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ALMA MATER
© UNMSM. Fondo Editorial

ISSN versión electrónica 1609-9036

Alma Mater    1998;  (15) : 89-98


JUAN CRISTOBAL: POESÍA DE LA LUZ Y LOS COLORES

Luis Hernán Ramírez (+)


Juan Cristóbal (n. 1941), Premio Nacional de Poesía José Santos Chocano (1971), ha traducido sus más duras vivencias y sus más caros sentimientos en El Osario de los inocentes (1976), Asaltos (1987), Vivir es duro (1988) y Poblando los silencios (1996),1 cantando, con voz libre y veraz, el desentierro

 del amor, el duro vivir, la soledad de las tabernas, la memoria y el recuerdo de sus seres queridos, parientes y amigos pero llevando a sus versos, de impresionable inventiva, relucientes imágenes sensoriales con predominio de sensaciones visuales, particularmente cromáticas, que desparraman luces, sombras y colores en las páginas de sus poemarios.

La lectura atenta de éstos nos mostrará rápidamente una especial cromatología que despliega abundancia de notas, gradaciones, combinaciones, matices y contrastes de colores, de tonalidades suaves y puras y de tintes esenciales e intensos que rematan en un haz de transparencias y resplandores, de luces y claroscuros como en un lienzo:


Soplaba el viento por los matorrales de la luna 
donde los búhos conversaban con los niños 
y los caballos solitarios de la niebla 
cuando entré a un bar y pedí una cerveza 
luego de mirar a los locos que contaban margaritas 
                                                           en el rió 
y escuchar unos boleros que brillaban atrozmente
en la madrugada leve de la lluvia 
descubrí que el cielo se volvía azul 
y las estrellas amarillas 
corrí entonces a mi casa 
y busqué la felicidad en los secretos tibios de la aurora 
pero me encontré con las sombras borrosas de los 
                                                            sauces 
y las nubes desconocidas de mi vida.



Observemos la sucesión de elementos y vocablos que nos ponen frente a sensaciones cromáticas como Luna, niebla, cerveza, margaritas, brillaban, cielo, azul, estrellas, amarillas, sombras, sauces y nubes y veremos que el poema está concebido como un cuadro animado por coloraciones expresivas dentro de una rica gama de múltiples combinaciones cromáticas. Los colores animan las escenas del poema, dan realce a sus metáforas y destacan evidentes rasgos de la realidad evocada en los versos, del mismo modo como la paleta del pintor vivifica la línea, anima los perfiles y corporeiza el dibujo. Junto con colores definidos y precisos el poeta emplea también matices y asomos de colores: una amarillenta fotografía (01, 6 l), la memoria de los pálidos gorriones (01, 64), nuestros huesos parecen espumas coloradas (A, 18), las aguas verdosas y amarillentas del pozo (A, 24), las verduscas orugas devoran la sonrisa (A, 32), el orín amarillo-yodo de las yeguas (A, 45), las flores amarillentas de los muros (VD, 36), enrojecidas con la aterciopelada corona del escarnio (VD, 41), las hojas manchadas del ciruelo (VD, 44), tu rostro anaranjado en la mañana (PS, 23), las sombras borrosas de los sauces (PS, 63).

El autor no toma el color como una copia servil de la imagen real, sino que, atendiendo a una necesidad expresiva de su propia sensibilidad y obedeciendo a los impulsos afectivos de su imaginación, cambia los colores inherentes a la naturaleza de las cosas: las capillas son moradas (01, 26), las espumas coloradas (A, 18), los espejos anaranjados (PS, 79), las noches y la salamandra son celestes (PS, 41 y A, 25); las nubes y los árboles, rojos (A, 14 y 01, 26); los catalejos son amarillos y las algas también (PS, 96 y 01, 47); hay una rosa azul. (PS, 47) y tienen ese mismo color las cervezas (01, 20 y 01, 65) y los colmillos de los monos (A, 37).

Esta coloración artificial, tan personal y subjetiva, producto de la fantasía creadora del poeta se presenta, a veces, como cualidad temporal o eventual: pálida está la barca en la otra orilla (01, 93) y hasta condicionada y ubicada en un tiempo ya pasado, y prolongado como en el verso inicial del primer poema de El osario de los inocentes, donde la inesperada presencia del color azul proporciona un impacto mágico al lector: cuando bebíamos las cervezas eran azules.

