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LA TRANSFORMACIÓN DE LOS DIOSES:
EL HURACÁN Y EL AMARU

 

Los pueblos de la antigua América temían los fenómenos naturales, por eso éstos fueron venerados como divinidades, sobre todo si poseían una fuerza devastadora. Los nativos los invocaban para atenuarlos y hacerlos favorables. En esta categoría destacaron como divinidades el Sol, el trueno, el rayo, la Tierra, los ríos, etc. Pero, también existieron dioses meteorológicos poco conocidos porque pasaron por un proceso de camuflaje muy sofisticado. Éste fue el caso del dios del viento, el Huracán en Mesoamérica y el Caribe; así como el dios del huaico, el Amaru, entre los pobladores de los Andes centrales. Estos dos dioses permanecieron ocultos durante siglos entre los pueblos nativos debido a un complicado proceso de transformación permanente del que fueron objeto. Por esta razón, los indicios de sus existencias no fueron tan evidentes y presentaron mayores dificultades para descubrirlos si se los compara con otras divinidades. Consecuentemente, la investigación y el conocimiento de ellos ha sufrido un retardo. Estas creencias están relacionadas a determinadas regiones, por eso se explica su desconocimiento por parte de las Ciencias de la Religión, las cuales se ocupan, fundamentalmente, del estudio de las creencias de los pueblos que pertenecen a la América antigua.

Nuestro interés actual es demostrar cómo la aplicación de métodos interdisciplinarios nos permite encontrar evidencias de su existencia y cómo se devela la imbricación de la cultura material con el mundo simbólico por medio de la interpretación comparativa. Para alcanzar este fin nos sirven, de una manera extraordinaria, los resultados logrados sobre el dios Huracán y las ideas respecto al Amaru.

  1. El Dios unípede- el Huracán

El Huracán, conocido fenómeno meteorológico que se produce sobre todo en regiones ecuatoriales, es un viento muy fuerte que se desplaza en forma circular alrededor de un centro de baja presión llamado “ojo del huracán”. Este proceso tiene lugar cuando el aire cálido y saturado de las zonas de calmas ecuatoriales se eleva empujado por aire frío más denso. La presión atmosférica cae bruscamente desde el borde de la tormenta hasta su centro, mientras que la velocidad del aire aumenta. Un huracán alcanza una fuerza máxima cerca de los puntos de baja presión (en torno a 724 mm de mercurio o 0,85 atmósferas). El diámetro del área cubierta por vientos destructivos puede superar los 250 km.123 En general, los huracanes se desplazan en una trayectoria con forma de parábola. Las zonas en las cuales los vientos del huracán soplan en la misma dirección que la propia tormenta están sometidas a la máxima violencia destructiva.124


       Todos los años recibimos noticias sobre tornados o huracanes que flagelan las costas del mar Caribe. Así pues, los huracanes son fenómenos naturales, temidos por su fuerza devastadora por lo que no es extraño que entre los pobladores antiguos este fenómeno haya producido un gran temor, desarrollándose consecuentemente en torno a él una actitud religiosa y, por lo tanto, le dedicaran una atención especial. Como en casi todos los pueblos, los indígenas de las Antillas hicieron de los principales acontecimientos meteóricos sus deidades. Entre los que más miedo les inspiraba estuvo el Huracán debido a las consecuencias que acompañaban a éste. Así, el Huracán fue interpretado como el padre de los vientos; es decir, una deidad todopoderosa que muy a menudo mostraba toda la violencia que era capaz de desatar. Además, éste era precedido durante los equinoccios y la estación de lluvias por mensajeros subalternos en forma de vientos más suaves. Su simbolización ha asumido varias formas. En general, era representado en forma de espiral debido a su movimiento giratorio característico o como una gran tromba vertical que vinculaba la tierra con el cielo. En los climas tropicales, el Sol no llegó a ser considerado como el dios más importante por cuanto nunca les faltaba la luz ni el calor; más bien era el Huracán quien adquirió un gran significado ya que de su benevolencia dependía el equilibrio climático, las lluvias templadas y los vientos agradables de los equinoccios.


      Por otra parte, como el dios Huracán se presentaba acompañado con otros fenómenos climáticos era visto como el dios de los vientos y de las aguas, de la tempestad y del fuego, de los rayos y de los terremotos. Este carácter múltiple se reflejó en las representaciones plásticas, donde adquirió la forma de un drama cósmico. Por similitud, todos los fenómenos naturales como el Huracán, así como los artificialmente producidos (como en el caso de los molinos o esculturas en forma de espirales) que se presentaban, fueron relacionados mitológicamente con él. Asimismo se establecía una relación sistemática con los truenos, los oleajes y las trombas debido a que éstos aparecían junto a las tempestades y los huracanes; otras veces se establecía una relación como resultado de la pura imaginación, tal como ocurrió en la asociación del huracán con las serpientes, los caracoles y la constelación estelar denominada Osa Mayor.


