"If you are lucky enough to have lived in Paris as a young man, then wherever you go for the rest of your life, it stays with you, for Paris is a moveable feast." Ernest Hemingway "Para los europeos América del Sur es un hombre de bigotes, con guitarra y un revólver dijo el médico, riendo sobre el periódico. No entienden el problema". Gabriel García Márquez "París ha sido el punto más grande de acercamiento al Perú que he tenido en mi vida ... porque me permitió tomar distancia y meditar sobre lo que había vivido en mi país... allí descubrí la literatura latinoamericana y peruana". Alfredo Bryce Echenique
Un cambio de rumbo importante Un cambio de rumbo sustantivo tiene lugar en la temática novelística de Alfredo Bryce Echenique luego de la publicación de Un mundo para Julius. Tras su vasta exploración del mundo limeño y de la oligarquía peruana en su primera novela, el exilio y la vida de los latinoamericanos en Europa cobran cada vez más fuerza en sus cuatro novelas siguientes hasta, efectivamente, convertirse en el tema central de su mundo ficcional. Lima deja de ser el escenario principal de sus novelas para hacer de otras ciudades europeas y entre ellas, una en particular: París el espacio predilecto por el que deambulan sus personajes. En una entrevista que Bryce concede en 1972 durante su primera visita al Perú desde su partida a París, el escritor comenta: Yo tengo una idea particular sobre el latinoamericano, sobre su sentimentalismo, su derrotismo, su masoquismo, creo que es muy importante para un latinoamericano que una ciudad como París, que es una puta hermosísima, lo trate a uno mal. Es necesario, uno madura mucho, indudablemente, y aprende a comportarse más "británicamente", es decir, menos sentimental, en el mal sentido de la palabra. Aunque yo admiro el sentimentalismo de los latinoamericanos, lo quiero, lo vivo en cierta manera. Pero Europa es una experiencia dura para un latinoamericano, es formativa y ya lo ha sido para toda una generación de escritores norteamericanos entre las dos guerras. Fue una experiencia traumatizante para un escritor como Hemingway, que ha escrito las más bellas páginas sobre París; páginas en las que la gente no quiere ver sino una ciudad pintoresca, una ciudad bohemia, olvidándose que las páginas de Hemingway sobre París suelen a veces ser muy duras. Dice, por ejemplo, en alguna parte de París era una fiesta, "nada en París es simple, ni siquiera la pobreza, ni siquiera la respiración del ser amado bajo la luz de la luna".
Mientras la crítica de los años setenta todavía está ocupada en darle una merecida valoración literaria e ideológica a la primera novela de Bryce, estas declaraciones ya anuncian que los intereses temáticos del escritor han tomado otro camino. Visto retrospectivamente, son dos las ideas que aquí importa subrayar de lo dicho por el escritor pues, con una variedad de matices, ellas reaparecerán una y otra vez planteadas ficcionalmente en las páginas de sus libros y se volverán ejes centrales de su novelística desde Tantas veces Pedro en adelante: 1) la experiencia formativa de una ciudad como París, literariamente idealizada a pesar del carácter poco hospitalario que Bryce advierte en ella como una ciudad "pintoresca" y "bohemia" por parte de una serie de escritores, entre los que destacan los de la Generación Perdida, y en especial para Bryce, la figura de Ernest Hemingway; y 2) la particular psicología ("sentimentalismo", "derrotismo", "masoquismo") con la que los latinoamericanos se enfrentan a su condición de extranjeros en un espacio cultural ajeno al suyo. Hasta cierto punto, la adopción de esta temática era de esperarse en un escritor como Bryce. Los ocho años hasta entonces transcurridos en París habían constituido una experiencia a todas luces crucial para sus ambiciones literarias. Para 1972, Bryce ya había publicado sus primeros dos libros, Huerto cerrado y Un mundo para Julius, libros esencialmente vinculados a su infancia y adolescencia limeñas. Y si bien es cierto que Bryce retornará siempre en su trabajo literario a la exploración de mundos infantiles y adolescentes, no menos cierto es que para un escritor de corte vitalista como Bryce, cuya escritura siempre se ha nutrido de un contacto cotidiano con la realidad circundante, su encuentro con el mundo europeo no podía permanecer al margen de su quehacer ficcional. Como Asturias, como Carpentier, y tantos otros escritores latinoamericanos, Bryce también había hecho el viaje iniciático hasta París para comprobar con ojos propios la tantas veces mentada universalidad de la cultura francesa. Toda su educación literaria en el Perú lo había conducido a conocer (quizá a creer) en ese viejo mito creado en torno a la capital francesa, con una sólida tradición entre intelectuales y artistas latinoamericanos, que decía que para ser escritor había que llegar hasta las orillas del Sena. Pero a diferencia de un Asturias o un Carpentier, quienes se nutrieron de las corrientes estéticas europeas a su paso por Francia para posteriormente trasponerlas al espacio americano en su trabajo novelístico (el surrealismo, el existencialismo, por ejemplo), la experiencia europea de Bryce tendrá ribetes propios. Más allá del indudable atractivo cultural que durante los años sesenta la Ciudad Luz representa para un artista en ciernes como Bryce, su estancia en París también se encargará de demostrarle al escritor un hecho importante: "hasta qué punto es peruano, hasta qué punto es latinoamericano" (Bryce "Confesiones sobre el arte de vivir y escribir novelas": 72). Por ello, su novelística, más que reproducir el mito parisino, está más interesada en retratar al Viejo Mundo desde una óptica mucho menos solemne y mítica, para optar, en cambio, por una visión más cotidiana de la vida de los latinoamericanos en Europa. Cierto es también que el París al que arriba el escritor peruano es un París muy distinto al que antes acogió a un Asturias o a un Carpentier. Conviene recordar que, a su llegada a la capital francesa en l964, Bryce fue un privilegiado espectador de los primeros éxitos del boom