encab_la_pol_vang.jpg (12598 bytes)

 

 Literatos Jóvenes de Arequipa. Apuntes de una próxima conferencia/ Augusto Aguirre Morales

  

Arequipa, ciudad de leyenda, fue siempre cuna de caracteres explosivos y soñadores. De allí salió gran parte de los hombres más notables de nuestra vida republicana; si bien no tan altos ni tan selectos como el desmesurado orgullo provinciano los ha pintado, hasta hacer, en la tierra del Misti, una leyenda de colosos que no existen sino en la fantasía loca de jóvenes anémicos ó de viejos misoneistas. Pero cabe, sí, apuntar que en ninguna otra parte de la República, la vida intelectual se intensificó ni tuvo mayores caracteres de hombría durante los primeros treinta años de vida independiente, que en Arequipa; fenómeno natural, si se anota que el intelectualismo arequipeño de aquella época es el exponente de la inquietud revolucionaria de entonces. Inquietud revolucionaria, temperamento pasional y desorientado, fuerte dosis de orgullo regional y plétora de energías sin desbravar; todo eso fue Arequipa en los primeros años de vida republicana; y todo eso son los periodistas, los polemistas de esa época, los intelectuales más vigorosos y más fuertes que hasta hoy haya tenido ese pueblo.

Aquellas duras características que anotamos, han desaparecido casi por completo en la hora presente. La única gran virtud de ese pueblo, la virtud del carácter, se ha esfumado, dejándole aspecto desleído e incoloro, del cual sólo le salva —como pueblo en decadencia— la intensidad soñadora y la aguda crisis de nerviosismo que suele resolverse en explosión de energías; propiciado todo ello por su especial temperamento, la claridad intensa de su cielo, el panorama ubérrimo de su campo y la visión gallarda de sus altas cumbres nevadas.

Ochenta años de vida republicana, con tiranías bufas, han ido plasmando ese carácter; ochenta años de consumirse en tanteos, en esfuerzos locos sin finalidad idealista; ochenta años en los que culmina, como golpe máximo, el desastre del 79, que acabó con la generación de batalladores e inauguró caravana de vencidos, de cloróticos incapaces de un gran gesto. Y cuando más habíamos menester de la voluntad bravía y el verbo castigador, se inició —lógica de naturalezas cansadas y débiles— el romanticismo: aguda crisis de lirismo llorón y mujeril; vaciado en versos desleidos y con léxico ramplón de cien vocablos.

En prosa no se relieva en la Arequipa de ese entonces, ni una pluma fácil; todo es verso, síntoma de degeneración intelectual; verso infantil, que cuando quiere ser épico, se torna eclosión de voces hinchadas, sin médula. Se olvida, por completo, el buen decir y se desciende a un vulgarismo inocuo y desmelenado que conoce, apenas, las más elementales funciones de la técnica; y así como Samuel Velarde, poeta de intensidad anímica, culmina, haciendo el punto de unión entre el viejo elemento fuerte, ya desaparecido, y la ecolalia de la generación siguiente, así Renato Morales vino a redimir los largos años de vacuidad intelectual de la época romántica, salvando a la técnica, elevando el pensamiento y dignificando, en fin, el verso.

Como estas líneas no son otra cosa que señalamiento de preliminares ideas para presentar a la juventud intelectual de Arequipa, no me detengo, mayormente, en el análisis de literatos anteriores a la generación que hoy escribe.

Con Renato Morales, —aunque ligeramente posterior— se hermana la figura de Juan Manuel Polar, el primer prosador de relieve después de largos años de esterilidad; y de entonces a Juan Manuel Osorio, cultísimo conteur que encaja ya en el plan de estos artículos, existe una laguna en la que se agitaron vulgaridades o fracasados del arte, cuya manifestación literaria no tendrá futuras resonancias.

El verdadero literato, el profesional, recién comienza a cuajar en esa tierra. Pinpollece —como diría More— el espíritu ecléctico y la fuerte voluntad de hacer arte. La cultura se orienta; y como es aquella, tierra de mayor aunque desorientada fuerza cerebral que Lima y de más seriedad intelectual, cabe esperar que de allí saldrá la dignificación literaria de este país ahíto de pobre literatura y enfermo de bastardas egolatrías. 

Curiosidad intelectual y recogido, silencioso y hondo anhelo de belleza, son las especiales características de la juventud que hoy hace arte en Arequipa. Hay, en aquella florescencia de espíritus nuevos, alto orgullo de solitarios y sorda, fundamental hostilidad contra la palabrería hueca del arribismo literario que es plétora en la capital; hostilidad que se bastardiza vaciándose en rencorcillo contra el arte capitalino. Explícase todo ello por razones de carácter de los dos pueblos: seriedad, recogimiento de pensativos y ensimismamiento de absurda egolatría en Arequipa; ligereza, sonrisa, frivolidad y despreocupación en Lima.