     La representación en forma de una espiral es un símbolo universal, cuyo significado es el mismo en todas las culturas: el viento. La asociación con la serpiente no es sólo fruto de la imaginación sino que, al contrario, tiene una relación asociativa real porque cuando los huracanes o tornados se muestran en forma horizontal toman la apariencia de grandes serpientes. La otra asociación está dada por el ruido que hacen ya que las serpientes silban como el viento cuando se enfurecen. Este animal servía también de inspiración al momento de producir una representación personificada del huracán, debido a que la serpiente posee un torso el cual es imaginado como un ser en un solo pie. El huracán fue imaginado como el dios unípede. La palabra huracán proviene del quiché que significa “el de una pierna”, dicha palabra nos remite a, o significa, una divinidad en forma de una tromba grande y vertical, la cual vinculaba la tierra con el cielo, que tenía una cabeza, dos brazos y dos extremidades enredados a una sola. 125 En otros panteones del mundo se confirma la relación entre el viento y la serpiente, así como con la espiral y, por ende, con todas las formas que insinúan una espiral. El ciclón, por ejemplo, significa la serpiente enroscada y se refiere a un viento muy fuerte en la cultura griega.

A partir del momento en que se pierde la costumbre de representarlo como una imagen personificada del dios Viento, los nativos utilizaron objetos o actos —como por ejemplo los caracoles de mar— para sus representaciones. Además, los caracoles tienen la particularidad de repetir la misma forma de espiral interna y externamente lo que les daba un valor de mayor representación, esto es, se convierte en un objeto con simbología muy preciada. Este carácter duplicador jugaba un papel importante en la magia. Por eso, la concha del caracol era molida hasta adquirir la forma de polvo para luego ser consumido. Muchas veces también ese polvillo era mezclado con el tabaco que se fumaba en las ceremonias mágicas. El tabaco, o mejor dicho el acto de fumar el tabaco, se volvía también un símbolo del viento porque el humo producido adopta la forma de espiral. Por eso, la mezcla del polvo de caracol marino y el tabaco fue interpretada como un acto de comunicación con el dios Huracán, transubstanciado en las dos especies, es decir, del polvo, el cual provenía de las profundidades del mar, y del humo con carácter de nube. Al fumar el tabaco realizaban sus ruegos para que lleguen los vientos que traían los chubascos. Durante su preparativo se torcía el tabaco dándole la forma de un espiral, de una tromba. Hasta nuestros días se conserva la idea de una estrecha relación entre el humo del tabaco y las lluvias; asimismo, el cigarro de tabaco también sigue siendo el atributo de los chamanes indoamericanos.


       Los cambios que se dan en la representación de las divinidades naturales van de la mano con el proceso de mayor dominio o de mayor conocimiento de las fuerzas naturales. Primero, se produce una imagen de la divinidad que se teme y que se desea invocar para ganarse su favor; luego, se abandonan las representaciones personificadas concretas y se recurre a objetos cada vez más abstractos o naturales que de alguna manera reproducen la esencia de una divinidad dada. Las imitaciones siempre se refieren a procesos que el ser humano ya domina. Con ellas el hombre pone a prueba sus propias fuerzas y su influencia sobre la naturaleza y se siente así igual a dios. La sensación de dominio sobre las cosas le da mayor seguridad ante un mundo lleno de riesgos, al mismo tiempo que eleva cada vez más su autoestima y sentimiento de seguridad.


     Ahora que podemos entender la causa de esta modificación de las representaciones y de la simbolización del viento, no debe sorprendernos las formas tan abstractas que asumen, así como su culminación oculta en instrumentos musicales y en el baile, como representación del dios Viento. En ellos se insinúa el movimiento del viento y su ruido expresados en ritmo. Entre los instrumentos musicales vinculados con el Huracán predominan los tambores y las flautas. El tambor fue obviamente, una representación figurativa del dios unípede porque es fabricado de un solo tronco de árbol; su sonido está relacionado con la tormenta y los fuertes vientos, de ahí que la función del tambor haya sido la de llamar al viento e imitarlo, al igual que las flautas, las cuales también cumplían con la tarea de invocar al viento; pero, fundamentalmente a los más suaves y benevolentes. Los caracoles de mar fueron igualmente usados como instrumentos musicales, su entonación también servía para atraer a los vientos y las nubes.