novelístico latinoamericano. Escritores como Cortázar, Vargas Llosa y Carlos Fuentes, habían recibido ya un importante reconocimiento crítico, tras la aparición de libros como Rayuela (l963), La ciudad y los perros (l963) y La muerte de Artemio Cruz (1964). En el panorama político, por otro lado, también eran grandes las expectativas que despertaba América Latina en el mundo europeo gracias al reciente triunfo de la revolución cubana. Así pues, París es para Bryce no sólo un lugar desde el cual entra en contacto cotidiano con la cultura europea; también es una ciudad donde el futuro escritor descubre y adquiere una nueva perspectiva y una nueva conciencia de América Latina. En este amplio panorama de circunstancias y coyunturas que forjan su obra, hay otro dato que tampoco conviene perder de vista: el hecho de que, salvo esporádicas visitas al Perú desde su partida inicial en l964, el viaje de Bryce a París será un viaje sin retorno, un hecho que, como veremos, repercutirá enormemente en las opciones temáticas de sus libros y en la psicología de sus personajes. Una vez absorbido ese hecho en la conciencia creativa del escritor, y tras revaluar su infancia limeña en Un mundo para Julius, el mundo ficcional de Bryce dejará de circunscribirse al espacio limeño, para reconstituir sus fronteras novelísticas desde dos espacios mayores: América y Europa. Desde estos dos puntos de referencia, el exilio europeo responderá a una dialéctica propia en el mundo ficcional bryceano: de un lado, planteará la demolición de París como mítico centro cultural, y de otro, supondrá para sus protagonistas una permanente lucha contra un profundo sentimiento de desarraigo. A partir de un mundo cultural ajeno, la experiencia europea se forjará en las novelas de Bryce como un proceso de aprendizaje cultural basado siempre en la yuxtaposición y el contraste de los dos mundos, donde, en palabras de Fernando Aínsa, "Lo propio americano, sólo existe en función de su proyección en el otro europeo" (41); y donde, en palabras del propio Bryce, la escritura "tiende puentes que van y regresan" entre Europa y el Perú ("La hora 25": 66). Desde el espacio europeo, Bryce, buscará retratar los rasgos que, mediante contrastes culturales, constituyen a su entender "la quintaesencia de lo peruano" ("Confesiones sobre el arte de vivir y escribir novelas": 70). Atormentados por la desilusión del inexistente paraíso europeo, la nostalgia y el dilema del retorno, los "personajes europeos" de Bryce protagonizarán psicológica y físicamente una exacerbada búsqueda de aquello que constituye una identidad nacional, vale decir, una revaloración y reafirmación de su identidad cultural. Europa se convierte en la literatura de Bryce en una experiencia vista y contada, en todo momento, a través de ojos extranjeros, a través de ojos peruanos.1 Esta predilección del escritor peruano por ubicar a sus personajes en espacios geográficos ajenos al propio y explorar desde ellos su identidad cultural, forja una de las obras más cosmopolitas de la literatura peruana y constituye, sin lugar a dudas, una de las aportaciones más originales a las letras de su país. Y es que a diferencia de otros países latinoamericanos como la Argentina, donde el mundo europeo tiene una marcada presencia entre una larga lista de escritores (piénsese en nombres como Cané, Mansilla, Cambaceres, Arlt, Marechal, Mallea, Cortázar, entre otros), en el Perú el tema del peruano en Europa es un tema tratado sólo de manera tangencial en su literatura hasta la aparición de la obra de Bryce.2 Salvo excepciones importantes como la obra del Inca Garcilaso, quien emprende la escritura de sus Comentarios reales (1609) desde España y en cuyas páginas aparecen continuamente contrastados el mundo americano y el europeo, o las numerosas alusiones a Europa en la obra de César Vallejo (cuya sombra, por cierto, está siempre presente en la obra bryceana), sólo otros dos escritores más le prestan cierta atención al tema: Sebastián Salazar Bondy y Julio Ramón Ribeyro, ambos miembros de la llamada "Generación del 50" en el Perú.
Pobre gente de París (l958) es el antecedente más directo a la obra de Bryce en la literatura peruana. De hecho, la novela guarda importantes coincidencias en términos temáticos, especialmente con La vida exagerada de Martín Romaña. Pobre gente de París narra la vida marginal de un joven burócrata limeño, Juan Navas, quien ha llegado a París huyendo de la rutina laboral que le ha impuesto el medio limeño y en busca de alguna aventura que lo redima de la mediocridad de su existencia, a saber, una frustrada vocación literaria que la escritura misma del libro busca justificar. Sin embargo, Navas pronto descubre el desencanto y la soledad de París en el modesto hotel donde vive. Por un momento, ese tedio parece romperse cuando Navas se enamora de una joven francesa, Caroline, sólo para descubrir más tarde que ésta se dedica a la prostitución, revelación final con la que se cierra el relato. Junto a la aventura amorosa del protagonista, Salazar Bondy intercala una serie de historias (todas plagadas de fracasos), cuyos protagonistas son todos personajes latinoamericanos que, más allá de una simple coincidencia, representan a un respectivo país del continente. Ese dato, que en principio podría verse como una virtud del texto y sobre el que se basa el corazón del anecdotario de la novela, peca sin embargo de un cierto afán por estereotipar de manera trágica al latinoamericano, en medio de una prosa plagada de una innecesaria solemnidad cuando no de melodrama. Aun así, Pobre gente de París es el libro que más denominadores comunes mantiene con la obra de Bryce pues en sus páginas ya se prefiguran temas como la desmitificación de París, así como la existencia de los prototípicos personajes revolucionarios latinoamericanos que viven frugalmente en las buhardillas del Barrio Latino, la vida bohemia de los artistas latinoamericanos y la marginalidad en la que éstos sobreviven, etc., temas a los que Bryce sabrá sacarle mayor partido, con más originalidad que el autor de Lima la horrible. El otro tímido