El poeta asigna coloración precisa a elementos abstractos, informes e incoloros, visualmente imperceptibles como en estos versos donde resulta de color azul la militancia política: y ese azul de tu delicada militancia / que jamás abandonaste (PS, 80). Hay otros versos donde es negro el viento y celeste el aire que respiramos: los vientos negros de tu insomnio (A, 20), incapaz de respirar el aire celeste de los mares (VD, 40); la canción y el rencor son de color amarillo: la canción amarilla del silencio (VD, 37), los rencores amarillos de los cerros (A, 29); en la imaginación y el discurso del poeta, hallamos: las almas verdes de los lobos (A, 31), la mirada roja de los santos y el rictus morado de los toros (A, 45) y tienen color el rumor y los murmullos: un rumor verde de flores infinitas (A, 16), los murmullos blancos de la espiga (01, 59) como lo tienen también la calma y la ausencia: la calma color violeta (01, 49), la ausencia pálida del cielo (01, 73).

La gama conocida de los colores resulta insuficiente para la expresividad del poeta por eso su fantasía inventa colores inefables y enigmáticos y nos inquieta estilísticamente con estos colores de magia y de misterio que no sabemos cómo son: averiguando el color del alma o del desorden (01, 80), los colores fraganciosos del colegio (A, 46), te sentaste a esperar / con tu pelo color primavera de los sauces (PS, 24), tus lágrimas son del color de los anhelos (PS, 4 l), el color desaliñado de mis sueños en la playa (PS, 102).

Es frecuente hallar ejemplos donde los colores actúan, de modo expresionista, referidos a la realidad como cuando habla de: la canción de los rojos ciruelos (01, 23 ), la dicha de los pájaros negros (01, 35) el yuyo tierno de los blancos aguardientes (01, 69), collares amarillos parecidos a los dientes de alcachofa (A, 43); pero este expresionismo conseguido con la coloración natural de las cosas, que le lleva al poeta a transitar cómodamente por los caminos de la naturalidad sin abandonar sus sueños, supone el perfilamiento táctico de un rasgo formal de su lenguaje y estilo, el de expresar tintes y matices, unas veces de modo directo, preciso y definido como en:

Las mujeres vestidas de celeste 
que me hacían recordar a las cantantes de tristezas.

(VD, 35)

mi madre fue obrera 
en las mañanas se vestía del color de los tejados

(PS,19)

dónde estará esa mujer 
que una mañana vestida de negro 
sentada en el parque me llamó

(PS,99)

otras veces, de modo perifrástico con circunloquios alusivos a algo que tiene entre sus rasgos connotativos un cromatismo fácilmente descifrable como en: la blusa color de las ciruelas (01, 39), el viento tiene el mismo color de la noche (01, 62), esos ángeles que tienen sus ojos color fuego (01, 79), asomarse al llanto color caca de los niños (A, 3 7), los familiares sueñan orines color leche en los establos (A, 41).

El uso expresionista de los adjetivos de color es la fuente más productiva de metáforas cromáticas que Juan Cristóbal elabora mediante atribución de un tinte o matiz a una forma u objeto: las colinas verdes del cielo (01, 2 l), los peces rojos de los mares del sur (01, 2 l), la última hierba amarilla de los patios (01, 32), los blancos esqueletos de los animales antiguos (01, 65), los blancos pechos de la niña malcriada (01, 90), la oscuridad helada de las páginas del libro (A, 9), el mar azul de los llantos (A, 10), las nubes rojas de la hierba (A, 14), el polen blanco y acuoso de la memoria de tus perros (A, 2 l), el profeta de las sandalias rojas (A, 29), el juego colorado de las tortugas muertas en la playa(A, 3 0), los hospitales negros de la infancia (A, 31), las flores verdes de la noche (A, 32), tus ojos verdes de alimaña (A, 43), las malezas amarillas del roció (PS, 59), los espejos anaranjados de la luna (PS, 79), los calendarios amarillos del recuerdo (PS, 92).