Quince o veinte muchachos enfermos del más peligroso arribismo hacen ambiente intelectual en Lima, quince o veinte muchachos ignorantes de todo lo que no sea teatralería y verborrea insustancial, y cuya erudición no pasa de los más vulgarizados literatos franceses y españoles; ellos hacen el periódico, el teatro, la crítica y fallan, con el sublime convencimiento de la ignorancia, sobre los valores intelectuales de la República, que desconocen en lo absoluto; dando a la capital original cachet de frívola ignorancia que no tuviera si los que escriben y piensan de verdad, abandonaran la perezosa complacencia en que viven y la cómoda postura de entregarse al elogio de aquellos otros que creen que el arte es una palmada, un gesto, un banquete, un anhelo de llegar y total desconocimiento del libro y de la naturaleza.

No quita esto las características de pereza, desconfianza serrana y recogimiento indígena de que adolecen los del sur, cerrados, por regla general, a toda espontaneidad; lo que explica la falta de comunión intelectual entre Lima y Arequipa y señala la razón del intercambio entre escritores bolivianos y arequipeños.

Tres poetas prestigian hoy, en Arequipa, la literatura peruana: Percy Gibson, agusto Renato Morales y Cesar A. Rodríguez y se relievan tres prosadores: Juan Manuel Osorio, Miguel Urquieta y la escritora que se firma Luisa de Valiere.

El admirable Percy, el de más hondo sabor arequipeño, no necesita, por cierto, presentación mía, toda vez que ha hecho larga vida intelectual en Lima. Gibson, con esa extraña manera que le hace ver el aspecto irónico y la silueta retorcida de las cosas, en golpe de luz que las descarna haciéndolas ciertas en la plasticidad del verso, e no sólo poeta sino admirable de inquisición objetiva; característica que determina la personalidad del poeta dándole el sabor que, la visión honda que penetra en la vida de todo lo quieto, de todo lo que se mueve reflejamente y en cuyo fondo palpita la espiritualidad de una existencia compleja que, por ser tal, no es alcanzada sino por ojos comprensivos y avizores que saben verla con amor.

Es por ello que Gibson reune las más altas condiciones de poeta bucólico; pero no en el aspecto cantarino y pictórico del versificador fácil, sino en el aspecto ya dicho de intensidad comprendedora e inquisitiva.

Augusto Renato Morales es hoy, sin disputa alguna, el más alto representativo de la emocionalidad criolla, intensificada por nota de tristeza tenaz sin deseos de elegantizar posturas. Dice sus versos en actitudes tranquilas que se convulsionan, a ratos, con la brusquedad de un pico andino que se exalta en ansiedad de cielo: epilepsia de la forma que no afecta a la serenidad pasiva y dolorosa del fondo. Y Morales no es un lírico, ni tiene estigmas de jeremizante adocenado; es un analizador sutil e impiadoso que se desliza a veces —sinceramente— en nebulosos simbolismos, intensos de tragedia anímica pero de imprecisos relieves; manera que no es imitación ni reminiscencia de la literatura de los pueblos nórdicos, sino niebla, frío, eternidad de lluvia y perspectiva inacabable del yermo montañoso en nuestras sierras.

Yo no creo que exista en el Perú (sin incluir por cierto, ni remotamente, en mis afirmaciones a ese caso máximo que se llama José Santos Chocano) no creo que exista —si se exceptúa a Bustamante y Ballivián y Eguren— poeta que tenga más honda y estética comprensión de la tristeza de vivir, que este muchacho de 24 años que indolentiza su vida en el terruño; tiene la más alta de las despreo- cupaciones y el más amplio y libre de los criterios.

César Rodríguez es revelación de última hora en Arequipa; pero revelación de poeta que ha cristalizado su espíritu en larga labor de meditativo y solitario. Su aparición tuvo la insólita brusquedad de los gestos con que disloca sus versos.

Tiene este poeta, a no dudarlo, malogradoras influencias de lo que se llamó el diabolismo, Baudelaire ha exprimido sus Flores del Mal en ese espíritu y Verlaine le ha dejado impiadosos resabios de amarga ironía, ya que en Rodríguez no ha podido cuajar el ingenuo cinismo que es alma de la poesía verlainiana. Vale que las sugestiones de estos maravillosos sobre Rodríguez, se adivinan mal pegadas, yuxtapuestas, sin fuerza alguna de cohesión con el espíritu del poeta que es altamente recio y desigual; aleonado en convulso sacudimiento de melenas o felino en la traidora suavidad de una poesía perversa. Rodríguez —discúlpele la falta de ambiente y la hosquedad de su vida— no ha refinado el gusto; fáltale esquisitez, que se aprende; y es por ello que junto a un zarpazo luminoso o un brocha- zo admirable que descoyunta una tela dándole ese único valor definitivo, aparece el verso desleído y flojo, como músculo cansado por esfuerzo heroico.