cultivador del tema europeo es un escritor cuya obra también se forjó desde las orillas del Sena: Julio Ramón Ribeyro. Ribeyro es autor de una serie de cuentos llamémoslos "europeos" publicados con el subtítulo de "Los cautivos" en el segundo volumen de La palabra del mudo (l973). A ellos cabe agregar otro cuento anterior, algo más extenso y publicado separadamente en 1972, bajo el título de "La juventud en la otra ribera". En los textos de "Los cautivos" aparecen siempre personajes que, a través de una rápida alusión en el relato y de manera casi inadvertida, dan cuenta de su condición de peruanos y viven una existencia errante y mediocre en París y otras ciudades europeas. Pero más allá de ese dato, si bien es posible encontrar puntos de contacto entre los textos de Ribeyro y Bryce en la manera en que sus personajes enfrentan la experiencia del desarraigo, el tema está lejos de constituir una preocupación central en la obra del cuentista peruano. No obstante, con o sin una afiliación literaria al tema de París, el nombre de Ribeyro es siempre una referencia obligada en la obra de Bryce desde un punto de vista biográfico: Ribeyro no sólo aparece como personaje con nombre y apellido en más de una novela de Bryce; también es una figura que Bryce siempre ha rescatado como un importante compañero de su exilio parisino y, muy probablemente, una influencia importante en él en la maduración del tema que aquí nos ocupa.3 Junto a Salazar Bondy y Ribeyro, hay otros tres escritores a los que una y otra vez se ha remitido Bryce en entrevistas y artículos, y cuyas obras, vistas con cierto detenimiento, sin duda le sirvieron al autor peruano como importantes modelos literarios en la adopción del tema europeo. Ellos son Henry James, Ernest Hemingway y Julio Cortázar. Henry James es una silenciosa presencia en la novelística de Bryce. Cuidadoso conocedor de su obra, Bryce encuentra en las novelas del escritor bostoniano un primer paradigma para cultivar su noción de exilio y la yuxtaposición de dos mundos culturales. En un texto sobre el escritor norteamericano, Bryce destaca la figura de errante expatriado que caracterizó la vida del escritor norteamericano y comenta:
En efecto, la biografía de James se caracteriza, desde su niñez, por un constante ir y venir entre Europa y los Estados Unidos, factor que a la postre resultará determinante en el gran tema que atraviesa toda su narrativa: el contraste entre el mundo europeo y el norteamericano. Comenta Bryce en el mismo ensayo:
El mismo tipo de caracterización psicológica que Bryce subraya aquí en los personajes de James será el que más tarde encontraremos en sus propios personajes, es decir, personajes que nunca se adaptan psicológicamente al espacio en el que transcurre su existencia, que nunca se sienten totalmente a gusto en la ciudad por la que deambulan y, en consecuencia, persisten en su aventura errante por otras ciudades en una continua búsqueda. No cabe duda, por otro lado, que Bryce se identifica con las circunstancias biográficas que moldearon el desarrollo de la obra de James, circunstancias en alguna medida semejantes a las suyas. Desde un punto de vista más estrictamente literario, Bryce encuentra una similitud entre el carácter poco norteamericano que se le achacó a las novelas del escritor de Boston y las suyas.4 Esta coincidencia no es gratuita. Ocurre que el abandono del espacio geográfico peruano por parte de Bryce para privilegiar al espacio europeo en sus novelas también puso en duda el carácter "nacional" de su obra entre algunos críticos. Antonio Cornejo Polar, por ejemplo, al reseñar Tantas veces Pedro comenta que "no parece correcto afirmar, como se ha hecho, que esta historia soporta una representatividad latinoamericana. Las referencias a la región, o más concretamente al Perú, resultan siempre circunstanciales y hasta en cierto sentido, al menos prescindibles" ("Tantas veces Pedro": 227). Sin embargo, es evidente que la posterior aparición de textos como La vida exagerada de Martín Romaña, El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz y La última mudanza de Felipe Carrillo señalarían la maduración del tema europeo en la obra de Bryce e invalidaría la objeción de Cornejo Polar. Mientras tanto, la figura y la obra de James le servirían de punto de apoyo a Bryce para el nuevo camino que tomaría su novelística. En una entrevista posterior, el escritor responde así a esta reacción inicial a su quehacer ficcional:
En realidad, toda la novelística de James se apoya en el contraste histórico y moral que se plantea entre el viejo mundo tradicional europeo y la nueva modernidad que florece al otro lado del Atlántico, como producto de la efervescencia del capitalismo norteamericano de fines del siglo XIX y principios del XX. Los prósperos personajes norteamericanos que James ubica en el Viejo Mundo viajan a Europa en busca de un supuesto reencuentro con sus raíces culturales en una ciudad como Londres; o buscan incorporar a su personalidad una dosis de refinamiento europeo mediante el contacto directo con lugares como París o Ginebra, o simplemente viajan al Viejo Mundo atraídos por participar del legado cultural que guardan lugares como Roma o Venecia. Europa es en la mente de los personajes jamesianos una escuela vital de esplendor, sofisticación y cosmopolitismo admirada desde el otro lado del Atlántico, adonde llegan para complementar la opulencia material que han traído consigo desde la floreciente Nueva Inglaterra. Pero estas criaturas llegan a Europa imbuidas también de una profunda moral puritana. Destaca en ellas una conducta marcadamente espontánea e independiente para explorar la nueva geografía a la que han arribado; pero junto con esa espontaneidad e independencia, también llevan consigo una peligrosa dosis de inocencia al deambular por la Europa que anhelan descubrir y experimentar. Son, en buena cuenta, el producto de una sociedad con valores nuevos, cuya base cultural es un individualismo que auspicia la modernización del capitalismo norteamericano. Tarde o temprano, sin embargo, ese código de modernidad chocará