El epíteto cromático es, igualmente, fuente de sus imágenes surrealistas más extrañas, más audaces y de mayor impacto en: los amantes se besan como rojos terciopelos (01, 51), los blancos ojos de los mulos perdidos en la infancia (01, 59), las serpientes negras de los ambulantes alucinados hostigan a los perros (A, 16), las plumas desechas en las lenguas negras del perro se ahogan en los cirios (A, 25), la sangre en pisco sobreviva para siempre -como el sol- en el corazón dorado de las moscas (A, 29), caparazones mutilados floreciendo tiernamente en las flores verdes de la noche (A, 32), cual una flor amarilla en las estaciones de antaño (VD, 17), ratones blancos paseándose en los brazos de mi madre (VD, 3 8), soy la próxima botella oscura de los bares (VD, 46), periodistas fermentando las noticias con sus almas negras de tomate (VD, 48).

El cromatismo de Juan Cristóbal no es sólo estático, atribución de tintes y colores; es también dinámico, proceso de coloración con evidente intención estilística de animar, agilizar y movilizar los versos y poemas que no se reducen sólo a mostrar un dechado, más o menos múltiple y variado de pinceladas y brochazos, sino a presentar también el desarrollo mismo de esta coloración poética y fantasiosa: el sol cubre con un poco de luz la mañana (01, 23), los caballos marcan con sangre las primaveras del sueño(VD, 14), haciendo reverdecer en los geranios de la tarde / las mariposas cansadas del roció (VD, 2 l), las cenizas amarillean los musgos (01, 24), la miel del porvenir coloreando estrellas en el pecho (PS, 36), el crepúsculo blanqueando mi soledad (PS, 84).

En la madrugada leve de la lluvia descubrí que el cielo se volvía azul y las estrellas amarillas (PS,63)

En este proceso de coloración el poeta apela, con provecho estilístico y poético, a la iluminación. La luz, la lumbre, el ardor, el fuego, el encendimiento, el brillo, el resplandor, la claridad y la transparencia motivan y movilizan sus visiones más hermosas y vivaces: la calma color violeta enciende los dientes casi muertos de la tierra (01, 49), los peces se iluminan en el corazón tranquilo del rió (01, 3 l), mientras hablaba de poesía con los locos/ iluminé la soledad de las gallinas (VD, 28), el agua jubilosa de los tiempos / encendiendo las mañanas insensatas en el viento (PS, 28), su noble corazón que brillaba como un pedazo de sandía (PS, 35), lo conocí cuando las ollas de chicha ardían en el campo (PS,35), la realidad de las palomas tiene el resplandor infatigable del verano (PS,S5), miles de luciérnagas se embriagan en el viento / alumbrando calles llenas de azucenas (PS, 65), la luna sólo servía para alumbrar a las gallinas (PS, 72), la luz alumbra siempre tu corazón en los desastres (PS, 101).

Como se puede ver en este lenguaje, la forma verbal dinamiza, mueve y remueve los contenidos líricos, pero más que con el verbo, Juan Cristóbal aplica los colores y ajusta sus matices, gramaticalmente, con el adjetivo morfológico correspondiente: para llenar de besos tu rostro anaranjado en la mañana (PS, 23), las mujeres de su pueblo lavaban estrellas en el rió / con las arcillas blancas de sus manos (PS, 39), tu madre enrojecida por la alegría de tus sueños te recuerda (PS, 78) y lo hace, más provechosamente, utilizando sustantivos que, semánticamente implican un color característico. De este modo, nombres de frutas, flores y animales, de elementos naturales y orgánicos se reparten en el libro distribuyendo toda clase de sensaciones cromáticas que incitan la aprensión y las figuraciones del lector.

La azucena, la amapola, la nube, la nieve, la espuma, la leche y la aurora impregnan los poemas con el blanco que les es característico; el durazno, el membrillo, la naranja, la mandarina y la granadilla, el canario y la espiga, la retama y los girasoles, la mostaza, la chicha y la cerveza traen los tonos del color amarillo; la remolacha, la rosa, las cerezas, las ciruelas, la sandia y también el corazón (por la sangre) ponen los matices del colorado, rubio, rosado y rojizo; el cielo y el mar representan al azul- las hojas, el bosque y los helechos, al verde- las sombras, las cenizas, el carbón, el oxido y la noche nos ponen frente a la oscuridad y la negrura; el sol, la tuna, las estrellas, las luciérnagas, el fuego y la hoguera que nos dan sensaciones de luz, de lumbre y de candela completan e iluminan la belleza de estos poemas.

