto con César Vallejo.

Sin embargo, la figura de Arguedas no se circunscribe a la de un extraordinario narrador, autor de sorprendentes relatos de sentimiento indígena –como La agonía de Rasu Ñiti, 1962– y de novelas donde se respira la rotunda profundidad de la cultura andina –como Yawar Fiesta, 1941 o Todas las sangres, 1964–; la producción arguediana incluye también con igual resonancia escritos etnológicos, traducciones, artículos y ensayos que giran, como casi la totalidad de su obra, en torno a la reivindicación cultural y social del universo quechua que nutre su escritura.

Pese a ello, hay una dimensión de la obra de Arguedas que aún no ha merecido la atención que debiera: su breve, pero singularísima, producción poética1. De esos pocos textos, siete poemas para ser exactos, escritos en quechua entre 1962 y 1969, traducidos al español y publicados parcialmente por su propia iniciativa o por intermedio de amigos, voy a referirme convencido de su capital importancia para nuestra literatura y cultura.

A esta faceta olvidada del escritor andahuaylino he dedicado diversos trabajos2. En todos ellos señalo, como han precisado antes y después otros destacados investigadores3, que los poemas de José María Arguedas se constituyen en documentos fundamentales para comprender nuestra realidad social y cultural.

El hecho mismo que fueran escritos en quechua y traducidos en su gran mayoría por él mismo al castellano, nos ofrece de manera directa la tensión básica de nuestra historia: aquella que deviene del choque entre el mundo andino y el español.

Es indudable que la existencia de textos en quechua y castellano de los poemas arguedianos constituyó la excusa adecuada para una doble marginación. Si consideramos que esta producción bilingüe se debe en su mayoría a su propia mano (salvo uno de sus poemas cuya versión en español apareció póstumamente, los demás fueron directa o indirectamente traducidos por Arguedas o revisados por él), la indiferencia frente a sus poemas resulta paradójica, pues Arguedas después de su muerte cada vez con más fuerza resultaba un escritor con gran prestigio.

 

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Ricardo Grau
retrato indio
Acuarela
32 x 20 cm.
1940

 

La crítica tradicionalista ilustrada desdeñó durante años su valor en castellano y remitió los poemas al corpus de la producción en lengua nativa. Asimismo, la crítica alternativa o popular, se adaptó a dicha postura al no ofrecer información sobre el valor e importancia de los textos, olvidando dicha parte de la obra arguediana al poner de relieve su faceta como narrador.

Al margen de todo ello, en la actualidad se impone el criterio acertado de considerar dicha producción no sólo como una unidad en donde las tensiones entre los dos polos históricamente determinantes de nuestra sociedad y cultura se materializan, sino que el valor literario y cultural de los poemas arguedianos está siendo reconocido cada vez con mayor consenso. Dicha reivindicación de su puesto en nuestra rica tradición poética surge paralelamente al crecimiento de la influencia de Arguedas entre las nuevas voces poéticas de filiación andina, en cuyos textos la presencia arguediana resulta más que evidente4.

Más que reiterar viejos argumentos en torno a los poemas arguedianos, me interesa reflexionar en esta oportunidad sobre tres aspectos que considero cruciales para la comprensión del Perú actual y que están directamente relacionados con estos textos de Katatay. Me refiero a los siguientes puntos: el género al que pertenecen, el rasgo diferencial de su ruptura en la tradición poética peruana y su repercusión simbólica en la cultura nacional.

Escritura ética y escritura utópica

¿Por qué José María optó, casi al final de su vida, por escribir poemas en quechua? ¿Qué lo motivó a escribir, a su vez, versiones en español de los mismos poemas? Hay algo extraño en esta tardía posición bilingüe, cuando se trata de un escritor como Arguedas que ya había asumido el terreno de la escritura en castellano como un mecanismo de afirmación y dominio de la cultura andina.