con los tradicionales códigos de conducta de la aristocracia europea, cuya vieja moral calcula-doramente rígida, hermética e hipócrita, hará de los protagonistas jamesianos víctimas de su intolerancia social. Esas víctimas generalmente son jóvenes figuras como Christopher Newman, protagonista de The American (l877); o heroínas como Isabel Archer de Portrait of a Lady (l88l); o Daisy Miller, de la novela corta del mismo nombre, publicada en 1878. A pesar del destino trágico al que están condenados los héroes del escritor norteamericano, lo que conviene recalcar para nuestros propósitos es que, al igual que en el mundo bryceano, en las novelas de James sus criaturas adquieren una plena conciencia de su norteamericanicidad al ser puestos en contraste con códigos culturales que no son los propios, y que ese contraste funciona siempre gracias a la yuxtaposición que se da entre dos espacios geográficos claramente definidos, nunca mejor llamados el Viejo y el Nuevo Mundo. Un fenómeno semejante es el que encontramos en el mundo novelesco de Ernest Hemingway. Ya hemos destacado anteriormemte que la lección estilística que Bryce reconoce en el autor de The Old Man and the Sea y cuyo resultado se evidencia en las páginas de Huerto cerrado. Pero la influencia de Hemingway no es solamente estilística. No menos importante, en opinión de Bryce, es la experiencia formativa que París le proporciona a los escritores de la Generación Perdida, como hemos visto en la primera cita de este ensayo. José María Castellet ha destacado en un breve texto que en la obra del novelista norteamericano "es constante el contraste entre sus personajes americanos y los países europeos que visitan", lugares por los que éstos "pasean ... sus inquietudes, su sentir y su hacer genuinamente norteamericano" (12). En realidad, ese "sentir norteamericano" no se reduce únicamente a una categoría ficcional; antes bien, define la psicología de los miembros de toda la generación de Hemingway. Al igual que el escritor de Oak Park, las biografías de figuras como F. Scott Fitzgerald, Sherwood Anderson, Robert McAlmon, y Thomas Wolfe, entre otros, tienen como trasfondo la pérdida de fe en los valores tradicionales sobre los que se apoya la sociedad norteamericana tras el fin de la Primera Guerra Mundial. La herida moral que ese conflicto bélico deja en esa joven generación produce en ellos un rechazo hacia los códigos de conducta institucionalizados y genera, en cambio, una actitud de despreocupación y deliberado desentendimiento ante los acontecimientos colectivos que agobian a su país. El París de los años veinte, centro del buen jazz y el buen beber, donde pocos dólares permiten una vida materialmente cómoda, es el lugar donde todos estos errantes expatriados norteamericanos toman refugio y viven una suerte de limbo cultural. A todos estos escritores en ciernes los une no sólo su interés por las artes y la literatura, sino también un profundo sentimiento de norteamericanicidad; una norteamericanicidad que aunque confusa y golpeada por la guerra, buscan compartir en todo momento entre ellos, sea en París o en cualquier otro lugar de Europa que visitan.5 Este sentimiento de bohemia y errancia viene acompañado de otro factor importante en la psicología de estos protagonistas y que conviene tener presente siempre: el hecho de que quererse reconocer como extranjeros en París supone, a su vez, una marcada intención por desconocer, desdeñar e ignorar todo lo local. La opción es sencilla: vivir como norteamericanos, pero en París. La figura y la obra de Ernest Hemingway han perdurado como una de las muestras más representativas de esa vida bohemia parisina. De clara extracción autobiográfica, sus novelas ilustran los sentimientos de norteamericanicidad que los miembros de su generación experimentaron muchas veces con no poco desasosiego, reunidos en París, o deambulando azarosamente por el resto de Europa. A los personajes hemingwa-yanos, llámense éstos Frederic Henry de A Farewell to Arms (l929); Jake Barnes, Brett Ashley, o Robert Cohn de The Sun Also Rises (l926) o Robert Jordan de For Whom the Bell Toll (l940) los distingue una psicología de marcado individualismo para sobrellevar una pesada carga existencial, y junto a ésta, un certero sentimiento de querer leer la realidad europea circundante siempre con ojos norteamericanos. En la vida real, Hemingway es un escritor guiado por la convicción de que la literatura es producto de la experiencia vital más inmediata (recuérdese su poética por contar las cosas "how it was"), y sus propios textos periodísticos (gran parte de ellos publicados en el diario Toronto Star) son, sin lugar a dudas, el testimonio de una realidad europea vista por los ojos de un trotamundos norteamericano. Esa visión extranjera de la realidad europea es fácilmente comprobable en su ficción. Los personajes hemingwayanos, a diferencia de los de James, nunca cruzarán la frontera cultural que tienen ante sí, pues nunca pretenden integrarse al mundo europeo que los rodea; prefieren, en cambio, observarlo cautelosamente, resguardando siempre su identidad cultural entre sus propios congéneres nacionales. Esta psicología de los personajes hemingwayanos será una lección importante en el aprendizaje literario que Bryce hace del autor norteamericano; una lección que aprovechará en la identidad individual de sus propios personajes, portadores siempre de su innegable sello de peruanidad. Más cercana a la experiencia parisina de Bryce es la influencia de Julio Cortázar. En el relato "Con Jimmy, en Paracas"por ejemplo se evidencia el carácter lúdico del lenguaje que Bryce descubre en el quehacer literario gracias a Cortázar, y cómo más tarde asume esa libertad cortazariana para narrar, a la vez que se torna en una actitud personal ante su propia escritura. En un texto sobre el escritor argentino, Bryce insiste en ello y señala, parafraseando una frase de Cien años de soledad, que, gracias a Cortázar, "las palabras tienen vida propia. Sólo es cuestión de despertarles el ánima" ("Mirando a Cortázar premiado": 82). Más aún, es fácil advertir