Para el poeta el color y la luz subyacen en la palabra y conforman en su discurso expresiones poéticas líricamente hermosas y sugerentes como en el poema.

La otra cara de la luna

de niño 
soñé con ángeles y sirenas en el río 
y con trenes llenos de girasoles en el día 
creí 
que los fantasmas no existían 
ni siquiera en el recuerdo jubiloso de los trigos 
pero cuando el sol 
desapareció una mañana de mis manos 
me quedé peor que un loco por las calles 
contando ovejitas en la noche 
y monedas oxidadas 

en los remolinos inalcanzables de mi vida 
(PS,47)

Se trata de un poema que desarrolla dos impresiones opuestas: la antítesis entre el ayer de la niñez jubilosa y el mañana de la incertidumbre y el desconcierto del hombre adulto. Esta antítesis se encuentra poéticamente estructurada sobre el contraste de dos matices: el color de los girasoles iluminan de luz las remembranzas de la infancia (primera y segunda estrofas) y cuando desaparece el sol de la memoria y del recuerdo (tercera estrofa) sólo quedan la negrura de la noche y la oscuridad del óxido (cuarta estrofa).

En la poesía de Juan Cristóbal el color nos llega también en lexías fijas y frases hechas. Usa y repite unidades de composición léxica que la lengua ha establecido con denominaciones de color:

Los patios lejanos de la infancia 
habrán de llenarse seguramente de pieles roja 

                                                 y fantasmas. (OI,67)


Informando de la pesadilla de los locos a los príncipes 
                                                               azules 
que mueren en el cascarón putrefacto de los gallos.
(A,16)


Tu viento como la historia contada por los pieles rojas 
exiliados en los ojos.
(A,22)


Cuando los pieles rojas tomaron sus sueños por asalto. (PS,49)

La mención y el uso estilístico de las lexías no son ajenos a la irrespetuosidad del poeta -una nota de su amargura, inconformidad y protesta-. De modo muy informal acomoda variantes sémicas en el empleo de tres lexías literarias que nombran colores y aluden a conocidos tópicos: "el retomo de las golondrina" de las rimas de Bécquer, y las golondrinas serán oscuras para siempre (A, 42); "los heraldos negros que nos manda la muerte" de la poesía de Vallejo que Juan Cristóbal calca del siguiente modo bebí los negros aperitivos de la muerte (VD, 28) y "la niña de la lámpara azul" de Eguren, extrañamente retomado en el contexto insólito de estos versos de factura surrealista, los lobos de mar presenciaron desde las rocas el contrabando de niñas de lámparas azules en el sueño (PS, 93). Una especial nota de irreverencia y humor tiene la cita de una lexía bíblica:

Quién habrá dicho 
"hágase la luz" y vengan los pájaros a cagarse 
en la cabeza del hombre.
(A,29)

Otro aspecto importante de esta poesía es la intensificación del color atribuido. El poeta retoca y refuerza los colores para remarcarlos, insistiendo en ellos, acrecentando y potenciando su capacidad significativa o incrementando su valoración semántica, para ello utiliza como recursos de estilo:

  1. La redundancia pleonástica que vigoriza, con gracia y expresividad, la coloración mencionada: la noche negra de los gallos (A, 29), la armonía celeste de los cielos (A, 41), las estrellas amarillas del espacio (VD, 48), pasarlos túneles oscuros (VD, 29).

  2. La repetición o acumulación semántica de significados más o menos semejantes que inciden en la persistencia de matices: las paredes mostaza de los prostíbulos pálidos (A, 26), la luz interminable de los trigos (PS, 58).

  3. El refuerzo sintáctico que precisa, aclara y redondea la indicación de luces y colores: las ebrias amarillentas cabezas de las mentiras (01, 16), las transparentes cervezas azules (01, 65), las sombras infelices de la infancia (01, 70), las últimas luces de la noche (01, 85), la oscuridad helada de las páginas del libro (A, 9), la luz irreparable de tus manos (PS, 24), la luz irremediable de mi vida (PS, 36), la claridad inevitable de las nubes (PS, 76), la oscuridad insoportable de los llantos (PS, 102).