Más aún, si al final de su vida optó por la lengua quechua, ¿por qué no escribió su novela póstuma El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971), en esa lengua?

La respuesta a estas interrogantes no hay que buscarla en su biografía, sino en su escritura y en su producción textual. Es innegable que la postura de José María respecto a la lengua quechua y su relación con el español fue contradictoria, ambivalente, tensionada.

Llegó a referirse al quechua como un idioma que «supera al castellano en la expresión de algunos sentimientos que son los más característicos del corazón indígena: la ternura, el cariño, el amor a la naturaleza»5. Pero, por otro lado afirmó categóricamente que en su escritura sólo se busca un fin: «el castellano como medio de expresión legítimo del mundo peruano de los Andes»6.

En ese sentido creemos que Arguedas expresa en el terreno de la escritura literaria lo que los sectores populares andinos en el terreno de la textualidad social iban paulatinamente conquistando: la apropiación de espacios simbólicos para revertir su estado subalterno.

Ámbitos prestigiosos de la dominación, tales como la escuela, la ciudad, la música y, con el modelo arguediano, la propia escritura alfabética han sido paulatinamente apropiados por la cultura andina emergente, como en otra ocasión hemos precisado7.

Esto nos permite plantear el problema del género, especialmente importante en el caso de los textos de katatay. Obviamente si como han establecido los más destacados investigadores arguedianos y como es posible constatar en la lectura de su obra global, aquello que caracteriza la producción de Arguedas es que «tiende a fortalecer el aspecto indígena en todas las instancias, incluido el público»8: ¿a qué género pertenecen estos llamados poemas?

La pregunta por el aspecto genérico de los textos de Katatay, en realidad es la pregunta en torno a los criterios culturales con los que deben ser juzgados, naturalizados y comprendidos. Está demás decir que un género literario en el fondo es una propuesta de lectura e interpretación de un texto, para una determinada sociedad y cultura. Dada la innegable presencia andina e indígena en los poemas arguedianos, en el fondo nos preguntamos sobre su carácter significativo, su sentido para la cultura y sociedad a la que pertenecen.

Desde esa perspectiva los poemas arguedianos, que han sido calificados no sólo por mí como textos indígenas, pertenecen a la emergente cultura popular andina9. No es de extrañar, por lo mismo, que su género sea uno específico de ese contexto: el tinkuy10, es decir, el encuentro tensional de contrarios. Expresión de una de las operaciones fundamentales de la cultura andina, cuya estrategia de resistencia le ha permitido mantenerse e incluso modificarse para sobrevivir hasta la actualidad.

Los poemas de Arguedas no sólo expresan en su doble naturaleza idiomática (quechua-español) su rasgo de tinkuy, sino que es posible apreciar dicha condición genérica en los diversos niveles de su estructura. Así, tenemos que a la formas tradicionales de la creación verbal indígena principalmente orales –tales como el taki y el haylli–, une las expresiones poéticas occidentales esencialmente escritas –tales como la oda y la épica–.

Por otro lado, al quechua moderno por el que opta –con muchos vocablos en préstamo–, le corresponde un castellano andino –con rasgos sintácticos orales–, a una voz colectiva que apela a la memoria histórica y mítica del pueblo quechua le corresponde una individual autoría que expresa la subjetividad personal y racional de un hombre quechua; a la oralidad manifiesta de los antiguos himnos indígenas que le brindan su tono y estructura le corresponde la tradición escritural de los modernos poemas vanguardistas que le ofrecen su coloquialismo y técnicas discursivas.

Es decir, de diferentes modos los poemas arguedianos nos ofrecen su rasgo de tinkuy, de encuentro tensional de contrarios, como lo constituye su novela póstuma que en su mismo título –El zorro de arriba y el zorro de abajo–, pone en evidencia dicha característica.