en sus novelas que el lenguaje bryceano asume también la preocupación de Morelli en Rayuela donde es "inevitable que una parte de su obra fuese una reflexión sobre el problema de escribirla" (Cortázar Rayuela: 501).6 Sin embargo, la lección que Cortázar le provee a Bryce va más allá del orden estilístico y es fácil advertir una presencia más abarcadora del novelista argentino en la obra del escritor peruano. En una reciente entrevista,7 Bryce comenta el asombro que le causó el hecho de que entre sus antecesores del boom (Vargas Llosa, Fuentes, García Márquez), todos fieles cultivadores del realismo, ninguno de ellos se hubiese remitido a la ciudad que los acogió durante tantos años como tema de su ficción. Ese vacío, explica Bryce, constituyó una suerte de revelación personal para el desarrollo de su propio mundo novelesco. No es de sorprender, pues, que Cortázar se convirtiese en un modelo importante para su obra, al ser el único escritor de esa generación que sí optó por hacer de París la ciudad predilecta de más de un libro suyo. En efecto, a nivel temático, Cortázar es el único escritor de la generación del boom que plantea en su novelística los vaivenes del exilio latinoamericano y explora las complejidades de la identidad latinoamericana a partir del exilio. Al mismo tiempo, Cortázar quizá por ser una suerte de "hermano mayor" entre los escritores del boom es el primero en tomar conciencia del carácter cosmopolita que, con derecho propio, es ya capaz de asumir la literatura latinoamericana merced a la madurez de su lenguaje. Parte de esa madurez como más tarde lo confirmará la obra de Bryce supondrá el rescate del humor como elemento constitutivo del lenguaje narrativo latinoamericano, tras reconocer en el humor un rasgo central de la idiosincracia cultural del continente.8 Por último, Cortázar problematizará en su ficción la dicotomía América-Europa, noción que también dominará la temática novelística de Bryce. Si el gran eje sobre el que se construye Rayuela es la dicotomía París-Buenos Aires ("Del lado de acá"-"Del lado de allá"), y junto con ella una problematización sobre lo que constituye la "argentinidad", en el mundo ficcional de Bryce encontraremos una problemática similar entre Lima y París y lo que ambas ciudades representan para los personajes peruanos que Bryce pone a funcionar entre esos dos espacios geográficos. Así pues, el arribo a la temática del latinoamericano en Europa en la literatura bryceana no es sólo el resultado de la experiencia directa del escritor con el mundo europeo; también es el producto de una cuidadosa reflexión literaria, cuyo diálogo proviene de múltiples vertientes para desembocar en la creación de su propio mundo temático. La de Bryce es una escritura que, como veremos en las páginas que siguen, tiene como andamiaje fundamental la relación entre América-Europa. Desde esos dos espacios, sus personajes se debaten entre el desarraigo y la nostalgia de un mundo perdido (el mundo peruano), la posibilidad del retorno a ese mundo, y el descubrimiento de la nueva identidad cultural que propicia el exilio. El arribo a ese autoconocimiento está marcado por las búsquedas individuales que emprenden los "yos" protagónicos bryceanos, y cuyo punto de partida es siempre "desde el otro lado" (el lado europeo). Desde allí, mediante una compleja dinámica de puentes tendidos que van y vienen desde ambos lados del Atlántico, las criaturas bryceanas buscan, con no pocos conflictos, una resolución genuina al problema del desarraigo, un problema cuya resolución sólo es posible en el amplio espacio de la escritura. Desde luego, la llegada de Bryce a la temática del latinoamericano en Europa no ocurre de la noche a la mañana. Este es un proceso que paulatinamente va evolucionando y madurando en la conciencia creativa del escritor. En tal sentido, el camino al que éste se enfrenta es siempre azaroso; está lleno de intuiciones y tentativas, de idas y retornos de parte del artista, cuya conciencia creativa funciona siempre con parámetros propios.9 Hecha esta salvedad, nos interesa trazar en las siguientes líneas, el proceso que sigue la escritura de Bryce para arribar a la constitución del tema europeo. Insistimos en nuestro punto inicial: en la novelística de Bryce se observa una clara ruptura con el espacio geográfico exclusivamente limeño de sus dos primeros libros, para dar paso a la incorporación, cada vez mayor, del espacio europeo en sus textos siguientes. Es fácil percibir este largo salto entre la temática de un proyecto literario como Un mundo para Julius y su segunda novela Tantas veces Pedro, donde la opción del escritor por construir un mundo más cosmopolita es ya evidente al transcurrir todo el relato en los Estados Unidos y diversas ciudades europeas. Sin embargo, en el largo y alambicado proceso de maduración del tema europeo en la obra bryceana, conviene examinar las primeras tentativas del autor con esta temática en un texto aparecido en su primer libro de cuentos: "Dos indios" de Huerto cerrado (1968). Él es el preludio de una primera tentativa novelística del tema europeo en Tantas veces Pedro. Estos dos textos en conjunto plantean ya importantes pautas temáticas que abren el camino hacia logros mayores de la década de los ochenta como La vida exagerada de Martín Romaña y La última mudanza de Felipe Carrillo, novelas que sería bueno examinarlas bajo esta nueva óptica. Textos de transición: "Dos indios", relato con el que se abre la colección de cuentos Huerto cerrado, es el primer texto que tiene como telón de fondo la experiencia europea en la narrativa de Bryce. En este relato, la peruanidad expatriada, la nostalgia por el paraíso perdido y el retorno al Perú son temas que se superponen una y otra vez a lo largo de la narración. Asimismo, como antes ocurrió en "Con Jimmy, en Paracas", la presencia del iceberg hemingwayano se deja sentir otra vez. Bajo una narración meticulosa, y un diálogo siempre escueto en palabras, donde gran parte de lo narrado permanece sugerido ante el laconismo del mismo, yace una profunda inquisición psicológica de los personajes.