  4. El uso del adverbio más que expresa la comparación aumentativa y la elación superlativa: nada más claro que la noche arrastrada (01, 26), serán las palabras más lóbregas del tiempo (A, 42), el mar es bello como nuestros hijos pero mucho más azul y transparente (PS, 101), el atardecer más negro de sus llantos (PS, 103).

Con el incremento y la elación de la calificación cromática se apareja la supresión expresa del color y de la luz lo que supone, en el discurso, manifestaciones de inminencia de acabamiento las últimas luces de las tabernas se apagan (01, 66); un proceso de borrosidad o desteñimiento, el pelo de los perros se desteñía por la fuente (01, 9 l); la desaparición de la luz, miramos desaparecer al sol en las islas fantasmales del navío (A, 15); la espera de un agotamiento, esperando que las noches se agoten / como una luz tenebrosa en sus manos (VD, 16); el olvido y la cancelación de una impresión cromática, olvida los colores del rocío / y mira los floripondios de la casa (VD, 40); la extinción definitiva, aquella vieja luciérnaga extinguiéndose en los secretos infatigables del molino (PS, 29) o el apagamiento, el viento apaga su luz en los extravíos de tu alma (PS, 70).

El cromatismo en la poética de Juan Cristóbal tiene un sistema que no es la gama física del arco iris, sino otra, personal, personalísima, más bien pura, espiritual y sensible que parte de un blanco límpido y transparente y se desliza, intensificándose, hacia el amarillo, naranja, verde, azul, morado, rubio, rojizo, sombrío, oscuro y negro profundo. Con todo esto Juan Cristóbal resulta el poeta del claroscuro, como el claroscuro de los cuadros de Rembrandt donde el blanco diáfano y transparente se realiza en luz que refulge y se opaca transformándose en sombra para rematar en colores oscuros, grises y negros:

Y los niños 
esas sombras inocentes pobladas de silencio 
agonizaban en las hogueras de la calle 
mientras la luna sólo servía para alumbrar a las 
gallinas.
(PS,72)

sugerentes claroscuros hay en estos versos: el azar quemó nuestras sombras de nieve (01, 32), las últimas luces de la noche (01, 8 5), el sol crece como una fruta entre los muros sombríos de la dicha (PS, 3 7).

La adjetivación con el color azul es un elegante hallazgo de la inventiva de Juan Cristóbal, constituye una "mise en relief" que impacta al lector cautivando su atención y su fantasía tal vez por lo insólito y lo inesperado de su aplicación, los colmillos azules de los monos (A, 37); para los ojos de Juan Cristóbal muchas cosas son increíblemente azules como la rosa, las granadillas, y las cervezas. El azul le permite al poeta graduar e intensificar la coloración infinita del cielo o del mar: el cielo es una luz de hojas azules (A, 9), viejos relámpagos confunden el corazón con el mar azul de los llantos (A, 10).

La función epitética del adjetivo azul referido a los ojos que tienen ese color refuerza la expresividad de dos metáforas creadas por comparación con la redondez de los - ojos: mirándome en las qranadillas azules de su ojos (PS, 48) y con la profundidad de los mismos: si volviera a mirarme en los pozos azules de tus ojos (PS, 5 8). El adjetivo azul se sustantiva en algunos versos y con este procedimiento de hipótesis gramatical el poeta nos pone frente a una coloración densa, compacta, apretada; el color preferido del poeta, el azul, aparece, así, igual que sus propios sentimientos, casi concretizado, corporeizado: yo te entrego el azul nocturno de mis ojos (01, 46), no sé si eras azul, afán o delirio (01, 48), los barcos beben el azul lejano de los muelles (01, 75).