Por todo ello señálase Rodríguez como el poeta más vigoroso y de mayor personalidad que haya producido la actual generación en el Perú.

Como prosadores avanza en primer término la figura de Juan Manuel Osorio, casi desconocido en Lima no obstante ser (y quizá por el desmedro que produce la amplificación) uno de los escritores que más ha laborado en Arequipa. Osorio —temperamento de novelista— ha escrito innumerables cuentos cuya mayor parte señala marcadas tendencias a la novela de bien estudiado objetivismo criollo. Desorientado a veces, a fuer de excesivos y sutiles refinamientos, ha extraviádose en no pocas oportunidades el criterio literario de Osorio, cayendo hasta en femenina puerilidad que no sólo afea sino destruye muchas de sus páginas que deben extrañarse de llevar al pie la firma de este delicado espíritu en el que ha hecho crisis el afán preciosista que desmedra la sinceridad y la altitud del pensamiento a favor de inútiles ampulosidades de forma; y todo esto sea dicho con el más estricto criterio, toda vez que Osorio tiene ya muy amplia labor literaria. De toda la obra de este infatigable se destacan vigorosos, diez o doce cuentos que bastan para darle uno de los más altos puestos en la literatura peruana. Después de Clemente Palma, con quien no existe punto de vista para la comparación, no encuentro cuentista alguno que pueda colocarse al lado de Osorio sino es este exquisito Valdelomar, más artista y más intuitivo; pero menos intenso que Osorio; y quizá también Aurelio Arnao en tres o cuatro cuentos admirables que escribiera otrora.

Miguel Angel Urquieta señala tendencia hacia la prosa recia; huye del florilegio en la palabra para marchar a la rotundidad del pensamiento panfletario. Ha publicado un libro que es escorzo; acusa desorientación; no hay en él todavía nada definitivo, sino es el aspecto fustigador aún en los momentos en que se torna lírico. Es, en todo caso, una anunciación de relieves precisos. Tiene apenas 21 años.

Mi adjetivo más caluroso y mi más efusiva presentación sean para la escritora que firma Luisa de la Valiere. Totalmente desconocida en Lima, su nombre tiene gratas resonancias en Arequipa y La Paz en cuyos periódicos ha colaborado con relativa frecuencia.

La Valiere escribe con vigor masculino, influenciado quizá por la voluntad poderosa que fluye de las páginas de la Rachilde, de cuya lectura parece haberse empapado esta escritora que ha tenido la virtud de escapar a la insufrible bachillería femenina y a la vulgaridad del arte con taxativas en que, por lo general, se vierten las damas con pruritos de escribir.

La Valiere hace cuentos; a veces prosas sencillas que dicen solamente de un estado anímico; y es en ellas que se vacían sus más altas calidades; labora, también, versos de los que no cabe hablar por el derecho que a todas nuestras gentilezas tiene una mujer.

Es justiciero deber, citar los nombres de los que se inician y tienen ya conquistado el derecho a continuar. En primera línea Alberto Hidalgo, espírirtu simpático y entusiasta de gran intuición y alto y generoso entendimiento; Nathal Llerena con apreciables condiciones para ser; pero perdido quizá en la oscuridad de bastarda misantropía; Carlos Enrique Telaya, sugestivo temperamento artístico Belisario Calle y Bustamante y Rivero.

Voluntariamente he reservado especialísimo sitio para ese enhiesto y vibrante temperamento que se llama Federico More. Federico es arequipeño en la totalidad de sus manifestaciones; y si por accidente, que no determina calidad territorial, nació en Puno, él es de Arequipa, porque en esa tierra aprendió a vivir, o mejor dicho realizó sus primeras actitudes de no saber vivir. En el ambiente intelectual de Arequipa se ha criado More y determinó allí también ambiente intelectual. Es íntegramente arequipeño, como lo manifiesta él con esas rotundidades que se tornan gesto agresivo cuando alguien le cree puneño.

Estas líneas no son, por cierto, presentación, sino imprescindible necesidad de señalar a More en el alto puesto que rotundamente le pertenece entre la juventud intelectual de Arequipa; absteniéndome, lógicamente, de toda frase de elogio, inútil para quien como More ha conquistado ya en el Perú legítimo sitial de pensador vigoroso y literato.

Y dicho lo anterior no cabe insistir sobre las especiales características del actual movimiento literario en Arequipa, que desprén- dense, naturalmente, de estos brevísimos apuntes.

Cabe, si, satisfacerse por esta obra de sinceridad que cobijan las páginas de Colónida.

Porque, bien o mal dicho, hay en estas líneas verdad, justicia e ideal de reparaciones discretamente entendidas; en desmedro quizá —no lo sé— de pomposas y vanas inutilidades.

Y por ello bien dicho está.

 

 

Colónida, Lima, 1916, Nos 1 y 2

 

 


Regresar