    Más sofisticada aún es la relación entre viento y baile. Ésta todavía se mantiene en nuestros días, aunque ya no de manera consciente entre sus realizadores. En nuestra época el baile que quizá exprese mejor ese vínculo con el huracán sea probablemente el flamenco del Mediterráneo. Ésta es una danza típica que se realiza girando sobre la punta de un solo pie, los brazos se elevan hacia las nubes, de donde toman la lluvia con las manos; luego, con los dedos se imita la forma como va bajando a chorros la lluvia por la cabeza y los costados, a lo largo del cuerpo, semejante a una culebra en sus movimientos. Los sonidos que emiten con el zapateo de sus tacones y chancletones recuerdan los truenos y los chicheos de los aguaceros. Los movimientos tienen la función de evocar todo el drama atmosférico de la tempestad. Con el movimiento de la vestimenta típica del flamenco se imita el de las olas del mar porque las faldas, provistas de faralaes, se alzan y arremolinan formando figuras parecidas a las olas del mar. Además, las faralaes de las faldas no están siempre prendidas en forma de círculos seriados, sino en forma de espiral que va en curvas crecientes desde el talle de la saya hasta su borde, dando la impresión de una gran vertiginosidad al revoleteo de la danza. Algunos de estos elementos también los encontramos en las danzas actuales del Perú, como en la resbalosa y la marinera. El movimiento del cuerpo se desenvuelve sobre su propio eje, los brazos, uno elevado sobre la cabeza y el otro sobre el pecho, adoptan la forma de una espiral; pero, en su conjunto también podemos ver una svástica: el símbolo arcaico del dios del viento. Todo ello también está subrayado por una vestimenta de faldas amplias con faralaes.

  1. El dios Amaru

La misma importancia que tenía el dios Huracán en el panteón de las divinidades de los pueblos quichés la encontramos en el dios Amaru de los pueblos de los Andes centrales. El Amaru es el dios de los huaicos y de las avalanchas de piedra y lodo. Este dios, relacionado con los conocimientos bastante desarrollados de los pobladores acerca de las actividades irregulares y caprichosas del clima en los Andes, simbolizaba muchas funciones meteorológicas. El fenómeno de El Niño, que influye sobre las lluvias en los Andes, también era conocido y supuestamente previsible desde épocas muy antiguas. Este fenómeno se caracteriza por la alteración de la temperatura de las aguas marinas y de la atmósfera, modificando, además de la temperatura del Océano Pacífico, el régimen de las precipitaciones en los Andes centrales y en las laderas occidentales. Aparece en intervalos de dos a siete años y se prolonga entre doce y veinticuatro meses. El proceso de calentamiento se produce cuando los vientos alisios, procedentes del Pacífico suroriental, se debilitan al tomar contacto con el agua cálida del Pacífico occidental y fluyen modificando el clima de las costas americanas. Esta capa de agua, de unos 150 metros de profundidad, desplaza la corriente fría de Humboldt impidiendo que emerja a lo largo de la costa americana y obliga así a la fauna marina a emigrar. 126

En el año 1998 el científico norteamericano Benjamín Orlove publicó en la revista Nature un artículo en el cual afirmaba que los Moches, los Yungas y los agricultores de la cultura Chimú podían predecir el cambio del clima observando las Pléyades. A pesar de que esta constelación estelar no tenía buena visibilidad, debido a que se presentaba rodeada de una especie de neblina, ellos pronosticaban la presencia de irregularidades climáticas con lo cual evitaban graves consecuencias para la agricultura. Las Pléyades llegaron a tener un gran significado en la mitología de los pueblos peruanos. Mejor conocidas como las Cabrillas o los Gemelos, las Pléyades fueron siempre consideradas como la divinidad de mayor importancia en el panteón de las divinidades de las culturas moche y Chimú, semejante al Jaguar en la cultura Chavín y las que tuvieron su origen en ésta; e igual de importante al Amaru en las culturas de los Andes centrales.