Manolo, un muchacho peruano de dieciocho años, es el protagonista de "Dos indios", pero un anónimo narrador en primera persona es el que guía al lector por los intersticios del relato. Más allá de ser un trotamundos europeo, poco tiene de interesante la vida de Manolo. Sabemos que "hacía cuatro años que Manolo había salido de Lima, su ciudad natal. Pasó primero un año en Roma luego, otro en Madrid, un tercero en París, y finalmente había regresado a Roma" (7), ciudad donde toma lugar el cuento. El texto enfatiza una personalidad carente de motivación, y dominada, más bien, por la abulia y la apatía. La presencia de Manolo en Roma está vagamente motivada por los mitos del cine italiano: "Le gustaban esas hermosas artistas en las películas italianas, pero desde que llegó no ha ido al cine" (7), dice el texto. No obstante, el desgano es lo que domina su personalidad: "Una tía vino a radicarse hace años pero nunca la ha visitado y ya perdió la dirección."; "... cuando abandonó Roma la primera vez, hacía calor como para quedarse en un Café y le daba tanta flojera tomar el tren. No sabía explicarlo. No hubiera podido explicarlo, pero en todo caso, no tenía mayor importancia" (8). Las relaciones de Manolo con el Perú son evidentemente escasas y el texto sugiere que el distanciamiento con su país es deliberado, como si el viaje a Europa fuera una especie de fuga de un medio en el que nunca se ha sentido bien. Leemos: "De vez en cuando escribía unas líneas a casa, pero ninguno de sus amigos había vuelto a saber de él; ni siquiera aquel que cantó y lloró el día de su despedida" (7). Los detalles de su apariencia física corroboran la frágil condición psicológica del protagonista: "El rostro de Manolo era triste y sombrío como un malecón en invierno", explica el narrador. "Manolo no bailaba en las fiestas: era demasiado alto. No hacía deportes: era demasiado flaco y sus largas piernas estaban mejor bajo gruesos pantalones de franela. Alguien le dijo que tenía manos de artista, y desde entonces las llevaba ocultas en los bolsillos" (8). Y añade: "Le quedaba mal reírse: la alegre curva que formaban sus labios no encajaba en aquel rostro sombrío...". En resumidas cuentas, "Entre el criollismo limeño, hubiera pasado por un cojudote" (8). Por contraste, el narrador es un personaje que acaba de llegar a Europa. Pronto se trasluce en sus palabras la existencia marginal que todo extranjero vive en ese espacio. Dice: "Yo acababa de llegar a Roma cuando lo conocí, y fue por la misma razón que todos los peruanos se conocen en el extranjero: porque son peruanos" (8). El encuentro entre ambos personajes ocurre en el bar donde transcurren las aburridas tardes de Manolo. Del forzado diálogo entre los dos muchachos, salta a la vista el hermetismo y la desconfianza con que Manolo lo recibe, "como si quisiera averiguar qué clase de tipo era yo" (9), comenta el narrador. No obstante, la circunstancia del exilio pronto se muestra como un común denominador entre ambos y acaso la causa obligada de la amistad que entablan. Poco a poco "lo local" empieza a cobrar vigencia a partir de "lo otro":
Como si la figura de Manolo fuese un espejo de su propio futuro, el narrador empieza a tomar conciencia de la desazón y la marginalidad que aquél ya ha experimentado durante su estancia europea, una experiencia que probablemente se volverá a repetir en él. El narrador, entendemos poco más adelante, también ha llegado a Europa un poco por azar, gracias a un pasaje de cortesía, pero nunca sabemos a ciencia cierta qué proyecto concreto lo ha traído a Roma. Los motivos detrás de ese billete gratis, según explica, los ha "exorcizado". Es potencialmente, otro Manolo más. Ambos personajes acuerdan un segundo encuentro al día siguiente en el mismo lugar. Esta vez, sin embargo, la cita viene acompañada de varias botellas de vino, las mismas que ayudan a romper el hermetismo que impide una comunicación más franca entre los dos. Para este segundo encuentro, el narrador ya ha empezado a "explorar el Perú de lejos"; el día anterior, luego de despedirse de Manolo, dice haber encontrado "un cine donde daban una película peruana", pero no entró a verla porque, quizá algo contagiado por la apatía de Manolo, "llegó muy tarde y estaba cansado" (11), dice. Poco a poco se va revelando su mirada extranjera sobre la realidad que lo rodea. Y ante los efectos del vino comenta con ironía: "Todas las mesas del Café estaban ocupadas, y me pareció extraño oír hablar en italiano. Estoy en Roma, me dije. Estoy borracho. Caminó hasta el mostrador, adoptando un aire tal de dignidad y de sobriedad, que todo el mundo quedó convencido de que era un extranjero borracho" (13). Irónicamente, su falta de nombre no hace sino confirmar su anonimato en Roma una y otra vez. En la borrachera, Manolo se revela como un individuo marcado por la nostalgia de sus recuerdos del Perú, como si la memoria de su niñez limeña fuese el único eslabón que lo une ya con su lugar de origen: "Los recuerdos se me escapan como un gato que no se deja acariciar" (l4), dice. Pero el hecho de que tales recuerdos se conviertan en olvido lo atormenta pues de ellos parece depender su identidad personal. Obsesionado por su incapacidad para recordar, exclama: "Siempre ha sido así; siempre será así, hasta que me quede sin pasado" (12). Una fallida experiencia amorosa ha dejado una herida en su experiencia europea. Pero su imposibilidad de recordar a los "dos indios" de su niñez en el Perú, es lo que más termina por angustiarlo. Pequeñas marcas culturales reiteran en el relato la identidad cultural de Manolo y el narrador cuando, borrachos ambos, abandonan el bar y se dirigen a la casa de aquél. En Roma, Manolo y el narrador parecen revivir, una borrachera limeña. Leemos: Sonreíamos al pagar la cuenta. Sonreíamos también mientras nos tambaleábamos hasta la puerta del Café. Creo que eran las 11 de la noche cuando salimos. Creo que fue una caminata de borrachos. Orinamos una o dos veces en el trayecto, y me parece haber dicho ningún peruano mea solo, y que a Manolo le hizo