En ese sentido la poesía de Arguedas forma parte de esa literatura indígena de resistencia que no pudiendo irrumpir en el sistema dominante más que excepcionalmente como alternancia o alternativa (kuti) en periodos de crisis –como en el caso de las crónicas indígenas, en el barroco andino o en casos aislados como el de Melgar–, se mantiene y resiste apareciendo en forma sincrética a través del encuentro tensional de contrarios (tinkuy), que busca mantener la continuidad de la cultura andina.

En resumen, podemos afirmar que la importancia de la poesía de Arguedas radica en que nos presenta la dinámica cultural del mundo andino en el terreno de la escritura, que opta por una de estas dos formas genéricas para manifestarse: el kuti o alternativa de contrarios y el tinkuy o encuentro tensional de contrarios.

Asimismo, podemos comprender el peso gravitante de los poemas de Katatay para la comprensión de la producción arguediana global: marcan el tránsito de una escritura esencialmente ética, en la que la palabra literaria asume su posición del lado de uno de los dos polos –en el caso de Arguedas, el universo indígena–, hacia otra escritura básicamente utópica, en la que la fuerza del verbo pretende construir un horizonte de encuentro y unidad tensional de contrarios.

Eso explica el porqué de la dualidad idiomática de los poemas y, también del encuentro en su novela póstuma El zorro de arriba y el zorro de abajo de los procedimientos de la novela urbana de vanguardia con una cosmovisión de origen rural11. Pues, en esta etapa final de su obra la escritura argue-diana sufre una revolución copernicana en la que «hablando con la voz de las mayorías (andinas o de origen andino), el escritor proyecta una mirada sobre el Perú entero12 y alienta en el terreno cultural la posibilidad de un horizonte en el que se dé el encuentro tensional de los contrarios, de todas las sangres que anidan en nuestra tierra.

Utopía y cultura andina

Al afirmar con la escritura literaria la posibilidad de una cultura nacional donde, en lugar de la imposición de uno de los polos, sea factible el encuentro de la dualidad quechua-español de nuestra formación social, Arguedas establece una posición de ruptura en la tradición poética peruana.

No se trata solamente de invertir los términos ni de afincar a los sujetos a sus parcelas discursivas.

 

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Ricardo Grau
Azotea de Lima
Óleo sobre tela
95 x 120 cm.
1943

 

Se trata de fundar sobre la base de un nuevo predominio simbólico la unidad en la diversidad. Su apuesta por una cultura nacional, indígena, de base andina, en la que se pueda establecer el encuentro entre lo tradicional y lo moderno está claramente expresado en el poema «Llamado a algunos doctores».

En este punto se torna evidente que Arguedas se adelanta a las recientes preocupaciones de los investigadores sociales pues desde sus primeros escritos y especialmente en su última etapa, la de los poemas reunidos en Katatay y en su novela El zorro de arriba y el zorro de abajo, enfoca «el conflicto social a partir de sus aspectos culturales».

Será en los poemas como «A nuestro padre creador Túpac Amaru» en donde se mostrarán de forma nítida los rasgos de esa renovación de nuestra tradición poética. Nutrido de los componentes cognitivos y vitales de la cultura andina, asumiendo la fuerza de su experiencia ancestral y la sabiduría de su mecanismos funcionales los poemas arguedianos redescubren y exaltan la naturaleza como impulso creador de vida.

Asimismo, apreciamos una afirmación progresiva de la capacidad originaria del hombre que crea ligado íntimamente con la naturaleza y que es él mismo fuerza reguladora en comunicación con el cosmos. En su «Oda al Jet» su voz anuncia emblemática como gran corolario que «el hombre es dios».

Esto explica el tono panteísta y religioso que atraviesa todos los poemas como un torrente expresivo constante y contundente, contrapuesto al temperamento ilustrado y laico de la poesía peruana del periodo, lastrada por una razón instrumental o un irracionalismo decadente.