En el Perú antiguo cada grupo étnico tenía su propio sistema religioso, con sus respectivas divinidades e ideas acerca del origen del mundo, de las plantas y de los hombres. Al constituirse grandes imperios como el de los Incas, el cual se basó en el dominio de los pueblos invadidos, una de sus primeras medidas fue tratar de imponer su sistema de creencias religiosas. Sin embargo, este proceso no se llegó a concluir por completo, por cuanto las divinidades de los Incas no correspondían siempre a las necesidades cosmogónicas sentidas por los pueblos invadidos. Por eso tuvo lugar una dualidad en las creencias, la cual estuvo constituida por el sistema religioso oficial y las prácticas nativas anteriores observadas paralelamente. Entre las creencias de esos pueblos figura: el culto a las huacas, el cual fue tolerado por los Incas porque prestaba ayuda a las actividades productivas que el Estado necesitaba. Con el paso del tiempo se produjeron dos procesos importantes en el campo religioso: uno fue la fusión de varias divinidades en una sola; el otro, el ocultamiento de sus cultos, con el objeto de mantener en secreto su verdadero sentido. Esto ocurrió con el dios Amaru. En los Andes centrales el Amaru es el dios de las aguas, de las lluvias y de todos los fenómenos meteorológicos vinculados al agua y al riego.127 En estas zonas la buena marcha de la economía de los pueblos dependía del adecuado abastecimiento del agua, es decir, de asegurar la suficiente cantidad del agua para las chacras, para el uso humano y para los animales. Pero, al mismo tiempo, con la llegada de las lluvias se producían fenómenos de deslizamiento de grandes cantidades de lodo y piedras, fenómeno conocido con el nombre de huaico128; es natural entonces que los nativos buscaran protección ante ellos. Según sus concepciones religiosas la divinidad del agua actuaba desde arriba regida por el rayo y tomaba la forma de lluvia, y desde abajo se encontraba gobernada por las lagunas. Su predomino variaba según la estación del año; esto producía angustias debido a sus efectos que podían ser devastadores. Por eso trataban de prevenir estos fenómenos implorando a la divinidad correspondiente, generalmente relacionada con una huaca, con un cerro: cada acequia, cada dique de cisternas construidas en el sistema de redes hidráulicas, tenía su huaca protectora, a ella le ofrecían los ritos propios de cada grupo étnico; por eso el dios Amaru no tenía cultos fijos bien definidos para su veneración, sino una gama bastante amplia.


      En los alrededores del lago Titicaca, por ejemplo, los Amarus fueron los ríos serpenteantes; pero no ocupaban el rango más alto en la jerarquía de las divinidades, como sí sucedía en los Andes centrales donde les reconocían una mayor peligrosidad, puesto que es justamente la zona donde se producen los huaicos más devastadores. En las narraciones populares de Huancavelica el Amaru, el huaico, era un dios gelatinoso; mientras que en otras regiones aparece más bien vinculado con el poder de curar el ganado, con la protección de los hombres y con la circulación de las aguas. Pero, en lo fundamental, el Amaru era visto como el regulador de las lluvias, de los ríos y de las lagunas, de todas las aguas del cielo y de la tierra. 129 Su función complementaria era proteger a los hombres de las sequías o del exceso de agua. En los lugares donde la influencia cristiana cobró un mayor impacto la divinidad del Amaru devino en un demonio, es decir, en un dios malo. Así, en Ayacucho es el demonio de las inundaciones fluviales, que por doquier siembra el hambre y la desolación. En Apurímac es el demonio de las tremendas tempestades. Se puede decir, entonces, que no se teme a la misma divinidad, que necesita ser calmada, sino se teme al demonio que a veces se muestra con mayor fuerza que el dios benevolente.


       Uno de los problemas difíciles de superar para el estudio del Amaru, es la escasez de materiales con indicios e informaciones sobre su existencia y las formas de veneración. Una de las razones de esta carencia de pruebas acerca del culto a este dios es que sus testimonios han sobrevivido únicamente en zonas muy aisladas; por otro lado, dado su naturaleza caprichosa y peligrosa, la divinidad no puede ser invocada por cualquier persona, sino por iniciados quienes manejaban el culto en secreto; finalmente, la sofisticación en el proceso de ocultamiento, o camuflaje, se remonta incluso hasta la época incaica en los lugares donde este culto sobrevivió ya como una tradición popular contraria al culto Inca.

Entonces, ¿cuáles son las fuentes y el material del que disponemos para las investigaciones? Tenemos fuentes orales de narradores populares del campo, fuentes escritas de cronistas, como la relación del Amaru con héroes semihombres y semidioses transmitida por Guamán Poma. Él nos habla de los Amarus como personajes históricos y mitológicos, quienes están relacionados con las serpientes y el otorongo130. Asimismo, nos muestra la antropomorfización de los Amarus, presentada entonces como héroes semihombres y semidioses; en este caso los Amarus son príncipes que adquirieron esta categoría durante los combates. También señala la presencia de Amarus en la simbología heráldica Inca. Y, finalmente, se refiere a los Amarus históricos de los siglos XV y XVI.