mucha gracia. (15) El relato termina en el hotel de Manolo donde, con más trago, éste por fin es capaz de recordar su amistad infantil con "dos indios". Dice: "Recuerdo que los encontraba siempre sentados en el suelo, y con la espalda en la pared. Era un cuarto oscuro, muy oscuro, y ellos sonreían al verme entrar. Yo les daba panes, y ellos me regalaban cancha. Me gusta la cancha con cebiche ..." (l7). Retazos de la historia peruana adornan sus recuerdos como fragmentos de una visión a la distancia del lugar de origen: "Qué diferentes eran a los indios de los libros del colegio; hasta me hicieron desconfiar. Estos no tenían gloria, ni imperio, ni catorce incas. Tenían la ropa vieja y sucia, unas uñas que parecían de cemento, y unas manos que parecían de madera ..." (l7-l8). Así, permanece latente en el texto el hecho de que la marginalidad de estos dos indios que Manolo recuerda en Lima tiene su contraparte en la marginalidad que experimentan los dos muchachos peruanos en el espacio europeo. La noche de bohemia le permite a Manolo el reencuentro con sus recuerdos y lo lleva a decidir su retorno al Perú. El cuento culmina con la partida del protagonista hacia una agencia de viajes en busca de un supuesto pasaje de regreso. Sin embargo, el final del mismo deja abierta la duda de si en realidad ese retorno ocurrirá, y de ocurrir, el texto deja sugerido que Manolo se enfrentará con una nueva desilusión: "Regreso al Perú dijo sonriente, y optimista", pero "La sonrisa y el optimismo le quedaban muy mal" (18), comenta el narrador. En realidad, el retorno de Manolo es un retorno idealizado a algo que ya es un paraíso perdido "exorcizado" como apunta el texto, pero exorcizado por la nostalgia de lo que primero fue un viaje iniciático para el protagonista y más tarde se convirtió en un exilio de cuatro años. Manolo va en busca de un tiempo pasado ya inasible, un mundo limeño que sólo existe como recuerdo en ese espacio de su memoria. Paradójicamente, sin embargo, es solamente el espacio de la memoria el que marca la identidad del personaje, el único recurso al que puede aferrarse Manolo para combatir su falta de pertenencia en el mundo; su sentimiento de extranjero tanto en Lima como en Roma, y probablemente cualquier otro lugar en el mundo. El dilema de Manolo es un anticipo ficcional al que más tarde se enfrentará Felipe Carrillo cuando intente retornar al Perú. En ambos casos, el retorno ocurrirá como mero producto de la nostalgia. Esta reconstrucción del pasado a través de los recuerdos es una tendencia común de muchos personajes bryceanos, como ya ha destacado Luis Eyzaguirre. Pero más que una simple evocación, recordar es para los personajes de Bryce un acto de defensa y de rechazo ante la dureza de la realidad inmediata que los acosa. Como muchos de sus demás hermanos ficcionales, Manolo sólo "ama aquellas cosas que pueden servirle de recuerdo" (15). Como le comenta el narrador durante la borrachera: "Te gustan tus recuerdos, y por eso te gusta pasar las horas sentado en un café. Si tu recuerdo está allí presente, todo va bien. Pero si los recuerdos empiezan a faltar, y si no hay nada más ..." (15). Aquí se postula un dilema clásico de los personajes de Bryce: incapaces de ubicarse en el mundo, recurren al espacio de la memoria como su único, su último refugio. Por ello, el exilio adquiere una doble dimensión en los personajes de Bryce: una dimensión física y geográfica, y otra más importante de orden psicológico. Manolo vive atormentado por una enorme falta de sentido de pertenencia y, como muchos otros personajes de Bryce, intentará aliviar el desasosiego que tal sentimiento le produce en una permanente errancia, sea ésta física o mental. "Dos indios" es apenas una primera muestra de la densidad que más tarde adquirirá este tema en las novelas de Bryce. Y aunque en este relato10 el conflicto se muestra todavía de manera embrionaria, el texto ya anticipa dos patrones temáticos que después serán recurrentes en su novelística: la de un "viaje iniciático" que propicia un aprendizaje cultural de "lo peruano" en el extranjero y la idealización de un espacio amado (Lima, el Perú) desde el espacio opuesto (Europa), gracias a la memoria. Tantas veces Pedro o Las aventuras de Pedro Balbuena Establecidas las pautas preliminares a partir de las cuales encarar su visión de Europa en su cuentística, Tantas veces Pedro es el primer intento de Bryce por exponer esa exploración desde el espacio novelístico. Europa se constituye en el espacio privilegiado de su quehacer novelesco a partir de este libro. Lima, en cambio, pasa a ocupar un obligado espacio referencial. No obstante, las aventuras de Pedro Balbuena son todavía un anuncio de todo un mundo escondido en el universo ficcional del autor. En tal sentido, es preciso ver esta segunda novela como apenas un prolegómeno de la producción novelística de Bryce durante la década de los ochenta. Pedro Balbuena, su protagonista, esboza ya los frágiles rasgos de identidad que, con mayor complejidad, reaparecerán en personajes como Martín Romaña y Felipe Carrillo. Personaje mitómano y loco, Balbuena vive una vida errante y azarosa por una serie de países (México, Estados Unidos, Italia y Francia). Miembro de la clase alta peruana como Martín Romaña y Felipe Carrillo, Balbuena se postula como el bohemio por excelencia de la obra bryceana. París, claro está, es una de las ciudades en donde ejercer esa bohemia y, en boca de Balbuena, Bryce comienza a plantear su visión marginal de los latinoamericanos. Dice Balbuena: "Sé que soy el rey de los bohemios, gran señor de los charlatanes, supremo juez de la noche y de los bares poblados de negros, árabes, latinoamericanos, y otras variedades del peligro en el Barrio Latino" (25).11 Como Manolo, y más tarde Romaña y Carrillo, Balbuena vaga por Europa, sin morada fija, tratando de retener una identidad nacional que el tiempo ha vuelto muy borrosa, unido a sentimientos que se debaten entre el amor y el odio por el Perú. Al comienzo de la novela, Balbuena arriba a París de regreso de un viaje a California y se enfrenta con su pasaporte peruano a un oficial de la aduana francesa. Leemos:
Al igual que Romaña, Balbuena guarda la aspiración de convertirse en escritor en Europa. Pero su vida está marcada por una serie de fracasos amorosos. Las mujeres a las que ama (Virginia, Beatrice, Claudine y Sophie) están estrechamente ligadas a las ciudades por las que se pasea el protagonista. Plagado de infortunios sentimentales, Balbuena se ve en la constante necesidad de contar y recontar sus desamores pues, según dice, "las mujeres bonitas no lloran por un hombre. Las mujeres bonitas hacen llorar a los hombres" (25). Haciendo gala de su mitomanía, Balbuena confiesa: "mis propias historias ... continúan siempre dándome nuevos impulsos y hasta empiezan de nuevo y terminan de nuevo, todo depende de a quién se las cuentas, o del estado en que estás cuando te las vuelves a contar tú mismo ... (64)". Este contar y recontar se postula como un fino ejercicio de rememoración egocéntrica, pues la narración está siempre condicionada por el continuo torrente de recuerdos que asaltan la conciencia del protagonista. Toda la novela de Bryce se vuelve un conglomerado de datos autobiográ-ficos que surgen de boca del protagonista, y en cuyo círculo vicioso queda atrapado el propio protagonista. Dice:
La escritura se postula pues como un ejercicio autoconsciente de salvación individual para Balbuena; pero como después ocurre en La vida exagerada de Martín Romaña, la elaboración final del texto, y su existencia como texto literario, hacen que la ironía final de toda la empresa protagónica de Balbuena sea su arribo a la condición de "autor". Como Romaña, Balbuena combate su condición de paria a través de las múltiples identidades que se autoadjudica, todo en busca de reivindicarse ante su interlocutora privilegiada Sophie, rol semejante que más tarde cumplirá Octavia de Cádiz cuando "escucha atentamente" a Romaña en La vida exagerada. Bryce también explora de forma incipiente en Tantas veces Pedro la problemática del peruano en el exilio. Si bien es cierto que el texto no propone una mirada sistemática de París como en La vida exagerada, sí hay fragmentados indicios de sentimientos de desencanto con la ciudad. Como Romaña, Balbuena ha llegado a París para ser escritor, pero sólo se ha encontrado con el fracaso y la desilusión en la capital francesa. Con ironía: "No sabes, Sophie, lo que es ser un joven peruano que sueña con el mito de París, que ha soñado con llegar a París un día, que desembarca de un disco de la Piaff, y descubre en pleno jardín de Luxemburgo el color y el olor del otoño, con todas sus consecuencias" (85). En Tantas veces Pedro, aparece por primera vez nombrada en la novelística de Bryce el tema del "mito de París" y su destrucción; una ciudad que "traiciona" las intenciones del protagonista y que es descrita por Balbuena como "una madre soltera", una ciudad "canalla" (85), frases similares a las que utilizó el propio Bryce en la entrevista que abre este capítulo.
Tampoco escapa a esta novela la problemática del enfrentamiento cultural. Para contrastar la figura oligárquica y desarraigada de Balbuena, Bryce pone a funcionar a la figura del doctor Chumpitaz. Personaje de escasa capacidad analítica, el doctor Chumpitaz ejemplifica la viveza y el instinto criollos con que el latinoamericano se enfrenta al medio europeo. Liderados por Balbuena, la "delegación peruana" arriba a una fiesta de franceses. El clásico lenguaje criollo limeño que Bryce saca a relucir delata la psicología con que Chumpitaz y sus compatriotas se enfrentan al mundo francés:
Bryce recurre a la caricatura para dejar de manifiesto la farsa y el oportunismo cultural en la que incurre Chumpitaz cuando baila en la fiesta con la francesa Beatrice, de quien más tarde se enamorará Balbuena. Leemos: lo importante esa noche era que el doctor Chumpitaz había nacido en Huancayo, en plenos Andes peruanos, y por dónde no había viajado, costa, sierra, montaña, dígame usted, mademoiselle, y yo le cuento, ¿desea usted bailar una piececita más? Claro que deseaba, y ya ni siquiera tenía que fijarse que el doctor Chumpitaz, a sus órdenes, mademoiselle, se aprovechara como los otros. Era correctísimo, llenecito de quimbas que debían ser peruanas, reverencias que también seguro eran peruanas, simpático, hablaba en francés casi perfecto, modestamente, mademoiselle, bailaba tal como a ella le gustaba bailar, y realmente debía ser modesto porque cuando ella le decía qué bien baila usted, el doctor Chumpitaz sonreía, se hace lo que se puede, mademoiselle, y continuaba muy interesado en sus preguntas sobre el Perú, respondiéndole siempre con precisión de lagos, terremotos y cordilleras, aunque señalando, eso sí, que no todo allí es color de rosa, mademoiselle ... En fin, el doctor Chumpitaz era perfecto, inofensivo, peruano, enciclopédico y Beatrice deseaba bailar nuevamente con él ... (144) A diferencia de Balbuena, quien lamenta en todo momento su desarraigo peruano, Chumpitaz "no quería volver más a Lima" porque entre los "blancos" de Lima "un médico cholo no es médico" y entre los "cholos" tampoco, porque "un cholo que estudia en Francia se vuelve rosquete..." (143-144), un dilema semejante al que sufrirá en La vida exagerada el personaje de Juancito Velásquez. Tantas veces Pedro es pues un texto de transición que le sirve a Bryce para incorporar definitivamente su experiencia europea en su novelística y asumir cabalmente el reto de contarla como latinoamericano. Elemento clave en la elaboración temática de esa experiencia será su opción por la primera persona como patrón dominante en su estilo durante los años ochenta. Tantas veces Pedro no individualiza todavía la mirada sobre la realidad europea de manera plena. Pero la novela es ya un importante ensayo sobre esa nueva psicología latinoamericana de sus personajes, ligada a la figura de "escritor" que tienen sus protagonistas, y la singular visión sobre el Viejo Continente que lleva a cabo el escritor peruano.
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