La poesía de Arguedas aparece de esta manera opuesta al curso tradicionalista de otras voces, pues está marcada con un sentimiento fuerte y una pasión arrebatada que cierta crítica colonialista en su recepción, interpreta como arcaizante y retrógrada, buscando silenciarla.

Sin embargo, los poemas de Arguedas están indicando un momento auroral de una nueva poesía, establecen los términos de una propuesta proteica capaz de dar inicio a una cultura integradora. De ahí su exaltación de la libertad y su condena de la explotación, de la tiranía e imposición, como cuando exalta en su «Ofrenda al pueblo de Vietnam» el triunfo de los hombres libres.

Por todo lo antes señalado, ubicamos los poemas de Katatay en el centro de una nueva era cultural de nuestra historia. Su ruptura es análoga, desde esa perspectiva, la realizada siglos atrás en Europa por el «Sturm und Drang», antecedente del fenómeno romántico y marca de cambio de época.

Por supuesto que, a diferencia del movimiento alemán encabezado por Klinger e integrado por Goethe, Lenz, Schiller y otros, los poemas arguedianos nos plantean el reto de acceder a una modernidad diferente desde nuestras raíces autóctonas y con nuestras tradiciones andinas de reciprocidad, comunidad y laboriosidad.

Estética andina y modernidad

La repercusión simbólica de la poesía de Arguedas en nuestra cultura es innegable. Más aún cuando los intentos de modernización en curso parecen obviar el debate sobre el tipo de modernidad al que debemos aspirar. La estética andina, funcional en tanto no se conceptúa como un fin en sí mismo, sino como una estrategia que posibilita la aparición de valores complementarios como la verdad y el conocimiento, ofrece la tentación de una fácil resolución de nuestros problemas.

Aspirar a una modernidad desde nuestras raíces antiguas, optar por un proyecto nacional donde se asuma la diversidad de nuestra heterogeneidad social y cultural, concebir una nacionalidad e identidad que se contraponga al exterminio y postergación de una parte de nuestra población son reivindicaciones legítimas que en mucho el discurso estético permite soñar.

Más aún, cuando hoy en día la propia cultura posmoderna y la sociedad postindustrial están en plena crisis de legitimidad, cuando buscan alternativas para sus insuperables contradicciones internas que han conducido a profundas desigualdades, al deterioro irreversible de los recursos naturales y a la destrucción del propio hombre, el sentido simbólico de los poemas arguedianos adquiere rasgos paradigmáticos y se ofrecen como proyecto cultural para la utopía de una nueva vida.

Sin embargo, es bueno recordar que esta propuesta utópica, sostenida por la escritura literaria, se asume como perspectiva comprensiva solo desde una óptica hermenéutica, es decir, desde una interpretación que pretende generalizar no universalizar, que se plantea como un saber conocer no como el ser del conocer.

Es decir, que se formulan desde una poética y no desde la teoría, pues si bien el hacer de Arguedas le permitió expresar en su actividad literaria las tensiones de nuestra cultura y sociedad, su marco comprensivo del proceso y el horizonte utópico de su escritura literaria nos pueden ofrecer una comprensión hermenéutica de nuestra singularidad y alteridad, ellas solas no bastan para una comprensión teórica y universal, tarea que corresponde a una ciencia y a un conocimiento que deben primero liberarse de las ataduras del poder.

Muchos de los errores de la valoración de la obra de Arguedas radican en esta confusión. El olvidar que si bien la estética de la utopía que plantea la escritura arguediana nos ilumina la perspectiva, sigue siendo en esencia un hecho literario y cultural que si alguna significación histórica puede tener, es aquella que nos adelanta los caminos que inevitablemente debemos seguir para ratificar su anhelo expresado en el último diario de su novela póstuma: el que en el Perú «cualquier hombre no engrilletado y embrutecido por el egoísmo» pueda «vivir, feliz todas las patrias».

 

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Ricardo Grau
Talara
Óleo sobre tela. 46 x 55 cm.
1941

 

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