Con sus narraciones sobre el Amaru y sus formas de existencia, Guamán Poma se mueve dentro de un mecanismo universal tan bien conocido en otras religiones. Este mecanismo entremezcla las divinidades con los hombres en la vida terrenal. Así, tenemos por ejemplo el caso de Gilgamesh de las epopeyas de los sirios antiguos, este personaje fue considerado semihombre, semidiós para luego ser el gran héroe semejante a Prometeo o los gigantes creados por Urano y Gaya, el Cielo y la Tierra, quienes se aliaron luego con los seres humanos y lucharon en contra de los dioses del Olimpo. Curiosamente, ellos también fueron imaginados como seres serpentiformes semejante a los Amarus. Existen, pues, muchas narraciones mitológicas en el mundo que hacen referencia a la existencia de seres humanos excepcionales engendrados por los dioses en mujeres mortales. Mediante ellos se le atribuye a los seres humanos las propiedades de los dioses convirtiéndolos, en consecuencia, en personajes mitológicos: semihombres o semidioses. El hecho de proporcionarle esos atributos excepcionales al ser humano expresa la paulatina emancipación del hombre frente a la naturaleza o a otros poderes hasta aquel entonces no entendidos ni dominados y por ello fuertemente temidos.

El mismo mecanismo lo encontramos también en el caso del Amaru. Éste fue imaginado, en primer lugar, como un señor poderoso y, más tarde, convertido en un ser histórico. En sus dibujos-relatos de Guamán Poma podemos observar al Amaru como el sexto capitán, hijo de Inca Roca, quien dejó descendientes en las indias Chunchas.

Constatamos tres personajes históricos incaico-coloniales vinculados al Amaru:

1.      Amaru-Yupanqui, hijo de Pachacútec,

2.      Túpac-Amaru decapitado por Francisco Toledo a fines del siglo XVI y

3.      Túpac Amaru ajusticiado por los españoles en el siglo XVIII.

Además, tenemos al personaje Amaru Inca, cuya existencia histórica real fue confirmada por historiadores como José de la Riva-Agüero. Del Amaru Inca se hace mención en varios relatos. Durante su gobierno habrían ocurrido grandes males en el imperio, como la peste, hambrunas, sublevaciones y guerras. También el personaje histórico Túpac Amaru está relacionado con la agricultura y las construcciones. Existe una leyenda que nos narra acerca de una fuerte hambruna, de la cual sólo se pudo sobrevivir gracias a que la chacra de Túpac Amaru daba lo suficiente para abastecer a todo el pueblo. En conclusión: el nombre Amaru es aplicado a varios personajes, tanto históricos como mitológicos, por eso no designa necesariamente a una persona históricamente concreta, se refiere más bien a una determinada función histórico-mitológica. Este nombre, o mejor dicho este título, era adscrito a quienes desempeñaron funciones con igual rango al de Pachacútec.

Además de estas menciones de los Amarus en las crónicas, la narrativa popular muestra en los Andes peruanos al Amaru vinculado al huaico; otras veces, lo encontramos también en la plástica, como es el caso del toro. Pero, estas dos representaciones no agotan todas las apariencias adoptadas por el Amaru, sino que más bien forman la base del material para su representación conocida. Por otra parte, algunos indicios nos permiten realizar algunas afirmaciones acerca de la veneración del Amaru. Por ejemplo, la constelación estelar más importante para la agricultura era las Pléyades porque servía para pronosticar los cambios climáticos. Así, se vinculaba la principal constelación con la divinidad, de ahí que existan representaciones del Amaru pintadas con círculos (estrellas) sobre su torso, de la misma manera existen pinturas referidas al jaguar lo que equivaldría a decir que el Amaru, en ciertas zonas, recibió un trato similar al del jaguar.

Si alguien viaja por la región de Huancavelica o Ayacucho observará que las figuras de paja en los techos no siempre son toros, sino que representan a seres en forma de animal con apariencia de toro. Pero, observadas de cerca y con mayor detenimiento percibimos esas figuras a veces con un torso muy alargado, sin cuernos, en su vientre son visibles otras caras, su boca abierta, y su cara orlada por un pellejo, que recuerda a la melena de un león. Surge la pregunta: ¿qué significa este semitoro? El toro normalmente es un símbolo de la presencia española. Recién con su llegada se adopta la costumbre de colocar toros sobre los techos de las casas como signo de bonanza. Lo excepcional en este caso es que en estas regiones mencionadas el toro en realidad no es un toro, sino un ser diferente a él. Estamos frente a una fusión del toro con el Amaru. ¿Cuáles son las características de los toro-amarus? Ya las hemos señalado: los animales vistos en los techos tienen boca grande y abierta, como si fueran embudos por los cuales debe chorrear el agua que fluye sobre los techos como consecuencias de las fuertes lluvias en esa región. Ésas y otras observaciones más nos demuestran que no se trata de actitudes propias de los toros, sino de seres extraños: se trata de representaciones clandestinas del Amaru camuflado como toro colonial.131