El blanco, color de la claridad y la pureza, penetra en el cromatismo de los poemas con la mención de la nube en imágenes vinculadas a la transición, a la aparición súbita, a la llegada inexorable, a lo que es imposible evitar que suceda:

En los altillos apolillados de s u muerte
parecía esperar la llegada de las nubes
y los ojos resignados de la calma

(PS,73)

Mirando la llegada de las nubes 
y la llovizna inexorable del fracaso
(PS,77)

Para Juan Cristóbal, que con tanto sentimiento ha trabajado el tema de la existencia humana y sus sinsabores, es blanco el viaje de la vida como blancas son las nubes que raudas traspasan el firmamento. Un sentido poético semejante tiene este verso, jugar con las nubes del río (PS, 5 1) evidente metáfora de la espuma del río que retorna un viejo tópico del a lírica española, "del río que es la vida y va a dar a la mar que es el morir".

El alba, otra imagen visual de la blancura, se asocia, en esta poesía a la fatalidad, a la frustración, al fracaso, al triste final del acabamiento: en los huertos las huellas del alba / se zambullen como faisanes heridos (01, 28), cuando enterraban sus corazones en el alba (PS, 82), cuando los peregrinos se extraviaban en el alba (PS, 77),

En ese paisaje que se te apareció un día entre las nu
bes 
cuando se te marchitaban ilusiones en la calle.
(PS,75) 


aquí el blanco del alba se refuerza e intensifica con el color blanco de las nubes.

Este mismo color vinculado a la visión de la nieve es el blanco del olvido: ahora tus señales ya no surgen en la lluvia / los gusanos devoran tus ojos en la nieve (PS, 59) y vinculado a los mandiles blancos de los escolares es el recuerdo de la infancia, del despertar de la vida cuando la vida, es sueño y esperanzas:

Pero su alma 
tan parecida a los mandiles de los niños 
me ha hecho recordar los patios del colegio 
donde usted soñaba caminos de la tarde.
(PS,77)

La azucena es también la representación del color blanco: alumbrando calles llenas de azucenas y rostros (PS, 65"

Sus cruces 
arrugadas por las tristezas de sus nombres 
se cubren de azucenas en el día
(PS,82).

El amarillo, el color áureo, el color de la luz, el del sol y la luna, el del fuego y los incendios, el color de frutas, como la mandarina, y de flores, como la retama y el girasol, representa en el poemario la alegría de la vida aunque alterna, a veces, con las sombras y la tristeza: en los crepúsculos amarillos de los días (VD, 23). El amarillo persiste, se duplica, se acumula intensificando su valor cromático y bañando de luz la poesía de Juan Cristóbal: como el orín amarillo-yodo de las yeguas (A,45), en las tardes cuando crecen girasoles o retamas en tus ojos (PS, 37), los espejos anaranjados de la luna (PS, 37).

Los siguientes versos acumulan tres nombres: luz, trigo y luciérnaga que nos proporcionan otras tantas impresiones cromáticas semejantes al color amarillo:

Para que pueda volar por la luz interminable 
                                         de los triqos 
repartiendo luciérnagas y canciones 
a todos los jubilados del domingo
(PS,84).

Hay también un amarillo insólito: pies de enano amarillo (A, 39). Igual que el amarillo, el rojo del corazón y la sangre se ve también graduado e intensificado por acumulación de nombres caracterizados por este color:

Algún día todos sobreviviremos en sus ojos de conejo en su noble corazón que brillaba como un pedazo de sandía (PS,35)

Finalmente, el poeta acomoda el uso de algunos colores al simbolismo general de éstos que la 
tradición literaria cultural de Occidente ha establecido y que aceptamos como una convención o norma universal indiscutible. Por eso encontramos en esta poesía el color verde de la hierba vinculado a la esperanza, su esperanza manchada Por la hierba (OR, 67); el negro aludiendo a la muerte, los negros aperitivos de la muerte (VD, 28) y la palidez como síndrome del temor, la pálida envoltura del miedo (01, 69). En suma la luz y los colores no constituyen elementos de decoración y adorno, sino fundamentos poéticos y estilístico- estructurales que le permiten a Juan Cristóbal patentizar sus sentimientos y vivencias mas insondables y penetrantes cantando a la vida y su memoria y al triste final de la muerte y su silencio.

NOTA

1 Se citan estos libros con las iniciales correspondientes y el número de la página: 01 (El osario de los inocentes), A (Asaltos), VD ( Vivir es duro) y PS (Poblando los silencios).

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