Como no era posible el venerar abiertamente al Amaru, ni en la época incaica, ni en la época colonial, en esta última adquiere la forma de un toro-amaru. Se presenta así como amaru-paja. En los techos, a una altura de tres a cinco metros no era mucho el peligro que se corría de que se detectase al Amaru en su función original, pues, a esa distancia no era posible percibir los detalles. Por otro lado, es necesario estar familiarizado con las características propias del Amaru para saber, primero: la característica más significativa de los Amarus-teja es su independencia frente a los toros; luego, en esas figuras parecidas a los toros, se puede observar una característica diferenciadora: los toros-amarus tienen círculos en el cuerpo, símbolos de la constelación estelar de los Siete Cabrillos, vinculada a las cochas o lagunas, recintos del Amaru.132 Por lo general, el toro-amaru recuerda mucho al felino o en su defecto tiene elementos de una serpiente: el cuerpo es alargado y no tiene patas, su cara es aplanada y casi arremangada. Tiene más bien un gran parecido a un otorongo o a una serpiente. En efecto, los toros-amarus no tienen cuernos, la parte central de su cuerpo es sólida, el pecho no es el de un toro, su carácter es más bien andrógino. Finalmente, en relación con el resto del cuerpo, la cabeza y la boca son las dos partes dominantes del personaje representado. Se pueden distinguir dos grupos centrales de amarus de teja: uno que tiene un cuerpo que se sostiene sobre cuatro extremidades, y otro que tiene dos cabezas en actitud de vigilancia y sus caras están dirigidas hacia las cuatro direcciones. El elemento central de la cara son los labios. Las lenguas y los cuellos subrayan a menudo la configuración serpentiforme o la boca, provista de poderosos colmillos, recuerda el aspecto que tiene un otorongo. Mediante este arte del camuflaje del Amaru fue posible que su veneración hubiera podido burlar la vigilancia de los teólogos católicos durante toda la época colonial, extendiéndose hasta la actualidad.

3.     Dioses paralelos al Amaru

En los relatos mitológicos de Huarochirí, editados por José María Arguedas y, luego, por Gerald Taylor133 encontramos referencias a un ser que se asemeja bastante al Amaru. Este ser divino es Pariacaca. ¿Qué razones tenemos para creer que podemos establecer el símil con él, a pesar de no mencionarse de manera explícita al personaje del Amaru? Creemos que aquí encontramos un nuevo ejemplo de cómo se modifican las divinidades según las necesidades de la población mediante fusiones y reemplazos de las mismas. Observamos que Pariacaca surge entremezclándose con tradiciones de Wallallo y de Wiracocha. Él desciende del dios Huiracocha que por su parte reemplaza a Wallallo. Pariacaca es, en todo caso, una divinidad menor y regional vinculada a fenómenos atmosféricos. Es el personaje principal de estos relatos que nos presentan las luchas por el predominio entre Wallallo y Pariacaca. Wallallo es el dios que exige sacrificios humanos y que es poco a poco reemplazado por Pariacaca, una especie de héroe mitológico; es decir, unas veces divinidad, otras mediador entre dios y hombre (igual que Prometeo en la mitología griega), y en otras parientes, del mismo ser humano. Pues bien, creemos poder demostrar que el fenómeno meteorológico del huaico ha sido representado por varias divinidades y que regionalmente es adorado mediante el mismo Amaru. Al mismo tiempo se vuelve evidente que la transformación del Amaru mitológico en un héroe humano o semihombre, o semidiós, se produce a través de divinidades paralelas a él. Éste es el caso de Pariacaca. Esta deidad simboliza las divinidades de las huacas de una región y todo lo que les concierne. En este contexto nos interesa destacar a todas aquellas divinidades vinculadas con las funciones del Amaru para mostrar cómo los fenómenos meteorológicos del huaico y las lluvias torrenciales fueron venerados en todos los Andes centrales, aunque no siempre fueran identificados con el Amaru porque él era, aparentemente, una divinidad local que poco a poco se fue difundiendo en otras regiones.

En los relatos del capítulo 5 y 6 de Dioses y Hombres de Huarochirí, 134 Pariacaca, presentado como un gran jefe, cae enfermo y no encuentra remedio que lo cure. Huatyacuri, un hombre pobre, conoce la causa de su enfermedad. En su diagnóstico le dice que su mal está vinculado a un posible adulterio de su esposa, a la presencia de dos serpientes en el techo de la casa y a un sapo con dos cabezas debajo del batán de la casa. Pariacaca una vez convencido de la necesidad de deshacerse de estos convivientes logra sanarse. “Encontraron debajo de la piedra un sapo con dos cabezas; el sapo voló hasta la laguna Anchi que había en una quebrada. Dicen que hasta ahora vive allí, en un manantial”.135

En la segunda parte del mismo relato Huatyacuri tiene que competir con el cuñado de su futura esposa. En realidad, el cuñado era el mismo Pariacaca quien trata de ganar la competencia a través de una serie de argucias. Pero, aún así, Huatyacuri le gana por la estrecha relación que tiene con los animales salvajes y la gente pobre. El vencido se convierte después de su derrota en un venado que aparece en las montañas, ahora como devorador de seres humanos, o en la forma de lluvias torrenciales arrasando todas las casas y los animales para llevarlos al mar.

Dejemos por el momento las explicaciones del porqué de un lugar o de las cosas, es decir, de los mitos etiológicos y concentrémonos en la interpretación simbólica del contenido religioso de estos relatos. La enfermedad no debe ser entendida como disfunciones corporales a causa de una patología, sino más bien como la consecuencia de la perturbación del orden establecido. En este sentido, el relato nos cuenta varios peligros a los cuales Pariacaca está expuesto: la infidelidad de su esposa, las inundaciones causadas por las fuertes lluvias, que derrumban las casas, signo de ello son las serpientes que viven en el techo, o las inundaciones provocadas por el incremento del caudal de los ríos, representado por el sapo que vive debajo del batán. Pariacaca, proyectado en la figura de un hombre, vive con el temor de que estos peligros puedan producirse y se enferma. En la segunda parte del relato el pobre Huatyacuri tiene que combatir con Pariacaca. Pariacaca es ahora símbolo de un ser caprichoso; pero vulnerable, furioso, poderoso y al mismo tiempo también susceptible de ser derrotado. De todos modos es el pariente, (el mismo nombre Pariacaca lo expresa) 136 con el cual se debe convivir porque siempre estará presente. Como ser caprichoso asume exactamente las funciones del Amaru, si bien por un lado multiplica el ganado (la referencia a los venados), también envía aguas borrascosas.

En el relato siguiente (capítulo 6) Pariacaca aparece en una fiesta como hombre humilde, sin que alguien le haga caso, además de no invitársele nada. Sólo una mujer se le acerca para ofrecerle chicha; entonces, enfurecido, les envía las aguas en forma de avalanchas que hacen desaparecer todo el pueblo. Los pocos que pudieron huir del huaico se dirigieron a las chacras de Cupara donde les tocó sufrir una sequía. Ellos se dirigieron a los manantiales y a los ríos en busca de agua para construir un sistema de riego; pero los manantiales se encontraban secos y no daban la suficiente cantidad de agua, como sucede en ciertas estaciones del año. Un buen día vino Pariacaca al pueblo, se enamoró de una doncella y le pidió se acueste con él. Pero ella le puso como condición la realización de algunos favores: en primer lugar, el abastecimiento del lugar con agua y la construcción de un sistema de riego que posibilite el cultivo de las plantas durante todo el año. Pariacaca cumplió con los pedidos y luego los dos se volvieron pareja allí, donde ahora nace la acequia. De esta manera el relato nos explica el porqué de la costumbre de adorar las acequias, así como su importancia para el cultivo de las tierras. Pariacaca, a su vez, simboliza la fuerza que ayuda al abastecimiento de las aguas y requiere especial atención para no provocar su temida furia y su correspondiente fuerza destructora.

Vemos pues, cómo Pariacaca asume exactamente las funciones arriba descritas del Amaru: es el dios de las aguas, por lo tanto de las lluvias que vienen del cielo, así como de las inundaciones causadas por los ríos que surgen desde abajo; igualmente, es el de protector de las acequias y del ganado. Lo característico de Pariacaca es la lucha que despliega por su autonomía y su dominio. Ésta no sólo se da frente a los seres humanos, quienes se creen ya dioses y le faltan el respeto,137 sino también frente a otros dioses radicados en los cerros de otras zonas o frente a dioses principales de un estado de desarrollo anterior como el Wallallo o el Wiracocha. Nos parece justo ver a Pariacaca como un dios paralelo al Amaru con las mismas funciones. A él se le asigna, según la zona, otro nombre y algunas particularidades diferentes al Amaru pero, es igualmente una divinidad local, popular, relacionada a una huaca. Su identificación con Pariacaca también puede ser mostrada por medio de un pequeño detalle relatado en el capítulo dieciséis en donde Wallallo amenaza a Pariacaca con un Amaru que tiene la forma de una serpiente con dos cabezas. Se nota que el Amaru ya no es problema para Pariacaca porque está dentro de él. Él ya absorbió las funciones del Amaru, siendo una divinidad amigable a veces hasta manejable y no un ser devastador que se come a la gente.

Las divinidades meteorológicas se vuelven así cada vez más seres amables y próximos al hombre. Ello es una señal del manejo de esos fenómenos naturales logrado por el ser humano. Dichas deidades reciben cada vez más propiedades del mismo ser humano, produciéndose una antropomorfización en la descripción de los dioses.

Finalmente, queremos remarcar el hecho de que los fenómenos meteorológicos fueron la base para la mayoría de las divinidades, las mismas que reciben poco a poco características humanas. Asimismo, el dios Huracán y el dios Amaru nos han servido de ejemplos para demostrar cómo se transforman las divinidades de seres altamente temidos en seres amables y semejante al hombre. Si bien el ser humano no deja de tener temor ante los fenómenos meteorológicos, les asigna a sus dioses cada vez más sus características humanas. Por lo tanto, la representación de estas divinidades se vuelve cada vez más antropomorfas o más abstractas a través de símbolos que indican lo típico de ellas. De esta manera se puede concluir que los dioses no son eternos sino que cambian o varían en la medida en que asumen diferentes funciones. Según la región, el avance de los conocimientos y de la economía, predominan ciertas divinidades estrechamente vinculadas a los fenómenos naturales ahí predominantes. En el proceso de la unificación de las deidades el dios principal asimila todas las funciones de los demás, por eso encontramos en él características y funciones de deidades inferiores, como ocurre en el caso del dios Pariacaca y del Amaru.

  Ver bibliografia

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123 Compárese "Huracán". En:  Enciclopedia Microsoft Encarta 98.  1993-1997 Microsoft.

124 Ibídem.

125 Véase Ortiz, Fernando. El huracán: su mitología y sus símbolos, México, 2.a reimpresión, FCE, 1984, p. 107 y ss.

126 Véase El Mundo precolombino. Compilado bajo la dirección de José A. Vidal, Barcelona, Grupo Océano Ed., 2000, p. 326. 

127 Tovar, Enrique. Hacia el gran diccionario de la lengua española: dos mil voces no incorporadas hasta hoy en el Diccionario de la Academia de la Lengua ni en el de americanismos, Lima, 1942, artículo Huaico.

128 Huaico. (del quechua huaykco: quebrada) m. Masa enorme de peñas y lodo que las lluvias torrenciales desprenden de las alturas de los Andes y que ocasionan grandes daños en pueblos y sementeras. Academia // Quebrada arbolada.” En: Ugarte Chamorro, Miguel Ángel. Vocabulario de peruanismos. Lima, UNMSM, 1997.

129 tovar, Enrique. Ob. Cit.

130 Otorongo: m. (oriente) Clase de tigrillo más pegueño que el jaguar con manchas amarillas rojizas bordeadas de negro en el dorso.” Ugarte Chamorro, Miguel Ángel. Ob. Cit

131 Tesis propuesta por Pablo Macera en su ensayo “El Amaru-Teja. Nueva Ascensión de un Dios Andino”. En: Ágora. Revista Cultural de la SUNAT, 1999, N.° 3, pp. 25-35.

132 Pablo Macera se refiere aquí a material proporcionado por el pintor/narrador Carmelón Berrocal, lo que le permitió desarrollar esta hipótesis; compárese Macera, Pablo, Ob. Cit.

133 Arguedas, José María. Dioses y Hombres de Huarochirí. Traducido y con un prólogo de José María Arguedas, México, 2.a ed. Siglo XXI, 1975; Taylor, Gerald. Huarochirí. Manuscrito quechua del siglo XVII. Lima, IFEA, 2001.

134 Ob. Cit.

135 Arguedas, José María. Dioses y Hombres de Huarochirí. México, 2.a ed. Siglo XXI, 1975, p. 38.

136 caca (quechua). El Tio Hermano de madre y padre, según Holguín, Diego González, Vocabolario de la lengua general de  todo Perú llamada Lengua Qquichua o del Inca, Ed. Facsimilar de la versión de 1952, Lima UNMSM 1989, p. 43; vea también el glosario en: Taylor, Gerald. Huarocherí Manoscrito quechua del siglo XVII, Lima IFEA 2001, p. 19.

137 Ob. Cit., p. 42.


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